Las iglesias del cielo (o la burocracia de lo invisible)
Dicen que Pablo Neruda preguntó una vez: «¿Cuántas iglesias tiene el cielo?».
A ver, vamos a pensarlo dos segundos. ¿De verdad alguien cree que, si existiera un cielo, necesitaríamos otra maldita iglesia allá arriba? ¿No hemos tenido suficiente con las de aquí abajo? Te pasas ochenta años en la Tierra aguantando sermones, pasándote el platito del diezmo, pidiendo perdón por pensamientos que tuviste a los catorce años, ¿y la recompensa al morir es llegar al paraíso para ver... más arquitectura eclesiástica? ¡Por favor! Eso no es el cielo, ¡eso es un trámite en la delegación!
Pero la gente necesita ponerle paredes a todo. El ser humano es incapaz de imaginar la infinitud sin meterle un altar, dos bancas de madera raspada y un tipo en la entrada cobrándote la estacionada. Es la arrogancia humana en su máxima expresión: no podemos concebir el universo, las galaxias o el mismísimo vacío cósmico sin asumir que Dios está allá arriba preocupado por los estatutos de zonificación y los permisos de construcción.
«Ah, sí, bienvenido al Reino de los Cielos. A la derecha tenemos la catedral gótica para los católicos, a la izquierda el templo evangélico con altavoces a todo volumen, y al fondo, pasando la nube cuatro, está la ventanilla para los que no pagaron el diezmo a tiempo. Favor de hacer fila».
¡Es absurdo! Si el cielo existiera y tuviera iglesias, significaría que la burocracia terrenal sobrevivió al Apocalipsis. Significa que Dios tiene un departamento de mantenimiento, un comité de vestuario para los ángeles y una junta directiva que decide qué día le toca limpieza a los vitrales.
Por eso la pregunta de Neruda no es solo poesía; es una bofetada con guante blanco al ego religioso. Es la forma poética de decirte: «Oigan, atajos de simios organizados, dejen de proyectar su paranoia institucional en las estrellas».
Las nubes no conversan con el humo, los tiburones no le piden credenciales a las sirenas y el cielo —si es que significa algo más que una masa enorme de nitrógeno y oxígeno iluminada por el sol— no tiene una sola parroquia. Si de verdad hay un creador allá afuera, lo último que quiere al final del día es escuchar a un grupo de humanos discutiendo sobre quién tiene el monopolio de las llaves del portón.
Así que relájate. Si llegas arriba y ves una cúpula con una cruz o un campanario, date la vuelta. Te equivocaste de piso.

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