Diplomados para votar, maestrías para obedecer
Cada cierto tiempo aparece un iluminado con la solución definitiva para la democracia.
—"¡La gente debería tomar un curso de política antes de votar!"
¡Claro! Porque todos sabemos que el problema de la humanidad ha sido la falta de PowerPoints.
Imagino el examen.
—¿Quién escribió El Federalista?
—¿Cuántos diputados hay?
—¿Cuál es la diferencia entre una república y una monarquía constitucional?
¡Felicidades! Obtuvo 98 de 100. Ya puede votar por el primer demagogo que le prometa hacer grande al país otra vez.
Porque resulta que el conocimiento de memoria no inmuniza contra la estupidez.
Si así fuera, las universidades serían fábricas de santos y los doctores nunca fumarían.
Pero esperen...
¿Por qué el examen siempre es para el ciudadano?
¿Por qué nadie dice:
"Antes de ser candidato, presente un examen de economía, historia, derecho constitucional, ética, administración pública, negociación internacional y resolución de conflictos."
No, eso sería pedir demasiado.
Es más fácil sospechar del votante que del político.
Es curioso.
Al ciudadano le quieren exigir una licenciatura para meter una boleta en una urna.
Al político le basta con un buen peinado, una bandera detrás, un equipo de mercadotecnia y una sonrisa practicada frente al espejo.
Y ahí va la multitud.
Aplaudiendo.
Después nos dicen:
—"Si la gente estuviera mejor informada no elegiría líderes como Trump."
Otros responden:
—"No elegiría líderes como Milei."
Otros:
—"No elegiría líderes como Meloni."
Y alguien más añade:
—"No elegiría a tal presidente de izquierda."
¿Saben qué tienen en común todas esas frases?
Creen que el problema siempre es el voto... cuando gana el otro.
Nunca escuchas:
"Mi candidato ganó porque la población fue manipulada."
No.
Cuando gana el mío es la voluntad popular.
Cuando gana el tuyo es ignorancia.
Qué conveniente.
Tal vez el problema no sea que la gente ignore cómo funciona el Congreso.
Tal vez el problema sea que sabe perfectamente cómo funciona...
...y ya no le cree.
Porque cuando una persona pierde el empleo, cuando no alcanza para pagar la renta, cuando siente que nadie la escucha, aparece el primer vendedor de milagros.
Y los vendedores de milagros existen en todos los colores políticos.
Algunos prometen que el mercado resolverá todo.
Otros prometen que el Estado resolverá todo.
Y todos prometen que ellos, casualmente ellos, resolverán lo que nadie pudo resolver antes.
La publicidad cambia.
El espectáculo continúa.
Si de verdad queremos una ciudadanía más difícil de manipular, no necesitamos un curso de política.
Necesitamos un curso de humanidad.
Uno donde expliquen que el cerebro no es una máquina lógica.
Que el miedo compra votos.
Que la ira compra votos.
Que la esperanza también compra votos.
Que las redes sociales venden indignación por algoritmos.
Que los sesgos cognitivos no distinguen entre izquierda y derecha.
Que todos creemos ser inmunes a la propaganda... justo antes de compartir propaganda.
Imaginen esa materia.
Primer día:
"Hoy aprenderemos que usted no es tan objetivo como cree."
Segundo día:
"Su cerebro inventa historias para confirmar lo que ya quería creer."
Tercer día:
"Si una noticia le produce demasiada satisfacción, probablemente debería verificarla dos veces."
Eso sí sería revolucionario.
Porque enseñar pensamiento crítico significa aceptar que los alumnos terminarán cuestionando al profesor.
Y ningún poder disfruta eso.
Ni los gobiernos.
Ni los partidos.
Ni los medios.
Ni las iglesias.
Ni las empresas.
Todos quieren ciudadanos críticos...
...siempre y cuando critiquen al vecino.
Nunca a ellos.
La democracia jamás prometió elegir a los mejores.
Prometió algo mucho más modesto.
Que pudiéramos deshacernos de los peores sin tener que empezar una guerra.
Eso ya era bastante ambicioso para una especie que discute en internet por el color de un vestido, por un penalti y por un meme generado con inteligencia artificial.
Quizá el verdadero examen no sea para votar.
Quizá sea preguntarnos cada mañana:
"¿Estoy pensando... o simplemente estoy defendiendo al equipo que elegí?"
Porque mientras confundamos identidad con razón, seguiremos creyendo que el problema es la ignorancia de los demás.
Y esa, curiosamente, es una de las formas más elegantes de seguir siendo ignorantes nosotros mismos.
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