viernes, 13 de marzo de 2026

 El problema es que la forma alotrópica del fósforo que brilla en la oscuridad, que fue la descubierta por Brand y sus seguidores, es el fósforo blanco, inflamable y extremadamente tóxico, tanto que se dice que la razón del secretismo original en el procedimiento para fabricarlo tenía que ver con el profundo temor que provocaron en sus descubridores las tenebrosas características de la sustancia. 

La otra forma alotrópica más común del elemento, el fósforo rojo, es mucho más estable y menos peligrosa, por lo que fue la que acabó imponiéndose en las cerillas, esas pajuelas que había inventado John Walker y en las que en 1833 Samuel Jones sustituyó el sulfuro de antimonio por la inflamable sustancia. 

Esta era del tipo más peligroso al principio, pero una larga serie de asesinatos, suicidios y envenenamientos accidentales, además de muchos casos de fosfonecrosis en los trabajadores de las fábricas de cerillas, convencieron a las autoridades de que el fósforo blanco debía ser prohibido y sustituido por su más benévolo pariente rojo. 

De esta forma, el asesino fosforescente pasó a ser de interés exclusivo para los militares, quienes a partir de la Primera Guerra Mundial empezaron a emplear sus servicios en proyectiles y bombas incendiarias. 

Durante la Segunda Guerra Mundial, Sir Arthur Harris, más conocido por la prensa como «bomber», un controvertido comandante británico que sin duda habría sido juzgado como criminal de guerra de no haber estado en el bando correcto, ordenó utilizar el simpático producto durante la campaña de bombardeo estratégico sobre Alemania.

 Así, en la noche del 27 de julio de 1943, centenares de aviones británicos arrojaron sobre la ciudad donde 300 años antes el viejo alquimista había aislado el fósforo toneladas de bombas incendiarias del temible elemento que provocaron una tormenta de fuego en la que se quemaron vivas unas cuarenta mil personas, la mayoría mujeres y niños, en una recreación del infierno sobre la Tierra. 

Después de que repitiese la hazaña varias veces, incluyendo la destrucción de la hermosa ciudad de Dresde en 1945, el gobierno del Reino Unido condecoró a Harris. 

Tras la guerra, otros países occidentales supuestamente civilizados han seguido con prácticas similares, utilizando el fósforo blanco en un buen número de conflictos, desde Irak hasta Palestina, sin mucha consideración ante el hecho de que, cuando se inflama, esta aterradora sustancia es muy difícil de apagar y en contacto con la piel provoca espantosas quemaduras que destruyen la carne hasta el hueso.

Alejandro Navarro 

 

La sociedad del lado incorrecto de la historia 

La gente decente

Hay una tentación cómoda cuando miramos el pasado: imaginar que el horror fue obra de monstruos aislados. 

Psicópatas, fanáticos, líderes enfermos. 

Así nos salvamos a nosotros mismos. Pensamos: yo no habría sido así. Pero la historia es mucho más incómoda.

Las grandes catástrofes políticas no se sostienen solo con violencia; se sostienen con normalidad. Con gente que va a trabajar, que paga impuestos, que ama a sus hijos, que saluda al vecino. 

Con lo que Hannah Arendt llamó —y muchos malinterpretaron— la banalidad del mal.

No hablamos de sádicos. Hablamos de gente decente.

El error de buscar villanos

Cuando reducimos el nazismo, el colonialismo o las dictaduras a unos cuantos tiranos, perdemos lo esencial: ningún régimen injusto sobrevive sin una base social que lo tolere, lo justifique o lo celebre.

El problema no fue solo Hitler. 

Fue el carnicero que dejó de venderle al judío. 

El maestro que repitió el programa oficial. 

El juez que aplicó la ley sin preguntas. 

El vecino que bajó la mirada.

La historia no avanza a punta de discursos histéricos, sino de pequeñas renuncias morales cotidianas.

Orden antes que justicia

Una constante aparece una y otra vez: cuando una sociedad pone el orden por encima de la justicia, el autoritarismo encuentra terreno fértil.

Al menos hay seguridad.
Al menos hay trabajo.
Al menos no hay caos.

El miedo al desorden suele ser más fuerte que el rechazo a la injusticia. 

Y ese miedo no es abstracto: vive en la clase media, en quien tiene algo que perder, en quien confunde estabilidad con moralidad.

El lenguaje que anestesia

Nada prepara mejor el terreno que el lenguaje. 

No se persigue a personas: se combate amenazas. No se mata: se neutraliza

No hay pobres: hay flojos

No hay víctimas: hay excesos.

Cuando el lenguaje se vuelve técnico, administrativo o humorístico, la violencia deja de doler.

Aquí la sociedad no solo obedece: aprende a no sentir.

La obediencia como virtud

Durante siglos se nos enseñó que obedecer es una virtud. Que cumplir la ley es moral en sí mismo. Que cuestionar es peligroso.

Pero la historia demuestra lo contrario: muchas de las peores atrocidades fueron legales, normales y socialmente aprobadas.

El problema no es la ausencia de valores, sino la presencia de valores equivocados: disciplina sin ética, lealtad sin conciencia, respeto sin pensamiento.

El mito del “yo no sabía”

Después, siempre llega la misma frase:

Yo no sabía.

Pero la historia es cruel con esa excusa. No porque todos supieran todo, sino porque todos sabían lo suficiente.

Se sabía que alguien desaparecía. 

Se sabía que ciertos cuerpos no volvían. 

Se sabía que algunos no podían hablar. 

Y aun así, se eligió seguir.

No por maldad, sino por comodidad.

Una pregunta incómoda

La pregunta no es si habríamos sido héroes en otra época. La pregunta real es:

¿qué injusticias actuales estamos justificando hoy en nombre del orden, la estabilidad o la normalidad?

Porque si algo enseña la historia es esto:

el lado incorrecto casi siempre estuvo lleno de personas que se pensaban correctas.



 El ascenso de Ferdinand Marcos

Nació en 1917 en la provincia de Ilocos Norte, en Filipinas

Desde joven mostró ambición feroz. 

Estudió Derecho y, según la leyenda que él mismo cultivó, era un prodigio intelectual.

Su primera gran sombra llegó temprano: su padre fue acusado de asesinar a un rival político en 1935. Marcos fue condenado como cómplice… y desde la cárcel escribió su propia defensa. 

El Tribunal Supremo lo absolvió. Ese episodio marcó su vida: aprendió que la ley puede doblarse si se domina el sistema.

Durante la Segunda Guerra Mundial aseguró haber sido un héroe de la resistencia contra Japón

Años después, investigaciones mostraron que muchas de sus condecoraciones eran exageradas o directamente falsas. 

Pero el mito ya estaba sembrado.

En 1965 ganó la presidencia. 

Era carismático, elegante, brillante en discurso. Representaba orden y progreso en un país con desigualdad profunda y conflictos sociales.

El giro autoritario

En 1972 declaró la ley marcial alegando amenaza comunista. 

Suspendió libertades, cerró el Congreso, encarceló opositores y concentró el poder absoluto. 

Fue el inicio de una dictadura que duraría más de una década.

Aquí entra otra figura clave: su esposa, Imelda Marcos

Glamur, joyas, cientos —dicen miles— de pares de zapatos. 

La pareja construyó un régimen donde el culto a la personalidad convivía con la represión.

Se documentaron torturas, desapariciones y asesinatos de opositores. 

La economía, inicialmente estable, comenzó a deteriorarse. 

Mientras tanto, la familia acumulaba una fortuna descomunal mediante corrupción sistemática: contratos amañados, monopolios concedidos a aliados, saqueo de fondos públicos.

El detonante

En 1983 fue asesinado el principal opositor, Benigno Aquino Jr., al regresar del exilio. Su muerte encendió al país. 

Las calles se llenaron de protestas.

En 1986, tras unas elecciones marcadas por fraude, estalló la llamada Revolución del Poder Popular. Millones salieron pacíficamente a las calles de Manila. 

El ejército comenzó a dividirse. 

El régimen se desmoronó.

Marcos huyó con su familia a Estados Unidos. Murió en el exilio en 1989, en Hawái.

El regreso del apellido

La historia no terminó ahí. 

Décadas después, su hijo, Bongbong Marcos, regresó a la política y fue elegido presidente en 2022. 

Un retorno que mostró algo inquietante: la memoria histórica es frágil, y el poder sabe reinventarse.


la historia de Marcos no es solo la de un dictador. Es la historia de cómo el poder se disfraza de orden, cómo el carisma puede seducir a un país entero, y cómo la corrupción puede convivir con el espectáculo.

 El contrato como mordaza

Cómo la legalidad se convierte en instrumento de control mediático


En los regímenes autoritarios, el control de la prensa es brutal: se clausuran periódicos, se encarcela a periodistas, se apagan estaciones de radio.
En las democracias imperfectas —como muchas de América Latina— el control es más sofisticado.

No se persigue al periodista.
Se le firma un contrato.

Ese contrato, aparentemente administrativo, se convierte en la mordaza más eficaz del sistema.


📜 1. La magia del lenguaje burocrático

Los documentos suelen usar expresiones vagas:

  • “Servicios de comunicación social”

  • “Difusión de actividades institucionales”

  • “Producción de contenido informativo”

  • “Cobertura mediática”

A primera vista parecen normales. Pero esconden un problema fundamental:
no definen con precisión qué se está comprando.

En un contrato transparente deberían aparecer cosas medibles:

  • número de spots

  • duración de campaña

  • métricas de audiencia

  • entregables verificables

Sin embargo, muchos contratos de publicidad oficial no especifican nada de eso.

El resultado: dinero público circulando sin producto claro.


💰 2. La publicidad oficial como instrumento político

La publicidad del gobierno es necesaria: los Estados deben comunicar campañas de salud, seguridad o educación.

Pero cuando esa publicidad se usa para premiar o castigar medios, deja de ser comunicación pública y se convierte en herramienta de poder.

El mecanismo funciona así:

  1. Los medios críticos reciben poco o ningún contrato.

  2. Los medios alineados reciben grandes cantidades.

  3. El resto aprende rápidamente la lección.

No hace falta censura directa.
El mercado mediático se reordena alrededor del dinero público.


🧠 3. El incentivo silencioso

La genialidad —y perversidad— del sistema es que nadie necesita dar órdenes.

El periodista entiende perfectamente:

  • si critica demasiado, su medio perderá contratos

  • si es amable con el gobierno, los contratos seguirán llegando

Es un incentivo económico disfrazado de trámite administrativo.

El resultado no es propaganda abierta.
Es algo más sutil: un periodismo tibio.


📊 4. El caso mexicano

Durante años, México fue uno de los países que más dinero público destinó a publicidad oficial en el mundo.

En varios periodos el gasto anual superó los 6 mil o 8 mil millones de pesos.

Ese dinero no siempre se asignaba por criterios de audiencia o impacto.
Muchas veces se distribuía según afinidad política.

Así se construyó un ecosistema mediático donde la crítica real era escasa y el discurso oficial dominaba los espacios más visibles.


⚖️ 5. Legal, pero problemático

Aquí está la paradoja.

Todo puede ser perfectamente legal:

  • contratos firmados

  • facturas emitidas

  • registros administrativos correctos

Pero aun así producir un efecto antidemocrático.

La ley permite la publicidad oficial;
el problema aparece cuando no existen límites claros ni criterios objetivos.

En ese vacío legal prospera la manipulación.


🌫️ 6. La mordaza invisible

Las mordazas modernas no se ven.

No están hechas de hierro ni de amenazas.

Están hechas de:

  • convenios

  • transferencias bancarias

  • presupuestos de comunicación social

Y funcionan porque convierten algo esencial —la crítica periodística— en un riesgo financiero.


🕯️ Epílogo

Un contrato debería servir para comprar un servicio.
Pero cuando el servicio no está definido, el contrato compra algo distinto.

Compra silencio.
Compra simpatía.
Compra prudencia.

En otras palabras: compra narrativa.


“La censura más eficaz no es la que prohíbe hablar,
sino la que paga para que nadie quiera hacerlo.”

 Eric Hobsbawm fue un historiador con martillo en la mano y lupa en el ojo. 

Británico, marxista declarado, judío centroeuropeo por biografía y ciudadano del siglo XX por vocación. 

Nació en 1917 —mal año para los neutrales— y murió en 2012, después de haber diseccionado el capitalismo como quien abre un reloj para mostrar que el tic-tac también sangra.

 Qué hizo Hobsbawm escribió historia desde abajo, no desde el balcón del palacio. 
Le interesaban los obreros, los campesinos, los bandidos, las multitudes anónimas que empujan la historia mientras los “grandes hombres” se llevan el crédito. 
Fue uno de los grandes renovadores de la historia social.
Su obra más famosa es una tetralogía que parece una novela épica del mundo moderno:
La era de la revolución (1789-1848)
La era del capital
La era del imperio
Historia del siglo XX (el corto, violento y neurótico)
Ahí cuenta cómo el capitalismo nació, creció, prometió el cielo y entregó fábricas, guerras mundiales y crisis existenciales.

Ideas clave
El capitalismo no es natural, es histórico. 
Y lo histórico puede cambiarse.
Las tradiciones muchas veces son inventadas (himnos, rituales, patrias de utilería).
El nacionalismo no brota del alma eterna del pueblo: se fabrica, se enseña y se administra.
El siglo XX fue “breve” porque fue intenso, brutal y acelerado, como una fiebre mal curada.

El marxista incómodo 
Nunca renegó del marxismo, ni siquiera tras la caída de la URSS. 
Eso le ganó críticas feroces: para algunos fue lúcido y honesto; para otros, obstinado. 
Él diría que abandonar el análisis crítico porque fracasó una experiencia histórica es como dejar de usar la medicina porque murió un paciente.

 Por qué importa hoy 
Porque cuando alguien te dice que “no hay alternativa”, Hobsbawm te susurra desde la biblioteca: eso también es ideología. 
Su obra sirve para recordar que el orden actual no cayó del cielo, fue construido —y lo construido puede desmontarse—.

En resumen:
Hobsbawm fue un historiador que le quitó el maquillaje a la modernidad y dejó el rostro al descubierto. 
No siempre bonito. 
Siempre revelador. 

 Qué pasó realmente con la abogada argentina Agostina Páez en Brasil.

1. El hecho

En enero de 2026, Páez estaba de vacaciones en un bar de Río de Janeiro, en la zona de Ipanema. Hubo una discusión con el personal del bar por la cuenta.

Durante el conflicto, según videos y denuncias:

  • Señaló a un empleado del bar.

  • Imitó a un mono con gestos y sonidos.

  • En algunos reportes también se menciona que dijo palabras como “mono”.

Ese gesto es considerado un insulto racista contra personas negras en Brasil.

El momento fue grabado en video y se volvió viral, lo que provocó la intervención de la policía.

2. Qué dice la ley brasileña

En Brasil existe una ley muy dura contra esto.
Desde 2023, la injuria racial fue equiparada al delito de racismo.

Eso implica que:

  • puede haber prisión efectiva

  • el delito es muy grave y no se minimiza como “insulto”.

Normalmente las penas rondan 2 a 5 años, aunque dependiendo de agravantes y otros delitos pueden aumentar.

3. Qué pasó después

La justicia brasileña tomó varias medidas:

  • le retuvieron el pasaporte

  • le pusieron tobillera electrónica

  • no puede salir de Brasil

  • estuvo detenida unos días mientras avanzaba la causa.

El proceso todavía sigue.

4. Lo que dice ella

Páez afirma que:

  • los empleados del bar la provocaron primero

  • algunos hombres le hicieron gestos obscenos

  • y que su gesto fue una reacción.

Pero el video que circuló muestra claramente el gesto racista, y por eso el caso avanzó.


💡 En resumen:
La acusación no es por una opinión política ni por ser “libertaria”, sino porque hizo gestos racistas (imitar a un mono) hacia un trabajador negro en un bar, lo cual en Brasil es un delito serio.


Brasil tiene una de las legislaciones más duras contra el racismo en el mundo, y eso no surgió por casualidad. Tiene que ver con su historia. 


1. Brasil fue el país que más esclavos recibió en América

Entre los siglos XVI y XIX, Brasil fue el principal destino del tráfico de esclavos africanos.

  • Aproximadamente 5 millones de africanos fueron llevados allí.

  • Eso fue casi la mitad de todos los esclavos que llegaron a América.

La esclavitud en Brasil duró muchísimo tiempo y recién terminó con la Lei Áurea en 1888.

Fue el último país de América en abolir la esclavitud.


2. Después de abolirla… no hubo integración

Cuando terminó la esclavitud:

  • los esclavos fueron liberados

  • pero no recibieron tierra, educación ni compensación

Muchos quedaron en pobreza extrema. Ese legado racial sigue marcando la sociedad brasileña.


3. Durante décadas Brasil negó el racismo

Durante mucho tiempo se promovió una idea llamada “democracia racial”.

El concepto fue popularizado por el sociólogo
Gilberto Freyre.

La idea decía que Brasil era una sociedad donde:

  • blancos

  • negros

  • mestizos

vivían en armonía.

Pero con los años se demostró que la desigualdad racial seguía siendo enorme.


4. Entonces llegó una reacción legal fuerte

A partir de los años 80, después de la dictadura, Brasil decidió castigar el racismo con mucha dureza.

La Lei Caó fue clave.

Esa ley declaró que el racismo es:

  • crimen grave

  • imprescriptible

  • sin derecho a fianza

Eso es algo bastante excepcional en el mundo.


5. La ley se endureció todavía más en 2023

En 2023 se aprobó la
Lei 14.532.

Esta ley hizo algo muy importante:

👉 equiparó la injuria racial con el racismo.

Antes había una diferencia:

  • racismo → delito grave

  • insulto racial → delito menor

Ahora ambos pueden llevar a prisión.


6. Por eso el caso de la abogada explotó

Cuando alguien en Brasil:

  • imita a un mono

  • llama “mono”

  • o humilla a alguien por su color de piel

ya no se considera solo un insulto, sino racismo.

Y por eso casos como el de Agostina Páez terminan en la justicia.


💭 Algo interesante:
Brasil es un país muy contradictorio.

  • Tiene la mayor población negra fuera de África.

  • Tiene una cultura afrobrasileña riquísima.

  • Pero también desigualdades raciales profundas.

Por eso la sensibilidad social frente al racismo es muy fuerte.


el gesto de “imitar a un mono” es uno de los insultos racistas más fuertes porque tiene una historia muy oscura detrás. No es un simple insulto: viene de una tradición de deshumanización de los africanos. Te explico.


1. La idea racista de que los negros eran “menos humanos”

En los siglos XVIII y XIX, algunos científicos europeos intentaron justificar el racismo usando teorías biológicas falsas.

Uno de los más famosos fue
Johann Friedrich Blumenbach.

Aunque él no era tan extremo, sus clasificaciones raciales fueron utilizadas después por otros autores para afirmar que las personas negras estaban más cerca de los simios que de los europeos.

Esa idea fue usada para justificar:

  • la esclavitud

  • la colonización

  • la segregación racial


2. Propaganda racista del siglo XIX

Durante el colonialismo, caricaturas y propaganda representaban a los africanos como monos o simios.

En Europa y Estados Unidos aparecieron:

  • carteles

  • caricaturas

  • espectáculos

que mostraban a las personas negras como animales salvajes o primitivos.

Esto servía para convencer a la población de que no merecían los mismos derechos.


3. Los “zoológicos humanos”

Entre finales del siglo XIX y principios del XX ocurrió algo brutal: personas africanas eran exhibidas como curiosidades.

Uno de los casos más famosos fue el de
Ota Benga.

En 1906 lo exhibieron en el
Bronx Zoo
junto a monos y orangutanes, como si fuera un animal.

Este tipo de espectáculos buscaban reforzar la idea de que los africanos eran “más cercanos a los simios”.


4. El insulto sobrevivió hasta hoy

Por toda esa historia, cuando alguien:

  • imita a un mono

  • hace sonidos de mono

  • arroja bananas

  • o llama “mono” a una persona negra

no se interpreta como un simple insulto, sino como una referencia directa a esa tradición racista.


5. El fútbol lo volvió un símbolo global

En el fútbol se volvió un problema enorme.

Jugadores como:

  • Vinícius Júnior

  • Samuel Eto'o

  • Dani Alves

han sufrido ese tipo de ataques desde las gradas.

El caso de Vinícius Júnior generó tanta indignación que incluso el gobierno brasileño presionó a España para actuar.


6. Por eso en Brasil reaccionan tan fuerte

En Brasil ese gesto toca tres heridas históricas:

  1. la esclavitud masiva

  2. la desigualdad racial actual

  3. el racismo en el fútbol y en la vida diaria

Por eso la sociedad y la justicia reaccionan con mucha fuerza cuando aparece.

el racismo muchas veces no empieza con violencia física, empieza con algo más simple pero más profundo: negar la humanidad del otro.

Y comparar a alguien con un animal ha sido una de las herramientas más antiguas para hacerlo.


el racismo en Argentina y Brasil funciona de maneras muy distintas, y eso tiene mucho que ver con la historia de cada país.


1. Brasil: un país profundamente mestizo

Brasil tiene una enorme población afrodescendiente.

Hoy:

  • más del 50 % de la población se identifica como negra o parda

  • la cultura afrobrasileña está en la música, la religión y la comida

Ejemplos claros:

  • la Carnaval de Río de Janeiro

  • la religión afrobrasileña Candomblé

Pero al mismo tiempo existe una desigualdad racial fuerte. Por eso el tema del racismo es muy visible y políticamente sensible.


2. Argentina: la idea de “somos europeos”

En Argentina ocurrió algo diferente.

Durante el siglo XIX las élites promovieron la idea de que el país era “blanco y europeo”.
Uno de los impulsores de esa visión fue

Domingo Faustino Sarmiento.

En su pensamiento existía la famosa oposición:

  • civilización (Europa)

  • barbarie (lo indígena o afro)

Esa visión influyó mucho en la identidad nacional.


3. ¿Dónde quedaron los afroargentinos?

En realidad sí existía una población negra importante en Argentina durante el período colonial.

Pero varias cosas ocurrieron:

  • murieron en gran número en guerras del siglo XIX

  • epidemias como la Epidemia de fiebre amarilla de Buenos Aires de 1871

  • mestizaje y desaparición estadística

  • invisibilización cultural

Así se construyó el mito de que “en Argentina no hay negros”.


4. Racismo diferente

Por eso el racismo suele manifestarse de otra forma.

En Argentina es más común:

  • burlas raciales en el fútbol

  • usar “negro” como insulto social

  • prejuicios contra migrantes latinoamericanos

Mientras que en Brasil el racismo está más ligado a color de piel y herencia africana.


5. Dos sensibilidades distintas

Esto genera diferencias culturales muy grandes:

En Brasil

  • el racismo se discute abiertamente

  • hay leyes muy duras

En Argentina

  • muchas personas dicen que “no hay racismo”

  • pero sí existen prejuicios sociales y étnicos.


💭una reflexión

El racismo no siempre funciona igual.
A veces es explícito, como en los insultos raciales directos.
Otras veces es invisible, escondido en bromas, estereotipos o jerarquías sociales.





Leo Zuckermann: el neoliberalismo como identidad, no como argumento
Leo Zuckermann no solo defiende el neoliberalismo: lo habita. 
Lo usa como abrigo moral, como brújula estética, como espejo donde siempre se ve del lado correcto de la historia. 
No es una ideología para él; es un temperamento. Un modo de estar en el mundo con ceja levantada y voz de “yo ya entendí cómo funciona esto”.
Su visión parte de un axioma sencillo —y peligrosamente cómodo—:
el mercado es racional, el Estado es torpe, y la desigualdad es un efecto secundario lamentable pero inevitable, como la resaca después de una buena fiesta… a la que, curiosamente, nunca todos fueron invitados.
Zuckermann suele presentarse como realista, como adulto en una sala llena de niños que piden justicia social. 
Pero ese “realismo” es selectivo. Es lúcido para detectar los vicios del Estado —corrupción, clientelismo, ineficiencia— y sorprendentemente miope para reconocer los del mercado cuando se concentra, captura reguladores o produce desigualdades que ya no son económicas sino existenciales.
El neoliberal orgulloso dice: no hay alternativa.
Lo dice con serenidad, como quien informa el clima.
Pero en realidad está cerrando la puerta y tirando la llave.
La neutralidad como privilegio
Uno de los trucos retóricos favoritos de Zuckermann es hablar desde una supuesta neutralidad técnica. 
Él no “ideologiza”; él “analiza”. 
Pero esa neutralidad es un lujo de clase. 
Solo puede parecer apolítico quien vive suficientemente lejos del daño estructural que defiende como daño colateral.
Cuando se critica la desigualdad, responde con crecimiento.
Cuando se habla de derechos, responde con incentivos.
Cuando se menciona la justicia, saca una gráfica.
Todo muy limpio. Todo muy ordenado.
Demasiado para un país desordenado por siglos de jerarquía.
El miedo a la democracia cuando votan los otros
Como buen heredero del liberalismo elitista, Zuckermann cree en la democracia… mientras no se vuelva demasiado democrática. El voto popular le gusta cuando confirma consensos tecnocráticos; le incomoda cuando los desafía.
Ahí el neoliberal ilustrado se transforma:
ya no habla de voluntad popular, sino de populismo.
Ya no de soberanía, sino de riesgo.
Ya no de igualdad, sino de irresponsabilidad.
El pueblo es admirable cuando trabaja.
Es peligroso cuando decide.
En el fondo, una ética mínima
El problema no es que Zuckermann sea neoliberal.
El problema es que su neoliberalismo no se deja interpelar.
No duda.
No se deja herir por la realidad.
No escucha a quienes perdieron con el modelo que él llama éxito.
Defiende un mundo donde la libertad es elegir entre marcas,
pero no entre destinos.
Un mundo donde el fracaso siempre es individual
y el éxito, misteriosamente, sistémico.
Epílogo breve (y sin anestesia)
Zuckermann representa algo más grande que él:
la persistencia de una élite intelectual que confunde estabilidad con justicia, orden con moral, y mercado con destino.
No es un villano.
Es algo más inquietante:
un hombre convencido de que el mundo tal como está
es, si no justo, al menos el único posible.
Y esa convicción —serena, educada, bien articulada—
es una de las formas más eficaces de conservar el poder
sin necesidad de decir nunca la palabra dominio.


 Cuando pruebas un poquito de lujo y de repente la corrupción empieza a tener sentido 

Resume en una frase un mecanismo psicológico y sociológico muy conocido.

1. La seducción del privilegio

Cuando alguien vive siempre con carencias, el lujo aparece como algo lejano, casi inmoral. Pero cuando lo prueba —aunque sea un poco— ocurre algo psicológico:

  • Se reconfigura el estándar de vida.

  • Lo excepcional empieza a sentirse normal.

  • Perderlo se vuelve doloroso.

Entonces surge una racionalización:

“Bueno… si todos lo hacen, ¿por qué yo no?”

Aquí la corrupción ya no se ve como delito, sino como un medio para mantener ese nuevo nivel de vida.


2. La lógica del poder

Muchos estudios sobre élites muestran algo curioso:
la corrupción rara vez empieza por necesidad; empieza por acceso.

Cuando alguien entra a un círculo de poder observa que otros tienen:

  • autos de lujo

  • casas enormes

  • viajes constantes

  • trato privilegiado

Y aparece la presión invisible:

“Si estoy aquí, debería vivir como ellos”.

Así, lo que antes parecía inmoral se normaliza dentro del grupo.


3. La racionalización moral

La mente humana es experta justificándose. Surgen frases típicas:

  • “Es solo un pequeño favor.”

  • “No le hace daño a nadie.”

  • “Todos lo hacen.”

  • “Me lo merezco por mi trabajo.”

La corrupción casi nunca empieza con un gran robo.
Empieza con pequeñas concesiones a uno mismo.


4. El trasfondo filosófico

Esto toca algo que pensaron varios filósofos:

  • Aristoteles decía que el carácter se corrompe cuando el placer gobierna la razón.

  • Montesquieu advertía que cuando el lujo domina a las repúblicas, la virtud cívica desaparece.

La idea es simple:
el lujo crea deseos que la ética muchas veces no puede sostener.


5. El núcleo de la frase

en realidad está diciendo algo brutal:

La corrupción muchas veces no nace de la maldad, sino del miedo a perder el privilegio.



¿Por qué algunos prueban el poder o el dinero y se corrompen… pero otros no?

Esa diferencia revela mucho sobre carácter, valores y estructura del sistema.

No es solo cuestión de que haya “personas malas”; muchas veces el propio sistema incentiva o frena la corrupción.


1. Cuando el poder no tiene vigilancia

Un principio clásico de la política lo formuló Montesquieu:

el poder debe dividirse para que el poder controle al poder.

Cuando en un sistema:

  • el gobierno controla tribunales

  • controla el congreso

  • controla medios o instituciones

entonces las consecuencias por corrupción son mínimas. Y cuando el riesgo es bajo, la tentación aumenta.

Por eso los países con instituciones independientes suelen tener menos corrupción.


2. Cuando el poder es demasiado centralizado

Si pocas personas controlan:

  • contratos públicos

  • recursos naturales

  • grandes presupuestos

se crea algo que los politólogos llaman rentas del poder.

Es decir:
el puesto público se convierte en una puerta al enriquecimiento.

Entonces la política deja de ser servicio y pasa a ser botín.


3. La cultura del grupo

La corrupción también puede volverse una norma social interna.

Si alguien entra a una institución y observa que todos:

  • aceptan favores

  • manipulan contratos

  • usan recursos públicos

entonces ocurre lo que los sociólogos llaman normalización moral.

El nuevo integrante piensa:

“Así funciona esto.”


4. El clientelismo

En muchos sistemas políticos aparece una lógica muy antigua:

yo te doy beneficios, tú me das apoyo político.

Puede ser:

  • dinero

  • puestos

  • contratos

  • programas sociales manipulados

Esto crea redes de dependencia que protegen la corrupción.


5. La explicación más brutal

Un economista y filósofo político muy influyente, Mancur Olson, lo explicó con una metáfora:

  • Un bandido errante roba y se va.

  • Un bandido estacionario se queda gobernando y roba poco a poco.

Es decir:
cuando el Estado se captura por élites corruptas, la corrupción se vuelve parte del sistema.


6. El factor humano

Sin embargo, incluso en sistemas corruptos aparecen personas que resisten.

Ahí entra el carácter moral.

Aquí recuerda algo que decía Albert Camus:

“El verdadero generoso con el futuro consiste en darlo todo en el presente.”

Resistir la corrupción significa renunciar a beneficios inmediatos para proteger algo más grande: la integridad propia y la sociedad.



Hay un experimento mental que obsesionó a filósofos desde Plato:

Si tuvieras un anillo que te volviera invisible (el anillo de Giges)…
¿seguirías siendo justo?

La corrupción empieza exactamente ahí.

la pregunta por qué muchas personas aparentemente honestas se corrompen cuando llegan al poder ha obsesionado a filósofos, psicólogos y sociólogos durante siglos. Y la respuesta no es simple: es una combinación de psicología, estructura social y tentación.


1. El poder cambia la mente

Hay estudios de psicología social que muestran algo inquietante: el poder altera la percepción de uno mismo.

Quien adquiere poder empieza a sentir:

  • que merece más que los demás

  • que sus decisiones son más importantes

  • que las reglas son para otros

Esto produce lo que algunos investigadores llaman “desinhibición del poder”.

Curiosamente, el historiador y político Lord Acton resumió esta idea en una frase famosa:

“El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente.”


2. La trampa de la autojustificación

Nadie se ve a sí mismo como corrupto.
La mente crea historias para justificarse.

Por ejemplo:

  • “Estoy compensando años de sacrificio.”

  • “No es ilegal, solo es una ventaja.”

  • “Si no lo hago yo, otro lo hará.”

Este mecanismo fue muy estudiado por el psicólogo Leon Festinger con su teoría de la disonancia cognitiva: cuando nuestras acciones contradicen nuestros valores, cambiamos la explicación para sentirnos coherentes.


3. El efecto del entorno

Muchas veces la corrupción no empieza por iniciativa propia.

Sucede algo así:

  1. El político o funcionario entra con ideales.

  2. Observa que todos alrededor ya participan del sistema.

  3. Empieza con pequeñas concesiones.

Ese proceso gradual se llama deslizamiento moral.


4. La intoxicación del privilegio

El poder también trae recompensas:

  • atención

  • admiración

  • riqueza

  • acceso

Y esas recompensas producen una especie de adicción al estatus.

El filósofo Friedrich Nietzsche observó algo parecido cuando escribió que el poder puede revelar la verdadera naturaleza de una persona.

No siempre corrompe:
a veces solo quita la máscara.


5. El fenómeno más peligroso

Hay algo todavía más profundo.

Muchos corruptos empiezan creyendo que ellos sí merecen privilegios porque:

  • son más inteligentes

  • trabajan más

  • están en posiciones clave

Entonces dejan de verse como corruptos y empiezan a verse como excepciones legítimas.


6. Una paradoja humana

Aquí está lo más inquietante:

Las personas que más riesgo tienen de corromperse no son necesariamente las peores…
sino las que empiezan creyendo que son moralmente superiores.

Porque cuando fallan, justifican su excepción.


una observación interesante de Hannah Arendt:

Ella estudió a burócratas que participaron en atrocidades y descubrió algo perturbador:
no eran monstruos.

Eran personas normales que se adaptaron al sistema.

Lo llamó “la banalidad del mal”.