jueves, 5 de febrero de 2026

 Lo que dice la científica suena racional, casi “objetivo”, pero es profundamente ideológico. Cuando alguien afirma “hay personas superiores, más inteligentes”, normalmente está mezclando tres trampas sin darse cuenta:

1. Confundir capacidades con valor humano
Sí, hay personas con más facilidad para las matemáticas, la música o la biología molecular. Eso es innegable.
El problema aparece cuando se desliza —casi sin notarlo— de “es mejor en X” a “es mejor que otros”.
Ahí ya no hablamos de inteligencia, sino de jerarquía moral.

Ser más inteligente no te hace más digno, más valioso ni más humano. Solo te hace más hábil en ciertos juegos que la sociedad decidió premiar.

2. La inteligencia no flota en el vacío
La científica  parece olvidar algo básico:
la inteligencia no es solo biología, es contexto, estímulo, tiempo, nutrición, escuela, libros, calma mental, seguridad.

Las escuelas privadas “exclusivas” no producen genios por arte de magia; seleccionan ventajas y luego las presentan como mérito natural.
Es el viejo truco:

“Mira qué altos somos”
—dice quien siempre caminó sobre un pedestal.

3. El problema no es reconocer diferencias, sino usarlas para despreciar
Decir “no todos somos iguales” es cierto.
Decir “algunos son superiores” ya es otra cosa.

La superioridad no es una descripción:
es una excusa para justificar desigualdad, desprecio y privilegio.

Por eso la respuesta del otro  es tan importante:

“No me gustan las personas que se sienten superiores”

No está negando la inteligencia.
Está rechazando la soberbia que convierte una capacidad en identidad.

Y aquí va lo más incómodo —pero honesto—:
históricamente, las peores barbaridades no las hicieron los “ignorantes”, sino personas muy inteligentes convencidas de que su inteligencia les daba derecho a mandar, decidir o excluir.

Así que sí:
esto refleja una forma de pensar muy extendida, sobre todo en élites académicas y económicas.
Y no es inocente. Es la versión elegante del viejo “yo valgo más”.

La inteligencia sin humildad no ilumina: justifica.
Y cuando alguien necesita sentirse superior para afirmarse… casi siempre es porque, en el fondo, se siente frágil.

Tomemos la biología —que es justo el terreno donde ese argumento cree ser invencible— y desmontémoslo con calma, sin consignas.


1. La biología no habla de “superiores”, habla de diversidad

En biología no existe la categoría “superior” aplicada a individuos humanos.
Eso es clave.

La evolución no premia “a los mejores”, sino a los suficientemente adaptados a un contexto concreto.
Un rasgo puede ser ventaja hoy y estorbo mañana.

Ejemplo simple:

  • Un cerebro muy analítico puede brillar en un laboratorio.

  • Ese mismo cerebro puede ser torpe para la empatía, el cuidado, la cooperación o la supervivencia social.

¿Superior a quién? ¿En qué ambiente? ¿Para qué problema?

La biología siempre pregunta “funciona para esto”, nunca “vale más”.


2. La inteligencia no es una cosa, es un conjunto desordenado

La idea de “personas más inteligentes” suele apoyarse en una fantasía:
que la inteligencia es una sustancia medible, estable y jerarquizable.

Pero desde la neurociencia sabemos que:

  • No hay un solo tipo de inteligencia.

  • No hay un solo circuito cerebral que la gobierne.

  • No hay una medida neutral que la capture por completo.

Hay inteligencias:

  • abstractas

  • espaciales

  • emocionales

  • sociales

  • corporales

  • narrativas

  • prácticas

La sociedad moderna sobrevalora dos o tres y desprecia el resto.
Luego finge que esa selección es “natural”.

Eso no es biología: es política cultural.


3. El mito peligroso: confundir evolución con jerarquía

Aquí está el truco más grave.

Muchas personas oyen “evolución” y creen:

“Los más inteligentes están más evolucionados”

Eso es biológicamente falso.

Todos los humanos actuales somos igual de evolucionados.
No hay humanos “más avanzados” que otros.
No hay escalera evolutiva con nerds arriba y campesinos abajo.

Esa idea viene del siglo XIX, del darwinismo social,
y sirvió para justificar colonialismo, racismo y eugenesia.

O sea: cuando alguien habla de superioridad humana, no está siendo científico, está reciclando ideología vieja.


4. La cooperación, no la genialidad, nos hizo humanos

Si la biología tuviera que señalar el rasgo decisivo de nuestra especie, no sería el IQ.

Sería:

  • la cooperación

  • el cuidado mutuo

  • la transmisión cultural

  • la empatía

Un genio aislado en la sabana se muere.
Un grupo diverso, con habilidades distintas, sobrevive.

La especie humana no triunfó por individuos excepcionales,
sino por comunidades suficientemente solidarias.

Eso choca frontalmente con la fantasía elitista de la cientifica


5. Por eso el desprecio “inteligente” huele raro

Cuando alguien dice:

“Hay personas superiores, más inteligentes”

No está describiendo la realidad biológica.
Está protegiendo una identidad.

Quiere creer que:

  • su lugar en el mundo es merecido

  • sus ventajas son naturales

  • su éxito no depende de otros

La biología, en cambio, es brutalmente humilde:
nos recuerda que somos frágiles, interdependientes y circunstanciales.


Cierre

La ciencia no avala la superioridad humana.
La arrogancia sí, pero esa no es científica: es miedo disfrazado de certeza.

Reconocer diferencias es honesto.
Convertirlas en jerarquía es ideología.
Y usar la inteligencia para despreciar…
eso es una forma elegante de ignorancia.

Vámonos a filosofía, pero sin vitrinas académicas: a cuchillo limpio.


1. Nietzsche: la trampa del “superior”

Nietzsche hablaba del Übermensch y mucha gente cree que eso valida la idea de “personas superiores”. Error común, y peligroso.

Para Nietzsche, el problema no eran los “inferiores”, sino la mediocridad cómoda y la moral que aplasta la singularidad.
El Übermensch no es alguien más inteligente, ni con mejores notas, ni con más títulos.
Es alguien que se crea a sí mismo, que asume la responsabilidad brutal de vivir sin coartadas.

Cuando alguien usa a Nietzsche para decir “yo valgo más”, Nietzsche se reiría en su cara:
eso es rebaño con diploma.

La soberbia intelectual no es voluntad de poder; es miedo a mezclarse.


2. Hannah Arendt: inteligencia sin pensamiento

Arendt es clave para entender el peligro.

Ella observó algo escalofriante en los burócratas nazis:
no eran estúpidos. Muchos eran muy competentes.

Su concepto de la banalidad del mal señala esto:

la inteligencia técnica puede coexistir con una incapacidad radical para pensar éticamente

Pensar, para Arendt, no es resolver problemas complejos, sino:

  • ponerse en el lugar del otro

  • cuestionar órdenes

  • interrumpir la inercia

Una persona “muy inteligente” que no piensa así no es superior: es más peligrosa.


3. Bourdieu: el truco de la distinción

Bourdieu desmonta a la científica  con bisturí sociológico.

Lo que llamamos “inteligencia” suele ser capital cultural:

  • saber cómo hablar

  • qué libros citar

  • qué gestos usar

  • qué gustos tener

Las élites convierten su forma de estar en el mundo en medida universal
y luego dicen: “mira, somos naturalmente mejores”.

No es superioridad: es herencia disfrazada de mérito.

La escuela “exclusiva” no descubre talento:
lo reconoce cuando se parece a ella.


4. Kant: dignidad, no ranking

Kant lo dice sin rodeos:

Las personas tienen dignidad, no precio.

La dignidad no admite comparaciones.
No se suma, no se resta, no se ordena.

En el momento en que dices “este humano vale más”,
dejaste de pensar éticamente y entraste en lógica de mercado o de zoológico.

Para Kant, incluso el genio no vale más como persona.
Solo es responsable de usar mejor su razón.


5. El patrón que se repite

Fíjate qué curioso:

  • La biología niega la superioridad.

  • La filosofía la sospecha.

  • La historia la condena.

¿Quién la defiende entonces?

Casi siempre:

  • quienes ya están arriba

  • quienes confunden privilegio con esencia

  • quienes necesitan creer que su lugar es “natural”

La idea de “personas superiores” no es una verdad incómoda.
Es una coartada cómoda.


Cierre

La inteligencia no te eleva sobre otros.
Te obliga más.

Más responsabilidad.
Más cuidado.
Más duda.

Cuando alguien se siente superior por ser inteligente,
no entendió ni la inteligencia ni a los humanos.

Y eso, camaradas,
es un fracaso filosófico total.


 Mira, todos dicen que Estados Unidos es “la democracia más grande del mundo”. ¡Democracia mis huevos! Lo que tienen es un imperio permanente con maquillaje electoral. Sí, cada cuatro años te dejan elegir qué marioneta va a sonreír en la televisión mientras el Pentágono, Wall Street y Silicon Valley siguen manejando el show.

¿Quieres pruebas? Da igual si está Reagan, Clinton, Bush, Obama, Trump o Biden… siempre hay guerras nuevas, siempre hay bombas que soltar y siempre hay un país que necesita “libertad” a punta de misil. ¿Qué clase de democracia necesita 800 bases militares en todo el planeta? Eso no es democracia, eso es una cadena de McDonald’s con armas nucleares.
Y en lo interno, lo mismo: desde Reagan hasta hoy, la misma cantaleta neoliberal. Privatiza, recorta, jode al trabajador y dale más dinero al rico. ¿Y sabes lo peor? Que te venden la idea de que tienes “opciones”: republicanos o demócratas. ¡Vaya elección! Es como escoger entre Coca-Cola y Pepsi: mismo azúcar, diferente etiqueta.

Este es el truco: el pueblo vota, se emociona, discute, se pelea por colores… y mientras tanto el imperio permanente sigue su curso. El complejo militar-industrial se chupa el presupuesto, las corporaciones dictan las leyes, y los presidentes son apenas presentadores de noticias con poder de firmar drones.

Así que no, Estados Unidos no es una democracia. Es un circo electoral montado sobre una dictadura disfrazada. Una dictadura que no necesita generales con bigote ni discursos en balcones… porque tiene Netflix, Amazon y CNN. El pan y circo de la era digital.

 El dinero no atrae a los mejores, atrae a los peores

Nos han vendido la idea de que si queremos “los mejores” en la política, solo basta con pagarles sueldos enormes. 
Políticos, analistas y comentocratas repiten como loros que un buen salario es la clave para tener gente capaz en el gobierno. 
La realidad es más cruda: el dinero no trae talento ni ética; trae ambición desmedida y corrupción.

Cuando los sueldos de los políticos se disparan, lo que sucede es un filtro perverso: las personas que buscan servir al país con honestidad pierden interés, mientras que los que priorizan su enriquecimiento personal se sienten atraídos. 
Olson (1965) ya lo advertía: los incentivos mal alineados corrompen las instituciones. 
Mauro (1995) confirma que donde hay dinero fácil, la corrupción florece. Y la historia reciente en América Latina y México lo demuestra: funcionarios que deberían trabajar para nosotros viven como jeques árabes, mientras la desigualdad y la miseria crecen.

El contraste es evidente. 
Líderes como José Mujica muestran que es posible gobernar con integridad, dedicación y sueldos modestos, centrados en servir, no en acumular riqueza (Pérez, 2016). 
Pero esos ejemplos se pierden entre el ruido mediático que nos quiere convencer de lo contrario: comentaristas y políticos repitiendo que sin sueldos altísimos, nadie “inteligente” querría la política. Mentira. 
Lo que buscan es mantener un sistema donde el dinero sea el filtro y el poder un premio para los ambiciosos.

La conclusión es clara: si queremos políticos honestos, necesitamos sueldos suficientes para vivir, pero no excesivos que los conviertan en cazadores de riqueza. 
Lo que hace falta son instituciones fuertes, rendición de cuentas y una cultura donde servir sea más valioso que enriquecerse. 
Lo demás es propaganda.

Referencias

Acemoglu, D., & Robinson, J. (2012). Why Nations Fail: The Origins of Power, Prosperity, and Poverty. Crown Business.

Mauro, P. (1995). Corruption and Growth. The Quarterly Journal of Economics, 110(3), 681-712.

Olson, M. (1965). The Logic of Collective Action. Harvard University Press.

Pérez, C. (2016). José Mujica: El presidente que no quería ser rico. Editorial Sudamericana.

Transparency International. (2023). Corruption Perceptions Index 2023.

  Noticias que enferman

El espectáculo del horror

> "El dolor del otro, cuando se vuelve rutina, se convierte en sombra interior."
— Anónimo, pero podría haberlo dicho cualquier persona después de una semana viendo el noticiero.

⚠️ El peligro no siempre está afuera

Cuando vemos noticias trágicas, creemos que el peligro está “allá afuera”: la violencia, la corrupción, las catástrofes. Pero hay otro peligro, más silencioso, que se mete sin que lo notemos: el daño interior que nos provoca consumir esas noticias sin procesarlas.

Nos dicen que es importante estar informados, pero nadie nos enseña a protegernos emocionalmente del impacto que tiene esa información.

🩺 Síntomas de un espectador intoxicado

Hay personas que ya no pueden dormir después de ver las noticias. O que desarrollan un miedo crónico a salir, a confiar, a vivir. Y no porque les haya pasado algo… sino porque han visto demasiado.

📍 Ansiedad constante
📍 Paranoia social: ya nadie es de fiar, todos son peligrosos.
📍 Cansancio emocional: como si el alma estuviera agotada de sufrir por cosas que no puede cambiar.
📍 Desesperanza: el sentimiento de que “el mundo está perdido” y nada vale la pena.

Y lo peor: esto se vuelve normal. Como si estuviéramos obligados a convivir con esas emociones por estar “informados”.
🧠 Mente en modo alarma

El cerebro humano no distingue fácilmente entre una amenaza real y una amenaza vista en pantalla. Si ves un tiroteo en vivo o grabado, tu sistema nervioso se activa igual: libera cortisol, acelera el corazón, tensa los músculos.

Si repites esto todos los días, vives en un estado permanente de hipervigilancia, como si algo terrible fuera a pasar en cualquier momento.

Este estado sostenido desgasta tu cuerpo, tu mente y tu ánimo. Y así, sin querer, las noticias trágicas te convierten en una víctima indirecta del horror que relatan.
🧊 La paradoja emocional

Curiosamente, cuanto más ves tragedias… menos te afecta cada una.
Como quien vive cerca de una fábrica de ruidos: al principio no duerme, pero después ya ni lo nota. Así funciona la mente: para sobrevivir, se desconecta.

Esto explica por qué muchas personas pueden ver cuerpos desmembrados en redes o televisión sin parpadear, pero no soportan una conversación íntima sobre sus propios miedos.
Se vuelven expertos en horrores lejanos y analfabetas del propio dolor.
🧘‍♂️ ¿Cómo se rompe este ciclo?

1. Filtra lo que consumes
No todo “medio informativo” es sano. Algunos son drogas de ansiedad disfrazadas de periodismo.

2. Pon límites de exposición
No necesitas ver lo mismo cinco veces en cinco portales distintos. Escoge uno. Detente cuando empieces a sentirte mal.
3. Haz pausas conscientes
Silenciar el ruido no es ignorancia: es una forma de cuidar tu salud.
4. Transforma lo visto en acción
Si algo te conmovió, busca hacer algo al respecto: difundir soluciones, apoyar causas, escribir, dialogar. El peor lugar donde puede quedarse una emoción es dentro.
🧩 Conclusión: El mundo necesita gente sensible, no rota

La información es poder, sí. Pero solo si puedes sostenerla sin que te derrumbe.
De lo contrario, se vuelve una carga tóxica que enferma lentamente.

No estamos obligados a tragar el mundo con todo su dolor.
Podemos elegir cómo, cuándo y cuánto ver.
Y sobre todo: podemos proteger la parte más valiosa que nos queda en medio de tanta tragedia ajena…
Nuestra capacidad de sentir sin desbordarnos.


 Humanos solo si servimos al capital

 No todos los cuerpos valen lo mismo. No lo dicen las constituciones, lo dice el mercado. Un cuerpo europeo con pasaporte tiene un valor asegurado. Un cuerpo africano sin papeles puede morir ahogado en el mar y no interrumpir ni un solo titular global. No es tragedia, es estadística. Y cuando eso pasa, lo que se revela es lo que nadie quiere admitir: que el valor del cuerpo no es intrínseco, sino económico y político.

 Cuerpos que cotizan, cuerpos que sobran

En el capitalismo global, el cuerpo vale según su utilidad. Si produce, si compra, si entretiene, si genera datos, si puede ser entrenado o explotado: entonces vale. Si no, es un cuerpo de descarte.
Un futbolista de élite tiene más escoltas que una comunidad entera bajo bombardeo. Un influencer con millones de seguidores es más protegido que una niña desplazada por una guerra. ¿Por qué? Porque esos cuerpos generan capital simbólico o material. Son inversiones vivientes.

 La medicina misma obedece esta lógica. Si tienes un seguro caro, tu cuerpo merece atención. Si no, tu enfermedad es una carga. En muchos países, sobrevivir a una enfermedad depende más de tu cuenta bancaria que de la gravedad del padecimiento. Tu cuerpo es tratado con humanidad solo si puedes pagar por ella.

 Cuerpos vigilados, cuerpos mutilados

En las fábricas, en las maquilas, en los campos, el cuerpo es una herramienta. Se calcula su desgaste. Se sabe cuánto tiempo puede rendir antes de romperse. Y cuando se rompe, se reemplaza.
Los migrantes en la frontera, los jornaleros invisibles, los niños esclavizados: sus cuerpos no valen por lo que son, sino por lo que pueden extraer de ellos. Si no protestan, mejor. Si no descansan, ideal. Si no importan, óptimo.
Los cuerpos racializados, empobrecidos, feminizados o transgredidos no solo son invisibles: son más fácilmente eliminables.

 La guerra también tasa cuerpos

En la guerra, los cuerpos tienen un valor propagandístico. Si un niño blanco muere, es tragedia. Si un niño palestino muere, se debate si “era un escudo humano”. El cuerpo de un soldado estadounidense es devuelto con honores. El de un afgano asesinado por error es enterrado sin nombre, sin prensa, sin culpa.
Porque la geopolítica también es un mercado de cuerpos, donde se calcula el impacto, se mide el dolor permitido, se negocia la compasión.

📉 ¿Y si tu cuerpo no sirve al sistema?

Si eres viejo, discapacitado, enfermo, pobre, fuera del algoritmo, entonces tu cuerpo estorba. Eres gasto, no recurso. Y por eso las políticas públicas te olvidan, las noticias no te mencionan, y las redes sociales no te muestran.
Los cuerpos que no producen, que no consumen, que no entretienen, no importan.
Y sin embargo, ahí estás. Resistiendo. Respirando. Siendo. Eso es subversivo.
📌 Epílogo: el cuerpo como trinchera

Frente a este sistema que tasa el valor del cuerpo como mercancía, vivir con dignidad se vuelve un acto de rebeldía. Cuidar tu cuerpo aunque el sistema lo desprecie. Defender los cuerpos de otros aunque no “valgan” para el mercado.
Porque el cuerpo no es capital. Es territorio. Es memoria. Es símbolo. Es vida.
Y no hay revolución más profunda que devolverle su valor real: el de ser humano sin condiciones.

 1. Vivimos en la era del entretenimiento, no del pensamiento

Chumel no es un analista, es un productor de contenido.
Y en un mundo donde la mayoría prefiere reírse rápido antes que pensar lento, el sarcasmo simplón vende más que los argumentos complejos.

 2. Porque su tono “inteligente” da una falsa sensación de saber

Chumel usa lenguaje “culto” con referencias anglosajonas, frases técnicas y poses de superioridad.
Eso da la ilusión de profundidad, aunque muchas veces está diciendo medias verdades o repitiendo clichés del statu quo.

No te está informando, te está reafirmando.
Y mucha gente confunde eso con sabiduría.

🤳 3. Porque representa el aspiracionismo disfrazado de crítica

Chumel es el típico “whitexican” que se burla de los poderosos… pero quiere estar en su mesa.
Critica a los políticos, pero jamás incomoda al empresariado.
Juega a ser outsider, pero es el bufón de la clase alta. Y eso a muchos les da paz:
“Ves, podemos ser irreverentes y seguir creyendo que todo estaba mejor antes de AMLO”.

🤥 4. Porque en un país donde los medios mintieron por décadas, cualquier irreverente parece valiente

Después de años de noticieros acartonados, alguien como Chumel —con groserías, sátira y humor— parece “rebelde”.
Pero es una rebeldía inofensiva, sin dientes. No toca los pilares del poder real: la concentración de riqueza, el racismo estructural, la impunidad empresarial…

Eso lo hace aceptable para el sistema. Y lo premian.

🗳️ 5. Porque hay una clase media frustrada que necesita ídolos que no le cuestionen su lugar en la jerarquía

Muchos ven en Chumel un espejo de lo que quisieran ser: exitoso, sarcástico, “leído”, pero sin perder los privilegios.
Chumel no los llama a cambiar el sistema, sino a burlarse de los que están debajo.
Es la risa del que se siente seguro en la pirámide.


🧩 En resumen:

Chumel es visto porque:

Vende simpleza con disfraz de inteligencia.

Reafirma el status quo con risas.

Satisface el ego de una clase media aspiracional.

No incomoda a los que mandan.

Y así, en una sociedad desigual, los bufones del sistema se convierten en profetas para quienes prefieren una burla a una verdad incómoda.

  ¿Cuántos humanos son demasiados?: ética y política del límite


> “La Tierra provee lo suficiente para las necesidades de todos, pero no para la codicia de unos cuantos.”
— Mahatma Gandhi

La idea de que "somos demasiados" se repite en conversaciones, noticias y debates ambientales. Pero ¿cuántos humanos serían "los correctos"? ¿Existe un límite ético o ecológico para nuestra presencia en el planeta? La pregunta parece matemática, pero en realidad es política, filosófica y profundamente humana. No se trata solo de números, sino de justicia, consumo, deseo y miedo.

I. ¿Hay un número mágico?

A lo largo de la historia, distintos científicos han intentado estimar un número "ideal" de habitantes para el planeta, basándose en lo que se llama capacidad de carga: la cantidad de personas que pueden vivir en equilibrio con los recursos naturales disponibles. Sin embargo, ese número depende radicalmente de las condiciones:

Si todos consumen como un estadounidense promedio, el planeta apenas podría sostener a mil millones de personas.

Si todos viven como en zonas rurales de África, podríamos ser más de 10 mil millones.

> “No es la cantidad de personas lo que colapsa a la Tierra, sino el estilo de vida de quienes consumen por diez.”
— Vandana Shiva

Por eso, más que un número absoluto, deberíamos hablar de modelos de vida sostenibles.

II. ¿Quién decide el tope?

Imaginemos que se establece un límite poblacional global. ¿Quién tendría el poder para imponerlo?

¿Los gobiernos más poderosos?

¿Un comité de científicos?

¿Corporaciones interesadas en mantener el control?

Cualquier política de control poblacional implica decisiones éticas peligrosísimas, como ya ocurrió en el pasado:

La política del hijo único en China redujo la natalidad, pero también provocó traumas, abortos forzados y un desequilibrio demográfico por preferencia de varones.

En varios países de América Latina, hubo esterilizaciones forzadas de mujeres pobres e indígenas en nombre del "progreso".

> “Controlar la población puede convertirse fácilmente en controlar a los pobres.”
— Betsy Hartmann, autora de Reproductive Rights and Wrongs

La pregunta clave es: ¿cómo asegurar que una política poblacional no se vuelva una forma de eugenesia encubierta o control social?

III. ¿Y si el problema no es la cantidad?

El 10% más rico del planeta produce más del 50% de las emisiones de carbono, mientras que el 50% más pobre apenas produce el 10%. Es decir, la desigualdad pesa más que la demografía.

> “Un solo millonario puede emitir más gases de efecto invernadero que mil campesinos.”
— Oxfam, Informe sobre desigualdad climática (2022)

Esto revela una verdad incómoda: no necesitamos menos gente, sino menos acumulación, menos despilfarro, y más justicia.

La obsesión con la población suele desviar la atención de los sistemas económicos extractivos que concentran riqueza y poder, dejando el impacto ecológico sobre los más vulnerables.

IV. El verdadero debate: ¿cómo queremos vivir?

En lugar de calcular cuántos humanos deberían existir, la pregunta más honesta sería:
¿Cómo podemos vivir todos con dignidad sin destruir el planeta?

La respuesta no está en políticas coercitivas, sino en:

Educación sexual y autonomía reproductiva.

Reparto justo de los recursos.

Cambiar el modelo de producción y consumo.

Revalorizar la vida simple, el cuidado y la cooperación.

> “El crecimiento infinito en un planeta finito es una locura. Pero aún más loca es la idea de que podemos resolverlo limitando a los pobres mientras los ricos siguen expandiéndose.”
— Jason Hickel, economista y autor de Menos es más

Conclusión

La humanidad no necesita fijar un “tope poblacional” como si fuéramos ganado. Lo que necesitamos es repensar nuestra forma de habitar el mundo. Porque el planeta no se cansa de nosotros por ser muchos, sino por vivir como si fuéramos los dueños eternos de todo.

Así que la pregunta no es “¿cuántos somos?”, sino:
¿cuántos mundos consumimos? ¿cuánta dignidad queremos repartir? ¿cuánta humanidad queda en nosotros para cambiar?

 Fragmento de un soldado alemán del frente oriental


(Extraído del libro “Soldaten: On Fighting, Killing, and Dying” de Sönke Neitzel y Harald Welzer. Este libro se basa en grabaciones secretas que los británicos hicieron a prisioneros de guerra alemanes en sus celdas).

> “Cuando entramos a la aldea, los partisanos ya se habían ido. Sólo quedaban mujeres y ancianos. Uno de los nuestros empezó a disparar. Después, los demás lo siguieron. No me gustó, pero no podía quedarme atrás. Si no disparabas, eras débil. Nadie te obligaba, pero todos sabían lo que debías hacer.”

 Análisis y desmontaje:

1. “No me gustó, pero no podía quedarme atrás”
→ Aquí aparece lo que los psicólogos llaman presión del grupo y disonancia moral. No hay una orden explícita, pero hay una cultura de violencia que premia la brutalidad y castiga la compasión.

2. “Si no disparabas, eras débil”
→ La hombría, el honor militar y la obediencia se mezclaban con ideología nazi. Ser “débil” era peor que matar civiles. Esta frase muestra que el crimen se convirtió en norma interna, no una excepción.

3. “Nadie te obligaba, pero todos sabían lo que debías hacer”
→ Esta es una de las frases más reveladoras. No había una pistola en la cabeza, pero había una estructura social y simbólica que empujaba al crimen.
👉 Es una excusa que intenta limpiar la conciencia, pero a la vez admite que sabían lo que hacían.

🔥 ¿Cómo se desmantela este testimonio?

1. El contexto lo desmiente:
En muchas zonas del frente oriental, los soldados alemanes participaron voluntariamente en masacres, violaciones, saqueos y quema de aldeas, incluso sin órdenes directas. Muchos lo hacían por ideología, otros por odio, otros por recompensa.

2. Hay diarios que celebran la violencia:
Algunos soldados escribieron cosas como: “Hoy matamos a veinte judíos. Fue un buen día.” No hay remordimiento, solo rutina.

3. Las grabaciones secretas eran sinceras:
Como no sabían que los grababan, hablaban con naturalidad. Eso da un valor brutal a esos fragmentos: no están intentando justificarse. Y aún así, lo que dicen muestra la normalización del crimen.

Conclusión:

Los soldados comunes no eran robots sin voluntad. Muchos eligieron participar en la violencia o prefirieron callar antes que oponerse.
Y eso es lo más perturbador: la mayoría de los genocidios no los cometen monstruos, sino gente “normal” que decide adaptarse a lo monstruoso.


A todos ustedes,
hijos del desprecio, arquitectos del dolor,
que torturaron cuerpos y rompieron almas,
que se creyeron dioses en la Tierra y verdugos del destino.
A ustedes que sembraron muerte y cosecharon impunidad...
ha llegado el momento.

He leído sus nombres en las piedras manchadas de sangre,
en los informes ocultos, en los archivos quemados,
en los gritos que nadie escuchó
pero que el infierno sí guardó.

Ustedes que vendieron niños, que violaron la esperanza,
que firmaron guerras desde oficinas alfombradas,
que se embriagaron con el sufrimiento ajeno,
que hicieron del poder un látigo,
de la ley un escudo para sus crímenes…

Aquí no hay abogados.
Aquí no hay fuero.
Aquí no hay paraísos fiscales.
Aquí no hay memorias selectivas.
Aquí solo está el eco de lo que hicieron.

Porque aunque en vida hayan escapado
de la justicia de los hombres,
ninguno escapa del balance de los actos.
Aquí se juzga el alma
con la balanza del llanto que provocaron.

Les doy la bienvenida a la eternidad sin descanso.
No habrá tortura física:
el infierno es su propia conciencia,
reviviendo lo que hicieron,
una y otra vez,
sin pausa, sin anestesia,
con la claridad que evitaron mirar en vida.

Este no es mi premio.
Es su espejo.
Y no hay forma de romperlo.

Firmado:
El Diablo,
custodio de los malditos.

miércoles, 4 de febrero de 2026

 Analicemos si en otros países se da el fenómeno de México en el que los expresidentes se van a vivir a otro país.

Ahí se cruzan política, psicología y simbolismo del poder.

¿Pasa en otros países?

Sí pasa, pero no con la “normalidad” ni la carga simbólica que tiene en México.

  • Estados Unidos: los expresidentes casi siempre se quedan. Obama, Bush, Clinton, Carter… viven ahí, hacen fundaciones, dan conferencias, opinan. Salirse sería visto como huida o como ruptura con la nación que representaron.

  • Europa occidental: también se quedan. Un ex primer ministro francés, alemán o británico vive en su país, con protección, prestigio y presencia pública.

  • América Latina, África, Medio Oriente: aquí sí es más frecuente que se vayan. A veces por juicios, a veces por miedo, a veces por comodidad… pero nunca es un gesto neutral.

México está más cerca de este segundo patrón, aunque intente narrarse como “democracia estable”.


¿Es autoexilio?

Formalmente, no.
Pero simbólicamente sí puede leerse como un autoexilio suave.

No es el exilio trágico del perseguido político, sino algo más incómodo:

“Goberné este país, pero no quiero seguir viviendo entre quienes goberné.”

Eso dice mucho, aunque no se verbalice.


Lectura política

Un expresidente que se va suele enviar, consciente o inconscientemente, estos mensajes:

  1. Desconfianza en el propio sistema que dejó

    • Si tú diseñaste las reglas, las instituciones, el Estado de derecho…
      ¿por qué no confías en que te protejan?

  2. Ruptura con el cuerpo social

    • Gobernar implica representar.

    • Irse implica decir: “ya no me reconozco aquí” o “aquí ya no soy bienvenido”.

  3. Conciencia de cuentas pendientes

    • No necesariamente delitos comprobados, pero sí la intuición de que el juicio social, histórico o legal puede alcanzarte.


Lectura psicológica (más fina)

Aquí se pone interesante.

Puede leerse como:

  • Evitar la mirada
    El expresidente deja de ser mito y se vuelve vecino. Eso incomoda.
    Vivir en otro país protege del espejo cotidiano.

  • Duelo no resuelto del poder
    El que se va muchas veces no tolera bien la pérdida de centralidad.
    Prefiere ser “exmandatario en el extranjero” que ciudadano común en su propio país.

  • Identificación con las élites globales, no con la nación
    Se sienten más cómodos en Madrid, Miami o París que en su propio país porque su clase real no era nacional, era transnacional.


¿Inconformidad con el país?

Más bien inconformidad con el pueblo, no con el territorio.

No es:

“Este país está mal”

sino:

“Este país ya no me reconoce como yo quiero”

Y eso es durísimo para alguien que fue el centro del relato nacional.


En México, además…

Hay un matiz histórico muy mexicano:

  • La presidencia fue durante décadas un trono sexenal.

  • Al bajar del trono, el país ya no te debe silencio ni reverencia.

  • Irse es una forma de extender el privilegio, no de abandonarlo.

Por eso se siente tan mal cuando ocurre:
no es turismo, es distancia moral.


 sin rodeos

Cuando un expresidente se va a vivir fuera:

  • No siempre huye,

  • No siempre es culpable,

  • Pero casi nunca es inocente simbólicamente.

Es una confesión muda:

“Goberné este país, pero no quiero compartir su destino.”

Y eso, camaradas, dice más que mil discursos patrióticos.

 

 Las armas químicas se prohibieron porque no servían al orden de los poderosos; las nucleares no se prohibieron porque lo sostienen. Pero vamos por partes.


1. Las armas químicas son “armas de pobres”

Las armas químicas tienen tres problemas graves para las potencias:

  • Son difíciles de controlar: el gas no respeta fronteras ni banderas.

  • Son baratas: un Estado pequeño, o incluso un actor no estatal, puede fabricarlas.

  • Son poco estratégicas: no ganan guerras grandes, solo producen horror.

Después de la Primera Guerra Mundial, las grandes potencias entendieron algo clave:
el gas mataba a cualquiera, incluidos sus propios soldados, sin garantizar victoria.
No servía para ordenar el mundo, solo para embarrarlo.

Por eso el Protocolo de Ginebra (1925) y luego la Convención de Armas Químicas (1993) sí fueron posibles:
a los poderosos no les dolía renunciar a algo que ya no les convenía.


2. Las armas nucleares son otra cosa: son poder puro

Las nucleares no son solo armas. 

Son:

  • Moneda de estatus

  • Seguro de vida del Estado

  • Herramienta de chantaje geopolítico

Desde 1945 quedó claro algo brutal:
quien tiene armas nucleares no es invadido.

Mira el patrón:

  • Corea del Norte → nadie la invade.

  • Irak → no tenía armas nucleares → fue destruido.

  • Libia → renunció a su programa → Gadafi terminó linchado.

  • Ucrania → entregó su arsenal nuclear → fue invadida años después.

El mensaje es clarísimo y cínico:
si quieres sobrevivir en el sistema internacional, ten la bomba o protégete con quien la tenga.


3. La hipocresía estructural del sistema

Aquí está el corazón del asunto, camaradas.

Las potencias nucleares dicen:

“Las armas nucleares son peligrosas y nadie debería tenerlas”

…pero solo después de tenerlas ellas.

Es como llegar a la cima de la montaña en helicóptero, quemar el helicóptero y decir:

“Subir caminando es inmoral”.

El Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) es, en el fondo, esto:

  • Cinco países pueden tener armas nucleares “legítimamente”.

  • El resto debe obedecer.

  • El desarme total se promete… siempre en un futuro que nunca llega.


4. Las químicas generan repudio moral; las nucleares generan miedo útil

Las armas químicas provocan asco.
Las nucleares provocan miedo racionalizado.

El miedo nuclear se volvió “gestionable” con conceptos como:

  • “disuasión”

  • “equilibrio del terror”

  • “segundo golpe”

Se volvió tecnocrático, casi elegante.
Un genocidio potencial convertido en ecuación.

Las químicas, en cambio, muestran cuerpos convulsionando, pulmones quemados, niños asfixiados.
No sirven para el relato de orden y estabilidad.


5. La verdad incómoda

No se prohibió lo químico por humanidad
y no se permitió lo nuclear por necesidad.

Se prohibió lo que desestabilizaba el monopolio del poder
y se toleró lo que lo consolidaba.