Las declaraciones de Hebe Casado (vicegobernadora de la provincia de Mendoza, Argentina) existieron y provocaron un fuerte choque diplomático que derivó en que la Embajada de Francia en Argentina la declarara persona non grata.
Calificó a la selección de Francia como un "equipo africano flojo de modales".
Aseguró abiertamente respecto al capitán de los Bleus: "No soporto a Mbappé", tildándolo además de soberbio por sus actitudes en la cancha frente a los jugadores paraguayos.
La respuesta corta a si hay más racismo oculto del que pensamos es sí, absolutamente. Siempre estuvo ahí, pero los mecanismos sociales que antes lo contenían han cambiado drásticamente.
No es necesariamente que la gente se haya vuelto racista de la noche a la mañana, sino que las barreras de la vergüenza social se han roto.
Varios factores explican este fenómeno global:
1. El fin del "costo social" y la validación política
Durante décadas, el racismo conllevaba un fuerte castigo social: el aislamiento, la pérdida del empleo o el fin de una carrera pública. Hoy, líderes políticos y figuras públicas de alto nivel en todo el mundo han descubierto que el discurso de odio, la xenofobia y el nacionalismo excluyente rinden frutos electorales.
Cuando un gobernante o una figura de autoridad valida esos prejuicios desde un micrófono, el ciudadano común siente que tiene "permiso" para replicarlos. El racismo deja de verse como una falta moral y pasa a disfrazarse de "libertad de expresión" o "políticamente incorrecto".
2. El algoritmo de las redes sociales
Las plataformas digitales no premian el consenso; premian el enganche (engagement), y nada genera más enganche que la indignación y el conflicto. Los algoritmos crean "cámaras de eco" donde las personas con prejuicios se encuentran entre sí, se retroalimentan y normalizan discursos que antes solo se atreverían a susurrar. Al ver que miles de personas comentan lo mismo, asumen que su sesgo es la "verdad oculta" que nadie se atreve a decir.
3. El anonimato y la cultura del "es solo un meme"
El racismo moderno se ha vuelto sumamente escurridizo porque suele disfrazarse de humor, ironía o folklore futbolístico. Si alguien critica una actitud racista, la respuesta inmediata suele ser: "Es solo un chiste", "ya no se puede decir nada", o "es la generación de cristal". Esta estrategia desvía la atención de la gravedad del insulto y victimiza al agresor, diluyendo las consecuencias.
4. Ansiedad económica y cultural
Cuando el mundo atraviesa crisis económicas, inflación o cambios demográficos globales, el miedo florece. Históricamente, la salida más fácil para el miedo humano es buscar un chivo expiatorio. Es mucho más sencillo culpar a la inmigración, a una minoría o a un grupo étnico de los problemas complejos de un país que analizar fallas estructurales o económicas.
El racismo latente siempre fue como un río subterráneo. Lo que estamos viendo hoy no es el nacimiento de un nuevo prejuicio, sino la erosión de los diques sociales que lo mantenían oculto. Cuando las instituciones o la propia sociedad dejan pasar estos comentarios sin consecuencias reales, el límite de lo aceptable se recorre un paso más hacia atrás.
Es la gran paradoja: la ciencia ha demostrado hasta el cansancio que genéticamente todos somos una sola especie y que las "razas" son una construcción social, no una realidad biológica. Sin embargo, el sentimiento de superioridad blanca sigue operando con fuerza.
¿Por qué ocurre esto si no tiene sustento científico? Porque no nació de la ciencia, sino de la historia, el poder y la psicología.
Aquí están las razones estructurales de por qué persiste esa ilusión de superioridad:
1. El racismo se inventó para justificar el dinero y el poder
Históricamente, la idea de la "superioridad blanca" no fue un error científico; fue una herramienta económica. Durante los siglos de la colonización, el comercio de esclavos y el imperialismo, las potencias europeas necesitaban una justificación moral para explotar tierras, saquear recursos y esclavizar a millones de personas.
Si decían que todos los seres humanos eran iguales, lo que estaban haciendo era un crimen atroz. Pero si inventaban la narrativa de que el hombre blanco era biológicamente superior, civilizado y elegido por Dios, entonces la colonización y la esclavitud se disfrazaban de "un deber moral para civilizar a los salvajes". La economía creó el racismo, y el racismo justificó la opresión.
2. El sesgo de confirmación y el "Mundo de los Espejos"
Aunque la ciencia diga lo contrario, el cerebro humano es propenso al sesgo de confirmación: busca pruebas que apoyen lo que ya quiere creer e ignora las que lo contradicen.
Durante siglos, el canon de belleza, los héroes históricos, la literatura, la ciencia académica y el cine de Hollywood han tenido un rostro predominantemente blanco. Cuando una persona blanca crece en un mundo donde el éxito, el poder, la inteligencia y la divinidad se han representado históricamente con su propio color de piel, desarrolla un sentimiento inconsciente de centralidad. Sienten que ellos son la "norma" y todo lo demás es la "alteridad" o la excepción.
3. La psicología del estatus y el miedo a la pérdida
A nivel individual, la superioridad blanca funciona a menudo como un mecanismo de defensa psicológico. El sociólogo W.E.B. Du Bois hablaba del "salario público y psicológico" de la blancura. Explicaba que, incluso para las personas blancas más pobres, de clase baja o frustradas con sus vidas, la sociedad les otorgaba un estatus automático: “Al menos no soy negro, al menos no soy indígena, al menos estoy por encima de alguien”.
Sentirse superior por el simple hecho de nacer con un color de piel es el camino más fácil para el ego; no requiere esfuerzo, ni talento, ni mérito intelectual. Por eso, cuando los movimientos sociales exigen igualdad real, muchas de estas personas no lo ven como justicia, sino como una "pérdida de privilegios" o una amenaza a su identidad, lo que desata una reacción agresiva y defensiva.
4. El racismo institucional (La inercia del sistema)
El racismo es como un auto con el motor apagado pero que sigue avanzando porque va de bajada: tiene inercia. Aunque hoy las leyes prohíban la discriminación, las estructuras heredadas del pasado siguen premiando la blancura.
El acceso a la riqueza familiar acumulada por generaciones, los mejores puestos de trabajo mediante redes de contactos del mismo círculo, y la falta de cuestionamiento ante la autoridad penal o financiera, hacen que quienes se benefician de este sistema asuman que su posición cómoda se debe a su superioridad o esfuerzo individual, ignorando la ventaja de salida que les dio el color de su piel.
En resumen: los racistas no se sienten superiores porque ignoren la ciencia; se sienten superiores porque el sistema en el que viven todavía les paga dividendos sociales por ser blancos. Desmantelar esa creencia no es solo un asunto de educar con datos científicos, sino de desmontar los privilegios reales que esa ilusión todavía sostiene.

