lunes, 19 de octubre de 2026

 

“Es importante aprender a no enfadarse con opiniones diferentes a las propias, sino a ponerse a trabajar en entender cómo surgieron. Si, después de entenderlas, todavía parecen falsas, entonces se pueden combatir mucho más eficazmente que si se hubiera continuado meramente horrorizado. No estoy sugiriendo que el filósofo no deba tener sentimientos; el hombre que no tiene sentimientos, si es que existe tal hombre, no hace nada y, por lo tanto, no logra nada. Ningún hombre puede esperar convertirse en un buen filósofo a menos que tenga ciertos sentimientos que no son muy comunes.

Debe tener un deseo intenso de entender el mundo, en la medida de lo posible; y para entender, debe estar dispuesto a superar esas estrecheces de perspectiva que hacen imposible una percepción correcta. Debe aprender a pensar y sentir, no como miembro de este o aquel grupo, sino simplemente como un ser humano. Si pudiera, se despojaría de las limitaciones a las que está sujeto como ser humano. Si pudiera percibir el mundo como un marciano o un habitante de Sirio, si pudiera verlo como parece a una criatura que vive un día y también como le parecería a una que vive un millón de años, sería un mejor filósofo.

Pero esto no lo puede hacer; está atado a un cuerpo humano con órganos humanos de percepción. ¿En qué medida se puede superar esta subjetividad humana? ¿Podemos saber algo en absoluto sobre lo que es el mundo en oposición a lo que parece? Esto es lo que el filósofo desea saber, y es con este fin que debe someterse a un largo entrenamiento de imparcialidad.”


Bertrand Russell,


 Las armas son las herramientas de la violencia;

    todo hombre decente las detesta.

    Las armas son las herramientas del miedo;

    el hombre decente las evita.

    Sólo con el mayor refreno

    y en la más extrema necesidad

    las usará si a ello es compelido.

    La paz es el valor más elevado.

    Si la paz ha sido alterada,

    ¿cómo podría estar contento?

    Sus enemigos no son demonios

    sino seres humanos como él.

    No les desea mal.

    No se regocija en la victoria.

    ¿Cómo podría regocijarse en la victoria

    y deleitarse en la matanza?

    Él entra en batalla gravemente,

    con gran pena y compasión,

    como si a un funeral asistiera.


Lao Tse

domingo, 18 de octubre de 2026


 Todo esto no tendría que durar, pero durará

siempre. EI siempre de los hombres, naturalmente,

un siglo, dos siglos.Y luego será distinto, pero peor.

Nosotros fuimos los Gatopardos, los leones.

 Quienes

nos sustituyan serán chacalitos y hienas, y todos,

gatopardos, chacales y ovejas, continuaremos

creyéndonos la sal de la tierra.

(Giuseppe Tomasi di Lampedusa)


Esta cita de Giuseppe Tomasi di Lampedusa es una pequeña radiografía del poder político. Tiene algo de tragedia histórica y algo de cinismo: las élites desaparecen, los regímenes cambian, los discursos se renuevan, pero la lucha por conservar los privilegios parece sobrevivir a todos ellos.

1. «Todo esto no tendría que durar, pero durará siempre»

Aquí aparece la primera paradoja.

El orden político existente puede parecer injusto, absurdo o insostenible. Sin embargo, que un sistema sea injusto no significa que vaya a desaparecer, ni que sus contradicciones provoquen automáticamente una revolución.

¿Por qué duran los sistemas que parecen condenados a desaparecer?

  • Por los intereses creados: quienes se benefician del orden existente tienen recursos para defenderlo.
  • Por la costumbre: las personas pueden terminar considerando natural un orden que es, en realidad, histórico y contingente.
  • Por la capacidad de adaptación: los sistemas políticos pueden modificar sus instituciones y discursos para sobrevivir.
  • Por el miedo a lo desconocido: incluso quienes padecen un sistema pueden temer las consecuencias de derribarlo.

La frase cuestiona una creencia muy extendida en la política: que las injusticias contienen, por sí mismas, la garantía de su propia desaparición.

La historia no tiene esa obligación.

Una sociedad puede convivir durante siglos con contradicciones que, desde fuera, parecen insoportables.

2. «El siempre de los hombres, naturalmente, un siglo, dos siglos»

Lampedusa introduce aquí una ironía fundamental: confundimos nuestra escala temporal con la eternidad.

Los seres humanos llamamos eterno a aquello que sobrevive a nuestra vida. Una institución que dura cien años puede parecernos inmutable, aunque, desde una perspectiva histórica, sea relativamente reciente.

Pensemos en las monarquías europeas, los imperios coloniales o las repúblicas modernas. Muchos de estos órdenes parecieron naturales a quienes vivieron bajo ellos. Sin embargo, terminaron transformándose o desapareciendo.

El poder no necesita ser eterno; le basta con durar lo suficiente para que varias generaciones lo consideren inevitable.

Este es un mecanismo importante de legitimación política. Cuando una institución existe desde hace mucho tiempo, su antigüedad puede confundirse con su justicia.

Pero que algo haya durado no demuestra que merezca durar.

Y que algo parezca inevitable tampoco significa que lo sea.


3. «Y luego será distinto, pero peor»

Aquí encontramos el pesimismo político más profundo de la cita.

Lampedusa no afirma simplemente que los sistemas políticos cambien. Sugiere que el cambio puede producir una degradación de quienes ejercen el poder.

La caída de una élite no garantiza la emancipación de la sociedad.

Una revolución puede destruir una aristocracia y crear una nueva burocracia privilegiada. Un movimiento que combate la corrupción puede desarrollar sus propias redes clientelares. Un partido que promete representar al pueblo puede terminar utilizando esa representación para perpetuarse.

El problema es que cambiar a quienes gobiernan no equivale necesariamente a cambiar las relaciones mediante las cuales se ejerce el poder.

Imaginemos tres escenarios:

El viejo ordenLa promesa de cambioEl posible resultado
Una aristocracia hereditariaIgualdad de oportunidadesUna élite económica que concentra los recursos
Una dictaduraLibertad políticaUn sistema electoral en el que persisten redes clientelares
Una burocracia privilegiadaGobierno del puebloUna nueva burocracia que monopoliza las decisiones

Estos ejemplos son posibilidades históricas, no desenlaces inevitables. Los cambios políticos también pueden ampliar derechos, reducir privilegios y mejorar las condiciones de vida.

Sin embargo, la advertencia de Lampedusa permanece: la identidad de quienes ocupan el poder puede cambiar sin que cambie sustancialmente la manera en que ese poder se organiza.

La pregunta decisiva, por tanto, no es solamente quién sustituye a los gobernantes, sino qué mecanismos impiden que los nuevos gobernantes reproduzcan los privilegios de sus antecesores.


4. «Nosotros fuimos los Gatopardos, los leones»

Aquí conviene detenernos en los animales.

El gatopardo representa al aristócrata, al miembro de una élite acostumbrada a ejercer el poder y a considerarlo parte de su mundo.

El león, por su parte, evoca la fuerza, la autoridad y el dominio.

Los leones no necesitan justificar continuamente su posición ante quienes consideran inferiores. Su autoridad descansa, en buena medida, en la aceptación de una jerarquía social.

Pero Lampedusa introduce algo interesante: quienes hablan reconocen que pertenecen a una clase histórica que será desplazada.

No se presentan como eternos. Saben que su época terminará.

Lo que les preocupa es quién ocupará su lugar.

Y aquí aparece una cuestión fundamental: una élite puede reconocer que su dominio es temporal sin dejar de considerar legítimo su derecho a dominar.

Saber que uno será sustituido no significa cuestionar el sistema que permitió ocupar la posición privilegiada.

Este es el límite de la autoconciencia aristocrática: reconocer la decadencia propia no equivale a renunciar a los privilegios.

La élite puede aceptar que ha llegado su ocaso y, aun así, seguir pensando que los demás no están a su altura.


5. «Quienes nos sustituyan serán chacalitos y hienas»

La sustitución de los leones por chacales y hienas es una imagen de degradación.

Los antiguos dominadores se atribuyen grandeza, dignidad y autoridad. A sus sucesores les reservan la mezquindad, el oportunismo y la depredación.

Pero hay una ironía que no debemos pasar por alto: quienes están perdiendo sus privilegios no son necesariamente observadores imparciales de quienes los reemplazan.

Una aristocracia puede interpretar el ascenso de nuevos grupos sociales como una decadencia moral, cuando también puede estar presenciando la pérdida de su monopolio sobre el prestigio y la autoridad.

Pensemos en el enfrentamiento entre una antigua élite terrateniente y una burguesía en ascenso.

Los primeros pueden considerar vulgares a los segundos, obsesionados con el dinero y carentes de tradición. Los segundos pueden considerar parasitarios a los primeros, beneficiarios de una posición heredada que no han tenido que conquistar.

Ambos pueden tener parte de razón y, al mismo tiempo, defender sus propios intereses.

La pregunta política consiste en distinguir dos fenómenos:

  • La sustitución de una élite por otra: cambia el grupo que ocupa la cima de la sociedad.
  • La transformación de las relaciones de poder: cambian las reglas que determinan quién puede gobernar, con qué límites y en beneficio de quién.

No son lo mismo.

Una sociedad puede experimentar la primera sin experimentar la segunda.


6. «Y todos, gatopardos, chacales y ovejas, continuaremos creyéndonos la sal de la tierra»

este es el núcleo filosófico del pasaje.

La expresión «la sal de la tierra» designa a quienes se consideran especialmente valiosos, indispensables o superiores al resto.

Lampedusa extiende esa ilusión a todos los grupos sociales.

Los antiguos aristócratas creen que su linaje los distingue. Los nuevos poderosos creen que su astucia o su éxito los hacen superiores. Y las ovejas, que representan a quienes siguen al rebaño o aceptan el orden establecido, tampoco quedan fuera de esa vanidad colectiva.

Todos encuentran una razón para considerarse excepcionales.

Desde el punto de vista político, esto tiene consecuencias importantes.

La dominación no se sostiene únicamente mediante la fuerza

Los gobernantes necesitan recursos, instituciones y, en ocasiones, coerción. Pero también necesitan relatos que expliquen por qué deben gobernar.

Una élite puede afirmar que merece el poder por su nacimiento.

Otra, por su riqueza.

Otra, por su preparación técnica.

Otra, por haber protagonizado una revolución.

Otra, por representar la voluntad del pueblo.

Los argumentos son diferentes, y no todos tienen el mismo fundamento. La preparación técnica, por ejemplo, puede ser relevante para desempeñar determinadas funciones públicas. Pero ninguno de estos atributos concede automáticamente un derecho ilimitado a gobernar.

La pregunta es cuándo una justificación legítima se convierte en una excusa para perpetuar privilegios.

El aristócrata puede decir: «Gobernamos porque tenemos tradición».

El empresario: «Gobernamos porque sabemos crear riqueza».

El revolucionario: «Gobernamos porque conocemos los intereses verdaderos del pueblo».

El tecnócrata: «Gobernamos porque sabemos lo que los demás ignoran».

Y el gobernante autoritario: «Gobernamos porque sin nosotros reinaría el caos».

En todos estos casos debemos preguntar qué evidencia respalda sus afirmaciones, quién se beneficia de ellas y qué mecanismos permiten cuestionarlas.

La crítica de Lampedusa alcanza aquí una dimensión antropológica: los seres humanos no solamente desean poder; también desean creer que merecen tenerlo.

Esa convicción puede ser mucho más resistente que cualquier régimen político.


7. Lampedusa frente a Maquiavelo, Marx y Pareto

La cita adquiere mayor profundidad cuando la ponemos en diálogo con otros pensadores.

Maquiavelo: el poder no es una cuestión de pureza moral

Para Nicolás Maquiavelo, comprender la política exige estudiar cómo se conquista, conserva y pierde el poder, en lugar de limitarse a juzgar las intenciones declaradas de los gobernantes.

Desde esa perspectiva, Lampedusa nos invita a desconfiar de las explicaciones que presentan los cambios políticos exclusivamente como enfrentamientos entre buenos y malos.

Los antiguos gobernantes pueden ser sustituidos por personas que emplean métodos diferentes, pero la lucha por conservar el poder continúa.

La cuestión maquiaveliana sería: ¿qué recursos permiten a los nuevos gobernantes mantenerse en el poder y qué circunstancias podrían hacerlos caer?

Marx: ¿cambia la sociedad o solamente la clase dominante?

Para Karl Marx, no basta con observar quién ocupa el gobierno. Hay que examinar las relaciones de producción, la propiedad y los conflictos entre clases sociales.

Desde una lectura marxista, la sustitución de los leones por chacales podría interpretarse como el reemplazo de una clase dominante por otra sin una transformación sustancial de las relaciones de explotación.

Sin embargo, sería un error convertir a Lampedusa en un simple portavoz de Marx.

Marx desarrolló una teoría histórica centrada en las contradicciones materiales y la lucha de clases. Lampedusa, en cambio, presenta una visión literaria y profundamente escéptica sobre las élites, el cambio histórico y las ilusiones humanas.

Además, desde una perspectiva marxista, las transformaciones revolucionarias no tienen por qué limitarse a sustituir a los integrantes de una clase dominante: también pueden modificar las relaciones de propiedad y producción.

La pregunta que ambos permiten plantear es esta: ¿qué cambia realmente cuando cambia el régimen político?

Pareto: la circulación de las élites

La relación más directa quizá sea con Vilfredo Pareto.

Pareto formuló la teoría de la circulación de las élites: en toda sociedad, una minoría ocupa las posiciones de poder, pero esa minoría no permanece necesariamente idéntica a lo largo del tiempo.

Las élites envejecen, pierden capacidad de adaptación y pueden ser reemplazadas por nuevos grupos que ascienden desde otros sectores sociales.

Este proceso no implica, por sí mismo, que desaparezca la estructura jerárquica.

Aquí la coincidencia con Lampedusa resulta evidente: los leones pueden ser desplazados por chacales, pero la sustitución no garantiza que la mayoría deje de estar subordinada a una minoría.

La diferencia es que Pareto intentaba desarrollar una teoría sociológica del fenómeno, mientras que Lampedusa lo convierte en una reflexión literaria sobre la decadencia, la vanidad y la continuidad del poder.


8. El gran problema: ¿toda revolución termina reproduciendo aquello que combate?

Esta es la pregunta que late debajo de todo el pasaje.

Si los nuevos gobernantes terminan comportándose como los antiguos, ¿debemos concluir que la revolución es inútil?

No necesariamente.

Esa conclusión iría más allá de lo que la historia permite afirmar.

Hay que distinguir tres niveles de transformación:

Primer nivel: cambian las personas.

Un grupo abandona el poder y otro lo ocupa. Las instituciones y las relaciones sociales permanecen relativamente intactas.

Segundo nivel: cambian las instituciones.

Se modifican las leyes, la organización del Estado, los mecanismos de representación y los límites del poder. Estos cambios pueden ser importantes, aunque sus resultados dependan de cómo se apliquen y de quiénes puedan hacerlos efectivos.

Tercer nivel: cambian las relaciones sociales.

Se transforman la distribución de los recursos, las oportunidades, las formas de participación y las condiciones que permiten a ciertos grupos concentrar poder sobre otros.

Estos niveles pueden combinarse de distintas maneras. Una revolución puede modificar las instituciones y, al mismo tiempo, crear nuevas desigualdades. Una reforma gradual puede alterar profundamente las relaciones sociales sin destruir el régimen político existente.

Por eso, no es correcto afirmar que todos los cambios terminan necesariamente en lo mismo.

Pero tampoco basta con celebrar la llegada de nuevos gobernantes para dar por concluida una transformación.

La prueba de un cambio político no es solamente quién llega al poder, sino qué posibilidades tienen los demás de controlar ese poder, limitarlo y sustituir a quienes lo ejercen.

Esa es una forma concreta de poner a prueba el pesimismo de Lampedusa.


9. La paradoja del cambio: transformar algo para conservar lo esencial

Hay otra idea que conviene relacionar con esta cita: la célebre reflexión de El gatopardo según la cual es necesario cambiar las cosas para que todo siga igual.

La paradoja describe una estrategia política reconocible.

Cuando una estructura de poder enfrenta una amenaza, puede optar por resistir, pero también puede hacer concesiones, incorporar a sus adversarios o modificar sus formas de funcionamiento.

Una monarquía puede aceptar reformas constitucionales. Una élite económica puede apoyar determinadas políticas sociales para reducir el conflicto. Un partido puede renovar sus dirigentes y su discurso sin modificar sus redes de intereses.

En estos casos, el cambio no es necesariamente una farsa. Las reformas pueden tener consecuencias reales y beneficiar a sectores antes excluidos.

La cuestión es si las modificaciones alteran también los mecanismos fundamentales de distribución del poder o si, por el contrario, permiten que estos sobrevivan bajo una apariencia renovada.

Aquí hay una distinción esencial:

  • Una reforma puede preservar un orden político y, aun así, mejorar genuinamente la vida de la población.
  • Una revolución puede transformar radicalmente ese orden y, sin embargo, producir nuevas formas de dominación.

La continuidad no siempre significa fracaso, del mismo modo que la ruptura no garantiza emancipación.

El análisis debe concentrarse en los resultados concretos.


10. ¿Qué nos dice Lampedusa sobre la democracia?

Su reflexión también permite plantear una pregunta incómoda: ¿puede una democracia convertirse en un mecanismo para la circulación de las élites sin que la ciudadanía tenga un control efectivo sobre ellas?

Sí, es una posibilidad.

Puede haber elecciones competitivas y, al mismo tiempo, grandes desigualdades en la capacidad de influir sobre las decisiones públicas. También puede existir alternancia entre partidos cuyos programas difieren en aspectos importantes, pero coinciden en determinadas prácticas de financiación, patronazgo o distribución de cargos.

Sin embargo, sería incorrecto deducir que todas las democracias son equivalentes o que la alternancia carece de valor.

Las elecciones, la libertad de expresión, la independencia judicial, la organización sindical y la participación ciudadana pueden ofrecer instrumentos efectivos para limitar a los gobernantes. Su existencia y funcionamiento marcan diferencias reales.

La advertencia de Lampedusa debe servir para examinar esas instituciones, no para descartarlas.

Podemos formular cuatro preguntas:

  1. ¿Los ciudadanos pueden cambiar efectivamente a sus gobernantes?
  2. ¿Los gobernantes están sujetos a controles independientes?
  3. ¿Las personas tienen oportunidades reales de organizarse e influir en las decisiones públicas?
  4. ¿El sistema permite corregir las desigualdades y los abusos de poder?

Cuanto más difícil resulte responder afirmativamente, más necesario será investigar la distancia entre las promesas del régimen y su funcionamiento real.

La democracia no elimina automáticamente las élites. Su desafío consiste, entre otras cosas, en impedir que estas se vuelvan irresponsables ante la sociedad.


conclusión: el verdadero pesimismo de Lampedusa

el pasaje puede leerse como una advertencia contra dos ilusiones políticas opuestas.

La primera es la ilusión conservadora: creer que el orden existente es natural, que sus jerarquías son merecidas y que cualquier transformación conduce necesariamente al desastre.

La segunda es la ilusión revolucionaria: creer que basta con derribar a los antiguos poderosos para construir una sociedad radicalmente distinta.

Lampedusa pone en duda ambas certezas.

Los antiguos dominadores no son eternos, pero su desaparición tampoco garantiza que aparezca un orden más justo. Los nuevos gobernantes pueden tener otros orígenes, otros discursos y otras ambiciones, sin dejar de reproducir mecanismos de exclusión y privilegio.

Y todos pueden convencerse de que su posición está justificada.

Sin embargo, hay una diferencia importante entre reconocer la persistencia histórica de las élites y considerar imposible cualquier transformación. La primera afirmación invita a estudiar las condiciones que permiten reproducir el poder; la segunda convierte una tendencia histórica en un destino inevitable.

No tenemos razones suficientes para dar ese salto.

Por eso

Si toda élite tiende a considerarse indispensable, ¿qué instituciones y qué formas de organización social pueden impedir que esa convicción se convierta en dominación permanente?

Esa pregunta nos devuelve a la política concreta: los límites al poder, la distribución de los recursos, la organización colectiva y la capacidad de los ciudadanos para exigir cuentas.

Porque quizá el problema no sea que siempre haya leones, chacales y ovejas.

Quizá el problema decisivo sea que la sociedad termine aceptando como natural que unos estén destinados a mandar y otros a obedecer.

sábado, 10 de octubre de 2026

 Este poema es una expresión contundente de resistencia, pertenencia y arraigo inquebrantable. Perteneciente al célebre poema «Aquí permaneceremos» («Anā hunā bāqūn») del destacado poeta palestino Tawfiq Zayyad (uno de los máximos exponentes de la poesía de la resistencia palestina), el texto aborda la firmeza ante la opresión y la negación a abandonar la tierra natal.


Os sería mil veces más fácil

pasar a un elefante por el ojo de una aguja,

pescar en tierra calcinada,

arar los mares,

hacer hablar a los cocodrilos.

Eso os sería mil veces más fácil

que extinguir con vuestra persecución

el pensamiento resplandeciente

del camino que hemos elegido.


Igual que si fuésemos esos imposibles,

aquí,

en Jaffa, Lydda, Ramallah, Galilea

permanecemos

haciendo rabiosas generaciones de niños,

una tras otra.


Aquí permanecemos

como un muro sobre vuestros pechos.

Como espinas de tuna,

como astillas de vidrio

en vuestras gargantas.

Imperturbables

como una tempestad de fuego

en vuestros ojos.


Bebed el mar,

que aquí permanecemos.

Vigilando la sombra

del olivo y la higuera.

Sembrando ideas

como se echa levadura en la masa.

Nuestros nervios son de hielo

y nuestros corazones de fuego.


Aquí permanecemos

como un muro sobre vuestro pecho,

lavando platos en vuestros restaurantes,

fregando el hollín de vuestras cocinas,

llenando las copas de los amos,

para quitar de sus fauces

un bocado para nuestros niños.


Aquí permanecemos

hambrientos, desnudos, desafiantes,

cantando nuestros poemas,

colmando de manifestantes

las calles furiosas

y de orgullo las cárceles.


Cuando tengamos sed

exprimiremos las piedras.

Comeremos tierra

cuando tengamos hambre.


Pero no nos vamos

ni escatimamos como avaros

nuestra sangre fragante.

Aquí tenemos un pasado,

un presente, un futuro.

Aquí permaneceremos.



 “El planeta no necesita más personas “exitosas”. El planeta necesita desesperadamente más personas que cultiven la paz, personas que ayuden a sanar y rehabilitar, que narren historias y den amor en todas las formas posibles. Necesita gente que viva de forma significativa en sus lugares de origen, con coraje moral, dispuestos a luchar por un mundo más habitable y humano; y estas cualidades, tienen muy poco que ver con el éxito tal como lo entiende nuestra cultura actual”


-Tenzin Gyatso


 Lacan

 



Hay un hecho que sirve de detonante: el anuncio estadounidense de una posible transmisión en directo de la ejecución de Nidal Hasan, prevista para diciembre de 2026. Al 10 de octubre, el propio presidente Donald Trump todavía no había decidido si autorizaría la transmisión, así que el ensayo parte de la noticia sin presentar el espectáculo como algo ya consumado. (reuters.com, internazionale.it)

LA CIVILIZACIÓN EN DIRECTO

El espectáculo de matar y la maravillosa audiencia de los buenos ciudadanos

Hay algo que hemos hecho muy bien como civilización: encontrar maneras cada vez más sofisticadas de demostrar que somos civilizados mientras hacemos cosas bastante salvajes.

Antes matábamos en las plazas. La gente se reunía, compraba comida, llevaba a los niños y esperaba el momento culminante: un ser humano iba a morir y los demás tenían el privilegio de contemplarlo. Era una fiesta popular, una actividad familiar, una oportunidad para salir de casa y disfrutar de las ventajas de pertenecer a una sociedad organizada.

Después nos volvimos modernos. Descubrimos los derechos humanos, la dignidad, la rehabilitación, los límites del poder y esas otras molestias que aparecen cuando alguien empieza a pensar demasiado. Así que sacamos las ejecuciones de las plazas y las llevamos a lugares cerrados.

¡Qué avance! Ya no tenemos que llevar a los niños a ver morir a un condenado. Ahora podemos mantenerlos en casa, ponerles una tableta en las manos y dejar que el algoritmo se encargue de la educación moral.

Pero resulta que alguien ha tenido una idea extraordinaria: ¿por qué no transmitir una ejecución en directo?

¡Genial! La historia de la humanidad acaba de completar un círculo. Hemos inventado internet, los satélites, la inteligencia artificial, los teléfonos que reconocen nuestra cara y los refrigeradores que pueden conectarse a una red. Y ahora podemos utilizar toda esa tecnología para contemplar cómo el Estado le quita la vida a un ser humano.

El futuro llegó, señoras y señores. Y trae un fusil.

I. EL ESTADO TAMBIÉN NECESITA AUDIENCIA

La justificación siempre resulta tranquilizadora: hay que mostrar las consecuencias de los actos. Hay que disuadir. Hay que enviar un mensaje. Hay que demostrar que la justicia existe.

Por supuesto. La justicia necesita pruebas, procedimientos, responsabilidades y límites al poder. Pero ¿desde cuándo necesita espectadores?

¿No basta con que el condenado reciba su sentencia? ¿Es indispensable que millones de personas puedan presenciar su muerte para comprender que matar está mal?

Piénsenlo: el Estado va a matar a un hombre para comunicar que matar tiene consecuencias.

La paradoja es estupenda. Debería enseñarse en las escuelas, junto con las tablas de multiplicar y las instrucciones para apagar el televisor cuando empieza a salir humo.

El mensaje oficial dice: «No maten, porque matar es terrible».

Y el espectáculo añade: «Ahora siéntense cómodamente y observen cómo matamos a alguien».

Hay que reconocerle mérito a la operación. Es una forma muy peculiar de educación cívica: una lección sobre la gravedad de la violencia impartida mediante una demostración de violencia.

No se trata de fingir que el condenado es inocente. En este caso, Nidal Hasan fue condenado por la matanza de Fort Hood, que dejó trece personas muertas. El dolor de las víctimas y de sus familias no desaparece porque alguien cuestione el espectáculo de la ejecución.

Precisamente por eso conviene distinguir entre hacer justicia y convertir el castigo en una función.

Porque una cosa es sostener que un crimen merece una sanción y otra muy distinta es preguntarse cuántas personas deberían sentarse a mirar cómo se aplica.

II. EL ESPECTADOR ES INOCENTE. POR SUPUESTO.

Aquí aparece nuestro personaje favorito: el ciudadano que no tiene nada que ver con nada.

Él no mata. Él solamente mira.

No tortura. Él solamente reproduce el video.

No organiza la ejecución. Él solamente comparte el enlace con un comentario ingenioso.

No participa en la crueldad. Él solamente pregunta a qué hora empieza.

Es un ciudadano ejemplar. Paga sus impuestos, separa la basura cuando se acuerda, saluda al vecino y jamás haría daño a una mosca, salvo que la mosca le arruine una fotografía.

Pero si un desconocido va a morir en directo, quiere saber dónde puede verlo.

No todos los espectadores serán iguales. Algunos mirarán por curiosidad; otros, por indignación; otros, para comprender lo que sucede. Y habrá quienes rechacen el acontecimiento.

El problema no consiste en declarar perversos a todos los que miran. Eso sería demasiado fácil. El problema consiste en averiguar qué sucede cuando el sufrimiento de una persona deja de provocar una pregunta moral y comienza a provocar una pregunta de consumo:

«¿Dónde lo transmiten?».

Hemos aprendido a distinguir entre el acontecimiento y nuestra participación en él. Si no apretamos el gatillo, pensamos que no tenemos responsabilidad. Si no diseñamos el espectáculo, creemos que no formamos parte del negocio. Si solo miramos, nos consideramos ajenos.

Pero los espectáculos necesitan espectadores. Los mercados necesitan consumidores. Y la crueldad convertida en espectáculo necesita una audiencia que la haga rentable, popular o políticamente útil.

La pregunta no es si cada espectador es un monstruo. La pregunta es qué clase de monstruosidad puede producir una sociedad en la que millones de personas no necesitan ser monstruos para sostener un espectáculo monstruoso.

III. BIENVENIDOS A LA PROGRAMACIÓN FAMILIAR

Las películas distópicas llevan décadas advirtiéndonos sobre este asunto.

En The Running Man, los condenados son perseguidos ante las cámaras. En The Condemned, la muerte se convierte en entretenimiento distribuido por internet. En The Hunger Games, el poder transforma la violencia en una ceremonia pública que recuerda a los sometidos quién manda.

Durante años contemplamos esas historias y dijimos: «¡Qué barbaridad! ¡Qué sociedad tan enferma!».

Después apagamos la televisión, nos preparamos un café y seguimos con nuestra vida.

La ficción tiene esa ventaja: permite que nos horroricemos sin correr el riesgo de cambiar demasiado.

Pero las distopías no necesitan cumplirse literalmente para resultar útiles. No hace falta que un gobierno organice una competencia para cazar pobres ni que establezca una noche oficial para matar vecinos. Basta con observar los mecanismos que esas historias exageran: la deshumanización, la propaganda, el entretenimiento basado en el sufrimiento y la división de las personas entre quienes merecen protección y quienes supuestamente merecen cualquier cosa.

El cine lleva la violencia hasta el extremo para que podamos reconocerla. La realidad, en cambio, suele presentarla con formularios, comunicados, justificaciones legales y conferencias de prensa.

Es mucho más elegante.

El verdugo de una película suele tener cara de villano. El de la vida real puede hablar de procedimientos administrativos, seguridad nacional y consecuencias jurídicas. La crueldad no siempre llega con música siniestra. A veces llega con una presentación de PowerPoint.

Y el espectador puede ser un vecino perfectamente normal que considera que todo está en orden porque alguien con autoridad ya le explicó por qué debe estarlo.

IV. EL CONDENADO IDEAL

Hay una condición indispensable para que el espectáculo funcione: la víctima debe parecer alguien que no merece nuestra compasión.

Por eso conviene que sea un asesino, un enemigo, un traidor, un monstruo o cualquier persona a la que podamos colocar fuera de nuestra comunidad moral.

No necesitamos conocerla. No necesitamos imaginar su miedo. No necesitamos preguntarnos qué significa morir.

Ya tenemos una etiqueta.

Y las etiquetas son maravillosas. Ahorran tiempo, esfuerzo y pensamiento. Uno lee la palabra «criminal» y puede cancelar todas las preguntas que normalmente haría sobre un ser humano.

Por supuesto que los crímenes tienen víctimas. Por supuesto que hay asesinos que han cometido atrocidades. Por supuesto que las familias de quienes murieron tienen derecho a la justicia.

Pero si nuestra dignidad depende de que nadie nos considere culpables, entonces no estamos defendiendo la dignidad humana. Estamos defendiendo un privilegio condicionado.

La prueba de nuestros principios no consiste en tratar con humanidad a quienes amamos. Eso lo hace cualquiera cuando no le cuesta demasiado.

La prueba aparece cuando tenemos delante a alguien que detestamos, alguien que ha hecho algo imperdonable, alguien cuya muerte puede producirnos satisfacción.

¿Seguimos creyendo que existen límites?

¿O descubrimos que nuestras convicciones eran solamente una colección de buenos modales que desaparecen cuando alguien nos ofrece un enemigo apropiado?

V. EL NEGOCIO DE LA INDIGNACIÓN

Hay otra ventaja económica en todo esto: la indignación también vende.

El miedo vende. El odio vende. La venganza vende. El escándalo vende.

Y la muerte, cuando consigue captar suficiente atención, puede convertirse en una mercancía extraordinariamente eficiente.

No hace falta que todos los espectadores paguen una entrada. Basta con que el acontecimiento genere audiencia, conversación, publicidad política o prestigio para quienes lo promueven.

Cada clic parece insignificante. Cada comentario parece inocente. Cada reproducción es apenas una cifra. Pero las cifras pueden terminar representando una multitud que convierte el sufrimiento ajeno en un acontecimiento de consumo.

El mercado no necesita que amemos la crueldad. Solo necesita que no dejemos de mirarla.

Y si mañana la ejecución deja de sorprendernos, siempre habrá algo más impactante. Una muerte más terrible, una humillación más prolongada, un sufrimiento que consiga retener nuestra atención durante quince segundos adicionales.

No estoy diciendo que cada persona que ve violencia se vuelva violenta. Tampoco que las películas produzcan automáticamente una sociedad cruel. La relación entre entretenimiento, sensibilidad y conducta es más compleja.

Estoy hablando de algo más elemental: cuando todo puede transformarse en contenido, también existe el riesgo de que el dolor humano sea tratado como contenido.

Y cuando el dolor se convierte en contenido, la primera pregunta deja de ser «¿qué le está ocurriendo a esa persona?» y pasa a ser «¿cuántas personas están viendo esto?».

¡Felicidades! Hemos logrado medir el interés por la muerte con una precisión que todavía no aplicamos a la dignidad de los vivos.

VI. LA BANALIDAD DEL MAL TIENE BUENA CONEXIÓN

Hannah Arendt reflexionó sobre la banalidad del mal para mostrar cómo personas que no necesariamente se concebían como monstruos podían participar en sistemas criminales sin examinar críticamente sus actos.

La idea no significa que todos seamos igualmente culpables ni que los grandes crímenes sean triviales. Nos obliga a mirar un mecanismo inquietante: la responsabilidad puede desaparecer detrás de la rutina, la obediencia y las justificaciones que nos permiten dejar de pensar.

Hoy podríamos añadir una posibilidad contemporánea: la banalización mediante el entretenimiento.

No necesitamos ordenar una ejecución para acostumbrarnos a ella. Podemos limitarnos a contemplarla como algo normal, compartirla como una curiosidad o justificarla porque la víctima pertenece al grupo que hemos aprendido a despreciar.

La indiferencia también puede tener una interfaz muy cómoda.

Pero conviene no confundirlo todo. Quien observa una película de terror no equivale a quien disfruta una ejecución real. Quien busca comprender una noticia no equivale a quien celebra el sufrimiento. Y quien apoya la pena de muerte no necesariamente desea que se convierta en un espectáculo público.

La crítica empieza precisamente cuando dejamos de meter a todo el mundo en el mismo saco y comenzamos a examinar qué hace cada cual, qué justifica y qué está dispuesto a aceptar.

Pensar es bastante más incómodo que condenar. Por eso suele tener menos audiencia.

VII. LA DISTOPÍA NO NECESITA QUE TODOS SEAN MALVADOS

Tal vez ese sea el detalle más perturbador de las películas que imaginan sociedades enteras mirando ejecuciones.

No necesitan que millones de personas sean sádicas. Necesitan que muchas personas encuentren razones para aceptar el espectáculo.

Unas dirán que la víctima se lo merece.

Otras dirán que es necesario para disuadir a los delincuentes.

Otras dirán que siempre ha habido violencia.

Otras argumentarán que, si no les gusta, basta con cambiar de canal.

Y algunas tendrán dudas, pero preferirán no discutir con la mayoría.

Así se construye una normalidad: no necesariamente mediante el entusiasmo universal, sino mediante una combinación de aprobación, indiferencia, miedo y costumbre.

Ninguna de estas reacciones demuestra por sí sola que una sociedad esté condenada a convertirse en una distopía. Las sociedades también discuten, se resisten, cambian de opinión y establecen límites.

De hecho, la controversia que ha provocado el anuncio estadounidense demuestra que no existe una respuesta moral uniforme: hay quienes defienden la pena de muerte y, aun así, rechazan transmitirla en directo; hay quienes consideran que la publicidad del procedimiento permitiría una mayor transparencia; y hay quienes ven en la transmisión una degradación de la dignidad humana.

Esa discusión importa porque significa que el espectáculo todavía puede ser cuestionado.

Una distopía no se vuelve inevitable cuando alguien propone una atrocidad. El peligro aparece cuando dejamos de discutir si debemos permitirla.

VIII. EL ÚLTIMO PROGRESO DE LA CIVILIZACIÓN

Nos gusta pensar que el progreso consiste en tener máquinas más rápidas, conexiones más veloces y una pantalla para cada actividad humana.

Pero la tecnología no garantiza la madurez moral. Podemos desarrollar instrumentos extraordinarios y utilizarlos para fines mezquinos. Podemos tener acceso a bibliotecas enteras y emplear internet para humillar a un desconocido. Podemos proclamar la dignidad humana en nuestros documentos y celebrar que alguien sea despojado de ella cuando nos resulta conveniente.

La civilización no consiste solamente en aprender a hacer cosas. También consiste en aprender cuáles no deberíamos hacer, incluso cuando tenemos la capacidad, la autorización o el público suficiente para hacerlas.

Y quizá esa sea la pregunta que las películas distópicas nos dejan frente a una ejecución transmitida en directo:

No si seremos capaces de verla.

No si tendremos conexión.

No si el video llegará a millones de pantallas.

Sino si todavía seremos capaces de preguntarnos por qué queremos verla, qué función cumple mostrarla y qué estamos aprendiendo cuando la muerte de un ser humano se presenta como una demostración de poder.

Porque una sociedad puede castigar a los culpables sin convertir su muerte en una fiesta. Puede recordar a las víctimas sin organizar un espectáculo de venganza. Puede exigir justicia sin confundirla con el placer de contemplar el sufrimiento.

Y puede reconocer la gravedad de un crimen sin renunciar a examinar críticamente las decisiones que toma en respuesta a él.

EPÍLOGO: EL ESPECTÁCULO DEBE CONTINUAR

Imaginen el futuro.

La ejecución ha terminado. Los comentaristas discuten si el procedimiento fue eficaz. Las redes se llenan de opiniones. Alguien pregunta si habrá una repetición. Otro reclama mejores ángulos de cámara. Un tercero explica que no deberíamos preocuparnos porque el condenado era un criminal.

Y, mientras tanto, alguien publica una fotografía de su desayuno.

La vida continúa. El algoritmo recomienda otro video. La audiencia se dispersa hasta que aparece un nuevo acontecimiento capaz de indignarla, entretenerla o proporcionarle una razón para sentirse moralmente superior.

Quizá ese sea el verdadero espectáculo: no solamente la muerte de una persona, sino la facilidad con que podemos incorporarla a nuestra rutina y seguir adelante sin examinar qué lugar le hemos dado en nuestra conciencia.

No todos los que miran son perversos. No todos los que sienten curiosidad son crueles. Y nadie está obligado a sentir lo mismo ante todas las víctimas.

Pero todos podemos preguntarnos qué sucede cuando dejamos de ver a una persona y empezamos a ver un espectáculo.

La distopía no consiste únicamente en que el poder pueda matar delante de nosotros.

Consiste en que, algún día, la pregunta más frecuente ya no sea si debería hacerlo, sino a qué hora empieza la transmisión.

Y entonces sí podremos decir que el espectáculo ha alcanzado su objetivo: no porque todos amen la crueldad, sino porque la crueldad ya no necesita justificarse demasiado para conseguir audiencia.

viernes, 9 de octubre de 2026

 LA SUPERFICIE DEL SOL

Los toros son grandiosos

como la superficie del sol

y aunque los matan para las rancias multitudes,

es el toro quien atiza el fuego,

y aunque hay toros cobardes

tanto como toreros y hombres cobardes,

generalmente el toro se mantiene puro

y muere inmaculado

sin sertocado por símbolos y élites o falsos amores,

y cuando 10 sacan arrastrando

nada ha muerto

y el hedor final

es el mundo.  


 La superficie del sol: el toro, la pureza y la corrupción del mundo

Este poema es una defensa del toro, pero también una acusación contra la sociedad que lo sacrifica. En sus versos, el animal se convierte en una figura de la dignidad, la autenticidad y la resistencia frente a un mundo humano contaminado por los símbolos, las élites y los falsos sentimientos.

Lo más provocador es que el poeta invierte nuestra manera habitual de juzgar la corrida: el toro, destinado a morir, conserva una pureza que el mundo de los hombres parece haber perdido.

1. «Los toros son grandiosos / como la superficie del sol»

La comparación es extraordinaria. El poeta no dice que los toros sean como el sol, sino como la superficie del sol.

Hay una diferencia importante: el sol representa la luz, la vida y la energía; su superficie, en cambio, también evoca el fuego, la temperatura extrema y una fuerza que no podemos domesticar sin destruirla.

El toro aparece así como una criatura de energía desbordante, dotada de una grandeza que no depende de los seres humanos ni de su reconocimiento.

No necesita títulos, honores ni discursos para ser grandioso. Su grandeza existe antes de que alguien decida admirarlo.

Hay, además, una contradicción interesante: el toro es convertido en espectáculo por los hombres, pero su fuerza pertenece a un orden natural que los espectadores no pueden poseer.

La naturaleza no necesita que la civilización le conceda dignidad.

2. «Y aunque los matan para las rancias multitudes»

Aquí aparece la crítica social.

El adjetivo rancias no es inocente. Sugiere una sociedad anclada en costumbres envejecidas, en tradiciones que sobreviven por inercia y en espectáculos que necesitan justificar su existencia invocando la cultura.

El poeta cuestiona a quienes acuden a contemplar la muerte y la convierten en entretenimiento.

Pero su crítica puede ir más allá de la tauromaquia: apunta también a una sociedad que consume el sufrimiento ajeno mientras se protege de sus consecuencias.

El espectador contempla la sangre sin tener que derramarla. Puede disfrutar de la violencia sin asumir personalmente sus riesgos.

Hay aquí una pregunta incómoda: ¿cuántas veces llamamos cultura a una costumbre simplemente porque hemos heredado el derecho de practicarla?

Eso no significa que toda tradición sea necesariamente despreciable. Significa que su antigüedad no basta para justificarla.

Haber heredado una costumbre no nos exime de examinarla.

3. «Es el toro quien atiza el fuego»

Este verso invierte la jerarquía del espectáculo.

A primera vista, el torero es el protagonista: conoce las reglas, domina los movimientos y ocupa el centro de la escena. El público observa sus habilidades y espera su triunfo.

Sin embargo, el poeta sostiene que es el toro quien mantiene vivo el fuego.

¿A qué fuego se refiere?

Puede ser el de la pasión, el peligro, la energía vital o incluso el de la propia ceremonia. Sin el toro, el espectáculo pierde aquello que pretende celebrar: la confrontación con una fuerza que no está completamente sometida al control humano.

El torero necesita al toro para demostrar su valor. La multitud necesita al toro para experimentar la emoción del peligro.

El animal, por tanto, no es un simple objeto pasivo: es la fuente de la energía que hace posible el espectáculo.

Y aquí surge una paradoja: quienes controlan la ceremonia dependen de la criatura a la que han condenado a morir.

4. «Y aunque hay toros cobardes / tanto como toreros y hombres cobardes»

Este pasaje impide idealizar por completo al animal.

El poeta reconoce que existen toros cobardes y establece una equivalencia con los toreros y los hombres. No construye una oposición simplista entre un animal absolutamente perfecto y una humanidad absolutamente despreciable.

La cobardía pertenece a los seres vivos, aunque pueda manifestarse de maneras distintas.

Sin embargo, el verso también introduce una cuestión moral: ¿qué significa ser valiente cuando las condiciones del enfrentamiento no son iguales?

El toro no ha elegido entrar en la plaza ni conoce las reglas del espectáculo. El torero, en cambio, participa de una ceremonia organizada, aunque también se exponga a un peligro real.

Por eso, el valor físico no resuelve por sí solo la cuestión moral.

Una persona puede ser valiente ante el peligro y, al mismo tiempo, participar en una práctica cuestionable. Del mismo modo, el miedo no convierte automáticamente a alguien en despreciable.

El poeta parece sugerir que el valor no debe confundirse con la reputación, el reconocimiento público o la capacidad de dominar a otro.

5. «Generalmente el toro se mantiene puro / y muere inmaculado»

Llegamos al centro filosófico del poema.

La palabra puro no parece referirse aquí a una virtud moral consciente. El toro no es un santo ni un héroe que haya elegido sacrificarse por una causa.

Su pureza es de otra naturaleza: el toro no necesita inventarse una identidad para justificar su existencia.

No tiene que proclamarse honorable, construir una imagen pública ni convencer a los demás de su superioridad moral.

Es lo que es.

El ser humano, en cambio, puede vivir atrapado entre lo que hace y lo que pretende representar. Puede defender la justicia mientras practica la injusticia, proclamar el amor mientras instrumentaliza a otros o hablar de dignidad mientras participa en la humillación ajena.

El toro no está libre del sufrimiento ni de la muerte, pero tampoco participa voluntariamente en ese universo de justificaciones.

Hay que hacer una precisión: la inocencia del animal no implica que la naturaleza sea moralmente perfecta. El poeta le atribuye una pureza simbólica para contrastarla con las contradicciones humanas.

Y esa es precisamente la fuerza de la imagen: el animal no necesita ser moralmente superior al hombre; basta con que el hombre descubra, al contemplarlo, su propia degradación.

6. «Sin ser tocado por símbolos y élites o falsos amores»

Este es uno de los versos más interesantes desde una perspectiva política y filosófica.

Los símbolos, las élites y los falsos amores parecen representar tres formas de contaminación de la experiencia humana.

Los símbolos: las banderas, los títulos, los emblemas y las representaciones mediante las cuales los seres humanos construyen identidades y reclaman respeto. Los símbolos pueden expresar ideales legítimos, pero también pueden servir para encubrir intereses y convertir privilegios en supuestas virtudes.

Las élites: quienes ocupan posiciones de poder y pueden transformar sus gustos, sus intereses o sus costumbres en modelos de prestigio social. En este contexto, la corrida puede interpretarse como un espectáculo cuya legitimidad cultural no está exenta de relaciones de clase y poder.

Los falsos amores: las relaciones en las que el amor deja de ser reconocimiento del otro y se convierte en posesión, engaño o instrumento de conveniencia.

El toro aparece al margen de ese entramado. No necesita participar en la fabricación de prestigios ni fingir sentimientos.

Pero hay una ironía que vuelve más complejo el poema: el toro sí ha sido convertido en símbolo por el propio poeta.

Representa la pureza, la fuerza y la dignidad, aunque el animal real no tenga por qué encarnar conscientemente ninguno de esos valores.

Esta contradicción no destruye el poema; revela algo importante sobre nosotros: necesitamos utilizar imágenes para denunciar un mundo en el que las imágenes se han convertido en instrumentos de engaño.

El poeta recurre a un símbolo para cuestionar el poder de los símbolos.

7. «Y cuando lo sacan arrastrando / nada ha muerto»

Estos versos contienen una de las paradojas más poderosas del texto.

El toro está muerto. Su cuerpo es arrastrado fuera de la plaza. Sin embargo, el poeta afirma que nada ha muerto.

¿Cómo entenderlo?

Podemos leerlo de dos maneras.

La primera es que la grandeza del toro no desaparece con su cuerpo. Su muerte física no destruye aquello que representa: la fuerza natural, la dignidad despojada de pretensiones y la resistencia frente a un mundo que pretende dominarlo.

La segunda lectura es mucho más sombría: si el toro muere y el espectáculo continúa, si la multitud regresa a sus casas y la sociedad sigue funcionando como antes, entonces lo ocurrido no ha transformado nada.

El sacrificio no ha redimido a nadie. La muerte se ha consumido como entretenimiento.

El animal desaparece, pero el mecanismo que lo ha conducido a la muerte permanece intacto.

Aquí el poema adquiere una dimensión política: las sociedades pueden convertir incluso el sufrimiento en un espectáculo que las tranquilice, en lugar de permitir que ese sufrimiento cuestione sus costumbres.

El toro muere, pero no muere el mundo que necesita sacrificarlo.

8. «Y el hedor final / es el mundo»

El cierre es brutal.

El poema comenzó con una imagen de luminosidad y grandeza: la superficie del sol. Termina con un olor repugnante que invade el mundo.

El contraste es deliberado.

Pasamos del fuego a la descomposición, de la grandiosidad a la repugnancia, de una criatura presentada como pura a una civilización que deja tras de sí un hedor moral.

Además, el poeta no dice que el hedor sea el de la plaza, el de la sangre o el del cadáver.

Dice que el hedor final es el mundo.

La acusación ya no se limita a los aficionados a la tauromaquia ni a quienes organizan el espectáculo. Se extiende a una sociedad entera.

El mundo huele mal porque ha aprendido a convivir con sus contradicciones, a revestirlas de cultura, a convertirlas en costumbre y a seguir adelante sin preguntarse demasiado por ellas.

Hay algo casi nihilista en este final: no aparece una promesa de redención, no hay justicia poética ni compensación para el animal muerto.

Solo queda el mundo, con su capacidad de destruir aquello que admira y de llamar belleza a aquello que también puede ser crueldad.


Una contradicción que merece la pena examinar

El poema denuncia la violencia contra el toro, pero no lo hace desde un discurso explícitamente animalista. Su estrategia consiste en invertir la relación moral entre el animal y la humanidad.

El toro es presentado como puro; el mundo, como corrupto.

Esta inversión resulta eficaz porque nos obliga a contemplar la civilización desde fuera de sus propias justificaciones. Aquello que consideramos cultura, tradición o espectáculo aparece bajo una luz diferente cuando atendemos al ser que paga el precio de nuestra diversión.

Sin embargo, conviene no idealizar al animal para reconocer el problema humano. No necesitamos creer que el toro es moralmente superior ni que los seres humanos somos irremediablemente corruptos para preguntarnos si una tradición es justificable.

La crítica más sólida consiste en examinar qué hacemos, quién se beneficia, quién sufre y qué argumentos utilizamos para legitimar nuestras prácticas.

Así, el poema puede leerse no solo como una defensa del toro, sino como una invitación a desconfiar de las ceremonias que convierten el sufrimiento en espectáculo y después se protegen detrás de la palabra cultura.

Lo que más interesa de La superficie del sol es la inversión que propone: el animal condenado a morir termina siendo la medida con la que se juzga a la civilización que lo mata.

El toro no necesita discursos sobre la dignidad. No pronuncia palabras sobre la autenticidad ni reclama reconocimiento moral. Es el poeta quien utiliza su figura para señalar la distancia entre la existencia y su representación, entre lo que somos y lo que decimos ser.

Y ahí se encuentra el vínculo más profundo con una crítica de las élites: una sociedad puede acumular símbolos, prestigio, tradiciones y discursos elevados sin volverse por ello más justa. Puede incluso utilizar todo ese capital cultural para protegerse de las preguntas incómodas.

Pero hay una cuestión que el poema deja abierta: ¿es posible vivir sin símbolos, sin tradiciones y sin representaciones, o la tarea consiste en impedir que se conviertan en coartadas para la dominación?

Quizá no podamos escapar de los símbolos. Lo que sí podemos hacer es examinarlos, discutirlos y negarnos a concederles inmunidad moral.

El toro muere en la plaza, pero la verdadera acusación se dirige contra quienes necesitan que el espectáculo continúe para no tener que examinarse a sí mismos.

Y entonces comprendemos el último verso: el hedor no procede únicamente de la muerte del animal. Procede también de la facilidad con que el mundo puede contemplarla, justificarla y continuar como si nada hubiera sucedido.

jueves, 8 de octubre de 2026


 La frase de Héctor Germán Oesterheld —“El único héroe válido es el héroe colectivo, nunca el héroe individual”— condensa una idea política, ética y literaria muy poderosa: la transformación de la sociedad no es obra de un salvador, sino de personas que actúan juntas.

1. Es una crítica al mito del salvador

El héroe individual es una figura muy cómoda para la historia tradicional: un personaje excepcional que aparece, enfrenta el peligro y salva a los demás.

Oesterheld invierte esa lógica. El problema no es que existan individuos valientes; el problema es atribuirles a ellos todo el mérito de una transformación que en realidad depende de muchos.

El héroe individual dice:

“Yo los salvaré.”

El héroe colectivo dice:

“Nos salvaremos juntos.”

Y esa diferencia es enorme.

2. El héroe colectivo no necesita ser extraordinario

Aquí está quizá lo más interesante.

El héroe colectivo puede estar formado por personas completamente ordinarias: trabajadores, vecinos, estudiantes, familias, desconocidos. Cada uno puede tener miedo, equivocarse o incluso sentirse insignificante.

Pero juntos adquieren una capacidad que ninguno posee por separado.

Esto está muy relacionado con El Eternauta, la obra más famosa de Oesterheld. Allí aparece una idea que se ha vuelto inseparable de su visión: “nadie se salva solo”.

La heroicidad deja entonces de ser una característica personal y se convierte en una relación entre personas.

3. Hay una crítica al individualismo

La frase también puede leerse como una crítica a una sociedad que acostumbra explicar los acontecimientos mediante individuos:

  • el gran presidente;

  • el gran empresario;

  • el gran revolucionario;

  • el gran general;

  • el gran inventor;

  • el gran líder.

Pero detrás de cada uno hay miles de personas cuyo trabajo hace posible aquello que atribuimos al personaje.

Incluso el héroe más extraordinario necesita de otros.

Por eso Oesterheld cambia la pregunta.

No:

“¿Quién nos salvó?”

Sino:

“¿Quiénes hicieron posible que nos salváramos?”

4. Pero hay una paradoja interesante

La frase dice “nunca el héroe individual”, y ahí podemos discutirla.

Porque los individuos sí pueden tener un papel decisivo. Una persona puede iniciar una protesta, descubrir algo, escribir una obra, denunciar una injusticia o inspirar a otros.

Lo que la frase cuestiona no es necesariamente la importancia del individuo, sino la idea de que el individuo sea suficiente.

Un individuo puede encender una chispa.

Pero para mantener el fuego hacen falta otros.

5. También es una idea contra la pasividad

Y aquí la frase adquiere una fuerza particularmente interesante.

Si esperamos al héroe individual, podemos quedarnos sentados esperando que aparezca.

El héroe colectivo elimina esa espera.

No viene nadie.

Somos nosotros.

Eso convierte la frase en una concepción de la responsabilidad: la sociedad no debería delegar completamente su destino en líderes providenciales.

6. Y hay algo profundamente humano en ella

El héroe tradicional vence porque es excepcional.

El héroe colectivo vence precisamente porque nadie necesita ser excepcional.

Uno aporta fuerza.
Otro conocimiento.
Otro experiencia.
Otro valor.
Otro simplemente permanece junto a los demás cuando sería más fácil huir.

La suma de pequeñas capacidades puede producir algo extraordinario.

Y quizá esa sea la verdadera belleza de la frase de Oesterheld: desmitifica al héroe para devolverle la dignidad a la gente común.

Hay incluso una lectura más profunda: el héroe individual puede morir y convertirse en estatua; el héroe colectivo deja algo mucho más difícil de destruir: la capacidad de las personas para actuar juntas.

Y eso conecta perfectamente con el universo de El Eternauta: frente a una amenaza que supera por completo al individuo, la inteligencia, solidaridad y organización del grupo se convierten en la verdadera arma.