domingo, 2 de agosto de 2026


 Sin embargo, cada uno solo oye lo que entiende.

J. W. GOETHE.


Esa cita de Goethe —frecuentemente extraída de sus Máximas y reflexiones (Maximen und Reflexionen)— toca una verdad incómoda sobre la condición humana y, muy especialmente, sobre la esfera de la política.

La trampa de la recepción

En el análisis político, esta frase opera como una advertencia doble:

  1. Para el ciudadano o analista: Rara vez procesamos la información de manera neutra. Escuchamos, leemos y evaluamos a través del filtro de nuestros propios marcos conceptuales, sesgos cognitivos e intereses. Lo que está fuera de nuestro horizonte de comprensión —o de lo que estamos dispuestos a aceptar— simplemente pasa de largo o es descartado como ruido.

  2. Para el discurso de poder: Quienes ejercen la política lo saben bien. El mensaje más sofisticado o argumentado se desintegrará si no conecta con las estructuras mentales del público al que va dirigido. Por eso, el discurso político apela con frecuencia a los afectos o a fórmulas simplificadas: no porque falte complejidad en la realidad, sino porque el espectro de lo que la gente "entiende" (o quiere entender) suele estar delimitado por su contexto.

El "sordo moral" y el sesgo de confirmación

Goethe no se refería únicamente a una limitación intelectual o de capacidad cognitiva, sino también a una disposición mental. En la arena pública, "entender" no es solo descifrar palabras; es darles sentido dentro de un sistema de valores preexistente.

  • La ilusión del diálogo: En los debates ideológicos, muchas veces se da por sentado que ambas partes están escuchando la misma realidad. En práctica, cada bando traduce las evidencias para que encajen en su propia narrativa.

  • Hermeneútica de la escucha: Lo que una persona escucha en una propuesta política revela más sobre la arquitectura mental de esa persona que sobre la propuesta misma.

Aplicación práctica al análisis contemporáneo

Al examinar un fenómeno político o un debate público actual, la máxima de Goethe sugiere preguntarse:

  • ¿Qué marco de referencia está usando la gente para interpretar este hecho?

  • ¿Está el mensaje fallando por falta de argumentos o porque choca frontalmente contra las categorías conceptuales de la audiencia?

"No vemos las cosas como son, las vemos como somos."

Anónimo (frecuentemente atribuido a la tradición talmúdica o a Anaïs Nin)


 Cuando aterrizamos la máxima de Goethe en la política contemporánea y el ecosistema de comunicación de masas, la frase deja de ser una observación filosófica serena para convertirse en el plano arquitectónico del debate público.

Si "cada uno solo oye lo que entiende", la comunicación masiva actual no solo ha confirmado el diagnóstico: ha construido una industria multimillonaria diseñada para explotar esa limitación.

1. Las "cámaras de eco" y el diseño del marco conceptual

En el entorno digital, el "entender" de Goethe ya no está limitado únicamente por la educación o la experiencia personal de un individuo, sino por la personalización algorítmica.

  • La ingeniería de la audiencia: Los algoritmos de las plataformas están optimizados para mostrar contenido que confirme la visión del mundo del usuario. No se busca expandir el entendimiento, sino hipertrofiar lo que el usuario ya acepta.

  • El sesgo como comodidad: Oír únicamente lo que nos resulta inteligible y afín genera confort cognitivo. La exposición a ideas contradictorias exige un esfuerzo de reestructuración mental que la mayoría prefiere evitar. La comunicación de masas capitaliza esta inercia ofreciendo "verdades a la medida".

2. La muerte de la complejidad: Del argumento al Dogwhistle

Para hacerse "entendible" en un entorno saturado de información, el discurso político moderno ha tenido que reducir drásticamente su escala de grises.

  • Símbolos y eslóganes simples: Frente a dinámicas socioeconómicas hipercomplejas, el mensaje efectivo se reduce a conceptos binarios (nosotros vs. ellos, libertad vs. opresión, tradición vs. caos). Se apela a la intuición primaria porque es lo que la audiencia puede procesar de inmediato.

  • El "silbato para perros" (Dogwhistle): Es el uso de un lenguaje codificado que parece decir una cosa inocua al público general, pero que envía un mensaje muy específico y claro a un grupo particular. Es la aplicación práctica de Goethe: un mismo discurso transmite dos mensajes distintos según las claves de entendimiento de quien escucha.

3. La fragmentación de la realidad común

Históricamente, la televisión y la prensa escrita creaban un "marco de referencia compartido", una plaza pública donde, aunque se discrepaba de las soluciones, se compartía el diagnóstico de los hechos.

Hoy ocurre lo opuesto:

  • Tribus interpretativas: Ante un mismo hecho (una cifra económica, una ley, una crisis diplomática), los distintos segmentos de la sociedad no solo difieren en la interpretación, sino que ni siquiera perciben el mismo evento.

  • Hermenéutica tribal: La pertenencia a un grupo político determina qué se entiende y cómo se entiende. Si un dato invalida la narrativa de mi grupo, mi aparato cognitivo lo traduce como "propaganda del rival" o simplemente no lo procesa.

4. La paradoja de la hiperinformación

Mayor volumen de datos ≠ Mayor comprensión colectiva

Nunca antes el ciudadano medio tuvo acceso a tanta información; sin embargo, este exceso no ha derivado en una ciudadanía mejor informada, sino en una ciudadanía más polarizada. La sobreabundancia de datos permite que cualquiera encuentre "evidencias" para respaldar lo que ya entendía de antemano.

Cuadro comparativo: La escucha en la era política

DimensiónEn la concepción clásicaEn la comunicación de masas actual
El receptorEscucha para evaluar y contrastar.Escucha para reconfirmar su identidad.
El emisorArgumenta para convencer al diferir.Moviliza emociones para fidelizar a los propios.
El canalMedios de alcance generalista.Algoritmos de nicho y redes cerradas.
El resultadoDebate democrático con matices.Polarización por inaccesibilidad cognitiva mutua.

La tragedia de la política moderna no es que la gente no esté informada, sino que está informada de forma tal que solo confirma lo que su estructura mental le permite digerir.

 Romper la trampa de la cámara de eco y desactivar la eficacia de la propaganda exige intervenir en los dos extremos de la cadena: en la actitud del receptor (la arquitectura mental de la que hablaba Goethe) y en la metodología de análisis de los discursos masivos.

Si la propaganda funciona ofreciendo respuestas prefabricadas que encajan sin esfuerzo en nuestras expectativas, la resistencia crítica consiste en introducir fricción en el proceso de lectura.

1. Herramientas analíticas: La "fricción cognitiva"

Para evitar que el filtro mental absorba automáticamente un mensaje, el análisis crítico propone desplazar el foco de atención: no evaluar de inmediato si el contenido es "cierto o falso", sino cómo está construido.

  • El Marco Framing (Encuadre): Todo discurso político elige qué aspectos de la realidad iluminar y cuáles dejar en la penumbra. Preguntarse "¿Qué metáfora central utiliza este discurso?" o "¿Qué aspecto del problema deja convenientemente fuera?" expone la estructura del mensaje antes de que surta efecto emocional.

  • El mapa de incentivos del emisor: La propaganda rara vez busca informar; busca movilizar o adormecer. Analizar un mensaje bajo la pregunta de Lasswell (¿Quién dice qué, por qué canal, a quién y con qué efecto esperable?) desorganiza el sesgo de confirmación inmediato.

  • Detectar el "lenguaje de trinchera": Terminos diseñados para clausurar el debate mediante etiquetas morales absolutistas (patriotas vs. traidores, progreso vs. atraso). Identificar la adjetivación hiperbólica permite separar el dato técnico del adorno ideológico.

2. Mecanismos metodológicos frente al entorno digital

La tecnología premia la reactividad; la higiene informativa requiere método.

Acontecimiento impactante ──> [ Pausa táctica ] ──> Triangulación de fuentes ──> Evaluación de premisas
  • La triangulación disonante: Consultar conscientemente cómo reportan un mismo hecho tres medios con líneas editoriales explícitamente opuestas. El objetivo no es encontrar una "media ponderada de la verdad", sino identificar el núcleo factual común que sobrevive a las tres narrativas.

  • Análisis de premisas no declaradas: Todo argumento político se sostiene sobre axiomas implícitos. Al desarmar una propuesta, la clave no está en discutir la conclusión, sino en explicitar la premisa oculta que el emisor da por sentada (por ejemplo: asumir que todo gasto público es derroche, o que toda regulación es proteccionista).

  • Inoculación cognitiva (Prebunking): Estudiar las técnicas recurrentes de manipulación (falsas dicotomías, ataques ad hominem, apelaciones a la tradición) funciona como una "vacuna". Reconocer la estructura de la falacia en tiempo real neutraliza su impacto emocional.

3. La dimensión filosófica: Ejercitar la "escucha amplia"

Volviendo a Goethe, si solo oímos lo que entendemos, ampliar la capacidad de oír requiere expandir conscientemente lo que estamos dispuestos a entender, incluso si no lo compartimos.

Principio de Caridad Hermenéutica: Consiste en reconstruir el argumento del adversario político en su versión más fuerte, rigurosa y honesta posible antes de intentar refutarlo. Destruir un "hombre de paja" (una versión caricaturizada del rival) satisface al grupo propio, pero perpetúa la ceguera de la cámara de eco.

  • Diferenciar comprensión de adhesión: Comprender la lógica interna de una postura política opuesta no significa aceptarla ni justificarla; significa descifrar las claves culturales, económicas o emocionales que la hacen coherente para sus adeptos.

Cuadro sintético de desarticulación crítica

Trampa de la comunicación masivaMecanismo de respuesta crítica
Reacción emocional inmediataPausa táctica y separación entre hecho y juicio de valor.
Aceptación por afinidad ideológicaPrincipio de caridad: exigir al "propio bando" la misma rigurosidad que al rival.
Narrativa única y simplificadaTriangulación de fuentes y búsqueda del marco alternativo (Framing).
Cámara de eco algorítmicaBúsqueda activa de la versión más sólida de la postura opuesta.

Bukele promulga reforma que permite imponer prisión perpetua a menores, desde los 12 años, en El Salvador.

Varios pensadores clásicos y contemporáneos ofrecen marcos teóricos para criticar una medida de este tipo, desde la filosofía política hasta la criminología crítica.



1. Michel Foucault: La prisión como control social

En su obra Vigilar y Castigar, Foucault argumenta que la prisión no nació para "eliminar" el crimen, sino para administrar la delincuencia y controlar a la población.

  • La crítica: Foucault diría que la cadena perpetua a menores no busca rehabilitar, sino marcar cuerpos desde la niñez para que sirvan como un "espectáculo de castigo" que discipline al resto de la sociedad. Desde esta óptica, el Estado no está resolviendo el problema, sino perfeccionando una tecnología de poder absoluto sobre la vida de los ciudadanos más vulnerables.

2. Luigi Ferrajoli: El Garantismo Penal

Es uno de los juristas y filósofos del derecho más importantes de la actualidad.

  • La crítica: Ferrajoli sostiene que el derecho penal debe ser de "mínima intervención". Una pena perpetua a un niño de 12 años rompe con el principio de proporcionalidad y de humanidad. Para él, esto sería un ejemplo de "Derecho Penal del Enemigo", donde el Estado deja de tratar al menor como un ciudadano con derechos y lo trata como un objeto peligroso que debe ser neutralizado para siempre.

3. Giorgio Agamben: El "Estado de Excepción"

Agamben analiza cómo los gobiernos suspenden la ley (el estado de derecho) para "proteger" la ley.

  • La crítica: Diría que El Salvador está operando en una "zona de indistinción" donde la Constitución se vuelve papel mojado bajo la excusa de la emergencia. Al condenar a un menor de por vida, el Estado lo reduce a "nuda vida" (vida biológica sin derechos políticos), eliminando su estatus como ser humano ante la ley.

4. Martha Nussbaum: La Justicia Compasiva

Desde su enfoque de las capacidades, Nussbaum defiende que la justicia debe permitir que las personas desarrollen su potencial humano.

  • La crítica: Nussbaum argumentaría que imponer una pena perpetua a los 12 años es un acto de "ira retributiva" que ignora la vulnerabilidad humana. Diría que la sociedad tiene la obligación ética de proporcionar condiciones para que ese menor (que probablemente creció en un entorno de violencia y falta de oportunidades) pueda reformar su carácter. El castigo perpetuo es, para ella, un fracaso de la imaginación política y la compasión.

5. Eugenio Raúl Zaffaroni: El Punitivismo Populista

Zaffaroni es un referente en criminología crítica que acuñó términos sobre cómo los políticos usan el miedo para ganar poder.

  • La crítica: Clasificaría esto como populismo penal. Diría que es una respuesta simplista a un problema complejo (las pandillas) que busca satisfacer el deseo de venganza de la opinión pública, pero que a largo plazo genera una "sociedad de exclusión" y no reduce la violencia, sino que la institucionaliza en las cárceles.


En resumen, las críticas desde estos pensadores se agrupan en:

  • Foucault: El Estado como carcelero totalitario.

  • Ferrajoli: La pérdida de los límites legales del castigo.

  • Agamben: La deshumanización del individuo bajo la emergencia.

  • Nussbaum: La negación de la capacidad de cambio del ser humano.

La relación entre este tipo de medidas y la ideología de derecha es estrecha, pero no es absoluta. En la ciencia política contemporánea, esta política encaja principalmente en lo que se conoce como Derecha Punitiva o Populismo de Derecha.

cómo se conecta con los pilares de esa ideología y dónde surgen las contradicciones:


1. El pilar del "Orden y la Autoridad"

La derecha tradicional y la conservadora suelen priorizar el orden público como la base sobre la cual se construye la libertad y la economía.

  • La lógica: Sin seguridad no hay propiedad privada ni inversión. Por lo tanto, el Estado debe usar toda su fuerza para extirpar cualquier amenaza al orden. La cadena perpetua para menores se justifica bajo la premisa de que "el crimen no tiene edad" y que la autoridad debe ser absoluta para ser respetada.

2. El enfoque en la Responsabilidad Individual

A diferencia de la izquierda (que suele poner el énfasis en las causas sociales, como la pobreza o la falta de oportunidades), la derecha tiende a enfatizar la responsabilidad individual.

  • La lógica: El individuo, incluso a los 12 años, toma decisiones. Si decide cometer un crimen atroz, debe enfrentar las consecuencias. Este enfoque minimiza el contexto socioeconómico y se centra en el acto delictivo y su castigo.

3. El "Derecho Penal del Enemigo"

Esta es una característica de las nuevas derechas autoritarias. Se deja de ver al delincuente como un "ciudadano que se equivocó" y se le empieza a ver como un "enemigo de la sociedad".

  • Al ser un enemigo, pierde sus derechos procesales y las garantías de rehabilitación. Esto permite que medidas como la prisión perpetua en menores sean aceptables para sus seguidores, pues el objetivo no es la reinserción, sino la incapacitación total del sujeto.


¿Dónde entra en conflicto con otras visiones de derecha?

No toda la derecha estaría de acuerdo con esto. Existen matices importantes:

  • Derecha Liberal (Libertarismo/Liberalismo Clásico): Los liberales que creen firmemente en la limitación del poder del Estado suelen ver estas medidas con sospecha. ¿Por qué? Porque darle al Estado el poder de encerrar a alguien de por vida desde los 12 años es otorgarle un poder estatal omnipotente que podría usarse contra cualquiera en el futuro.

  • Derecha Social Cristiana: Esta vertiente, muy fuerte en Latinoamérica, pone el foco en la dignidad humana y la redención. Podrían considerar que la cadena perpetua niega la posibilidad de conversión y perdón, principios fundamentales del humanismo cristiano.

Resumen de la alineación ideológica
ConceptoPostura de la Derecha PunitivaCrítica de la Derecha Liberal/Humanista
Rol del EstadoDebe ser un "Leviatán" represor contra el crimen.El Estado debe ser limitado para evitar tiranías.
JusticiaRetributiva (ojo por ojo, castigo severo).Reparadora o garantista (procesos justos).
El MenorUn criminal potencial que debe ser neutralizado.Un individuo en formación con derechos específicos.
En conclusión, la medida de Bukele es una expresión extrema de la derecha de "mano dura", que sacrifica las garantías individuales en el altar de la seguridad colectiva. Es una ideología que prefiere la eficacia inmediata (sacar al criminal de la calle para siempre) sobre la ética procesal o la rehabilitación a largo plazo.

 Cerebros, educación y salud: desmontando afirmaciones sin fundamento


Recientemente, Ricardo Salinas Pliego declaró que los estudiantes de educación pública tienen el “cerebro lavado” y que México no debería tener instituciones como el IMSS, abogando por un sistema totalmente privado. Estas afirmaciones no solo son ofensivas para millones de mexicanos, sino que también carecen de sustento factual. Un análisis basado en datos muestra la distancia entre sus palabras y la realidad.

Educación pública: más que un “cerebro lavado”

Calificar a los estudiantes de educación pública como “cerebros lavados” es un desprecio a décadas de esfuerzos para expandir la educación en México. Hoy, más del 92% de los niños entre 6 y 14 años asisten a la escuela, reflejando un avance notable en cobertura educativa. La alfabetización, que en el siglo XIX apenas superaba el 5%, alcanza hoy tasas superiores al 95%. La educación superior también ha crecido: de 1.9 millones de estudiantes en 2000 a 4.4 millones en 2017.

Estos números demuestran que la educación pública no solo es masiva, sino que ha promovido avances concretos en inclusión, aprendizaje y desarrollo social. Descalificarla con insultos como “cerebro lavado” ignora estos logros y reproduce estereotipos elitistas sin base.

El IMSS y la salud pública: un pilar del bienestar

Proponer la desaparición del IMSS y sustituirlo por un sistema completamente privado revela un desconocimiento profundo de la realidad sanitaria mexicana. El IMSS cubre a más de 68 millones de personas, más del 50% de la población, y representa un componente clave para garantizar acceso a servicios médicos.

Si bien es cierto que muchos afiliados también utilizan servicios privados, esto no invalida la necesidad de un sistema público. Por el contrario, evidencia que la salud es un derecho y que la coexistencia de lo público y lo privado es necesaria para atender la diversidad de necesidades y recursos de la población. Suprimir el IMSS obligaría a millones a depender únicamente de su capacidad de pago, aumentando la inequidad y poniendo en riesgo la salud de los más vulnerables.

Las declaraciones de Salinas Pliego son un ejemplo de cómo los prejuicios y la ideología pueden reemplazar el análisis informado. La educación pública ha permitido alfabetizar y formar a millones de mexicanos; el IMSS garantiza salud a quienes no podrían costear un sistema privado. Atacar estas instituciones con descalificaciones o propuestas radicales no solo es injusto, sino peligroso para la cohesión social y el bienestar colectivo. 
La evidencia muestra que los logros en educación y salud pública no son fruto de “cerebros lavados”, sino de políticas que han transformado la vida de millones de mexicanos.


 La frase de Francisco Umbral es una crítica bastante afilada —y muy en su estilo— sobre la evolución del liberalismo.

En el siglo XIX, el liberalismo no era una postura cómoda: era casi subversiva. Implicaba enfrentarse a monarquías absolutas, a privilegios heredados, a la Iglesia como poder político. Era una ideología de combate: defendía libertades, constituciones, derechos civiles. Había riesgo, conflicto, incluso sangre.

Lo que Umbral sugiere es que, con el paso del tiempo, ese impulso se domesticó.

Cuando dice que el liberalismo se volvió “una elegante poltrona para biempensantes”, está señalando varias cosas:

  • De ideología combativa a postura cómoda: ya no exige lucha real. Se puede “ser liberal” sin enfrentarse a nada serio.
  • Tolerancia convertida en pasividad: el liberal moderno “todo lo comprende, todo lo tolera”, pero eso puede implicar falta de موقف (postura). Es decir, confundir apertura con indiferencia.
  • Despolitización: “no se meten en nada” apunta a una retirada del conflicto político. Como si el liberalismo se hubiera vuelto más un estilo de vida que una fuerza transformadora.

En el fondo, la crítica es esta:
👉 lo que antes era una ética de riesgo y confrontación se ha vuelto una estética de la moderación.

Pero ojo, aquí conviene pensar con cuidado:
Umbral no está haciendo un análisis académico, sino una provocación. Está exagerando para señalar un fenómeno real: que ciertas corrientes, cuando triunfan, tienden a volverse conservadoras de su propio éxito.

Una forma más precisa de leerlo sería:

  • El liberalismo no desapareció, pero una parte de él se volvió complaciente.
  • Esa complacencia puede servir al status quo tanto como antes lo combatía.

Si lo llevamos al terreno de análisis más crítico:
esto conecta mucho con lo que dirían George Carlin o Bill Hicks —que el sistema es tan sofisticado que incluso la “postura crítica” puede volverse inofensiva, absorbida, decorativa.

En una frase más directa:
Umbral está diciendo que el liberalismo dejó de incomodar al poder y empezó a convivir con él.



 En su libro sobre los Estados Unidos de los años treinta, Frederick Lewis Allen escribió que la Gran Depresión «marcó a millones de estadounidenses —interiormente— para el resto de sus vidas». Pero hubo un amplio abanico de experiencias. Veinticinco años más tarde, durante la campaña presidencial, un periodista le preguntó a John F. Kennedy qué recordaba de la Depresión. 

Él contestó:

No tengo un conocimiento directo de la Depresión. Mi familia tenía una de las más grandes fortunas del mundo y, por aquel entonces, era mayor que nunca. Teníamos casas más grandes, más criados y viajábamos más. Prácticamente lo único que vi directamente fue que mi padre contrató a varios jardineros de más solo para darles un trabajo y que pudieran comer. En realidad, no supe qué había sido la Depresión hasta que leí sobre el tema cuando estudiaba en Harvard. 

Morgan Housel

Es un paralelismo que muchas personas hacen al observar la política latinoamericana. La anécdota de John F. Kennedy ilustra algo más profundo que la riqueza de una familia: muestra cómo el privilegio puede crear una especie de "burbuja de realidad". Mientras millones hacían filas para conseguir pan, él vivía una infancia en la que la Depresión apenas se percibía como la contratación de algunos jardineros adicionales.

Eso no significa que Kennedy fuera insensible. De hecho, su respuesta fue bastante franca. Admitió que no comprendió realmente la magnitud de la crisis hasta que la estudió en la universidad. Pero también revela una verdad incómoda: la experiencia de un país nunca es igual para todos.

En América Latina ocurre con frecuencia que algunos dirigentes, empresarios, comentaristas o intelectuales provienen de sectores muy privilegiados. 

Cuando hablan de pobreza, desempleo, inflación o violencia, pueden hacerlo desde estadísticas, libros o informes, no desde una experiencia vivida. Del mismo modo, también existen políticos que provienen de sectores populares y cuya visión del Estado y la desigualdad está profundamente marcada por esa experiencia.

El riesgo aparece cuando alguien supone que su experiencia personal representa la de toda la sociedad. Quien nunca ha pasado hambre puede pensar que la pobreza se resuelve solo con esfuerzo individual. Quien nunca ha enfrentado discriminación puede creer que esta apenas existe. Y, en sentido contrario, quien ha vivido únicamente en contextos de gran precariedad puede subestimar los desafíos de otros sectores.

Por eso, más que el origen social de un político, lo importante es si es capaz de comprender realidades distintas a la suya. La empatía democrática consiste precisamente en eso: gobernar para personas cuya vida uno nunca ha vivido.

La frase de Kennedy sigue siendo vigente porque recuerda que una nación puede atravesar la misma crisis y, sin embargo, algunos apenas escuchar el ruido de la tormenta mientras otros luchan por no naufragar. Esa distancia entre experiencias explica muchas incomprensiones políticas, tanto en los Estados Unidos de los años treinta como en la América Latina del siglo XXI.

sábado, 1 de agosto de 2026

 


Farabundo Martí: el hombre que sembró una pregunta

Hay hombres que nacen dos veces. Una vez del vientre de una madre. Otra, del disparo que intenta borrarlos.

Farabundo Martí pertenece a esa segunda especie.

Nació en un país donde el café perfumaba las mesas de Europa mientras el hambre dormía en las chozas de quienes lo cultivaban. El Salvador era un jardín para unos pocos y un desierto para casi todos. La tierra tenía dueños; los hombres, no. El campesino sembraba árboles cuyos frutos jamás probaría. Era una mano sin propiedad, un cuerpo alquilado a la cosecha.

Martí aprendió pronto que la injusticia no era un accidente. Era una arquitectura. Piedra sobre piedra. Ley sobre ley. Fusil sobre silencio.

Pudo elegir una vida cómoda. Estudió, leyó, conoció los privilegios de una familia acomodada. Pero algunas personas poseen un extraño defecto: cuando descubren el sufrimiento ajeno, dejan de sentirse cómodas dentro de su propia comodidad. Hay quienes consideran esa enfermedad una virtud. Otros la llaman rebeldía.

Comenzó entonces un largo peregrinaje. México. Guatemala. Nicaragua. Cada frontera le enseñó que la pobreza cambia de acento, pero no de rostro. En Nicaragua conoció a Augusto César Sandino. Dos hombres distintos unidos por una misma certeza: los imperios nunca llegan diciendo que son imperios. Siempre llegan prometiendo orden.

Mientras los poderosos dibujaban mapas, ellos caminaban senderos de barro. Mientras los gobiernos hablaban de estabilidad, los campesinos hablaban de hambre. Dos idiomas que rara vez se encuentran.

Regresó a El Salvador cuando el país parecía una cuerda demasiado tensa. El precio del café se desplomó. Los salarios desaparecieron. La desesperación comenzó a caminar por los pueblos con la paciencia de una sombra. No hacen falta grandes ideologías cuando un niño tiene hambre. El estómago suele ser el primer manifiesto político.

Entonces llegó 1932.

Las versiones cambian según quien las cuente. Para unos fue una insurrección comunista. Para otros, un grito desesperado de los olvidados. La historia casi nunca ofrece la comodidad de una sola verdad. Lo que sí sabemos es que el Estado respondió con una violencia que ya no buscaba castigar culpables, sino sembrar miedo.

Los fusiles dejaron de distinguir entre rebeldes e inocentes.

Ser indígena podía convertirse en una sentencia. Hablar la lengua de los abuelos podía costar la vida. Vestir la ropa heredada por generaciones era suficiente para morir. El país comenzó a vaciarse de voces antiguas. No solo asesinaron personas. Asesinaron memorias. Asesinaron canciones. Asesinaron palabras.

Aquel río de sangre recibió un nombre sencillo, casi doméstico: La Matanza.

Los nombres pequeños suelen esconder los abismos más grandes.

Farabundo Martí fue fusilado antes de que la masacre alcanzara toda su dimensión.
Quisieron convertirlo en un cadáver ejemplar. Que sirviera de advertencia. Que enseñara obediencia. Que el miedo fuera más fértil que la esperanza.

Pero la historia posee una ironía obstinada.

Las balas atraviesan cuerpos. No siempre atraviesan símbolos.

Décadas después, su nombre regresó convertido en bandera. El Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional lo tomó prestado para otra guerra, otra generación y otras preguntas. Porque eso son algunos muertos: preguntas que se niegan a desaparecer.

Resulta tentador convertir a Farabundo Martí en un santo o en un demonio. Los santos tranquilizan a los creyentes. Los demonios tranquilizan a los vencedores. Pero los seres humanos son más incómodos. Caminan entre la luz y la sombra. Acumulan convicciones y errores. Sueñan con justicia y, a veces, terminan atrapados por la violencia que pretendían derrotar.

Quizá esa sea la verdadera herencia de Martí.

No obligarnos a elegir entre héroes y villanos, sino entre sociedades capaces de escuchar el hambre antes de que el hambre aprenda a hablar con fusiles.

Porque ninguna revolución nace primero en las montañas.

Empieza mucho antes.

Empieza el día en que un niño descubre que la tierra donde trabaja tiene dueño, pero el pan que produce no tiene su nombre.

Y ese descubrimiento, silencioso como una semilla, puede tardar años en romper la superficie. Pero cuando lo hace, ya no crece un hombre.

Crece una pregunta.

Y las preguntas, a diferencia de los hombres, no pueden ser fusiladas. 

 

La libertad, versión premium

Ah, la libertad. Esa palabra que los políticos pronuncian con la misma devoción con la que un vendedor de tiempos compartidos dice “oportunidad”. “Vivimos en libertad”, anuncian desde un podio rodeado de escoltas, micrófonos y aire acondicionado. Y uno mira al tipo que se levanta a las cuatro de la mañana para tomar dos camiones y piensa: ¿de verdad viven en el mismo país?

Me encanta cuando dicen: “Todos tienen derecho al voto”. Claro. El millonario llega en camioneta blindada, desayuna salmón, lee tres periódicos, llama a un senador y luego vota. El pobre llega sudando, después de trabajar doce horas, sin haber tenido tiempo de leer nada, y también vota. ¿Ven? Igualdad absoluta. Uno compra influencia; el otro compra una torta. Pero ambos metieron un papelito en una caja, así que la democracia ya puede dormir tranquila.

También dicen: “Todos tienen libertad de expresión”. Sí, inténtalo. Ve a la fábrica, a la oficina o al ayuntamiento y expresa libremente que el jefe es un incompetente, que el alcalde roba y que el sindicato está vendido. Luego disfruta de tu nueva libertad: la libertad de buscar empleo.

La mejor es la de “acceso a la justicia”. ¡Maravilloso! Puedes demandar. Solo necesitas un abogado, copias certificadas, tiempo libre, dinero para transporte, paciencia de santo tibetano y una esperanza de vida superior a la duración promedio del juicio. Pero el acceso existe. Es como poner un restaurante de lujo y decirle a los hambrientos: “La puerta está abierta para todos”.

Y no olvidemos la libertad de movimiento. Técnicamente puedes ir a donde quieras. A París, a Tokio o a la playa privada del magnate. Solo hace falta un pasaporte, boletos, hotel, visa y una cuenta bancaria que no llore cuando la abres. Mientras tanto, millones de personas ejercen diariamente su libertad de movimiento recorriendo tres horas de tráfico para llegar a un trabajo que apenas paga el transporte que las llevó hasta allí. ¡Qué viaje tan emancipador!

Lo fascinante es que la gente poderosa adora hablar de libertad en singular. “La libertad”. Suena mística, como si fuera un espíritu flotando sobre la nación. Pero la libertad real siempre viene en plural: libertades. Libertad para hablar, para organizarse, para enfermarse sin arruinarse, para estudiar sin endeudarse, para defenderse sin hipotecar la casa, para decir “no” a un empleo abusivo.

Ahí está el truco. El rico posee la libertad más importante de todas: la libertad de decir “no”. No a un trabajo, no a un barrio peligroso, no a un hospital saturado, no a una escuela mediocre, no a un policía prepotente, no a un político. El pobre vive en el reino del “sí obligado”. Sí al turno extra, sí al transporte indigno, sí a la espera, sí a la humillación burocrática. Y luego llega un experto en televisión a explicarle que ambos son igualmente libres porque la constitución los ama por igual.

¿Y saben qué ocurre cuando alguien pobre escucha ese discurso? No piensa en filosofía política. Piensa en la renta vencida, en el medicamento que no compró, en el hijo que dejó de estudiar y en el policía que lo revisó ayer. Por eso la teoría recibe una cachetada. No porque la teoría sea completamente falsa, sino porque fue pronunciada sin mirar la realidad.

Las democracias modernas son curiosas: permiten criticar al sistema siempre que no molestes demasiado a quienes financian el sistema. Puedes gritar en redes sociales; lo difícil es que alguien con poder tenga que escucharte. La libertad de expresión del pobre suele parecerse mucho a hablarle a una licuadora encendida.

Y aquí viene la parte incómoda: esto no significa que las democracias sean iguales al nazismo o al estalinismo. En aquellos regímenes podías terminar preso, exiliado o muerto por disentir. La diferencia importa muchísimo. Pero reconocer esa diferencia no obliga a fingir que la libertad contemporánea está distribuida equitativamente.

La sociedad vende una versión turística de la libertad. Folleto brillante: “Todos pueden llegar lejos”. Letra pequeña: “Resultados varían según patrimonio familiar, código postal, color de piel, contactos y capacidad de pagar abogados”.

Así que la próxima vez que un político diga “somos un país libre”, pregúntale algo sencillo: ¿libre para qué y para quién?. Libre para comprar un yate no es lo mismo que libre para comprar insulina. Libre para financiar una campaña no es lo mismo que libre para faltar un día al trabajo e ir a una audiencia judicial. Libre para mudarse de país no es lo mismo que libre para mudarse de colonia.

La verdadera obscenidad no es que existan ricos. La verdadera obscenidad es llamar “igual libertad” a situaciones donde unos tienen un menú de mil opciones y otros solo pueden escoger entre dos desgracias.

Al final descubrí que la libertad se parece mucho al Wi‑Fi en un aeropuerto latinoamericano: oficialmente está disponible para todos, hay un letrero enorme anunciándolo, y sin embargo los únicos que logran usarlo bien son los que ya venían conectados.

 Observen el lenguaje. Siempre observen el jodido lenguaje, porque ahí está la trampa.


Se voltea un tráiler de Sabritas en la carretera y de repente todos en el noticiero se vuelven poetas del apocalipsis moral. "¡RAPIÑA! ¡SAQUEO! ¡HORDA DE VÁNDALOS!" Ponen música de película de zombies. La cámara tiembla. Un reportero con casco dice "la falta de valores". Una señora se lleva un pollo congelado y ya es el fin de la civilización occidental.

Ahora, cambia de canal. Un gobernador se lleva 800 millones de pesos de medicinas para niños con cáncer. ¿Cómo le dicen? No es rapiña. No es saqueo. No es horda. Es "presuntas irregularidades". Es "observaciones de la Auditoría Superior". Es "un probable desvío".

¡Irregularidades! Qué palabra tan bonita y limpia. Irregularidades es cuando tu corbata no combina con tu camisa. No cuando te chingas el presupuesto de salud de todo un estado.

¿Se dan cuenta? Cuando el pobre roba, es un delito con nombre de animal. RAPIÑA. Suena a rata, a buitre, a algo que arrastra las uñas. Cuando el político roba, es un término contable. Suena a que se le fue un cero de más en el Excel. ¡Uy, perdón, fueron irregularidades!

Y es lógico. Nunca has visto a un político cargando una tele en la carretera. Él no necesita agacharse. Él no se ensucia las manos con aceite de tráiler volcado. Él roba sentado. Con aire acondicionado. Firmando. Roba con una pluma Mont Blanc y por eso no es ratero, es "servidor público señalado".

Nos venden que el problema es la gente que se lleva las cervezas del camión accidentado. ¡Esa gente! ¡Qué barbaridad! ¡Qué falta de empatía con el pobre chofer!

El chofer está bien, cabrón. El chofer está a un lado, vivo, pidiendo que no se acerquen porque va a explotar. El que no está bien es el cabrón que lleva 30 años viendo cómo le saquean el país entero y ahora le piden indignación selectiva por una caja de galletas María.

No estoy defendiendo que se lleven el camión. Estoy diciendo que me digan las cosas por su tamaño real.

Si una señora que se lleva 10 kilos de azúcar es una rapaz, ¿qué palabra le dejamos al güey que se llevó 10 mil millones? Porque en español ya no tenemos palabra más grande que rapiña. Necesitamos inventar una nueva. Super-rapiña. Mega-rapiña. Rapiña con doctorado en Harvard y fuero constitucional.

Los medios lo hacen porque una cosa la pueden filmar y la otra no. No pueden poner un dron sobre una cuenta en Andorra. No pueden poner en cámara lenta cómo se transfiere un contrato de obra pública a tu cuñado. Pero sí pueden poner en cámara lenta a Don Chuy corriendo con un cartón de huevo San Juan.

Es más seguro. Es más barato. Indignarte con Don Chuy no te cuesta la concesión. Indignarte con el gobernador sí.

Entonces te entrenan. Te entrenan para que odies al de abajo que te arrebata las migajas y respetes al de arriba que se llevó toda la panadería.

 El público del Circo era el mayor espejo para la grandeza que existía en Roma. Aquí era donde un ciudadano se podía distinguir públicamente de forma más clara, ya fuera por las aclamaciones o por los abucheos y burlas del público. Este pensamiento estaba en la cabeza de todos los senadores que miraban el Circo desde sus villas. También estaba en la cabeza de todo zapatero que miraba al valle desde su chabola. A pesar del enorme abismo que existía entre ellos, el ideal de compartir una comunidad se mantenía firme tanto para el millonario como para el indigente. Los dos eran ciudadanos de una misma república. Después de todo, ni el Palatino ni el Aventino eran completamente unas islas. 

Tom Holland.  

Lo fascinante del pasaje de Tom Holland es que describe algo más profundo que un espectáculo. El Circo era el lugar donde Roma se veía a sí misma. No era solo entretenimiento. Era un espejo político.

Hoy ese espejo sigue existiendo, pero está roto en miles de fragmentos.

El ciudadano romano, por rico o pobre que fuera, asistía al mismo circo, veía las mismas carreras, gritaba por los mismos aurigas y, al menos durante unas horas, compartía una identidad común. Había desigualdades inmensas, pero existía un escenario donde todos podían reconocerse como miembros de una misma comunidad política.

Hoy ocurre casi lo contrario.

Cada persona tiene su propio "circo": su red social, su canal de YouTube, su grupo de WhatsApp, su algoritmo. Ya no existe una plaza donde todos miren el mismo espectáculo. Vivimos en pequeños anfiteatros digitales donde el aplauso y el abucheo siguen siendo la moneda de prestigio, pero cada audiencia es distinta.

El senador romano temía el juicio de la multitud. El político moderno teme la tendencia del día, el video viral, la tormenta en redes. El zapatero romano compartía el mismo rumor que el senador. Hoy dos vecinos pueden vivir puerta con puerta y habitar universos informativos completamente distintos.

Quizá esa sea una de las grandes transformaciones de nuestro tiempo: hemos conservado el espectáculo, pero hemos perdido parte del público.

Y cuando desaparece un público común, también se debilita la idea de una comunidad común. La discusión política deja de ser un desacuerdo entre conciudadanos y empieza a parecer una guerra entre tribus. El adversario ya no es alguien que comparte la misma plaza; es alguien que vive en otro universo.

Tom Holland sugiere que ni el Palatino, donde residían las élites, ni el Aventino, asociado al pueblo, eran islas. Hoy, paradójicamente, los barrios están conectados por fibra óptica, pero las mentes pueden estar más aisladas que nunca.

Quizá el desafío de las democracias contemporáneas no sea solo reducir la desigualdad económica. También consiste en reconstruir aquellos espacios donde personas muy distintas vuelvan a sentirse parte de una misma historia. Sin ese sentimiento compartido, la ciudadanía se convierte en una suma de individuos; la república deja de ser un "nosotros" y pasa a ser una multitud de "yoes" que solo coinciden en el mapa, pero ya no en la imaginación.