Hay un hecho que sirve de detonante: el anuncio estadounidense de una posible transmisión en directo de la ejecución de Nidal Hasan, prevista para diciembre de 2026. Al 10 de octubre, el propio presidente Donald Trump todavía no había decidido si autorizaría la transmisión, así que el ensayo parte de la noticia sin presentar el espectáculo como algo ya consumado. (reuters.com, internazionale.it)
LA CIVILIZACIÓN EN DIRECTO
El espectáculo de matar y la maravillosa audiencia de los buenos ciudadanos
Hay algo que hemos hecho muy bien como civilización: encontrar maneras cada vez más sofisticadas de demostrar que somos civilizados mientras hacemos cosas bastante salvajes.
Antes matábamos en las plazas. La gente se reunía, compraba comida, llevaba a los niños y esperaba el momento culminante: un ser humano iba a morir y los demás tenían el privilegio de contemplarlo. Era una fiesta popular, una actividad familiar, una oportunidad para salir de casa y disfrutar de las ventajas de pertenecer a una sociedad organizada.
Después nos volvimos modernos. Descubrimos los derechos humanos, la dignidad, la rehabilitación, los límites del poder y esas otras molestias que aparecen cuando alguien empieza a pensar demasiado. Así que sacamos las ejecuciones de las plazas y las llevamos a lugares cerrados.
¡Qué avance! Ya no tenemos que llevar a los niños a ver morir a un condenado. Ahora podemos mantenerlos en casa, ponerles una tableta en las manos y dejar que el algoritmo se encargue de la educación moral.
Pero resulta que alguien ha tenido una idea extraordinaria: ¿por qué no transmitir una ejecución en directo?
¡Genial! La historia de la humanidad acaba de completar un círculo. Hemos inventado internet, los satélites, la inteligencia artificial, los teléfonos que reconocen nuestra cara y los refrigeradores que pueden conectarse a una red. Y ahora podemos utilizar toda esa tecnología para contemplar cómo el Estado le quita la vida a un ser humano.
El futuro llegó, señoras y señores. Y trae un fusil.
I. EL ESTADO TAMBIÉN NECESITA AUDIENCIA
La justificación siempre resulta tranquilizadora: hay que mostrar las consecuencias de los actos. Hay que disuadir. Hay que enviar un mensaje. Hay que demostrar que la justicia existe.
Por supuesto. La justicia necesita pruebas, procedimientos, responsabilidades y límites al poder. Pero ¿desde cuándo necesita espectadores?
¿No basta con que el condenado reciba su sentencia? ¿Es indispensable que millones de personas puedan presenciar su muerte para comprender que matar está mal?
Piénsenlo: el Estado va a matar a un hombre para comunicar que matar tiene consecuencias.
La paradoja es estupenda. Debería enseñarse en las escuelas, junto con las tablas de multiplicar y las instrucciones para apagar el televisor cuando empieza a salir humo.
El mensaje oficial dice: «No maten, porque matar es terrible».
Y el espectáculo añade: «Ahora siéntense cómodamente y observen cómo matamos a alguien».
Hay que reconocerle mérito a la operación. Es una forma muy peculiar de educación cívica: una lección sobre la gravedad de la violencia impartida mediante una demostración de violencia.
No se trata de fingir que el condenado es inocente. En este caso, Nidal Hasan fue condenado por la matanza de Fort Hood, que dejó trece personas muertas. El dolor de las víctimas y de sus familias no desaparece porque alguien cuestione el espectáculo de la ejecución.
Precisamente por eso conviene distinguir entre hacer justicia y convertir el castigo en una función.
Porque una cosa es sostener que un crimen merece una sanción y otra muy distinta es preguntarse cuántas personas deberían sentarse a mirar cómo se aplica.
II. EL ESPECTADOR ES INOCENTE. POR SUPUESTO.
Aquí aparece nuestro personaje favorito: el ciudadano que no tiene nada que ver con nada.
Él no mata. Él solamente mira.
No tortura. Él solamente reproduce el video.
No organiza la ejecución. Él solamente comparte el enlace con un comentario ingenioso.
No participa en la crueldad. Él solamente pregunta a qué hora empieza.
Es un ciudadano ejemplar. Paga sus impuestos, separa la basura cuando se acuerda, saluda al vecino y jamás haría daño a una mosca, salvo que la mosca le arruine una fotografía.
Pero si un desconocido va a morir en directo, quiere saber dónde puede verlo.
No todos los espectadores serán iguales. Algunos mirarán por curiosidad; otros, por indignación; otros, para comprender lo que sucede. Y habrá quienes rechacen el acontecimiento.
El problema no consiste en declarar perversos a todos los que miran. Eso sería demasiado fácil. El problema consiste en averiguar qué sucede cuando el sufrimiento de una persona deja de provocar una pregunta moral y comienza a provocar una pregunta de consumo:
«¿Dónde lo transmiten?».
Hemos aprendido a distinguir entre el acontecimiento y nuestra participación en él. Si no apretamos el gatillo, pensamos que no tenemos responsabilidad. Si no diseñamos el espectáculo, creemos que no formamos parte del negocio. Si solo miramos, nos consideramos ajenos.
Pero los espectáculos necesitan espectadores. Los mercados necesitan consumidores. Y la crueldad convertida en espectáculo necesita una audiencia que la haga rentable, popular o políticamente útil.
La pregunta no es si cada espectador es un monstruo. La pregunta es qué clase de monstruosidad puede producir una sociedad en la que millones de personas no necesitan ser monstruos para sostener un espectáculo monstruoso.
III. BIENVENIDOS A LA PROGRAMACIÓN FAMILIAR
Las películas distópicas llevan décadas advirtiéndonos sobre este asunto.
En The Running Man, los condenados son perseguidos ante las cámaras. En The Condemned, la muerte se convierte en entretenimiento distribuido por internet. En The Hunger Games, el poder transforma la violencia en una ceremonia pública que recuerda a los sometidos quién manda.
Durante años contemplamos esas historias y dijimos: «¡Qué barbaridad! ¡Qué sociedad tan enferma!».
Después apagamos la televisión, nos preparamos un café y seguimos con nuestra vida.
La ficción tiene esa ventaja: permite que nos horroricemos sin correr el riesgo de cambiar demasiado.
Pero las distopías no necesitan cumplirse literalmente para resultar útiles. No hace falta que un gobierno organice una competencia para cazar pobres ni que establezca una noche oficial para matar vecinos. Basta con observar los mecanismos que esas historias exageran: la deshumanización, la propaganda, el entretenimiento basado en el sufrimiento y la división de las personas entre quienes merecen protección y quienes supuestamente merecen cualquier cosa.
El cine lleva la violencia hasta el extremo para que podamos reconocerla. La realidad, en cambio, suele presentarla con formularios, comunicados, justificaciones legales y conferencias de prensa.
Es mucho más elegante.
El verdugo de una película suele tener cara de villano. El de la vida real puede hablar de procedimientos administrativos, seguridad nacional y consecuencias jurídicas. La crueldad no siempre llega con música siniestra. A veces llega con una presentación de PowerPoint.
Y el espectador puede ser un vecino perfectamente normal que considera que todo está en orden porque alguien con autoridad ya le explicó por qué debe estarlo.
IV. EL CONDENADO IDEAL
Hay una condición indispensable para que el espectáculo funcione: la víctima debe parecer alguien que no merece nuestra compasión.
Por eso conviene que sea un asesino, un enemigo, un traidor, un monstruo o cualquier persona a la que podamos colocar fuera de nuestra comunidad moral.
No necesitamos conocerla. No necesitamos imaginar su miedo. No necesitamos preguntarnos qué significa morir.
Ya tenemos una etiqueta.
Y las etiquetas son maravillosas. Ahorran tiempo, esfuerzo y pensamiento. Uno lee la palabra «criminal» y puede cancelar todas las preguntas que normalmente haría sobre un ser humano.
Por supuesto que los crímenes tienen víctimas. Por supuesto que hay asesinos que han cometido atrocidades. Por supuesto que las familias de quienes murieron tienen derecho a la justicia.
Pero si nuestra dignidad depende de que nadie nos considere culpables, entonces no estamos defendiendo la dignidad humana. Estamos defendiendo un privilegio condicionado.
La prueba de nuestros principios no consiste en tratar con humanidad a quienes amamos. Eso lo hace cualquiera cuando no le cuesta demasiado.
La prueba aparece cuando tenemos delante a alguien que detestamos, alguien que ha hecho algo imperdonable, alguien cuya muerte puede producirnos satisfacción.
¿Seguimos creyendo que existen límites?
¿O descubrimos que nuestras convicciones eran solamente una colección de buenos modales que desaparecen cuando alguien nos ofrece un enemigo apropiado?
V. EL NEGOCIO DE LA INDIGNACIÓN
Hay otra ventaja económica en todo esto: la indignación también vende.
El miedo vende. El odio vende. La venganza vende. El escándalo vende.
Y la muerte, cuando consigue captar suficiente atención, puede convertirse en una mercancía extraordinariamente eficiente.
No hace falta que todos los espectadores paguen una entrada. Basta con que el acontecimiento genere audiencia, conversación, publicidad política o prestigio para quienes lo promueven.
Cada clic parece insignificante. Cada comentario parece inocente. Cada reproducción es apenas una cifra. Pero las cifras pueden terminar representando una multitud que convierte el sufrimiento ajeno en un acontecimiento de consumo.
El mercado no necesita que amemos la crueldad. Solo necesita que no dejemos de mirarla.
Y si mañana la ejecución deja de sorprendernos, siempre habrá algo más impactante. Una muerte más terrible, una humillación más prolongada, un sufrimiento que consiga retener nuestra atención durante quince segundos adicionales.
No estoy diciendo que cada persona que ve violencia se vuelva violenta. Tampoco que las películas produzcan automáticamente una sociedad cruel. La relación entre entretenimiento, sensibilidad y conducta es más compleja.
Estoy hablando de algo más elemental: cuando todo puede transformarse en contenido, también existe el riesgo de que el dolor humano sea tratado como contenido.
Y cuando el dolor se convierte en contenido, la primera pregunta deja de ser «¿qué le está ocurriendo a esa persona?» y pasa a ser «¿cuántas personas están viendo esto?».
¡Felicidades! Hemos logrado medir el interés por la muerte con una precisión que todavía no aplicamos a la dignidad de los vivos.
VI. LA BANALIDAD DEL MAL TIENE BUENA CONEXIÓN
Hannah Arendt reflexionó sobre la banalidad del mal para mostrar cómo personas que no necesariamente se concebían como monstruos podían participar en sistemas criminales sin examinar críticamente sus actos.
La idea no significa que todos seamos igualmente culpables ni que los grandes crímenes sean triviales. Nos obliga a mirar un mecanismo inquietante: la responsabilidad puede desaparecer detrás de la rutina, la obediencia y las justificaciones que nos permiten dejar de pensar.
Hoy podríamos añadir una posibilidad contemporánea: la banalización mediante el entretenimiento.
No necesitamos ordenar una ejecución para acostumbrarnos a ella. Podemos limitarnos a contemplarla como algo normal, compartirla como una curiosidad o justificarla porque la víctima pertenece al grupo que hemos aprendido a despreciar.
La indiferencia también puede tener una interfaz muy cómoda.
Pero conviene no confundirlo todo. Quien observa una película de terror no equivale a quien disfruta una ejecución real. Quien busca comprender una noticia no equivale a quien celebra el sufrimiento. Y quien apoya la pena de muerte no necesariamente desea que se convierta en un espectáculo público.
La crítica empieza precisamente cuando dejamos de meter a todo el mundo en el mismo saco y comenzamos a examinar qué hace cada cual, qué justifica y qué está dispuesto a aceptar.
Pensar es bastante más incómodo que condenar. Por eso suele tener menos audiencia.
VII. LA DISTOPÍA NO NECESITA QUE TODOS SEAN MALVADOS
Tal vez ese sea el detalle más perturbador de las películas que imaginan sociedades enteras mirando ejecuciones.
No necesitan que millones de personas sean sádicas. Necesitan que muchas personas encuentren razones para aceptar el espectáculo.
Unas dirán que la víctima se lo merece.
Otras dirán que es necesario para disuadir a los delincuentes.
Otras dirán que siempre ha habido violencia.
Otras argumentarán que, si no les gusta, basta con cambiar de canal.
Y algunas tendrán dudas, pero preferirán no discutir con la mayoría.
Así se construye una normalidad: no necesariamente mediante el entusiasmo universal, sino mediante una combinación de aprobación, indiferencia, miedo y costumbre.
Ninguna de estas reacciones demuestra por sí sola que una sociedad esté condenada a convertirse en una distopía. Las sociedades también discuten, se resisten, cambian de opinión y establecen límites.
De hecho, la controversia que ha provocado el anuncio estadounidense demuestra que no existe una respuesta moral uniforme: hay quienes defienden la pena de muerte y, aun así, rechazan transmitirla en directo; hay quienes consideran que la publicidad del procedimiento permitiría una mayor transparencia; y hay quienes ven en la transmisión una degradación de la dignidad humana.
Esa discusión importa porque significa que el espectáculo todavía puede ser cuestionado.
Una distopía no se vuelve inevitable cuando alguien propone una atrocidad. El peligro aparece cuando dejamos de discutir si debemos permitirla.
VIII. EL ÚLTIMO PROGRESO DE LA CIVILIZACIÓN
Nos gusta pensar que el progreso consiste en tener máquinas más rápidas, conexiones más veloces y una pantalla para cada actividad humana.
Pero la tecnología no garantiza la madurez moral. Podemos desarrollar instrumentos extraordinarios y utilizarlos para fines mezquinos. Podemos tener acceso a bibliotecas enteras y emplear internet para humillar a un desconocido. Podemos proclamar la dignidad humana en nuestros documentos y celebrar que alguien sea despojado de ella cuando nos resulta conveniente.
La civilización no consiste solamente en aprender a hacer cosas. También consiste en aprender cuáles no deberíamos hacer, incluso cuando tenemos la capacidad, la autorización o el público suficiente para hacerlas.
Y quizá esa sea la pregunta que las películas distópicas nos dejan frente a una ejecución transmitida en directo:
No si seremos capaces de verla.
No si tendremos conexión.
No si el video llegará a millones de pantallas.
Sino si todavía seremos capaces de preguntarnos por qué queremos verla, qué función cumple mostrarla y qué estamos aprendiendo cuando la muerte de un ser humano se presenta como una demostración de poder.
Porque una sociedad puede castigar a los culpables sin convertir su muerte en una fiesta. Puede recordar a las víctimas sin organizar un espectáculo de venganza. Puede exigir justicia sin confundirla con el placer de contemplar el sufrimiento.
Y puede reconocer la gravedad de un crimen sin renunciar a examinar críticamente las decisiones que toma en respuesta a él.
EPÍLOGO: EL ESPECTÁCULO DEBE CONTINUAR
Imaginen el futuro.
La ejecución ha terminado. Los comentaristas discuten si el procedimiento fue eficaz. Las redes se llenan de opiniones. Alguien pregunta si habrá una repetición. Otro reclama mejores ángulos de cámara. Un tercero explica que no deberíamos preocuparnos porque el condenado era un criminal.
Y, mientras tanto, alguien publica una fotografía de su desayuno.
La vida continúa. El algoritmo recomienda otro video. La audiencia se dispersa hasta que aparece un nuevo acontecimiento capaz de indignarla, entretenerla o proporcionarle una razón para sentirse moralmente superior.
Quizá ese sea el verdadero espectáculo: no solamente la muerte de una persona, sino la facilidad con que podemos incorporarla a nuestra rutina y seguir adelante sin examinar qué lugar le hemos dado en nuestra conciencia.
No todos los que miran son perversos. No todos los que sienten curiosidad son crueles. Y nadie está obligado a sentir lo mismo ante todas las víctimas.
Pero todos podemos preguntarnos qué sucede cuando dejamos de ver a una persona y empezamos a ver un espectáculo.
La distopía no consiste únicamente en que el poder pueda matar delante de nosotros.
Consiste en que, algún día, la pregunta más frecuente ya no sea si debería hacerlo, sino a qué hora empieza la transmisión.
Y entonces sí podremos decir que el espectáculo ha alcanzado su objetivo: no porque todos amen la crueldad, sino porque la crueldad ya no necesita justificarse demasiado para conseguir audiencia.