jueves, 20 de agosto de 2026

 

La escolta, los niños y el misterioso delito de sacar ocho

Hay polémicas que demuestran que los adultos tenemos una capacidad extraordinaria para discutir durante horas sobre algo sin preguntarle a las personas que realmente están involucradas.

La nueva discusión sobre quién debe integrar la escolta escolar es un ejemplo magnífico.

La SEP dice que ya no debe utilizarse necesariamente el promedio académico como criterio determinante. Algunos padres están indignados. En redes sociales aparecen especialistas improvisados en pedagogía, civismo, meritocracia y crianza infantil. Unos anuncian el fin de la cultura del esfuerzo. Otros celebran el triunfo definitivo de la inclusión.

Y en medio de todo esto están los niños.

Los únicos que todavía no han sido invitados a la conversación.

Qué raro.

Estamos hablando de ellos, de sus calificaciones, de sus esfuerzos, de sus sentimientos, de su educación, de su concepto de justicia...

Pero nadie parece haber pensado en preguntarles:

“Oye, ¿tú qué crees que sería justo?”

Una idea peligrosamente revolucionaria.


Hagamos un experimento

Imaginemos que reunimos a niños de primaria y secundaria.

No les explicamos primero lo que piensa la SEP.

No les mostramos publicaciones de Facebook.

No les enseñamos videos de padres furiosos.

No les hablamos de “ideología”.

Simplemente les preguntamos.

—¿Quién debería llevar la bandera?

Probablemente algunos responderían:

—El que tenga mejores calificaciones.

Perfecto.

Entonces:

—¿Por qué?

—Porque se esforzó.

Y aquí empieza lo interesante.

—¿Cómo sabes que se esforzó?

Silencio.

Porque acabamos de descubrir algo que los adultos olvidamos constantemente:

una calificación mide un resultado; no necesariamente mide el esfuerzo que produjo ese resultado.

Un niño puede sacar diez estudiando dos horas.

Otro puede sacar ocho después de estudiar seis.

¿Quién se esforzó más?

No lo sabemos.

Y quizá nunca podamos saberlo completamente.


El niño de diez

Imaginemos ahora a un alumno con promedio de 10.

Es inteligente.

Aprende rápido.

Sus padres lo apoyan.

Tiene buenas condiciones para estudiar.

Le gusta la escuela.

Y obtiene excelentes calificaciones.

Magnífico.

Ahora imaginemos a otro alumno con promedio de 8.

Tiene que ayudar en casa.

Le cuesta matemáticas.

No dispone del mismo apoyo.

Sin embargo, estudia todos los días y ha conseguido subir de 6 a 8.

¿Quién hizo el mayor esfuerzo?

Aquí los adultos empezamos a mirar incómodamente al techo.

Porque el promedio es fácil.

El esfuerzo es complicado.

El promedio cabe en una boleta.

El esfuerzo tiene una historia.

Y las historias son mucho más difíciles de administrar que las cifras.


Hagámosle otra pregunta a los niños

—¿Crees que el que saca diez se porta mejor que el que saca ocho?

Probablemente muchos dirían que no.

Porque los niños tienen algo que a veces perdemos con la edad:

observan.

Saben quién ayuda.

Quién comparte.

Quién se burla.

Quién hace trampa.

Quién molesta al profesor.

Quién defiende al compañero que está solo.

Quién presta un lápiz.

Quién se ríe cuando otro se equivoca.

Quién se queda después de clase ayudando.

Y probablemente sepan perfectamente que el promedio de matemáticas no contiene ninguna de esa información.

Un niño podría incluso decir:

“Hay uno que saca diez pero es bien pesado.”

Magnífico.

La sociología infantil acaba de destruir tres debates de Twitter.


Y aparece una pregunta todavía más incómoda

Supongamos que tenemos dos alumnos.

Uno obtiene 10 y se comporta regular.

Otro obtiene 8 y es responsable, respetuoso, solidario y trabajador.

¿Quién debería llevar la bandera?

Aquí la respuesta deja de ser matemática.

Porque la bandera no representa matemáticas.

Representa una comunidad.

Representa un país.

Representa una institución.

Representa algo que llamamos civismo.

Entonces quizá el criterio debería ser más amplio que:

“¿Quién obtuvo el promedio más alto?”

Pero tampoco significa que debamos abandonar todo criterio y decir:

“Hoy le toca a Pedro porque el universo democrático así lo decidió.”

Eso tampoco es educación.


Preguntemos a los niños qué significa justicia

Esta sería la pregunta que más me interesaría escuchar:

“¿Qué sería justo?”

Y podríamos encontrarnos con respuestas extraordinarias.

Un niño podría decir:

“Que todos tengan oportunidad.”

Otro:

“Que la lleve el que se esfuerza.”

Otro:

“Que sea alguien que se porte bien.”

Otro:

“Que cambien cada año.”

Otro:

“Que sea alguien que represente bien a la escuela.”

Y alguno seguramente diría:

“Me da igual, yo no quiero marchar.”

Y ahí tenemos al filósofo más honesto de todos.

Porque quizá la justicia no consista en encontrar un único criterio perfecto.

Quizá consista en reconocer que existen diferentes formas de mérito.


El gran error de los adultos

Tenemos una obsesión curiosa.

Queremos convertir todo en una clasificación.

El mejor alumno.

El mejor deportista.

El mejor trabajador.

El mejor padre.

El mejor barrio.

La mejor universidad.

El mejor restaurante.

El mejor presidente.

El mejor teléfono.

Y ahora:

el mejor niño para cargar una bandera.

Nos encantan los podios.

Porque los podios simplifican el mundo.

Tres escalones.

Primero.

Segundo.

Tercero.

Todo perfectamente ordenado.

El problema es que los seres humanos no somos podios.

Somos un desastre de capacidades diferentes.

Uno es brillante para las matemáticas y pésimo para relacionarse.

Otro no destaca académicamente pero tiene una inteligencia social extraordinaria.

Otro corre como gacela pero escribe como si estuviera peleándose con el teclado.

Otro dibuja maravillosamente.

Otro sabe escuchar.

Otro consigue que todos trabajen juntos.

Otro simplemente hace reír a los demás cuando están nerviosos.

¿Cuál de ellos es “el mejor”?

La pregunta es absurda.


Y entonces aparece la palabra que provoca infartos: mérito

Aquí probablemente algunos padres dirán:

“Pero si eliminamos el premio al mejor promedio, estamos acabando con el mérito.”

No necesariamente.

Podemos reconocer el mérito sin convertirlo en una aristocracia infantil.

Podemos decir:

“Sacaste diez y eso merece reconocimiento.”

Y al mismo tiempo:

“Tú sacaste ocho, pero subiste desde seis y tu esfuerzo merece reconocimiento.”

Y:

“Tú no tienes las mejores calificaciones, pero ayudaste durante todo el año a tus compañeros.”

Y:

“Tú eres excelente en atletismo.”

Y:

“Tú desarrollaste el mejor proyecto.”

Y:

“Tú mejoraste muchísimo.”

Eso no destruye el mérito.

Lo multiplica.

Porque quizá el error no sea premiar demasiado.

Quizá el error sea premiar demasiado pocas cosas.


La pregunta que deberían contestar los adultos

No deberíamos preguntar solamente:

“¿Quién merece llevar la bandera?”

Deberíamos preguntar:

“¿Qué queremos enseñarles a los niños cuando decidimos quién la lleva?”

Si queremos enseñarles que únicamente importa ser el número uno, estamos transmitiendo una lección bastante pobre.

Si queremos enseñarles que nadie debe destacar porque destacar genera desigualdad emocional, tampoco estamos haciendo un gran trabajo.

Pero si les enseñamos:

“Todos tienen el mismo valor, pero las cosas que hacemos pueden ser mejores o peores, y podemos reconocer el esfuerzo, la excelencia, el progreso, la solidaridad y la responsabilidad”,

entonces quizá estamos enseñando algo mucho más parecido a la vida real.

Porque la vida adulta no funciona con una boleta de calificaciones.

Y tampoco funciona con una repartición universal de medallas.

La vida es mucho más incómoda.

A veces haces todo bien y pierdes.

A veces haces poco y tienes suerte.

A veces alguien consigue algo antes que tú.

A veces eres excelente en algo y mediocre en otra cosa.

Y a veces alguien que parecía menos capaz termina sorprendiéndote.

Eso también es educación.


Y quizá deberíamos hacer algo verdaderamente revolucionario

Preguntarles a los niños.

No para que ellos dicten el reglamento.

No porque toda opinión infantil sea automáticamente correcta.

Sino porque su perspectiva forma parte del fenómeno que estamos tratando de comprender.

Preguntarles qué consideran justo.

Qué significa para ellos portar la bandera.

Qué sienten cuando un compañero es elegido.

Qué piensan del esfuerzo.

Qué diferencia ven entre sacar diez y esforzarse.

Qué cualidades creen que debería tener quien representa a su escuela.

Y después escuchar.

Sin decirles inmediatamente:

“No, eso está mal.”

Porque quizá descubramos algo interesante.

Quizá los niños sean bastante más capaces que nosotros de aceptar que dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo:

todos merecen respeto.

Y:

algunas personas merecen un reconocimiento particular por algo que hicieron especialmente bien.

Eso no es una contradicción.

Es madurez.


Y aquí está la ironía final.

Los adultos llevamos días peleándonos por la escolta.

Unos dicen que la SEP está destruyendo el esfuerzo.

Otros dicen que la oposición no entiende la inclusión.

Unos defienden al niño de diez.

Otros defienden al niño que siempre queda fuera.

Todos hablan de justicia.

Todos hablan de los niños.

Todos dicen saber qué necesitan los niños.

Y mientras tanto, nadie les pregunta.

Quizá la verdadera revolución educativa no sea cambiar quién lleva la bandera.

Quizá sea algo mucho más radical:

escuchar a los niños antes de explicarles lo que deberían pensar.

Porque después de todo, si somos capaces de elegir ministros, presidentes, diputados y directores de escuela sin saber exactamente qué estamos haciendo...

¿por qué no íbamos a ser capaces de elegir una escolta sin preguntarle a un niño qué considera justo?

La humanidad ha llegado hasta aquí haciendo cosas mucho más complicadas.

Aunque, viendo algunas elecciones políticas, quizá no sea el mejor argumento.


Prohibido escribir como Shakespeare

Hay una nueva preocupación en el maravilloso mundo de la inteligencia artificial: que las máquinas imiten estilos de escritores.

¡Qué tragedia!

La humanidad sobrevivió a guerras mundiales, pestes, dictadores, fascismos, burbujas financieras y gente que pone el altavoz del teléfono en el transporte público... pero ahora resulta que una computadora puede escribir como Shakespeare y eso sí es el comienzo del fin de la civilización.

"¡No podemos permitir que la inteligencia artificial escriba como Shakespeare!"

¿Por qué?

"Porque estaría imitando su estilo."

Ah.

Entonces tenemos que detener también a los seres humanos.

Porque los seres humanos llevan miles de años haciendo exactamente eso.


Los escritores leen a otros escritores.

Los músicos escuchan a otros músicos.

Los pintores estudian a otros pintores.

Los comediantes ven a otros comediantes.

Los periodistas copian maneras de narrar.

Los políticos copian discursos.

Los publicistas copian campañas.

Y los estudiantes...

Bueno, los estudiantes directamente cambian dos palabras y esperan que nadie se dé cuenta.

Pero cuando lo hace una máquina:

¡ESCÁNDALO!

"¡La inteligencia artificial está imitando estilos!"

Sí.

¿Y?

La cultura humana funciona así.

Una generación toma algo de la anterior, lo modifica, le agrega sus propias obsesiones y se lo entrega a la siguiente generación ligeramente deformado.

Eso se llama tradición.

O plagio, si eres estudiante.


Pensemos en un escritor.

Lee a Shakespeare.

Luego lee a Cervantes.

Después a Poe.

Después a Borges.

Después a Dostoyevski.

Y finalmente descubre que todos esos cabrones ya habían escrito antes que él.

Así que hace lo que puede hacer un escritor:

mezcla todo lo que ha absorbido y desarrolla una voz propia.

Eso es aprender.

Eso es influencia.

Eso es cultura.

Pero ahora aparece una inteligencia artificial que hace algo conceptualmente parecido y de repente escuchamos:

"¡Está robando estilos!"

¿Robando?

¿A quién?

¿A Shakespeare?

Shakespeare lleva muerto más de cuatro siglos.

¿Vamos a protegerlo?

¿Quién exactamente va a demandar a la máquina?

¿El fantasma de Shakespeare?

Imaginen el juicio:

—Señor Shakespeare, ¿cómo se enteró de que una IA estaba imitando su estilo?

—Me llegó un correo.

—¿Pero usted no murió en 1616?

—Sí, pero tengo Gmail.


Y aquí aparece una pregunta todavía más interesante:

¿Qué demonios es un estilo?

Porque cuando decimos "escribe como Shakespeare", no estamos diciendo que copie una página de Shakespeare.

Estamos diciendo:

"Utiliza determinados recursos que asociamos con Shakespeare."

El ritmo.

La construcción dramática.

Las metáforas.

La retórica.

El lenguaje.

La estructura.

Es decir: piezas de la caja de herramientas literaria.

Y ninguna persona inventó todas esas herramientas.

Shakespeare no inventó la metáfora.

No inventó el teatro.

No inventó el verso.

No inventó la tragedia.

No inventó el amor.

Aunque seguramente habría querido registrar la patente.




La verdadera diferencia con la inteligencia artificial no es que imite.

Es que puede hacerlo a una escala monstruosa.

Un escritor humano puede pasar diez años estudiando a un autor y terminar escribiendo influido por él.

Una empresa puede utilizar una IA para producir diez mil textos en un día imitando determinadas características de escritores, periodistas o artistas.

Ahí sí tenemos una conversación interesante.

Porque el problema ya no es:

"¿Puede imitar?"

Sino:

"¿Qué estamos haciendo con esa capacidad?"

Eso es mucho más razonable.

Podríamos preocuparnos por la suplantación.

Por utilizar la voz de una persona sin permiso.

Por fabricar declaraciones falsas.

Por engañar al público.

Por producir cantidades industriales de contenido que explote comercialmente la identidad de un creador.

Eso sí merece discusión.

Pero prohibir que una máquina utilice características de un estilo artístico es otra cosa.

Porque entonces tendríamos que decidir dónde empieza y termina un estilo.

Y ahí estamos jodidos.

Porque yo podría escribir:

"Escribe como Borges."

Y alguien podría responder:

"No puedes."

"¿Por qué?"

"Porque estás copiando su estilo."

"Bueno, entonces escribe como un escritor latinoamericano del siglo XX con frases reflexivas, laberintos conceptuales y cierta obsesión por el tiempo."

"Eso sí."

Ah.

Perfecto.

Hemos resuelto el problema cambiándole el nombre al estilo.

La burocracia ha derrotado nuevamente a la filosofía.


Y hay una ironía final.

Nos preocupa que las máquinas imiten demasiado bien a los seres humanos.

Pero buena parte de la historia humana consiste precisamente en imitar a otros seres humanos.

Aprendemos a hablar imitando.

Aprendemos a caminar imitando.

Aprendemos gestos.

Aprendemos modales.

Aprendemos chistes.

Aprendemos música.

Aprendemos formas de argumentar.

Aprendemos incluso a pensar utilizando conceptos que alguien inventó antes.

La civilización entera es una gigantesca operación de:

"Vi que aquel cabrón lo hacía y pensé que podía hacerlo yo también."

Eso es cultura.

La inteligencia artificial simplemente ha llegado a la fiesta con una memoria absurda y una velocidad que nos pone nerviosos.

Y ahora estamos intentando explicarle:

"Puedes aprender de nosotros...

pero no demasiado."

Porque aparentemente la humanidad ha descubierto un nuevo principio moral:

imitar está bien cuando tardas treinta años;
imitar está mal cuando tardas tres segundos.

Magnífico.

No hemos inventado una nueva ética.

Hemos inventado la envidia tecnológica.

Y probablemente Shakespeare habría escrito algo sobre ello.

Aunque, por favor...

que no lo escriba la IA.

Podríamos ofender a los muertos.

Y los muertos, como todos sabemos, son el grupo de presión más peligroso de Internet.

 
El fascismo, pero con una i de más

Hay algo profundamente tranquilizador en la política mexicana: hasta para acusarnos de fascistas podemos cometer una falta de ortografía.

El otro día, Tania Larios subió a tribuna con un cartel que decía:

“NO AL FASCISIMO DEL BIENESTAR”.

Fascisimo.

Con una i de cortesía.

Una pequeña vocal infiltrada en la lucha contra el autoritarismo.

Y uno piensa: bueno, quizá el fascismo ya llegó tan lejos que también modificó el diccionario.

Porque si vas a denunciar el fascismo desde la tribuna, lo mínimo que uno espera es que sepas escribir la palabra que estás denunciando. No necesitas un doctorado en ciencias políticas. No necesitas haber leído a Mussolini. Ni siquiera necesitas haber terminado el diccionario. Pero, carajo, fascismo tiene nueve letras. No estamos hablando de escribir Schopenhauer mientras estás cayendo de un avión.

Pero el problema realmente interesante no es la i.

La i es apenas el cadáver sobre la mesa.

El problema es que en política hemos convertido la palabra fascismo en una especie de spray pimienta discursivo.

¿No te gusta una política?

Fascismo.

¿No te gusta un presidente?

Fascismo.

¿Hay un programa social que consideras clientelar?

¡Fascismo!

¿Subieron el precio de los tacos?

Probablemente fascismo.

Y así terminamos utilizando una palabra que originalmente describía uno de los fenómenos políticos más brutales del siglo XX como si fuera un sinónimo de “gobierno que me cae mal”.

Eso es peligroso.

Porque cuando todo es fascismo, nada es fascismo.

Es como llamar “asesino” al tipo que te quitó el estacionamiento. Sí, estás enojado. Lo entiendo. Pero eventualmente tendrás que distinguir entre alguien que te hizo perder cinco minutos y alguien que está enterrando cuerpos en el jardín.

Las palabras importan.

Especialmente las palabras grandes.

Y fascismo es una palabra enorme.

No significa simplemente “gobierno que reparte dinero y me parece populista”. El fascismo histórico tiene características mucho más concretas: autoritarismo, culto al líder, ultranacionalismo, persecución del adversario, violencia política, desprecio por las instituciones democráticas y una concepción del poder en la que el individuo termina siendo combustible para el Estado.

Por eso, si alguien quiere decir que los programas de bienestar están siendo utilizados como mecanismo de control político, adelante.

Eso se puede discutir.

Si quiere decir que existe clientelismo, también.

Si quiere argumentar que un gobierno utiliza los programas sociales para construir una relación electoral con los beneficiarios, perfecto.

Ahí tenemos una discusión política.

Pero decir “fascismo del bienestar” porque hay programas sociales es intelectualmente parecido a decir:

“Mi vecino tiene una camioneta, por lo tanto es narcotraficante.”

Bueno...

¿Y las pruebas?

Porque también Hitler tenía carreteras.

Y si empezamos a establecer conexiones políticas de ese calibre, mañana tendremos que acusar de fascismo a medio planeta por tener zapatos negros.

Pero aquí aparece la parte realmente divertida.

Quienes denuncian el supuesto fascismo del adversario deberían tener muchísimo cuidado con quiénes consideran sus aliados.

Porque resulta bastante extraño presentarse como los grandes defensores de la democracia mientras se simpatiza con movimientos y personajes de la derecha radical internacional, particularmente con figuras como Donald Trump, cuya retórica ha sido objeto de intensos debates sobre autoritarismo, nacionalismo y tendencias antidemocráticas.

No significa que todo simpatizante de Trump sea fascista.

De la misma manera, no todo simpatizante de López Obrador o de Morena es fascista.

Eso sería precisamente el mismo infantilismo político.

Pero entonces aparece una pregunta bastante sencilla:

¿El principio es realmente el mismo para todos?

Porque si el autoritarismo es malo cuando lo hace tu enemigo, pero se vuelve “liderazgo fuerte” cuando lo hace tu aliado, entonces no estás defendiendo la democracia.

Estás defendiendo a tu equipo.

Y eso es algo que los partidos políticos hacen extraordinariamente bien.

El ciudadano dice:

—Pero eso es autoritario.

El partido responde:

—Sí, pero los nuestros lo hacen por buenas razones.

Ah.

Magnífico.

La democracia ha muerto, pero con buenas razones.

Y quizá esa sea la verdadera tragedia de nuestra política: ya no discutimos principios.

Discutimos camisetas.

Si el político lleva la camiseta del equipo contrario, su autoritarismo es fascismo.

Si lleva la nuestra, es firmeza.

Si el otro utiliza programas sociales, compra votos.

Si los nuestros los utilizan, justicia social.

Si el otro ataca a los medios, quiere controlar la prensa.

Si los nuestros lo hacen, están combatiendo a los medios vendidos.

Si el otro concentra poder, dictadura.

Si los nuestros concentran poder...

Bueno...

es que el pueblo lo pidió.

La política contemporánea parece un partido de fútbol en el que cada aficionado lleva un ejemplar distinto de la Constitución.

Y entonces volvemos al famoso cartel.

“NO AL FASCISIMO DEL BIENESTAR”.

Hay algo casi poético en la escena.

Una diputada denuncia el fascismo.

El partido denuncia el fascismo.

La oposición denuncia el fascismo.

Y en medio de todo eso, nadie revisó la ortografía.

Es como entrar a una campaña contra el alcohol manejando borracho.

Como fundar una asociación para combatir la corrupción y llegar a la primera reunión preguntando cuánto hay para el presidente.

Como abrir una escuela de pensamiento crítico y repartir las respuestas del examen antes de empezar.

Pero no seamos injustos.

Una falta de ortografía no convierte a nadie en ignorante.

Todos nos equivocamos.

Yo puedo escribir mal una palabra.

Tú puedes escribir mal una palabra.

Hasta un diputado puede escribir mal una palabra.

El problema aparece cuando la palabra mal escrita está impresa en un cartel que pretende funcionar como argumento político.

Porque entonces uno se pregunta:

Si no revisaron la palabra...

¿revisaron el concepto?

Y esa es la pregunta que realmente debería preocuparnos.

No si el PRI escribió mal fascismo.

Sino si entiende lo que está denunciando.

Porque si vamos a utilizar palabras como fascismo, dictadura, comunismo, neoliberalismo, terrorismo o democracia como simples estampitas para pegarle al adversario, terminaremos viviendo en un país donde todas las palabras significan todo y, por lo tanto, ninguna significa nada.

Y cuando las palabras dejan de significar algo, los políticos tienen una ventaja maravillosa:

pueden decir absolutamente cualquier cosa.

Total, siempre habrá alguien que la escriba en un cartel.

Aunque sea...

fascisimo.

miércoles, 19 de agosto de 2026


 La frase atribuida a Julian Assange condensa una inquietud central de la era digital: quién controla la memoria colectiva. No es simplemente una observación técnica sobre archivos electrónicos; es una advertencia política y filosófica sobre la fragilidad del pasado cuando éste depende de infraestructuras digitales controladas por Estados, corporaciones o plataformas privadas.

El núcleo de la frase: memoria y poder

Assange parte de una comparación implícita:

  • Archivo en papel: ocupa espacio, se dispersa físicamente, puede sobrevivir en bibliotecas, archivos personales, hemerotecas y colecciones privadas.

  • Archivo digital: puede almacenarse masivamente, pero también modificarse, ocultarse o eliminarse de manera instantánea y remota.

La preocupación no es que lo digital sea inútil, sino que su aparente permanencia puede ser engañosa. Un documento en internet parece eterno hasta que desaparece.

“La página no existe”: la desaparición silenciosa

La imagen del mensaje “la página no existe” es poderosa porque describe una forma moderna de censura. En el pasado, quemar libros era un acto visible; hoy, basta con desindexar una página, cerrar un servidor o cambiar una política de acceso. La desaparición puede ocurrir sin espectáculo y sin dejar rastros evidentes para el usuario común.

Aquí Assange señala un fenómeno real: gran parte de nuestra vida pública —noticias, comunicados oficiales, investigaciones, debates— depende de servidores privados. Cuando esos servidores cambian de dueño, quiebran o deciden retirar contenido, una porción del registro histórico puede evaporarse.

Del borrado a la negación

La segunda parte de la frase es aún más inquietante: “al día siguiente verás que niegan que haya sucedido”. Esto remite a la idea orwelliana de que controlar los registros permite controlar la narrativa. Si las pruebas desaparecen, la discusión pública se desplaza desde “¿qué ocurrió?” hacia “¿ocurrió realmente?”.

No significa que la verdad dependa exclusivamente de internet, pero sí que la ausencia de evidencia accesible dificulta la memoria social. En sociedades saturadas de información, lo que no puede encontrarse rápidamente tiende a comportarse como si nunca hubiera existido.

Resonancias con Orwell

La frase dialoga claramente con George Orwell y 1984, donde el Ministerio de la Verdad reescribe periódicos y documentos para adaptar el pasado a las necesidades del presente. Assange actualiza ese temor: ya no hace falta alterar toneladas de papel; basta con administrar bases de datos y motores de búsqueda.

La diferencia importante es que Orwell imaginaba un Estado totalitario centralizado, mientras que Assange apunta a un ecosistema mixto de gobiernos, empresas tecnológicas y plataformas digitales.

Lo que la frase acierta

Hay elementos empíricamente plausibles:

  • Los enlaces web se rompen constantemente (link rot).

  • Muchos medios eliminan o modifican artículos sin dejar historial visible.

  • Las plataformas pueden suspender cuentas y retirar contenidos.

  • Los formatos digitales se vuelven obsoletos y requieren migraciones continuas.

  • La concentración de servicios en pocas empresas aumenta el poder sobre el acceso a la información.

Bibliotecarios, archivistas e historiadores digitales reconocen estos problemas y trabajan precisamente para mitigarlos mediante copias redundantes, metadatos y preservación institucional.

Lo que la frase simplifica

Sin embargo, tomada literalmente, la frase puede exagerar. Lo digital también posee ventajas inéditas para la preservación:

  • copias infinitas a bajo costo,

  • distribución global inmediata,

  • archivos espejo, redes descentralizadas y copias personales,

  • proyectos de preservación como bibliotecas digitales y archivos web.

Un documento digital puede ser más difícil de destruir por completo si ha sido ampliamente replicado. La historia reciente muestra numerosos casos en los que filtraciones, videos o documentos retirados continuaron circulando gracias a copias distribuidas.

Por ello, el problema no es “digital vs. papel”, sino centralización vs. pluralidad de custodios.

Dimensión ética y democrática

La frase plantea una pregunta fundamental: ¿debe la memoria pública depender de actores privados? Si los registros de decisiones gubernamentales, investigaciones periodísticas o debates ciudadanos están alojados en plataformas comerciales, la conservación del pasado queda subordinada a intereses económicos y políticos.

De ahí se derivan demandas democráticas:

  • archivos públicos abiertos,

  • transparencia gubernamental,

  • preservación digital independiente,

  • derecho de acceso a la información,

  • y educación crítica para verificar fuentes.

Una lectura filosófica

En un nivel más profundo, Assange nos recuerda que la historia no es sólo lo que ocurrió, sino lo que una sociedad logra recordar y documentar. Cada tecnología de almacenamiento modifica la relación entre memoria y olvido. El papel podía arder; el archivo digital puede desaparecer sin humo. Ambos son vulnerables, pero de maneras distintas.

Conclusión

La frase de Assange funciona mejor como advertencia que como profecía literal. Nos invita a desconfiar de la ilusión de permanencia que ofrece internet y a reconocer que la memoria colectiva requiere instituciones, copias, diversidad de archivos y vigilancia ciudadana. 

Su mensaje central podría resumirse así: cuando el pasado depende de sistemas controlados por pocos, la lucha por la verdad histórica se convierte también en una lucha por la preservación de los registros.

 

Rebelión en la granja: cuando la verdad era políticamente inconveniente

Hay libros que nacen para entretener.
Y hay libros que nacen para incomodar.

Rebelión en la granja pertenece a la segunda categoría: no es solo una fábula con animales, es una autopsia del poder. Y como toda autopsia, revela cosas que muchos preferirían no ver… sobre todo cuando el cadáver todavía está “políticamente vivo”.

I. El contexto: aliados incómodos

Cuando Orwell escribió este libro, el mundo estaba en guerra. No era cualquier guerra: era la Segunda Guerra Mundial, donde las líneas entre el bien y el mal parecían —al menos en apariencia— claras.

El problema es que uno de los aliados contra el nazismo era la Unión Soviética.

Criticarla en ese momento no era simplemente un acto intelectual: era un gesto político delicado. Era, en cierta forma, romper la narrativa oficial de “los buenos contra los malos”.

Y Orwell hizo justamente eso.

II. La amenaza: una traición dentro de la revolución

En la superficie, el libro cuenta la historia de unos animales que se rebelan contra los humanos para crear una sociedad más justa.

Pero debajo de esa superficie hay una acusación mucho más grave:

Que las revoluciones pueden traicionarse a sí mismas.
Que los liberadores pueden convertirse en opresores.
Que el lenguaje puede ser manipulado hasta que la mentira parezca verdad.

La frase más famosa lo resume todo:

“Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros.”

No es solo ironía. Es diagnóstico.

III. La censura: el silencio elegante

Lo más interesante no es que el libro fuera atacado por dictaduras.
Eso era predecible.

Lo verdaderamente revelador es que fue rechazado por editoriales en Inglaterra, una democracia liberal.

No porque fuera un mal libro.
Sino porque era… incómodo.

Los editores no querían publicar una sátira contra la Unión Soviética en pleno esfuerzo de guerra. No era el “momento adecuado”.

Y ahí aparece una forma de censura mucho más sofisticada:

No la que prohíbe,
sino la que pospone… hasta que ya no incomoda.

IV. El argumento del censor: el bien mayor

Los que rechazaron el libro no se veían como censores.
Se veían como responsables.

Su razonamiento era algo así:

  • Criticar a la URSS podía debilitar la lucha contra el nazismo
  • Podía generar confusión
  • Podía ser utilizado por el enemigo

En otras palabras:
👉 La verdad podía esperar… por una causa mayor.

Y aquí es donde el tema se vuelve incómodo de verdad.

Porque ese argumento no suena irracional.
Suena… peligroso precisamente porque es razonable.

V. El contraataque del libro: la corrupción del poder

Orwell no estaba atacando la idea de revolución.
Estaba atacando su degeneración.

Mostró cómo:

  • El lenguaje se convierte en herramienta de control
  • La historia se reescribe constantemente
  • La memoria colectiva se erosiona
  • Y la desigualdad se reinstala… con otro discurso

El enemigo ya no es el opresor original.
Es el sistema que aprende a disfrazarse de justicia.

VI. El juicio del tiempo: cuando lo inconveniente se vuelve obvio

El libro finalmente se publicó en 1945.

¿Casualidad? No.

Para entonces:

  • La guerra estaba terminando
  • La alianza con la URSS empezaba a fracturarse
  • Y el clima político había cambiado

De pronto, lo que era “inapropiado” se volvió “necesario”.

El libro no cambió.
Lo que cambió fue la comodidad de quienes lo leían.

VII. Reflexión final: la censura que no se nota

Aquí está lo más inquietante:

La censura más efectiva no es la que quema libros.
Es la que decide cuáles no se imprimen… todavía.

La que no grita.
La que no prohíbe.
La que sonríe y dice:
“Buen texto… pero no es el momento.”

Porque siempre hay una razón:

  • la estabilidad
  • la seguridad
  • la sensibilidad
  • el contexto

Y así, poco a poco, la verdad se vuelve negociable.

No desaparece.
Se administra.


Rebelión en la granja no fue peligrosa porque mintiera.

Fue peligrosa porque dijo algo en el momento equivocado.

Y eso plantea una pregunta incómoda que atraviesa el tiempo:

¿Cuántas verdades siguen esperando su “momento adecuado”?

 Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial en 1945, el mapa político de Europa parecía un tablero recién sacudido.

Benito Mussolini había acabado colgado boca abajo.
Adolf Hitler se había suicidado en su búnker.
Los regímenes fascistas caían como fichas de dominó.
Y, sin embargo, en la península ibérica seguía gobernando Francisco Franco.

Muchos pensaban que su caída era cuestión de meses.
Pero no ocurrió.

La historia aquí se vuelve un poco cínica.

1. Franco jugó al camaleón

Durante la guerra mundial, Franco simpatizaba con las potencias fascistas.
Había recibido ayuda de la Alemania nazi y de la Italia fascista durante la Guerra Civil Española.
Pero cuando vio que el viento cambiaba… cambió de traje.
El régimen dejó de hablar tanto de fascismo y empezó a presentarse como:
católico
tradicional
anticomunista
Es decir: Franco pasó de ser un primo incómodo de Hitler… a un guardián contra el comunismo.

2. Comienza la Guerra Fría
A partir de 1947 el mundo se divide en dos bloques.
De un lado, Estados Unidos.
Del otro, la Unión Soviética.
Este nuevo conflicto se llama:
Guerra Fría.
Y en ese tablero, el anticomunismo se volvió oro puro.
Franco supo vender su régimen con un mensaje sencillo:
“Tal vez no soy democrático… pero soy un muro contra el comunismo.”
En Washington algunos torcieron el gesto… y luego dijeron:
“Bueno, peor sería que España se volviera roja.”

3. El abrazo incómodo

En 1953 ocurrió algo clave.
Estados Unidos y España firmaron acuerdos militares con el presidente estadounidense Dwight D. Eisenhower.
A cambio de bases militares en territorio español, el régimen franquista recibía apoyo económico y legitimidad internacional.
Era una alianza pragmática.
O dicho sin maquillaje: un pacto de conveniencia.

4. De paria a aliado

En los primeros años después de la guerra, España estaba aislada.
Pero poco a poco el régimen volvió a ser aceptado:
España entró en la Organización de las Naciones Unidas en 1955.
Se normalizaron relaciones diplomáticas.
Llegó ayuda económica.
Franco, que parecía un fósil político en 1945, terminó gobernando hasta 1975.

5. La gran paradoja
Miles de republicanos españoles habían luchado contra el fascismo en Europa.
Algunos murieron en campos nazis como Mauthausen.
Y sin embargo, cuando terminó la guerra, las grandes potencias no ayudaron a derribar el franquismo.
La prioridad ya no era el fascismo.
La prioridad era detener al comunismo.

Una ironía amarga
La historia tiene un humor bastante ácido.
Los republicanos españoles combatieron al fascismo antes que muchos países europeos.
Fueron derrotados.
Y luego vieron cómo el mundo que habían ayudado a salvar… dejaba intacto al dictador que los había expulsado.

Así funciona a veces la política internacional:
no siempre gana el más justo,
sino el que encaja mejor en el tablero del momento.
 novela de espionaje.  

martes, 18 de agosto de 2026

  

Este siglo no ha sido fácil de soportar. Entré en escena mediada una guerra mundial, en el alba terrible de la era atómica. Crecí en Carolina del Sur, como un varón sureño de raza blanca, con un bien cultivado talento natural para odiar a los negros hasta que el movimiento en favor de los derechos civiles me pilló de improviso al descubierto y demostró sin lugar a dudas que yo estaba en un error y que además era un malvado. Pero yo era un muchacho al que le gustaba pensar, que tenía sentimientos y era enemigo de la injusticia, y trabajé firmemente para cambiar mi modo de ser y desempeñar un pequeño e insignificante papel en dicho movimiento con lo que no tardé en sentirme sumamente orgulloso de mí mismo. Entonces me hallaba formando parte del programa universitario de la ROTC, dirigido exclusivamente a varones blancos, y fui escupido por manifestantes pacifistas ofendidos por mi uniforme. Con el tiempo, yo mismo me convertí en uno de tales manifestantes, pero jamás escupí sobre quien no estuviera de acuerdo con mis ideas. Creía que iba a cumplir los treinta años con tranquilidad, como un hombre contemplativo provisto de una filosofía humanitaria e irreprochable, cuando el movimiento de liberación de la mujer cayó sobre mí como un tornado, y una vez más me encontré del otro lado de las barricadas. Parece que he sido la encarnación de todos los conceptos erróneos del siglo XX.

Pat Conroy.

Pat Conroy no está haciendo una confesión política. Está describiendo la experiencia de vivir en un siglo donde el suelo moral se movía constantemente. Su texto tiene una ironía amarga: cada vez que creía haber llegado a un lugar ético seguro, la historia le demostraba que todavía quedaba un prejuicio por desmontar.

Hay una frase que sostiene todo el pasaje:

"Parece que he sido la encarnación de todos los conceptos erróneos del siglo XX."

No se presenta como un monstruo, sino como un hombre común. Y precisamente ahí reside la fuerza del texto. Los grandes cambios históricos no derrotan únicamente a los dictadores; también obligan a millones de personas corrientes a reconocer que aquello que consideraban normal era, en realidad, una injusticia.

Primero fue el racismo. Había aprendido a odiar porque así funcionaba el mundo en el que nació. Cuando el movimiento por los derechos civiles le mostró la dignidad de quienes despreciaba, tuvo el coraje de cambiar. Esa capacidad de rectificar es una forma de inteligencia moral mucho más rara de lo que solemos admitir.

Pero la historia nunca concede un diploma definitivo. Apenas había corregido una ceguera cuando apareció otra. Mientras se sentía orgulloso de haber vencido el racismo, descubrió que formaba parte de una institución militar rechazada por el movimiento pacifista. Más tarde, cuando abrazó el pacifismo, llegó el feminismo para señalar privilegios que él ni siquiera había advertido.

Es una lección incómoda: nadie termina de despertar. Cada generación ilumina una zona nueva de la realidad y deja otra en penumbra. Creer que ya se posee la verdad completa suele ser el primer paso hacia un nuevo dogmatismo.

También hay una crítica sutil a los movimientos sociales. Conroy reconoce que tenían razón en muchas de sus demandas, pero observa que algunos reproducían la misma intolerancia que combatían. Él recuerda haber sido escupido por llevar uniforme y añade que, cuando después estuvo del otro lado de la protesta, nunca escupió a nadie. La justicia pierde parte de su fuerza cuando adopta los métodos del desprecio.

El texto, además, habla del peso de la época sobre el individuo. Solemos imaginar que elegimos nuestras ideas libremente, pero nacemos dentro de una corriente cultural que nos moldea antes de que podamos pensar por nosotros mismos. La libertad no consiste en haber nacido sin prejuicios, sino en tener el valor de revisarlos una y otra vez.

Por eso este pasaje sigue siendo actual. En el siglo XXI también vivimos cambios acelerados. Lo que hoy parece evidente quizá mañana sea cuestionado. La verdadera madurez intelectual no consiste en estar siempre del lado correcto de la historia, porque eso solo puede juzgarlo el tiempo. Consiste en conservar la humildad suficiente para admitir que aún podemos estar equivocados.

Conroy termina convirtiendo su biografía en una advertencia universal: el peor error no fue haber heredado los prejuicios de su tiempo. El peor habría sido negarse a abandonarlos cuando la realidad llamó a su puerta. Esa diferencia, pequeña en apariencia, es la que separa al fanático del ser humano que sigue aprendiendo.

 El sistema de producción metaboliza tranquilamente la pluralidad de puntos de vista y visiones porque dicha multiplicidad no solo acepta el dogma fundamental del mundo histórico intranscendible, sino que además procura que sea invisible, ocultándolo detrás de la explosión policromática de los diversos estilos de vida, facetas y perspectivas aparentemente diferentes pero, en realidad, todas alineadas al milímetro, todas encerradas dentro de la jaula de hierro del régimen globalista de la producción y el consumo.

Diego Fusaro

 Esta cita de Diego Fusaro es una crítica filosófica de corte neomarxista y soberanista a lo que él denomina el "capitalismo absoluto-especulativo". En esencia, Fusaro argumenta que la diversidad que celebramos hoy no es una libertad real, sino un mecanismo de control.

puntos clave para desglosar su pensamiento:

1. El "Pluralismo" como Estratagema

Para Fusaro, el sistema no teme a la diversidad de opiniones; de hecho, la fomenta. Sin embargo, esta "explosión policromática" (estilos de vida, modas, orientaciones, identidades) es superficial. Funciona como una cortina de humo que oculta que, en lo fundamental, todos estamos obligados a ser consumidores y productores dentro del mismo mercado global.

2. El Mundo Histórico Intrascendible

Cuando menciona el "dogma del mundo histórico intrascendible", se refiere a la idea de que "no hay alternativa" (el famoso TINA: There Is No Alternative).

  • Se nos permite elegir entre cien tipos de café o veinte estilos de música.

  • No se nos permite cuestionar la estructura económica global o el hecho de que todo en la vida deba estar mercantilizado.

  • La pluralidad es permitida siempre y cuando no trascienda los límites del sistema de producción.

3. La Jaula de Hierro

Fusaro recupera este concepto de Max Weber. La "jaula de hierro" describe una sociedad atrapada en la racionalidad técnica y económica.

  • La paradoja: Aunque sentimos que somos más "libres" por tener tantas opciones de consumo, estamos más encerrados que nunca porque nuestra identidad se define únicamente a través de lo que compramos o proyectamos en el mercado de las apariencias.

4. La Alineación Invisible

El autor sostiene que las perspectivas son "aparentemente diferentes pero alineadas al milímetro". Esto significa que, aunque un individuo se identifique como "rebelde" o "alternativo", si esa rebeldía se expresa mediante el consumo de marcas, estéticas o plataformas digitales globales, el sistema no se ve amenazado; al contrario, se fortalece al haber "mercantilizado" la disidencia.

Resumen de la visión de Fusaro

ConceptoRealidad según Fusaro
Diversidad
Una estrategia de marketing para ocultar la uniformidad económica.

Libertad de elecciónLimitada al ámbito del consumo, nunca al sistema político-social.
Globalismo





Una estructura que disuelve las culturas locales para crear un solo tipo de "consumidor global".




 

El efecto Flynn inverso: ¿nos estamos volviendo estúpidos o simplemente modernos?

Hay una noticia que debería preocuparnos muchísimo más de lo que nos preocupa:

quizá las nuevas generaciones están obteniendo peores resultados en algunas pruebas de inteligencia que las anteriores.

Sí, ya sé lo que están pensando.

"¡Por fin! ¡La ciencia ha demostrado que los jóvenes son unos idiotas!"

Tranquilos. Los adultos llevan diciendo eso desde que alguien inventó la adolescencia.

Sócrates ya se quejaba de los jóvenes de su época. Los padres se quejan de sus hijos. Los profesores de sus alumnos. Los viejos de los jóvenes. Y probablemente un Neandertal vio a otro Neandertal usando una piedra mal afilada y dijo:

"Estos muchachos ya no saben hacer nada."

Pero el asunto del efecto Flynn inverso es bastante más interesante que eso.

Durante buena parte del siglo XX ocurrió algo extraordinario: las generaciones posteriores obtenían, en promedio, mejores resultados en determinadas pruebas cognitivas. James Flynn documentó este fenómeno, que posteriormente recibió su nombre.

Las razones propuestas son numerosas: mejor nutrición, escolarización más amplia, ambientes intelectualmente estimulantes, menor exposición a enfermedades durante la infancia y una sociedad que exigía cada vez más familiaridad con conceptos abstractos.

Durante décadas parecía que la humanidad estaba instalando actualizaciones cerebrales.

Y entonces, en algunos países, comenzó a ocurrir lo contrario.

Las puntuaciones empezaron a bajar.

Bienvenidos al progreso.

El problema de pensar que "CI = inteligencia"

Aquí debemos detenernos.

Porque cuando escuchamos que disminuye el CI, inmediatamente imaginamos a la humanidad caminando hacia el abismo con la mirada perdida y preguntando dónde está el botón de encendido.

Pero una prueba de inteligencia no mide absolutamente todo lo que llamamos inteligencia.

Mide determinadas capacidades bajo determinadas condiciones.

Y eso importa.

Una persona puede ser extraordinariamente hábil para interpretar situaciones sociales, construir una estrategia, resolver problemas prácticos, crear una obra artística o aprender a utilizar una herramienta compleja y no necesariamente destacar en una prueba concreta de razonamiento abstracto.

Por eso sería absurdo concluir:

"El CI promedio bajó, por tanto la humanidad se volvió estúpida."

No.

Sería como medir la capacidad de una sociedad para correr y concluir que se ha vuelto menos inteligente porque ahora utiliza automóviles.

Aunque hay una posibilidad inquietante:

quizá estamos desarrollando determinadas habilidades mientras dejamos atrofiarse otras.

Y aquí empieza la parte incómoda.

El cerebro también se acostumbra a lo que le damos

Imaginemos que durante siglos necesitabas memorizar nombres, fechas, rutas, números telefónicos, direcciones y enormes cantidades de información.

Entonces aparece un pequeño rectángulo luminoso que hace todo eso por ti.

Ya no necesitas recordar el teléfono de nadie.

Ni siquiera necesitas saber cómo llegar.

El aparato te dice dónde estás, hacia dónde ir y cuánto tardarás.

Si quieres saber quién fue Napoleón, preguntas.

Si quieres saber cuánto mide el Amazonas, preguntas.

Si quieres saber quién escribió La metamorfosis, preguntas.

Y si quieres saber por qué tu pareja está enojada contigo...

Bueno, ahí todavía no existe inteligencia artificial suficientemente avanzada.

Pero estamos trabajando en ello.

El problema no es que la tecnología nos haga necesariamente más tontos.

El problema es que la mente humana es extraordinariamente eficiente para abandonar aquello que ya no necesita hacer.

Si una herramienta realiza constantemente una función cognitiva por nosotros, dejamos de practicarla.

Y lo que no practicamos, se debilita.

Eso no significa que estemos perdiendo inteligencia.

Significa que estamos redistribuyéndola.

El hombre que ya no recuerda nada

Antes, perderse era una experiencia intelectual.

Había que observar calles, edificios, montañas, ríos y señales.

Hoy puedes estar en una ciudad desconocida, completamente desorientado, mientras una voz te dice:

"En 300 metros, gira a la derecha."

Y tú obedeces.

No sabes dónde estás.

No sabes dónde estabas.

No sabes dónde vas.

Pero sabes que Google Maps tiene razón.

Hemos creado una especie de memoria externa.

Y esto tiene enormes ventajas.

Pero también tiene un precio.

Cuando externalizamos una capacidad mental, dejamos de ejercitarla.

La pregunta importante, entonces, no es:

"¿La tecnología nos hace estúpidos?"

La pregunta es:

"¿Qué capacidades estamos dejando de practicar porque las máquinas las hacen por nosotros?"

La economía de la atención

Y aquí aparece uno de los sospechosos habituales: la atención.

Porque nuestro mundo moderno tiene una característica peculiar.

Nunca en la historia humana hemos tenido acceso a semejante cantidad de información.

Y nunca habíamos tenido tantos mecanismos diseñados específicamente para impedirnos concentrarnos en una sola cosa.

Tenemos una biblioteca universal en el bolsillo.

Y la utilizamos principalmente para ver videos de treinta segundos.

Es una de las grandes bromas de la civilización.

Construimos Internet para distribuir el conocimiento humano y terminamos utilizándolo para discutir con desconocidos sobre si un cantante debería haber usado sombrero.

El problema no es solamente la cantidad de información.

Es la fragmentación.

Una mente acostumbrada a saltar constantemente entre estímulos puede tener dificultades para permanecer durante una hora con un texto complicado, una argumentación larga o un problema que no ofrece gratificación inmediata.

Y eso sí importa.

Porque muchas de las grandes capacidades intelectuales —comprender, analizar, comparar, crear, cuestionar— necesitan una cosa que nuestro sistema económico considera sospechosamente improductiva:

tiempo.

La paradoja de nuestra época

Tenemos más educación que nunca.

Más información que nunca.

Más libros disponibles que nunca.

Más herramientas cognitivas que nunca.

Más acceso a expertos que nunca.

Y, al mismo tiempo, podemos pasar seis horas consumiendo contenido sin haber pensado seriamente en absolutamente nada.

Eso es fascinante.

Porque quizá el problema no sea que nuestra civilización se haya vuelto menos inteligente.

Quizá se haya vuelto demasiado buena para mantenernos ocupados.

Una persona puede pasar todo el día recibiendo información sin construir conocimiento.

Puede leer cien titulares y no comprender un solo problema.

Puede conocer veinte opiniones sobre política y no haber estudiado ninguna.

Puede escuchar cincuenta explicaciones sobre filosofía y jamás haber leído a un filósofo.

Puede consumir contenido sobre ejercicio durante tres horas y no salir a correr.

Esto último, por cierto, constituye una de las grandes obras maestras de la humanidad.

¿Entonces nos estamos volviendo estúpidos?

La respuesta honesta es:

no lo sabemos con certeza.

El Flynn inverso es un fenómeno real observado en determinados países, periodos y tipos de pruebas, pero sus causas siguen siendo objeto de investigación.

No existe una explicación sencilla.

Podrían intervenir factores educativos, ambientales, nutricionales, sociales, culturales y tecnológicos.

Y probablemente no exista una sola causa.

Pero hay una conclusión que sí podemos extraer.

La inteligencia humana no existe en el vacío.

El cerebro se adapta al mundo que construimos.

Si construimos un mundo que premia la concentración, la lectura profunda, la curiosidad y el pensamiento crítico, probablemente fortaleceremos esas capacidades.

Si construimos uno que recompensa la reacción instantánea, la distracción permanente y la indignación cada ocho segundos...

Bueno.

Probablemente obtendremos personas extraordinariamente buenas reaccionando a cosas durante ocho segundos.

La verdadera amenaza

Quizá el mayor peligro no sea que las máquinas nos vuelvan idiotas.

Quizá sea algo mucho más sutil:

que nos acostumbremos a no pensar cuando pensar resulta incómodo.

Porque una calculadora puede hacer una operación.

Un buscador puede encontrar un dato.

Una inteligencia artificial puede resumir un libro.

Un algoritmo puede recomendarnos qué escuchar.

Una plataforma puede decidir qué noticia aparece delante de nosotros.

Pero ninguna de esas cosas garantiza que nosotros sepamos qué hacer con la información.

Y ahí está la diferencia entre información e inteligencia.

La información responde:

"¿Qué dice esto?"

La inteligencia pregunta:

"¿Es cierto?"

La información proporciona una respuesta.

La inteligencia sospecha de ella.

La información llena la cabeza.

La inteligencia sabe cuándo vaciarla y empezar de nuevo.

Por eso quizá deberíamos dejar de preguntarnos si las nuevas generaciones son más tontas.

Es una pregunta demasiado cómoda.

La pregunta verdaderamente interesante es otra:

¿Estamos construyendo una sociedad que desarrolla seres humanos capaces de pensar o una sociedad que desarrolla consumidores capaces de reaccionar?

Porque si algún día descubrimos que el Flynn inverso no era una anomalía estadística sino el resultado de nuestro entorno cultural, tendremos una explicación bastante irónica.

La humanidad consiguió crear la mayor infraestructura de conocimiento de la historia...

y decidió utilizarla principalmente para no tener que pensar.

Eso sí sería progreso.

Un progreso perfectamente moderno.

Y, como casi todos nuestros grandes avances, probablemente vendría acompañado de una aplicación que nos avisara:

"Ha pasado demasiado tiempo pensando. ¿Desea continuar?"