lunes, 7 de septiembre de 2026



Hay algo fascinante en el poder. Cuando una persona acumula suficiente poder, dinero o fama, llega un momento en que puede decir cosas que harían reír a un niño de diez años y aun así aparecer al día siguiente en todos los noticieros del planeta.

Estados Unidos no necesita nada de México. Nada. Bueno, casi nada. Tamales, jitomates, quizá alguna cosita para acompañar el almuerzo. Y ahí me imaginé a todo un continente observando el espectáculo.

Porque eso es lo maravilloso del nacionalismo económico moderno: te permite creer que tu país produce absolutamente todo mientras sostienes un teléfono ensamblado con piezas de veinte países distintos, sentado en una silla fabricada en otro continente, bebiendo café cultivado en una tercera región del mundo.

"No necesitamos nada de ellos."

Es una frase extraordinaria. También podría decirse:

"No necesito mis pulmones. Solo los uso para respirar."

"No necesito mis piernas. Solo las uso para caminar."

"No necesito a los agricultores. Solo producen mi comida."

Las sociedades modernas son máquinas gigantescas de interdependencia. Millones de personas hacen cosas que jamás veremos. Alguien fabrica un tornillo. Otro produce un cable. Otro transporta una caja. Otro programa un sistema. Ninguno entiende la totalidad del proceso, pero todos dependen de todos.

Y sin embargo, aparece un político y nos explica que una nación de más de cien millones de personas puede resumirse en tamales.

Tamales.

Imaginen la reunión.

—Señor, México es uno de nuestros mayores socios comerciales.

—Tamales.

—También exportan automóviles.

—Tamales con ruedas.

—Y equipos médicos.

—Tamales hospitalarios.

—Y autopartes.

—Tamales para coches.

Porque cuando la realidad es complicada, la simplificación se convierte en un producto político muy rentable. No hace falta entender cadenas de suministro, tratados comerciales o geopolítica. Basta con ofrecer una caricatura.

Y las caricaturas son cómodas.

México se convierte en tamales.

China se convierte en fábricas.

Europa se convierte en burócratas.

África se convierte en pobreza.

Y Estados Unidos se convierte en héroes.

Problema resuelto.

La mente humana adora las simplificaciones porque pensar duele. Requiere tiempo. Requiere admitir incertidumbre. Requiere aceptar que el mundo no es una película de buenos y malos.

Por eso los políticos exitosos suelen vender cuentos infantiles para adultos.

Había una vez un país perfecto.

Llegaron los malos.

Y yo soy el héroe.

Fin de la historia.

Aplausos.

Lo más divertido es que los mismos que afirman que no necesitan nada del exterior suelen entrar en pánico cuando el precio de algún producto importado sube cinco por ciento.

Resulta que sí lo necesitaban.

Pero no era evidente mientras el producto estaba en el supermercado.

Esa es la magia de la globalización: solo notas una pieza de la maquinaria cuando desaparece.

Nadie agradece al tornillo hasta que la rueda se cae.

Nadie piensa en el agricultor hasta que falta comida.

Nadie piensa en el camionero hasta que los estantes quedan vacíos.

Y nadie piensa en los vecinos hasta que descubre que el vecindario entero sostiene su propia casa.

Quizá el problema no sea que un político diga que México solo tiene tamales.

Quizá el problema es que millones de personas escuchan una afirmación tan absurda y piensan:

"Sí, eso suena razonable."

Porque al final la política moderna no consiste en describir el mundo.

Consiste en vender una versión del mundo lo suficientemente simple para que nadie tenga que pensar demasiado.

Y en ese negocio, los tamales son apenas el comienzo.




 Hay algo fascinante en la discusión sobre los lobos. No porque trate de lobos. Si fuera realmente sobre lobos, los seres humanos ya habríamos encontrado una solución hace siglos. No. La discusión trata sobre nosotros, que somos una especie mucho más problemática.

Escuchas a los políticos y parece que Estados Unidos está siendo invadido por una horda de lobos sedientos de sangre que bajan de las montañas cada noche para destruir la economía nacional. Uno imagina a Wall Street desplomándose porque un lobo se comió una vaca en Wyoming.

"¡Hay que detener a los lobos!"

Claro. Porque cuando algo sale mal en una sociedad compleja, la solución favorita de los humanos es encontrar algo con dientes y dispararle.

Lo curioso es que las vacas no son animales salvajes. No aparecieron por generación espontánea en las praderas. Las llevamos allí nosotros. Tomamos millones de hectáreas que antes pertenecían a ecosistemas completos, eliminamos a los depredadores, cercamos la tierra, introdujimos ganado y luego, cuando algún lobo superviviente intenta hacer lo que los lobos llevan haciendo desde mucho antes de que existieran los rancheros, declaramos una emergencia nacional.

Es como si alguien construyera una casa en medio del océano y luego exigiera que arrestaran a los tiburones.

Y lo mejor es que el gobierno ya paga compensaciones por muchas de esas pérdidas. Sí. El Estado toma dinero de millones de contribuyentes y se lo entrega a los propietarios cuando un lobo mata ganado. Es decir, la sociedad entera ya está participando en el costo de la conservación.

Pero aun así no basta.

Porque el problema nunca es solamente económico.

La realidad es más emocional. Más humana.

Nos molesta que exista algo que no controlamos.

Nos incomoda profundamente que todavía quede un animal capaz de ignorar nuestras reglas.

El lobo no entiende de propiedad privada. No sabe quién ganó las elecciones. No sigue las fluctuaciones del mercado. No le importa el precio de la carne ni las acciones de una corporación ganadera.

Simplemente existe.

Y eso resulta insoportable para una civilización que cree que todo debe estar subordinado a sus intereses.

Los mismos seres humanos que destruyen bosques, contaminan ríos, extinguen especies y alteran el clima global se presentan luego como víctimas porque un depredador natural se comió una vaca.

Eso requiere un nivel de creatividad moral realmente impresionante.

Imagina una conferencia de prensa de la naturaleza.

El lobo se acerca al micrófono y dice:

—Perdón, pensé que era comida.

Y entonces aparece la humanidad:

—¡Monstruo! ¡Asesino! ¡Amenaza para la civilización!

Dice la especie que inventó las guerras mundiales.

La ironía es tan grande que debería verse desde el espacio.

Lo más gracioso es que quienes exigen la eliminación de los lobos suelen defender con pasión el libre mercado. Pero aparentemente el libre mercado funciona hasta que aparece un competidor con cuatro patas.

Si una corporación destruye a otra, eso es competencia.

Si un lobo encuentra una vaca, eso es una crisis nacional.

Parece que el capitalismo funciona mejor cuando todos los competidores son humanos.

Al final, la discusión sobre los lobos revela algo incómodo. La humanidad habla constantemente de convivir con la naturaleza, pero lo que realmente quiere decir es que está dispuesta a convivir con la naturaleza siempre que ésta sea obediente, silenciosa y completamente inofensiva.

Queremos osos que no ataquen.

Lobos que no cacen.

Ríos que no se desborden.

Océanos que no tengan tormentas.

Montañas que no hagan erupción.

En otras palabras, no queremos naturaleza.

Queremos decoración.

Y quizá por eso seguimos teniendo problemas. Porque la naturaleza insiste en recordarnos una verdad que detestamos escuchar: el planeta no fue diseñado para nuestra comodidad. Durante unos pocos siglos nos hemos comportado como propietarios del mundo, cuando en realidad somos apenas los inquilinos más ruidosos que ha tenido el vecindario.


 


Ochenta años de "Nunca Más"

Ochenta años.

Ochenta años de documentales. Ochenta años de profesores señalando fotografías en blanco y negro. Ochenta años de museos, ceremonias, monumentos, discursos solemnes y políticos prometiendo que la humanidad aprendió la lección.

Y aun así, aparece un partido de extrema derecha, gana votos, y medio mundo actúa como si acabara de descubrir que los humanos no aprenden.

¿En serio les sorprende?

Eso es lo que me fascina de nuestra especie. Creemos que la historia funciona como un software. Instalas la actualización "Holocausto 1945", reinicias la sociedad y listo: error corregido para siempre.

No funciona así.

La memoria colectiva tiene menos capacidad de almacenamiento que un teléfono barato.

La gente recuerda las tragedias hasta que aparece una factura de electricidad imposible de pagar.

Recuerda los discursos sobre tolerancia hasta que pierde el empleo.

Recuerda las lecciones de democracia hasta que siente que nadie la escucha.

Y entonces descubre algo maravilloso: el miedo siempre tiene mejor publicidad que la razón.

Los políticos lo saben. Los medios lo saben. Los vendedores de odio lo saben.

No tienen que convencerte de que son buenos. Solo tienen que convencerte de que alguien más es peor.

Los inmigrantes.
Los musulmanes.
Los judíos.
Los ricos.
Los pobres.
Los comunistas.
Los capitalistas.

Da igual quién sea el enemigo de la semana.

La humanidad lleva miles de años reciclando el mismo producto. Lo único que cambia es el empaque.

Y aquí viene la parte divertida.

Mucha gente observa a los votantes de estos partidos y concluye que son monstruos.

No.

Eso sería demasiado sencillo.

Los monstruos son cómodos porque nos permiten dejar de pensar.

La realidad es más incómoda.

La mayoría son personas comunes.

Trabajan.
Pagan impuestos.
Llevan a sus hijos a la escuela.
Pasean al perro.

Y un día sienten que el sistema ya no funciona para ellos.

Entonces aparece alguien señalando culpables y prometiendo soluciones simples para problemas complejos.

Y la multitud responde exactamente como ha respondido durante toda la historia humana.

No porque sea nazi.

No porque sea fascista.

Sino porque está asustada.

Y el miedo es el combustible más eficiente jamás descubierto.

Más eficiente que el petróleo.
Más eficiente que el carbón.
Más eficiente que la energía nuclear.

Un político con una población asustada puede mover montañas.

La pregunta que debería preocuparnos no es:

"¿Cómo es posible que haya gente votando a la extrema derecha?"

La pregunta es:

"¿Qué está ocurriendo para que millones de personas estén tan enojadas, frustradas o desesperadas que decidan hacerlo?"

Porque si la única respuesta es llamarlos idiotas, ya conocemos el final de la película.

La historia tiene un sentido del humor muy cruel.

Cada generación cree haber derrotado para siempre a sus demonios.

Y cada generación termina descubriendo que los demonios no murieron.

Solo estaban esperando que alguien olvidara por qué les tenía miedo.

Ochenta años de "Nunca Más".

Y resulta que "Nunca Más" no es una vacuna.

Es una tarea diaria.

Y las tareas diarias son precisamente lo que los seres humanos hacemos peor.

domingo, 6 de septiembre de 2026

 Nicolás Sartorius en su libro La manipulación del lenguaje. Breve diccionario de los engaños:

Además —y quizás esto es lo más grave— el objetivo es establecer una continuidad entre aquella dictadura y la democracia actual. […] Simplemente, hubo un régimen anterior —que era la dictadura— y luego vino uno posterior —que es la democracia— ergo, no hay dictadura ni democracia, sino anterior y posterior, lo normal, lo obvio en la continuidad de las cosas y los procesos […] incluso se ha sostenido que ya en tiempos del sistema liberticida del general Franco se empezaron a sentar las bases económicas (liberalización económica), sociales (clases medias) y política (monarquía) de la actual democracia española.

El fragmento de Nicolás Sartorius apunta a una operación lingüística muy poderosa: convertir una ruptura histórica en una simple sucesión administrativa. No se niega necesariamente que haya habido una dictadura. Se hace algo más sutil: se la coloca dentro de una narración en la que deja de ser moral y políticamente relevante.

La palabra que borra la historia

Sartorius señala una trampa escondida en expresiones aparentemente inocentes: «régimen anterior» y «régimen posterior».

Anterior.
Posterior.

Dos palabras limpias, asépticas, casi de calendario.

Podrían describir el cambio de una temporada de fútbol a otra. Primero estuvo un entrenador, después otro. Primero hubo un gobierno, después otro.

Pero una dictadura no es simplemente lo que estaba antes de una democracia.

Entre ambas cosas existe una fractura.

La palabra «anterior» elimina esa fractura porque transforma una relación de conflicto en una relación cronológica. Ya no hablamos de una dictadura que fue derrotada, desmontada, sucedida o transformada. Hablamos de algo que ocurrió antes. Como si Franco fuera una página que simplemente quedó atrás porque llegó la siguiente.

Y ahí aparece el núcleo de la crítica de Sartorius: el lenguaje no solamente describe la historia; también puede domesticarla.

De la dictadura como régimen a la dictadura como antecedente

Hay una diferencia enorme entre decir:

«Después de una dictadura llegó la democracia»

y decir:

«Hubo un régimen anterior y después uno posterior».

La primera frase contiene una valoración política. La segunda parece neutral.

Pero esa neutralidad es engañosa.

La primera recuerda que existió una forma de poder basada en la ausencia de libertades políticas. La segunda convierte ese régimen en una estación del trayecto histórico.

Es una especie de lavado semántico.

La dictadura deja de ser dictadura y se convierte en antecedente.
La represión se convierte en contexto.
La censura se convierte en característica de una época.
La ausencia de democracia se convierte en una etapa previa a la democracia.

Y entonces sucede algo inquietante: la democracia parece surgir naturalmente de aquello que la negaba.

El problema de la continuidad

Sartorius va todavía más lejos cuando cuestiona la idea de que el franquismo habría sentado las bases económicas, sociales y políticas de la democracia española.

Aquí hay una distinción fundamental.

Es perfectamente legítimo estudiar continuidades históricas.

Las sociedades no se reinician como una computadora.

Las estructuras económicas sobreviven a los gobiernos. Las familias conservan patrimonio. Las élites mantienen posiciones. Las instituciones cambian lentamente. Las clases sociales no desaparecen porque cambie una Constitución.

Pero reconocer una continuidad histórica no significa convertir esa continuidad en legitimidad política.

Que determinadas estructuras económicas del franquismo sobrevivieran durante la democracia no significa que la dictadura fuera democrática en potencia.

Que existieran clases medias durante el franquismo no significa que esas clases medias fueran producto de la libertad política.

Que la monarquía estuviera vinculada al proceso de transición no convierte automáticamente a la dictadura en una especie de incubadora involuntaria de la democracia.

Aquí aparece una distinción  esencial:

una cosa es decir que la democracia heredó elementos del régimen anterior; otra, muy distinta, decir que esos elementos demuestran que el régimen anterior preparaba inevitablemente la democracia.

La primera es historia.

La segunda puede convertirse en relato justificatorio.

La historia como destino

Y quizá esa sea la parte más interesante del fragmento.

Cuando se dice que el franquismo creó las condiciones económicas, sociales y políticas de la democracia, se corre el riesgo de construir una historia con apariencia de destino.

Primero Franco.
Después modernización económica.
Después clases medias.
Después monarquía.
Después democracia.

Todo parece conducir hacia el mismo punto.

Como si la historia hubiera tenido desde el principio una flecha dibujada.

Pero la historia real rara vez funciona así.

Hubo conflictos, resistencias, huelgas, movimientos sociales, oposición política, luchas obreras, estudiantes, exiliados, presos políticos y personas que arriesgaron su libertad para conquistar libertades que no estaban garantizadas por ninguna ley histórica.

La democracia no aparece porque la dictadura envejece.

Aparece porque hay personas que la exigen, la disputan y, muchas veces, pagan un precio por ella.

El peligro de una democracia sin memoria

Aquí el argumento de Sartorius adquiere una dimensión más profunda.

Una democracia necesita memoria no solamente para recordar a sus víctimas, sino para recordar qué cosas no deben volver a considerarse normales.

Si una dictadura termina convertida en «el régimen anterior», la memoria pierde sus contornos.

Y cuando las palabras pierden sus contornos, también pueden perderlos los valores.

Porque si todo es simplemente antes y después, entonces una democracia puede terminar pareciendo el resultado natural de una evolución histórica, en lugar de una conquista política.

Y eso es peligroso.

Porque aquello que se presenta como inevitable puede dejar de valorarse.

El lenguaje como anestesia

Hay palabras que describen.

Y hay palabras que anestesian.

«Dictadura» despierta preguntas:

¿Quién podía votar?
¿Quién podía organizarse?
¿Quién podía protestar?
¿Quién podía publicar?
¿Quién podía hablar?

«Régimen anterior» no despierta casi ninguna.

Es una palabra acolchada.

No acusa.
No recuerda.
No interpela.

Simplemente ordena.

Y precisamente por eso puede ser más eficaz.

El lenguaje político moderno rara vez necesita mentir descaradamente. Le basta muchas veces con quitarle a las cosas el nombre que las vuelve incómodas.

Una dictadura puede convertirse en «régimen».
Un despido puede convertirse en «reestructuración».
Una guerra puede convertirse en «operación».
Una desigualdad puede convertirse en «diferencia de oportunidades».

Las palabras no cambian los hechos.

Pero pueden cambiar nuestra disposición a mirarlos.

La paradoja final

La democracia española puede y debe estudiarse con todas sus continuidades y rupturas respecto del franquismo. Precisamente por eso conviene desconfiar de las explicaciones demasiado ordenadas.

Porque una democracia no necesita demostrar que nació de una dictadura para explicar su existencia.

Puede reconocer algo mucho más incómodo:

que heredó cosas del franquismo y, al mismo tiempo, nació contra aquello que el franquismo representaba.

Las dos cosas pueden ser ciertas.

La historia no necesita ser pura para ser verdadera.

Y quizá esa sea la advertencia más importante de Sartorius: cuando el lenguaje transforma una dictadura en un simple «antes», no solamente está cambiando una palabra. Está modificando la arquitectura moral de la memoria.

Porque entre antes y después cabe una eternidad.

Pero entre dictadura y democracia hay una frontera.

Y las fronteras existen precisamente para recordar que de un lado y del otro no estamos hablando de lo mismo.

El fragmento de Sartorius tiene un eco clarísimo de 1984 de George Orwell, especialmente de una idea central: quien controla el lenguaje puede intervenir en la manera en que una sociedad recuerda, piensa y juzga su pasado.

En 1984, el Ministerio de la Verdad no necesita convencer a la gente de que una mentira es verdadera mediante argumentos sofisticados. Hace algo más profundo: reescribe el vocabulario con el que la realidad puede ser pensada.

Si desaparecen ciertas palabras, determinadas ideas se vuelven más difíciles de formular.

Sartorius señala una operación parecida, aunque en un contexto democrático e histórico muy distinto. Cambiar:

«dictadura franquista → democracia»

por:

«régimen anterior → régimen posterior»

parece una modificación pequeña, casi burocrática. Pero tiene consecuencias.

La primera formulación contiene una ruptura política y moral.

La segunda contiene únicamente una secuencia temporal.

Es exactamente el tipo de fenómeno que Orwell comprendió con enorme lucidez: el poder no solamente intenta controlar lo que la gente dice; intenta controlar las categorías con las que la gente puede pensar.

La neolengua y el lenguaje desactivado

La neolengua de 1984 tenía un objetivo brutal: reducir el territorio del pensamiento.

Sartorius apunta hacia una versión mucho más cotidiana y menos totalitaria del mismo problema: palabras aparentemente neutrales que desactivan el conflicto contenido en los hechos.

«Dictadura» tiene memoria.

«Régimen anterior» tiene calendario.

«Represión» tiene víctima.

«Exceso» tiene ambigüedad.

«Resistencia» tiene protagonistas.

«Incidente» puede tener prácticamente cualquier cosa.

Ahí está el mecanismo.

No siempre hace falta mentir. A veces basta con nombrar de tal manera que la verdad pierda sus dientes.

Y eso es muy orwelliano.

«El que controla el pasado...»

En 1984, una de las ideas más perturbadoras es:

«Quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado.»

La frase no habla únicamente de falsificar documentos. Habla de algo más profundo: controlar la interpretación del pasado.

Porque el pasado no puede modificarse materialmente, pero sí puede modificarse su significado.

Franco existió.
La dictadura existió.
La represión existió.
La transición existió.
La democracia existe.

Lo que puede cambiar es la narración que conecta esos acontecimientos.

Y ahí aparece la batalla.

¿La democracia fue una continuación natural de la modernización iniciada bajo Franco?

¿O fue también el resultado de luchas sociales y políticas contra una dictadura?

La respuesta histórica puede contener elementos de ambas cosas. Pero el peligro comienza cuando una interpretación pretende convertirse en la única manera legítima de contar el pasado.

Orwell nos dejó una alarma

Por eso 1984 sigue siendo tan incómodo.

No es simplemente una novela sobre un gobierno que vigila ciudadanos.

Es una novela sobre un poder que quiere entrar en la habitación más pequeña de una persona: la habitación donde se forman las palabras antes de convertirse en pensamiento.

Y ahí Sartorius resulta especialmente interesante.

Porque su preocupación no es solamente que alguien diga una falsedad sobre Franco.

Es que determinadas palabras puedan hacer que dejemos de percibir una diferencia fundamental.

Dictadura.

Democracia.

No son simplemente dos estaciones consecutivas del tren histórico.

Son dos conceptos que contienen experiencias humanas radicalmente distintas.

Y cuando el lenguaje consigue convertir una frontera en una transición administrativa, Orwell aparece en el fondo de la habitación, con esa mirada incómoda, recordándonos:

cuidado con las palabras que parecen demasiado inocentes.

A veces una palabra no viene a explicar la realidad.

Viene a hacerla menos visible.

 LOS RICOS EN EL MUNDO:

74% SON EMPRESARIOS

12% INVERSIONISTAS

8% DEPORTISTAS

4% ARTISTAS

2% INVENTORES

0% SON EMPLEADOS


Bill Gates


Hay una imagen circulando por internet que dice algo así: "74% de los ricos son empresarios, 12% inversionistas, 8% deportistas, 4% artistas, 2% inventores y 0% empleados". Debajo aparece la sonrisa familiar de Bill Gates, como si fuera un santo renacentista bendiciendo a los fieles con la hostia sagrada del emprendimiento.

Y la multitud asiente.

"Claro", piensa la gente. "La lección es evidente. Si eres empleado, eres un fracasado. Si quieres ser rico, debes convertirte en empresario".

Qué maravilla. Han conseguido convertir una estadística dudosa en una religión.

George Carlin solía decir que cuando algo parece demasiado simple para explicar el mundo, probablemente sea propaganda. Y esta imagen es propaganda en estado puro. No porque los empresarios no puedan hacerse ricos. Algunos se hacen obscenamente ricos. El problema es la historia que se omite.

Nadie publica un cartel con los millones de pequeños negocios que quebraron. Nadie imprime la foto del dueño de una tienda que trabajó catorce horas diarias durante veinte años para terminar endeudado. Nadie comparte la historia del emprendedor que hipotecó su casa, perdió sus ahorros y volvió a buscar empleo a los cincuenta años.

No. Esos cadáveres económicos se esconden detrás del escenario para que el público solo vea a los supervivientes.

Es como visitar un casino y entrevistar exclusivamente a los que salieron ganando.

La sociedad moderna siente una fascinación enfermiza por los multimillonarios. Los contempla como si fueran profetas. Si un hombre acumula cincuenta mil millones de dólares, de repente se supone que también sabe cómo debe funcionar la educación, la democracia, la salud pública, la ética y el sentido de la vida.

¿Por qué?

Si un individuo mide dos metros veinte y juega bien al baloncesto, nadie concluye que también sea experto en neurocirugía. Pero si tiene miles de millones en el banco, automáticamente se convierte en un gurú universal.

Es una de las supersticiones más extrañas de nuestra época.

Además, el cartel contiene una mentira particularmente reveladora: "0% empleados".

Cero.

Ni uno.

Como si jamás hubiera existido un ejecutivo que recibió acciones de una empresa. Como si los altos directivos de Wall Street fueran monjes franciscanos. Como si los ingenieros que entraron temprano en Microsoft, Google o Apple hubieran estado recogiendo limosnas en la calle.

El "0%" no pretende informar. Pretende adoctrinar.

Su mensaje real es: "No cuestiones el sistema. Si no eres rico es porque elegiste mal".

Y ahí aparece la magia ideológica.

Porque resulta mucho más cómodo hablar de las decisiones individuales que de las estructuras económicas. Mucho más cómodo señalar al trabajador y preguntarle por qué no fundó una empresa que preguntarse por qué una pequeña élite posee más riqueza que miles de millones de personas juntas.

La historia del multimillonario inspira.

La historia del repartidor, de la enfermera, del maestro o del obrero genera preguntas incómodas.

Y las preguntas incómodas nunca han sido buenas para los negocios.

Por eso la cultura popular está llena de biografías de magnates y vacía de historias sobre quienes realmente mantienen funcionando el mundo. El sistema necesita héroes individuales porque los héroes individuales impiden que la gente observe los mecanismos colectivos.

Necesita que mires a Bill Gates.

No quiere que mires a los cientos de miles de trabajadores que construyeron Microsoft.

Necesita que admires al fundador.

No quiere que notes al programador, al técnico, al limpiador, al conductor o al empleado de soporte.

Porque si empiezas a mirar a todos ellos, la pregunta cambia.

Y cuando la pregunta cambia, también cambia la conversación.

Dejas de preguntar: "¿Cómo puedo convertirme en multimillonario?"

Y empiezas a preguntar: "¿Por qué una sociedad que depende del trabajo de millones recompensa de manera tan desproporcionada a unos pocos?"

Esa pregunta vale mucho más que cualquier cartel motivacional de internet.

Y, curiosamente, es la única que esos carteles jamás quieren que hagas.



 Sin embargo, en aquella ocasión fui a Uganda para asistir al derrocamiento de Idi Amín. Estoy seguro de que, a pesar de que han transcurrido varias décadas desde su destitución, ustedes aún recuerdan a Idi Amín. 

Aunque no era más salvaje ni más brutal que la mayoría de los dictadores asesinos, él consiguió aunar dichas cualidades con un comportamiento tan juvenil, una alegría de vivir tan grande, que la prensa lo encontraba irresistible. 

Hizo algunas cosillas vergonzosas como aterrorizar a su país, matar a su pueblo y saquear sus riquezas.

 Pero, a pesar de ser un chiflado, el hombre tenía su gracia. Como solía decir la prensa occidental, era un bufón. Se autonombró rey de Escocia y acostumbraba a amenizar la estancia de sus invitados vistiéndose con faldas de cuadros e interpretando música escocesa con un acordeón.

 Enviaba telegramas necios y extravagantes a otros líderes mundiales que recordaban a las cartas de amor que un rey de Uganda del siglo pasado solía escribirle a la reina Victoria para pedirle que fuera a verle y se convirtiera en su enésima esposa.

 Amenazaba a la comunidad de expatriados británicos residente en Kampala, pero su furia se aplacó cuando una serie de destacados empresarios británicos lo sacaron a pasear en una silla de manos. Qué payaso. Y, si creemos los datos contenidos en la documentación de carácter fidedigno relativa al periodo poscolonial que aún se conserva, incluso se convirtió en uno de los líderes que mató a sus adversarios y después se los comió. 

¿Cómo iba Occidente a oponerse a él? 

Los occidentales, a los que se les ponía la carne de gallina cada vez que pensaban en las naciones independientes del Tercer Mundo, nunca habrían podido inventar una figura mejor que Amín, un tipo que se había declarado rey de Escocia y además era caníbal.

Amín destruyó el país mientras la mayoría de los líderes africanos hacían la vista gorda, algo que aún hoy sigue suscitando una gran amargura entre los ugandeses. 
La única persona que lo criticó de una forma sistemática fue el tanzano Julius Nyerere, un hombre digno y de elevados principios que probablemente se sintió afectado a un nivel visceral tanto por las payasadas de Amín como por aquel régimen de terror. 
Nyerere luchó incansablemente para que derrocaran a Amín con el apoyo de numerosos grupos rebeldes que surgieron de la miseria de Uganda. 
En un impresionante error de cálculo, en 1979, Amín afirmó que Nyerere no era más que una vieja gallina impotente y se apoderó de un trozo de Tanzania. En África, aquello equivalía a una declaración de guerra y Tanzania contraatacó. Y, por extraño que parezca, dejó fuera de combate al ejército de Amín. 
Entonces Nyerere tuvo que enfrentarse a la difícil decisión de tener que acatar la preciada regla de la Organización para la Unidad Africana, que hacía referencia a la obligación de respetar la soberanía de otros líderes africanos (es decir, los colonialistas habían hecho lo que les había dado la gana con las fronteras del continente en respuesta a caprichosos intereses europeos, pero, en aquel momento, todo el mundo estaba de acuerdo en que lo más conveniente era no tocar aquellos límites sagrados), o seguir adelante y derrocar al asesino. 
Optó por lo último y, al cabo de una semana de combates relativamente encarnizados en los que las tropas tanzanas contaron con el apoyo infatigable de innumerables ugandeses, Amín y sus colaboradores fueron expulsados de la capital.

En Kampala todo el mundo parecía loco. Según la radio, la gente bailaba en las calles. Había un nuevo gobierno, ya no había razón para tener miedo y se estaba procediendo a desalojar las cárceles y las cámaras de tortura.

Robert Sapolsky 

 Ser de derechas no es una cuestión meramente electoral. Se puede votar a la derecha y ser una persona decente. No es tan sencillo ser una persona de derechas de verdad y ser decente. No es decente salvarse sobre las espaldas de nadie. 

No es decente decir que todo el mundo va a lo suyo para justificar que te dejaste en algún lugar el alma que alguna vez tuviste y que sacas a pasear solo cuando no te soportas o quieres que alguien te respete un poco más de lo que tú te respetas a ti mismo. 

No es decente desentenderte de las consecuencias de tus actos ni justificar con la maldad del mundo, del ser humano o de la historia tu propia maldad. No por afear más el mundo dejas de ser lo que eres.

 Ser de derechas tiene mucho que ver con el egoísmo, con el miedo, con la cobardía, con la envidia, con la arrogancia, con la soberbia. Eso que pretendes justificar diciendo: “Así son las cosas”.

 Por eso te divorcias, pero defiendes a la Iglesia más severa; te confiesas pecador, pero no renuncias a diferentes formas de sexo; tomas drogas, pero tienes un discurso prohibicionista; criticas al Estado, pero llevas toda la vida viviendo del Estado; cuestionas el peso de las tradiciones en tu vida particular, pero defiendes una patria eterna e inamovible; defiendes el Estado de derecho, pero buscas a los jueces que cuidan tus intereses quebrando el Estado de derecho; se te llena la boca de la falta de libertad en los países comunistas, pero no dejas que nada se escape a tu control de los medios; eres implacable con tus adversarios políticos y muy tolerante con los tuyos; crees en el orden, en los diez mandamientos, en la necesidad de decir la verdad, pero mientes cada vez que tienes algún miedo o quieres algún privilegio, escuchas rap pero encarcelas a los raperos.


Juan Carlos Monedero 

sábado, 5 de septiembre de 2026

 ESPERANDO A LOS BÁRBAROS

—¿A qué esperamos todos, reunidos en el foro?

Es que hoy llegan los bárbaros

—¿Por qué nadie trabaja en el Senado? ¿Qué hacen

sin legislar, sentados, los senadores?

Es que hoy llegan los bárbaros

y no vale la pena dictar leyes:

que las dicten los bárbaros.

—¿Por qué el emperador ha madrugado tanto

y se ha ido con su trono a la puerta mayor

de la ciudad, solemne y coronado?

Porque hoy llegan los bárbaros,

y nuestro emperador está esperando para

recibir a sujefe como es debido. Incluso

preparó un pergamino para él, con mercedes,

dignidades y títulos sin cuento.

—¿Por qué nuestros dos cónsules y pretores salieron

hoy con togas de fiesta, recamadas de púrpura?

¿A qué esos brazaletes cuajados de amatistas

y esos anillos con radiantes esmeraldas?

¿ Por qué empuñan hoy báculos tan preciosos, labrados

maravillosamente en plata y oro?

Porque hoy llegan los bárbaros,

y esas cosas deslumbran a los bárbaros.

—¿Por qué no acuden hoy los oradores

a decir sus discursos habituales?

Porque hoy llegan los bárbaros,

y los bárbaros odian los discursos.

—¿Por qué sc ha levantado de pronto esa inquietud

y confusión? (Qué serios esos rostros!)

¿Por qué se han vaciado las calles y las plazas,

y han vuelto a casa todos, taciturnos?

Porque se hace de noche y no llegan los bárbaros,

y desde las fronteras no sé quien ha venido

diciendo que no hay bárbaros.

Y ahora, ¿qué va a ser de nosotros sin bárbaros?

De algún modo esa gente era una solución. 


El poema es «Esperando a los bárbaros», de Constantino Cavafis (1863–1933), uno de los grandes poetas de la literatura griega moderna.

¿De qué habla realmente?

A primera vista parece un poema sobre una ciudad romana que espera la llegada de unos invasores. Pero el golpe final cambia completamente el sentido:

«Y ahora, ¿qué va a ser de nosotros sin bárbaros?
De algún modo esa gente era una solución.»

Ahí está el corazón del poema.

Los bárbaros no son simplemente un enemigo externo. Son una especie de excusa colectiva que permite que una sociedad deje de enfrentarse a sus propios problemas.

Mientras llegan los bárbaros:

  • el Senado no tiene que legislar;

  • los políticos no tienen que gobernar;

  • los oradores no tienen que argumentar;

  • el emperador puede representar solemnemente su papel;

  • las élites pueden exhibir su riqueza;

  • la población puede esperar.

Todo queda suspendido.

Y lo interesante es que nadie parece especialmente preocupado por defender la ciudad. Al contrario: todos parecen estar esperando que los bárbaros resuelvan algo.

El giro final es brutal

Cuando se descubre que los bárbaros no van a venir, la ciudad entra en crisis.

¿Por qué?

Porque desaparece la explicación que organizaba toda su vida.

La sociedad necesita un enemigo para saber qué hacer consigo misma.

Cavafis plantea así una paradoja muy moderna:

A veces no necesitamos realmente al enemigo; necesitamos la existencia de un enemigo.

El enemigo permite decir:

«El problema no somos nosotros. El problema son ellos.»

Y mientras todos miran hacia afuera, nadie pregunta qué ocurre dentro.

La crítica política

Hay una crítica muy fuerte al poder.

Observa cómo Cavafis presenta a las autoridades:

El Senado: no trabaja porque «hoy llegan los bárbaros».

El emperador: no gobierna; espera.

Los cónsules y pretores: se visten de gala para impresionar a los recién llegados.

Los oradores: ni siquiera tienen que hablar.

Es decir, las instituciones están vacías de contenido. Conservan sus ceremonias, sus cargos, sus símbolos y sus jerarquías, pero han dejado de cumplir su función.

Y esto hace que el poema sea mucho más que una recreación de la Antigüedad.

Puede leerse como una reflexión sobre cualquier sociedad en la que la amenaza exterior termina justificando la parálisis interior.

Y hay algo todavía más interesante

Los bárbaros son casi irreales.

Nunca aparecen.

No sabemos quiénes son.

No hablan.

No sabemos qué quieren.

Todo lo que sabemos sobre ellos proviene de quienes los están esperando.

Eso es muy significativo: la sociedad ha construido su comportamiento alrededor de un enemigo del que ni siquiera tiene experiencia directa.

El bárbaro funciona como una pantalla sobre la cual proyectar miedos, frustraciones y expectativas.

Y cuando desaparece esa pantalla, queda el vacío:

«¿Y ahora qué va a ser de nosotros?»

Esa pregunta es mucho más profunda que «¿qué hacemos si no vienen los bárbaros?».

Es:

¿Qué hacemos cuando desaparece la excusa que nos permitía no hacer nada?

¿Quién fue Cavafis?

Cavafis nació y murió en Alejandría, aunque pertenecía a la tradición cultural griega. Trabajó durante buena parte de su vida como funcionario y llevó una existencia bastante alejada de los circuitos literarios convencionales.

Su poesía suele mirar hacia la Antigüedad grecorromana, pero no para hacer simple poesía histórica. Utiliza personajes, ciudades y episodios del pasado para hablar de cuestiones muy actuales: el poder, la decadencia, el deseo, la derrota, la identidad, la memoria y la fragilidad de las civilizaciones.

«Esperando a los bárbaros» fue escrito en 1898 y publicado posteriormente.

Y aquí está la genialidad de Cavafis: no necesita decirnos cuál es la moraleja. Construye una situación absurda y deja que nosotros descubramos que quizá los bárbaros no eran el problema.

Quizá eran la coartada.

Y esa última frase —«De algún modo esa gente era una solución»— es de una ironía tremenda. Porque convierte al supuesto enemigo en algo que la sociedad necesitaba psicológica y políticamente.

Es casi una anatomía de la frase:

«Mientras exista un enemigo, no tenemos que preguntarnos por qué estamos fracasando nosotros.»

Y ahí Cavafis deja de hablarnos de Roma y empieza a hablarnos de nosotros.

 Masacres, asesinatos, amputaciones de manos y pies, heridas curadas con aceite hirviendo, violaciones… semejantes crímenes parecen sacados de una mente perturbada. Sin embargo esto era el día a día en las batallas que tuvieron lugar durante la conquista de América. Un periodo de nuestra historia que tiende a mitificarse obviando sus pasajes más oscuros. El catedrático de Historia Moderna en la Universidad Autónoma de Barcelona y especialista en Historia Militar, Antonio Espino López, según cuenta a El Confidencial, propone una mirada sin prejuicios de la colonización hispana en su libro La conquista de América: Una revisión crítica (RBA Ediciones). En su obra, Espino se sirve de los testimonios dejados en las numerosas crónicas de Indias para describir con precisión las armas, tácticas, batallas y sangrientas prácticas que 'héroes' como Hernán Cortés llevaron a cabo.

¿Cree que existe miedo a reconocer la crueldad que usted describe en su libro?

 En realidad todo el mundo es más o menos consciente de que tenemos una factura pendiente con los descendientes de las poblaciones aborígenes. Pero no sólo los españoles, sino todas las potencias europeas imperialistas en las épocas moderna y contemporánea. No hay que tener miedo a la hora de reconocer que cualquier imperialismo es expansionista y agresivo por definición, y prácticamente todos ellos usaron de la crueldad. Lo mejor es tenerlo claro, estudiarlo y aceptarlo para encarar cualquier crítica que se pueda hacer. No somos ninguna excepción. No somos ni mejores ni peores que los demás. Hay que entender este tipo de realidades, conocerlas y procurar erradicarlas en nuestro presente y en el futuro.

https://www.elconfidencial.com/cultura/2013-10-12/ejecuciones-mutilaciones-violaciones-asi-fue-la-conquista-de-america_40390/

 Durante casi dos años viví en las tierras altas de Madagascar. Poco antes de que yo llegara había habido un brote de malaria. Se trataba de un estallido especialmente virulento, porque muchos años atrás la malaria se había erradicado de las tierras altas de Madagascar, de modo que, tras un par de generaciones, la gente había perdido su inmunidad. 

El problema era que costaba dinero mantener el programa de erradicación del mosquito, pues exigía pruebas periódicas para comprobar que el mosquito no comenzaba a reproducirse de nuevo, así como campañas de fumigación si se descubría que lo hacía. No mucho dinero, pero debido a los programas de austeridad impuestos por el FMI, el gobierno había tenido que recortar el programa de monitorización. 

Murieron diez mil personas. Me encontré con madres llorando por la muerte de sus hijos. Uno puede pensar que es difícil argumentar que la pérdida de diez mil vidas humanas está realmente justificada para asegurarse de que Citibank no tuviera pérdidas por un préstamo irresponsable que, de todas maneras, ni siquiera era importante en su balance final. Pero he aquí a una mujer perfectamente decente, una mujer que trabajaba en una fundación caritativa, nada menos, que pensaba que era evidente. Al fin y al cabo, debían el dinero, y uno ha de pagar sus deudas.

David Graeber

 La noción de flexibilidad no se restringe a las relaciones laborales. Su apoteosis generalizada se reclama de la mano de otro vocablo muy querido para el statu quo en movimiento: autorregulación .

 La exigencia de potestad para autorregularse requiere un razonamiento previo que abomina de las leyes y las convierte en «trabas», «constricciones», «impedimentos»… a la libertad, por supuesto. Esto es una tontería supina, aunque se presente como un discurso coherente, ya que la esencia de cualquier regulación es poner límites.

 Hasta la norma más inocente, la que obliga a los coches a esperar que el semáforo se ponga verde, conlleva una restricción, aunque a nadie se le ocurre hablar de los semáforos como una amenaza para la libertad de movimiento. 

Se entiende que las normas son necesarias para regular la convivencia y conjugar los intereses, a menudo opuestos, de los distintos grupos sociales, como pueden ser los de los peatones y los conductores. De tal modo que cuando alguien se salta un semáforo, no elabora discursos grandilocuentes sobre su libertad de movimientos. Lo hace y punto. Cuando le sorprenden, paga una multa. Si los conductores se erigieran en grupo de presión y consiguieran autorregularse, parece obvio que colocarían algunos semáforos allí donde no les molestaran, con el menor tiempo posible para el cruce de los peatones; y éstos quedarían bajo el dominio de normas impuestas por una sola parte, obligados a dar mil rodeos o cruzar jugándose la vida.

 Con el discurso de la autorregulación, las corporaciones solicitan que se les permita detenerse en semáforos cómodamente colocados por ellas allí donde no estorban. Desconfían del Estado porque, en su intento de armonizar los intereses de toda la sociedad, puede obligarles a detenerse más a menudo y durante más tiempo, lo cual es sin duda un grave perjuicio, no para la libertad en general, sino para la suya en concreto.

 La autorregulación se reivindica sobre todo en materias novedosas que responden a un cambio en la sensibilidad social. 

Empezaron pidiéndola, por ejemplo, las tabaqueras en lo relativo a restringir su publicidad para no incitar a los menores a fumar. El paso de los años demostró que la responsabilidad de las grandes compañías siempre es menor que su ansia de beneficios y las limitaciones acabaron imponiéndose por ley, pero ganaron unos años de lucro. 

Con los asuntos medioambientales ocurre algo semejante, como ilustra el caso recogido por Susan George en El informe Lugano . En los días previos a la Cumbre de Río del año 1992 el World Business Council for Sustainable Development, que agrupa a docenas de corporaciones transnacionales supuestamente partidarias del desarrollo sostenible, realizó un exhaustivo trabajo con el secretariado de la Cumbre. Su objetivo era impedir que se aprobara un Código de Conducta para las empresas, ya fuera vinculante o no, en materia medioambiental.

 Prometieron autorregularse, presionaron para que se les liberara de las normas y así lograron que la Agenda 21 no contuviera obligación alguna para ellas. 

«Tácitamente se reconocía que las corporaciones transnacionales deberían autorregularse individualmente», como afirma George.  Así camparon a sus anchas unos años más, hasta que se aprobaron otros tratados, como el Protocolo de Kioto en 1997.

Irene Lozano



 Los perros todavía ladran

y algo no está claro.
Desde la ignorancia, los perros ladraban siempre.
¿Cómo iluminarlos?
No hay perros ahora—
No hacen más que ladrar.
Lo que no está claro es lo que esta claro.
Los perros tienen el olfato,
sin embargo, nada corre como una presa.
¿Deberíamos desaparecer
hasta que los perros dejen de ladrar?
No hay otra manera de explicarlo.

Este poema forma parte de la obra del poeta y pensador argentino Roberto Juarroz (1825–1995), perteneciente a su célebre libro Poesía vertical. Juarroz se caracteriza por una lírica filosófica, despojada de adornos retóricos directos, centrada en la paradoja, la vacuidad, el lenguaje y el sentido de la existencia.

1. El «ladrido» como control social, propaganda o paranoia

  • En una clave socio-política, los "perros que ladran" representan los mecanismos de vigilancia, la alarma constante, el ruido mediático o el discurso del poder.

  • Ladrarle a la "ignorancia" o sin una "presa" real sugiere un clima de paranoia institucionalizada: un aparato represivo o ideológico que adiestra a la sociedad para reaccionar con rabia o miedo ante enemigos invisibles.

2. La distorsión de la verdad ("Lo que no está claro es lo que está claro")

  • Esta línea adquiere un matiz político directo cuando se piensa en la manipulación del lenguaje y los relatos oficiales.

  • Refleja cómo los regímenes autoritarios o los discursos demagógicos tuercen lo evidente, convirtiendo los hechos transparentes en algo ambiguo y obligando a la población a dudar de su propia percepción de la realidad.

3. La retirada o el exilio interno

  • La pregunta "¿Deberíamos desaparecer / hasta que los perros dejen de ladrar?" resuena directamente con la experiencia del exilio, la censura y la resistencia silenciosa frente al autoritarismo o la barbarie política. Ante un entorno dominado por el "ruido" represivo o la polarización, la desaparición (física, ideológica o el repliegue al interior) surge como el único refugio de dignidad.

4. La figura metafórica de los "perros"

  • Históricamente en la literatura (desde Cervantes con "Ladran, Sancho, señal que cabalgamos" hasta la poesía testimonial del siglo XX), el ladrido ha simbolizado la intolerancia de la masa, la persecución del disidente o la brutalidad del Estado.

En conclusión, aunque el poema opera en un nivel filosófico sobre la percepción y el vacío del ser, funciona perfectamente como una alegoría política sobre el ruido del poder, la desinformación y el repliegue del individuo frente a la hostilidad del entorno.


Imaginen a un grupo de personas discutiendo sobre política, filosofía o historia. Alguien menciona a Marx. Otro responde: "Sí, pero no trabajó". Alguien menciona a AMLO. "Sí, pero no trabajó". Aparece Gandhi. "Sí, pero no trabajó". La Madre Teresa. "Sí, pero no trabajó". En algún momento uno espera que alguien saque una libreta y pida recibos de nómina del siglo XIX para determinar quién merece ser escuchado.

Porque hemos construido una religión peculiar. No una religión con incienso, campanas y vitrales. Una religión con relojes checadores, tarjetas de asistencia y hojas de cálculo. El dios moderno no vive en el cielo. Vive en Recursos Humanos.

La primera pregunta ya no es: "¿Qué hizo esta persona?" La pregunta es: "¿Dónde cobraba quincena?"

Si alguien pasa diez años escribiendo libros que transforman el pensamiento de millones de personas, algunos dirán: "Muy bonito, pero ¿tenía prestaciones?" Si un activista organiza movimientos que cambian el rumbo de una nación, aparece inmediatamente el sacerdote del empleo formal para preguntar si cotizaba al seguro social.

Es fascinante.

Un especulador financiero puede ganar millones moviendo números en una pantalla y será celebrado como ejemplo de productividad. Un filósofo que dedica décadas a estudiar la sociedad será acusado de no trabajar. Un heredero que vive de rentas será descrito como "exitoso". Un sindicalista que pasa veinte años organizando trabajadores será tratado como un vago.

La palabra "trabajo" ha sido secuestrada.

Ya no significa esfuerzo. Ya no significa disciplina. Ya no significa dedicación. Significa algo mucho más específico: obedecer a una estructura económica reconocida por quienes tienen el poder de definir qué cuenta y qué no cuenta.

Por eso nadie pregunta cuántas horas pasó Gandhi organizando campañas de resistencia civil. Nadie pregunta cuántas noches pasó Marx escribiendo y estudiando en bibliotecas. Nadie pregunta cuántos kilómetros recorrió un dirigente político construyendo un movimiento. Lo único que interesa es si el sistema les entregaba un recibo de pago suficientemente respetable.

Es una lógica curiosa.

Si una persona trabaja doce horas diarias fabricando anuncios para convencer a niños de consumir comida chatarra, eso es trabajo honorable. Si otra dedica doce horas a escribir, investigar o movilizar personas para cambiar leyes, algunos sospechan que está perdiendo el tiempo.

La obsesión no es con el trabajo. Es con la obediencia.

Lo que realmente molesta no es que alguien no tenga empleo convencional. Lo que molesta es que haya dedicado su vida a algo que no encaja cómodamente dentro de las categorías aprobadas por la cultura dominante.

Y, por supuesto, la ironía es deliciosa.

Muchos de los que gritan que ciertos líderes o pensadores "nunca trabajaron" pasan horas viendo televisión, desplazándose por redes sociales o repitiendo opiniones ajenas. Pero se sienten miembros del club de los productivos porque alguien deposita dinero en su cuenta cada quincena.

El empleo puede ser valioso. El esfuerzo puede ser admirable. La experiencia práctica importa.

Pero reducir toda una vida humana a una tarjeta de asistencia es una forma extraordinariamente eficiente de no pensar.

Y ahí está el verdadero negocio.

Porque cuando la conversación gira alrededor de si alguien tenía trabajo, ya no tenemos que hablar de sus ideas. Ya no tenemos que examinar sus argumentos. Ya no tenemos que evaluar los resultados de sus acciones.

Es mucho más fácil revisar una nómina que cuestionar una ideología.

La historia está llena de personas que cambiaron el mundo sin encajar en la definición burocrática de ciudadano productivo. Algunas hicieron cosas maravillosas. Otras hicieron cosas terribles. Pero ninguna puede entenderse observando únicamente su historial laboral.

Después de todo, un recibo de pago puede decirnos cuánto ganaba una persona.

Pero jamás nos dirá cuánto valían sus ideas.


viernes, 4 de septiembre de 2026


Necropolítica: cuando el poder necesita cadáveres

Hay gobiernos que quieren que los ciudadanos los vean como administradores.

Y hay gobiernos que necesitan que los vean como verdugos.

La diferencia no está solamente en cuántas personas mueren durante una operación de seguridad. Está en qué hace el poder con esas muertes después.

Ahí comienza la necropolítica.

El término, asociado al filósofo Achille Mbembe, describe una forma extrema de ejercicio del poder: la capacidad de decidir quién puede vivir, quién queda expuesto a la muerte y qué vidas pueden ser tratadas como sacrificables. No es simplemente matar. Es construir un orden político en el que la muerte se convierte en instrumento de gobierno.

Y eso es exactamente lo que debería preocuparnos cuando un gobierno exhibe cadáveres como si fueran trofeos.

Porque un cadáver puede ser una consecuencia trágica de un enfrentamiento.

Pero cuando el Estado lo convierte en propaganda, la muerte deja de ser solamente un hecho y se convierte en un mensaje.

El mensaje es sencillo:

Nosotros tenemos el poder de decidir quién vive y quién muere.
Nosotros somos quienes ejecutamos esa decisión.
Y ustedes deben sentirse seguros porque nosotros podemos matar a quienes definimos como enemigos.

Eso es mucho más profundo que una política de seguridad.

Es una pedagogía del poder.

El Estado que gobierna mostrando la muerte

La necropolítica no necesita necesariamente campos de concentración ni ejecuciones públicas para existir.

También puede aparecer en formas mucho más modernas y mucho más eficientes.

Una fotografía.

Un video.

Un discurso presidencial.

Una publicación en redes sociales.

Un grupo de cuerpos sobre el suelo.

Y una frase celebrando el "resultado".

La tecnología simplemente ha cambiado el escenario.

Antes el poder podía levantar una estatua para demostrar su victoria.

Ahora puede publicar un video de treinta segundos.

La lógica es la misma:

el cuerpo del enemigo funciona como prueba de que el poder funciona.

Ese es el punto esencial.

No se trata solamente de que haya delincuentes muertos. Se trata de que su muerte sea utilizada para producir una emoción política en los vivos.

Miedo.

Alivio.

Venganza.

Orgullo.

Obediencia.

El cadáver se convierte en un dispositivo de comunicación.

Y ahí aparece la necropolítica en su forma más obscena: el muerto ya no importa como ser humano; importa por lo que su muerte puede hacer políticamente por el gobernante.

La construcción del "cuerpo matable"

Para que la necropolítica funcione, primero hay que producir una categoría de personas cuya muerte pueda ser aceptada sin demasiadas preguntas.

"Criminales."

"Narcotraficantes."

"Enemigos."

"Malos."

"Plagas."

"Basura."

El vocabulario importa.

Porque cuando una persona deja de ser presentada como individuo y comienza a ser presentada exclusivamente como una amenaza, su muerte se vuelve políticamente consumible.

Ya no preguntamos:

¿Qué ocurrió?

Preguntamos:

¿Cuántos cayeron?

Ya no queremos conocer el proceso judicial.

Queremos conocer el marcador.

Como si la guerra contra el crimen fuera un partido de fútbol.

¿Cuántos muertos nosotros?

¿Cuántos muertos ellos?

¿Quién va ganando?

Ese lenguaje es profundamente revelador.

Porque transforma la seguridad pública en una contabilidad de cadáveres.

Y cuando la muerte se convierte en estadística de rendimiento, hemos dado un paso importante hacia la lógica necropolítica.

El miedo como combustible

La necropolítica necesita miedo.

Porque un ciudadano aterrorizado acepta cosas que un ciudadano tranquilo probablemente cuestionaría.

Acepta más vigilancia.

Acepta más violencia.

Acepta menos controles.

Acepta menos garantías.

Acepta que determinadas personas sean tratadas como irrecuperables.

Y acepta que el Estado tenga cada vez más poder para decidir quién merece protección y quién merece castigo.

La fórmula política es extraordinariamente antigua:

primero produces miedo; después te presentas como la solución al miedo.

El enemigo se vuelve omnipresente.

La amenaza está en todas partes.

La nación está en peligro.

Los delincuentes están desafiando al Estado.

Y entonces aparece el líder fuerte:

"Yo los voy a eliminar."

No necesariamente dice "yo voy a destruir las instituciones".

Eso sería demasiado evidente.

Dice algo mucho más popular:

"Yo voy a destruir a quienes amenazan a la gente buena."

Y así, poco a poco, la discusión cambia.

Dejamos de preguntar si las instituciones funcionan.

Empezamos a preguntar si el gobernante es suficientemente duro.

La democracia deja de ser evaluada por la calidad de sus instituciones y comienza a ser evaluada por la brutalidad de su respuesta contra el enemigo.

Eso es terreno fértil para la necropolítica.

El muerto como propaganda

Aquí está quizá el elemento más importante.

Una muerte no es necesariamente necropolítica.

Una operación policial tampoco.

Incluso el uso legítimo de la fuerza letal tampoco.

La necropolítica aparece cuando la capacidad de producir muerte se integra en una estrategia de poder y se utiliza para clasificar vidas, disciplinar poblaciones y demostrar autoridad.

Por eso la exhibición pública de cadáveres resulta tan significativa.

El cuerpo muerto dice:

"Esto les puede pasar a quienes desafíen al Estado."

Pero también dice algo a quienes observan:

"Miren lo que somos capaces de hacer."

No es solamente información.

Es escenificación.

No es solamente seguridad.

Es teatralidad del poder.

El cadáver es el escenario.

El gobernante es el narrador.

Y la población es el público.

La trampa de confundir seguridad con exterminio

Aquí aparece otra mentira conveniente.

Nos dicen que cuestionar la exhibición de muertos equivale a defender delincuentes.

No.

Uno puede defender una política de seguridad firme y, al mismo tiempo, rechazar la glorificación de la muerte.

De hecho, precisamente porque queremos un Estado fuerte debemos exigirle límites.

Un Estado fuerte no es aquel que puede matar sin rendir cuentas.

Es aquel que puede combatir al crimen sin convertirse en aquello que combate.

Porque cuando el gobierno necesita demostrar diariamente que está matando enemigos, existe el riesgo de que la muerte deje de ser una consecuencia excepcional de la fuerza y se convierta en la medida misma de la eficacia estatal.

Y ahí tenemos un problema.

Porque entonces el éxito político necesita enemigos.

Y si necesitas enemigos para demostrar que eres fuerte, tienes un incentivo perverso para mantener permanentemente una sociedad aterrorizada.

La guerra nunca termina.

El enemigo nunca desaparece.

Siempre hace falta otro.

Siempre hace falta alguien más peligroso.

Siempre hace falta otro cadáver.

El verdadero peligro

La necropolítica no empieza necesariamente cuando el Estado mata.

Empieza cuando la sociedad aprende a disfrutar políticamente de la muerte.

Cuando vemos un cadáver y nuestra primera reacción ya no es horror sino satisfacción.

Cuando la pregunta deja de ser "¿se respetó la ley?" y pasa a ser "¿cuántos eliminaron?"

Cuando el gobernante recibe aplausos por mostrar cuerpos.

Cuando matar se convierte en una prueba de masculinidad política.

Cuando la compasión empieza a considerarse debilidad.

Cuando pedir debido proceso parece una defensa del enemigo.

Ahí el problema ya no está solamente en el gobierno.

Está también en nosotros.

Porque la necropolítica necesita una audiencia.

Necesita ciudadanos dispuestos a mirar la muerte convertida en espectáculo y decir:

"Bien hecho."

El poder que necesita cadáveres

Por eso la pregunta importante no es si los abatidos eran buenos o malos.

Si cometieron delitos, deben responder ante la justicia.

La pregunta más profunda es otra:

¿Por qué necesita un gobierno mostrar cadáveres para demostrar que gobierna?

¿Por qué la muerte debe convertirse en contenido político?

¿Por qué un cuerpo sin vida debe funcionar como trofeo?

¿Por qué la capacidad de matar tiene que convertirse en una virtud presidencial?

Ahí está el corazón de la necropolítica.

El problema no es solamente quién muere.

Es quién decide quién puede morir, quién queda fuera de la comunidad moral, quién tiene derecho a ser llorado y quién puede ser convertido en espectáculo sin que nadie se incomode.

Porque cuando el Estado empieza a decirnos que determinados cuerpos son simplemente "resultados", la pregunta siguiente es inevitable:

¿Quién será el próximo cuerpo que el poder considere necesario para demostrar su fuerza?

Y ahí es donde una sociedad democrática debería dejar de aplaudir.

No porque haya que proteger al criminal de la justicia.

Sino porque hay que proteger a la sociedad de algo todavía más peligroso:

la idea de que el poder demuestra su legitimidad por la cantidad de muertos que puede producir.

Eso sí es necropolítica.

Y una democracia que empieza a confundir la seguridad con el espectáculo de la muerte quizá todavía conserve elecciones, parlamento y tribunales.

Pero ya está aprendiendo una lección muy distinta:

que hay gobiernos que no necesitan que sus ciudadanos amen su poder.

Les basta con enseñarles a temerlo.