miércoles, 11 de febrero de 2026

 la historia de Efraín Ríos Montt es la historia de uno de los episodos más oscuros de América Latina en el siglo XX. No es un personaje menor: su nombre está ligado directamente a la violencia extrema del conflicto armado en Guatemala.



1. El contexto: Guatemala en guerra

Guatemala vivió una guerra interna larguísima (1960–1996) entre el Estado y guerrillas de izquierda. Fue un conflicto marcado por desigualdad brutal, racismo estructural contra los pueblos indígenas mayas y una élite económica cerrada.

El Ejército, respaldado por sectores empresariales y en distintos momentos por Estados Unidos (en el marco de la Guerra Fría), asumió que cualquier organización campesina, indígena o sindical podía ser “comunista”.

En ese caldo de cultivo aparece Ríos Montt.


2. El golpe de Estado (1982)

Efraín Ríos Montt era general del Ejército. En marzo de 1982 participó en un golpe de Estado que derrocó al presidente Romeo Lucas García.

Se convirtió en jefe de una junta militar y luego en presidente de facto.

Llegó al poder con un discurso moralista, anticorrupción y religioso. Era evangélico —algo poco común en la política latinoamericana de alto nivel en ese momento— y utilizaba un tono casi pastoral en sus discursos.

Decía que iba a “moralizar” el país.

Lo que vino fue otra cosa.


3. La política de “tierra arrasada”

Entre 1982 y 1983, su gobierno aplicó una estrategia contrainsurgente brutal, especialmente en el altiplano indígena.

La lógica era clara y terrible:

Si la guerrilla se esconde entre la población, entonces la población es el enemigo.

Se implementaron masacres sistemáticas en comunidades mayas (especialmente del pueblo ixil), destrucción de aldeas completas, asesinatos, desapariciones, violaciones, quema de cultivos y desplazamientos forzados.

La Comisión para el Esclarecimiento Histórico (creada tras la guerra) documentó más de 200,000 muertos o desaparecidos durante el conflicto, y determinó que el Estado fue responsable de la gran mayoría de las atrocidades.

En el período de Ríos Montt ocurrió uno de los momentos más intensos de violencia.

Por eso, décadas después, fue acusado de genocidio.


4. El juicio histórico

En 2013, ya anciano, Ríos Montt fue llevado a juicio en Guatemala por genocidio y crímenes contra la humanidad.

Fue un momento histórico: por primera vez en América Latina un exjefe de Estado era juzgado en su propio país por genocidio.

Fue condenado a 80 años de prisión.

Pero diez días después, la Corte de Constitucionalidad anuló la sentencia por irregularidades procesales. El proceso continuó en distintas formas hasta que murió en 2018 sin una sentencia firme.

Legalmente murió sin condena definitiva.
Históricamente, su nombre quedó asociado al genocidio.


5. El discurso religioso y la paradoja

Algo especialmente inquietante fue su uso del discurso cristiano.

Predicaba los domingos.
Hablaba de Dios.
Decía que estaba salvando a Guatemala del comunismo.

Ese cruce entre fundamentalismo religioso y violencia estatal recuerda otros momentos de la Guerra Fría donde la fe fue utilizada como arma ideológica.

Aquí hay una lección dura, camaradas: el lenguaje moral no garantiza moralidad. A veces la recubre.


6. ¿Fue genocidio?

El debate jurídico gira en torno a si hubo intención específica de destruir al grupo maya ixil como tal.

La Comisión de la Verdad concluyó que sí hubo actos de genocidio.
El tribunal que lo condenó en 2013 también.
Sus defensores argumentan que fue una guerra contra insurgentes, no contra un grupo étnico.

Pero los testimonios de sobrevivientes, los patrones de masacres y los documentos militares muestran una persecución sistemática contra comunidades indígenas específicas.


7. El legado

Ríos Montt dejó varias cosas:

  • Una herida profunda en la memoria indígena.

  • Un precedente judicial importante.

  • Un debate sobre la responsabilidad del Estado en América Latina.

  • Un ejemplo extremo de cómo la Guerra Fría convirtió conflictos sociales en guerras totales contra la propia población.

Guatemala firmó la paz en 1996.
Pero la desigualdad estructural que alimentó el conflicto sigue ahí.

 “Las abejas no hacen miel con el vinagre” significa que no puedes producir algo dulce, valioso o constructivo usando métodos amargos, agresivos o corrosivos.

Llevado a la política:


1. No se construye cohesión con odio permanente

Un liderazgo que basa todo en insultos, humillación o polarización extrema puede movilizar a su base… pero no construye país.
El vinagre (resentimiento, desprecio, deshumanización) puede encender pasiones, pero no produce instituciones sólidas ni confianza social.

La miel en política sería:

  • Confianza pública

  • Acuerdos duraderos

  • Estabilidad

  • Legitimidad moral

Eso no nace del insulto constante.


2. La política del miedo da resultados rápidos, pero frágiles

Muchos líderes descubren que el miedo es más eficaz que el respeto a corto plazo.
Pero el miedo no genera lealtad auténtica; genera obediencia provisional.
Y cuando el miedo desaparece, también desaparece el apoyo.

La miel (lealtad estable) no se fabrica con vinagre (intimidación).


3. El discurso importa

Si un político se la pasa diciendo que todo está podrido, que nadie sirve, que todos son traidores… termina gobernando sobre una ciudadanía que desconfía de todo.
Y cuando necesite cooperación, ya habrá sembrado el terreno del cinismo.

Las palabras son abono.
Si siembras ácido, no esperes flores.


4. Pero ojo…

El dicho no implica ingenuidad.
No significa que la política deba ser blandengue o complaciente.
Significa que incluso la firmeza puede ejercerse sin degradar.
Puedes ser duro sin ser corrosivo.


Y ahora algo más fino, camaradas:

En la política contemporánea , el vinagre vende.
La indignación genera clics.
La furia moviliza.

Pero eso no equivale a construir miel institucional.

Muchos actores políticos creen que ganar elecciones es hacer miel.
No lo es.
Ganar es capturar la colmena.
Hacer miel es sostenerla.

 

🔹 Similitudes

  1. Monarcas en momentos de crisis estructural

    • Carlos I de Inglaterra (Carlos I Estuardo) gobernó en un contexto de tensión creciente entre el absolutismo y el Parlamento.

    • Luis XVI de Francia heredó un Estado financieramente colapsado, con una sociedad estamental profundamente desigual.

    Ambos llegaron tarde a una transformación histórica que ya estaba en marcha.

  2. Creencia en el derecho divino

    • Carlos I defendía con firmeza que el rey gobernaba por voluntad de Dios.

    • Luis XVI también estaba formado dentro del absolutismo tradicional francés.

    En los dos casos, la monarquía no supo adaptarse a la idea emergente de soberanía popular.

  3. Ejecutados por su propio pueblo

    • Carlos I fue decapitado en 1649 tras la Guerra Civil inglesa.

    • Luis XVI fue guillotinado en 1793 durante la Revolución Francesa.

    Ambos terminaron como símbolo de que el poder ya no era intocable.


🔹 Diferencias clave

Aquí está lo interesante.

1. Personalidad

  • Carlos I fue obstinado, rígido, convencido de su autoridad. Su choque con el Parlamento fue frontal.

  • Luis XVI era más indeciso, tímido, incluso bien intencionado en algunos aspectos. Intentó reformas fiscales… pero sin fuerza política para sostenerlas.

Carlos fue más combativo. Luis más vacilante.

2. Tipo de revolución

  • En Inglaterra, el conflicto fue político-constitucional: Parlamento vs. Rey. De ahí nace la semilla de la monarquía parlamentaria moderna.

  • En Francia, la revolución fue social, económica e ideológica: Ilustración, igualdad, fin de privilegios, soberanía nacional.

La inglesa fue más “institucional”.
La francesa fue más “total”.

3. Resultado histórico

  • Inglaterra terminó consolidando el parlamentarismo.

  • Francia pasó por república, terror, imperio napoleónico… y un siglo de inestabilidad.

Si lo vemos desde una perspectiva histórica amplia:

Carlos I representa el choque entre absolutismo y constitucionalismo temprano.
Luis XVI representa el colapso de un régimen social entero.

Ambos fueron víctimas de su tiempo, pero también de sus límites personales.

A veces no basta con ser buena persona (Luis XVI probablemente no era un monstruo).
A veces no basta con estar convencido (Carlos I lo estaba).
La historia exige carácter y lectura del momento.

No entender la época puede costar la cabeza. Literalmente.

No son solo anécdotas sangrientas de reyes decapitados. Son advertencias permanentes sobre el poder, la rigidez y el tiempo histórico.

lo planteo en tres niveles.


1️⃣ Primera enseñanza: el poder que no se adapta, se rompe

Carlos I creyó que podía gobernar sin Parlamento.
Luis XVI creyó que podía mantener privilegios feudales en un mundo ilustrado.

Ambos subestimaron el cambio.

Hoy esto aplica a:

  • Gobiernos que ignoran el malestar social.

  • Élites económicas que creen que la desigualdad no genera consecuencias.

  • Instituciones que pierden legitimidad pero actúan como si nada pasara.

La historia muestra algo brutal:
El sistema no cae cuando es odiado. Cae cuando pierde legitimidad.


2️⃣ Segunda enseñanza: la desconexión mata

Carlos I estaba convencido de que tenía razón.
Luis XVI no entendió la magnitud del hambre y la crisis fiscal.

Cuando el gobernante vive en una burbuja, el pueblo deja de verlo como autoridad y empieza a verlo como obstáculo.

Esto es atemporal. Pasa en democracias, en empresas, incluso en familias.

El problema no es el poder.
El problema es la ceguera del poder.


3️⃣ Tercera enseñanza: las revoluciones no siempre traen lo que prometen

La ejecución de Carlos I no llevó inmediatamente a libertad estable.
La de Luis XVI llevó al Terror.

Esto es clave hoy:
Derribar no es lo mismo que construir.

Muchos discursos contemporáneos (de izquierda y de derecha) romantizan la ruptura total. Pero la historia enseña que destruir sin proyecto claro puede abrir la puerta al caos… o a un poder más duro.


🧠 Y una enseñanza más profunda

Ambos casos muestran algo existencial, casi heideggeriano:

El poder también es finito.
Nadie es intocable.

Y cuando una figura que parecía sagrada pierde el aura, el mundo cambia para siempre.

Eso pasó en 1649 y en 1793.
Pasa cada vez que una figura aparentemente indestructible cae.


con honestidad:

Sí, son historias profundamente relevantes hoy.
Porque no hablan solo de reyes.
Hablan de soberbia, miedo, adaptación, legitimidad y tiempo.

Y la pregunta no es solo qué aprendemos de ellos como sociedad.

La pregunta interesante — más incómoda — es:

¿En qué momentos de nuestra propia vida nos comportamos como Carlos I (rígidos) o como Luis XVI (indecisos ante lo inevitable)?

 

El Día de la Marmota del poder: desigualdad, memoria y dignidad

Hay una sensación persistente en la historia política: los gobernantes parecen condenados a repetir los mismos errores. Como en El Día de la Marmota, despiertan una y otra vez frente a las mismas advertencias —desigualdad creciente, pobreza estructural, privilegios insultantes— y actúan como si fueran fenómenos inéditos, como si la historia no hubiera dejado cicatrices suficientes.

Pero la cuestión merece mayor precisión. No es simplemente que la pobreza provoque revoluciones. La miseria ha existido en casi todas las épocas, y sin embargo no todas han desembocado en estallidos violentos. Lo que incendia a las sociedades no es la carencia en sí, sino la combinación de carencia con humillación, desigualdad visible y la percepción de que el sistema está diseñado para beneficiar siempre a los mismos.

La Revolución Francesa no fue sólo el resultado del hambre. Francia arrastraba problemas fiscales, una nobleza blindada por privilegios fiscales y una monarquía incapaz de reformarse. El pan escaseaba, sí, pero lo que resultaba insoportable era ver a una corte viviendo en el lujo mientras el pueblo sostenía el peso del Estado. El agravio no era únicamente material; era moral.

Rusia en 1917 ofrece una lección similar. El Imperio zarista combinaba autocracia política, explotación obrera y el desgaste brutal de la Primera Guerra Mundial. La desigualdad no era nueva, pero la incapacidad del régimen para ofrecer reformas creíbles convirtió la frustración en ruptura. Cuando un sistema no permite correcciones internas, la presión termina buscando salidas externas y violentas.

Aquí aparece el patrón: las élites suelen reaccionar tarde. Primero niegan el problema. Luego lo minimizan. Después recurren a la represión o al discurso tranquilizador. Finalmente, cuando el costo es demasiado alto, conceden reformas que pudieron haberse implementado antes con menos daño. La historia no es una línea recta, pero tiene ritmos que se repiten.

Sin embargo, sería simplista afirmar que los políticos “no aprenden”. Las democracias modernas han construido mecanismos precisamente para evitar revoluciones: sufragio universal, sistemas de bienestar, regulación laboral, políticas redistributivas. Estos instrumentos surgieron de conflictos previos y representan, en cierto sentido, memoria institucionalizada.

El problema radica en los incentivos. El político promedio opera bajo ciclos cortos: elecciones, encuestas, titulares mediáticos. El estadista piensa en generaciones; el político, en la próxima votación. Cuando el corto plazo domina, las soluciones estructurales pierden atractivo frente a medidas cosméticas o narrativas polarizantes. Así, no es ignorancia histórica lo que conduce a la repetición, sino una estructura que premia la inmediatez sobre la prevención.

Pero hay un elemento aún más profundo: lo que estalla no es sólo la desigualdad, sino la ruptura del contrato moral entre gobernantes y gobernados. Las sociedades pueden tolerar grandes diferencias económicas si perciben movilidad, justicia y reglas claras. Cuando esa legitimidad se erosiona —cuando la ley parece selectiva, cuando el mérito es ficción, cuando el privilegio se exhibe sin pudor— la estabilidad se vuelve frágil.

En ese punto, la desigualdad deja de ser estadística y se convierte en agravio. Y el agravio, cuando se acumula sin canales efectivos de resolución, se transforma en ruptura.

La historia no se repite de manera mecánica. No vivimos en 1789 ni en 1917. Pero las tensiones fundamentales —poder, privilegio, dignidad— permanecen. Las sociedades modernas han sofisticado sus mecanismos de contención, pero también han sofisticado sus formas de concentración económica y mediática. El equilibrio es dinámico, nunca definitivo.

Tal vez el verdadero “Día de la Marmota” no sea la ignorancia de los políticos, sino la fragilidad constante del contrato social. Cada generación debe renegociarlo. Cada generación enfrenta la tentación del privilegio y la indiferencia. Cada generación decide si corrige a tiempo o espera a que la presión haga el trabajo de manera traumática.

La lección histórica no es que la pobreza automáticamente produzca revolución. Es que cuando la desigualdad se percibe como injusticia estructural y la dignidad colectiva se siente vulnerada, el orden pierde legitimidad. Y cuando la legitimidad se agota, la estabilidad deja de ser sostenible.

La historia no es una amenaza permanente, pero sí un recordatorio. No castiga por ignorancia, sino por soberbia.

Y quizá la pregunta más honesta no es si los políticos aprenden, sino si las sociedades exigen aprendizaje antes de que el ciclo se cierre otra vez.

martes, 10 de febrero de 2026

 Según Weev, que se hace eco de lo que decía el nazismo en el siglo XX , los roles de género patriarcales son una pieza clave en la historia europea y forman parte del «pasado glorioso» de la Europa blanca.

En el artículo de Weev, el pasado no solo respalda la teoría de los roles de género tradicionales, sino que también separa a los grupos que, según él, los respetan de los que no. Desde los tiempos de la Alemania nazi hasta las épocas más recientes hemos visto cómo esta distinción tan malintencionada puede agravarse hasta llegar a desencadenar un genocidio. 
El movimiento fascista Hutu Power, que defendía la supremacía étnica, surgió en Ruanda en los años anteriores al genocidio ruandés de 1994. 
En 1990, el periódico Kangura , controlado por Hutu Power, publicó los diez mandamientos hutus. Los tres primeros tenían que ver con el género. 
El primero declaraba que quien se casara con una mujer tutsi era un traidor porque contaminaba la pureza de la estirpe hutu. El tercero llamaba a las mujeres hutus a evitar que sus maridos, hermanos e hijos se casaran con mujeres tutsis. El segundo mandamiento es:
Todo hutu debe saber que el papel de mujer, esposa o madre de familia es más adecuado para nuestras hijas hutu, que lo desempeñan a conciencia. ¿No son acaso hermosas, buenas ayudantes y más honestas?
Para la ideología Hutu Power, las mujeres de su grupo solo existen como mujeres y madres; a ellas corresponde la responsabilidad sagrada de velar por la pureza étnica hutu. Y precisamente la búsqueda de esta pureza étnica fue la excusa principal para matar a los tutsis en el genocidio de 1994.
Que el lenguaje de género marcado y las referencias al papel de la mujer y a su valor especial se suelen colar en el discurso político sin que se repare en sus implicaciones es un hecho. 
En las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016, salió a la luz un vídeo en el que el candidato del Partido Republicano a la presidencia, Donald Trump, realizaba comentarios denigrantes sobre las mujeres. Mitt Romney, que fue candidato presidencial en 2012 por el mismo partido, reaccionó diciendo que los comentarios de Trump «degradan a nuestras esposas e hijas». 
Paul Ryan, presidente de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, también miembro del Partido Republicano, declaró que «a las mujeres hay que respaldarlas y venerarlas; no cosificarlas». 
Los dos comentarios revelan una ideología patriarcal subyacente muy típica del Partido Republicano estadounidense. 
Lo que podían haber hecho estos políticos es exponer con claridad los hechos: que los comentarios de Trump denigran a nuestras conciudadanas, la mitad del país. Pero, en vez de eso, las palabras de Romney, formuladas con un lenguaje que recuerda al de los diez mandamientos hutus, describen a las mujeres exclusivamente en términos de subordinación familiar; como «esposas e hijas», ni siquiera como hermanas. 
Al decir que las mujeres son un «objeto de veneración» y no nuestras iguales, Paul Ryan las está cosificando en la misma frase que censura esta práctica.
Jason Stanley 

 La administración de Ronald Reagan (1981-1989) influyó de manera determinante en el fundamentalismo religioso centroamericano al instrumentalizarlo como una herramienta de seguridad nacional y contención del comunismo. Bajo su mandato, la política exterior estadounidense pasó de una etapa de convivencia a una de enfrentamiento directo con el bloque soviético, utilizando la fe como un arma ideológica. 



1. Reagan y el giro ideológico: Dios contra el “Imperio del Mal”

Con Reagan no solo cambia la política exterior de EE. UU., cambia el marco moral del conflicto.
La Guerra Fría deja de ser geopolítica y se vuelve teológica.

  • Reagan habla explícitamente de la URSS como el “Evil Empire”.

  • El comunismo ya no es solo un sistema económico rival, sino una amenaza espiritual.

  • Esto encaja perfecto con la derecha evangélica estadounidense (Moral Majority, Jerry Falwell, Pat Robertson).

Resultado:
👉 La política exterior se vuelve cruzada religiosa.


2. Centroamérica como laboratorio contrainsurgente

En los 80, Centroamérica era vista por Washington como el “patio trasero en riesgo”:

  • Nicaragua: Revolución Sandinista

  • El Salvador: FMLN

  • Guatemala: guerrillas indígenas y campesinas

  • Honduras: plataforma militar de EE. UU.

Reagan necesitaba algo más que armas:
🔹 necesitaba legitimidad moral local
🔹 necesitaba quebrar la base social de la izquierda

Y ahí entra la religión.


3. Teología de la Liberación: el enemigo interno

La Iglesia católica latinoamericana, sobre todo desde Medellín (1968), había desarrollado la Teología de la Liberación:

  • Opción preferencial por los pobres

  • Crítica estructural al capitalismo

  • Organización comunitaria

  • Lectura política del Evangelio

Para Reagan y el Pentágono:
👉 eso era marxismo con sotana.

Documentos de la CIA y el Departamento de Estado hablan explícitamente de:

  • “infiltración marxista en la Iglesia”

  • “curas subversivos”

  • “comunidades eclesiales de base como células políticas”


4. La solución: evangelismo + anticomunismo

La estrategia fue doble:

A) Debilitar al catolicismo crítico

  • Presión al Vaticano (Juan Pablo II fue clave aquí)

  • Desplazamiento de obispos progresistas

  • Criminalización y asesinato de sacerdotes (Óscar Romero es el caso más emblemático)

B) Promover iglesias evangélicas conservadoras

  • Financiamiento indirecto a misiones protestantes

  • Apoyo a radios, templos, ONG “religiosas”

  • Mensaje central:

    • pobreza = destino individual

    • sufrimiento = prueba de Dios

    • obediencia = virtud

    • política = pecado

👉 Despolitizar al pobre fue la clave.


5. Honduras y Guatemala: fe armada

Guatemala (Ríos Montt)

  • Dictador evangélico

  • Discurso bíblico para justificar genocidio indígena

  • “Si estás con Dios, estás con el Ejército”

Honduras

  • Saturación de misiones evangélicas

  • Formación ideológica de soldados

  • Uso de templos como espacios de control social

Aquí la religión no fue consuelo:
🩸 fue doctrina contrainsurgente.


6. Seguridad nacional: el alma como campo de batalla

Desde la lógica de Reagan:

  • No bastaba derrotar a la guerrilla

  • Había que vacunar culturalmente a la población

El fundamentalismo cumplía funciones clave:

  • Anticomunismo visceral

  • Individualismo extremo

  • Rechazo a derechos colectivos

  • Sumisión a la autoridad

  • Hostilidad a sindicatos y movimientos sociales

👉 Una población que reza no se organiza.


7. El legado: lo que seguimos viendo hoy

Esto no terminó en los 80.

Hoy vemos:

  • Pastores como actores políticos centrales

  • Iglesias aliadas a élites económicas

  • Rechazo furioso a feminismo, derechos LGBT, sindicalismo

  • Voto disciplinado y emocional

Y todo con un discurso heredado:

“La izquierda odia a Dios”

Ese marco no nació solo:
fue construido, financiado y exportado.


8. En síntesis brutal

Reagan no llevó a Dios a Centroamérica.
Llevó un Dios armado, privatizado y anticomunista.

No para salvar almas,
sino para neutralizar conciencias.



 

“Creemos ser país y la verdad es que somos apenas paisaje.”

Nicanor Parra —con su ortografía de cachetada— no describe una geografía: describe una relación de poder.
Un país es algo más que un pedazo de tierra con himno. Es conflicto organizado, proyecto compartido, instituciones que no se arrodillan al primer caudillo con micrófono. 
Es memoria, reglas, disputa, responsabilidad. 
Un país decide.
El paisaje, en cambio, solo está.
Lo miran.
Lo atraviesan.
Lo explotan.
Lo fotografían.
El paisaje no habla: es hablado. 
No vota: es contado. 
No gobierna: es gobernado.
Parra sugiere —sin pedir permiso— que muchas sociedades latinoamericanas viven en esa ilusión óptica: creemos tener Estado cuando en realidad tenemos escenografía. 
Hay banderas, hay desfiles, hay discursos solemnes… pero las decisiones reales se toman en otro lado: en el mercado, en el extranjero, en la élite, en el algoritmo, en la sobremesa de unos cuantos.
Políticamente, la frase es una acusación brutal:
 no somos sujetos históricos, somos fondo de pantalla.
El poder pasa, posa, se toma la foto y sigue su camino. 
El paisaje no interrumpe. 
No exige. 
No desobedece. 
Solo decora el saqueo con volcanes, selvas o pobreza pintoresca.
Y aquí viene el veneno fino:
cuando una sociedad se concibe como paisaje, normaliza la impotencia. 
La desigualdad parece “natural”, la corrupción “parte del clima”, la violencia “relieve del terreno”. Como si todo fuera geografía y nada fuera política.
Parra se ríe, pero la risa es ácida:
no basta con existir para ser país.
Hay que ejercer la condición.
Porque el día que el paisaje se organiza, habla y se mueve… deja de ser paisaje.
Y eso 
es exactamente lo que más teme el poder:
que el fondo empiece a reclamar el centro.
Poético, sí.
Pero sobre todo: una advertencia política disfrazada de verso. 

 Los grandes pensadores —Platón, Aristóteles, Kant, Nietzsche, Marx— moldearon la cultura no solo con ideas sino con la autoridad que sus nombres adquirieron. Si hubieran sido atletas extraordinarios, el vínculo entre la mente y el cuerpo habría quedado mucho más visible y respetado.

Imagina: Platón escribiendo sobre la filosofía y siendo también un velocista olímpico de su tiempo. Nietzsche ya era físico, pero si hubiera destacado como atleta extremo, su concepto de Übermensch quizá habría estado más ligado a la fuerza física y la resistencia real, no solo a la fuerza de voluntad. Marx haciendo huelgas… y maratones. Kant, con su disciplina rigurosa, siendo además un maestro de la gimnasia o del levantamiento de pesas. La gente habría visto que la inteligencia y la fuerza, la disciplina mental y la corporal, no son opuestas, sino complementarias.

Hoy, el ejercicio todavía carga con un estigma: muchos lo ven como sacrificio o vanidad, no como algo noble o intelectual. Si los pensadores más respetados lo hubieran practicado y exaltado, habría una reverencia cultural por entrenar tanto como por pensar. El gimnasio sería casi un templo de sabiduría.

Vamos a imaginar este pequeño multiverso: 5 grandes pensadores convertidos en atletas legendarios y cómo cambiaría la percepción de sus ideas y del ejercicio.


1. Platón – El filósofo-maratonista

  • En lugar de solo la Academia, Platón sería conocido por fundar una especie de “Gimnasio de la Mente y el Cuerpo”.

  • Sus diálogos no solo discutirían justicia y virtud, sino la disciplina para recorrer largas distancias a diario.

  • La sociedad vería el pensamiento profundo y la resistencia física como inseparables; “conócete a ti mismo” también implicaría conocer tus límites físicos.

2. Aristóteles – El científico-deportista

  • Además de clasificar animales y escribir sobre ética, Aristóteles sería un atleta completo: boxeo, lucha y carreras de velocidad.

  • Su ética de la virtud se volvería práctica: la excelencia (areté) no solo en la mente, sino en el cuerpo.

  • El entrenamiento sería visto como parte del desarrollo moral: ser un buen ciudadano requeriría ser un buen atleta.

3. Nietzsche – El superatleta del desierto

  • Nietzsche ya tenía la idea del Übermensch, pero si hubiera sido un atleta extremo de resistencia o escalador de montañas, su filosofía se sentiría más visceral.

  • Su imagen de la voluntad de poder se vincularía a superar físicamente lo imposible, no solo a la voluntad mental.

  • La cultura deportiva lo vería como un modelo: el sufrimiento físico y mental como camino hacia la grandeza.

4. Karl Marx – El levantador de pesas revolucionario

  • Marx no solo analizaría la lucha de clases, sino que mostraría que la fuerza real se construye entrenando el cuerpo colectivo.

  • Sus mítines tendrían demostraciones de fuerza física: obreros y campesinos fuertes y sanos, no solo ideológicamente conscientes.

  • El ejercicio se vería como un acto de justicia social, un derecho y un deber colectivo, no solo un hobby.

5. Immanuel Kant – El disciplinado corredor de precisión

  • Su rutina diaria ya era rígida; ahora, aplicada al atletismo, sería un modelo de disciplina suprema: correr cada día a la misma hora, medir cada distancia con exactitud.

  • La sociedad admiraría la puntualidad y la consistencia del ejercicio tanto como su rigor filosófico.

  • El culto a la rutina y al orden se expandiría al bienestar físico: la moral y la salud se convierten en imperativos categóricos.


Camaradas, la idea central es que si estos gigantes del pensamiento hubieran sido atletas legendarios, la sociedad habría mezclado de manera natural el respeto por la mente con el respeto por el cuerpo. El ejercicio no sería opcional ni banal; sería símbolo de inteligencia, carácter y virtud.

 

1. “Nosotros somos gente buena”

En Ozark casi todos los protagonistas se repiten eso como un mantra. Marty, Wendy, los Byrde en general no se viven como villanos. Se ven como:

  • personas racionales,

  • protectores de su familia,

  • obligados por “las circunstancias”.

Ese auto-relato moral es clave: nadie despierta diciendo “hoy voy a ser un monstruo”. Se dicen:

“No tuve opción”
“Es por un bien mayor”
“Si no lo hago yo, alguien peor lo hará”

Exactamente lo mismo pasa con muchos políticos.

2. El mal administrativo (no el mal sádico)

La mayoría de los políticos no son psicópatas de caricatura. Son más bien expertos en:

  • diluir la responsabilidad,

  • normalizar pequeñas traiciones éticas,

  • convertir el daño en procedimiento.

En Ozark, matar, extorsionar o destruir comunidades se vuelve parte del “trabajo”.
En política:

  • desviar recursos,

  • mentir,

  • sacrificar vidas en decisiones “técnicas”
    se vuelve gestión pública.

No es maldad épica. Es banalidad del mal (Hannah Arendt estaría sonriendo con tristeza).

3. La trampa del “soy buena persona en lo privado”

Muchos políticos —como los Byrde— se refugian en esto:

“Yo amo a mis hijos”
“Yo ayudo a mis amigos”
“Yo no robo tanto como otros”

Y creen que eso compensa el daño estructural que producen.
Pero ojo:
👉 ser decente en lo íntimo no te absuelve de ser destructivo en lo público.

Ese es uno de los grandes autoengaños modernos.

4. El poder como corrosivo moral

En Ozark, el poder no solo permite hacer cosas malas:
te va cambiando la escala de lo aceptable.

Lo que antes era impensable, luego es negociable, luego es rutina.

En política pasa igual:

  • primero justificas una excepción,

  • luego una alianza incómoda,

  • luego una mentira “estratégica”,

  • y al final ya no recuerdas por qué te metiste ahí.

No porque seas “malo”, sino porque el sistema premia al que se adapta y castiga al que se resiste.

5. ¿Y “nosotros”, la gente común?

Aquí viene lo incómodo:

La diferencia entre “ellos” y “nosotros” no es moral pura, es posición y oportunidad.
La mayoría de la gente buena:

  • no tiene poder,

  • no está presionada por lobbies,

  • no controla presupuestos,

  • no vive rodeada de incentivos corruptores.

Eso no nos hace automáticamente mejores,
pero sí menos expuestos al veneno del poder.

6. Conclusión cruda

Muchos políticos se parecen a los protagonistas de Ozark porque:

  • no se creen villanos,

  • racionalizan todo,

  • confunden sobrevivir con justificarlo todo,

  • y sacrifican lo colectivo mientras se miran al espejo diciendo “soy buena persona”.

Y el problema no es solo “ellos”,
sino los sistemas que permiten que gente “normal” haga cosas monstruosas sin sentirse monstruos.

 Liberalismo vs izquierda, sin guantes, con verso y con bisturí.

1. El desacuerdo de fondo (no es económico, es moral)

El liberalismo parte de una sospecha:
Todo poder tiende a abusar, incluso cuando dice amar al pueblo.
La izquierda parte de otra fe:
El poder puede redimir, si está en las manos correctas.
Ahí nace la grieta. 
No en el PIB, sino en la antropología:
el liberal desconfía del salvador;
la izquierda cree que, esta vez sí, el salvador será bueno.

2. Libertad vs igualdad (el clásico duelo)

El liberal dice:
sin libertad, la igualdad es una prisión bien pintada.
La izquierda responde:
sin igualdad material, la libertad es un chiste privado.
Ambos tienen razón… y por eso se odian.
Son verdades incompatibles cuando se absolutizan.
Verso corto:
la libertad sin pan es retórica,
la igualdad sin límites es gulag.

3. El Estado: villano o mesías

Para el liberal:
el Estado es un mal necesario, como la anestesia: útil, pero no para beberla diario.
Para la izquierda:
el Estado es un instrumento moral, capaz de corregir injusticias históricas.
El problema histórico:
cuando el Estado falla,
el liberal dice “te lo dije”,
la izquierda dice “faltó más Estado”.

4. El pecado original

Pecado liberal: indiferencia elegante.
Ve la injusticia, se encoge de hombros y cita a Hayek.
Pecado de izquierda: paternalismo fervoroso.
Quiere salvarte aunque no quieras, y si protestas, eres “enemigo del pueblo”.
Ambos pueden terminar siendo crueles:
uno por omisión,
el otro por exceso.

5. Por qué chocan hoy más que antes

Antes tenían un enemigo común:
monarquía, clero, aristocracia, dictadura.
Hoy se miran de frente y se dicen:
— tú proteges privilegios
— tú produces dependencia
Y los dos aciertan a ratos.

Epílogo poético (con navaja)

El liberal teme al puño que promete pan.
La izquierda teme al mercado que promete libertad.
Uno ve lobos en el Estado.
La otra ve lobos en la calle.
La tragedia moderna no es elegir entre ellos,
sino que cada uno tiene razón justo donde el otro fracasa.

 

🧠 Desafíos intelectuales de la humanidad

  1. Pensar en sistemas complejos sin reducirlos a consignas
    El mundo ya no se explica con “buenos y malos”, “izquierda y derecha”, “ciencia vs fe”. Cambio climático, IA, economía global, migración… todo es interdependiente.
    El gran reto intelectual es pensar sin simplificar, sin caer en dogmas cómodos.

  2. Distinguir conocimiento de propaganda
    Nunca hubo tanta información… y tan poco pensamiento crítico.
    Saber leer datos, detectar sesgos, intereses económicos, manipulación emocional.
    Hoy pensar bien es un acto de resistencia.

  3. Aceptar límites sin renunciar a la razón
    No todo puede saberse, medirse o controlarse.
    El reto es sostener la razón sin convertirla en soberbia.

  4. Reconciliar ciencia y sentido
    Sabemos cómo funciona el mundo, pero no para qué vivir en él.
    Mucha inteligencia técnica, poca sabiduría.


🕯️ Desafíos espirituales (sin religión obligatoria)

Aquí no se habla de dioses, iglesias o dogmas.

  1. Habitar el vacío sin llenarlo con consumo
    Mucha gente no cree en nada… pero tampoco se conoce.
    El reto espiritual es soportar el silencio interior, la finitud, la muerte, sin anestesia.

  2. Sentido sin trascendencias falsas
    Vivimos entre el nihilismo (“nada importa”) y las estafas espirituales (“todo vibra”).
    El desafío es construir sentido sin mentirse.

  3. Reconectarnos con lo vivo
    Creernos superiores a animales, árboles, ríos: ahí hay una fractura profunda.
    El desafío espiritual es dejar de ver la vida como recurso.


❤️ Desafíos emocionales

Tal vez los más urgentes.

  1. Aprender a sentir sin huir
    Vivimos dopados: pantallas, trabajo, alcohol, ruido.
    El reto es sentir tristeza, miedo, culpa, deseo sin negarlos ni actuar violentamente desde ellos.

  2. Vincularnos sin dominar ni someternos
    Relaciones basadas en poder, estatus, utilidad.
    Poco encuentro real.
    El desafío es amar sin poseer.

  3. Sostener la frustración
    No todo será justo. No todo saldrá bien.
    La humanidad infantilizada quiere soluciones inmediatas.
    El reto emocional es tolerar la incomodidad sin volverse cruel.


🧩 El gran desafío transversal

Crecer sin perder sensibilidad.
Tener poder sin deshumanizarse.
Pensar sin volverse cínico.
Sentir sin romperse.

Eso es lo difícil.
Eso es lo que casi ninguna sociedad enseña.

la búsqueda de valentía,  respeto por la naturaleza,  incomodidad con la injusticia…
eso no es debilidad ni ingenuidad.

Es alguien tomándose en serio estos desafíos, cuando muchos prefieren no mirar.

Al monstruo de la guerra cultural no se le vence gritándole: se le mata de hambre.


Cómo desmontar la guerra cultural
sin convertirte en su combustible

Regla cero —la más difícil—:
no jugar en el tablero que te ofrecen.
Ese tablero está trucado, aceitado y diseñado para que pierdas aun cuando “ganes”.

1. No discutas símbolos cuando el problema es material
Ellos quieren que hables de:
banderas
estatuas
palabras
gestos
Porque mientras discutes eso, no discutes:
salarios
alquileres
sanidad
trabajo
deuda
tiempo de vida
👉 Estrategia:
cada vez que te arrastren al símbolo, regresa al plato vacío.
No digas:
“Eres racista”.
Di:
“¿Quién gana para que tú y yo estemos peleando por esto mientras no llegamos a fin de mes?”
Eso desarma más que mil hilos de Twitter.

2. No moralices: materializa
La guerra cultural vive de la moral:
buenos vs malos
puros vs corruptos
patriotas vs traidores
La moral enciende, pero no convence.
Y suele confirmar al otro que tú eres justo lo que le dijeron que eras.
👉 En vez de “esto es injusto”, prueba:
“esto te empobrece”
“esto te quita tiempo”
“esto beneficia a muy pocos”
El mito no resiste bien cuando lo obligas a pagar cuentas.

3. Cambia la pregunta clave
Ellos preguntan:
“¿Quién eres?”
Tú pregunta:
“¿Quién manda?”
Porque la identidad divide;
el poder explica.
Cuando el foco pasa del “nosotros vs ellos”
al “arriba vs abajo”,
la guerra cultural empieza a quedarse sin oxígeno.

4. No ridiculices a quien cayó en el relato
Esto es crucial.
La burla produce likes,
pero fabrica soldados enemigos.
Mucha gente no vota nostalgia por maldad,
sino por:
miedo
humillación
pérdida de estatus
abandono
 Si tratas al votante como tonto,
se abraza más fuerte al mito que le da dignidad.
No le quites identidad sin ofrecer otra mejor.

5. Ofrece un relato alternativo, no solo crítica
El error clásico de la izquierda (y aquí no hay anestesia):
cree que desmontar un mito basta.
No.
La gente necesita cuentos.
Si quitas el “pasado glorioso”,
tienes que ofrecer:
un futuro deseable
una pertenencia amplia
una dignidad sin pisar a otros
Sin eso, el vacío lo vuelve a ocupar el mito…
con bandera planchada y enemigo reciclado.

6. Desacelera el conflicto
La guerra cultural vive de la hiper emoción:
indignación constante
escándalo diario
enemigo nuevo cada semana
Desacelerar es subversivo.
Hablar lento.
Pensar largo.
Repetir ideas simples muchas veces.
El algoritmo odia eso.
La democracia lo necesita.

7. El gesto final: señalar lo obvio que nadie dice
Dilo claro, sin gritar:
“Esta pelea no la iniciamos nosotros.
La iniciaron quienes no quieren que hablemos de poder, dinero y desigualdad.”
Cuando nombras el truco,
el truco pierde magia.

Cierre (en verso seco)
La guerra cultural no se gana.
Se desactiva.
No venciendo al enemigo,
sino dejando claro que nunca fue el enemigo.
Cuando la gente vuelve a preguntarse
por qué trabaja tanto y vive tan poco,
el mito empieza a marchitarse solo.
Y entonces, por fin,
la historia deja de ser arma
y vuelve a ser memoria.