sábado, 7 de noviembre de 2026




Crónica de un país que se mira al espejo y se ríe (para no llorar)

Carlos Monsiváis no nació: apareció.
Como aparecen los testigos incómodos, los gatos callejeros y las verdades que nadie pidió. Llegó a un México que ensayaba modernidades con la fe puesta en el milagro y el bolsillo agujereado. Desde entonces, Monsiváis fue ojo, oído y lengua: una hemeroteca con pulso, un archivo con carcajada.

Escribía como quien camina por la Alameda: observando, esquivando dogmas, recogiendo chismes con rango de teoría. Su prosa no pedía permiso; entraba, se sentaba y prendía la luz. Ironía fina, erudición sin soberbia, sarcasmo que no humilla sino desnuda. Monsiváis entendió pronto que en México la tragedia siempre trae bigote postizo y que el poder, cuando se pone serio, da risa.

Fue cronista porque la novela le quedaba chica y el ensayo demasiado solemne. Prefirió el híbrido: ese animal mestizo donde conviven el bolero, la nota roja, el cine de rumberas, la política y el chisme ilustrado. Su patria fue el lenguaje; su trinchera, la frase exacta. Y su método, simple y feroz: mirar sin concesiones.

Monsiváis amó a las minorías como quien ama la justicia: sin romanticismos. Defendió causas no por moda sino por decencia. Supo que la cultura popular no es un zoológico, sino un espejo colectivo. Que la televisión educa aunque finja no hacerlo. Que el kitsch también piensa. Y que el humor, cuando es lúcido, es una forma superior de la ética.

Nunca fue neutral: la neutralidad es un sillón cómodo que siempre está del lado del poder. Monsiváis eligió la incomodidad, ese lugar donde pensar cuesta y escribir arde. Militó en la palabra como otros militan en partidos: con disciplina, memoria y una risa afilada como navaja envuelta en terciopelo.

Murió —dicen—, pero eso es un error administrativo. Monsiváis se multiplicó: vive en cada crónica que desmonta la hipocresía, en cada lector que sospecha del discurso oficial, en cada carcajada que suena cuando la realidad se pone pomposa. Es el fantasma más útil del país: aparece cuando alguien dice “así son las cosas” y él responde, desde la página: no, así te las contaron.

Carlos Monsiváis fue —y sigue siendo— la conciencia crítica con sentido del humor.
Un país entero escribiéndose a sí mismo…
con buena sintaxis

y mala leche. 


La democracia no debería ser solamente el derecho a participar en la elección de nuestros gobernantes; debería ser también la posibilidad real de construir una vida digna, independientemente del lugar económico y social en el que hayamos nacido.

Y hay una pregunta que parece especialmente interesante para continuar esta reflexión:

Si una persona tiene libertad para votar, libertad para expresarse y libertad para competir económicamente, pero carece de educación, alimentación y oportunidades reales, ¿hasta dónde podemos decir que es verdaderamente libre?

Esa pregunta nos obliga a pensar la democracia no como una ceremonia electoral, sino como un proyecto permanente de dignidad humana.

 

Esta frase atribuida a Nelson Mandela contiene una idea profundamente política, pero también filosófica: la dignidad de una persona no se revela tanto por la posición que ocupa frente al poder, sino por la actitud que adopta ante él.

1. El poder pone a prueba el carácter

Es relativamente sencillo defender la justicia cuando no tenemos nada que perder. Lo complicado comienza cuando el poder puede ofrecernos beneficios, privilegios, reconocimiento o protección a cambio de nuestro silencio.

Ahí aparece la verdadera prueba.

Una persona puede hablar de libertad, igualdad y justicia, pero ¿qué sucede cuando quien vulnera esos principios es alguien que le puede favorecer?

La relación con el poder revela contradicciones que muchas veces permanecen ocultas.

2. La dignidad frente a la obediencia

Hay una diferencia entre respetar la autoridad y someterse intelectualmente a ella.

Respetar la autoridad no significa renunciar al pensamiento crítico. Tampoco significa aceptar que quien gobierna tiene siempre la razón.

La dignidad implica conservar la capacidad de cuestionar, disentir y señalar injusticias, incluso cuando hacerlo resulta inconveniente.

Y aquí aparece una cuestión interesante: ¿cuántas personas confunden la lealtad con la obediencia y la obediencia con la virtud?

3. El poder también compra silencios

No siempre necesita recurrir a la represión.

A veces basta con ofrecer:

  • Un cargo.
  • Una oportunidad económica.
  • Un espacio en los medios.
  • Acceso a determinados círculos.
  • Reconocimiento social.

El poder no solamente castiga a sus adversarios; también puede recompensar a quienes dejan de cuestionarlo.

Por eso, la independencia intelectual tiene un precio: no siempre económico, pero sí social.

4. Mandela y la paradoja del poder

Hay algo particularmente interesante cuando relacionamos esta frase con la trayectoria de Nelson Mandela.

Mandela pasó 27 años encarcelado por su lucha contra el apartheid. Después llegó a la presidencia de Sudáfrica.

Su trayectoria permite plantear una paradoja: quien pasó tantos años enfrentándose al poder terminó ocupándolo.

Y eso abre una pregunta fundamental: ¿cómo evitar convertirse en aquello contra lo que uno luchó?

Porque resistir al poder no garantiza saber ejercerlo con justicia.

La dignidad también se pone a prueba cuando uno tiene poder sobre los demás.

5. Una reflexión

Hay gente que se pasa la vida criticando al poderoso hasta que recibe una invitación a sentarse en su mesa.

Entonces descubre que el sistema no estaba tan mal después de todo. Que los privilegios tienen sus encantos, que las injusticias son más tolerables cuando uno no las padece y que la conciencia puede ser bastante flexible cuando aparece una nómina.

¡Qué curioso animal es el ser humano!

Algunos no cambian de principios: simplemente descubren cuánto cuestan.

Y otros, que jamás han tenido poder, ya se comportan como si fueran sus empleados de relaciones públicas.

La pregunta no es solamente quién manda. La pregunta es qué estamos dispuestos a sacrificar para estar cerca de quien manda.

La dignidad no consiste en estar siempre contra el poder, sino en no permitir que el poder decida por nosotros qué debemos pensar, qué debemos callar y qué injusticias debemos aceptar.

Porque también hay que tener cuidado: llevar la contraria por sistema no es independencia intelectual.

La verdadera autonomía consiste en poder reconocer los aciertos del adversario, cuestionar los errores del aliado y mantener los mismos principios independientemente de quién gobierne.



 La frase de Maude Royden, «The corruption of the best is the worst», puede traducirse así:

«La corrupción de lo mejor es lo peor».

Pero encierra una idea mucho más profunda de lo que parece a primera vista.

1. ¿Qué significa?

La frase expresa una paradoja moral: cuanto más noble es aquello que se corrompe, más devastadoras pueden ser las consecuencias de su corrupción.

No es lo mismo que alguien engañe para obtener un beneficio personal que alguien que utilice la justicia para justificar una injusticia. No es lo mismo que un delincuente robe que alguien que, en nombre de la ley, despoje a otros de sus derechos.

¿Por qué? Porque lo primero contradice unas normas; lo segundo destruye nuestra confianza en las propias normas.

Cuando se corrompe aquello que consideramos bueno, no solo perdemos ese bien: también perdemos la confianza que habíamos depositado en él.

2. La corrupción de los ideales

Pensemos en algunas instituciones y valores:

  • La justicia, cuando se convierte en un instrumento para perseguir al adversario.

  • La religión, cuando se utiliza para justificar el odio o el sometimiento.

  • La política, cuando quienes prometen servir al pueblo utilizan el poder para enriquecerse.

  • La ciencia, cuando el conocimiento se manipula para defender intereses particulares.

  • La libertad, cuando se invoca para justificar el abuso de los más poderosos.

En todos estos casos, la perversión resulta especialmente peligrosa porque el mal no se presenta como mal, sino disfrazado de virtud.

El corrupto corriente intenta ocultar lo que hace. El corrupto de los ideales puede llegar a convencerse de que está haciendo lo correcto.

Y ahí reside una de las mayores amenazas: cuando el mal se disfraza de bien, puede conseguir que las personas lo defiendan con la conciencia tranquila.

3. La corrupción de lo bueno puede ser peor que el mal declarado

Hay una diferencia fundamental entre actuar mal y corromper la idea misma del bien.

Un mentiroso sabe, al menos en principio, que está mintiendo. Pero alguien que convierte la mentira en una supuesta obligación moral puede terminar destruyendo la distinción entre verdad y falsedad.

Lo mismo sucede cuando se justifica la crueldad en nombre de la seguridad, la censura en nombre de la libertad o la violencia en nombre de la paz.

El peligro aparece cuando un valor legítimo se transforma en una coartada para cometer aquello que originalmente debía impedir.

La justicia puede convertirse en venganza. La lealtad, en complicidad. El patriotismo, en desprecio hacia los extranjeros. La solidaridad, en una herramienta de control.

El mal más peligroso no siempre es el que se opone al bien, sino el que consigue hacerse pasar por él.

4. Una reflexión sobre el poder

La frase también puede aplicarse a quienes ocupan posiciones de autoridad.

Cuanto mayor es la confianza depositada en una persona, una institución o una causa, mayor es el daño potencial cuando esa confianza se traiciona.

Un gobernante que promete proteger a los ciudadanos y termina persiguiéndolos no solo ejerce mal el poder: pervierte el significado de su mandato.

Una institución creada para defender a los débiles que termina protegiendo a los poderosos no solo incumple su función: utiliza el prestigio de su misión para perpetuar lo contrario de aquello que debía combatir.

Por eso la corrupción de los ideales puede ser más difícil de detectar que la corrupción económica. Esta última puede dejar rastros de dinero; la primera puede esconderse detrás de discursos impecables.

Y, cuando alguien denuncia el abuso, sus responsables pueden presentarse como los auténticos defensores de la justicia, la libertad o el bien común.

5. La conexión con otras ideas filosóficas

La frase de Royden guarda una estrecha relación con una intuición que aparece en distintas tradiciones filosóficas: el poder de hacer el bien también puede convertirse en una capacidad extraordinaria para hacer daño cuando pierde sus límites morales.

Cuanto mayor es la inteligencia, más sofisticadas pueden ser las justificaciones de una injusticia.

Cuanto mayor es el poder, más personas pueden sufrir sus consecuencias.

Y cuanto más noble es una causa, más fácil puede resultar utilizarla para silenciar las objeciones: ¿quién quiere aparecer como enemigo de la paz, de la justicia o de la libertad?

El problema no está en esos ideales, sino en creer que invocarlos basta para justificar cualquier acción.

Un ideal debería servir para juzgar nuestros actos, no para eximirnos de juzgarlos.


6. La paradoja final

Hay algo especialmente inquietante en esta frase: las cosas buenas no solo pueden ser destruidas por sus enemigos. También pueden ser destruidas desde dentro, por quienes dicen defenderlas.

Una sociedad puede perder la justicia cuando sus propios guardianes la pervierten. Una religión puede perder su humanidad cuando sus representantes convierten la fe en instrumento de dominación. Una democracia puede vaciarse de significado cuando quienes gobiernan utilizan sus mecanismos para debilitarla.

En todos esos casos, sobrevive la apariencia, pero desaparece la esencia.

Y quizá esa sea la advertencia más profunda de Maude Royden: no basta con defender lo bueno; también debemos vigilar aquello en lo que puede convertirse.

Porque el mal que se presenta abiertamente como mal despierta resistencia. El que se presenta como virtud puede conseguir algo mucho más peligroso: nuestra colaboración.

En definitiva: la frase nos recuerda que no debemos juzgar una acción por la nobleza de sus intenciones declaradas, sino por sus actos, sus consecuencias y los principios que realmente respeta.

Y deja una pregunta incómoda para cualquiera, no solo para los poderosos:

¿Cuántas veces defendemos algo porque es verdaderamente bueno y cuántas porque hemos aprendido a llamar bueno a aquello que nos conviene?

 El mérito en el entretenimiento es un chiste de mal gusto, un cuento de hadas para dormir a los idiotas que todavía creen que el trabajo duro te lleva a la cima. Nos encanta tragarnos la mentira de la "meritocracia", esa fantasía rosada donde si cantas como los ángeles y ensayas hasta que te sangren las cuerdas vocales, el mundo caerá rendido a tus pies.

¡Una basura!

El mundo no busca talento. El mundo busca lo que ya conoce, lo que es cómodo, lo que viene empaquetado con sello de garantía y un apellido famoso.

Entras a internet o prendes la televisión y ves un programa de talentos. De pronto sale un sujeto cualquiera, un tipo que probablemente maneja un camión de mudanzas o atiende una caja registradora, y el infeliz abre la boca y destruye el lugar. Tiene un timbre espectral, un rango de tres octavas y una emoción que te saca las lágrimas. Pensarías: "¡Dios mío, denle un contrato, llévenlo a un estadio, denle las llaves de la ciudad!"

Pero no. Mañana ese tipo regresa a cambiarle el aceite a tu coche.

Mientras tanto, en la radio, en los premios Grammy, en las portadas de revistas y en los escenarios principales de los festivales, tienes al escuadrón de los nepobabys. Niños de cuna de oro cuyo mayor logro genético fue haber salido del vientre adecuado. Jóvenes con la capacidad vocal de un microondas descompuesto, cantando canciones escritas por un comité de veinte productores ejecutivos y afinadas hasta el último milisegundo por un software informático. No cantan: los procesan. Son el equivalente auditivo a la comida rápida: predecibles, insípidos y llenos de conservadores.

Y ahí están, ocupando el 90% del aire, porque su papá conoce al dueño de la disquera, porque su mamá es productora de cine, o porque la familia entera ha sido dueña del circo durante tres generaciones.

La industria no quiere a alguien con talento de verdad. El talento real es peligroso. El talento real es incómodo, tiene criterio, exige respeto y no siempre entra en el molde del marketing. El hijito de papá, en cambio, es dócil. Ya viene educado para el negocio, sabe posar para la foto, tiene el capital para pagar las campañas de redes sociales y, sobre todo, perpetúa el club.

Porque de eso se trata todo esto: de un maldito club privado. Y tú y ese cantante brillante del programa de televisión no están invitados.

Esos programas de canto no existen para descubrir estrellas; existen para ver cómo los verdaderos artistas se pudren en el olvido y los mediocres con apellido ilustre heredan la tierra.

 En 1920 un informe del Pentágono planteaba lo que podría calificarse de portentosa insensibilidad de una superpotencia: “Esta expedición asume uno de los mejores ejemplos en la historia de empeños honorables y desinteresados […] ayudar a un pueblo a alcanzar una nueva libertad en circunstancias muy difíciles”[6].

La historia no nos dice cómo sería una Unión Soviética a la que se le hubiese permitido desarrollarse en una forma “normal”, de acuerdo con su elección. Conocemos, sin embargo, la naturaleza de la Unión Soviética que fue atacada en su mismo surgimiento, que se levantó por sí sola en medio de un mundo extremadamente hostil y que, cuando lograba llegar a la adultez, fue arrasada por la máquina de guerra nazi con la bendición de las potencias occidentales. Las inseguridades resultantes y los temores creados por esto han conducido de forma inevitable a deformidades de carácter similares a las que presentaría un individuo sometido a amenazas letales semejantes.
En Occidente jamás se nos permite olvidar los descalabros políticos (reales e inventados) de la Unión Soviética, en cambio, nunca se nos recuerda la historia que subyace tras ellos. La campaña de propaganda anticomunista comenzó incluso antes que las intervenciones militares. Antes de que finalizara el año 1918, expresiones tales como “Peligro Rojo”, “el ataque bolchevique a la civilización” y “la amenaza de los rojos para el mundo” se volvieron lugares comunes en las páginas del New York Times.
Durante febrero y marzo de 1919, un subcomité del Senado sostuvo audiencias en las que fueron expuestas numerosas “historias de horror bolchevique”. El carácter de algunos de los testimonios puede ser evaluado por el titular en el usualmente desapasionado Times del 12 de febrero de 1919:
DESCRITOS HORRORES BAJO EL PODER ROJO. R. E. SIMONS Y W. W. WELSH CUENTAN A LOS SENADORES LAS BRUTALIDADES DE LOS BOLCHEVIQUES: MUJERES DESNUDADAS EN LAS CALLES, GENTES DE TODAS CLASES, EXCEPTO LA ESCORIA, SOMETIDAS A VIOLENCIA POR LA TURBA.
El historiador Frederick Lewis Schuman ha planteado: “El resultado directo de estas audiencias […] fue dar una imagen de la Rusia soviética como una especie de manicomio habitado por esclavos miserables sometidos por entero a la voluntad de maniáticos homicidas cuyo propósito era destruir todo rastro de civilización y regresar la nación a la barbarie”[7].
Puede afirmarse de manera literal que no hubo historia acerca de los bolcheviques que fuese demasiado forzada, grotesca o pervertida como para no publicarla y darle amplio crédito: desde la nacionalización de las mujeres hasta los bebés que eran devorados (tal como los antiguos paganos creían que los cristianos devoraban a sus niños, algo de lo que también se acusó a los judíos en la Edad Media). Los cuentos acerca de las mujeres, con todas sus espeluznantes connotaciones —de que se consideraban propiedad estatal, se les obligaba a contraer matrimonio, a practicar el “amor libre”, etc.—, “fueron radiodifundidos a todo el país a través de miles de emisoras”, escribió Schuman, “y tal vez fue lo más efectivo para grabar la imagen de los rusos comunistas como criminales pervertidos en la mente de los ciudadanos norteamericanos”.[8] Esta historia continuó siendo divulgada incluso después de que el Departamento de Estado se vio forzado a anunciar su falta de veracidad (que los soviéticos se comían a sus criaturas era algo que todavía se enseñaba en la John Birch Society a su vasta audiencia en 1978).[9]Hacia fines de 1919, cuando la derrota de los Aliados y el Ejército Blanco era previsible, el New York Times publicó los siguientes titulares amenazadores:
30 de diciembre de 1919: “Los Rojos buscan la Guerra con Estados Unidos”.
9 de enero de 1920: “El Alto Mando califica de siniestra la amenaza bolchevique para el Medio Oriente”.
11 de enero de 1920: “Oficiales aliados y diplomáticos [avizoran] una posible invasión a Europa”.
13 de enero de 1920: “Círculos diplomáticos aliados temen una invasión a Persia”.
13 de enero de 1920: en primera página, al ancho de ocho columnas: “Gran Bretaña enfrentada a la guerra con los rojos, convoca reunión en París. Diplomáticos bien informados esperan una invasión militar a Europa y un avance soviético hacia el sur y el este de Asia”.
La mañana siguiente, sin embargo, podía leerse: “No habrá guerra con Rusia, los Aliados negociarán”.
7 de febrero de 1920: “Los rojos preparan un ejército para atacar India”.
11 de febrero de 1920: “Se teme que los bolcheviques invadan ahora el territorio japonés”.
Los lectores del New York Times debían creer que todas esas invasiones partirían de un país que estaba destrozado como lo han estado pocas naciones en la historia; una nación que todavía trataba de recuperarse de una terrible guerra mundial, en pleno caos por una revolución social fundamental que acababa de despegar; envuelta en una brutal guerra civil contra fuerzas respaldadas por las mayores potencias del mundo; con la industria, que para empezar nunca fue desarrollada, en ruinas; en fin, un país asolado por una hambruna que dejaría millones de muertos antes de ser eliminada.
 
William Blum 




El club de los intocables: De cómo los impuestos son una broma privada y la pobreza, un accesorio de moda

Hay algo verdaderamente fascinante en la capacidad de la clase dirigente para mearse en tu cara y convencerte de que está lloviendo. O mejor aún: para comprarse una sombrilla con tu dinero mientras te explican que el agua es por tu propio bien.

Imagínense la escena. En las calles de Paraguay, la gente común —esa masa ruidosa y fastidiosa que insiste en comer, enfermarse y exigir derechos básicos— sale a protestar. Reclaman contra las políticas económicas, contra el costo de la vida, contra la asfixia fiscal que les deja el bolsillo más vacío que la cabeza de un relacionista público. ¿Y qué hace la realeza local? ¿Qué hace la descendencia directa de la alta aristocracia tecnócrata del poder?

Se pone una camiseta que dice: “Impuestos a los pobres”.

No es un error tipográfico. No es una ironía sutil diseñada por un comediante ácido. Es una confesión estética. Es el equivalente moral de salir a pasear con una remera que diga: "Me importa un rábano que tus hijos cenen tierra" o "Ustedes son el colchón financiero de mis vacaciones en yate".

Lo maravilloso de las élites modernas es que ya ni siquiera se molestan en disimular. Durante siglos, los reyes y los oligarcas mantenían al menos las formas. Fingían piedad, hablaban de sacrificios patrióticos, donaban migajas a la caridad con cámaras de televisión enfrente. Pero hoy no. Hoy la desconexión es tan absoluta, tan estratosférica, que el sufrimiento ajeno se convierte en una graciosa anécdota de vestidor. Los pobres ya no son ciudadanos con derechos; son una categoría abstracta, una externalidad molesta, poco más que ganado con derecho a voto que interrumpe el brunch dominical.

Verán, el impuesto en el mundo de los ricos no es un tributo a la solidaridad social; es un deporte de espectadores. Es como jugar al Monopoly, solo que las fichas son las casas de los demás y el dinero real se lo quedan ellos en paraísos fiscales. Cuando una chica de la élite se pone esa remera, no está cometiendo una torpeza juvenil. Está diciendo la verdad en voz alta. Está revelando el chiste interno del club: “Nosotros gobernamos, ustedes pagan, y encima nos da risa”.

Y lo peor de todo no es la arrogancia de la hija del presidente. Lo peor es que tiene razón en burlarse. Porque el sistema está tan perfectamente armado, los mecanismos de sumisión están tan bien engrasados, que pueden escupirte en la frente a la luz del día y lo único que pasará será un tuit indignado que se olvidará mañana a la hora del almuerzo.

Hay algo profundamente revelador en la frase «Impuestos a los pobres».

Si se trata de una ironía, convendría recordar que el humor también tiene una dimensión social. No es lo mismo reírse del poderoso que convertir en objeto de burla a quien ya tiene pocas herramientas para defenderse.

Y si se trata de una provocación política, entonces merece una pregunta: ¿qué tiene de gracioso que quienes menos tienen carguen con mayores dificultades?

Quizá el verdadero problema de algunas élites no sea que desconozcan la pobreza. Es que han llegado a vivir tan lejos de ella que pueden permitirse bromear sobre sus consecuencias.

Y mientras tanto, los ciudadanos siguen haciendo lo que hacen todos los días: trabajar, pagar, sobrevivir, protestar y volver a trabajar.

Porque hay una diferencia monumental entre tener un país a tu disposición y tener que vivir en él.

Y quizá esa sea la fotografía que realmente deberíamos mirar: no la de una joven con una camiseta provocadora, sino la de una sociedad donde algunos pueden convertir las dificultades de los demás en una broma, mientras otros no tienen el lujo de reírse.

Bienvenidos al siglo XXI: donde la desigualdad no solo se padece, ahora también viene con su propia línea de merchandising.

domingo, 1 de noviembre de 2026

 


«Grito que no creo en nada y que todo es absurdo, pero no puedo dudar de mi grito y necesito, al menos, creer en mi protesta».

— Albert Camus


La frase encierra una contradicción profundamente política: ¿cómo rebelarse contra un mundo en el que ya no creemos?

Si todo es absurdo, si las instituciones mienten, si los poderosos manipulan las reglas y si las promesas de justicia terminan convirtiéndose en discursos vacíos, ¿qué razones quedan para luchar?

Camus nos coloca ante una paradoja: podemos perder la fe en las grandes explicaciones del mundo, pero todavía sentimos que hay cosas que no debemos aceptar.

Podemos desconfiar de los partidos políticos, de los gobiernos, de las ideologías e incluso de quienes aseguran tener la solución definitiva para la humanidad. Sin embargo, esa desconfianza no elimina nuestra capacidad de indignarnos ante la injusticia.

Un trabajador puede haber dejado de creer en los políticos, pero sigue sabiendo que no es justo trabajar toda la vida y no tener lo suficiente para vivir dignamente.

Un ciudadano puede desconfiar de todos los partidos, pero todavía puede indignarse cuando descubre que los recursos públicos terminan en los bolsillos de unos cuantos.

La pérdida de la fe en las instituciones no implica necesariamente la pérdida de nuestro sentido de la justicia.

Ahí comienza la protesta.

El poder político necesita algo más que policías, leyes y recursos económicos para mantenerse. También necesita que las personas acepten, en alguna medida, la legitimidad del orden existente.

Para conseguirlo, los gobiernos construyen relatos:

  • «Estamos trabajando por el bien de todos».

  • «Los sacrificios de hoy traerán prosperidad mañana».

  • «Este es el único camino posible».

  • «Quienes nos critican están contra el pueblo».

  • «Hay que tener paciencia; los resultados llegarán».

Estas afirmaciones no son necesariamente falsas por sí mismas. El problema aparece cuando se utilizan para justificar indefinidamente la desigualdad, encubrir los abusos o evitar que los gobernantes rindan cuentas.

Llega un momento en que las palabras pierden credibilidad. Las personas escuchan las promesas, observan sus condiciones de vida y descubren una distancia entre lo que se dice y lo que sucede.

Entonces aparece el grito de Camus.

Ese grito no necesariamente contiene un programa político, una teoría económica o una alternativa de gobierno. Puede expresar algo mucho más elemental: «No acepto que me digan que esto es justo cuando puedo ver que no lo es».

En términos políticos, la protesta es el rechazo a que el poder tenga la última palabra sobre lo que debemos considerar aceptable.

Y ese rechazo es importante porque ninguna sociedad democrática debería exigir a sus ciudadanos una confianza incondicional en quienes los gobiernan.

Cuando una persona deja de creer en la política, puede tomar dos caminos.

Primer camino: el cinismo.

«Todos los políticos son iguales».

«Nada va a cambiar».

«Cada quien busca su beneficio».

«No vale la pena hacer nada».

El cinismo parece una forma de lucidez porque reconoce la hipocresía, la corrupción y los intereses particulares. Pero puede terminar convirtiéndose en una forma involuntaria de obediencia.

¿Por qué?

Porque si creemos que todos los abusos son inevitables, dejamos de exigir responsabilidades. Si suponemos que nada puede cambiar, renunciamos a intervenir. Y si consideramos que todas las alternativas son igualmente malas, terminamos aceptando cualquier situación.

El poder puede beneficiarse de esa resignación.

No necesita convencernos de que sus decisiones son justas. Le basta con que pensemos que no existe ninguna posibilidad de hacerlas menos injustas.

Segundo camino: la rebelión.

«No confío ciegamente en ningún partido, pero tampoco acepto que la corrupción sea inevitable».

«No tengo una respuesta para todos los problemas, pero puedo señalar una injusticia cuando la encuentro».

«No sé si lograremos cambiar las cosas, pero eso no convierte en correcto permanecer indiferentes».

Esta segunda posición no exige optimismo ingenuo. Tampoco requiere creer que la historia avanza necesariamente hacia un mundo mejor.

Exige algo más modesto y, al mismo tiempo, más difícil: negarse a confundir lo que existe con lo que debería existir.

La diferencia es fundamental. El cínico puede terminar adaptándose al mundo porque considera inútil transformarlo. El rebelde conserva la capacidad de juzgarlo, incluso cuando no sabe cómo cambiarlo.

4. La protesta contra el poder también debe cuestionar a quienes dicen combatirlo

Aquí conviene llevar la frase un paso más lejos.

En política, las personas no solo pueden perder la confianza en las instituciones existentes. También pueden depositar todas sus esperanzas en un líder, un partido o una revolución que promete destruir el orden anterior.

Y ahí aparece una nueva contradicción.

Quien protesta contra la corrupción puede terminar justificando la corrupción de su propio grupo.

Quien denuncia la manipulación mediática puede terminar creyendo ciegamente en la propaganda de su movimiento.

Quien exige libertad puede terminar defendiendo la represión cuando la ejerce un gobernante con el que simpatiza.

Quien denuncia los privilegios de las élites puede terminar justificando los privilegios de una nueva élite que habla en nombre del pueblo.

En todos estos casos, la protesta original corre el riesgo de convertirse en una nueva forma de obediencia.

Por eso, la idea de Camus tiene una lectura política que va más allá de la indignación: la rebelión pierde su sentido cuando deja de cuestionar el poder y empieza a concederle una inmunidad moral.

No basta con estar contra el gobierno de turno. También hay que examinar las relaciones de poder que sobreviven a los cambios de gobierno.

No basta con denunciar a los privilegiados de ayer. Hay que observar quiénes se convierten en los privilegiados de hoy.

Y no basta con afirmar que se gobierna en nombre del pueblo. Hay que preguntar quién se beneficia realmente de las decisiones tomadas en su nombre.

La protesta necesita conservar su independencia, incluso frente a las causas que considera justas.

Camus frente al absurdo: ¿para qué luchar si no hay garantías de victoria?

Esta es quizá la dimensión filosófica más profunda de la frase.

Camus cuestiona la necesidad de encontrar un sentido definitivo que justifique nuestra existencia. El mundo no nos garantiza que la justicia triunfará, que los inocentes serán recompensados o que los sacrificios producirán los resultados esperados.

La historia no firma contratos con quienes luchan por un mundo mejor.

Una sociedad puede combatir una dictadura y terminar bajo otro autoritarismo. Una revolución puede derrocar a una élite y producir otra. Una lucha social puede conseguir avances que después sean recortados.

Nada garantiza una victoria permanente.

Pero de ello no se desprende que todas las acciones sean equivalentes.

Que la injusticia pueda prevalecer no significa que debamos considerarla justa. Que una protesta pueda fracasar no significa que carezca de valor. Que no exista una solución definitiva no significa que no podamos resolver problemas concretos.

Podemos reducir la explotación sin abolir todas las desigualdades. Podemos defender las libertades sin construir una sociedad perfecta. Podemos exigir transparencia sin erradicar toda la corrupción.

La ausencia de garantías no elimina la responsabilidad de actuar.

En esta lectura, la protesta no necesita prometer la salvación de la humanidad. Le basta con defender la dignidad humana frente a aquello que la amenaza.

Y eso tiene una consecuencia política importante: no necesitamos creer que vamos a cambiar el mundo por completo para tener razones para cambiar aquello que podemos.

La rebelión de Camus tiene un sentido que me parece especialmente poderoso: establece un límite.

La persona rebelde no se limita a decir «esto me perjudica». También puede decir «esto no debería hacerse, aunque yo no sea quien sufre directamente las consecuencias».

Esa diferencia separa el interés individual de una posible conciencia de justicia.

Si protestamos únicamente cuando nos perjudican, nuestra oposición puede ser una defensa de nuestros propios privilegios.

Si protestamos también cuando el abuso afecta a otros, incluso cuando no obtenemos un beneficio personal, comenzamos a construir una solidaridad política.

Pensemos en tres situaciones:

  • Un ciudadano denuncia la corrupción cuando gobierna el partido contrario, pero guarda silencio cuando la comete su partido.

  • Un trabajador rechaza que se vulneren sus derechos, pero considera aceptable que se vulneren los de quienes tienen empleos más precarios.

  • Una persona critica los abusos del Estado cuando afectan a su grupo, pero los justifica cuando las víctimas pertenecen a un grupo que desprecia.

En los tres casos existe una protesta condicionada por la identidad o el interés.

Una protesta más consecuente exige someter a crítica también a los nuestros.

No porque todos los actores políticos sean idénticos, sino porque ninguna identidad política debería colocarnos por encima de los principios que exigimos a los demás.

La justicia pierde su significado cuando se convierte en una herramienta para castigar a los adversarios y proteger a los aliados.

Y aquí está la dimensión política más profunda de la frase: el poder puede conseguir que desconfiemos de nuestras posibilidades de cambiar la realidad, pero no deberíamos permitirle que decida también qué injusticias estamos obligados a tolerar.

La protesta empieza cuando dejamos de confundir la realidad con la fatalidad.

Y se vuelve verdaderamente transformadora cuando, además de gritar contra el poder, somos capaces de comprenderlo, organizar una alternativa y cuestionar también a quienes pretenden ejercerlo en nuestro nombre.


 "Nos basta una mano para matar.

Necesitamos dos para acariciar,

para aplaudir y todas las del

mundo para conseguir la paz."


- Gloria Fuertes


 

El intelectual que obedece al poder

se convierte en un peligro público. 


La frase plantea una paradoja inquietante: quien posee las herramientas para cuestionar el mundo puede terminar utilizándolas para justificarlo tal como es, incluso cuando ese mundo produce injusticia.

El peligro no reside en que un intelectual tenga ideas políticas, trabaje para un gobierno o defienda determinadas decisiones. El problema comienza cuando renuncia a examinar críticamente aquello que defiende y pone su inteligencia al servicio de la obediencia.

1. La traición a la inteligencia

Esperamos que un intelectual haga algo más que acumular conocimientos. Esperamos que pregunte, investigue, contraste evidencias y cuestione las explicaciones que se presentan como verdades indiscutibles.

Pero ¿qué ocurre cuando deja de hacer esas cosas?

Su conocimiento puede convertirse en una herramienta de legitimación. Ya no investiga para descubrir qué sucede, sino para encontrar argumentos que demuestren que el poder tiene razón. Ya no confronta los hechos con sus ideas: acomoda los hechos a sus ideas.

El mecanismo es sutil. No necesita mentir descaradamente. Puede seleccionar los datos que le convienen, silenciar los que le incomodan, utilizar tecnicismos para ocultar consecuencias humanas o presentar decisiones cuestionables como si fueran inevitables.

La inteligencia, separada de la independencia crítica, puede volverse una sofisticada maquinaria de autoengaño y engaño colectivo.

El ignorante puede difundir un prejuicio. El intelectual que sirve al poder puede construir una teoría para hacerlo parecer razonable.

2. ¿Por qué es un peligro público?

Porque su influencia no se limita a lo que piensa, sino que alcanza a lo que los demás consideran legítimo, verdadero o aceptable.

Un gobernante puede imponer una decisión mediante su autoridad. Pero necesita algo más para que esa decisión sea aceptada: argumentos, explicaciones, expertos, comentaristas y discursos que la presenten como necesaria, justa o beneficiosa.

Ahí aparece el intelectual subordinado.

  • Justifica lo injustificable: transforma los abusos en supuestas necesidades históricas.

  • Desacredita a los críticos: en lugar de responder a sus argumentos, cuestiona sus intenciones o su legitimidad.

  • Confunde lealtad con verdad: considera que reconocer un error perjudica a la causa que defiende.

  • Normaliza la injusticia: convierte situaciones excepcionales en prácticas que la sociedad termina tolerando.

Su contribución más peligrosa puede ser hacer que las personas dejen de percibir un problema como problema.

Cuando una injusticia se presenta con suficiente elegancia intelectual, corre el riesgo de parecer una necesidad administrativa, una exigencia económica o un sacrificio inevitable.

3. Gramsci, Chomsky y la función del intelectual

Tres perspectivas ayudan a profundizar en esta idea.

Antonio Gramsci: la construcción del consentimiento

Gramsci analizó cómo el poder se sostiene no solamente mediante la coerción, sino también mediante la hegemonía cultural: ideas e interpretaciones del mundo que llegan a parecer naturales o de sentido común. Desde esta perspectiva, el intelectual puede contribuir a cuestionar ese sentido común o a reproducirlo.


Noam Chomsky: la responsabilidad de decir la verdad

Chomsky ha cuestionado el papel de los intelectuales que legitiman las acciones de los Estados poderosos. Su enfoque invita a examinar las decisiones del propio gobierno, no únicamente las de sus adversarios. La prueba de independencia consiste, en parte, en aplicar los mismos criterios cuando la crítica resulta incómoda para nuestro propio bando.


Julien Benda: la traición de los intelectuales

En su obra La traición de los intelectuales (1927), Benda criticó a quienes abandonan las exigencias universales de la verdad y la justicia para ponerse al servicio de pasiones políticas, nacionales o partidistas. Su preocupación sigue siendo pertinente: ¿defendemos un principio porque creemos que es justo o porque beneficia al grupo al que pertenecemos?

Las tres perspectivas convergen en una cuestión: el conocimiento nunca circula en un vacío social. Puede ayudar a revelar las relaciones de poder, pero también puede contribuir a ocultarlas.

4. El problema de los intelectuales de nuestro propio bando

Aquí está la parte más incómoda de la frase.

Es fácil identificar al intelectual servil cuando defiende al político que detestamos. Lo difícil es reconocerlo cuando defiende al político con el que simpatizamos.

El intelectual verdaderamente independiente no tiene que ser neutral ante todas las injusticias. Puede tener convicciones firmes, defender una transformación social o apoyar determinadas políticas. Lo decisivo es que conserve la capacidad de reconocer los errores de su propio movimiento.

Si denuncia la corrupción del adversario, pero justifica la corrupción de sus aliados, no está aplicando un principio: está aplicando una preferencia.

Si exige transparencia a un gobierno, pero acepta el secretismo del gobierno que apoya, su criterio depende de quién ejerce el poder.

Y si considera que toda crítica a su causa favorece automáticamente al enemigo, termina convirtiendo sus convicciones en una inmunidad frente a los hechos.

La independencia intelectual no se demuestra criticando siempre al poder, sino conservando la capacidad de criticarlo cuando hacerlo tiene un costo para nuestras propias convicciones, intereses o lealtades.

5. ¿Significa esto que todo intelectual cercano al poder es peligroso?

No necesariamente. Esta distinción importa.

Los gobiernos necesitan especialistas, asesores, científicos, economistas, juristas y técnicos. Colaborar con una institución pública no equivale a someterse a ella. Un experto puede aportar conocimientos, mejorar políticas y señalar errores desde dentro.

La diferencia está en la relación entre el conocimiento y la autoridad.

Un intelectual puede colaborar con el poder sin renunciar a su independencia. El problema aparece cuando la cercanía institucional, los privilegios, el prestigio o la identificación ideológica condicionan lo que está dispuesto a investigar, decir o reconocer.

Por eso, una pregunta más útil que «¿trabaja para el poder?» sería:

¿Qué estaría dispuesto a reconocer si las evidencias contradijeran aquello que el poder necesita que creamos?

Esa pregunta permite distinguir la colaboración legítima de la subordinación intelectual.

6. El peligro más profundo: dejar de pensar por cuenta propia

La obediencia intelectual no siempre se impone mediante amenazas. A veces surge de recompensas más agradables: reconocimiento, acceso a los círculos de influencia, invitaciones, contratos, prestigio o la satisfacción de sentirse parte de una causa histórica.

Nadie necesita ordenar explícitamente que se oculte una verdad si el intelectual ya ha aprendido qué verdades conviene no mencionar.

Y aquí aparece una tragedia: quizá esa persona siga considerándose rebelde, crítica y comprometida con la justicia. Puede incluso creer sinceramente que está defendiendo al pueblo. Sin embargo, ha sustituido el examen de los hechos por la fidelidad a una identidad política.

El poder ya no necesita silenciar su pensamiento. Ha conseguido algo más eficaz: que su pensamiento trabaje espontáneamente para él.


Conclusión: la inteligencia no debería tener dueño

Esta frase nos recuerda que el conocimiento no garantiza la sabiduría, del mismo modo que la educación no garantiza la honestidad. Una persona puede dominar la filosofía, la historia o la economía y utilizar esos conocimientos para racionalizar aquello que, en otras circunstancias, sería capaz de denunciar.

El intelectual tiene una responsabilidad particular porque dispone de herramientas para analizar la realidad y porque sus palabras pueden influir en cómo otros la interpretan. Esa responsabilidad no exige infalibilidad, pureza moral ni una oposición automática a toda autoridad. Exige algo más difícil: mantener abiertos los mecanismos de corrección, aceptar la evidencia incómoda y no conceder privilegios de impunidad a quienes comparten nuestras ideas.

Al final, la cuestión no es si el intelectual está a favor o en contra del gobierno, de la izquierda o de la derecha, de una revolución o del orden establecido. La cuestión es si conserva el derecho —y la disposición— de decirle a su propio bando que está equivocado.

Porque cuando la inteligencia se convierte en empleada de la lealtad, la verdad deja de ser el objetivo y pasa a ser un recurso negociable.

Y quizá el mayor peligro no sea que el poder consiga intelectuales que lo defiendan, sino que consiga intelectuales que ya no sepan distinguir entre defender una causa y defenderse a sí mismos de la verdad.


 "Un país que destruye la

Escuela Pública no lo

hace nunca por dinero,

porque falten recursos

o su costo sea excesivo.


Un país que desmonta

la Educación, las Artes

o las Culturas, está ya

gobernado por aquellos

que sólo tienen algo que

perder con la difusion

del saber."


Italo Calvino


 A lo largo de la historia, las clases dominantes se han distinguido por su paupérrima imaginación política. Los miembros de las élites siempre han estado plenamente convencidos de que el sistema político cuya cúspide ocupaban —ya fuera el esclavismo, el feudalismo o la tiranía— era inconmovible y la única alternativa al caos. Se dice que Luis XVI llevaba desde adolescente un diario donde reflejaba sus preocupaciones cotidianas.

La caza era su actividad favorita, así que en sus cuadernos se describen minuciosamente los animales que abatió (concretamente, 189 251 piezas en trece años). También merecen su atención las audiencias que concedió y las enfermedades que padeció, como indigestiones, catarros y ataques de hemorroides. Cuando no salía a cazar, no tenía audiencias ni padecía ninguna enfermedad, Luis XVI se limitaba a escribir en su diario: «nada». Lo curioso es que en todas las fechas famosas de la Revolución francesa aparece esa palabra. Lo único que tiene que decir el monarca a propósito de algunas de las transformaciones políticas de mayor impacto de la historia de la humanidad es «nada»[4].

Durante muchos años hemos permitido que los poderosos escribieran «nada» en nuestros propios diarios.

Hasta el punto de que hemos acabado por hacerlo nosotros mismos. Nos hemos vuelto todos como Luis XVI:

miopes y, lo que es peor, escépticos respecto a los procesos de transformación social que están a nuestro alcance. Nos comportamos como si el capitalismo especulativo, las empresas de trabajo temporal o las transnacionales fueran a existir dentro de mil años. No ha sido por un exceso de realismo, desde luego. Los discursos sociales hegemónicos —esos que en los editoriales de los periódicos pasan por el sentido común— son fantasías alucinógenas. Hemos entregado el control de nuestras vidas a fanáticos del libre mercado con una visión delirante de la realidad social, que nos dicen que nada es posible salvo el mayor enriquecimiento de los más ricos: ni profundizar en la democracia, ni aumentar la igualdad, ni limitar la alienación laboral, ni preservar los bienes comunes.

Las críticas teóricas sofisticadas que nos explican con exactitud las estructuras sociales reales que subyacen a la economía de casino y la cleptocracia son insustituibles. Pero resultan inútiles si no nos libramos, además, de esta siniestra docilidad que nos paraliza, si la posibilidad de la emancipación política no se trasluce en nuestros gestos cotidianos, un poco como nos viene a los labios a trompicones un verso aprendido en la infancia mientras nos lavamos los dientes. Y para ello, como sugería Sacks, es legítimo usar las experiencias ficticias como materia prima de la imaginación política desde la que proyectar el futuro que queremos.

 CESAR RENDUELES

sábado, 31 de octubre de 2026

 —Traedme el caballo más veloz

—pidió el hombre honrado—.

Acabo de decirle la

verdad al Rey.


Este pequeño relato tiene una ironía política extraordinaria. En apenas tres líneas plantea una de las contradicciones más antiguas del poder: decir la verdad puede ser un acto de honestidad, pero también puede convertirse en una sentencia de muerte.

1. La verdad como acto de insubordinación

El hombre se presenta como honrado. No ha cometido un delito, no ha conspirado, no ha traicionado al rey. Simplemente ha dicho la verdad.

Y, sin embargo, necesita huir.

Aquí aparece una pregunta incómoda: ¿qué clase de poder necesita que sus gobernados mientan para conservar su seguridad?

Cuando un gobernante no tolera la verdad, la honestidad deja de ser una virtud reconocida y se convierte en una conducta peligrosa. El problema ya no es la imprudencia del que habla, sino la intolerancia de quien escucha.

2. El poder no necesita mentiras: necesita obediencia

Los gobernantes autoritarios suelen rodearse de personas que saben qué decir, cuándo decirlo y, sobre todo, qué callar.

Así se construye una realidad artificial:

  • Los subordinados informan lo que el gobernante quiere escuchar.

  • Los funcionarios ocultan los problemas para proteger sus posiciones.

  • Los aduladores convierten los errores en supuestos aciertos.

  • Las malas noticias se interpretan como deslealtad.

  • La crítica se confunde con conspiración.

El resultado es paradójico: cuanto más poderoso es el gobernante, menos posibilidades tiene de conocer la realidad.

No porque le falte información, sino porque ha creado un entorno en el que decirle la verdad tiene un precio demasiado alto.

3. La honestidad frente a la supervivencia

Hay otro elemento interesante: el hombre pide el caballo más veloz.

No pide que lo protejan, no intenta justificarse ni solicita una audiencia para explicar lo que dijo. Sabe perfectamente lo que acaba de hacer y anticipa las consecuencias.

La escena contiene un humor negro: el hombre honrado necesita escapar precisamente porque ha cumplido con una obligación moral.

Es una inversión de valores. En un sistema saludable, quien dice la verdad debería ser protegido. En uno corrupto o autoritario, quien la dice necesita protección.

4. La dimensión institucional: cuando el mensajero se convierte en enemigo

El relato también permite una lectura que va más allá de la personalidad de un rey.

No se trata solamente de un gobernante caprichoso. El problema puede convertirse en institucional cuando todo un aparato de poder aprende a castigar la discrepancia.

Entonces ocurre algo peligroso: los funcionarios dejan de trabajar para resolver problemas y comienzan a trabajar para evitar que sus superiores descubran que existen.

Esto recuerda el concepto de la espiral del silencio: las personas dejan de expresar lo que piensan cuando perciben que hacerlo puede traerles consecuencias. También recuerda los análisis de Hannah Arendt sobre los sistemas políticos que sustituyen la realidad por una versión conveniente para el poder.

5. Una lectura para nuestro tiempo

Podemos trasladar esta pequeña escena a cualquier gobierno, independientemente de su ideología.

Imaginemos un presidente que solamente escucha elogios, un gabinete que oculta errores, un partido que considera traidor a quien cuestiona sus decisiones y una sociedad donde la crítica se descalifica por provenir de alguien considerado adversario.

No importa si el gobernante llegó al poder mediante una revolución, una elección democrática o una promesa de transformación.

La legitimidad de un gobierno no se demuestra por la cantidad de personas que lo aplauden, sino por su capacidad para tolerar a quienes lo contradicen.

Y aquí hay una distinción fundamental: criticar al poder no significa necesariamente tener razón. Pero tener la posibilidad de hacerlo sin miedo es una condición indispensable para que una sociedad pueda corregir sus errores.


Una reflexión final

Lo más inquietante del relato no es que exista un rey que castigue la verdad. Eso, lamentablemente, es bastante conocido en la historia.

Lo verdaderamente inquietante es que, con el tiempo, el rey ya ni siquiera necesita perseguir a los hombres honestos.

Los demás aprenden a callarse.

Y cuando todos callan, el gobernante puede llegar a confundir su propia voz con la voz del pueblo.

Porque el poder que solamente escucha lo que quiere escuchar termina gobernando sobre una realidad que él mismo ha inventado.

lunes, 26 de octubre de 2026


 Este texto plantea una de las grandes contradicciones de la vida política: ¿qué sucede cuando las personas honestas se alejan de la política y dejan el poder en manos de quienes están dispuestos a utilizarlo para su propio beneficio?

Pero hay algo todavía más profundo: el autor no se limita a denunciar la corrupción de los gobernantes. Advierte que un sistema político corrupto puede terminar corrompiendo también los valores de la sociedad, hasta conseguir que las personas consideren la honestidad una ingenuidad y la falta de escrúpulos una virtud práctica

1. La primera idea: el bien también tiene la obligación de participar

«Si todos los hombres de bien hicieran a un lado sus egoísmos y se mezclasen en los asuntos públicos, los pueblos estarían gobernados sabiamente».

El autor comienza con una hipótesis: si las personas honestas participaran activamente en la vida pública, en lugar de refugiarse en sus intereses particulares, la sociedad estaría mejor gobernada.

Aquí aparece un problema clásico de la filosofía política: la política no es una actividad que pueda abandonarse sin consecuencias.

Cuando una persona honesta dice que no le interesa la política, puede estar expresando un rechazo comprensible a la corrupción, al oportunismo y a las disputas partidistas. Sin embargo, su retirada no elimina esas prácticas. Simplemente deja más espacio para quienes sí desean ejercer el poder.

Imaginemos una comunidad en la que los ciudadanos responsables se desentienden de las decisiones públicas porque consideran que todos los políticos son iguales. Quienes permanecen activos podrían ser precisamente aquellos que encuentran en la política una oportunidad para enriquecerse, proteger privilegios o controlar las instituciones.

El resultado es paradójico: las personas que más desconfían de los malos gobernantes pueden contribuir involuntariamente a que estos conserven el poder.

Esta reflexión recuerda a Platón, quien, en La República, reflexionó sobre la relación entre la calidad de los gobernantes y la organización de la sociedad. También evoca una advertencia que suele asociarse con John Stuart Mill: la participación política tiene un valor educativo, porque enseña a los ciudadanos a pensar más allá de sus intereses inmediatos.

Sin embargo, hay una precisión importante: no basta con que las personas sean buenas para que sepan gobernar. La honestidad es indispensable, pero también hacen falta conocimientos, capacidad administrativa, instituciones eficaces y mecanismos de rendición de cuentas.

La virtud individual ayuda, pero no sustituye a las buenas instituciones.

2. El problema no es solamente quién gobierna, sino qué ejemplo ofrece

«Dan un ejemplo pernicioso a las masas, que sólo ven recompensado el éxito obtenido aun a costa del crimen».

Esta es una de las ideas más importantes del texto.

El autor comprende que el poder político no se limita a administrar recursos o aprobar leyes. También transmite mensajes sobre aquello que una sociedad considera aceptable, admirable o conveniente.

Pensemos en dos escenarios.

Escenario A: una persona trabaja honestamente, cumple las reglas, respeta a los demás y, gracias a su esfuerzo, consigue prosperar.

Escenario B: otra persona utiliza sus contactos, engaña, roba recursos públicos y termina convertida en una figura poderosa, respetada y admirada.

¿Qué aprende la sociedad cuando observa el segundo escenario?

No necesariamente que robar sea moralmente correcto. La lección puede ser más cínica:

«Lo importante no es cómo consigues las cosas, sino conseguirlas. Y, sobre todo, conseguir que no te castiguen».

Esta diferencia es fundamental.

Una sociedad puede conservar formalmente sus valores morales mientras aprende a ignorarlos en la práctica. La gente continúa diciendo que la honestidad es importante, pero comienza a considerar que ser honesto es una desventaja cuando se trata de competir por dinero, influencia o reconocimiento.

Aquí encontramos una conexión con la teoría del aprendizaje social de Albert Bandura: las personas aprenden observando la conducta de otros y las consecuencias que reciben por ella.

Si alguien obtiene beneficios mediante el engaño y no enfrenta consecuencias, su comportamiento puede parecer una estrategia eficaz.

La corrupción, entonces, no solo roba dinero.

También destruye la credibilidad de las reglas que permiten distinguir entre el mérito y el privilegio, entre el esfuerzo y el abuso.

Y cuando esa credibilidad se deteriora, la sociedad entera paga el precio.

3. Cuando la virtud se convierte en una desventaja

«El hombre bueno y virtuoso es víctima de toda clase de persecuciones, mientras el malvado que se amolda a la situación es recompensado».

Aquí el texto describe un fenómeno que podríamos llamar la inversión de los incentivos morales.

En condiciones razonablemente justas, esperamos que actuar correctamente no implique una desventaja sistemática y que las infracciones tengan consecuencias.

Pero ¿qué ocurre cuando las reglas funcionan al revés?

  • El funcionario honesto denuncia irregularidades y pierde su empleo.

  • El trabajador que se niega a participar en un fraude queda excluido de una oportunidad.

  • El periodista que investiga la corrupción recibe amenazas.

  • La persona que rechaza un soborno es considerada poco práctica.

  • Quien participa en las redes de favores obtiene ascensos y contratos.

En estas circunstancias, el problema no es que hayan desaparecido todas las personas honestas. El problema es que el sistema puede castigarlas precisamente por serlo.

Esto tiene una consecuencia psicológica importante: las personas empiezan a calcular el costo de la honestidad.

Algunas mantienen sus principios, aunque sufran las consecuencias. Otras se retiran. Otras terminan adaptándose.

Y hay quienes justifican su adaptación mediante argumentos aparentemente razonables:

«Si no lo hago yo, lo hará otro».

«Así funcionan las cosas».

«No voy a cambiar el mundo».

«Tengo que pensar en mi familia».

No todos estos argumentos son necesariamente hipócritas. Las personas también tienen necesidades, responsabilidades y límites. El problema aparece cuando la adaptación deja de ser una respuesta defensiva y se convierte en una justificación permanente del abuso.

Aquí podemos relacionar el texto con Hannah Arendt, quien estudió cómo las personas pueden participar en sistemas injustos sin considerarse a sí mismas malvadas.

Su reflexión sobre la responsabilidad individual nos obliga a preguntar hasta qué punto una persona puede escudarse en las circunstancias, las órdenes o las costumbres para evitar examinar sus propios actos.

No obstante, tampoco debemos caer en el extremo contrario: exigir heroísmo permanente a todos los individuos mientras dejamos intactas las estructuras que los castigan por actuar correctamente.

La responsabilidad debe ser individual, pero también institucional.

4. La sociedad termina normalizando aquello que antes condenaba

«Insensiblemente, se acostumbra a considerar práctico y conveniente todo lo que tiende a armonizarla con tal situación».

La palabra decisiva es insensiblemente.

El autor no describe necesariamente una transformación repentina de los valores. Describe una adaptación gradual.

Primero, una conducta corrupta provoca indignación.

Después, la gente se acostumbra a escuchar noticias similares.

Más tarde, aparece la resignación: «Siempre ha sido así».

Finalmente, la indignación puede convertirse en indiferencia o incluso en admiración hacia quienes consiguen imponerse.

Lo extraordinario termina pareciendo ordinario.

Desde la sociología, esto puede analizarse mediante el concepto de normalización de la desviación: ciertas conductas que se apartan de las reglas aceptadas pueden volverse habituales cuando se repiten y dejan de recibir sanciones eficaces.

También se relaciona con el concepto de anomia, desarrollado por Émile Durkheim y ampliado posteriormente por otros sociólogos.

La anomia aparece, en términos generales, cuando las normas sociales pierden fuerza orientadora o dejan de ofrecer referencias claras para la conducta.

En el caso que nos ocupa, las reglas pueden seguir escritas en las leyes y los discursos oficiales, pero perder autoridad en la experiencia cotidiana.

Se predica honestidad, pero se premia el favoritismo.

Se habla de igualdad, pero las sanciones dependen de la posición social.

Se exalta el mérito, pero las oportunidades se distribuyen mediante relaciones privilegiadas.

La contradicción entre lo que una sociedad proclama y lo que recompensa puede ser mucho más corrosiva que la ausencia de discursos morales.

¿Por qué?

Porque enseña a desconfiar no solo de los gobernantes, sino también de los propios valores colectivos.

La persona termina preguntándose si la honestidad es realmente un principio compartido o simplemente una exigencia que se impone a quienes tienen menos poder.

5. El momento más peligroso: cuando la nobleza parece una locura

«Sueños, utopía, locura, todo lo que signifique tendencias nobles y elevadas».

El texto concluye con una inversión del lenguaje.

En una sociedad que recompensa la corrupción, el problema no es únicamente que existan personas deshonestas. Es que la propia honestidad puede empezar a parecer absurda.

Quien defiende la justicia es un ingenuo.

Quien denuncia un abuso es un problemático.

Quien propone una transformación social es un utópico.

Quien se niega a aprovecharse de los demás es alguien que no sabe vivir.

Observemos lo que sucede: ya no es necesario prohibir expresamente la virtud. Basta con ridiculizarla.

La sociedad puede conservar la palabra honestidad en sus discursos mientras la expulsa de sus criterios reales de éxito.

Esta idea tiene una conexión interesante con Antonio Gramsci y su reflexión sobre la hegemonía cultural.

Gramsci analizó cómo el poder puede mantenerse no solo mediante la fuerza, sino también mediante la capacidad de influir en las ideas, los valores y el sentido común de una sociedad.

Aplicado al texto, esto significa que un orden injusto puede consolidarse cuando sus propias reglas empiezan a parecer naturales, inevitables o razonables.

La dominación alcanza una forma especialmente eficaz cuando quienes padecen sus consecuencias terminan considerando que no existe una alternativa viable.

Pero aquí conviene introducir una distinción: no toda propuesta idealista es buena por el simple hecho de oponerse al orden existente. Las utopías también pueden ocultar errores, autoritarismo o proyectos inviables.

La pregunta no es si una idea es utópica, sino si podemos examinar sus fundamentos, sus consecuencias y su viabilidad.

Lo peligroso no es soñar con una sociedad mejor. Lo peligroso es que una sociedad pierda la capacidad de imaginar que puede ser diferente.


6. Una lectura política contemporánea: el éxito como justificación moral

El texto permite examinar un fenómeno que atraviesa distintos sistemas políticos: la tendencia a justificar las conductas de los poderosos cuando sus resultados favorecen a nuestro grupo.

Pensemos en un gobernante acusado de corrupción.

Sus simpatizantes podrían responder:

«Sí, quizá robó, pero hizo obras».

«Sí, tiene defectos, pero ayuda a los pobres».

«Sí, es autoritario, pero mantiene el orden».

«Sí, sus aliados se enriquecen, pero los otros eran peores».

Estas respuestas no son equivalentes en todos los casos. Los resultados de un gobierno importan y deben evaluarse. Un programa social, una carretera o una mejora en los servicios públicos pueden tener beneficios reales que merecen analizarse.

El problema aparece cuando esos resultados se utilizan para cancelar cualquier examen de los medios empleados.

Entonces surge una pregunta incómoda: ¿existe algún límite moral que el gobernante no deba cruzar, incluso si obtiene resultados que consideramos positivos?

Si la respuesta es negativa, hemos sustituido los principios por una contabilidad política en la que cualquier abuso puede compensarse con algún beneficio.

Y esa lógica tiene un efecto perverso: convierte la corrupción en un asunto de conveniencia partidista.

Condenamos el abuso cuando lo comete el adversario y lo relativizamos cuando lo comete alguien de nuestro lado.

En ese momento, la honestidad deja de ser un principio y se transforma en un arma retórica.

Esta crítica no pertenece exclusivamente a la izquierda ni a la derecha. Puede aplicarse a cualquier gobierno, movimiento o grupo que exija a sus adversarios una integridad que no está dispuesto a exigirse a sí mismo.

Aquí está una de las lecciones más valiosas del pasaje:

La calidad moral de una conducta no debería depender de la identidad política de quien la realiza.

Si un acto es corrupto, debe investigarse y juzgarse con criterios consistentes, independientemente de quién se beneficie de él.

Eso no significa ignorar las diferencias entre proyectos políticos. Significa impedir que nuestras preferencias políticas se conviertan en excusas para abandonar el juicio crítico.


7. ¿Tiene razón el autor? Sí, pero con algunos matices

El texto es convincente en su diagnóstico general, pero conviene someterlo a examen.

Primera objeción: ¿quiénes son exactamente los hombres de bien?

El autor parece suponer que las personas virtuosas podrían reconocerse con relativa facilidad.

Pero la política está llena de individuos que se consideran honestos y actúan convencidos de estar defendiendo el bien común, incluso cuando perjudican a otros.

Las buenas intenciones no garantizan buenas decisiones.

Además, una persona puede ser honesta en su vida privada y carecer de la preparación necesaria para administrar una institución pública.

Por eso necesitamos algo más que gobernantes bienintencionados: necesitamos instituciones que permitan evaluar sus decisiones, limitar su poder y exigirles responsabilidades.

Segunda objeción: ¿basta con que participen las personas honestas?

No.

También importan las condiciones en las que se desarrolla esa participación.

Si una sociedad carece de transparencia, si los organismos de control son débiles o si las instituciones están sometidas a intereses particulares, incluso una persona honesta puede encontrarse con enormes dificultades para transformar las cosas.

La política no consiste únicamente en sustituir a las personas malas por personas buenas.

También consiste en construir reglas que dificulten los abusos, independientemente de quién ocupe el cargo.

Una democracia saludable no debería depender de la aparición ocasional de un gobernante excepcionalmente virtuoso.

Tercera objeción: ¿las masas son simples espectadoras?

El autor sostiene que la población observa los comportamientos de los poderosos y adapta sus valores a ellos.

Eso puede ocurrir, pero la sociedad no es una masa pasiva y uniforme.

Los ciudadanos pueden tolerar determinadas prácticas, rechazarlas o incluso movilizarse contra ellas. También pueden sostener valores contradictorios: condenar la corrupción en abstracto y aceptar ciertas irregularidades cuando consideran que benefician a su comunidad.

Además, la población no siempre dispone de información suficiente para evaluar a sus gobernantes.

Por eso, en lugar de atribuir toda la responsabilidad a la ciudadanía, debemos examinar quién controla la información, qué incentivos existen y qué posibilidades reales tiene la gente de exigir cuentas.

La corrupción no se explica únicamente por la moral de los individuos. También requiere analizar las relaciones de poder que la permiten y la reproducen.


8. La contradicción fundamental: queremos que la sociedad cambie, pero desconfiamos de quienes intentan cambiarla

Hay una paradoja especialmente interesante en este texto.

Muchas personas desean vivir en una sociedad más justa, pero consideran inútil participar en política.

Quieren gobernantes honestos, pero desconfían de cualquier persona que entre en el sistema.

Quieren instituciones limpias, pero suponen que todas las instituciones están irremediablemente podridas.

Quieren que alguien haga algo, siempre que ese alguien no sea demasiado idealista, no cometa errores y no tenga que enfrentarse a las dificultades que hacen tan complicada la transformación política.

Esta actitud es comprensible: la historia ofrece motivos suficientes para desconfiar de las promesas políticas.

Pero la desconfianza puede convertirse en una trampa cuando deja de ser una herramienta crítica y se transforma en una conclusión definitiva.

Si todos los políticos son iguales, investigar sus diferencias parece inútil.

Si toda participación es una farsa, organizarse carece de sentido.

Si toda propuesta de cambio es una utopía, el orden existente queda protegido de cualquier alternativa.

La resignación termina favoreciendo precisamente aquello que pretende denunciar.

Sin embargo, participar tampoco significa afiliarse a un partido o aceptar las reglas de una maquinaria política. Puede significar vigilar el gasto público, organizarse en la comunidad, investigar, exigir transparencia, defender la libertad de expresión o cuestionar a los representantes elegidos.

La participación democrática tiene muchas formas.

Y ninguna exige renunciar al pensamiento crítico.


9.  conclusión: una sociedad no solo tiene los gobernantes que elige, sino también los comportamientos que recompensa

El texto contiene una advertencia que va mucho más allá de la corrupción gubernamental.

Las sociedades no se degradan únicamente cuando sus gobernantes cometen abusos, sino también cuando dejan de considerar esos abusos incompatibles con el reconocimiento, el prestigio y el éxito.

Esto no significa que los ciudadanos sean responsables por igual de todo lo que sucede. Quien controla los recursos públicos tiene obligaciones y capacidades que no posee un ciudadano común.

Significa, más bien, que la vida moral de una sociedad depende de una relación compleja entre las instituciones, las decisiones de los poderosos y las respuestas de la población.

Un gobernante corrupto puede cometer un delito. Una institución que lo protege puede garantizar su impunidad. Un grupo de beneficiarios puede defenderlo. Un medio de comunicación puede minimizar sus actos. Y una parte de la ciudadanía puede terminar convencida de que cuestionarlo es más peligroso que tolerarlo.

Así se construye un entorno en el que la corrupción deja de ser una excepción y empieza a funcionar como una regla informal.

Por eso, combatirla exige más que discursos sobre la honestidad. Requiere instituciones independientes, información verificable, sanciones efectivas y ciudadanos capaces de aplicar los mismos criterios a sus adversarios y a sus aliados.

Y aquí llegamos a una última reflexión.

Una sociedad verdaderamente virtuosa no es aquella en la que todos sus habitantes son moralmente impecables. Eso sería pedirle a la humanidad algo que nunca ha podido garantizar.

Es aquella en la que las instituciones protegen a quien actúa correctamente, limitan a quien concentra demasiado poder y evitan que la falta de escrúpulos sea la estrategia más rentable para prosperar.

No necesitamos confiar ciegamente en la bondad de los gobernantes. Necesitamos construir un sistema que no dependa de ella.

Porque la honestidad individual es una virtud, pero la justicia institucional es una responsabilidad colectiva.

Y quizá la pregunta más incómoda que nos deja este texto sea esta:

¿Qué clase de sociedad estamos construyendo cuando admiramos a quien consigue triunfar sin preguntarnos qué tuvo que destruir para conseguirlo?