Necropolítica: cuando el poder necesita cadáveres
Hay gobiernos que quieren que los ciudadanos los vean como administradores.
Y hay gobiernos que necesitan que los vean como verdugos.
La diferencia no está solamente en cuántas personas mueren durante una operación de seguridad. Está en qué hace el poder con esas muertes después.
Ahí comienza la necropolítica.
El término, asociado al filósofo Achille Mbembe, describe una forma extrema de ejercicio del poder: la capacidad de decidir quién puede vivir, quién queda expuesto a la muerte y qué vidas pueden ser tratadas como sacrificables. No es simplemente matar. Es construir un orden político en el que la muerte se convierte en instrumento de gobierno.
Y eso es exactamente lo que debería preocuparnos cuando un gobierno exhibe cadáveres como si fueran trofeos.
Porque un cadáver puede ser una consecuencia trágica de un enfrentamiento.
Pero cuando el Estado lo convierte en propaganda, la muerte deja de ser solamente un hecho y se convierte en un mensaje.
El mensaje es sencillo:
Nosotros tenemos el poder de decidir quién vive y quién muere.
Nosotros somos quienes ejecutamos esa decisión.
Y ustedes deben sentirse seguros porque nosotros podemos matar a quienes definimos como enemigos.
Eso es mucho más profundo que una política de seguridad.
Es una pedagogía del poder.
El Estado que gobierna mostrando la muerte
La necropolítica no necesita necesariamente campos de concentración ni ejecuciones públicas para existir.
También puede aparecer en formas mucho más modernas y mucho más eficientes.
Una fotografía.
Un video.
Un discurso presidencial.
Una publicación en redes sociales.
Un grupo de cuerpos sobre el suelo.
Y una frase celebrando el "resultado".
La tecnología simplemente ha cambiado el escenario.
Antes el poder podía levantar una estatua para demostrar su victoria.
Ahora puede publicar un video de treinta segundos.
La lógica es la misma:
el cuerpo del enemigo funciona como prueba de que el poder funciona.
Ese es el punto esencial.
No se trata solamente de que haya delincuentes muertos. Se trata de que su muerte sea utilizada para producir una emoción política en los vivos.
Miedo.
Alivio.
Venganza.
Orgullo.
Obediencia.
El cadáver se convierte en un dispositivo de comunicación.
Y ahí aparece la necropolítica en su forma más obscena: el muerto ya no importa como ser humano; importa por lo que su muerte puede hacer políticamente por el gobernante.
La construcción del "cuerpo matable"
Para que la necropolítica funcione, primero hay que producir una categoría de personas cuya muerte pueda ser aceptada sin demasiadas preguntas.
"Criminales."
"Narcotraficantes."
"Enemigos."
"Malos."
"Plagas."
"Basura."
El vocabulario importa.
Porque cuando una persona deja de ser presentada como individuo y comienza a ser presentada exclusivamente como una amenaza, su muerte se vuelve políticamente consumible.
Ya no preguntamos:
¿Qué ocurrió?
Preguntamos:
¿Cuántos cayeron?
Ya no queremos conocer el proceso judicial.
Queremos conocer el marcador.
Como si la guerra contra el crimen fuera un partido de fútbol.
¿Cuántos muertos nosotros?
¿Cuántos muertos ellos?
¿Quién va ganando?
Ese lenguaje es profundamente revelador.
Porque transforma la seguridad pública en una contabilidad de cadáveres.
Y cuando la muerte se convierte en estadística de rendimiento, hemos dado un paso importante hacia la lógica necropolítica.
El miedo como combustible
La necropolítica necesita miedo.
Porque un ciudadano aterrorizado acepta cosas que un ciudadano tranquilo probablemente cuestionaría.
Acepta más vigilancia.
Acepta más violencia.
Acepta menos controles.
Acepta menos garantías.
Acepta que determinadas personas sean tratadas como irrecuperables.
Y acepta que el Estado tenga cada vez más poder para decidir quién merece protección y quién merece castigo.
La fórmula política es extraordinariamente antigua:
primero produces miedo; después te presentas como la solución al miedo.
El enemigo se vuelve omnipresente.
La amenaza está en todas partes.
La nación está en peligro.
Los delincuentes están desafiando al Estado.
Y entonces aparece el líder fuerte:
"Yo los voy a eliminar."
No necesariamente dice "yo voy a destruir las instituciones".
Eso sería demasiado evidente.
Dice algo mucho más popular:
"Yo voy a destruir a quienes amenazan a la gente buena."
Y así, poco a poco, la discusión cambia.
Dejamos de preguntar si las instituciones funcionan.
Empezamos a preguntar si el gobernante es suficientemente duro.
La democracia deja de ser evaluada por la calidad de sus instituciones y comienza a ser evaluada por la brutalidad de su respuesta contra el enemigo.
Eso es terreno fértil para la necropolítica.
El muerto como propaganda
Aquí está quizá el elemento más importante.
Una muerte no es necesariamente necropolítica.
Una operación policial tampoco.
Incluso el uso legítimo de la fuerza letal tampoco.
La necropolítica aparece cuando la capacidad de producir muerte se integra en una estrategia de poder y se utiliza para clasificar vidas, disciplinar poblaciones y demostrar autoridad.
Por eso la exhibición pública de cadáveres resulta tan significativa.
El cuerpo muerto dice:
"Esto les puede pasar a quienes desafíen al Estado."
Pero también dice algo a quienes observan:
"Miren lo que somos capaces de hacer."
No es solamente información.
Es escenificación.
No es solamente seguridad.
Es teatralidad del poder.
El cadáver es el escenario.
El gobernante es el narrador.
Y la población es el público.
La trampa de confundir seguridad con exterminio
Aquí aparece otra mentira conveniente.
Nos dicen que cuestionar la exhibición de muertos equivale a defender delincuentes.
No.
Uno puede defender una política de seguridad firme y, al mismo tiempo, rechazar la glorificación de la muerte.
De hecho, precisamente porque queremos un Estado fuerte debemos exigirle límites.
Un Estado fuerte no es aquel que puede matar sin rendir cuentas.
Es aquel que puede combatir al crimen sin convertirse en aquello que combate.
Porque cuando el gobierno necesita demostrar diariamente que está matando enemigos, existe el riesgo de que la muerte deje de ser una consecuencia excepcional de la fuerza y se convierta en la medida misma de la eficacia estatal.
Y ahí tenemos un problema.
Porque entonces el éxito político necesita enemigos.
Y si necesitas enemigos para demostrar que eres fuerte, tienes un incentivo perverso para mantener permanentemente una sociedad aterrorizada.
La guerra nunca termina.
El enemigo nunca desaparece.
Siempre hace falta otro.
Siempre hace falta alguien más peligroso.
Siempre hace falta otro cadáver.
El verdadero peligro
La necropolítica no empieza necesariamente cuando el Estado mata.
Empieza cuando la sociedad aprende a disfrutar políticamente de la muerte.
Cuando vemos un cadáver y nuestra primera reacción ya no es horror sino satisfacción.
Cuando la pregunta deja de ser "¿se respetó la ley?" y pasa a ser "¿cuántos eliminaron?"
Cuando el gobernante recibe aplausos por mostrar cuerpos.
Cuando matar se convierte en una prueba de masculinidad política.
Cuando la compasión empieza a considerarse debilidad.
Cuando pedir debido proceso parece una defensa del enemigo.
Ahí el problema ya no está solamente en el gobierno.
Está también en nosotros.
Porque la necropolítica necesita una audiencia.
Necesita ciudadanos dispuestos a mirar la muerte convertida en espectáculo y decir:
"Bien hecho."
El poder que necesita cadáveres
Por eso la pregunta importante no es si los abatidos eran buenos o malos.
Si cometieron delitos, deben responder ante la justicia.
La pregunta más profunda es otra:
¿Por qué necesita un gobierno mostrar cadáveres para demostrar que gobierna?
¿Por qué la muerte debe convertirse en contenido político?
¿Por qué un cuerpo sin vida debe funcionar como trofeo?
¿Por qué la capacidad de matar tiene que convertirse en una virtud presidencial?
Ahí está el corazón de la necropolítica.
El problema no es solamente quién muere.
Es quién decide quién puede morir, quién queda fuera de la comunidad moral, quién tiene derecho a ser llorado y quién puede ser convertido en espectáculo sin que nadie se incomode.
Porque cuando el Estado empieza a decirnos que determinados cuerpos son simplemente "resultados", la pregunta siguiente es inevitable:
¿Quién será el próximo cuerpo que el poder considere necesario para demostrar su fuerza?
Y ahí es donde una sociedad democrática debería dejar de aplaudir.
No porque haya que proteger al criminal de la justicia.
Sino porque hay que proteger a la sociedad de algo todavía más peligroso:
la idea de que el poder demuestra su legitimidad por la cantidad de muertos que puede producir.
Eso sí es necropolítica.
Y una democracia que empieza a confundir la seguridad con el espectáculo de la muerte quizá todavía conserve elecciones, parlamento y tribunales.
Pero ya está aprendiendo una lección muy distinta:
que hay gobiernos que no necesitan que sus ciudadanos amen su poder.
Les basta con enseñarles a temerlo.
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