viernes, 20 de febrero de 2026

 Militares, machetes y murmullos: el triángulo fatal que derrumba regímenes en América Latina


En América Latina los golpes de Estado no siempre empiezan con tanques. A veces empiezan con silencios incómodos, con un general que deja el café intacto, con un coronel que ya no responde el WhatsApp. Antes del estruendo viene el murmullo. Y cuando el murmullo se vuelve coro, el régimen empieza a tambalearse.

El poder autoritario en la región no descansa sobre una sola pierna. Se sostiene sobre un triángulo inestable: el líder, las fuerzas armadas y la calle. Cuando esos tres vértices dejan de apuntar en la misma dirección, el edificio se cuartea. No falla.

I. El tirano nunca gobierna solo

El caudillo latinoamericano se vende como lobo solitario, pero en realidad es un animal de manada. Necesita fusiles que obedezcan, botas que marchen, uniformes que inspiren miedo o respeto — da igual cuál, mientras funcione.

Los militares no son solo fuerza: son garantía. Son el “por si acaso” del régimen. Por eso los dictadores los miman, los dividen, los vigilan y los corrompen. Les dan negocios, presupuestos inflados, impunidad. El mensaje es claro: “Estamos juntos en esto”.

Pero ahí está el detalle que Dirsus subraya con bisturí: esa alianza es puramente instrumental. No hay amor, solo conveniencia. Y la conveniencia es volátil.

II. Cuando la lealtad empieza a oxidarse

El problema aparece cuando el régimen se vuelve caro de sostener. Crisis económica, sanciones, protestas, aislamiento internacional. De pronto, apoyar al líder ya no garantiza estabilidad sino riesgo. Y los militares, que no son poetas sino calculadoras con galones, empiezan a hacer cuentas.

—¿Y si este barco se hunde?
—¿Y si seguimos obedeciendo y mañana somos los culpables?
—¿Y si conviene más quitarlo que defenderlo?

En ese momento, el machete deja de brillar hacia afuera y empieza a girar lentamente hacia adentro.

III. La calle como variable indomable

Aquí entra el tercer vértice: la gente.
La calle latinoamericana es impredecible, emocional, explosiva. Puede dormir años… y despertar furiosa un martes cualquiera.

Cuando las protestas crecen, los militares enfrentan su dilema favorito:
¿reprimir y cargar con la sangre?,
¿o dejar pasar y quedar como traidores?

La historia regional está llena de ese instante exacto en el que el soldado decide no disparar. Ese segundo microscópico donde el régimen pierde el control real del poder. Porque un dictador sin fusiles obedientes no es un dictador: es un hombre gritando órdenes en una habitación vacía.

IV. Golpes que no parecen golpes

En el siglo XXI, el golpe clásico —tanques, junta militar, toque de queda— es casi vulgar. Hoy los derrumbes son más elegantes, más hipócritas, más “institucionales”.

Renuncias “voluntarias”.
Juicios exprés.
Transiciones “ordenadas”.
Militares que dicen ser neutrales mientras empujan suavemente al líder por la borda.

No es que el ejército tome el poder: es que retira su respaldo, y eso basta. El régimen se desinfla como globo viejo.

V. El error fatal del tirano

El gran error del caudillo latinoamericano es creer que el miedo compra lealtad eterna. No entiende que el miedo funciona… hasta que deja de funcionar. Cuando el costo de obedecer supera al costo de desobedecer, el régimen entra en tiempo extra.

Ahí el líder grita más fuerte, acusa conspiraciones, promete castigos ejemplares. Pero ya es tarde. Los murmullos se convirtieron en conversaciones, las conversaciones en acuerdos, y los acuerdos en hechos.

El triángulo se rompe.
Y cuando eso pasa, no hay discurso que lo suelde.

VI. Epílogo: la caída siempre se cocina en silencio

Las dictaduras latinoamericanas no suelen morir en la plaza pública. Mueren en oficinas cerradas, en cuarteles, en llamadas nocturnas. El pueblo se entera después, cuando el desenlace ya está escrito.

Por eso la lección es incómoda pero clara:
los tiranos no caen solo por protestas,
ni solo por presión internacional,
ni solo por crisis económica.

Caen cuando los hombres con armas dejan de creer en el hombre con poder.

Y ese momento —silencioso, casi invisible— es el verdadero punto de quiebre de nuestra historia política.


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Bibliografía

Dirsus, Marcel. How Tyrants Fall: And How Nations Survive. Oxford University Press, 2024.

O’Donnell, Guillermo. El Estado burocrático autoritario. Prometeo, 2009.

Levitsky, Steven, y Lucan A. Way. Competitive Authoritarianism. Cambridge University Press, 2010.

Pion-Berlin, David. Civil-Military Relations in Latin America. University of North Carolina Press, 2016.

Huntington, Samuel P. The Soldier and the State. Harvard University Press, 1957.

Corrales, Javier. “Autocratic Survival in Latin America.” Journal of Democracy, 2021.

 A la luz de estas consideraciones, podemos sostener que la democracia de masas de la sociedad de consumo actual logra neutralizar el constituirse del disenso extendiendo y generalizando un consenso omnipresente, que llega hasta los rincones más recónditos de la conciencia. El resultado es el conformismo de masa coesencial a la moderna sociedad de mercado, que subvierte por completo la máxima libertina: ya no es «exteriormente como se acostumbra, interiormente como se quiera» (foris ut moris, intus ut libet), sino «exteriormente como se quiera, interiormente como se acostumbra» (foris ut libet, intus ut moris). 

Diego Fusaro

aquí hay dinamita filosófica. Vamos a desarmarla con calma.

La tesis dice algo muy fuerte: la democracia de masas en la sociedad de consumo no reprime el disenso… lo neutraliza. Y eso es más sofisticado.


1️⃣ ¿Qué significa “neutralizar el disenso”?

En regímenes autoritarios clásicos (piensa en la Joseph Stalin o la Adolf Hitler), el disenso se reprime: censura, cárcel, violencia.

En cambio, en la sociedad de consumo contemporánea —muy en la línea de lo que analizó Herbert Marcuse en El hombre unidimensional— el sistema no necesita prohibir. Hace algo más elegante:

  • Integra la crítica.

  • La convierte en estilo.

  • La transforma en mercancía.

Puedes ser “rebelde”, pero dentro del catálogo.

El disenso existe… pero es absorbido.


2️⃣ El “consenso omnipresente”

Aquí la idea es que el mercado no solo organiza la economía, sino también:

  • Deseos

  • Identidades

  • Aspiraciones

  • Lenguajes

No se impone una ideología explícita; se difunde un sentido común compartido:

  • Consumir es normal.

  • Competir es natural.

  • La identidad es una elección estética.

  • El éxito es acumulación.

Este consenso llega “a los rincones más recónditos de la conciencia”. Es decir, no solo condiciona lo que haces, sino lo que deseas.

Aquí podríamos traer también a Alexis de Tocqueville, quien ya advertía que en las democracias modernas el peligro no era el tirano, sino la presión suave de la opinión mayoritaria.


3️⃣ La inversión de la máxima libertina

La frase latina es clave.

Antiguamente:

foris ut moris, intus ut libet
“Por fuera como es costumbre, por dentro como quieras.”

Es decir:
Externamente te adaptas a la norma, pero internamente conservas tu libertad.

Ahora, según el texto:

foris ut libet, intus ut moris
“Por fuera como quieras, por dentro como es costumbre.”

Esto es brillante y perturbador.

Hoy puedes:

  • Vestirte como quieras.

  • Tener el estilo que quieras.

  • Declarar la identidad que quieras.

  • Opinar lo que quieras en redes.

Pero internamente:

  • Deseas lo que todos desean.

  • Temes lo que todos temen.

  • Aspiras a lo que el mercado define.

  • Piensas dentro de marcos prefabricados.

La libertad se volvió estética, no estructural.


4️⃣ El conformismo de masa

No es un conformismo impuesto.
Es un conformismo autoinducido.

No se siente como obediencia.
Se siente como elección.

Y ahí está la trampa.

El sistema ya no necesita decir:

“No pienses eso.”

Solo necesita hacer que:

“No se te ocurra pensarlo.”


5️⃣ Crítica honesta

¿Es exagerado?
Un poco.

Porque sí existe disenso real.
Sí hay pensamiento crítico.
Sí hay movimientos que rompen marcos.

Pero el diagnóstico señala algo profundo:
En una sociedad donde todo puede convertirse en producto, incluso la rebeldía puede perder filo.

“No quiero solo elegir. Quiero elegir lo que no estaba en el catálogo.”

 La “Escuela de Dunning” no es una escuela formal con edificio o programa académico. Es una etiqueta crítica para referirse a la corriente historiográfica asociada a William Archibald Dunning (1857–1922), profesor de la Universidad de Columbia.

📚 ¿Qué defendía la Escuela de Dunning?

Se centró en interpretar el período de la Reconstrucción en Estados Unidos (1865–1877) después de la Guerra Civil. Su tesis principal fue:

  1. Que la Reconstrucción fue un grave error político.

  2. Que los republicanos del Norte impusieron gobiernos corruptos en el Sur.

  3. Que los afroamericanos liberados no estaban preparados para participar en política.

  4. Que el Sur blanco fue víctima de una ocupación injusta.

En resumen: pintaban la Reconstrucción como una época de caos causada por la “incompetencia” de los ex esclavos y la corrupción de políticos del Norte.

⚖️ ¿Cuál es el problema?

El problema es que esa interpretación:

  • Estaba profundamente influida por el racismo científico y las ideas supremacistas de finales del siglo XIX.

  • Justificó intelectualmente la imposición de leyes de segregación (Jim Crow).

  • Presentó como “natural” la restauración del poder blanco en el Sur.

Durante décadas (aprox. 1900–1960), esta visión dominó los libros de historia en EE.UU.

🔥 ¿Quién la desmontó?

El gran contraataque vino de W. E. B. Du Bois con su obra Black Reconstruction in America.

Du Bois argumentó que:

  • La Reconstrucción fue un intento democrático radical y valiente.

  • Los afroamericanos participaron activamente en la construcción de escuelas y gobiernos.

  • El fracaso no fue por “incompetencia negra”, sino por la violencia supremacista y la traición política del Norte.

Justamente el capítulo final de ese libro, “The Propaganda of History”, denuncia cómo la Escuela de Dunning convirtió prejuicio en “historia oficial”.


🧠 En términos más amplios

La “Escuela de Dunning” es un ejemplo clásico de cómo:

La historia no es solo narración del pasado, sino disputa por el poder y la memoria.

este caso es oro puro: muestra cómo una narrativa académica puede legitimar estructuras de dominación durante generaciones.

Aquí es donde la cosa se pone interesante: la Escuela de Dunning no es un caso aislado. Es un patrón. Y en América Latina tenemos varios “Dunning locales”.

Primero recordemos el núcleo del esquema Dunning:

  • Se derrota un orden (esclavismo).

  • Se abre una posibilidad democrática.

  • Las élites pierden poder.

  • Se produce reacción.

  • La historiografía dominante reescribe el pasado para legitimar esa reacción.

Ahora vamos por paralelos latinoamericanos.


🇲🇽 México: la narrativa porfirista y la “necesidad del orden”

En Estados Unidos, la Escuela de Dunning dijo:

“La democracia negra fue un desastre; hacía falta restaurar el orden blanco.”

En México, durante y después de Porfirio Díaz, se consolidó otra narrativa:

“La democracia liberal del siglo XIX fue caos; hacía falta orden y progreso.”

La historiografía porfirista presentó:

  • Las guerras civiles como prueba de que el pueblo no estaba listo.

  • El autoritarismo como medicina necesaria.

  • La estabilidad como valor supremo.

Después de la Revolución, el discurso oficial cambió… pero también creó su propia mitología estatal.

Aquí vemos el patrón:
La élite define quién está “listo” para gobernar.


🇦🇷 Argentina: “civilización o barbarie”

El esquema más clásico lo formula Domingo Faustino Sarmiento en Facundo.

La ecuación era:

  • Europa = civilización.

  • Gaucho / indígena = barbarie.

La exclusión política de amplios sectores fue justificada como “modernización”.
Como en Dunning:

Si los subalternos gobiernan, hay caos.
Si gobierna la élite ilustrada, hay progreso.

Es la misma lógica paternalista.


🇧🇷 Brasil: abolición sin ciudadanía

Después de la abolición de la esclavitud (1888), en Brasil ocurrió algo parecido al caso estadounidense.

La narrativa dominante durante décadas sostuvo que:

  • Brasil era una “democracia racial”.

  • No había racismo estructural.

Intelectuales como Gilberto Freyre promovieron una visión armónica de la mezcla racial.

Pero estudios posteriores mostraron que:

  • La población afrodescendiente quedó marginada.

  • La desigualdad racial era estructural.

Aquí la propaganda no fue de “incompetencia negra”, sino de “armonía inexistente”.
Otro modo de invisibilizar la desigualdad.


🇨🇱 Chile y la Guerra del Pacífico

La historiografía nacionalista presentó la guerra como empresa heroica inevitable.
Durante décadas, el relato omitió conflictos internos, intereses económicos y tensiones sociales.

El Estado se convierte en narrador oficial.


🔍 El patrón común

En todos estos casos aparece el mismo mecanismo:

  1. Un momento de ruptura política.

  2. Un grupo subalterno entra (o intenta entrar) en el poder.

  3. Las élites reaccionan.

  4. La historiografía legitima la restauración del orden previo.

La Escuela de Dunning hizo eso en EE.UU.
En América Latina, el proceso fue más difuso pero igual de poderoso.


🧠 Clave epistemológica

La pregunta no es solo:

¿Qué pasó?

Sino:

¿Quién contó lo que pasó?
¿Para qué lo contó así?

Eso conecta directamente con: desmontar discursos dominantes. Aquí ves cómo la “historia académica” puede funcionar como aparato ideológico del Estado.

 Edmund Burke fue un irlandés con peluca del siglo XVIII que entendió el poder antes de que el poder se pusiera corbata moderna. 

Un filósofo político, sí, pero sobre todo un estilista del miedo al cambio: el hombre que le dio al conservadurismo su primer gran poema en prosa.

Nació en 1729, murió en 1797 y pasó la vida mirando a la Revolución francesa como quien ve a un incendio y dice: “eso empezó por mover los muebles”. 
 Para Burke, la sociedad no era un contrato entre vivos, sino un pacto entre los muertos, los vivos y los que aún no nacen. Traducción: no toques nada, que la casa tiene memoria y se venga.
Defendía la tradición, la costumbre, el prejuicio heredado —sí, el prejuicio, sin rubor— porque creía que la razón humana sola es miope, nerviosa y un poco peligrosa. 
La ilustración le parecía un adolescente con cerillos: brillante, pero inflamable.
Ojo: no era un reaccionario burdo. Apoyó a los colonos americanos contra la Corona británica y denunció los abusos del Imperio en la India. 
No odiaba la libertad; odiaba que se creyera autofundada, desnuda de historia, flotando como globo sin cuerda.
Su obra más famosa, Reflexiones sobre la Revolución en Francia (1790), es una elegía furiosa: lirismo gótico contra guillotinas geométricas. 
Ahí nace el conservadurismo moderno como sensibilidad: la defensa de la jerarquía, el orden, la lentitud, el miedo elegante al pueblo cuando descubre que puede gobernar.
Burke fue, en resumen, el hombre que dijo: la igualdad es un experimento, la tradición es una advertencia, y el cambio… mejor con freno de mano.
Un poeta del pasado, un crítico del futuro, y el abuelo serio de todos los que hoy dicen: “sí, pero no tan rápido”. 

Feliz, feliz… no. Burke no era de sonrisas fáciles. Pero cómodo, quizá. Como quien entra a una casa ajena, ve desorden y dice: “no es mi estilo, pero al menos no están quemando el edificio”.

Con Milei, Burke frunciría el ceño. Demasiado martillo, poca porcelana. 
El liberalismo como motosierra le parecería una revolución con traje de mercado: mucho gesto iconoclasta, mucha demolición moral, poca reverencia por las instituciones que —para Burke— no se improvisan como memes. 
Milei grita “tabula rasa”; Burke responde: “eso termina en escombros”.
Con Meloni, la cosa cambia
Ahí vería algo más familiar: nación, tradición, familia, continuidad histórica. 
Burke asentiría lentamente, como quien reconoce una melodía antigua. Aun así, desconfiaría del nacionalismo estridente: para él, la tradición no es cosplay romano ni épica de plaza pública, sino costumbre vivida, silenciosa, casi aburrida.
Y Trump… ah, Trump. 
Burke lo miraría como se mira a un incendio populista con gorra. Defendería su intuición contra las élites ilustradas, sí, pero detestaría su vulgaridad, su desprecio por las formas, su goce en humillar instituciones. 
Burke amaba la jerarquía con etiqueta; Trump la pateó en horario estelar. Demasiado plebeyo para un aristócrata del orden.
En resumen:
Milei: demasiado revolucionario para un antirrevolucionario.
Meloni: la más “burkeana”, pero con exceso de decibeles.
Trump: intuición conservadora, ejecución carnavalesca.
Burke no querría abolirlos. Tampoco marcharía con ellos.
Los usaría como prueba empírica de su tesis favorita: cuando el orden se siente amenazado, el conservadurismo vuelve… pero no siempre con buenos modales.
El viejo Edmund levantaría la ceja, tomaría nota, y murmurarÍa, con poesía seca: el miedo al cambio sigue vivo, aunque ya no sepa hablar en latín.

Genios vs Sabios

(o por qué saber mucho no te vuelve buena persona)

El Genio
El genio sabe.
Y lo sabe con brillo, con velocidad, con fuegos artificiales neuronales.
Resuelve, anticipa, corrige, humilla sin proponérselo (o sí).
Pero comete un error clásico, elegante y letal:
confunde claridad mental con autoridad moral.
El genio dice:
“Tengo razón”
Y secretamente añade:
“Por lo tanto, tú estás equivocado… y un poco por debajo”.
Ejemplos canónicos del panteón:
Temperance Brennan — la verdad sin contexto.
Gregory House — la verdad como arma.
Sherlock Holmes — la verdad como espectáculo.
Todos distintos, todos convencidos de que pensar mejor es ser mejor.
Spoiler: no.

El Sabio
El sabio entiende.
Y entender es más lento, menos sexy, menos citável en TED Talks.
El sabio sabe que:
Tener razón no siempre es lo correcto.
El contexto importa.
El otro no es un problema a resolver, sino un misterio a respetar.
El sabio duda incluso de sus certezas favoritas.
No porque sea inseguro, sino porque ya vio lo suficiente.
El sabio no dice:
“Yo sé”
Dice:
“Veamos”

 Diferencia clave (la que duele)
El genio quiere ganar discusiones.
El sabio quiere no perder humanidad.
El genio convierte su inteligencia en identidad.
El sabio la convierte en herramienta… y la guarda cuando estorba.

 Brennan como caso de frontera
Aquí está lo interesante:
Brennan nace genio y aspira —con torpeza, sudor y tropiezos— a la sabiduría.
Su viaje no es aprender más datos.
Es aprender esto, que no venía en ningún manual:
La verdad sin cuidado se parece mucho a la violencia.
Por eso a veces es clasista.
Por eso a veces es soberbia.
Porque el genio, antes de volverse sabio, cree que la razón lo absuelve.

 Veredicto final (sin poesía barata)
La televisión ama a los genios
porque brillan rápido y hacen buen drama.
La vida, en cambio,
solo sobrevive gracias a los sabios.
Porque cuando todo se rompe,
no necesitas a alguien que tenga razón,
sino a alguien que sepa quedarse.
 
La humildad como inteligencia superior
(o el talento que no necesita aplausos para existir)

 Primera herejía
La humildad no es falta de inteligencia.
Es inteligencia que ya no necesita demostrarse.
El soberbio aún está en examen.
El humilde ya salió del aula… y se quedó a ayudar a limpiar.

 La falsa ecuación
Durante siglos nos vendieron esta trampa elegante:
Más inteligencia = más razón = más autoridad moral
Falso.
La historia está llena de cerebros brillantes tomando decisiones idiotas con consecuencias trágicas.
La inteligencia sin freno ético es solo potencia bruta:
un Ferrari sin volante.

 El humilde piensa mejor porque duda mejor
La humildad introduce una capacidad cognitiva rara y valiosa: 👉 la duda fértil.
No la duda paralizante, sino la que pregunta:
“¿Y si me equivoco?”
“¿Qué no estoy viendo?”
“¿A quién deja fuera mi certeza?”
Eso no debilita el pensamiento:
lo vuelve tridimensional.

 El salto evolutivo
El genio compite.
El sabio coopera.
La humildad entiende algo que al ego se le escapa:
el conocimiento es siempre colectivo, aunque lo firmemos solos.
Nadie llega lejos solo.
Pero el soberbio cree que sí… hasta que se queda sin gente alrededor.

 Brennan, otra vez (porque sirve)
Temperance Brennan es brillante.
Pero sus mejores momentos no ocurren cuando acierta un diagnóstico,
sino cuando escucha.
Cada vez que baja la guardia intelectual:
mejora como científica,
mejora como colega,
mejora como humana.
La humildad no la hace menos exacta.
La hace más completa.
🌊 Metáfora final (para cerrar bien)
La inteligencia es una torre.
La humildad es la escalera.
Sin torre, no ves lejos.
Sin escalera, nadie sube contigo.
⚖️ Veredicto sin incienso
La forma más alta de inteligencia
no es tener siempre razón,
sino saber qué hacer con ella.
Y casi siempre,
lo más inteligente que puedes hacer…
es callar, escuchar,
y dejar espacio para el otro.

jueves, 19 de febrero de 2026


ACTA SATÍRICA IMPLACABLE

DE LA MORAL A DESTIEMPO, EL SILENCIO RENTABLE
Y LA INDIGNACIÓN CON DUEÑO

Que se levanta para que no aleguen ignorancia, amnesia
o “eso no venía en el guion”

En la muy respetable, muy libre y muy condicionada
República del Escándalo Administrado,
siendo el día exacto en que conviene mirar hacia otro lado,
comparecen los guardianes de la moral pública,
figuras autoproclamadas de la ética,
acreditados por rating, pauta y validación mutua.


PRIMERO. De la moral como espectáculo

Consta en actas que los comparecientes ejercen la indignación
no como principio ético,
sino como performance periódica,
activada únicamente cuando el acusado:

a) no pertenece a la élite financiera,
b) no comparte alianzas estratégicas, y
c) puede ser condenado sin consecuencias sistémicas.

La moral, se observa, no es convicción:
es escenografía.


SEGUNDO. Del enemigo permitido

Se deja constancia de que los nombres
Maduro, Cristina Fernández y equivalentes funcionales
operan como blancos seguros,
aptos para la lapidación diaria
sin riesgo alguno para el orden establecido.

Criticarlos no es valentía:
es rutina institucional.


TERCERO. Del silencio ante el poder real

Se asienta que, frente a hechos que implican
redes de explotación sistemática,
encubrimiento judicial,
protección política
y flujos financieros de origen dudoso
vinculados a élites globales,
los comparecientes adoptan una conducta unánime:

— silencio,
— minimización,
— tecnicismo,
— y pronto olvido.

No por falta de información,
sino por exceso de consecuencias.


CUARTO. De la censura que no se llama censura

Queda probado que ciertos temas
no se prohíben explícitamente,
pues eso sería burdo.

Se procede, en su lugar, a:

  • descalificar al mensajero,

  • patologizar la insistencia,

  • y etiquetar la duda como “peligrosa”.

La verdad no se refuta:
se vuelve indecible.


QUINTO. De los fieles útiles

Se hace constar que amplios sectores populares,
autodenominados “libres pensadores”,
defienden con fervor causas ajenas,
confundiendo orden con justicia
y jerarquía con mérito.

Repiten el discurso del poder
convencidos de estar desafiándolo.

La paradoja no se corrige:
se explota.


SEXTO. De la hipocresía elevada a norma

De lo anterior se concluye que la moral dominante
no busca proteger a las víctimas,
sino preservar la arquitectura del poder.

El escándalo es tolerable
solo cuando no escala.

La ética rige hasta donde empiezan
los nombres importantes.


SÉPTIMO. Declaración final

Se declara formalmente que la doble vara
no es un error del sistema,
sino su mecanismo central.

Y que quien se indigna solo cuando se le permite
no es moralista,
sino funcionario del silencio.


OCTAVO. Cierre irrevocable

Se levanta la presente acta
para archivo histórico,
para consulta futura
y para que, cuando todo vuelva a repetirse,
nadie pueda fingir sorpresa.

Doy fe.
Y no absuelvo.

 La batalla cultural y la manipulación mediática en América Latina

En México, como en gran parte de América Latina, la política no se disputa únicamente en las urnas: se disputa en la mente de las personas, en las emociones que los medios logran despertar y en las historias que se repiten hasta que parecen verdad absoluta. 
La violencia, la corrupción o la desigualdad son fenómenos estructurales que llevan décadas existiendo, pero su percepción depende de cómo se presentan. 
Mientras los gobiernos de Calderón y Peña vivieron niveles de violencia extremos, la indignación social no estalló de manera masiva. 
Los medios tradicionales suavizaban la narrativa, ocultaban la magnitud de la tragedia o la atribuían a los criminales y no a las políticas de Estado. 
La gente, entonces, hablaba poco de política y aceptaba la versión oficial sin cuestionarla.

Con la llegada de Morena y de un gobierno que no depende de los medios tradicionales, se rompió ese monopolio narrativo. 
Los medios de comunicación, privados y consolidados, pasaron de aliados silenciosos o complacientes a enemigos declarados. 
La violencia, que sigue siendo la misma en muchos casos, comenzó a ser presentada como catástrofe inminente, asociada directamente con el gobierno. Las emociones de miedo, indignación y alarma se activaron con fuerza, y muchas personas adoptaron estas emociones como propias, creyendo que su indignación era producto de su pensamiento autónomo, cuando en realidad era inducida por los medios y los comentaristas estrella.

La psicología de masas explica cómo funciona este mecanismo: la emoción se percibe más rápido que la razón, la repetición constante refuerza la sensación de verdad, y la polarización genera tribus emocionales que comparten indignación sin reflexionar críticamente. 
La historia de la indignación mexicana demuestra que la manipulación emocional y mediática no necesita inventar problemas; solo necesita reinterpretar los existentes y asignar culpables convenientes.

Esta situación tiene consecuencias políticas y sociales profundas. 
La hegemonía cultural que han logrado sectores conservadores, junto con el control mediático de los discursos y la creación de narrativas de miedo y resentimiento, aumenta el riesgo de que las elecciones futuras no reflejen un análisis racional de los problemas del país, sino una respuesta emocional dirigida. 
La aparición de líderes como Javier Milei en Argentina es un ejemplo de cómo la combinación de miedo, resentimiento y narrativa mediática puede moldear la voluntad popular, incluso cuando las soluciones propuestas son radicales o regresivas.

La clave para resistir esta manipulación no es solo la denuncia, sino la formación de pensamiento crítico. 
Reconocer la estrategia de los medios, analizar los mensajes y cultivar la independencia intelectual permite a las personas recuperar su capacidad de juzgar por sí mismas. 
La batalla cultural no está perdida: quienes logran pensar críticamente y reconocer las manipulaciones tienen una ventaja significativa, y pueden construir un espacio social donde la información se evalúe y no se repita sin cuestionamiento.

En síntesis, la indignación selectiva, la manipulación emocional y la hegemonía mediática no son fenómenos aislados; son herramientas de control político y cultural que han moldeado generaciones de electores. 
 La verdadera resistencia no consiste en gritar más fuerte, sino en entender cómo funcionan estas herramientas, y enseñar a otros a reconocerlas antes de que su indignación, nacida en otros tiempos y con otros fines, decida por ellos.

 

⚔️ ¿Qué fue la Batalla del Somme?

La Batalla del Somme fue una de las batallas más sangrientas de la Primera Guerra Mundial. Ocurrió entre julio y noviembre de 1916, en el norte de Francia, a orillas del río Somme.

Fue una ofensiva conjunta del ejército británico y francés contra el Imperio alemán. Su objetivo era romper las líneas alemanas en el frente occidental y aliviar la presión que sufrían los franceses en la Batalla de Verdún.

📌 El primer día: una carnicería

El 1 de julio de 1916, tras una semana de bombardeo masivo que supuestamente destruiría las defensas alemanas, miles de soldados británicos salieron de sus trincheras y avanzaron a campo abierto.

Las ametralladoras alemanas seguían intactas.

Ese primer día, el ejército británico sufrió alrededor de 60,000 bajas, de las cuales casi 20,000 fueron muertos. Es el día más sangriento en la historia militar del Reino Unido.

📌 El saldo total

Después de casi cinco meses de combate:

  • Más de un millón de bajas entre muertos y heridos.

  • Avances territoriales mínimos.

  • La guerra de trincheras demostró su brutal absurdo.

Fue también una batalla que simbolizó la entrada plena en la guerra industrial: ametralladoras, artillería pesada, alambre de púas, gas y, por primera vez en la historia, el uso significativo de tanques.


🧠 Reflexión: el Somme como símbolo del siglo XX

el Somme no fue solo una batalla. Fue una revelación oscura.

Mostró que la modernidad —esa que prometía progreso, ciencia y civilización— podía convertirse en una máquina de trituración humana.

Aquí hay algo brutal:
Los generales todavía pensaban con mentalidad del siglo XIX, pero las armas ya eran del siglo XX.

Miles de jóvenes caminaron erguidos hacia la muerte creyendo que el bombardeo previo había “ablandado” al enemigo. La confianza en la técnica y en la autoridad los llevó a avanzar en fila… hacia las ametralladoras.

El Somme nos deja varias preguntas incómodas:

  • ¿Cuánta fe ponemos en líderes que no entienden el mundo que están dirigiendo?

  • ¿Cuántas veces la retórica patriótica disfraza decisiones incompetentes?

  • ¿Cuántas tragedias se sostienen por orgullo y no por necesidad?

Si lo miramos con honestidad, el Somme es una advertencia eterna:

Cuando la tecnología avanza más rápido que la conciencia moral, el resultado es masacre.

Y hay otra cosa más inquietante:
Muchos soldados iban convencidos de que defendían la patria, la civilización, el honor. Morían sin haber visto jamás el rostro del enemigo. Eran piezas en una estructura que ya nadie controlaba.

El Somme es el momento en que Europa descubre que su idea de progreso podía desembocar en mataderos mecanizados.

Y eso todavía no lo hemos terminado de aprender.



🧠 El impacto psicológico del Somme: el nacimiento del “shock de guerra”

La Batalla del Somme no solo destrozó cuerpos; destrozó mentes.

Ahí aparece por primera vez de manera masiva lo que entonces llamaron “shell shock” (shock de guerra). Miles de soldados comenzaron a presentar síntomas que los mandos no entendían:

  • Temblores incontrolables

  • Parálisis sin causa física

  • Mutismo (dejaban de hablar)

  • Pesadillas recurrentes

  • Pánico ante ruidos fuertes

  • Incapacidad de volver al combate

Hoy lo reconoceríamos como trastorno de estrés postraumático (TEPT). Pero en 1916 no existía ese concepto.


⚙️ ¿Por qué el Somme fue psicológicamente devastador?

Porque fue guerra industrial constante.

En el Somme, los soldados vivían:

  • Bombardeos de artillería durante días sin pausa

  • Trincheras llenas de lodo, cadáveres y ratas

  • La expectativa permanente de morir en cualquier momento

  • Ataques frontales sabiendo que la probabilidad de sobrevivir era mínima

No era una batalla heroica de horas. Era una presión psicológica prolongada.
El enemigo podía estar invisible, pero la muerte estaba siempre presente.

El cerebro humano no está diseñado para vivir meses bajo amenaza continua.


😔 La tragedia doble: heridos y acusados

Lo más brutal, es que muchos oficiales creían que el “shell shock” era cobardía o debilidad moral.

Algunos soldados fueron castigados, humillados e incluso ejecutados por “deserción”, cuando en realidad estaban psicológicamente quebrados.

La guerra no solo los rompía; luego los culpaba por romperse.


📚 El eco en la literatura

Muchos escritores que vivieron esa experiencia transformaron ese trauma en literatura. Por ejemplo:

  • Wilfred Owen

  • Siegfried Sassoon

Sus poemas ya no glorifican la guerra. La muestran como mutilación moral y absurda.

La épica murió en las trincheras.


🔎 Reflexión más profunda

El Somme marca un punto clave en la historia humana:

Por primera vez, la civilización industrial produce trauma psicológico a escala masiva.

La mente humana se convierte en el campo de batalla invisible.

Y aquí hay algo inquietante:

El shock de guerra nos obligó a aceptar que el ser humano tiene límites.
Que no todo se supera con disciplina o patriotismo.
Que la voluntad no basta cuando el sistema nervioso colapsa.

Es una lección que todavía ignoramos muchas veces.

Porque incluso hoy, cuando alguien “no puede más”, tendemos a llamarlo débil.

Pero el Somme nos enseñó algo distinto:

No era debilidad. Era humanidad.



¿La verdadera valentía es resistir todo…
o reconocer cuándo el alma necesita detenerse?

🧠 Cómo cambió la psiquiatría después del Somme

La Batalla del Somme fue un parteaguas no solo militar, sino médico y psicológico. Miles de soldados regresaron con síntomas que no podían explicarse por heridas visibles. Eso obligó a la psiquiatría a transformarse.


1️⃣ Del “cobarde” al paciente

Antes de la guerra, los trastornos nerviosos graves se asociaban a:

  • Debilidad moral

  • “Histeria” (sobre todo en mujeres)

  • Degeneración hereditaria

Pero el Somme produjo algo imposible de ignorar:
hombres jóvenes, físicamente sanos, disciplinados, muchos condecorados… que colapsaban psicológicamente.

Eso rompió el prejuicio de que el trauma era cuestión de carácter.

La mente podía romperse aunque la voluntad fuera fuerte.


2️⃣ Nace el concepto moderno de trauma

El “shell shock” empezó como una explicación física (se creía que las explosiones dañaban el cerebro).
Luego se entendió que muchos afectados no habían estado cerca de explosiones directas.

Se abrió paso una idea revolucionaria:

👉 El trauma puede ser psicológico, no solo físico.
👉 La experiencia extrema puede desbordar el sistema nervioso.

Ese cambio es la semilla del actual trastorno de estrés postraumático (TEPT), reconocido oficialmente mucho después, especialmente tras la guerra de Vietnam.


3️⃣ Tratamientos: entre brutalidad y avance

Hubo de todo.

Algunos médicos aplicaron terapias crueles (descargas eléctricas, humillaciones).
Pero otros empezaron a desarrollar enfoques más humanos:

  • Terapia de conversación

  • Reposo cercano al frente para evitar cronificación

  • Reconocimiento del agotamiento emocional

Aquí influyeron corrientes como el psicoanálisis de Sigmund Freud, que ya planteaba que los conflictos internos podían generar síntomas físicos.

Después de la guerra, la psiquiatría dejó de centrarse solo en asilos y empezó a mirar el trauma como fenómeno social.


4️⃣ La guerra como laboratorio involuntario

Es incómodo decirlo, pero las guerras aceleraron el estudio del trauma.

La Primera Guerra Mundial mostró que la mente no es infinita.
La Segunda Guerra Mundial profundizó la investigación.
Vietnam terminó de consolidar el diagnóstico moderno.

El sufrimiento masivo obligó a la ciencia a evolucionar.


🔎 Reflexión más profunda

 esto conecta con algo muy actual.

Durante siglos creímos que la fortaleza era aguantar sin romperse.
El Somme mostró que el sistema nervioso tiene límites biológicos.

No es debilidad. Es fisiología.

Y aquí está la lección más grande:

La psiquiatría moderna nace cuando la humanidad acepta que el dolor invisible es real.

Ese reconocimiento cambió todo:

  • Cómo entendemos la ansiedad

  • Cómo tratamos el estrés crónico

  • Cómo vemos a las víctimas de violencia

Y si lo traemos al presente —en un mundo saturado de estímulos, presión laboral, incertidumbre— la pregunta sigue vigente:

¿Estamos viviendo formas “suaves” pero constantes de desgaste psicológico industrial?

El Somme fue artillería.
Hoy puede ser hiperconectividad, precariedad o violencia cotidiana.

La escala cambia. El sistema nervioso sigue siendo humano.



 Cuando el Estado estorba: solidaridad espontánea vs autoridad

Hay una escena que se repite después de cada gran desastre: mientras la gente común organiza rescates, comparte agua y carga escombros con las manos desnudas, las autoridades llegan con sirenas, uniformes y órdenes. A veces ayudan. A veces coordinan. Pero en no pocas ocasiones, interfieren.

En A Paradise Built in Hell, Rebecca Solnit expone una paradoja incómoda: en muchos desastres, el problema no es la ausencia del Estado, sino su reacción basada en el miedo. Miedo a la desorganización, miedo al saqueo, miedo —sobre todo— a que la gente descubra que puede actuar sin pedir permiso.

I. El impulso natural: ayudar

Cuando ocurre una catástrofe, lo primero que aparece no es el caos, sino la cooperación. Personas sin entrenamiento formal rescatan heridos. Vecinos que no se conocían se convierten en brigadistas. Cocinas improvisadas alimentan a cientos. Se crean redes de información antes de que llegue cualquier institución.

Esto no es romanticismo: es observación histórica. Desde el terremoto de San Francisco de 1906 hasta el huracán Katrina, la constante es la ayuda mutua.

Y aquí surge una pregunta incómoda: si la gente puede coordinarse así en la emergencia, ¿qué impide que lo haga en la normalidad?

II. El reflejo autoritario

Ante el desastre, muchos gobiernos actúan bajo una premisa heredada del imaginario hobbesiano: sin control, la sociedad colapsa. Por eso la respuesta inmediata suele ser militarizar, imponer toques de queda, priorizar la vigilancia sobre la asistencia.

Tras el huracán Katrina en 2005, el discurso oficial en Estados Unidos no fue “organicemos ayuda”, sino “detengamos el saqueo”. Se enviaron tropas armadas antes que suministros suficientes. Se difundieron rumores de violencia masiva que luego resultaron exagerados o falsos.

El problema no fue solo la incompetencia logística, sino la narrativa. Se trató a las víctimas como potenciales criminales.

El mensaje implícito era claro: el ciudadano es sospechoso.

III. Cuando la autoridad frena la solidaridad

Solnit documenta casos donde autoridades bloquearon iniciativas comunitarias por no estar “autorizadas”. Voluntarios desplazados. Cocinas cerradas. Redes de ayuda desmanteladas por no cumplir protocolos. La prioridad no era la eficacia inmediata, sino el control formal.

¿Por qué ocurre esto?

Porque la ayuda espontánea es horizontal. No tiene jerarquía clara. No responde a una cadena de mando. Y eso incomoda a estructuras construidas sobre la verticalidad.

La catástrofe revela algo inquietante para el poder: que muchas formas de cooperación no necesitan supervisión constante. Que la obediencia no es el único principio organizador.

IV. El miedo del poder a la autoorganización

En el desastre, desaparecen momentáneamente las divisiones de clase, las competencias económicas, el aislamiento urbano. Aparece una comunidad funcional basada en la necesidad compartida. Es una experiencia intensa, casi utópica.

Y ahí está el verdadero problema.

Si las personas descubren que pueden organizarse sin intermediarios, que pueden resolver problemas sin esperar órdenes, entonces el monopolio simbólico del Estado como único garante del orden se debilita.

No se trata de abolir al Estado ni de idealizar el caos. Se trata de reconocer que el monopolio absoluto sobre la organización social es una ficción conveniente.

V. ¿Es el Estado siempre el enemigo?

Aquí conviene matizar. El Estado no es intrínsecamente obstructivo. Puede coordinar recursos a gran escala, reconstruir infraestructura, prevenir riesgos futuros. El problema surge cuando su lógica prioriza el control sobre la cooperación.

El desastre exige flexibilidad. Pero las instituciones están diseñadas para la estabilidad y la jerarquía. Esa rigidez puede volverse un obstáculo en momentos que requieren creatividad social.

El conflicto no es “Estado vs pueblo”, sino “control vs confianza”.

VI. Lo que la catástrofe revela

Las grandes tragedias muestran algo inesperado: que la sociedad no se sostiene solo por leyes y sanciones, sino por vínculos invisibles de cuidado mutuo. Cuando todo lo demás cae, esos vínculos permanecen.

La pregunta que deja flotando Solnit es inquietante:
¿y si el orden que creemos indispensable no es tan indispensable como pensamos?

Quizá el Estado no estorba por existir, sino cuando olvida que la comunidad no es una amenaza que domesticar, sino una fuerza que potenciar.