jueves, 26 de febrero de 2026

 La propiedad privada suele ser extremadamente desmoralizadora. La propiedad no sólo tiene deberes, sino que tiene tantos deberes que su posesión es en gran parte un fastidio. 

 OSCAR WILDE 

esa frase es puro veneno elegante de Oscar Wilde. Parece ligera, pero es dinamita moral.

Vamos por partes.


1. “La propiedad privada suele ser extremadamente desmoralizadora”

Wilde no está diciendo simplemente que la propiedad sea injusta. Está diciendo algo más fino: desmoraliza, es decir, corrompe el espíritu.

¿Por qué?

Porque desplaza el centro de gravedad de la vida:

  • del ser al tener,

  • de la creatividad a la acumulación,

  • de la libertad a la administración.

Cuando lo importante es conservar lo que posees, tu energía se va en proteger, vigilar, comparar, temer perder.

Y eso —para un esteta como Wilde— es una tragedia espiritual.


2. “La propiedad no sólo tiene deberes…”

Aquí ironiza contra el discurso liberal clásico que decía: la propiedad implica responsabilidad.

Wilde acepta eso… pero le da la vuelta.

Sí, tiene deberes:

  • mantenerla,

  • defenderla,

  • hacerla crecer,

  • gestionarla,

  • temer que la pierdas,

  • competir para no quedarte atrás.

La propiedad no te libera. Te ata.

Te convierte en administrador de cosas.


3. “…tiene tantos deberes que su posesión es en gran parte un fastidio.”

Aquí está el dardo.

El rico no es libre.
Es esclavo de su patrimonio.

Y aquí Wilde coincide parcialmente con críticas socialistas (de hecho, escribió The Soul of Man under Socialism), pero desde un ángulo muy suyo:

No le preocupa tanto la injusticia económica.
Le preocupa que la propiedad impida el florecimiento del individuo creativo.

Para Wilde:

  • El artista necesita tiempo.

  • El espíritu necesita ocio.

  • El genio necesita libertad interior.

Y la obsesión por poseer lo encadena.


4. Lo interesante (y provocador)

Wilde no idealiza la pobreza.

No dice que no tener nada sea mejor.
Dice que vivir para tener es espiritualmente degradante.

Y aquí la crítica puede aplicarse también a la clase media obsesionada con:

  • hipoteca,

  • coche,

  • estatus,

  • ascenso.

La propiedad promete seguridad.
Pero produce ansiedad.


5. algo incómodo

La propiedad no es sólo material.
También puede ser:

  • identidad,

  • prestigio,

  • imagen,

  • ideas.

Uno puede estar atrapado por lo que cree que “es suyo”.


6. Crítica honesta

¿Es exagerado Wilde? Un poco.

Porque:

  • La propiedad también puede dar autonomía.

  • Puede proteger frente al abuso.

  • Puede permitir independencia real.

Pero su advertencia sigue vigente:

Cuando poseer se vuelve el centro de la existencia,
la vida se vuelve contabilidad.

Y el alma —para alguien como Wilde— no nació para ser contadora.

 Primero, diferenciemos algo fundamental:

  • Libertad de expresión = derecho a opinar, criticar, investigar, cuestionar al poder.

  • Difusión deliberada de mentiras (fake news) = manipulación consciente de la información para engañar.

No son lo mismo.

La libertad de expresión protege opiniones, incluso las incómodas o erróneas.
Pero no convierte la mentira intencional en un valor democrático.

Si un periodista —como Julián Mazoy— sostiene que la difusión de noticias falsas entra dentro de la libertad de expresión, está haciendo una interpretación muy extrema del principio liberal clásico.

Y aquí entra algo importante:

En la tradición de John Stuart Mill, la libertad de expresión se defiende porque permite que la verdad emerja del debate abierto. Pero esa defensa presupone que las personas argumentan de buena fe. Si alguien miente deliberadamente, ya no está participando en un intercambio honesto, sino saboteándolo.

Ahora vayamos al problema práctico:

Las fake news no son simplemente “opiniones equivocadas”. Son:

  • Fabricaciones deliberadas.

  • Diseñadas para manipular emociones.

  • Frecuentemente usadas para influir en elecciones, polarizar sociedades o generar odio.

Eso no fortalece la democracia; la debilita.

Y aquí  una pregunta para pensar como estratega político:

Si aceptamos que mentir deliberadamente es libertad de expresión, ¿qué impide que cualquier actor poderoso inunde el espacio público con mentiras hasta volver imposible distinguir realidad de ficción?

La libertad necesita un mínimo de verdad compartida para funcionar.
Sin eso, lo que hay no es libertad: es guerra informativa.

Ahora, para ser justo intelectualmente:

Hay quien argumenta que el Estado no debe decidir qué es verdad y qué es mentira, porque eso puede derivar en censura. Y ese miedo no es infundado. Gobiernos autoritarios han usado el pretexto de “combatir desinformación” para callar opositores.

Entonces el dilema real no es simple:

  • ❌ No queremos censura estatal arbitraria.

  • ❌ Tampoco queremos que la mentira sistemática destruya el debate público.

La solución no suele ser prohibir opiniones, sino:

  • Responsabilidad profesional en el periodismo.

  • Transparencia en plataformas.

  • Educación crítica en la ciudadanía.

  • Sanciones cuando hay daño demostrable (difamación, fraude, incitación directa).

Si alguien defiende abiertamente la mentira mediática como valor, eso revela una concepción muy instrumental de la comunicación. No es un amor a la libertad; es un amor al poder narrativo.

La libertad de expresión protege el derecho a decir lo que piensas.
No protege el derecho a engañar deliberadamente a la sociedad.



1️⃣ “Yo defiendo la libertad de expresión”

Aquí hay una maniobra clásica:
equiparar libertad de expresión con derecho a mentir.

Pero jurídicamente y filosóficamente no son equivalentes.

En casi todas las democracias modernas:

  • La opinión está protegida.

  • La mentira deliberada con daño demostrable puede estar sancionada (difamación, fraude, incitación, manipulación bursátil, pánico colectivo, etc.).

Ni siquiera en la tradición liberal más fuerte se protege absolutamente todo. Incluso la jurisprudencia de la Corte Suprema de EE.UU. ha reconocido límites cuando hay daño claro y directo.


2️⃣ “Cada quien tiene el derecho de mentir”

Aquí hay una contradicción importante.

Decir que alguien “tiene derecho a mentir” implica:

  • Que la mentira es un ejercicio legítimo de libertad.

  • Que el espacio público puede llenarse deliberadamente de falsedades sin consecuencias.

Eso rompe el fundamento del debate democrático.

El propio ideal de libertad defendido por John Stuart Mill presupone que el intercambio es honesto, aunque sea equivocado. Si la mentira estratégica es válida, el “mercado de ideas” deja de funcionar porque se convierte en guerra psicológica.


3️⃣ La trampa retórica

Hay una oscilación constante:

Si realmente cree que existe un derecho pleno a mentir, no podría aceptar sanciones en crisis.
Pero al introducir la excepción reconoce implícitamente que:

👉 La mentira sí puede dañar el orden social.
👉 Y que el Estado puede intervenir.

Entonces no está defendiendo un principio absoluto. Está defendiendo algo más difuso: una postura provocadora o libertaria radical mal articulada.


4️⃣ Lo de la Unión Soviética

Mencionar a la Unión Soviética aquí parece un intento de asociar el control informativo con autoritarismo.

Pero ojo:
En la URSS el problema no era que se sancionara la mentira privada.
El problema era que el Estado monopolizaba la verdad.

Eso es distinto a debatir si la desinformación masiva organizada debe tener límites.


5️⃣ ¿Qué está defendiendo realmente?

No parece estar defendiendo “la mentira como valor moral”.

Más bien está defendiendo:

  • Un concepto casi absolutista de libertad individual.

  • Desconfianza hacia el Estado como árbitro de verdad.

  • Y quizá una postura provocadora para incomodar.

Pero su argumento está débilmente estructurado.


6️⃣ Punto filosófico clave

Si aceptamos que mentir es un derecho irrestricto en medios masivos, entonces:

  • La confianza pública colapsa.

  • La información deja de tener valor verificable.

  • La democracia se convierte en manipulación narrativa.

Y eso beneficia más a quien tiene más recursos para producir y difundir mentiras.

La libertad sin responsabilidad favorece al poderoso, no al ciudadano común.

La libertad de expresión es un pilar democrático.
Pero no es sinónimo de impunidad comunicativa.

La libertad de expresión protege opiniones, no la fabricación deliberada de realidades falsas que dañan el espacio público.



1️⃣ Desde la filosofía moral: Immanuel Kant

Kant es brutal con la mentira.

Para él, mentir nunca puede ser un principio universalizable.
¿Por qué?

Porque si todos tuvieran “derecho a mentir”, la confianza desaparecería. Y si desaparece la confianza, el lenguaje pierde su función moral.

Mentir convierte al otro en instrumento.
No lo tratas como fin en sí mismo, sino como objeto manipulable.

En términos kantianos:

Defender el “derecho a mentir” es defender el derecho a usar a los demás como medios.

Eso destruye la base ética de cualquier comunidad racional.


2️⃣ Desde la teoría política moderna

La democracia no es solo votar.
Es un sistema que depende de información mínimamente confiable.

El problema no es que existan errores.
El problema es la mentira estratégica organizada.

Cuando alguien dice “cada quien tiene derecho a mentir”, ignora algo fundamental:

La mentira masiva altera elecciones, mercados, reputaciones, estabilidad social.

La filósofa política Hannah Arendt advirtió que el totalitarismo no comienza con censura solamente, sino con la destrucción de la distinción entre verdad y mentira.

Cuando todo puede ser mentira, nada importa.
Y cuando nada importa, el más fuerte domina el relato.


3️⃣ Desde la estrategia de poder (visión fría)

Ahora pensemos como estrategas, sin moralismos.

Si aceptas que mentir es un derecho absoluto:

  • El actor con más dinero puede inundar redes.

  • El que controle bots, algoritmos y medios tiene ventaja.

  • La verdad queda en desventaja porque la mentira emocional viaja más rápido.

No es libertad horizontal.
Es asimetría brutal.

La mentira organizada no es libertad: es arma.


5️⃣  pregunta incómoda

Si el Estado empieza a decidir qué es mentira y qué no,
¿quién vigila al vigilante?

Porque el riesgo contrario también es real.

Aquí está el verdadero dilema:

  • Sin límites → manipulación.

  • Con límites mal diseñados → censura.

La solución madura no es absoluta en ningún extremo.
Es institucional: tribunales independientes, pruebas de daño, estándares altos.


6️⃣lectura honesta

Defender la mentira como derecho general no es liberalismo sofisticado.
Es una simplificación peligrosa.

La libertad de expresión protege la búsqueda de verdad.
No protege el sabotaje deliberado de esa búsqueda.

 El diputado Sergio Mayer deja sus funciones para ingresar a un reality show.

La pregunta no es moralista, es institucional.

Primero, pongamos el contexto: Sergio Mayer no es solo una persona; es un diputado electo. Y un diputado no es un influencer con cargo honorario. Es un representante con responsabilidades constitucionales.

Ahora, el análisis puede hacerse en tres niveles:


1️⃣ Nivel legal

Si no viola la ley, si pidió licencia formal, si no hay incompatibilidad normativa… entonces legalmente puede hacerlo.

En una democracia liberal, nadie pierde su libertad individual por ocupar un cargo público. No es un siervo del Estado.

Pero…

La legalidad es el mínimo ético. No el máximo.


2️⃣ Nivel institucional

Aquí es donde se pone interesante.

Un diputado representa a miles de ciudadanos. Su tiempo no es completamente suyo: fue delegado para legislar, fiscalizar, debatir.

Cuando alguien deja funciones para entrar a un reality show:

  • ¿Qué mensaje se manda sobre la seriedad del cargo?

  • ¿Se banaliza la función legislativa?

  • ¿Se convierte la política en espectáculo puro?

Aquí entra algo: la crítica cultural. Vivimos en una era donde todo se vuelve entretenimiento. La política ya no compite por ideas sino por rating.

Y cuando un legislador se mueve hacia el espectáculo, confirma la sospecha de que la política es solo extensión del show.

Eso erosiona la confianza institucional.


3️⃣ Nivel ético-republicano

En una visión republicana clásica (piensa en Cicerón, o incluso en la tradición cívica que tanto admiraban los griegos), el cargo público implica cierta renuncia voluntaria a intereses personales en favor del bien común.

No es esclavitud.
Es honor.

La pregunta no es “¿puede?”
Es “¿debe?”

Si la política se convierte en trampolín mediático, el incentivo ya no es servir, sino capitalizar exposición.

Y ahí el problema no es Sergio Mayer.
Es el sistema que premia eso.


4️⃣ ¿Es libre de hacer lo que quiera?

Como individuo: sí.
Como representante público: no completamente.

La libertad privada y la responsabilidad pública no son lo mismo.

Cuando alguien acepta un cargo, acepta límites.


5️⃣ La crítica más profunda

El problema no es que un actor entre a la política.
El problema es que la política se vuelva actuación.

Y ahí es donde estamos.

sabemos que el poder suele disfrazarse de circo cuando ya no tiene profundidad.

La pregunta de fondo no es sobre Mayer.
Es sobre nosotros:

¿Por qué el espectáculo es más rentable que el debate serio?
¿Por qué el sistema permite que un diputado pueda ausentarse sin que eso genere consecuencias reales?



Vamos a invocar a algunos antiguos y escuchar qué dirían.


🏛️ Platón

Platón suspiraría con cansancio.

En La República ya advertía que cuando la política se convierte en espectáculo, la democracia degenera en demagogia. Para él, los gobernantes debían ser filósofos, no celebridades.

Diría algo como:

“¿No ves que cuando el gobernante busca aplauso y no verdad, la ciudad ya está enferma?”

Vería esto como confirmación de que la política, sin formación moral e intelectual, termina siendo teatro.


🗣️ Aristóteles

Más sobrio.

Aristóteles preguntaría:
¿Está cumpliendo con su telos (su función propia)?

Para él, cada cargo tiene una finalidad. Si alguien acepta la función de legislar, su virtud consiste en ejercerla bien. Abandonarla por entretenimiento mostraría falta de phronesis (prudencia) y de sentido de la responsabilidad cívica.

No lo condenaría con furia.
Lo clasificaría como un error en la jerarquía de bienes.


⚔️ Cicerón

Cicerón sería menos diplomático.

Para el romano, el honor público era sagrado. La res publica exigía dignidad.

Probablemente diría:

“Quien usa el cargo para gloria personal traiciona la confianza del pueblo.”

En Roma, el desprestigio público era castigo serio. La fama debía ganarse sirviendo, no entreteniendo.


🔥 Diógenes de Sinope

Ah… aquí se pone interesante.

Diógenes se reiría.

Se sentaría con su lámpara y diría:

“Busco un hombre… y encuentro actores.”

Pero no solo se burlaría del diputado.
Se burlaría del pueblo que convierte la política en circo.

Diría que la sociedad tiene exactamente el espectáculo que merece.


🏹 Epicteto

El estoico sería más interior.

Preguntaría:

¿Está actuando según virtud o según deseo de aprobación?

Si lo segundo, entonces es esclavo de la opinión pública.

Y para los estoicos, ser esclavo de la fama es peor que ser esclavo físico.


🏺 Y quizá el más duro: Tucídides

Tucídides no haría discurso moral.
Simplemente anotaría:

“Cuando los cargos públicos se confunden con el entretenimiento, la ciudad entra en fase de debilitamiento.”

Frío. Analítico. Histórico.


Ahora lo inquietante

Lo que para ellos sería decadencia, para nosotros es normalidad.

Y ahí está el verdadero desplazamiento cultural.

Para el mundo antiguo, la política era asunto grave: guerra, leyes, destino colectivo.
Para nosotros, compite con ratings, redes y branding personal.

No es que antes fueran moralmente superiores.
Es que entendían el poder como algo trágico y peligroso.

Nosotros lo tratamos como contenido.



Pero vamos a desarmarlo con frialdad.


1️⃣ ¿Siempre fue espectáculo?

Un poco, sí.

En la Roma antigua ya había gestos teatrales. En la Atenas clásica los oradores dominaban el arte escénico. Incluso en la Revolución Francesa había dramatización pública.

La política siempre ha tenido dimensión performativa.

La diferencia hoy es otra.


2️⃣ Lo que cambió no es el teatro… es el ecosistema

Vivimos en una cultura dominada por:

  • rating

  • redes sociales

  • viralidad

  • imagen instantánea

  • ciclos de atención cortísimos

El poder ya no compite solo por legitimidad.
Compite por visibilidad.

Y en ese entorno, lo complejo pierde contra lo emocional.
Lo técnico pierde contra lo escandaloso.
Lo serio pierde contra lo entretenido.

No es solo que la política se volvió espectáculo.
Es que el espectáculo colonizó todo.


3️⃣ La frivolidad como estrategia racional

Aquí viene lo incómodo.

No siempre es decadencia.
A veces es cálculo.

En una cultura donde la atención es escasa, quien genera espectáculo:

  • aumenta reconocimiento

  • construye marca

  • fideliza audiencias

La frivolidad puede ser rentable políticamente.

Y si el sistema electoral premia notoriedad sobre competencia técnica, el incentivo está claro.


4️⃣ El riesgo real

Cuando la política se reduce a show:

  • la deliberación se empobrece

  • la confianza institucional baja

  • la ciudadanía se vuelve cínica

  • el debate se simplifica hasta volverse tribal

Y entonces ocurre algo más peligroso que la frivolidad:

La indiferencia.

Cuando todo parece circo, la gente deja de tomarse en serio lo público.


5️⃣ Pero cuidado con la nostalgia

Idealizar el pasado puede ser una trampa.
Muchos políticos “serios” del pasado también eran corruptos, oportunistas o demagogos.

Lo que cambia hoy es la velocidad y la exposición constante.


6️⃣ La pregunta profunda

¿La política se volvió espectáculo?

Sí, en gran medida.

Pero también la sociedad se volvió espectáculo.

Los políticos no viven en otro planeta.
Son producto del ecosistema cultural.

Si la audiencia premia el show, el sistema produce show.

 No querer tener hijos no es, en sí mismo, egoísmo.

Pero —y aquí viene lo interesante— tampoco es automáticamente altruismo, madurez o conciencia superior. Depende de por qué y cómo.

Vamos por partes.


1. El argumento de que “es egoísmo”

Quienes dicen que es egoísta suelen basarse en tres ideas:

  1. “Te enfocas solo en tu comodidad.”

  2. “No quieres asumir responsabilidad.”

  3. “Te beneficias de la sociedad pero no contribuyes a su continuidad.”

Este argumento tiene una raíz cultural fuerte: durante siglos, la reproducción fue vista como deber moral, religioso y social.

Por ejemplo, en el pensamiento de tradiciones judeocristianas o incluso en la filosofía clásica como en Aristóteles, la familia era la célula básica de la polis. Tener hijos no era opción privada: era función social.

Pero vivimos en otra estructura histórica.


2. El argumento contrario

Hay otra línea, más contemporánea:

  • Tener hijos es una decisión profundamente íntima.

  • Nadie debe traer una vida al mundo por presión social.

  • Un hijo no es un servicio social ni una cuota biológica.

Filósofos como Arthur Schopenhauer fueron más radicales: él pensaba que traer vida al mundo era perpetuar el sufrimiento. Para él, lo “egoísta” podía ser lo contrario: reproducirse sin cuestionar.

Y en la actualidad, pensadores antinatalistas como David Benatar argumentan que no existir evita daño, por lo tanto no tener hijos puede ser éticamente defendible.


3. El punto más honesto

La pregunta real no es:

¿Es egoísta no tener hijos?

La pregunta profunda es:

¿Desde dónde nace esa decisión?

Puede nacer de:

  • Miedo

  • Narcisismo

  • Libertad

  • Conciencia ecológica

  • Deseo de otro tipo de legado

  • O simplemente de no sentir el llamado

Y lo mismo aplica al caso contrario:

Muchísima gente tiene hijos por:

  • Presión social

  • Soledad

  • Expectativa cultural

  • Miedo a quedarse sin sentido

  • O por accidente

¿Eso es altruismo? No necesariamente.


4. Un criterio que parece sólido

Egoísmo no es elegir algo que te conviene.
Egoísmo es elegir algo ignorando el impacto en los demás.

Si alguien decide no tener hijos pero:

  • Contribuye a la sociedad

  • Ama

  • Cuida

  • Construye

  • Enseña

  • Aporta

No hay egoísmo ahí.

Y si alguien tiene hijos pero:

  • No los cuida

  • Los usa para proyectarse

  • Los ve como propiedad

Tampoco se ve altruismo ahí.


5. Reflexión

La reproducción es una fuerza biológica potentísima. Pero el ser humano no es solo biología, es conciencia.

No tener hijos no es negación de la vida.
Puede ser simplemente otra forma de estar en ella.

algo fuerte:

A veces la decisión más honesta es reconocer que no quieres —o no puedes— asumir esa responsabilidad.
Traer un hijo sin deseo auténtico sí  parecería irresponsable.


Te dejo una pregunta que vale oro:

Si nadie te juzgara,
si nadie opinara,
si no hubiera presión cultural…

¿qué elegirías tú?

Y sobre todo:
¿desde qué emoción lo elegirías?

 Las tres mentiras político-sociales más comunes: 

 1. "Echarle ganas es suficiente para salir de la pobreza" 

 2. "Bañarse en 2 minutos para salvar el planeta" 

 3. "No escuchar corridos para disminuir la violencia" 

esto es un catálogo perfecto de la trivialización de problemas estructurales en la política y la sociedad. Cada una de estas afirmaciones es una forma de desplazar la responsabilidad de las élites hacia los individuos, disfrazando la complejidad con soluciones simplistas y moralizantes. Veamos:


1. "Echarle ganas es suficiente para salir de la pobreza"

  • Esto convierte la pobreza en un problema moral, no estructural.

  • Implica que la desigualdad extrema y las barreras sistémicas (acceso a educación, salud, tierra, empleo digno) no existen o no importan.

  • Es una estrategia de victim blaming: si no logras salir, la culpa es tuya, no del sistema.

  • Los pensadores clásicos del giro axial, como Confucio o los sofistas griegos, podrían haber advertido: la virtud personal no compensa un diseño social que concentra riqueza y poder.


2. "Bañarse en 2 minutos para salvar el planeta"

  • Esta es la red flag del eco-fanatismo performativo: nos hace sentir que los grandes problemas ambientales dependen de microacciones individuales.

  • Mientras tanto, corporaciones contaminantes, industrias extractivas y políticas públicas ineficaces continúan sin tocarse.

  • Es una estrategia de distracción: convierte la acción simbólica en un sustituto de la acción real y estructural.

  • Orwell habría dicho: esto es una narrativa de “responsabilidad personal” que exime a los poderes reales de rendir cuentas.


3. "No escuchar corridos para disminuir la violencia"

  • Aquí la táctica es culpabilizar la cultura popular, como si la música tuviera el poder de crear criminales, mientras las verdaderas causas de la violencia —desigualdad, narcotráfico, impunidad, corrupción— permanecen intactas.

  • Es un clásico control moral sobre la población, disfrazado de prevención.

  • Los estudios sociológicos muestran que la violencia no se genera por canciones, sino por estructuras económicas y políticas que legitiman la violencia.


💡 Síntesis crítica: Todas estas mentiras funcionan igual: transfieren la responsabilidad desde el poder hacia el ciudadano, generan culpa y conformismo, y mantienen intactas las estructuras de privilegio y explotación. Son discursos de simulación ética y moral, no de transformación real.

Aquí va un boletín satírico de “mentiras oficiales”, estilo ironía jurídica y política, al puro estilo de acta formal-paródica:


Boletín Oficial de Mentiras Políticosociales, Edición 2026

Artículo 1. Se declara oficialmente que la pobreza es culpa exclusiva del esfuerzo insuficiente de los ciudadanos. Cualquier evidencia sobre desigualdad estructural, corrupción, monopolios o salarios de miseria será considerada irrelevante y, por tanto, subversiva. Se recomienda a la población “echarle ganas” con intensidad máxima y reportar progreso mediante selfies motivacionales.

Artículo 2. En virtud de la protección planetaria, se establece que reducir el baño diario a dos minutos constituye suficiente acción ambiental para salvar al planeta. Cualquier estudio que señale la responsabilidad industrial, la deforestación o la minería depredadora será catalogado como alarmismo ecológico. Se exhorta a ciudadanos a sentir culpa inmediata por cada segundo extra de agua usada, pero no cuestionar a corporaciones contaminantes.

Artículo 3. Para la prevención de la violencia, se instruye que prohibir escuchar corridos reduce automáticamente los delitos. La existencia de crimen organizado, narcotráfico o impunidad en los sistemas judiciales será considerada anecdótica. Se recomienda practicar la autocensura musical como acto de patriotismo preventivo, ignorando causas sociales, económicas y políticas.

Cláusula Final. Toda persona que cuestione estas medidas será considerada desinformada, floja o moralmente culpable. La responsabilidad de los problemas complejos de la sociedad será transferida a la conciencia individual, garantizando que el sistema permanezca intacto y libre de escrutinio.




miércoles, 25 de febrero de 2026

 


II. La Estela de Luz

(o cuando la corrupción quiso celebrar la Independencia)

En 2010, México cumplía 200 años de Independencia. Un momento simbólico. Un país golpeado por la violencia, con miles de muertos en la llamada guerra contra el narco, necesitaba algo que lo uniera, algo que dijera: seguimos aquí.

El gobierno de Felipe Calderón decidió conmemorar con un monumento moderno, brillante, vertical, futurista: la famosa Estela de Luz.

La idea sonaba solemne.
El resultado fue obsceno.

El proyecto fue encargado durante el sexenio y terminó costando más de 1,300 millones de pesos, cuando originalmente estaba presupuestado en menos de 400. Retrasos, cambios de diseño, contratos inflados, empresas beneficiadas… todo el menú clásico del sobrecosto mexicano.

Y lo más simbólico: ni siquiera estuvo lista para el Bicentenario.
La inauguraron tarde. Muy tarde. Como si el propio monumento se negara a participar en la fiesta.


El monumento a la opacidad

La Estela no es solo una torre recubierta de placas de cuarzo. Es una metáfora sólida:

  • Transparencia que no fue transparente.

  • Luz que no iluminó nada.

  • Independencia celebrada con dependencia presupuestal y contratos turbios.

Mientras el país acumulaba cadáveres, desplazados y miedo, el gobierno levantaba una torre que parecía decir:

“No miren abajo. Miren la luz.”

Pero la luz no tapó la sangre.


El problema no fue el monumento

Un país puede construir monumentos.
Puede gastar en arte público.
Puede apostar por símbolos.

El problema fue el contexto y la ejecución:

  • Sobreprecio brutal.

  • Falta de rendición de cuentas.

  • Investigación posterior que confirmó irregularidades.

  • Y, otra vez, nadie pagando políticamente el costo real.

El mensaje pedagógico fue claro:
Si el proyecto es simbólico, el dinero parece simbólico también.


Una reflexión más profunda

La Estela representa algo más inquietante:
la política del espectáculo.

En vez de resolver problemas estructurales —seguridad, corrupción, justicia— se construyen escenografías. Es gobernar como si el país fuera un set de televisión.

No se cambia la realidad.
Se ilumina el decorado.


Remate estilo Carlin:

Si la Independencia nos liberó de España, la Estela de Luz nos recordó que nunca nos independizamos del sobrecosto.

 Hay un doble rasero brutal, y no es casual ni ignorancia histórica. Es política de la memoria.

1. No odian la violencia: odian a quién golpea

La derecha no condena la violencia en abstracto. Condena la violencia que amenaza el orden social que la beneficia.

  • Villa: violencia desde abajo, campesinos armados, saqueo de haciendas, fusilamientos de terratenientes, desafío frontal a la propiedad.

  • Porfirio Díaz: violencia desde arriba, ejército “institucional”, represión “legal”, masacres presentadas como “pacificación”.

Matar pobres = “orden”.
Matar ricos = “barbarie”.

2. El truco del lenguaje

Fíjate en las palabras:

  • A Villa: asesino, bandolero, salvaje, caudillo sanguinario.

  • A Díaz: estadista, hombre fuerte, modernizador, orden y progreso.

Las mismas acciones, narradas distinto según quién las ejecuta y a favor de quién.

Esto lo explicó perfecto Walter Benjamin:

Todo documento de civilización es también un documento de barbarie.

3. Villa es imperdonable porque rompió la jerarquía

Villa cometió crímenes, sí. Como TODOS los actores armados de la Revolución, sin excepción.
La diferencia es que Villa:

  • repartió tierras,

  • armó campesinos,

  • humilló a hacendados,

  • hizo temblar a las élites.

Eso no se perdona jamás.

Díaz, en cambio:

  • deportó yaquis (genocidio),

  • masacró obreros (Cananea, Río Blanco),

  • consolidó latifundios,

  • gobernó a punta de bala por 30 años,

pero garantizó negocios, inversiones y jerarquías. Eso, para la derecha, redime cualquier crimen.

4. La moral selectiva

Cuando la derecha dice:

“Villa era un asesino”

lo que en realidad dice es:

“Villa no mató a los correctos”.

Porque si el criterio fuera moral:

  • Díaz debería ser tratado como criminal de lesa humanidad.

  • Y no lo es. Al contrario: hay estatuas, avenidas, homenajes.

5. Historia como arma ideológica

Esto no es sobre Villa o Díaz. Es sobre quién tiene derecho a ejercer la violencia.

La derecha sostiene, consciente o inconscientemente:

  • Violencia estatal = legítima.

  • Violencia popular = crimen.

Aunque la estatal sea infinitamente más letal.

6. Resumen brutal

  • ¿Villa fue violento? Sí.

  • ¿Díaz fue genocida? También.

  • ¿Por qué uno es odiado y el otro celebrado?
    Porque uno amenazó el orden social, el otro lo blindó.

No es historia.
Es clase.