Lo que dice la científica suena racional, casi “objetivo”, pero es profundamente ideológico. Cuando alguien afirma “hay personas superiores, más inteligentes”, normalmente está mezclando tres trampas sin darse cuenta:
1. Confundir capacidades con valor humano
Sí, hay personas con más facilidad para las matemáticas, la música o la biología molecular. Eso es innegable.
El problema aparece cuando se desliza —casi sin notarlo— de “es mejor en X” a “es mejor que otros”.
Ahí ya no hablamos de inteligencia, sino de jerarquía moral.
Ser más inteligente no te hace más digno, más valioso ni más humano. Solo te hace más hábil en ciertos juegos que la sociedad decidió premiar.
2. La inteligencia no flota en el vacío
La científica parece olvidar algo básico:
la inteligencia no es solo biología, es contexto, estímulo, tiempo, nutrición, escuela, libros, calma mental, seguridad.
Las escuelas privadas “exclusivas” no producen genios por arte de magia; seleccionan ventajas y luego las presentan como mérito natural.
Es el viejo truco:
“Mira qué altos somos”
—dice quien siempre caminó sobre un pedestal.
3. El problema no es reconocer diferencias, sino usarlas para despreciar
Decir “no todos somos iguales” es cierto.
Decir “algunos son superiores” ya es otra cosa.
La superioridad no es una descripción:
es una excusa para justificar desigualdad, desprecio y privilegio.
Por eso la respuesta del otro es tan importante:
“No me gustan las personas que se sienten superiores”
No está negando la inteligencia.
Está rechazando la soberbia que convierte una capacidad en identidad.
Y aquí va lo más incómodo —pero honesto—:
históricamente, las peores barbaridades no las hicieron los “ignorantes”, sino personas muy inteligentes convencidas de que su inteligencia les daba derecho a mandar, decidir o excluir.
Así que sí:
esto refleja una forma de pensar muy extendida, sobre todo en élites académicas y económicas.
Y no es inocente. Es la versión elegante del viejo “yo valgo más”.
La inteligencia sin humildad no ilumina: justifica.
Y cuando alguien necesita sentirse superior para afirmarse… casi siempre es porque, en el fondo, se siente frágil.
Tomemos la biología —que es justo el terreno donde ese argumento cree ser invencible— y desmontémoslo con calma, sin consignas.
1. La biología no habla de “superiores”, habla de diversidad
En biología no existe la categoría “superior” aplicada a individuos humanos.
Eso es clave.
La evolución no premia “a los mejores”, sino a los suficientemente adaptados a un contexto concreto.
Un rasgo puede ser ventaja hoy y estorbo mañana.
Ejemplo simple:
-
Un cerebro muy analítico puede brillar en un laboratorio.
-
Ese mismo cerebro puede ser torpe para la empatía, el cuidado, la cooperación o la supervivencia social.
¿Superior a quién? ¿En qué ambiente? ¿Para qué problema?
La biología siempre pregunta “funciona para esto”, nunca “vale más”.
2. La inteligencia no es una cosa, es un conjunto desordenado
La idea de “personas más inteligentes” suele apoyarse en una fantasía:
que la inteligencia es una sustancia medible, estable y jerarquizable.
Pero desde la neurociencia sabemos que:
-
No hay un solo tipo de inteligencia.
-
No hay un solo circuito cerebral que la gobierne.
-
No hay una medida neutral que la capture por completo.
Hay inteligencias:
-
abstractas
-
espaciales
-
emocionales
-
sociales
-
corporales
-
narrativas
-
prácticas
La sociedad moderna sobrevalora dos o tres y desprecia el resto.
Luego finge que esa selección es “natural”.
Eso no es biología: es política cultural.
3. El mito peligroso: confundir evolución con jerarquía
Aquí está el truco más grave.
Muchas personas oyen “evolución” y creen:
“Los más inteligentes están más evolucionados”
Eso es biológicamente falso.
Todos los humanos actuales somos igual de evolucionados.
No hay humanos “más avanzados” que otros.
No hay escalera evolutiva con nerds arriba y campesinos abajo.
Esa idea viene del siglo XIX, del darwinismo social,
y sirvió para justificar colonialismo, racismo y eugenesia.
O sea: cuando alguien habla de superioridad humana, no está siendo científico, está reciclando ideología vieja.
4. La cooperación, no la genialidad, nos hizo humanos
Si la biología tuviera que señalar el rasgo decisivo de nuestra especie, no sería el IQ.
Sería:
-
la cooperación
-
el cuidado mutuo
-
la transmisión cultural
-
la empatía
Un genio aislado en la sabana se muere.
Un grupo diverso, con habilidades distintas, sobrevive.
La especie humana no triunfó por individuos excepcionales,
sino por comunidades suficientemente solidarias.
Eso choca frontalmente con la fantasía elitista de la cientifica
5. Por eso el desprecio “inteligente” huele raro
Cuando alguien dice:
“Hay personas superiores, más inteligentes”
No está describiendo la realidad biológica.
Está protegiendo una identidad.
Quiere creer que:
-
su lugar en el mundo es merecido
-
sus ventajas son naturales
-
su éxito no depende de otros
La biología, en cambio, es brutalmente humilde:
nos recuerda que somos frágiles, interdependientes y circunstanciales.
Cierre
La ciencia no avala la superioridad humana.
La arrogancia sí, pero esa no es científica: es miedo disfrazado de certeza.
Reconocer diferencias es honesto.
Convertirlas en jerarquía es ideología.
Y usar la inteligencia para despreciar…
eso es una forma elegante de ignorancia.
Vámonos a filosofía, pero sin vitrinas académicas: a cuchillo limpio.
1. Nietzsche: la trampa del “superior”
Nietzsche hablaba del Übermensch y mucha gente cree que eso valida la idea de “personas superiores”. Error común, y peligroso.
Para Nietzsche, el problema no eran los “inferiores”, sino la mediocridad cómoda y la moral que aplasta la singularidad.
El Übermensch no es alguien más inteligente, ni con mejores notas, ni con más títulos.
Es alguien que se crea a sí mismo, que asume la responsabilidad brutal de vivir sin coartadas.
Cuando alguien usa a Nietzsche para decir “yo valgo más”, Nietzsche se reiría en su cara:
eso es rebaño con diploma.
La soberbia intelectual no es voluntad de poder; es miedo a mezclarse.
2. Hannah Arendt: inteligencia sin pensamiento
Arendt es clave para entender el peligro.
Ella observó algo escalofriante en los burócratas nazis:
no eran estúpidos. Muchos eran muy competentes.
Su concepto de la banalidad del mal señala esto:
la inteligencia técnica puede coexistir con una incapacidad radical para pensar éticamente
Pensar, para Arendt, no es resolver problemas complejos, sino:
-
ponerse en el lugar del otro
-
cuestionar órdenes
-
interrumpir la inercia
Una persona “muy inteligente” que no piensa así no es superior: es más peligrosa.
3. Bourdieu: el truco de la distinción
Bourdieu desmonta a la científica con bisturí sociológico.
Lo que llamamos “inteligencia” suele ser capital cultural:
-
saber cómo hablar
-
qué libros citar
-
qué gestos usar
-
qué gustos tener
Las élites convierten su forma de estar en el mundo en medida universal
y luego dicen: “mira, somos naturalmente mejores”.
No es superioridad: es herencia disfrazada de mérito.
La escuela “exclusiva” no descubre talento:
lo reconoce cuando se parece a ella.
4. Kant: dignidad, no ranking
Kant lo dice sin rodeos:
Las personas tienen dignidad, no precio.
La dignidad no admite comparaciones.
No se suma, no se resta, no se ordena.
En el momento en que dices “este humano vale más”,
dejaste de pensar éticamente y entraste en lógica de mercado o de zoológico.
Para Kant, incluso el genio no vale más como persona.
Solo es responsable de usar mejor su razón.
5. El patrón que se repite
Fíjate qué curioso:
-
La biología niega la superioridad.
-
La filosofía la sospecha.
-
La historia la condena.
¿Quién la defiende entonces?
Casi siempre:
-
quienes ya están arriba
-
quienes confunden privilegio con esencia
-
quienes necesitan creer que su lugar es “natural”
La idea de “personas superiores” no es una verdad incómoda.
Es una coartada cómoda.
Cierre
La inteligencia no te eleva sobre otros.
Te obliga más.
Más responsabilidad.
Más cuidado.
Más duda.
Cuando alguien se siente superior por ser inteligente,
no entendió ni la inteligencia ni a los humanos.
Y eso, camaradas,
es un fracaso filosófico total.
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