lunes, 17 de agosto de 2026

 


La imagen de los balones lanzados desde una camioneta blindada concentra, en una sola escena, una contradicción política casi perfecta: desastre real + gesto teatral + distancia física + apariencia de normalidad.

Hay varias capas interesantes:

1. El verdadero “realismo mágico” no está en el terremoto

El terremoto es una catástrofe perfectamente real. Lo extraordinario es la respuesta política.

En García Márquez, lo mágico aparece cuando lo imposible es tratado por los personajes como parte de la vida cotidiana. Aquí ocurre algo parecido, pero con una diferencia bastante más amarga: la escena no necesita inventarse.

Un presidente llega a una zona devastada y, en lugar de aparecer fundamentalmente como autoridad responsable de la emergencia, aparece en una imagen que parece salida de una sátira: vehículo blindado, población afectada y balones volando.

La realidad ya hizo el trabajo del escritor.

2. El balón como símbolo es demoledor

El balón parece un gesto pequeño, incluso simpático. Pero precisamente por eso resulta políticamente potente.

Un balón comunica:

  • normalidad;

  • cercanía;

  • alegría;

  • espontaneidad;

  • contacto con “la gente”.

Pero un desastre exige otras imágenes: maquinaria, hospitales, alimentos, refugios, coordinación, rescate, reconstrucción, información.

Por eso la escena puede leerse como un cambio de lenguaje: donde la población necesita Estado, aparece espectáculo.

Y ahí está el corazón de la sátira.

3. La camioneta blindada es el detalle que convierte la escena en esperpento

Si el presidente estuviera caminando entre los damnificados y entregando ayuda, la imagen sería otra.

Pero aparece protegido por un vehículo blindado.

Entonces tenemos simultáneamente:

la vulnerabilidad de los ciudadanos
frente a
la protección del gobernante.

Y encima, desde esa cápsula de seguridad, se lanzan balones hacia afuera.

Es casi una metáfora involuntaria del poder: el gobernante permanece protegido mientras lanza pequeños objetos simbólicos hacia una población expuesta.

4. Los seis días importan muchísimo

La frase “seis días después” cambia la lectura.

No estamos ante una visita inmediata en medio de la emergencia. El tiempo convierte la aparición en un acontecimiento político.

Si además la visita ocurre después de una gestión considerada nefasta, el balón deja de ser simplemente un balón.

Se convierte en puesta en escena.

Y aquí aparece una pregunta mucho más interesante que “¿qué tan absurda es la foto?”:

¿Por qué los gobiernos recurren a gestos simbólicos cuando la realidad exige resultados materiales?

Porque los gestos son baratos, fotogénicos y políticamente comprensibles en segundos.

Una tonelada de ayuda humanitaria requiere logística.

Un balón requiere una mano.

Una fotografía puede comunicar en dos segundos lo que una política pública tarda meses en demostrar.

5. “Realismo mágico” también funciona como crítica al lenguaje político

La expresión tiene una segunda lectura.

Estamos acostumbrados a que la política convierta acontecimientos absurdos en algo perfectamente normal mediante el lenguaje oficial:

“Visita de cercanía.”
“Actividad recreativa.”
“Convivencia con la comunidad.”
“Gesto de solidaridad.”

El lenguaje burocrático puede hacer desaparecer el absurdo.

Y ahí es donde el paralelismo con García Márquez se vuelve especialmente interesante: la realidad parece ficción, pero las instituciones insisten en narrarla como normalidad.

6. El verdadero protagonista sería la fotografía

Incluso más que el presidente, la protagonista de la escena es la imagen.

Porque una fotografía así tiene una enorme eficacia narrativa. No necesita explicar seis días de gestión, problemas administrativos, fallas de coordinación o decisiones políticas.

Solo necesita mostrar:

camioneta blindada + zona devastada + presidente + balones.

El espectador construye la ironía solo.

Y eso conecta con una idea muy contemporánea: la política ya no solamente administra acontecimientos; administra imágenes de los acontecimientos.

7. Hay una inversión brutal del concepto de “cercanía”

El gobernante pretende acercarse a la población.

Pero la escena muestra distancia.

Está dentro del vehículo.

Está protegido.

Está separado físicamente.

Y el objeto que establece contacto con la gente no es su mano, ni una herramienta, ni ayuda material: es un balón que sale disparado desde el vehículo.

Es casi una definición visual de la política-espectáculo:

estar cerca sin exponerse; tocar al pueblo sin tocar el problema.

Y esa frase es el núcleo del asunto.

8. La sátira puede ir todavía más lejos

Hay algo deliciosamente absurdo en que García Márquez necesitara inventar generaciones enteras de Buendías, lluvias de flores amarillas, ascensiones al cielo y acontecimientos imposibles para producir esa sensación de extrañeza...

...y la política contemporánea pueda producirla con una camioneta blindada y unos balones de fútbol.

Pero conviene hacer una precisión: llamarlo “realismo mágico” es una metáfora satírica, no una descripción literaria estricta del fenómeno de García Márquez.

De hecho, eso podría hacer todavía mejor el ensayo: “Esto no es realismo mágico. Es algo peor: realismo político.”

Porque en el realismo mágico lo imposible parece cotidiano.

Aquí lo absurdo parece perfectamente posible.

Y quizá ésa sea la parte más inquietante.








 «Que surja una nueva tierra. Que nazca otro mundo. Que una paz sangrienta se escriba en el cielo. Que brote una segunda generación llena de valor; que crezca un pueblo que ame la libertad».

  Margaret Walker. 


La frase  de Margaret Walker, poeta afroestadounidense vinculada al Renacimiento de Harlem y, sobre todo, a la literatura de la experiencia negra en Estados Unidos. Políticamente, el fragmento puede leerse como una declaración de ruptura con un orden histórico basado en la violencia, la desigualdad y la exclusión.

1. «Que surja una nueva tierra»

No está hablando simplemente de un territorio nuevo. La “nueva tierra” es una nueva sociedad.

La tierra existente representa un mundo marcado por la esclavitud, el racismo, la explotación y la jerarquía. Pedir que surja otra significa imaginar una comunidad política distinta.

Hay aquí una idea muy poderosa: la libertad no consiste únicamente en cambiar quién gobierna, sino en transformar las condiciones sociales que producen la opresión.

2. «Que nazca otro mundo»

Walker utiliza el lenguaje del nacimiento.

No dice “que reformemos este mundo”, sino que nazca otro. Eso introduce una dimensión casi revolucionaria: el viejo orden no debe simplemente maquillarse.

Políticamente puede interpretarse como una ruptura con la idea de que las instituciones existentes son naturales o eternas.

El mensaje sería:

Si una sociedad ha sido construida sobre la injusticia, no basta con pedirle que sea un poco más amable; hay que imaginar otra forma de organizar la convivencia.

3. «Que una paz sangrienta se escriba en el cielo»

Esta es quizá la imagen políticamente más compleja.

“Paz” y “sangre” aparecen juntas. La contradicción no es accidental.

Walker parece reconocer que las sociedades que han vivido durante generaciones bajo violencia no pueden llegar a una verdadera paz simplemente declarando que el conflicto terminó. La paz lleva consigo la memoria de quienes fueron sacrificados para alcanzarla.

Puede leerse también como una advertencia:

no existe reconciliación auténtica cuando se pretende borrar la historia de la violencia.

La paz tiene que reconocer a sus muertos.

4. «Una segunda generación llena de valor»

Aquí aparece la dimensión generacional de la transformación política.

La liberación no pertenece únicamente a quienes lucharon contra la injusticia en el presente. También debe producir seres humanos capaces de vivir de otra manera.

Es decir, una revolución política necesita convertirse en una revolución cultural.

No basta con modificar leyes. Hay que producir nuevas generaciones que ya no acepten como normales el racismo, la subordinación o la desigualdad.

5. «Un pueblo que ame la libertad»

Este verso desplaza el centro de la política.

La libertad deja de ser solamente un derecho escrito en una Constitución y se convierte en una cultura política.

Un pueblo libre necesita aprender a valorar la libertad propia y la libertad de los demás.

Y aquí aparece una cuestión fundamental: ¿qué ocurre cuando alguien reclama libertad para sí mismo pero pretende negársela a otro?

La respuesta implícita de Walker es bastante radical: la libertad no puede ser privilegio de una parte de la población.

La dimensión racial

En el contexto histórico de Walker, estas palabras adquieren una fuerza especial. La experiencia afroamericana había demostrado la enorme distancia entre los ideales democráticos proclamados por Estados Unidos y la realidad de millones de personas negras.

Estados Unidos podía hablar de libertad mientras mantenía estructuras de segregación y discriminación.

Por eso el poema plantea una especie de juicio moral sobre la democracia estadounidense:

¿De qué sirve proclamar la libertad si una parte del pueblo no puede disfrutarla plenamente?

La democracia queda entonces sometida a una prueba muy sencilla:

La libertad de una sociedad se mide por la libertad efectiva de quienes históricamente han tenido menos poder.

Una lectura más amplia

Y aquí creo que el fragmento se vuelve especialmente interesante.

No es únicamente un poema sobre la población negra estadounidense. Puede leerse como una reflexión sobre cualquier sociedad que intenta salir de un pasado de violencia.

La estructura es casi un programa político:

viejo mundo → ruptura → memoria del sufrimiento → nueva generación → libertad.

Pero Walker no propone simplemente destruir. Hay algo más difícil: construir una sociedad capaz de producir personas libres.

Ese es el punto verdaderamente político.

Porque derribar un régimen puede ser relativamente rápido. Construir una cultura de libertad puede tomar generaciones.

La paradoja central

Hay una tensión preciosa en el fragmento:

“paz sangrienta”

La paz necesita memoria, pero la memoria también puede mantener abiertas las heridas.

Walker parece estar buscando una tercera posibilidad: recordar sin permanecer prisioneros del pasado.

Por eso el futuro aparece repetidamente mediante imágenes de nacimiento y crecimiento:

  • surja

  • nazca

  • sea escrita

  • brote

  • crezca

Todo el vocabulario es orgánico.

La política aparece como una semilla que tiene que convertirse en pueblo.

Y quizá esa sea la idea más profunda del fragmento: la libertad no es simplemente algo que se conquista; es algo que una sociedad tiene que aprender a cultivar.


El desprestigio del comunismo suele atribuirse al fracaso del sistema en abstracto, mientras que las dictaduras que han existido dentro de sistemas capitalistas suelen presentarse como desviaciones políticas ajenas al capitalismo.

Y ahí hay algo interesante.

1. El problema de los regímenes comunistas

La Unión Soviética de Stalin, la China de Mao, la Camboya de Pol Pot, Corea del Norte, etc., hicieron que para muchísima gente comunismo, autoritarismo, partido único y represión quedaran asociados.

Pero hay una cuestión histórica: en varios de estos casos, el sistema no fue simplemente una sociedad que espontáneamente decidió adoptar el comunismo. Hubo revoluciones, guerras civiles, golpes revolucionarios o imposiciones estatales, seguidas por estructuras de partido único.

Por eso es legítimo preguntar:

¿Estamos juzgando las ideas comunistas por lo que ocurrió bajo esos gobiernos, o estamos confundiendo una doctrina política con las formas históricas concretas en que determinados gobiernos intentaron realizarla?

Pero tampoco sería correcto decir que todo el desprestigio proviene de que unos dictadores "obligaron a la gente". Las políticas económicas, la concentración del poder, la eliminación del pluralismo y las consecuencias humanas de esos regímenes también tienen que formar parte de la evaluación.

2. Y aquí aparece el doble rasero con el capitalismo

La comparación se vuelve mucho más interesante cuando miramos las dictaduras de países con economías capitalistas.

Pinochet en Chile, por ejemplo, no suele provocar que alguien diga:

"Eso demuestra que el capitalismo es autoritario."

Tampoco solemos describir el capitalismo como un sistema inherentemente dictatorial porque haya existido bajo Franco, las juntas militares latinoamericanas, el apartheid sudafricano o numerosas dictaduras apoyadas por potencias occidentales.

La explicación habitual es:

"Eso era una dictadura, pero no era capitalismo."

Y esa distinción puede ser perfectamente válida.

El problema es que entonces hay que concedérsela también al comunismo.

Si decimos:

"Pinochet no demuestra que el capitalismo sea necesariamente dictatorial",

tenemos que aceptar que:

"Stalin tampoco demuestra por sí solo que cualquier forma imaginable de comunismo tenga necesariamente que ser una dictadura."

Pero hay una segunda cuestión todavía más incómoda.

3. El capitalismo tiene una ventaja narrativa

El capitalismo puede coexistir con democracias liberales, dictaduras, monarquías constitucionales, regímenes autoritarios, Estados de bienestar y sistemas políticos muy diferentes.

Por eso resulta difícil identificar capitalismo con una forma concreta de gobierno.

El comunismo histórico, en cambio, quedó fuertemente asociado a Estados que concentraron simultáneamente el poder político y económico, y además se presentaron explícitamente como Estados revolucionarios dirigidos por un partido de vanguardia.

Eso produjo una asociación mucho más difícil de romper:

comunismo → partido único → Estado autoritario → represión.

Mientras que la asociación:

capitalismo → dictadura

nunca llegó a consolidarse de la misma manera porque el capitalismo sobrevivió perfectamente dentro de democracias plurales.

4. Pero hay una paradoja todavía mejor

El capitalismo puede decir:

"No me responsabilices de Pinochet; Pinochet era un dictador."

El comunismo puede responder:

"Entonces no me responsabilices de Stalin; Stalin era un dictador."

Y el debate verdaderamente interesante empieza después.

Porque la pregunta no debería ser solamente:

"¿Qué sistema produjo más dictaduras?"

Sino:

"¿Qué características de cada sistema favorecieron determinadas formas de concentración del poder, y cuáles permitieron corregirlas?"

Ahí ya no estamos haciendo propaganda a favor de uno u otro. Estamos haciendo historia política.

Y aparece una distinción fundamental: una cosa es decir que una ideología es responsable de todo lo que haga cualquier gobierno que se proclame representante de ella, y otra muy distinta es analizar si las propias estructuras de esa ideología facilitan o dificultan la democracia, el pluralismo y los controles al poder.

Esa, es la forma más potente de desmontar el argumento de "el comunismo es malo porque Stalin" sin caer en el argumento contrario de "el comunismo está completamente exonerado porque Stalin fue un dictador".

La misma vara debe aplicarse al capitalismo.

Si para juzgar al capitalismo separamos capitalismo de dictadura, debemos separar también comunismo de dictadura; y si queremos atribuir las consecuencias de una dictadura a la ideología económica que decía representar, entonces debemos aplicar exactamente el mismo criterio al capitalismo.


No te arregles para ellos: arréglate para ti

Hay un consejo que se repite con la sabiduría de una galleta de la fortuna:

“Como te ven, te tratan.”

Y contiene una verdad bastante incómoda: sí, vivimos rodeados de personas que juzgan rápidamente. Miramos la ropa, los zapatos, el cabello, la postura, el coche, el teléfono y hasta la manera de caminar de alguien, y en cuestión de segundos construimos una historia sobre esa persona.

El cerebro humano es bastante eficiente para hacer juicios rápidos.

También es bastante idiota para hacerlos.

Porque de una camisa vieja puede concluir pobreza, de unos zapatos gastados irresponsabilidad, de una camiseta sencilla falta de ambición y de un traje caro competencia. Y, por supuesto, puede equivocarse en todas las ocasiones.

Pero hay otra razón para cuidar nuestra apariencia que resulta mucho más interesante y bastante menos clasista.

No se trata solamente de cómo nos ven los demás. También se trata de cómo nos sentimos nosotros cuando nos vemos.

El problema de la famosa frase

“Como te ven, te tratan” suele presentarse como un consejo práctico.

Vístete bien para una entrevista.

Péinate.

Limpia tus zapatos.

No llegues hecho un desastre.

Hasta ahí, podemos concederlo.

Pero hay una segunda versión de la frase, mucho más perversa:

“Si los demás te tratan mal porque pareces poca cosa, la responsabilidad es tuya por no haberte presentado mejor.”

Ahí ya tenemos un problema.

Porque estamos convirtiendo una conducta social injusta en una obligación de la víctima.

Es como decirle al ladrón:

—No deberías robar.

Y responder:

—Bueno, pero también podrías haber comprado una caja fuerte.

No.

Que la sociedad juzgue por la apariencia explica un comportamiento. No necesariamente lo justifica.

Y aquí conviene separar dos preguntas que solemos mezclar:

¿Por qué debería cuidar mi apariencia?

y

¿Por qué debería necesitar una buena apariencia para que otros me respeten?

La primera puede tener respuestas muy interesantes.

La segunda merece que desconfiemos un poco.

Vestirse también puede cambiar cómo nos sentimos

En 2012, los psicólogos Hajo Adam y Adam Galinsky publicaron un estudio sobre lo que denominaron “enclothed cognition”, la idea de que la ropa puede influir no solamente en cómo nos perciben los demás, sino también en determinados procesos psicológicos de quien la lleva.

Su investigación exploraba cómo interactúan dos cosas: el significado simbólico de una prenda y la experiencia física de llevarla.

Dicho de manera menos académica:

No es exactamente lo mismo ponerse cualquier cosa que ponerse algo que para nosotros significa “hoy me presento de otra manera”.

Y esto abre una posibilidad mucho más interesante que la vieja obsesión con “dar una buena impresión”.

Tal vez algunas veces nos arreglamos porque queremos sentir que estamos participando activamente en nuestra propia vida.

No para el jefe.

No para el vecino.

No para Instagram.

No para impresionar al señor que está sentado tres mesas más allá tomando café y que probablemente ni siquiera recuerda nuestra cara cinco minutos después.

Para nosotros.

Hay una diferencia entre vanidad y cuidado

Hemos cometido una pequeña confusión cultural.

Si alguien pasa una hora frente al espejo buscando el ángulo perfecto para una fotografía, podemos sospechar que está demasiado preocupado por su apariencia.

Pero si alguien se ducha, se afeita, se pone una camisa limpia y limpia sus zapatos, inmediatamente pensamos:

—Bueno, simplemente está arreglándose.

¿Por qué una cosa tendría que ser necesariamente superficial y la otra no?

El cuidado personal puede ser perfectamente razonable sin convertirse en narcisismo.

Cuidar algo no significa adorarlo.

Puedes cuidar tu casa sin estar enamorado de tus muebles.

Puedes cuidar tu automóvil sin considerar que es parte de tu identidad.

Puedes cuidar tu cuerpo sin convertirlo en un proyecto obsesivo.

Y puedes cuidar tu apariencia sin creer que tu valor depende de ella.

Ésa es una distinción importante.

Porque el extremo contrario también es absurdo.

Si la industria de la belleza te dice:

“No eres suficiente hasta que compres nuestro producto”,

la respuesta no debería ser:

“Entonces no me importa absolutamente nada cómo me veo.”

Eso sería como responderle al vendedor de gimnasios:

—¿Quiere usted ponerse en forma?

—No, gracias. Para demostrar que no soy consumista voy a dejar de caminar.

La ropa también puede decirnos algo a nosotros mismos

Imaginemos a dos personas.

Las dos tienen exactamente el mismo dinero.

Una compra ropa nueva constantemente, persigue tendencias, revisa marcas y necesita que cada temporada le diga quién debe ser.

La otra tiene cinco camisas, tres pantalones y dos pares de zapatos. Los mantiene limpios, los repara cuando puede y los reemplaza cuando ya no cumplen su función.

No necesitamos convertir a ninguno de los dos en héroe.

El segundo no es automáticamente más virtuoso.

El primero tampoco es automáticamente superficial.

La pregunta interesante es otra:

¿Quién está tomando la decisión?

Porque no es lo mismo decir:

“No necesito ropa nueva porque estoy satisfecho con lo que tengo.”

que:

“Me da igual todo porque ya no vale la pena cuidar de mí.”

Desde fuera ambas personas pueden llevar una camisa vieja.

Por dentro pueden estar viviendo situaciones completamente diferentes.

Y aquí aparece algo que suele olvidarse cuando hablamos de apariencia: el descuido también puede ser una señal de algo, pero no necesariamente sabemos de qué.

Puede ser pobreza.

Puede ser comodidad.

Puede ser rebeldía.

Puede ser indiferencia.

Puede ser cansancio.

Puede ser una decisión estética.

Puede ser que esa persona simplemente tenga cosas más importantes en la cabeza.

Por eso no deberíamos diagnosticar el alma de alguien mirando sus pantalones.

Pero tampoco deberíamos idealizar el abandono

Aquí viene la parte incómoda.

A veces el descuido sí puede convertirse en una forma de abandono personal.

No porque una camisa rota destruya la autoestima.

Una camisa no tiene ese poder.

El problema aparece cuando la persona comienza a decir:

“Da igual.”

Da igual la ropa.

Da igual el cabello.

Da igual bañarme.

Da igual salir.

Da igual cómo me vea.

Da igual todo.

Ese “da igual” puede ser mucho más importante que la ropa misma.

Porque puede representar una retirada.

Una persona que deja de cuidar absolutamente todo puede estar enviando una señal a los demás, pero también puede estar enviándose una señal a sí misma:

“Ya no vale la pena.”

Y ése es el punto en el que el cuidado de la apariencia deja de ser una cuestión estética y empieza a rozar algo más profundo.

No necesitas parecer rico para sentir que vales

Éste debería ser el límite de todo este argumento.

No estoy diciendo que haya que vestir bien para demostrar que somos personas valiosas.

Precisamente al contrario.

Tu valor no aumenta porque lleves zapatos caros.

No eres más inteligente porque llevas saco.

No eres más responsable porque tienes un reloj de determinada marca.

No eres más digno porque hueles a una colonia que cuesta lo mismo que una semana de supermercado.

La ropa no crea dignidad.

Pero puede expresarla.

Y ésa es una diferencia enorme.

Una persona con pocos recursos puede tener una relación extraordinariamente cuidadosa con su ropa.

Puede remendarla.

Lavándola con cuidado.

Plancharla.

Mantener sus zapatos limpios.

Elegir con atención lo que conserva.

No porque quiera fingir que es rica.

Sino porque puede decir:

“Tengo poco, pero lo que tengo merece cuidado.”

Eso no es clasismo.

Eso puede ser dignidad.

Tal vez deberíamos cambiar la pregunta

En lugar de preguntar:

“¿Cómo me ven?”

podríamos preguntarnos:

“¿Cómo me estoy tratando?”

Porque existe una diferencia entre vestirse para obtener aprobación y vestirse como una forma cotidiana de autocuidado.

La primera nos coloca en manos de los demás.

La segunda nos devuelve un poco de control.

Y quizá ése sea el verdadero argumento.

No necesitas arreglarte para que el mundo decida que eres importante.

Arréglate, si te hace bien, porque ya eres importante antes de que alguien te mire.

Ponte la camisa limpia.

No porque el mundo tenga derecho a exigírtela.

No porque una sociedad clasista tenga razón.

No porque el señor del restaurante vaya a darte una mesa mejor.

Hazlo porque a veces las cosas pequeñas tienen una extraña capacidad para recordarnos algo que olvidamos:

que todavía estamos aquí.

Y que quizá seguimos mereciendo un poco de cuidado.

Incluso cuando nadie está mirando.

Referencias

  • Adam, H., & Galinsky, A. D. (2012). “Enclothed Cognition”. Journal of Experimental Social Psychology, 48(4), 918–925.

  • Goffman, E. (1959). The Presentation of Self in Everyday Life. Doubleday.

  • Bourdieu, P. (1984). Distinction: A Social Critique of the Judgement of Taste. Harvard University Press.

  • Simmel, G. (1904). “Fashion”. International Quarterly, 10, 130–155.

  • Fredrickson, B. L., & Roberts, T.-A. (1997). “Objectification Theory”. Psychology of Women Quarterly, 21(2), 173–206.

sábado, 15 de agosto de 2026

 En 1794, durante la Rebelión del Whisky que tuvo lugar en los incipientes Estados Unidos, el secretario del Tesoro, Alexander Hamilton (sí, el padre fundador cuyo rostro aparece en el billete de diez dólares), encabezó su propio y poderoso ejército para invadir Pensilvania a fin de bajarles los humos a algunos colonos establecidos en la zona fronteriza que querían eludir el impuesto sobre el whisky. En esta estúpida guerra contra su propio país, Hamilton demostró claramente una máxima: si necesitas un gran ejército para obligar a tus democráticos ciudadanos a obedecer una ley tributaria, deberías considerar seriamente cambiar la ley. 

Edward strosser. 

El pasaje de Edward Strosser tiene bastante más profundidad de la que parece. La Rebelión del Whisky (1791-1794) no fue simplemente una anécdota sobre campesinos que no querían pagar impuestos. Fue uno de los primeros grandes conflictos que pusieron a prueba la pregunta fundamental de toda democracia recién nacida:

¿hasta dónde puede llegar el Estado para hacer cumplir una ley, y qué ocurre cuando una ley legítima produce una resistencia social masiva?

1. Hamilton confundió autoridad con legitimidad

Alexander Hamilton tenía una preocupación perfectamente comprensible: el nuevo gobierno federal necesitaba ingresos. Estados Unidos acababa de salir de la guerra de independencia con una enorme deuda, y el impuesto sobre el whisky era una de las fuentes de financiación diseñadas por Hamilton.

El problema fue político.

El impuesto afectaba especialmente a los pequeños productores de las regiones fronterizas. Para muchos agricultores, destilar grano en whisky no era un lujo sino una manera práctica de convertir un producto difícil de transportar en una mercancía de mayor valor.

Por eso, desde la perspectiva de los colonos, Washington no estaba simplemente cobrando impuestos: estaba imponiendo desde el distante gobierno federal una carga que golpeaba desproporcionadamente a determinadas comunidades.

Y aquí aparece la gran paradoja.

Una ley puede ser legal y, al mismo tiempo, políticamente desastrosa.

Hamilton parecía pensar que la capacidad del Estado para imponer la ley demostraba la autoridad del Estado. Pero una democracia necesita algo más que capacidad coercitiva: necesita que sus ciudadanos consideren las leyes razonablemente legítimas.

2. El ejército resolvió el problema... y creó otro

En 1794 la resistencia alcanzó un punto en el que hubo ataques contra funcionarios y violencia. Washington decidió movilizar una enorme fuerza militar, aproximadamente 13.000 hombres, para restaurar el orden.

Hamilton participó directamente en la expedición.

Y aquí está lo interesante del episodio: militarmente fue un éxito; políticamente, la cuestión es mucho más incómoda.

El gobierno federal demostró que existía.

Eso era importantísimo para una república que apenas comenzaba.

Pero también quedó planteada una pregunta que sigue siendo contemporánea:

Si para conseguir que la población acepte una determinada política fiscal necesitas desplegar un ejército, ¿el problema está realmente en la población o en la política?

Strosser utiliza la ironía para señalar precisamente esa contradicción.

3. La fuerza puede hacer obedecer; no necesariamente puede hacer aceptar

Ésta es probablemente la idea más importante del texto.

Un Estado puede conseguir obediencia mediante la coerción.

Pero obediencia y legitimidad no son sinónimos.

Puedes conseguir que alguien pague un impuesto porque sabe que, si no lo hace, aparecerán soldados, policías, jueces o inspectores. Pero eso no significa que haya aceptado moral o políticamente el impuesto.

La diferencia es fundamental:

Poder: "Puedes hacerlo porque tengo fuerza para obligarte."

Legitimidad: "Puedes hacerlo porque acepto que tienes derecho a hacerlo."

Las democracias saludables necesitan ambas cosas, pero dependen muchísimo más de la segunda.

4. La ironía histórica de Hamilton

Hay además una deliciosa ironía.

Hamilton era uno de los grandes arquitectos de un gobierno federal fuerte. Y la Rebelión del Whisky fue precisamente la primera gran demostración de que ese gobierno federal podía hacer cumplir sus decisiones dentro del territorio nacional.

Desde ese punto de vista, Hamilton consiguió lo que quería.

Pero también mostró el peligro inherente al proyecto:

un gobierno revolucionario podía terminar utilizando contra sus propios ciudadanos instrumentos de coerción que recordaban, en pequeña escala, a los mecanismos de autoridad contra los que los estadounidenses se habían rebelado.

La diferencia, por supuesto, era que ahora el gobierno era republicano y las leyes procedían de instituciones representativas.

Pero ahí aparece el problema eterno de la democracia:

¿basta con que una ley haya sido aprobada legalmente para que cualquier resistencia contra ella sea ilegítima?

La respuesta histórica parece ser: no necesariamente.

5. El gran problema de fondo: confundir gobernar con mandar

El episodio también puede leerse como una advertencia contra una enfermedad política muy común: confundir la capacidad de imponer una decisión con la capacidad de gobernar bien.

Gobernar no consiste solamente en decir:

"Ésta es la ley y se va a cumplir."

Eso es relativamente sencillo cuando tienes suficiente fuerza.

La verdadera habilidad política consiste en construir condiciones en las que la mayoría acepte la ley sin que sea necesario recurrir constantemente a la fuerza.

Un buen político pregunta:

  • ¿Qué problema intenta resolver esta ley?

  • ¿A quién beneficia?

  • ¿A quién perjudica?

  • ¿La carga está distribuida justamente?

  • ¿Existe una alternativa menos conflictiva?

  • ¿Qué ocurre si una parte considerable de la población se niega a cooperar?

El político mediocre sólo pregunta:

"¿Cómo hago para que obedezcan?"

Y entonces aparece el ejército.

6. Pero hay que hacerle una corrección a Strosser

La frase de Strosser es brillante como provocación, pero históricamente necesita un matiz.

No necesariamente debemos concluir que si hace falta fuerza para aplicar una ley, entonces hay que cambiarla.

Eso sería demasiado simplista.

Hay leyes fundamentales que inevitablemente necesitan mecanismos coercitivos: contra el asesinato, el fraude, la violencia política, la corrupción, etc.

Una democracia no puede convertir cada acto de resistencia en un referéndum improvisado sobre la legitimidad de la ley.

El verdadero criterio debería ser otro:

¿La resistencia revela un problema de legitimidad política o simplemente una negativa de determinados individuos a aceptar una obligación democrática razonable?

En el caso del whisky hubo ambas cosas: intereses económicos particulares, resistencia organizada, violencia y también un conflicto real sobre la distribución de las cargas fiscales y el poder federal.

7. La lección que llega hasta hoy

Por eso la Rebelión del Whisky resulta tan moderna.

Cada vez que un gobierno responde a un problema político exclusivamente con más policía, más vigilancia, más sanciones o más fuerza, debería hacerse una pregunta incómoda:

¿Estamos solucionando el problema o simplemente aumentando el precio de la desobediencia?

Porque la fuerza tiene una propiedad peligrosa: funciona.

Y precisamente porque funciona, los gobiernos pueden caer en la tentación de utilizarla demasiado pronto.

Un gobierno que necesita persuadir tiene que argumentar.

Uno que necesita votos tiene que convencer.

Uno que necesita legitimidad tiene que negociar.

Pero un gobierno que sólo necesita obediencia puede limitarse a sacar la porra.

Y ahí está la verdadera mordacidad de Strosser: el fracaso de una política no siempre se manifiesta cuando la gente consigue derrotarla. A veces se manifiesta cuando el gobierno consigue imponerla a un costo político, económico y moral absurdamente alto.

La Rebelión del Whisky terminó demostrando que el gobierno federal tenía músculo.

Pero la pregunta más interesante para una democracia no es:

"¿Puede el Estado obligarnos?"

Es:

"¿Por qué tendría que obligarnos?"

Y ésa es una pregunta mucho más peligrosa para cualquier gobierno.


Hay algo maravillosamente absurdo en la política moderna.

Puedes estar debajo de tres toneladas de concreto, con una pierna atrapada, sin agua, sin aire y con las primeras 72 horas de supervivencia escurriéndose como arena entre los dedos...

Pero tranquilo.

El gobierno está verificando la orientación ideológica del rescatista.

Porque aparentemente, antes de sacar a una persona de los escombros hay que preguntarle al perro de rescate:

—¿Tu gobierno es de derecha?

El perro mueve la cola.

—¿Tienes certificación internacional?

El perro vuelve a mover la cola.

—¿Y qué opinas de la política exterior colombiana?

El perro ladra.

—¡Perfecto! ¡Que pase!

Así funciona el maravilloso mundo de la diplomacia humanitaria.

Tras el terremoto de magnitud 7,4 que golpeó Colombia el 10 de agosto de 2026, el gobierno de Abelardo de la Espriella anunció que recibiría equipos internacionales de búsqueda y rescate de Estados Unidos, Israel, Ecuador y El Salvador, mientras otros países habían ofrecido asistencia. La explicación oficial fue técnica: los equipos debían cumplir protocolos y contar con reconocimiento o certificación internacional.

Y hasta ahí, perfecto.

Porque si tienes que enviar un equipo especializado a una zona de desastre, tiene sentido exigir preparación, coordinación, experiencia, autonomía logística y estándares internacionales.

El problema aparece cuando uno mira la lista.

Estados Unidos.

Israel.

Ecuador.

El Salvador.

Cuatro países.

Y entonces uno empieza a preguntarse si estamos organizando una operación internacional de rescate...

o una reunión de amigos del presidente.

Porque México ofreció ayuda.

Otros países también.

Y entonces surge la pregunta que debería ser tan elemental que hasta un político tendría dificultades para estropearla:

¿La persona atrapada bajo los escombros sabe de qué país viene quien va a rescatarla?

No.

¿El concreto distingue entre un rescatista mexicano y uno estadounidense?

No.

¿Un perro especializado en búsqueda de sobrevivientes revisa el pasaporte de la persona que encuentra?

Espero sinceramente que no.

Porque entonces tendríamos que entrenar a los perros en relaciones internacionales.

—¡Fido, detecta sobrevivientes!

—Guau.

—¿Y qué encontraste?

—Guau.

—¿Mexicano?

—Guau.

—¿Cubano?

Gruñido.

—¡Buen perro!

La tragedia es que la política tiene una enfermedad bastante peculiar: convierte cualquier cosa en identidad ideológica.

La educación.

La salud.

La migración.

La economía.

La memoria histórica.

Y ahora, aparentemente, hasta los equipos de rescate.

Pero hay momentos en los que la ideología debería quedarse afuera.

Un terremoto es uno de esos momentos.

Cuando un edificio se desploma, la víctima no se convierte en conservadora o progresista. No se vuelve liberal, socialista, nacionalista ni globalista.

Se convierte en una persona que necesita ayuda.

Y el rescatista tampoco debería convertirse en embajador.

Es rescatista.

Su trabajo es encontrar gente viva.

Punto.

La excusa técnica

Aquí conviene ser justos.

El gobierno colombiano sostiene que la selección no responde a razones políticas, sino a criterios técnicos y protocolos internacionales.

Y esa explicación debe tomarse en serio.

Porque sería intelectualmente flojo afirmar:

"Como esos cuatro países son políticamente cercanos al gobierno, entonces necesariamente fueron seleccionados por razones ideológicas."

No necesariamente.

Pero también sería ingenuo decir:

"No hay ninguna cuestión política porque el gobierno afirma que no la hay."

La coincidencia merece preguntas.

Sobre todo porque uno de los elementos más llamativos es que El Salvador no aparecía registrado en el directorio de equipos USAR de INSARAG de Naciones Unidas, mientras que Estados Unidos, Israel y Ecuador sí tenían presencia en ese sistema, según reportes de prensa.

Y ahí aparece la pregunta incómoda:

Si el argumento fundamental es la certificación internacional...

¿por qué precisamente esos cuatro?

La respuesta debería ser pública, técnica y verificable.

No necesitamos teorías conspirativas.

Necesitamos documentos.

¿Cuántos equipos fueron ofrecidos?

¿Cuáles estaban disponibles?

¿Cuáles estaban certificados?

¿Cuánto tardaban en llegar?

¿Qué capacidades tenían?

¿Por qué unos sí y otros no?

¿Cuál era el costo?

¿Cuál era su autonomía?

¿Cuál era su experiencia?

Eso es transparencia.

Porque en una democracia seria, cuando el gobierno toma una decisión polémica durante una emergencia, no debería responder:

"Confíen en nosotros."

Debería responder:

"Aquí están los criterios. Aquí están los datos. Compruébenlos."

Porque debajo del escombro no hay diplomáticos

Este es el punto moral de todo el asunto.

La ayuda humanitaria debería funcionar bajo una regla extraordinariamente sencilla:

primero la vida; después la política.

No al revés.

Porque si la política determina quién puede salvar a una persona, entonces hemos conseguido algo verdaderamente espectacular:

hemos logrado que la ideología llegue antes que la ambulancia.

Y eso sí sería una innovación latinoamericana.

Imaginen el protocolo:

Paso uno: localizar sobrevivientes.

Paso dos: evaluar daños estructurales.

Paso tres: verificar nacionalidad del rescatista.

Paso cuatro: consultar orientación política.

Paso cinco: si todo está en orden, proceder al rescate.

Mientras tanto, debajo de los escombros:

—¿Ya vienen?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Estamos esperando que determinen si el equipo es políticamente compatible.

—Ah.

—Pero tranquilo.

—¿Por qué?

—Porque el presidente está muy preocupado.

Magnífico.

La víctima puede morir, pero por lo menos morirá sabiendo que hubo preocupación presidencial.

La tragedia de convertir al Estado en club de amigos

Lo peligroso de politizar la ayuda humanitaria no es solamente que pueda retrasar operaciones.

Es que destruye algo mucho más importante: la confianza.

Cuando un ciudadano ve que un país ofrece ayuda y el gobierno la rechaza, inevitablemente pregunta:

"¿Por qué?"

Si la respuesta es técnica y demostrable, perfecto.

Si la respuesta es política, estamos ante otro problema.

Porque un Estado no administra una tragedia como administra una campaña electoral.

No debería preguntar:

"¿Quién está con nosotros?"

Debería preguntar:

"¿Quién puede ayudarnos?"

Hay una diferencia gigantesca entre ambas preguntas.

La primera pertenece a la política partidista.

La segunda pertenece a la supervivencia.

Y quizá deberíamos recordar algo que la política contemporánea parece haber olvidado:

un gobierno no recibe ayuda para quedar bien con sus aliados; recibe ayuda para salvar a sus ciudadanos.

El perro de rescate tiene mejor política exterior

Tal vez deberíamos poner al perro de rescate al frente de la diplomacia internacional.

Porque el perro tiene una ventaja sobre nosotros:

no le importa de dónde vienes.

Huele.

Busca.

Encuentra.

Y cuando encuentra a alguien vivo debajo de los escombros, no pregunta si votó por Petro, por De la Espriella, por la derecha, por la izquierda o por el Partido del Perro.

Lo saca.

Ese animal entiende algo que algunos seres humanos, después de miles de años de civilización, todavía no consiguen entender:

la vida humana vale antes de la bandera.

Y ahí está la verdadera prueba de cualquier gobierno.

No en sus discursos.

No en sus fotografías.

No en sus alianzas internacionales.

No en cuántos presidentes amigos tiene.

La prueba está en qué hace cuando su gente está debajo de los escombros.

Porque cuando la tierra tiembla, desaparecen los discursos.

Desaparecen las banderas.

Desaparecen los comunicados.

Y durante unos minutos terriblemente largos solo queda una pregunta:

¿Hay alguien vivo ahí abajo?

Si la respuesta es sí, entonces que entre quien pueda ayudar.

Mexicano.

Colombiano.

Japonés.

Chileno.

Estadounidense.

Israelí.

Brasileño.

De derecha.

De izquierda.

Ateo.

Católico.

Comunista.

Capitalista.

Marciano, si trae el equipo adecuado.

Primero sáquenlo.

Después discutimos geopolítica.

Porque hay una regla que debería estar escrita en la puerta de toda oficina de gestión de desastres del planeta:

Cuando alguien está atrapado bajo los escombros, la ideología del rescatista es irrelevante. Lo único relevante es que llegue a tiempo.

Y si un gobierno no entiende eso...

quizá el problema no sea el terremoto.

Quizá el terremoto simplemente haya revelado dónde estaban las grietas.

 Carmen Aristegui señaló que la elaboración y presentación de listas públicas con nombres de periodistas y medios remite a prácticas de regímenes totalitarios como el nazismo o el estalinismo. Posteriormente, tras las reacciones en la conferencia presidencial, aclaró que criticó el uso de dichos listados, no a la mandataria directamente.

Cuando una lista de enemigos ya es el Tercer Reich

Hay una enfermedad bastante curiosa en la política contemporánea: la incapacidad de distinguir entre una mala decisión, una decisión autoritaria y el apocalipsis.

Alguien propone hacer una lista de adversarios políticos y, cinco minutos después, ya estamos desempolvando fotografías de Hitler, Stalin y Mussolini.

Calma.

Primero averigüemos qué carajos dice la lista.

Porque una lista puede ser una estupidez. Puede ser peligrosa. Puede ser ilegal. Puede ser políticamente miserable. Puede ser una herramienta de intimidación. Puede incluso convertirse en un mecanismo de persecución.

Pero una lista no convierte automáticamente a México en la Alemania de 1938.

Eso sería como decir que porque tu vecino compró una pala, está preparando una fosa común.

Quizá solamente quiere plantar un árbol.

La dictadura que permite quejarse de la dictadura

Aquí aparece una pequeña dificultad para quienes anuncian el nacimiento inmediato del totalitarismo mexicano:

¿Quién está denunciándolo?

Periodistas.

Columnistas.

Opositores.

Académicos.

Ciudadanos.

Medios de comunicación.

Y lo hacen públicamente.

Critican a la presidenta.

Critican al Congreso.

Critican a Morena.

Critican al gobierno.

Critican las reformas.

Critican las mañaneras.

Critican prácticamente todo.

Y luego publican:

“¡México se está convirtiendo en una dictadura!”

Desde un medio de comunicación.

En internet.

Para que millones de personas lo lean.

Eso plantea un pequeño problema logístico para la teoría de la dictadura.

Porque si esto fuera realmente el estalinismo, habría que imaginar a Stalin diciendo:

—Camarada, hemos preparado una lista de nuestros enemigos.

—¿Y qué hacemos con ellos?

—Nada todavía. Primero dejemos que publiquen un artículo criticándonos y después hacemos una encuesta en redes sociales.

No parece exactamente el gulag.

Pero tampoco hay que ser ingenuos

Ahora viene la parte incómoda.

Que México no sea una dictadura no significa que cualquier cosa que haga el gobierno esté bien.

Y aquí es donde la discusión debería ser mucho más adulta.

Si un gobierno elabora listas de personas consideradas adversarias, hay preguntas perfectamente legítimas:

¿Para qué?

¿Quién las elaboró?

¿Con qué criterios?

¿Quién tendrá acceso a ellas?

¿Se utilizarán para investigar delitos reales o para señalar enemigos políticos?

¿Se protegerán los datos personales?

¿Habrá consecuencias para quienes aparezcan allí?

¿Existe supervisión judicial?

¿Hay mecanismos para defenderse?

Eso sí importa.

Porque las democracias no se destruyen necesariamente con un golpe de Estado a las tres de la mañana.

A veces empiezan deteriorándose mediante pequeñas normalizaciones:

“Es solamente una lista.”

“Es solamente un señalamiento.”

“Es solamente una investigación.”

“Es solamente una institución que perdió independencia.”

“Es solamente un adversario.”

Por eso una democracia inteligente vigila las pequeñas cosas sin convertir cada pequeña cosa en Auschwitz.

Esa sería una posición bastante razonable.

El problema de invocar siempre a Hitler

Hay otra tragedia contemporánea: Hitler se ha convertido en el comodín argumentativo de la política.

¿El gobierno subió impuestos?

Hitler.

¿El gobierno atacó a un periodista?

Hitler.

¿El gobierno hizo una lista?

Hitler.

¿El gobierno prohibió algo?

Bueno, espere usted cinco minutos y seguramente aparecerá Hitler.

Y el problema es que cuando Hitler aparece en todas las discusiones, termina perdiendo capacidad explicativa.

Porque Hitler no fue simplemente un político antipático.

El nazismo implicó una dictadura totalitaria, destrucción de la oposición, terror estatal, policía política, persecución racial sistemática, campos de concentración y finalmente un proyecto genocida.

Stalin tampoco fue simplemente “un gobernante que concentró demasiado poder”.

Estamos hablando de sistemas políticos de una magnitud represiva extraordinaria.

Por eso comparar un mecanismo determinado con mecanismos utilizados históricamente por regímenes autoritarios puede ser intelectualmente válido.

Pero decir:

“Esto demuestra que estamos camino al nazismo”

es otra cosa.

Ahí hay que presentar pruebas.

No emociones.

No insinuaciones.

Pruebas.

Y luego está el pequeño elefante del norte

México tiene además una característica geopolítica bastante incómoda para quienes imaginan una dictadura mexicana naciendo tranquilamente mientras el mundo contempla el espectáculo con una bolsa de palomitas.

Tenemos a Estados Unidos a unos kilómetros.

El país más poderoso del continente.

Nuestro principal socio comercial.

Una potencia con enormes intereses económicos, migratorios, energéticos, militares y estratégicos en México.

¿Realmente alguien cree que una transformación radical de México en una dictadura totalitaria pasaría inadvertida para Washington?

Por supuesto que no.

Y aquí hay que hacer otra distinción.

Estados Unidos no es el caballero blanco de la democracia latinoamericana. La historia demuestra que Washington ha apoyado gobiernos democráticos, dictaduras, golpes de Estado y operaciones que hoy resultan bastante difíciles de defender.

Así que tampoco debemos construir la fantasía de:

“Estados Unidos jamás permitiría una dictadura porque ama profundamente la democracia.”

No.

Estados Unidos defiende, sobre todo, sus intereses.

Y precisamente por eso una crisis política extrema en México sería un asunto gigantesco para Washington.

Pero de ahí a afirmar automáticamente:

“Estados Unidos derrocaría al gobierno de izquierda”

hay otro salto monumental.

Una intervención militar estadounidense en México tendría consecuencias económicas, diplomáticas, migratorias y estratégicas enormes.

México no es Panamá.

No es Granada.

No es un pequeño país al otro lado del planeta.

Es uno de los países más importantes de América Latina y vecino directo de Estados Unidos.

La democracia no necesita dramatización; necesita vigilancia

Si alguien considera que elaborar determinadas listas es peligroso, que lo demuestre.

Que explique qué derechos vulnera.

Que examine las leyes.

Que investigue quién las produce.

Que documente sus consecuencias.

Que denuncie abusos concretos.

Eso es periodismo.

Eso es oposición.

Eso es democracia.

Pero convertir cada decisión polémica en el prólogo de una nueva Noche de los Cristales Rotos no ayuda demasiado.

Porque cuando todo es fascismo, nada es fascismo.

Cuando todo es dictadura, la palabra dictadura pierde significado.

Y cuando Hitler aparece hasta en la lista del supermercado, finalmente uno empieza a sospechar que el problema no es Hitler.

Es que alguien se quedó sin argumentos.

La democracia mexicana tiene problemas reales. Tiene corrupción, desigualdad, violencia, instituciones que deben fortalecerse, conflictos entre poderes, concentración política y debates muy serios sobre independencia institucional y libertad de expresión.

Precisamente por eso no necesitamos inventarle problemas que todavía no existen.

Necesitamos mirar los que sí existen.

Con lupa.

Con documentos.

Con evidencia.

Y, sobre todo, sin convertir cada desacuerdo político en el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.

Porque una democracia madura no dice:

“No pasa nada.”

Pero tampoco dice:

“¡Hitler!”

Dice algo mucho menos espectacular:

“Enséñame las pruebas.”

 Lo que diferenciaba a los grandes presidentes era su curiosidad intelectual y su amplitud de miras. Leían muchas horas y estaban tan interesados en aprender sobre los últimos avances en biología, filosofía, arquitectura y música como sobre los recientes acontecimientos del país o de la política internacional. Querían escuchar nuevos puntos de vista y revisar los antiguos. Veían muchas de sus políticas como experimentos que había que desarrollar, no tanto como victorias que había que obtener. Aunque podían ser políticos de profesión, solían resolver los problemas como científicos. 

 Adam Grant.


La frase de Adam Grant apunta a una idea bastante incómoda sobre el poder: los mejores gobernantes no necesariamente eran los que más sabían, sino los que sabían que no sabían suficiente.

Lo interesante es que Grant no está describiendo simplemente presidentes cultos. Está describiendo una forma de pensar.

1. La curiosidad como herramienta de gobierno

Un presidente que lee solamente sobre política termina viendo el mundo entero como política.

La economía se convierte en una batalla ideológica.
La ciencia, en una cuestión partidista.
La educación, en una bandera electoral.
La cultura, en propaganda.
La política exterior, en una partida de ajedrez.

La curiosidad intelectual rompe ese encierro.

Leer sobre biología puede enseñarte que los sistemas complejos rara vez obedecen a una sola causa. Leer filosofía puede obligarte a preguntarte qué entendemos por justicia. La arquitectura puede enseñarte cómo las estructuras condicionan el comportamiento humano. La música puede recordarte que existen formas de orden que no necesitan convertirse en consignas.

El gobernante culto no acumula conocimientos: adquiere nuevas maneras de mirar.

Y eso es muchísimo más importante.

2. "Querían escuchar nuevos puntos de vista"

Aquí aparece una virtud política extraordinariamente rara: la capacidad de soportar que alguien inteligente te contradiga.

El político mediocre busca confirmación.

Rodearse de personas que piensan igual produce una sensación deliciosa: todos parecen inteligentes porque todos dicen lo mismo.

Pero esa unanimidad puede ser una trampa.

Un gobernante necesita personas capaces de decir:

"Creo que estás equivocado."

Y, todavía más difícil:

"Creo que tu enemigo tiene razón en esto."

Eso exige una especie de humildad intelectual que contradice la lógica electoral. El político necesita parecer seguro. El científico necesita poder decir: "los datos indican que estaba equivocado."

Ahí está una de las grandes tensiones del poder.

3. La diferencia entre una política y una creencia

Probablemente esta sea la parte más profunda del fragmento:

"Veían muchas de sus políticas como experimentos que había que desarrollar, no tanto como victorias que había que obtener."

Eso cambia completamente la política.

Imagina dos gobernantes.

El primero anuncia:

"Esta reforma solucionará el problema."

El segundo dice:

"Vamos a probar esta reforma. Mediremos sus resultados. Si funciona, la ampliamos. Si fracasa, la modificamos."

El segundo parece menos contundente.

Pero está pensando mucho mejor.

Porque una política pública no es una declaración de fe. Es una intervención sobre una sociedad formada por millones de seres humanos, con comportamientos impredecibles y consecuencias secundarias.

La realidad es el laboratorio.

Y la realidad no tiene obligación de respetar nuestros discursos.

4. El problema de convertir las políticas en identidades

Aquí aparece una enfermedad particularmente peligrosa de la política contemporánea.

Cuando una política se convierte en parte de la identidad del político, admitir que fracasó se vuelve psicológicamente insoportable.

Ya no se trata de:

"Mi programa no funcionó."

Se convierte en:

"Si mi programa no funcionó, yo estaba equivocado."

Y después:

"Si yo estaba equivocado, mi adversario tenía razón."

Y entonces el político empieza a defender una política incluso cuando la evidencia comienza a destruirla.

Es el momento en que la ideología deja de ser una herramienta para interpretar la realidad y comienza a funcionar como una defensa contra la realidad.

El científico puede abandonar una hipótesis.

El fanático necesita salvarla.

5. La ciencia y la política tienen algo en común

Grant utiliza una comparación poderosa: resolver problemas como científicos.

No significa que un presidente deba gobernar como si estuviera en un laboratorio esterilizado. La sociedad no permite experimentos inocentes. Una política puede afectar millones de vidas.

Significa otra cosa:

formular hipótesis, observar resultados, escuchar críticas, corregir errores y actualizar las conclusiones.

Es decir:

menos certeza y más aprendizaje.

Esto resulta especialmente importante porque el político vive rodeado de incentivos que castigan el reconocimiento del error.

Un científico puede decir:

"Mi hipótesis era incorrecta."

Un político teme que decirlo signifique:

"Mi enemigo acaba de ganar."

Y así aparece una paradoja terrible: la democracia necesita gobernantes capaces de aprender, pero la política electoral muchas veces recompensa a quienes aparentan no equivocarse jamás.

6. La lectura no es un adorno

Por eso la imagen del presidente leyendo durante horas es mucho más importante de lo que parece.

No se trata de tener una biblioteca impresionante para fotografiarse frente a ella.

Se trata de mantener la mente permeable.

Una persona que deja de aprender comienza lentamente a vivir en un mundo que ya no existe.

Y esto vale para cualquier persona con poder, no solamente para un presidente.

El poder tiene una tendencia natural a crear una burbuja. Los subordinados filtran las malas noticias. Los partidarios justifican los errores. Los asesores anticipan lo que el jefe quiere escuchar. Los enemigos exageran sus defectos. Los seguidores convierten sus opiniones en doctrina.

Por eso la curiosidad funciona como una ventana abierta en una habitación que empieza a quedarse sin oxígeno.

7. Y aquí aparece la verdadera diferencia

Quizá Grant esté señalando algo más profundo que la inteligencia.

La inteligencia puede ayudarte a defender una idea. La curiosidad puede ayudarte a abandonarla.

Y esto último es mucho más difícil.

Un político brillante puede construir una argumentación extraordinaria para justificar una decisión equivocada.

Un político intelectualmente humilde puede decir:

"Esto no está funcionando. Tenemos que cambiar."

El primero puede ganar el debate.

El segundo puede gobernar mejor.

Porque gobernar no consiste en demostrar que uno tenía razón antes de que comenzara el experimento.

Consiste en descubrir qué funciona después de que la realidad comienza a responder.

Y ahí quizá esté la diferencia entre el político que busca una victoria y el gobernante que busca aprender.

El primero necesita que la historia confirme su discurso.

El segundo acepta que la historia puede corregirlo.

El poder, cuando deja de aprender, comienza a vivir de sus propias explicaciones. Y cuando un gobernante empieza a confundir sus explicaciones con la realidad, la realidad suele cobrarle la factura.

viernes, 14 de agosto de 2026

 La historia de Anastasio Somoza García no es solo la de un hombre: es la de cómo el poder, cuando encuentra terreno fértil, echa raíces profundas… y a veces venenosas.

 El ascenso: entre sombras y oportunidades
Nació en 1896, en una familia acomodada de Nicaragua. No era un genio militar ni un pensador brillante, pero tenía algo más útil: instinto político y una habilidad casi felina para detectar dónde soplaba el viento del poder.
Su gran momento llegó en medio de la ocupación de Nicaragua por Estados Unidos. En ese tablero intervenido, Somoza supo alinearse con los intereses de Estados Unidos. Gracias a eso, fue nombrado jefe de la Guardia Nacional, una institución creada por los propios estadounidenses.
Ahí empezó todo.

 El choque con Sandino
Pero había una figura que no encajaba en ese orden: Augusto César Sandino.
Sandino luchaba contra la intervención extranjera y defendía una Nicaragua soberana. Era, en términos casi míticos, el rebelde de la montaña frente al administrador del poder.
En 1934, tras negociaciones de paz, Sandino fue traicionado y asesinado por órdenes de Somoza.
Ese acto no fue solo un crimen: fue el bautizo de su régimen.

 El poder absoluto: una dinastía
En 1936, Somoza tomó la presidencia. Y ahí comenzó algo más que un gobierno: una dinastía.
Durante su mandato:
Controló el ejército, la economía y la política.
Repartió el país como si fuera una finca personal.
Acumuló riqueza de manera escandalosa.
Se dice —con esa ironía que parece escrita por la historia misma— que Franklin D. Roosevelt lo describió así:
“Puede que sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta.”
Verdad o mito, la frase captura el espíritu de la época.

 El final: plomo y destino
El poder absoluto suele olvidar que también es frágil.
En 1956, durante una fiesta en León, Somoza fue baleado por el poeta Rigoberto López Pérez. Murió días después.
Como en una tragedia clásica, el hombre que gobernó con mano de hierro cayó no en batalla, sino en un instante inesperado, entre música y conspiración.

 El legado: una sombra larga
Pero la historia no terminó con su muerte. Sus hijos continuaron el poder, prolongando la dinastía hasta 1979, cuando la revolución finalmente la derribó.
El nombre Somoza quedó marcado como símbolo de:
Autoritarismo
Corrupción
Dependencia extranjera
Y, al mismo tiempo, como recordatorio de algo más profundo:
que el poder, cuando no encuentra límites, se convierte en una narración que tarde o temprano exige su propio desenlace.

 El principio del fin
Tras la muerte de Anastasio Somoza García, el poder quedó en manos de sus hijos. El último de ellos, Anastasio Somoza Debayle, heredó no solo el país… sino también sus tensiones acumuladas.

Para los años 70, Nicaragua era una olla a presión:
desigualdad brutal
represión política
corrupción sin disimulo

Y entonces, la historia metió el dedo en la llaga.

 1972: el terremoto que lo cambió todo
Un terremoto devastó Managua en 1972.
Miles murieron. La ciudad quedó en ruinas.
Llegó ayuda internacional… pero gran parte fue desviada por el régimen de Somoza.
El desastre natural se convirtió en desastre moral.
Ahí, incluso quienes toleraban al régimen empezaron a mirarlo con rabia.

 El surgimiento del fuego: el FSLN
En las sombras, crecía un movimiento: el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), inspirado en la figura de Augusto César Sandino.

No eran solo guerrilleros: eran estudiantes, campesinos, intelectuales.
Una mezcla rara… pero peligrosa.
Durante los años 70:
intensificaron la lucha armada
ganaron apoyo popular
comenzaron a coordinar levantamientos urbanos

El país ya no susurraba inconformidad: gritaba.
 1978: la chispa final
El asesinato del periodista Pedro Joaquín Chamorro, crítico feroz del régimen, encendió todo.
Su muerte fue como arrojar gasolina a un incendio.
huelgas masivas
protestas en todo el país
sectores empresariales y religiosos se suman contra Somoza
La dictadura, que parecía eterna, empezó a tambalearse.

 1979: la caída
En 1979, la ofensiva del FSLN fue total.
Las ciudades caían una a una.
El ejército se desgastaba.
El apoyo internacional a Somoza se evaporaba.
Incluso Estados Unidos, su viejo respaldo, le retiró el sostén. Ya no era “su hijo de puta”. Era un problema.

El 17 de julio de 1979, Somoza Debayle huyó del país.
Dos días después, los sandinistas entraron en Managua.
La dinastía había terminado.

 Epílogo: la revolución… y sus sombras
El triunfo del Frente Sandinista de Liberación Nacional no fue el final de la historia, sino otro capítulo.
Trajo:
reformas sociales
alfabetización
pero también conflictos, guerra y tensiones internacionales
Porque las revoluciones, como los incendios, iluminan… pero también consumen.

Y así cayó un régimen que parecía de piedra.
No por un solo golpe, sino por mil grietas acumuladas:
la corrupción, el abuso, la arrogancia… y un pueblo que, tarde o temprano, decidió dejar de tener miedo.
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