La escolta, los niños y el misterioso delito de sacar ocho
Hay polémicas que demuestran que los adultos tenemos una capacidad extraordinaria para discutir durante horas sobre algo sin preguntarle a las personas que realmente están involucradas.
La nueva discusión sobre quién debe integrar la escolta escolar es un ejemplo magnífico.
La SEP dice que ya no debe utilizarse necesariamente el promedio académico como criterio determinante. Algunos padres están indignados. En redes sociales aparecen especialistas improvisados en pedagogía, civismo, meritocracia y crianza infantil. Unos anuncian el fin de la cultura del esfuerzo. Otros celebran el triunfo definitivo de la inclusión.
Y en medio de todo esto están los niños.
Los únicos que todavía no han sido invitados a la conversación.
Qué raro.
Estamos hablando de ellos, de sus calificaciones, de sus esfuerzos, de sus sentimientos, de su educación, de su concepto de justicia...
Pero nadie parece haber pensado en preguntarles:
“Oye, ¿tú qué crees que sería justo?”
Una idea peligrosamente revolucionaria.
Hagamos un experimento
Imaginemos que reunimos a niños de primaria y secundaria.
No les explicamos primero lo que piensa la SEP.
No les mostramos publicaciones de Facebook.
No les enseñamos videos de padres furiosos.
No les hablamos de “ideología”.
Simplemente les preguntamos.
—¿Quién debería llevar la bandera?
Probablemente algunos responderían:
—El que tenga mejores calificaciones.
Perfecto.
Entonces:
—¿Por qué?
—Porque se esforzó.
Y aquí empieza lo interesante.
—¿Cómo sabes que se esforzó?
Silencio.
Porque acabamos de descubrir algo que los adultos olvidamos constantemente:
una calificación mide un resultado; no necesariamente mide el esfuerzo que produjo ese resultado.
Un niño puede sacar diez estudiando dos horas.
Otro puede sacar ocho después de estudiar seis.
¿Quién se esforzó más?
No lo sabemos.
Y quizá nunca podamos saberlo completamente.
El niño de diez
Imaginemos ahora a un alumno con promedio de 10.
Es inteligente.
Aprende rápido.
Sus padres lo apoyan.
Tiene buenas condiciones para estudiar.
Le gusta la escuela.
Y obtiene excelentes calificaciones.
Magnífico.
Ahora imaginemos a otro alumno con promedio de 8.
Tiene que ayudar en casa.
Le cuesta matemáticas.
No dispone del mismo apoyo.
Sin embargo, estudia todos los días y ha conseguido subir de 6 a 8.
¿Quién hizo el mayor esfuerzo?
Aquí los adultos empezamos a mirar incómodamente al techo.
Porque el promedio es fácil.
El esfuerzo es complicado.
El promedio cabe en una boleta.
El esfuerzo tiene una historia.
Y las historias son mucho más difíciles de administrar que las cifras.
Hagámosle otra pregunta a los niños
—¿Crees que el que saca diez se porta mejor que el que saca ocho?
Probablemente muchos dirían que no.
Porque los niños tienen algo que a veces perdemos con la edad:
observan.
Saben quién ayuda.
Quién comparte.
Quién se burla.
Quién hace trampa.
Quién molesta al profesor.
Quién defiende al compañero que está solo.
Quién presta un lápiz.
Quién se ríe cuando otro se equivoca.
Quién se queda después de clase ayudando.
Y probablemente sepan perfectamente que el promedio de matemáticas no contiene ninguna de esa información.
Un niño podría incluso decir:
“Hay uno que saca diez pero es bien pesado.”
Magnífico.
La sociología infantil acaba de destruir tres debates de Twitter.
Y aparece una pregunta todavía más incómoda
Supongamos que tenemos dos alumnos.
Uno obtiene 10 y se comporta regular.
Otro obtiene 8 y es responsable, respetuoso, solidario y trabajador.
¿Quién debería llevar la bandera?
Aquí la respuesta deja de ser matemática.
Porque la bandera no representa matemáticas.
Representa una comunidad.
Representa un país.
Representa una institución.
Representa algo que llamamos civismo.
Entonces quizá el criterio debería ser más amplio que:
“¿Quién obtuvo el promedio más alto?”
Pero tampoco significa que debamos abandonar todo criterio y decir:
“Hoy le toca a Pedro porque el universo democrático así lo decidió.”
Eso tampoco es educación.
Preguntemos a los niños qué significa justicia
Esta sería la pregunta que más me interesaría escuchar:
“¿Qué sería justo?”
Y podríamos encontrarnos con respuestas extraordinarias.
Un niño podría decir:
“Que todos tengan oportunidad.”
Otro:
“Que la lleve el que se esfuerza.”
Otro:
“Que sea alguien que se porte bien.”
Otro:
“Que cambien cada año.”
Otro:
“Que sea alguien que represente bien a la escuela.”
Y alguno seguramente diría:
“Me da igual, yo no quiero marchar.”
Y ahí tenemos al filósofo más honesto de todos.
Porque quizá la justicia no consista en encontrar un único criterio perfecto.
Quizá consista en reconocer que existen diferentes formas de mérito.
El gran error de los adultos
Tenemos una obsesión curiosa.
Queremos convertir todo en una clasificación.
El mejor alumno.
El mejor deportista.
El mejor trabajador.
El mejor padre.
El mejor barrio.
La mejor universidad.
El mejor restaurante.
El mejor presidente.
El mejor teléfono.
Y ahora:
el mejor niño para cargar una bandera.
Nos encantan los podios.
Porque los podios simplifican el mundo.
Tres escalones.
Primero.
Segundo.
Tercero.
Todo perfectamente ordenado.
El problema es que los seres humanos no somos podios.
Somos un desastre de capacidades diferentes.
Uno es brillante para las matemáticas y pésimo para relacionarse.
Otro no destaca académicamente pero tiene una inteligencia social extraordinaria.
Otro corre como gacela pero escribe como si estuviera peleándose con el teclado.
Otro dibuja maravillosamente.
Otro sabe escuchar.
Otro consigue que todos trabajen juntos.
Otro simplemente hace reír a los demás cuando están nerviosos.
¿Cuál de ellos es “el mejor”?
La pregunta es absurda.
Y entonces aparece la palabra que provoca infartos: mérito
Aquí probablemente algunos padres dirán:
“Pero si eliminamos el premio al mejor promedio, estamos acabando con el mérito.”
No necesariamente.
Podemos reconocer el mérito sin convertirlo en una aristocracia infantil.
Podemos decir:
“Sacaste diez y eso merece reconocimiento.”
Y al mismo tiempo:
“Tú sacaste ocho, pero subiste desde seis y tu esfuerzo merece reconocimiento.”
Y:
“Tú no tienes las mejores calificaciones, pero ayudaste durante todo el año a tus compañeros.”
Y:
“Tú eres excelente en atletismo.”
Y:
“Tú desarrollaste el mejor proyecto.”
Y:
“Tú mejoraste muchísimo.”
Eso no destruye el mérito.
Lo multiplica.
Porque quizá el error no sea premiar demasiado.
Quizá el error sea premiar demasiado pocas cosas.
La pregunta que deberían contestar los adultos
No deberíamos preguntar solamente:
“¿Quién merece llevar la bandera?”
Deberíamos preguntar:
“¿Qué queremos enseñarles a los niños cuando decidimos quién la lleva?”
Si queremos enseñarles que únicamente importa ser el número uno, estamos transmitiendo una lección bastante pobre.
Si queremos enseñarles que nadie debe destacar porque destacar genera desigualdad emocional, tampoco estamos haciendo un gran trabajo.
Pero si les enseñamos:
“Todos tienen el mismo valor, pero las cosas que hacemos pueden ser mejores o peores, y podemos reconocer el esfuerzo, la excelencia, el progreso, la solidaridad y la responsabilidad”,
entonces quizá estamos enseñando algo mucho más parecido a la vida real.
Porque la vida adulta no funciona con una boleta de calificaciones.
Y tampoco funciona con una repartición universal de medallas.
La vida es mucho más incómoda.
A veces haces todo bien y pierdes.
A veces haces poco y tienes suerte.
A veces alguien consigue algo antes que tú.
A veces eres excelente en algo y mediocre en otra cosa.
Y a veces alguien que parecía menos capaz termina sorprendiéndote.
Eso también es educación.
Y quizá deberíamos hacer algo verdaderamente revolucionario
Preguntarles a los niños.
No para que ellos dicten el reglamento.
No porque toda opinión infantil sea automáticamente correcta.
Sino porque su perspectiva forma parte del fenómeno que estamos tratando de comprender.
Preguntarles qué consideran justo.
Qué significa para ellos portar la bandera.
Qué sienten cuando un compañero es elegido.
Qué piensan del esfuerzo.
Qué diferencia ven entre sacar diez y esforzarse.
Qué cualidades creen que debería tener quien representa a su escuela.
Y después escuchar.
Sin decirles inmediatamente:
“No, eso está mal.”
Porque quizá descubramos algo interesante.
Quizá los niños sean bastante más capaces que nosotros de aceptar que dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo:
todos merecen respeto.
Y:
algunas personas merecen un reconocimiento particular por algo que hicieron especialmente bien.
Eso no es una contradicción.
Es madurez.
Y aquí está la ironía final.
Los adultos llevamos días peleándonos por la escolta.
Unos dicen que la SEP está destruyendo el esfuerzo.
Otros dicen que la oposición no entiende la inclusión.
Unos defienden al niño de diez.
Otros defienden al niño que siempre queda fuera.
Todos hablan de justicia.
Todos hablan de los niños.
Todos dicen saber qué necesitan los niños.
Y mientras tanto, nadie les pregunta.
Quizá la verdadera revolución educativa no sea cambiar quién lleva la bandera.
Quizá sea algo mucho más radical:
escuchar a los niños antes de explicarles lo que deberían pensar.
Porque después de todo, si somos capaces de elegir ministros, presidentes, diputados y directores de escuela sin saber exactamente qué estamos haciendo...
¿por qué no íbamos a ser capaces de elegir una escolta sin preguntarle a un niño qué considera justo?
La humanidad ha llegado hasta aquí haciendo cosas mucho más complicadas.
Aunque, viendo algunas elecciones políticas, quizá no sea el mejor argumento.
