viernes, 4 de septiembre de 2026


Necropolítica: cuando el poder necesita cadáveres

Hay gobiernos que quieren que los ciudadanos los vean como administradores.

Y hay gobiernos que necesitan que los vean como verdugos.

La diferencia no está solamente en cuántas personas mueren durante una operación de seguridad. Está en qué hace el poder con esas muertes después.

Ahí comienza la necropolítica.

El término, asociado al filósofo Achille Mbembe, describe una forma extrema de ejercicio del poder: la capacidad de decidir quién puede vivir, quién queda expuesto a la muerte y qué vidas pueden ser tratadas como sacrificables. No es simplemente matar. Es construir un orden político en el que la muerte se convierte en instrumento de gobierno.

Y eso es exactamente lo que debería preocuparnos cuando un gobierno exhibe cadáveres como si fueran trofeos.

Porque un cadáver puede ser una consecuencia trágica de un enfrentamiento.

Pero cuando el Estado lo convierte en propaganda, la muerte deja de ser solamente un hecho y se convierte en un mensaje.

El mensaje es sencillo:

Nosotros tenemos el poder de decidir quién vive y quién muere.
Nosotros somos quienes ejecutamos esa decisión.
Y ustedes deben sentirse seguros porque nosotros podemos matar a quienes definimos como enemigos.

Eso es mucho más profundo que una política de seguridad.

Es una pedagogía del poder.

El Estado que gobierna mostrando la muerte

La necropolítica no necesita necesariamente campos de concentración ni ejecuciones públicas para existir.

También puede aparecer en formas mucho más modernas y mucho más eficientes.

Una fotografía.

Un video.

Un discurso presidencial.

Una publicación en redes sociales.

Un grupo de cuerpos sobre el suelo.

Y una frase celebrando el "resultado".

La tecnología simplemente ha cambiado el escenario.

Antes el poder podía levantar una estatua para demostrar su victoria.

Ahora puede publicar un video de treinta segundos.

La lógica es la misma:

el cuerpo del enemigo funciona como prueba de que el poder funciona.

Ese es el punto esencial.

No se trata solamente de que haya delincuentes muertos. Se trata de que su muerte sea utilizada para producir una emoción política en los vivos.

Miedo.

Alivio.

Venganza.

Orgullo.

Obediencia.

El cadáver se convierte en un dispositivo de comunicación.

Y ahí aparece la necropolítica en su forma más obscena: el muerto ya no importa como ser humano; importa por lo que su muerte puede hacer políticamente por el gobernante.

La construcción del "cuerpo matable"

Para que la necropolítica funcione, primero hay que producir una categoría de personas cuya muerte pueda ser aceptada sin demasiadas preguntas.

"Criminales."

"Narcotraficantes."

"Enemigos."

"Malos."

"Plagas."

"Basura."

El vocabulario importa.

Porque cuando una persona deja de ser presentada como individuo y comienza a ser presentada exclusivamente como una amenaza, su muerte se vuelve políticamente consumible.

Ya no preguntamos:

¿Qué ocurrió?

Preguntamos:

¿Cuántos cayeron?

Ya no queremos conocer el proceso judicial.

Queremos conocer el marcador.

Como si la guerra contra el crimen fuera un partido de fútbol.

¿Cuántos muertos nosotros?

¿Cuántos muertos ellos?

¿Quién va ganando?

Ese lenguaje es profundamente revelador.

Porque transforma la seguridad pública en una contabilidad de cadáveres.

Y cuando la muerte se convierte en estadística de rendimiento, hemos dado un paso importante hacia la lógica necropolítica.

El miedo como combustible

La necropolítica necesita miedo.

Porque un ciudadano aterrorizado acepta cosas que un ciudadano tranquilo probablemente cuestionaría.

Acepta más vigilancia.

Acepta más violencia.

Acepta menos controles.

Acepta menos garantías.

Acepta que determinadas personas sean tratadas como irrecuperables.

Y acepta que el Estado tenga cada vez más poder para decidir quién merece protección y quién merece castigo.

La fórmula política es extraordinariamente antigua:

primero produces miedo; después te presentas como la solución al miedo.

El enemigo se vuelve omnipresente.

La amenaza está en todas partes.

La nación está en peligro.

Los delincuentes están desafiando al Estado.

Y entonces aparece el líder fuerte:

"Yo los voy a eliminar."

No necesariamente dice "yo voy a destruir las instituciones".

Eso sería demasiado evidente.

Dice algo mucho más popular:

"Yo voy a destruir a quienes amenazan a la gente buena."

Y así, poco a poco, la discusión cambia.

Dejamos de preguntar si las instituciones funcionan.

Empezamos a preguntar si el gobernante es suficientemente duro.

La democracia deja de ser evaluada por la calidad de sus instituciones y comienza a ser evaluada por la brutalidad de su respuesta contra el enemigo.

Eso es terreno fértil para la necropolítica.

El muerto como propaganda

Aquí está quizá el elemento más importante.

Una muerte no es necesariamente necropolítica.

Una operación policial tampoco.

Incluso el uso legítimo de la fuerza letal tampoco.

La necropolítica aparece cuando la capacidad de producir muerte se integra en una estrategia de poder y se utiliza para clasificar vidas, disciplinar poblaciones y demostrar autoridad.

Por eso la exhibición pública de cadáveres resulta tan significativa.

El cuerpo muerto dice:

"Esto les puede pasar a quienes desafíen al Estado."

Pero también dice algo a quienes observan:

"Miren lo que somos capaces de hacer."

No es solamente información.

Es escenificación.

No es solamente seguridad.

Es teatralidad del poder.

El cadáver es el escenario.

El gobernante es el narrador.

Y la población es el público.

La trampa de confundir seguridad con exterminio

Aquí aparece otra mentira conveniente.

Nos dicen que cuestionar la exhibición de muertos equivale a defender delincuentes.

No.

Uno puede defender una política de seguridad firme y, al mismo tiempo, rechazar la glorificación de la muerte.

De hecho, precisamente porque queremos un Estado fuerte debemos exigirle límites.

Un Estado fuerte no es aquel que puede matar sin rendir cuentas.

Es aquel que puede combatir al crimen sin convertirse en aquello que combate.

Porque cuando el gobierno necesita demostrar diariamente que está matando enemigos, existe el riesgo de que la muerte deje de ser una consecuencia excepcional de la fuerza y se convierta en la medida misma de la eficacia estatal.

Y ahí tenemos un problema.

Porque entonces el éxito político necesita enemigos.

Y si necesitas enemigos para demostrar que eres fuerte, tienes un incentivo perverso para mantener permanentemente una sociedad aterrorizada.

La guerra nunca termina.

El enemigo nunca desaparece.

Siempre hace falta otro.

Siempre hace falta alguien más peligroso.

Siempre hace falta otro cadáver.

El verdadero peligro

La necropolítica no empieza necesariamente cuando el Estado mata.

Empieza cuando la sociedad aprende a disfrutar políticamente de la muerte.

Cuando vemos un cadáver y nuestra primera reacción ya no es horror sino satisfacción.

Cuando la pregunta deja de ser "¿se respetó la ley?" y pasa a ser "¿cuántos eliminaron?"

Cuando el gobernante recibe aplausos por mostrar cuerpos.

Cuando matar se convierte en una prueba de masculinidad política.

Cuando la compasión empieza a considerarse debilidad.

Cuando pedir debido proceso parece una defensa del enemigo.

Ahí el problema ya no está solamente en el gobierno.

Está también en nosotros.

Porque la necropolítica necesita una audiencia.

Necesita ciudadanos dispuestos a mirar la muerte convertida en espectáculo y decir:

"Bien hecho."

El poder que necesita cadáveres

Por eso la pregunta importante no es si los abatidos eran buenos o malos.

Si cometieron delitos, deben responder ante la justicia.

La pregunta más profunda es otra:

¿Por qué necesita un gobierno mostrar cadáveres para demostrar que gobierna?

¿Por qué la muerte debe convertirse en contenido político?

¿Por qué un cuerpo sin vida debe funcionar como trofeo?

¿Por qué la capacidad de matar tiene que convertirse en una virtud presidencial?

Ahí está el corazón de la necropolítica.

El problema no es solamente quién muere.

Es quién decide quién puede morir, quién queda fuera de la comunidad moral, quién tiene derecho a ser llorado y quién puede ser convertido en espectáculo sin que nadie se incomode.

Porque cuando el Estado empieza a decirnos que determinados cuerpos son simplemente "resultados", la pregunta siguiente es inevitable:

¿Quién será el próximo cuerpo que el poder considere necesario para demostrar su fuerza?

Y ahí es donde una sociedad democrática debería dejar de aplaudir.

No porque haya que proteger al criminal de la justicia.

Sino porque hay que proteger a la sociedad de algo todavía más peligroso:

la idea de que el poder demuestra su legitimidad por la cantidad de muertos que puede producir.

Eso sí es necropolítica.

Y una democracia que empieza a confundir la seguridad con el espectáculo de la muerte quizá todavía conserve elecciones, parlamento y tribunales.

Pero ya está aprendiendo una lección muy distinta:

que hay gobiernos que no necesitan que sus ciudadanos amen su poder.

Les basta con enseñarles a temerlo.

 


EL POBRE NO SABE TENER DINERO

Manual de instrucciones para administrar chimpancés con credencial universitaria

Hay una especie particularmente interesante de ser humano que aparece de vez en cuando en televisión.

Tiene doctorados.

Lee periódicos.

Habla de democracia.

Conoce palabras como institucionalidad, capital social, responsabilidad individual y Estado de derecho.

Y está profundamente convencido de que los pobres son unos imbéciles.

No lo dice así, naturalmente.

La gente educada rara vez dice:

“Los pobres son unos imbéciles.”

Eso sería demasiado vulgar.

Lo dice de una manera mucho más elegante:

“Las transferencias pueden generar dependencia.”

“Hay que preservar los incentivos.”

“Podrían modificarse las estructuras familiares.”

“Hay que evitar el paternalismo estatal.”

Y de pronto descubrimos que el muchacho que recibe una beca necesita, aparentemente, supervisión moral de la gente que sabe más que él.

Porque el pobre, según esta maravillosa aristocracia del intelecto, no solamente carece de dinero.

Parece carecer también de criterio.


EL POBRE CON CIEN PESOS ES UN PELIGRO SOCIAL

Ésta es la parte que siempre me fascina.

Dale a un rico cien millones de pesos y hablamos de:

inversión.

Dale cien pesos a un pobre y comienza una conferencia sobre:

conductas de consumo.

El rico compra una botella carísima:

“Disfruta de los frutos de su éxito.”

El pobre compra una cerveza:

“Tenemos que analizar los efectos perversos de las transferencias sociales.”

El rico tiene un yate:

“Generación de riqueza.”

El pobre tiene un teléfono:

“Consumismo.”

El rico deja dinero a sus hijos:

“Patrimonio familiar.”

El pobre recibe una beca:

“¡Está alterando los valores familiares!”

Qué interesante criatura es el dinero.

Cambia de naturaleza dependiendo de quién lo tenga.


EL GRAN EXPERIMENTO ANTROPOLÓGICO

Imaginemos un experimento.

Tomamos a cien jóvenes pobres.

Les damos educación.

Les damos una beca.

Les damos transporte.

Les damos acceso a una computadora.

Les damos la posibilidad de terminar una carrera.

Y después esperamos.

Tal vez algunos administrarán mal su dinero.

Tal vez otros lo gastarán estupendamente.

Tal vez unos comprarán libros.

Otros comprarán tenis.

Uno comprará cerveza.

Otro ayudará a su madre.

Otro ahorrará.

Otro se gastará todo el viernes.

¿Sabes qué?

Como los seres humanos.

Porque los pobres no son una especie zoológica distinta.

No son Homo indigentis.

No son una subespecie que pierde automáticamente la capacidad racional cuando recibe un depósito gubernamental.

Son seres humanos.

Y los seres humanos toman decisiones estúpidas con dinero.

La diferencia es que cuando lo hace un rico, generalmente lo llamamos:

“elección personal”.


EL POBRE NECESITA UN TUTOR MORAL

Hay algo profundamente paternalista en esta manera de pensar.

El pobre debe ser ayudado, pero vigilado.

Debe recibir oportunidades, pero bajo sospecha.

Debe mejorar, pero no demasiado rápido.

Debe progresar, pero sin adquirir demasiada autonomía.

Porque una cosa es ayudar al pobre.

Y otra muy peligrosa es permitirle decidir qué hacer con su propia vida.

Ahí empieza el pánico.

Porque mientras el pobre depende del patrón, del padre, del cacique, del empleador, del político o de quien sea que controle el dinero, todo está en orden.

La jerarquía funciona.

Pero cuando el muchacho recibe dinero directamente…

¡Oh, Dios!

Ahora puede decidir.

Puede decir que no.

Puede estudiar.

Puede cambiar de trabajo.

Puede mudarse.

Puede comprar algo que antes no podía.

Puede dejar de pedirle dinero al padre.

Puede incluso desarrollar la terrible costumbre de pensar:

“Yo decido.”

Eso sí es peligrosísimo.


LA UNIVERSIDAD NO SIEMPRE VACUNA CONTRA EL CLASISMO

Y aquí viene una de las grandes bromas de nuestra época.

Tenemos intelectuales capaces de escribir veinte páginas sobre desigualdad estructural.

Pueden citar a Bourdieu.

Pueden hablar durante horas sobre reproducción social.

Pueden explicar la violencia simbólica.

Y después observan a una familia pobre recibir dinero y concluyen:

“¿Pero saben ustedes administrarlo?”

Es magnífico.

Han leído cincuenta libros sobre el poder.

Y todavía no se han dado cuenta de que están ejerciéndolo.

Porque decidir quién es suficientemente responsable para recibir dinero también es una forma de poder.

Decidir qué consumo es legítimo.

Decidir qué conducta es moral.

Decidir qué familia es “buena”.

Decidir cuánto puede recibir un joven sin volverse peligroso.

Todo eso es poder.

Pero como viene acompañado de palabras elegantes, parece ciencia.


EL CHIMPANCÉ DE LA CLASE TRABAJADORA

La imagen mental detrás de todo esto es casi zoológica.

Tenemos al intelectual perfectamente racional.

Sentado en un estudio de televisión.

Con su café.

Sus libros.

Su sueldo.

Su patrimonio.

Su tarjeta bancaria.

Su capacidad de equivocarse.

Y enfrente tenemos al pobre.

Al que aparentemente hay que administrar.

Porque si recibe dinero:

“¿En qué lo gastará?”

Si recibe una beca:

“¿Qué valores perderá?”

Si recibe una transferencia:

“¿Se volverá dependiente?”

Si compra una cerveza:

“¡Ahí está la prueba!”

Es como si estuvieran observando chimpancés en un laboratorio.

“Le dimos dinero al espécimen. Veamos qué hace.”

Quizá deberíamos ponerles etiquetas.

Ejemplar masculino, 21 años.

Hábitat: periferia urbana.

Alimentación: tortilla, frijoles y ocasional refresco.

Se le administró una transferencia de 3,000 pesos.

Resultado preocupante: compró unos tenis.

“Procederemos a retirarle el estímulo para preservar sus valores familiares.”


PERO HAY UNA PREGUNTA QUE NADIE HACE

¿Por qué suponemos que un joven pobre necesita aprender responsabilidad precisamente cuando recibe dinero?

¿Y los jóvenes ricos?

¿Ellos nacen con el gen de la responsabilidad financiera?

Porque conozco una teoría alternativa.

Quizá el joven rico también puede ser irresponsable.

Quizá puede emborracharse.

Quizá puede gastar fortunas.

Quizá puede comprar estupideces.

Quizá puede fracasar.

Quizá puede vivir diez años de la cuenta de sus padres.

Y nadie convoca una mesa de expertos para preguntarse:

“¿Estará esto disolviendo los valores familiares?”

No.

Se llama:

“mi hijo está explorando su independencia.”


EL DINERO DEL POBRE SIEMPRE ES POLÍTICO

Éste es el verdadero asunto.

Hay gente que tolera perfectamente la desigualdad económica.

Lo que le resulta intolerable es que el Estado modifique, aunque sea modestamente, quién tiene capacidad de decisión.

Porque redistribuir dinero no sólo redistribuye dinero.

También redistribuye un poquito de poder.

Y eso es mucho más inquietante.

Un joven que no tiene para pagar el transporte depende de alguien.

Un joven que tiene para pagar su transporte depende menos.

Un trabajador que no puede sobrevivir un mes sin salario acepta casi cualquier condición.

Un trabajador que tiene cierto colchón puede decir:

“No.”

La autonomía económica tiene consecuencias políticas.

Y quizá por eso provoca tanta ansiedad en algunos discursos.


LA FAMILIA COMO PRISIÓN CON FOTOS DE NAVIDAD

Por supuesto que la familia puede ser maravillosa.

Pero también puede ser una estructura de autoridad.

Puede haber cariño y poder al mismo tiempo.

Puede haber amor y dependencia.

Puede haber solidaridad y control.

Por eso resulta absurdo presentar cualquier reducción de la dependencia económica como una amenaza automática a la familia.

Una familia saludable debería poder sobrevivir a que sus integrantes sean independientes.

De hecho, debería celebrarlo.

Un padre debería sentirse orgulloso cuando su hijo puede mantenerse solo.

No aterrorizado porque ya no necesita pedirle dinero.

Porque si tu relación con tu hijo se derrumba cuando deja de depender de tu cartera…

quizá el problema nunca fue la beca.


LA GRAN IRONÍA

Los mismos sectores que suelen hablar de libertad individual pueden ponerse extraordinariamente nerviosos cuando esa libertad llega a los pobres.

Libertad para invertir: magnífico.

Libertad para emprender: maravilloso.

Libertad para elegir escuela: excelente.

Libertad para consumir: fundamental.

Pero…

¿libertad económica para un joven pobre?

Bueno, tampoco exageremos.

Hay que analizar sus hábitos.

Hay que vigilar los incentivos.

Hay que proteger los valores familiares.

Hay que estudiar los efectos secundarios.

Hay que consultar a los expertos.

Y mientras los expertos consultan, el muchacho puede esperar sentado.


QUIZÁ EL PROBLEMA SEA OTRO

Quizá no les preocupa que la beca destruya la familia.

Quizá les preocupa que el pobre deje de comportarse como pobre.

Que tenga expectativas.

Que quiera estudiar.

Que quiera viajar.

Que quiera otro trabajo.

Que quiera mejores condiciones.

Que deje de aceptar humillaciones como si fueran parte natural del paisaje.

Que descubra que tiene derecho a decir:

“No.”

Y ésa es una palabra extraordinariamente peligrosa cuando alguien ha pasado toda su vida escuchando:

“Sí, señor.”


Porque al final la pregunta no debería ser:

“¿Qué le ocurrirá a la familia cuando el hijo tenga dinero?”

La pregunta debería ser:

“¿Qué clase de familia hemos construido si necesitamos que nuestros hijos sean económicamente dependientes para que exista respeto?”

Y quizá habría que hacer otra pregunta todavía más incómoda:

¿Por qué confiamos tanto en que los pobres necesitan que los intelectuales les enseñen a administrar su dinero?

¿Acaso los pobres no son seres humanos?

¿No tienen derecho a equivocarse?

¿No tienen derecho a gastar mal?

¿No tienen derecho a aprender?

¿No tienen derecho incluso a hacer exactamente las mismas estupideces financieras que hacen los ricos?

Porque ésa sería una verdadera igualdad:

que al pobre también se le reconozca el derecho humano a equivocarse con su propio dinero.

Pero claro.

Eso implicaría reconocerlo como adulto.

Y hay personas que pueden soportar casi cualquier cosa…

excepto que el pobre deje de pedirles permiso.



El incendio y la sonrisa

Hay algo fascinante en el ser humano.

Puede inventar la penicilina, mandar una nave a Marte, escribir una sinfonía y construir un teléfono que sabe dónde estás, qué desayunaste y con quién te acostaste.

Y después puede incendiar una casa y ponerse a grabarlo con el teléfono.

Porque aparentemente todavía tenemos mucho trabajo pendiente en eso de convertirnos en una especie civilizada.

Hace poco circuló un video en el que soldados israelíes aparecen burlándose de un incendio en el Líbano que ellos mismos habrían provocado. Lo presentan como un “sueño hecho realidad”. Y ahí están: riéndose, disfrutando la escena, contemplando las llamas como quien acaba de ganar un premio en una feria.

Qué bonito.

La humanidad descubrió el fuego hace miles de años y finalmente encontró la manera de convertirlo en contenido para redes sociales.

“¡Mira, mamá! ¡Quemamos otro lugar! ¡Dale like!”

Eso es lo verdaderamente perturbador.

No solamente el incendio.

La sonrisa.

Porque destruir durante una guerra puede ser racionalizado de mil maneras. Objetivo militar. Operación estratégica. Daño colateral. Seguridad nacional. Necesidad defensiva. Respuesta proporcional. Respuesta desproporcionada. Siempre tenemos un diccionario maravilloso para describir la barbarie sin tener que llamarla barbarie.

El lenguaje es muy útil.

Si matas a alguien, puedes decir que lo neutralizaste.

Si destruyes una casa, puedes decir que la inutilizaste.

Si incendias una comunidad, puedes decir que realizaste una operación.

Y si después te ríes frente a las cámaras...

Bueno, entonces probablemente alguien dirá que estabas “levantando la moral”.

Tenemos una capacidad extraordinaria para convertir una atrocidad en un trámite administrativo.

Pero hay algo que el lenguaje militar no consigue borrar:

detrás del objetivo hay personas.

Una casa no es simplemente una estructura de concreto.

Es donde alguien guardaba fotografías.

Donde un niño tenía juguetes.

Donde una mujer preparaba café.

Donde un viejo conservaba las cosas que le quedaron de toda una vida.

Pero cuando conviertes al enemigo en una abstracción, todo eso desaparece.

Ya no hay una familia.

Hay “el objetivo”.

Ya no hay una casa.

Hay “infraestructura”.

Ya no hay personas.

Hay “daños”.

Y entonces puedes contemplar las llamas y reírte.

Porque es bastante difícil sentir empatía por una coordenada GPS.


Y aquí viene una de las grandes maravillas de nuestra época:

la cámara.

Antes un soldado cometía una atrocidad y quizá nadie se enteraba.

Ahora puede grabarla en alta definición, ponerle música y subirla a internet antes de que termine de arder el edificio.

La tecnología no nos hizo necesariamente más humanos.

Nos hizo mejores documentando nuestra falta de humanidad.

Tenemos cámaras en todas partes.

Cámaras en los drones.

Cámaras en los teléfonos.

Cámaras en los cascos.

Cámaras en los vehículos.

Cámaras hasta en el refrigerador, porque aparentemente necesitamos evidencia audiovisual de que alguien abrió la puerta a las tres de la mañana.

Y en medio de toda esta revolución tecnológica seguimos haciendo algo que nuestros antepasados de las cavernas ya dominaban perfectamente:

quemar cosas y disfrutarlo.

La diferencia es que ellos no tenían Wi-Fi.


Y no, esto no significa que todos los israelíes sean monstruos.

Ni todos los soldados israelíes.

Ni que una conducta de algunos pueda convertirse automáticamente en una acusación contra millones de personas.

Eso sería exactamente el mismo mecanismo de deshumanización que estamos criticando.

El problema es otro.

El problema es que una persona puede acostumbrarse a la violencia hasta encontrarla divertida.

Y eso sí debería preocuparnos.

Porque la deshumanización no comienza necesariamente con un odio histérico.

A veces comienza con una pequeña broma.

Después viene el apodo.

Después el desprecio.

Después la indiferencia.

Después la celebración.

Y finalmente aparece alguien frente a una cámara diciendo:

“Mira qué bonito se quema.”

La humanidad tiene una larga tradición de hacer esto.

Primero inventamos al enemigo.

Después lo convertimos en una categoría.

Después le quitamos el nombre.

Después le quitamos el rostro.

Y finalmente conseguimos que su sufrimiento nos parezca entretenido.

Es una tecnología moral mucho más antigua que cualquier dron.


Y hay otra cosa especialmente obscena.

La gente que aparece en esos videos no parece estar enfrentando directamente a las personas que sufrirán las consecuencias.

No están viendo al padre que perdió su casa.

No están escuchando al niño que está llorando.

No están cargando a una persona herida.

Están mirando una imagen de la destrucción.

Eso facilita muchísimo la crueldad.

Porque la distancia es uno de los mejores anestésicos morales que hemos inventado.

Aprietas un botón.

Algo explota a kilómetros de distancia.

Y tú sigues sentado.

Después miras la pantalla.

Y celebras.

La víctima está lejos.

La culpa también.


Lo verdaderamente aterrador de estas escenas no es descubrir que existen individuos capaces de disfrutar con la destrucción.

Eso, desgraciadamente, ya lo sabíamos.

Lo aterrador es descubrir lo fácil que resulta normalizarlo.

Porque después aparecerán los comentaristas profesionales.

Los expertos.

Los analistas.

Los hombres con corbata que explicarán durante cuarenta minutos por qué aquello debe entenderse dentro de un “contexto geopolítico complejo”.

Y seguramente tendrán razón.

La geopolítica es compleja.

La diplomacia es compleja.

La historia es compleja.

El conflicto entre Israel, Palestina, Líbano, Irán y las potencias regionales es extraordinariamente complejo.

Pero hay algunas cosas que no necesitan un doctorado en relaciones internacionales.

Reírse de una población mientras arde su entorno está mal.

No hace falta una cumbre de Naciones Unidas para averiguarlo.

No hace falta un mapa.

No hace falta una bandera.

No hace falta preguntarse quién disparó primero.

No hace falta ser de izquierda, de derecha, sionista, antisionista, árabe, judío, cristiano, ateo o marciano.

Hay momentos en los que la moralidad puede expresarse en una frase bastante sencilla:

No te rías de la gente mientras destruyes su casa.

Qué concepto tan revolucionario.

Quizá algún día lo incluyamos en el entrenamiento militar.

Aunque, viendo la historia humana, probablemente necesitaremos una aplicación.

Empatía 2.0.

“¿Desea activar la función que permite recordar que las personas del otro lado también son personas?”

Aceptar.

“¿Está seguro?”

Aceptar.

“Advertencia: esta función puede disminuir considerablemente su capacidad para celebrar incendios.”


La civilización suele presumir de sus edificios, sus universidades, sus ejércitos, sus satélites y sus armas inteligentes.

Pero quizá la verdadera prueba de civilización sea algo mucho más sencillo:

qué hacemos cuando tenemos poder sobre alguien que no puede defenderse.

Ahí se acaba el discurso.

Ahí se acaba la bandera.

Ahí se acaba la propaganda.

Ahí queda solamente el ser humano frente a otro ser humano.

Y si tu primera reacción ante una casa en llamas es sacar el teléfono para grabarte riendo...

quizá el problema no sea que el enemigo sea demasiado humano.

Quizá el problema sea que tú has dejado de verlo como humano.

Y eso es lo realmente aterrador.

Porque una sociedad no se vuelve bárbara cuando empieza a quemar casas.

Se vuelve bárbara cuando consigue mirar las llamas y ya no ve una casa.

Ve un espectáculo.

Ve una victoria.

Ve un meme.

Ve contenido.

Y se ríe.

Ahí está la verdadera derrota.

No la del enemigo.

La nuestra.


 


El día que Europa descubrió que América hablaba español

Hay declaraciones que parecen inocentes hasta que uno las mira durante cinco segundos.

Y entonces aparece el elefante.

Isabel Díaz Ayuso contó que, cuando tenía alrededor de 22 años, llegó a Ecuador y se sorprendió porque la gente hablaba español y porque eran, de alguna manera, como ellos. Después explicó algo todavía más revelador: que nosotros tenemos Londres, tenemos Francia y tenemos Europa.

Ah.

Ahora sí.

La frase empieza a tener sentido.

Porque aparentemente el mundo viene organizado así: España tiene Londres, Francia y Europa; luego, en algún lugar remoto del mapa, está Ecuador, esperando pacientemente a que un español llegue para descubrir que también habla español.

Es magnífico.

Es como viajar a Argentina y sorprenderse de que tengan vacas.

"¡Dios mío! ¡Tienen vacas!"

Sí. España también tuvo algo que ver con que las vacas llegaran a América, pero no nos pongamos históricos a estas alturas. Estamos hablando de una simple vaca.

Y ahí está precisamente lo interesante.

Porque la anécdota no es realmente sobre el español. Es sobre el lugar desde el que uno mira el mundo.

Si creces en España, puedes tener la cabeza llena de Europa: Londres, París, Berlín, Roma, Bruselas. Inglaterra, Francia, Alemania, Italia. Europa como paisaje cotidiano, como referencia permanente, como el lugar donde ocurren las cosas importantes.

Y América Latina aparece como "el otro lado".

Aunque hable el mismo idioma.

Aunque comparta religión, historia, literatura, música, apellidos, comida, instituciones, conflictos y varios siglos de historia común.

Pero claro: una cosa es saberlo y otra descubrirlo cuando aterrizas en Quito.

Es la diferencia entre conocer un dato y comprender una realidad.

El problema aparece cuando esa sorpresa se cuenta desde una posición de superioridad cultural. Porque entonces parece que América Latina no es una sociedad con su propia historia que comparte una lengua con España, sino una especie de versión tropical de España que casualmente existe a varios miles de kilómetros.

Y ahí comienza el pequeño problema colonial.

Porque España no llegó a América como turista.

No fue:

"Hola, venimos a conocer el lugar. Qué bonito. ¿Dónde está el hotel?"

Llegaron conquistadores.

Llegaron administradores.

Llegaron sacerdotes.

Llegaron enfermedades.

Llegaron instituciones.

Llegó una lengua que terminó convirtiéndose en una de las más habladas del planeta.

Y después de todo eso resulta un poquito cómico que, quinientos años más tarde, alguien llegue a Ecuador y diga:

"¡Hablan español!"

Pues sí.

Ese era precisamente el plan.

Es como entrar a una casa que tú mismo construiste y sorprenderte de que tenga ventanas.

Pero hay algo todavía más interesante en la expresión "tenemos a Londres, tenemos a Francia".

Porque revela una jerarquía mental.

Europa no aparece simplemente como un continente.

Aparece como el mundo.

Londres está ahí.

Francia está ahí.

Europa está ahí.

Y América Latina parece estar en otra categoría ontológica: algo que existe, pero que uno descubre cuando sale de su burbuja.

Esto no significa que una persona española tenga la obligación de conocer perfectamente Ecuador a los 22 años.

Por supuesto que no.

Nadie nace con un mapa político instalado en el cerebro.

Lo interesante es otra cosa: qué consideramos normal y qué consideramos sorprendente.

Si un ecuatoriano llega a España y dice:

"Me sorprendió descubrir que aquí hablan español."

Probablemente todos pensaríamos que está bromeando.

Y tendríamos razón.

Pero si el español lo dice sobre Ecuador, la frase puede pasar como una simpática anécdota.

Ahí está el doble rasero.

Porque seguimos arrastrando una vieja costumbre occidental: imaginar que nuestra experiencia particular representa la experiencia universal.

Europa tiene historia.

América Latina tiene "pasado".

Europa tiene cultura.

América Latina tiene "folclore".

Europa tiene filósofos.

América Latina tiene "personajes interesantes".

Europa tiene ciudades.

América Latina tiene "lugares exóticos".

Y luego alguien aterriza en Ecuador, escucha español y descubre que, coño, también son personas.

Ese quizá sea el verdadero descubrimiento.

No que hablen español.

Sino que el mundo es mucho más grande que la habitación desde la que lo estábamos mirando.

Y aquí entra una ironía maravillosa.

Porque precisamente España es uno de los países que más debería comprender que una lengua no termina en sus fronteras.

El español dejó de ser exclusivamente español hace muchísimo tiempo.

Lo hablan millones de personas que jamás han pisado España y que no necesitan permiso de Madrid para utilizarlo.

El español pertenece tanto a Borges como a Cervantes.

A García Márquez como a Lorca.

A Neruda como a Unamuno.

A Rulfo como a Cela.

A Vallejo como a Machado.

A una abuela de Quito, a un adolescente de Ciudad de México y a un taxista de Buenos Aires.

La lengua salió de España y se volvió otra cosa.

Se multiplicó.

Se deformó.

Se enriqueció.

Adquirió acentos, palabras, ritmos y maneras de pensar que jamás habrían cabido en la península.

Y eso debería ser motivo de orgullo.

No de sorpresa.

Porque quizá el problema contemporáneo no sea que los europeos desconozcan América Latina.

El problema es que durante demasiado tiempo América Latina ha sido presentada como un lugar que debía ser descubierto por Europa.

Y ya llevamos quinientos años descubriéndonos unos a otros.

Ya estuvo.

Quizá ahora podamos pasar a una etapa revolucionaria:

conocernos como adultos.

Sin que nadie tenga que aterrizar en Quito para descubrir que Ecuador existe.

Sin que nadie tenga que cruzar el Atlántico para comprobar que los latinoamericanos hablan español.

Y, sobre todo, sin seguir imaginando que porque Europa está al norte del Mediterráneo automáticamente ocupa el centro del universo.

Porque si algo nos ha enseñado la historia es que el centro del universo cambia de domicilio con una velocidad extraordinaria.

Antes estaba en Roma.

Después en Madrid.

Después en París.

Después en Londres.

Después en Washington.

Y ahora está aparentemente dentro de un teléfono celular, donde un algoritmo de diecinueve años decide qué debemos pensar mientras hacemos scroll.

Así que quizá convenga bajar un poco el volumen de nuestra civilización.

El planeta no es Europa con países invitados.

Y Ecuador no es España con montañas.

América Latina no es una nota al pie de la historia europea.

Y si algún día alguien llega a Ecuador y descubre, sorprendidísimo, que hablan español, perfecto.

Que disfrute el momento.

Pero que también mire alrededor.

Porque quizá el verdadero descubrimiento sea mucho más incómodo:

que aquellos a quienes durante siglos se les enseñó a mirar hacia Europa ya dejaron de necesitar hacerlo para saber quiénes son.

jueves, 3 de septiembre de 2026

 Hablemos de dinero. Y hablemos de mujeres. Específicamente, de por qué a los dueños de este circo les encanta la idea de que si tienes un par de cromosomas XX, tu trabajo vale automáticamente un 20% menos. Es una jugada maestra del capitalismo de compadres.

​Durante siglos, los tipos con trajes caros y sombreros de copa inventaron una de las mayores patrañas de la historia de la humanidad: "El Proveedor Masculino". ¡Qué concepto tan tierno! Nos vendieron la película de que el hombre sale de la cueva a pelear con el mamut de la hipoteca, y por lo tanto, necesita cada centavo para alimentar a la pequeña e indefensa tribu. Así que, cuando una mujer tenía la osadía de querer trabajar fuera de la cocina, el jefe de turno la miraba y le decía: "Mira, Susie, te voy a pagar tres cacahuates y un botón de camisa porque, seamos honestos, tú solo estás haciendo esto para comprarte un sombrero nuevo o polvo para la cara. Tu marido ya paga el alquiler".

​¡Qué jodida genialidad! Usaron la estructura familiar como un cupón de descuento para la mano de obra. "Disculpe, señor contratista, tengo un vale de descuento aquí: es mujer". Y listo, ganancia extra para los de arriba.

​Y no me vengan con la vieja excusa de: "Es que el trabajo de los hombres es más duro, George". ¡Y una mierda! Tradicionalmente, ¿cuáles han sido los "trabajos de mujeres"? Limpiar la mierda que otros ensucian, cuidar a niños gritones, aguantar a jefes babosos como secretarias, y pasar doce horas de pie cosiendo ropa. Eso no es "fácil", es tortura psicológica y física de bajo impacto. Pero como lo llamaron "instinto maternal" o "habilidades naturales", decidieron que no había que pagarlo. Claro, si es "natural", ¿por qué habríamos de darte dinero por ello? 

​¿Y saben qué es lo mejor? Que hoy en día te dicen que el problema ya se solucionó porque hay leyes. ¡Amo las leyes! Son como los carteles de "No Pisar el Césped" en medio de un desierto. Te dicen: "¡Igual trabajo, igual salario!". Suena hermoso, ¿verdad? Te hace sentir bien por dentro. Pero luego inventan la letra chica. Crean un sistema donde penalizan a la mujer por hacer lo único que los hombres no podemos hacer: perpetuar la maldita especie. Si un tipo tiene un hijo, en la oficina le dan una palmada en la espalda, un cigarro y un aumento porque "ahora tiene responsabilidades". Si una mujer tiene un hijo, se convierte en un "riesgo financiero", una baja por maternidad viviente, alguien que "no está comprometida con la cultura de la empresa".

​Es el viejo truco corporativo de siempre: divide, devalúa y quédate con el cambio. No se trata de biología, ni de economía abstracta, ni del "libre mercado". Se trata de control y de dinero fácil. A los que manejan el cotarro les importa un bledo tu género; lo único que aman es el color verde. Y si pueden conseguir que la mitad de la población mundial haga el mismo trabajo sucio por una fracción del costo simplemente apelando a tradiciones medievales... lo van a seguir haciendo y se van a reír en nuestra puta cara mientras lo hacen.

​Buenas noches. 


 Jean-Paul Marat no nació para vivir en paz. Algunas personas parecen venir al mundo con un incendio detrás de los ojos. Marat fue una de ellas.

Antes de convertirse en el hombre más temido de la Revolución Francesa, fue médico, científico y escritor. Nació en 1743 en la pequeña ciudad de Boudry. Durante años recorrió Francia e Inglaterra intentando abrirse paso como intelectual. Escribió sobre medicina, electricidad y filosofía, pero el reconocimiento nunca llegó. El mundo parecía escuchar a otros.

Entonces llegó 1789.

La Revolución no solo derrumbó una monarquía. También abrió la puerta para hombres como Marat, que llevaban décadas acumulando frustraciones. Descubrió que su verdadera arma no era el bisturí, sino la pluma.

Fundó el periódico L'Ami du peuple ("El amigo del pueblo"). Cada edición era un cañonazo. Mientras muchos revolucionarios pedían reformas, Marat exigía castigos. Denunciaba conspiraciones, acusaba a nobles, ministros y hasta a otros revolucionarios de traicionar al pueblo. Sus artículos estaban escritos con la urgencia de quien cree que cada día perdido cuesta cientos de vidas.

Vivía perseguido. Pasó temporadas escondido en sótanos y alcantarillas para escapar de las autoridades. Aquellos refugios húmedos empeoraron una grave enfermedad de la piel que lo atormentaría el resto de su vida. El dolor era tan intenso que pasaba horas sumergido en una bañera con agua medicinal, escribiendo desde allí.

Marat fue uno de los principales aliados de los Club de los Jacobinos y apoyó el ascenso de Maximilien Robespierre. Defendía que la Revolución solo sobreviviría eliminando sin contemplaciones a quienes la amenazaban. Para sus seguidores era la voz incorruptible del pueblo. Para sus enemigos, un fanático sediento de sangre.

Su final fue casi teatral.


El 13 de julio de 1793, una joven llamada Charlotte Corday pidió verlo. Le dijo que traía información sobre enemigos de la República. Marat la recibió desde su bañera, donde trabajaba a causa de su enfermedad.

Mientras anotaba los nombres que ella le dictaba, Corday sacó un cuchillo y lo hundió en su pecho.

Marat murió en pocos minutos.

Corday declaró que había matado a un hombre para salvar a cien mil. Pero ocurrió lo contrario. Su asesinato convirtió a Marat en mártir de la Revolución. El pintor Jacques-Louis David inmortalizó la escena en el célebre cuadro La muerte de Marat, donde el periodista aparece como un santo laico, con la pluma aún en la mano y el cuerpo vencido por la muerte.

El hombre detrás del mito

Marat sigue dividiendo opiniones más de dos siglos después.

Para unos fue un defensor inflexible de los pobres, convencido de que la justicia exigía una energía despiadada. Para otros fue uno de los hombres que ayudó a sembrar el clima de violencia que desembocó en el Reinado del Terror.

Quizá ambas cosas sean ciertas.

Su vida recuerda que las revoluciones no solo se libran con fusiles. También se combaten con palabras. Y las palabras, cuando encuentran una multitud desesperada, pueden convertirse en pólvora.

Marat nunca comandó un ejército. Nunca llevó una corona. Nunca ocupó el poder supremo.

Sin embargo, desde una simple bañera, con una pluma entre los dedos y la fiebre ardiendo bajo la piel, logró estremecer a toda una nación. A veces la historia cambia por la espada. Otras veces cambia porque un hombre escribe una frase que ya nadie puede dejar de escuchar. 

 

BIENVENIDOS AL CIRCO DE LA DERECHA

Donde el candidato ya no necesita gobernar: basta con que no deje de hacer el ridículo

Hay algo maravilloso ocurriendo en la política contemporánea.

Durante siglos la humanidad luchó por construir instituciones.

Constituciones.

Parlamentos.

Tribunales.

Universidades.

Sistemas electorales.

Debates.

Prensa.

Todo ese tedioso esfuerzo para conseguir que quienes gobiernan fueran, al menos en teoría, personas capaces de gobernar.

Y entonces llegó Internet.

Y dijimos:

“¿Saben qué? Todo esto está muy bien, pero ¿qué tal si elegimos al tipo que más nos haga reír?”

Bienvenidos al siglo XXI.

La civilización occidental ha avanzado tanto que ahora podemos elegir gobernantes mediante el mismo mecanismo que utilizamos para decidir qué gato se parece más a Hitler.

Dale “me gusta”.


Antes un político tenía que parecer serio.

Tenía que vestir correctamente.

Hablar correctamente.

Conocer los asuntos públicos.

Intentar parecer inteligente.

Y, sobre todo, tenía que evitar hacer el ridículo.

Hoy tenemos una innovación extraordinaria:

el político que convierte el ridículo en una estrategia de comunicación.

Y funciona.

Porque hemos descubierto algo maravilloso sobre el cerebro humano:

la indignación genera clics.

La estupidez genera clics.

El escándalo genera clics.

El insulto genera clics.

La mentira genera clics.

La frase completamente desquiciada genera millones de clics.

Pero una explicación razonable de cuarenta minutos sobre política fiscal…

Bueno.

Eso sí que es una amenaza contra la democracia.


EL POLÍTICO YA NO ES UN POLÍTICO

Es un personaje.

Y aquí está el cambio fundamental.

Milei no necesita que todos conozcan sus propuestas económicas.

Necesita que sepan quién es Milei.

El personaje.

El cabello.

Los gritos.

La motosierra.

Los enemigos.

Los insultos.

La pose.

La narrativa.

Lo mismo ocurre con otros dirigentes de la nueva derecha.

No importa tanto que expliquen el funcionamiento del Estado.

Importa que tengan una personalidad reconocible en quince segundos.

Porque quince segundos es aproximadamente el tiempo que nuestra civilización contemporánea puede mantener la atención antes de necesitar otra imagen de un perro cayéndose de una escalera.

El político moderno debe ser memeable.

Ésa es la nueva cualidad de liderazgo.

No “competente”.

No “prudente”.

No “honesto”.

Memeable.


EL BUFÓN ES PERFECTO PARA EL ALGORITMO

El algoritmo ama al bufón.

¿Por qué?

Porque el bufón no necesita convencer.

Necesita provocar.

Si dices algo sensato, quizá diez mil personas lo leen.

Si dices una estupidez monumental, cincuenta millones de personas preguntan:

“¿Acaba de decir eso?”

Sí.

Lo dijo.

Y ahora tienes ocho millones de reproducciones.

La oposición lo comparte para burlarse.

Tus seguidores lo comparten para defenderte.

Los periodistas lo comparten para criticarte.

Los comentaristas lo comparten para analizarlo.

Los memes lo comparten para ridiculizarlo.

Y el algoritmo dice:

“Magnífico. Continúen.”

El político acaba de obtener publicidad gratuita de todos sus enemigos.


EL ENEMIGO ES PARTE DE LA CAMPAÑA

Éste es otro descubrimiento extraordinario.

El adversario ya no es un obstáculo.

Es un empleado.

Porque si tu enemigo se indigna contigo, te está ayudando.

Si publica tu declaración absurda, te ayuda.

Si escribe diez tuits denunciándote, te ayuda.

Si hace un video de quince minutos demostrando que eres un imbécil…

te está haciendo campaña.

Y aquí aparece una de las grandes ironías de nuestra época:

La gente que más detesta a determinados políticos puede convertirse en su principal distribuidor de contenido.

Es como contratar a Greenpeace para promocionar una petrolera.


LA DERECHA DESCUBRIÓ QUE EL ESCÁNDALO ES UN NEGOCIO

Y aquí llegamos al fenómeno que estamos viendo en América Latina.

La derecha descubrió algo que la publicidad lleva décadas sabiendo:

la marca importa más que el producto.

No necesitas vender un programa político.

Vendes una personalidad.

No eres candidato.

Eres una marca.

“Milei.”

“Kast.”

“De la Espriella.”

Y alrededor del nombre construyes una colección de símbolos:

El enemigo.

La amenaza.

La patria.

La decadencia.

Los comunistas.

Los progres.

Los inmigrantes.

Las élites.

Los medios.

Los zurdos.

Los woke.

Los corruptos.

Los globalistas.

El demonio.

La lista puede continuar indefinidamente.

Porque una identidad política construida alrededor del enemigo es extremadamente cómoda.

No necesitas explicar el mundo.

Sólo necesitas decir:

“Ellos son los culpables.”


LA POLÍTICA COMO LUCHA LIBRE

Estamos convirtiendo la democracia en lucha libre profesional.

Hay héroes.

Hay villanos.

Hay insultos.

Hay entradas espectaculares.

Hay público gritando.

Hay camisetas.

Hay consignas.

Y todos saben quién es el bueno porque lleva la camiseta correcta.

¿El programa de gobierno?

¿La política energética?

¿La estructura fiscal?

¿La educación?

¿La administración pública?

¿La salud?

¡Por favor!

Estamos ocupados viendo al candidato insultar a alguien.

Eso es mucho más emocionante.


Y ENTONCES LLEGA XÓCHITL

Xóchitl Gálvez representa otra variante interesante del mismo fenómeno.

La espontaneidad.

La ocurrencia.

El personaje.

La candidata que quiere diferenciarse del político tradicional.

Y hay algo genuinamente atractivo en eso.

El problema aparece cuando la espontaneidad se convierte en sustituto de la preparación.

Porque una cosa es hablar sin solemnidad.

Otra muy distinta es demostrar que no sabes qué estás diciendo.

El político puede sobrevivir a un error.

Lo que resulta mucho más difícil es sobrevivir a una sucesión de errores convertidos en espectáculo.

Porque llega un momento en que el ciudadano deja de preguntarse:

“¿Qué propone?”

y empieza a preguntarse:

“¿Qué barbaridad va a decir mañana?”

Y ése es el momento en que el candidato deja de ser candidato.

Se convierte en programa de televisión.


LA VERGÜENZA FUE CANCELADA

Ésta quizá sea la mayor transformación.

Antes, hacer el ridículo tenía consecuencias.

Ahora puede tener beneficios.

Antes un político decía algo absurdo y sus asesores entraban en pánico.

Ahora sus asesores preguntan:

“¿Cuántas reproducciones lleva?”

Ése es el nuevo departamento de crisis.

No:

“¿Cómo corregimos la declaración?”

Sino:

“¿Está funcionando?”

Porque si la gente habla de ti, la campaña continúa.

Y hemos llegado al punto en que la política puede premiar precisamente aquello que debería descalificarla.

La arrogancia.

La ignorancia.

La agresividad.

La mentira.

La simplificación.

La incapacidad para admitir errores.

Todo puede convertirse en una virtud si se envuelve correctamente en el celofán de la “autenticidad”.


EL IDIOTA AUTÉNTICO

Ésta es mi parte favorita.

Antes queríamos políticos inteligentes.

Ahora queremos políticos “auténticos”.

¿Y qué significa auténtico?

Que diga lo primero que se le ocurra.

Fantástico.

Entonces ya no necesitamos elecciones.

Podemos sustituirlas por una cámara instalada en una cantina.

El que diga la estupidez más viral gana.

Porque aparentemente expresar cualquier pensamiento que aparezca espontáneamente en tu cerebro es una prueba de carácter.

Un adulto responsable piensa antes de hablar.

Un político moderno habla antes de pensar.

Y si alguien lo critica, responde:

“¡Yo digo las cosas como son!”

No.

Dices las cosas como se te ocurren.

No es lo mismo.


EL PELIGRO NO ES QUE SEAN BUFONES

El problema no es que algunos políticos sean ridículos.

Siempre los hubo.

El problema es que el sistema empieza a seleccionarlos precisamente porque son ridículos.

Ésa es la parte verdaderamente siniestra.

Si el algoritmo recompensa la provocación, los políticos aprenderán a provocar.

Si recompensa la indignación, indignarán.

Si recompensa el conflicto, fabricarán conflicto.

Si recompensa la mentira escandalosa, mentirán escandalosamente.

Estamos creando un ecosistema político donde la moderación es mala televisión.

La prudencia no se comparte.

La complejidad no se viraliza.

La duda parece debilidad.

La corrección parece cobardía.

Y la certeza absoluta, aunque sea completamente idiota, obtiene millones de visitas.


Y ASÍ LLEGAMOS AL GRAN TRIUNFO DEL SIGLO

Tenemos más información que cualquier generación anterior.

Tenemos acceso instantáneo a bibliotecas enteras.

Podemos consultar documentos.

Datos.

Investigaciones.

Estadísticas.

Expertos.

Historia.

Todo el conocimiento humano está prácticamente en nuestro bolsillo.

Y utilizamos esa maravilla tecnológica para ver a un político gritar:

“¡MOTOSIERRA!”

Y aplaudir.

La humanidad construyó Internet para compartir conocimiento.

Nosotros lo convertimos en una máquina gigantesca para compartir cabreo.


EL CIUDADANO SE CONVIRTIÓ EN FAN

Y aquí está el final de la tragedia.

Cuando el político se convierte en personaje, el ciudadano se convierte en fan.

Y un fan no evalúa a su ídolo.

Lo defiende.

Si pierde:

“Le hicieron fraude.”

Si miente:

“Todos mienten.”

Si se contradice:

“Está siendo estratégico.”

Si fracasa:

“Es culpa de los enemigos.”

Si hace el ridículo:

“¡Por eso lo queremos!”

Y entonces desaparece la última barrera.

La capacidad de decir:

“Este cabrón es de mi partido, pero acaba de decir una estupidez.”

Eso es democracia.

No exigir que tu candidato sea perfecto.

Sino conservar la capacidad de reconocer cuando es un imbécil.


Porque ésa es quizá la gran tragedia de nuestra época:

hemos desarrollado una tecnología capaz de poner a toda la humanidad en comunicación instantánea y la estamos utilizando para formar tribus de personas que se gritan entre sí mientras comparten videos de sus respectivos bufones.

Y cada tribu está convencida de que la otra es la que perdió la cabeza.

Mientras tanto, el político sonríe.

Porque descubrió el secreto.

No necesita que lo respeten.

No necesita siquiera que le crean.

Ni siquiera necesita que lo quieran.

Sólo necesita que sigan hablando de él.

Y nosotros, obedientemente, hablamos.

Todos los días.

A todas horas.

Gratis.

Bienvenidos a la nueva democracia.

El candidato hace el ridículo.

La oposición se indigna.

Los seguidores lo defienden.

El algoritmo cobra.

Y nosotros, los ciudadanos, compramos palomitas.

Qué gran avance de la civilización.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

 En el fondo de la concepción que Hayek tenía de la libertad, por tanto, yace la idea de que la libertad de algunos vale más que la de otros: «La libertad que utilizará solo un hombre entre un millón puede ser más importante para la sociedad, y más beneficiosa para la mayoría, que cualquier libertad que utilicemos». Hayek cita con aprobación esta declaración de un filósofo del siglo XIX: «Puede ser de extrema importancia que alguien disfrute de su libertad […], aunque la libertad no sea posible ni deseable para la gran mayoría».

Corey Robin

Aquí Hayek se pone incómodo… y Corey Robin le prende la luz sin piedad.
Lo que estás leyendo no es un simple matiz: es el nervio central de la concepción de libertad en Friedrich Hayek, tal como la interpreta Corey Robin.

 La libertad como rareza, no como derecho universal
Para Hayek, la libertad no es necesariamente algo que todos deban ejercer activamente. Su argumento va más o menos así:
La sociedad progresa gracias a unos pocos individuos excepcionales
Esos pocos necesitan máxima libertad para innovar, crear, arriesgar
Aunque la mayoría no use (o ni quiera usar) esa libertad, se beneficia indirectamente
Es una visión casi aristocrática de la libertad:
no todos la viven, pero todos “comen de ella”.
Una metáfora rápida:
como un faro en la costa. Solo uno brilla, pero muchos barcos se salvan.

 El filo peligroso (según Robin)
Robin detecta algo inquietante ahí:
 Si la libertad de unos pocos es más valiosa que la de la mayoría…
 entonces no todas las libertades pesan igual
 entonces la igualdad política empieza a tambalearse

Lo que está en juego es esto:
¿La libertad es un derecho universal…
o un recurso escaso que conviene concentrar en ciertas manos?

Robin sugiere que Hayek, aunque no lo diga de forma brutal, abre la puerta a justificar desigualdades profundas:
“No importa que muchos no tengan ciertas libertades, si unos pocos las usan ‘bien’.”
Y eso puede deslizarse hacia algo más áspero:
élites con amplio margen de acción
mayorías con libertades más limitadas o pasivas

 El trasfondo: orden espontáneo vs. democracia igualitaria
Hayek cree en el orden espontáneo:
la idea de que la sociedad funciona mejor cuando nadie la controla del todo.
Pero eso tiene un costo:
No todos participan por igual
No todos tienen el mismo poder real
La libertad efectiva se concentra

Robin, en cambio, viene de una tradición más democrática y sospecha de esto. Para él, la libertad sin igualdad puede convertirse en una especie de:
libertad para mandar… y libertad para obedecer.

 Una forma poética de verlo
Hayek imagina un mundo donde
unos pocos vuelan alto…
y el resto siente el viento.
Robin pregunta:
¿y si algunos no quieren solo sentir el viento…
sino también tener alas?

 El punto incómodo (sin rodeos)
La crítica de fondo es esta:
Hayek redefine la libertad como funcional al progreso, no como derecho igualitario
Eso puede justificar jerarquías
Y en casos extremos, legitimar que muchos vivan con menos libertad “por el bien general”

Aquí es donde la idea de Friedrich Hayek deja de ser teoría elegante… y se vuelve carne, dinero, poder.
Y donde la sospecha de Corey Robin empieza a respirar.
No son caricaturas. Son escenas reales donde la libertad de unos pocos pesa más —y el resto orbita alrededor.

 1. Silicon Valley: libertad para crear… y para dominar
Figuras como Elon Musk o Mark Zuckerberg encarnan esto:
Tienen una libertad enorme para innovar, arriesgar, decidir
Cambian industrias, culturas, incluso política
Millones dependen de sus decisiones… sin haberlas votado
Ejemplo crudo:
Un cambio en el algoritmo de Meta o en X puede afectar elecciones, negocios, estados de ánimo colectivos
 Libertad hiperconcentrada arriba
 Dependencia masiva abajo
Hayek diría: “de ahí sale el progreso”
Robin preguntaría: “¿y quién controla a los que controlan?”

 2. Finanzas globales: libertad de mover capital… sin raíces
Fondos gigantes como BlackRock o Vanguard:
Mueven trillones de dólares
Pueden entrar o salir de países en segundos
Influyen en economías completas
Mientras tanto:
Un trabajador no puede mover su vida con esa libertad
Un país puede sufrir crisis por decisiones externas
 Libertad total para el capital
 Libertad limitada para las personas
Es casi la frase de Hayek hecha sistema:
no todos necesitan libertad… basta con que algunos la tengan.

 3. Plataformas digitales: hablar sí… pero bajo reglas invisibles
Redes como Google, Meta o TikTok:
Dan la ilusión de libertad de expresión total
Pero deciden qué se ve, qué se oculta, qué se amplifica
No es censura clásica… es algo más fino:
Algoritmos invisibles
Moderación opaca
Incentivos que moldean el discurso
 Tú hablas
 Pero alguien decide quién te escucha
Una libertad… editada.

 4. Políticas económicas: libertad de mercado vs. vida cotidiana
En muchos países influenciados por ideas cercanas a Hayek:
Se protege la libertad empresarial
Se reducen regulaciones
Se prioriza el crecimiento económico
Pero:
La desigualdad crece
No todos acceden a salud, educación o seguridad en igualdad
Ejemplos visibles en reformas inspiradas en economistas como Milton Friedman (discípulo intelectual de esa línea):
 Libertad para emprender: alta
 Libertad real para elegir (si eres pobre): limitada

 5. Inteligencia artificial: pocos crean, muchos obedecen
Empresas como OpenAI o Google:
Diseñan sistemas que moldean información, trabajo y creatividad
Deciden límites, capacidades y accesos
Mientras tanto:
Millones usan herramientas que no entienden ni controlan
 Libertad de diseño: concentrada
 Uso masivo: dependiente

 El hilo invisible que une todo
En todos estos casos hay un patrón:
Un pequeño grupo con libertad amplia, creativa, decisiva
Una mayoría que vive dentro de las consecuencias de esa libertad
No es necesariamente tiranía.
Es algo más sutil… más moderno… más elegante.

 La pregunta que queda flotando
¿Prefieres un mundo donde:
pocos tengan alas y vuelen alto…
o uno donde muchos puedan volar, aunque más bajo?
Hayek apostaría por lo primero:
el vuelo de unos ilumina a todos.
Robin te susurra otra cosa:
a veces, ese brillo también encandila.

América Latina es el escenario donde esa tensión deja de ser filosofía… y se vuelve paisaje: calles, salarios, barrios que brillan y otros que resisten.

Aquí la intuición de Friedrich Hayek y la crítica de Corey Robin chocan como dos trenes: uno promete progreso desde arriba; el otro pregunta quién paga el boleto.

Vamos por escenas, no teorías.
🇨🇱 Chile: laboratorio del mercado
Tras la dictadura de Augusto Pinochet, economistas formados con Milton Friedman aplicaron reformas radicales:
Privatización de pensiones, educación, salud
Libertad económica amplia para empresas
Estado reducido
Resultado:
Crecimiento económico notable
Pero desigualdad profunda
Y en 2019, estalló el malestar:
protestas masivas, una frase que ardía en las paredes:
“No son 30 pesos, son 30 años”
👉 Libertad económica arriba
👉 Frustración acumulada abajo
El modelo funcionaba… pero no para todos igual.

🇲🇽 México: libertad para invertir, límites para vivir
Desde los años 80–90:
Apertura comercial (como el TLCAN)
Privatizaciones
Integración al mercado global
Hoy:
Grandes empresas con margen amplio
Inversión extranjera fuerte
Pero también:
Informalidad laboral masiva
Brechas enormes entre regiones
Un empresario puede mover millones.
Un trabajador… a veces no puede mover ni su destino.
👉 Libertad de mercado: real
👉 Libertad cotidiana: desigual

🇧🇷 Brasil: élites dinámicas, mayorías atrapadas
Brasil tiene:
Un sector financiero poderoso
Grandes corporaciones
Innovación en sectores clave
Pero también:
Desigualdad estructural histórica
Favelas junto a zonas de lujo
Aquí la libertad económica convive con una realidad social dura:
👉 Algunos deciden
👉 Muchos sobreviven
Es el contraste más visual:
helicópteros sobrevolando techos de lámina.

🇦🇷 Argentina: libertad intermitente, crisis recurrente
Argentina es otro ángulo del problema:
Intentos de liberalización económica
Crisis frecuentes, inflación alta
Aquí aparece otra cara del dilema:
Demasiada intervención → estancamiento
Demasiada liberalización → inestabilidad
La libertad económica no logra consolidarse…
y la libertad real de la gente se erosiona entre crisis.

 El patrón latinoamericano
En casi toda la región se repite una melodía:
Apertura al mercado global
Concentración de oportunidades
Desigualdad persistente
Y entonces surge la pregunta que no se calla:
¿De qué sirve la libertad de emprender…
si millones no tienen condiciones para intentarlo?

 Imagen final
América Latina es como una ciudad al atardecer:
En lo alto, terrazas con vino y vistas infinitas
Abajo, calles donde la noche llega más rápido
La libertad existe.
Pero no aterriza igual en todos los techos.

 La tensión viva
Hayek diría:
“den libertad a los que pueden mover la historia”
Robin respondería:
“una libertad que no se reparte… se convierte en poder”