El pasaje de Adam Grant es una pequeña bomba contra una de las ilusiones más persistentes de la política: creemos que el fracaso desacredita automáticamente al fracasado.
La historia de Davíð Oddsson muestra que no necesariamente. A veces
ocurre exactamente lo contrario: el poder convierte incluso el desastre
en una credencial.
El hombre que ocupó los tres lugares
La anécdota comienza con una pregunta casi humorística: ¿quiénes
fueron las tres personas más responsables de la quiebra de Islandia?
La economista responde con un solo nombre.
Davíð Oddsson.
No porque hubiera tres culpables distintos, sino porque Oddsson había
conseguido ocupar sucesivamente posiciones desde las cuales podía
influir decisivamente en el sistema.
Primero, primer ministro.
Después, gobernador del banco central.
Y, finalmente, aspirante a presidente de la República.
Es una trayectoria que parece escrita por Kafka, pero tiene algo
todavía más inquietante: funciona perfectamente dentro de la psicología
humana.
El poder no siempre castiga el fracaso
La parte más interesante del relato no es siquiera la privatización
de los bancos ni el crecimiento desmesurado de sus balances. Es lo que
sucede después.
El sistema financiero colapsa.
La ciudadanía protesta.
Oddsson es señalado como responsable.
Es obligado a abandonar el Banco Central.
Y, años después, vuelve a presentarse como candidato presidencial.
Aquí aparece la pregunta verdaderamente incómoda:
¿Por qué alguien que ha participado en un desastre puede
seguir considerándose, y ser considerado por otros, perfectamente
capacitado para ocupar un cargo todavía más importante?
La respuesta está relacionada con algo que Grant desarrolla en Think Again: las personas no evalúan sus propias capacidades únicamente mediante resultados objetivos. También construyen una narración que les permita conservar una imagen coherente de sí mismas.
Oddsson puede interpretar su larga carrera no como una secuencia de fracasos, sino como prueba de experiencia.
La frase es reveladora:
«Mi experiencia y mis conocimientos, que son considerables, son muy apropiados para este cargo.»
No dice: cometí errores, aprendí de ellos y quiero demostrar que puedo hacerlo mejor.
Dice, esencialmente:
Tengo experiencia; por tanto, estoy capacitado.
Pero ahí aparece una trampa lógica.
La experiencia no es sinónimo de competencia.
Uno puede tener veinte años de experiencia y repetir un mismo error durante veinte años.
El problema de confundir experiencia con aprendizaje
Éste es uno de los grandes temas de Grant.
Normalmente pensamos:
experiencia → conocimiento → competencia.
Pero la cadena real puede ser:
experiencia → confirmación de nuestras creencias → exceso de confianza.
Un cirujano que lleva treinta años practicando y revisa constantemente sus resultados probablemente acumula conocimiento.
Pero un político que lleva treinta años ejerciendo y jamás admite un error puede estar acumulando otra cosa: certeza.
Y la certeza es peligrosísima cuando está acompañada de poder.
El conocimiento verdadero suele contener una pequeña dosis de humildad: puedo estar equivocado.
El dogmatismo hace lo contrario: transforma cada fracaso en una explicación externa.
Si la política salió mal, fueron las circunstancias.
Si la economía colapsó, fue culpa del mercado.
Si los bancos quebraron, nadie podía preverlo.
Si los ciudadanos protestaron, fueron manipulados.
Y si finalmente uno fue destituido, quizá el problema fue que los demás no comprendieron su visión.
Así se construye una fortaleza psicológica prácticamente inexpugnable: el fracaso nunca consigue entrar en la biografía del individuo como evidencia contra él.
Y aquí aparece algo profundamente político
La historia de Oddsson no habla solamente de Islandia.
Habla de una característica universal de las sociedades humanas:
el poder tiene memoria selectiva.
Un político puede ser responsable de una política desastrosa y, sin
embargo, conservar atributos que socialmente son muy valorados:
- experiencia;
- seguridad;
- capacidad retórica;
- contactos;
- reconocimiento público;
- familiaridad con las instituciones;
- una larga trayectoria.
Y hay algo todavía más extraño: el fracaso puede aumentar la autoridad aparente.
«Tiene experiencia.»
Sí.
Pero experiencia ¿en qué?
Porque una persona puede tener una enorme experiencia haciendo algo mal.
Un piloto que estrella cinco aviones no se convierte en experto por haber pilotado cinco veces.
La política, sin embargo, funciona muchas veces bajo una lógica diferente.
El currículo como sustituto de la evidencia
Ésta quizá sea la parte más contemporánea de la historia.
Cuando elegimos autoridades, tendemos a mirar el currículo:
Fue ministro.
Fue gobernador.
Fue empresario.
Fue senador.
Fue presidente.
Lleva cuarenta años en política.
Pero deberíamos formular otra pregunta:
¿Qué aprendió durante esos cuarenta años?
Porque el currículo solamente registra lo que alguien hizo.
No registra necesariamente lo que alguien comprendió.
Y ésa es una diferencia enorme.
Un político puede acumular cargos del mismo modo que una persona
acumula sellos en un pasaporte. Pero viajar mucho no garantiza haber
entendido ningún país.
La paradoja de la incompetencia segura
El caso resulta especialmente interesante porque combina dos fenómenos que Grant estudia constantemente: el exceso de confianza y la incapacidad para reconsiderar las propias ideas.
Cuanto más poder tiene una persona, más difícil puede resultarle recibir información que contradiga sus creencias.
La gente comienza a decirle lo que quiere escuchar.
Los subordinados aprenden a no contradecirla.
Los seguidores reinterpretan sus errores.
Los adversarios son considerados enemigos.
Y finalmente se produce una especie de cámara de eco alrededor del individuo.
El poder crea entonces una paradoja:
cuanto más poder tienes para equivocarte, menos personas tienes alrededor dispuestas a decirte que estás equivocado.
Por eso el poder puede ser intelectualmente corrosivo.
No necesariamente vuelve estúpida a una persona.
Puede hacer algo más peligroso:
puede impedirle descubrir cuándo está equivocada.
La frase final es el verdadero golpe
«Mi experiencia y mis conocimientos, que son considerables, son muy apropiados para este cargo.»
Grant coloca esta frase después de toda la historia y deja que el lector haga el resto.
Es casi una escena teatral.
El país ha vivido una crisis financiera.
El sistema bancario se ha derrumbado.
El hombre ha sido señalado como responsable.
Ha tenido que abandonar su cargo.
Y varios años después aparece nuevamente en escena diciendo, en esencia:
Estoy muy preparado para esto.
Y ahí está la ironía.
No es necesariamente que Oddsson no tuviera conocimientos.
Es que tener conocimientos no garantiza tener buen juicio.
La inteligencia puede incluso convertirse en una herramienta para
proteger nuestras convicciones. Una persona inteligente no
necesariamente cambia de opinión cuando aparece evidencia contraria. A
veces simplemente desarrolla argumentos más sofisticados para explicar
por qué la evidencia no cuenta.
Por eso la verdadera virtud intelectual no es saber mucho.
Es saber cuándo lo que sabemos ya no alcanza.
Y quizá ésa sea la lección más incómoda del pasaje:
Una sociedad que confunde experiencia con competencia puede terminar reciclando a sus propios fracasos como si fueran expertos.
El pasado debería ser un laboratorio del que aprendemos.
Pero cuando no queremos aprender, se convierte en un currículum.
Y entonces el hombre que ayudó a conducir el barco hacia el iceberg
puede regresar años después, señalar su larga experiencia como capitán y
decir, con absoluta serenidad:
«Estoy perfectamente preparado para volver al puente.»