sábado, 7 de febrero de 2026

 sí hay algo profundamente ridículo aquí, pero no donde López Dóriga dice que está.

Que un asistente le limpie el zapato a un ministro es una escena servil, simbólicamente fea, monárquica, claro. Huele a viejo régimen, a “usted es señor y yo soy nada”. Eso se puede criticar sin problema.

Pero que eso sea “lo más indignante” que ha visto en 57 años de periodismo en México… ahí ya no estamos ante un desliz: estamos ante amnesia selectiva o cinismo profesional.

Vamos por partes.


1. Si eso es lo más indignante… ¿entonces qué fue todo lo demás?

En esos 57 años, López Dóriga vio —o decidió no ver— cosas como:

  • 1968: estudiantes asesinados y la prensa callando o repitiendo la versión del poder.

  • Guerra sucia: desapariciones forzadas documentadas décadas después.

  • Fraudes electorales: 1988 como monumento nacional a la simulación.

  • Acteal, Aguas Blancas, Tlatlaya: masacres con encubrimiento.

  • Ayotzinapa: 43 desaparecidos y una “verdad histórica” fabricada.

  • Periodistas asesinados uno tras otro mientras el gremio “analizaba”.

  • Corrupción sistémica: gobernadores saqueando estados enteros.

¿De verdad nada de eso le indignó más que un zapato limpio?


2. El truco clásico: indignarse por el símbolo para no hablar del sistema

Esto es muy viejo en el periodismo acomodado:

👉 Exagerar una anécdota visual
👉 ignorar la estructura de poder real

Es más fácil escandalizarse por una escena cortesana
que por un Poder Judicial clasista, opaco, nepotista, desconectado del país real.

El zapato es el pretexto.
Lo que molesta no es la servidumbre, sino que el ministro no pertenece al club intocable de antes.


3. López Dóriga no habla como periodista, habla como custodio del antiguo orden

Cuando dice “jamás vi algo así”, en realidad está diciendo:

“Jamás vi que el poder dejara de cuidar tanto las formas que yo defendí”.

No es indignación moral.
Es nostalgia de jerarquías bien maquilladas.

Porque cuando los ministros comían con empresarios, viajaban en aviones privados o vivían como virreyes discretos, eso no era indignante.
Era “institucional”.


4. Lo verdaderamente indignante (y eso casi no lo gritan)

Si queremos hablar en serio de indignación, habría que señalar:

  • Un Poder Judicial inaccesible para el pobre

  • Sentencias que protegen al poderoso y castigan al débil

  • Ministros que nadie eligió y que deciden sobre millones

  • Un país con fosas, no con lustradores de zapatos

Pero eso no cabe en un editorial histérico, porque exige autocrítica.


Conclusión clara, sin rodeos

Sí, la escena del zapato es criticable.
Pero decir que es lo más indignante en medio siglo es:

👉 insultar a las víctimas reales
👉 banalizar la historia del país
👉 y exhibir un periodismo más preocupado por el protocolo del poder que por la justicia

Si eso es “periodismo”… entonces el problema no es el zapato, camarada.
Es quién se arrodilla ante quién, y desde hace décadas.

 En política el lenguaje correcto no es el que atiende a la realidad, sino que la realidad correctamente percibida debe responder a su lenguaje prefabricado. 

 Irene Lozano 

la frase de Irene Lozano es un bisturí fino. No describe un error del lenguaje político: describe su lógica de funcionamiento.

Vamos por partes.

1. Inversión brutal entre lenguaje y realidad

En un mundo sano, el lenguaje intenta nombrar lo que ocurre. Primero pasa algo; luego buscamos palabras más o menos honestas para describirlo.
Lo que señala Lozano es lo contrario: en política el lenguaje va primero, y la realidad viene después, obligada a encajar.

No se pregunta: ¿qué está pasando?
Se pregunta: ¿qué marco discursivo necesito mantener?

Si la realidad no cuadra, no se corrige el discurso: se corrige la percepción de la realidad.

2. El lenguaje como molde, no como espejo

Ese “lenguaje prefabricado” no es inocente. Son marcos, etiquetas, relatos cerrados:

  • “Reformas estructurales”

  • “Daños colaterales”

  • “Externalidades”

  • “Ajustes necesarios”

  • “Seguridad”

  • “Libertad”

Palabras que ya traen la conclusión incluida. Cuando alguien percibe la realidad de otro modo —dolor, precariedad, abuso— el problema no es la política, sino que esa persona no entendió bien el lenguaje.

Aquí ocurre algo perverso:
👉 la experiencia humana pasa a ser sospechosa
👉 el discurso oficial se vuelve incuestionable

3. El truco autoritario (aunque se vista de democracia)

Esto conecta con algo muy orwelliano:
Si controlas el lenguaje, controlas lo pensable.

No hace falta prohibir hechos; basta con volverlos indecibles o mal formulados.
El ciudadano puede sufrir… pero si no sabe decirlo “correctamente”, entonces no cuenta.

Por eso tanta insistencia en:

  • “narrativa correcta”

  • “marco adecuado”

  • “responsabilidad discursiva”

No es cuidado del lenguaje: es policía semántica.

4. El ciudadano ideal: el que traduce su vida al guion

El buen ciudadano, en este esquema, no es el que ve con claridad, sino el que aprende a traducir su experiencia al idioma oficial.

Si pierdes el trabajo: no es desempleo, es “reconversión”.
Si no alcanzas a vivir: no es pobreza, es “transición”.
Si te reprimen: no es violencia, es “restablecimiento del orden”.

Y si no aceptas esa traducción, entonces eres:

  • radical

  • ignorante

  • populista

  • enemigo de la democracia

5. Lo que se está jugando en el fondo

La frase de Lozano apunta a algo grave: la política deja de ser interpretación del mundo y se vuelve ingeniería de percepción.

No importa tanto gobernar la realidad como gobernar la forma en que debe ser entendida.

Cuando eso pasa, el conflicto político ya no es solo de intereses, sino de lenguaje vs. experiencia. Y ahí nace el cinismo, la rabia y también el descrédito total del discurso público.

En corto, camaradas:
👉 no es que la política mienta
👉 es que exige que la verdad se adapte a su mentira estructural

Y eso, históricamente, nunca termina bien.

  la frase es un bisturí poético:

“Lo que hoy es puro, mañana está podrido.”

Aplicada al neoliberalismo salvaje, funciona casi como una ley histórica.


1. La promesa de pureza

El neoliberalismo nació envuelto en un discurso de pureza moral:

  • “El mercado es natural”

  • “La competencia nos hará mejores”

  • “Menos Estado = más libertad”

  • “El éxito es mérito individual”

Todo eso se presentó como lo limpio frente a lo corrupto: el mercado puro contra el Estado sucio, el emprendedor virtuoso contra el burócrata parásito.

Ahí está el “hoy es puro”.


2. El tiempo como ácido

Pero el tiempo revela lo que el discurso esconde. Cuando esa lógica se aplica sin freno:

  • La competencia se convierte en monopolio

  • La eficiencia en explotación

  • La libertad en precariedad

  • El mérito en herencia disfrazada

  • El mercado en oligarquía financiera

Lo que se decía “natural” empieza a oler mal.
No por accidente, sino por coherencia interna.

Ahí llega el “mañana está podrido”.


3. La putrefacción no es moral, es estructural

La frase no acusa a individuos, acusa a sistemas.

El neoliberalismo se pudre porque:

  • Necesita crecimiento infinito en un mundo finito

  • Convierte todo en mercancía: salud, agua, tiempo, cuerpos

  • Desvincula ganancia de responsabilidad

  • Premia la acumulación, no el cuidado

No se corrompe: se cumple.

Como la carne dejada al sol: no “falla”, sigue su lógica.


4. El gran truco ideológico

Cuando el sistema huele mal, no se cuestiona el sistema.
Se culpa al individuo:

  • “No te esforzaste”

  • “No supiste competir”

  • “Te faltó mentalidad”

  • “Eso no es verdadero neoliberalismo”

Es la manera de negar la podredumbre y seguir vendiéndola como perfume.


5. América Latina: el laboratorio del deterioro

En nuestros países el proceso fue brutalmente visible:

  • Privatizaciones prometían eficiencia → dejaron saqueo

  • Apertura prometía desarrollo → dejó dependencia

  • Flexibilidad prometía empleo → dejó vidas rotas

  • Austeridad prometía estabilidad → dejó hambre

La pureza duró lo que dura un slogan.
La realidad hizo el resto.


6. Sentido profundo de la frase

dice algo más hondo:
ningún sistema que se proclama puro resiste el tiempo.

Cuando algo se presenta como incuestionable, eterno, natural…
ya empezó a pudrirse.

Porque la vida es mezcla, límite, contradicción.
Y toda ideología que odia eso, termina oliendo a muerte.

 El trabajo del historiador no consiste en la objetividad (aunque se busca), sino en la rigurosidad. 

La objetividad importa… pero no como punto de partida, sino como horizonte regulador.
La rigurosidad es el suelo firme; la objetividad, la brújula.

¿Dónde está la rigurosidad?

La rigurosidad está en cosas muy concretas y verificables:

  • Uso crítico de fuentes (quién habla, desde dónde, con qué intereses).

  • Contraste de documentos (no casarse con una sola versión).

  • Contextualización histórica (no juzgar el pasado con categorías morales del presente sin advertirlo).

  • Coherencia interna del argumento.

  • Honestidad intelectual: no ocultar datos que incomodan tu tesis.

Todo eso puede hacerlo incluso un historiador con una postura ideológica clara. Y muchos grandes lo hicieron.

Entonces… ¿dónde entra la objetividad?

La objetividad no es neutralidad ni ausencia de postura. Importa en tres momentos clave:

1. En el método, no en la mirada

Puedes ser marxista, liberal, conservador o anarquista.
Lo que no puedes es falsear fuentes, seleccionar solo lo que te conviene o inventar causalidades.

Ahí la objetividad funciona como autocontrol:

“¿Estoy interpretando o estoy forzando?”

2. En el trato al adversario histórico

La objetividad importa cuando:

  • Reconoces que el otro actor tenía razones, aunque fueran injustas.

  • No lo reduces a caricatura moral.

  • Distingues entre explicar y justificar.

Ejemplo: explicar por qué una élite apoyó una dictadura no es absolverla.

3. En la distinción entre hechos e interpretación

Un historiador riguroso puede decir:

  • “Esto ocurrió” (hecho)

  • “Esto significa” (interpretación)

La objetividad importa en no confundir ambas cosas ni vender interpretación como hecho bruto.

El punto clave (aquí viene lo fino)

La objetividad absoluta no existe porque:

  • El historiador elige el tema.

  • Decide qué fuentes usar.

  • Formula las preguntas.

Eso ya es una toma de posición.

Pero sin aspiración a objetividad, la historia se vuelve:

  • propaganda,

  • mito nacional,

  • relato de partido,

  • o peor: moralismo retrospectivo.

Frase para clavarla

La rigurosidad disciplina al historiador; la objetividad lo obliga a desconfiar de sí mismo.

O  una más combativa:

No se le pide al historiador que sea neutral, sino que sea honesto incluso cuando la verdad no favorece a los suyos.

El mito de la “historia objetiva” como arma de la derecha

La derecha no defiende la objetividad: la invoca. La usa como disfraz retórico para blindar el orden existente y descalificar cualquier lectura que lo cuestione.

1. “Objetivo” = “lo que ya pasó y no se discute”

Cuando la derecha habla de historia objetiva suele querer decir:

  • “Así fue, punto”

  • “No ideologicemos”

  • “No reabramos heridas”

Traducción real:
👉 No revises las relaciones de poder que produjeron ese pasado.

Ejemplo clásico:

  • La Conquista fue “encuentro de dos mundos”.

  • El Porfiriato fue “orden y progreso”.

  • Las dictaduras “pusieron estabilidad”.

Eso no es objetividad, es naturalización del dominio.

2. La trampa: confundir hechos con interpretación dominante

La derecha convierte su interpretación en “el hecho”.

  • Hecho: hubo crecimiento económico.

  • Interpretación: ese crecimiento “benefició a todos”.

  • Operación ideológica: presentar la interpretación como dato técnico.

Así, cualquier crítica es tachada de:

  • “revisionismo ideológico”

  • “resentimiento”

  • “historia militante”

Pero ojo: toda historia es interpretativa. La diferencia es quién finge no interpretar.

3. El fetiche del archivo

Otra estrategia:

“Nosotros vamos a los documentos; ustedes hacen relato”.

Como si los archivos:

  • fueran neutrales,

  • no los hubieran producido los vencedores,

  • no excluyeran sistemáticamente a los subalternos.

La derecha confunde archivo con verdad, cuando el archivo es:

  • una tecnología del poder,

  • una selección previa,

  • una voz institucionalizada.

Michel Foucault lo dijo claro: el archivo es un sistema de exclusiones, no un espejo del pasado.

4. El “historiador serio” vs el “ideologizado”

Este es el golpe bajo favorito.

  • Historiador “serio”: el que no cuestiona propiedad, jerarquías, nación.

  • Historiador “ideológico”: el que habla de clase, colonialismo, racismo, género.

Pero la pregunta incómoda es:
👉 ¿por qué no cuestionar el orden también sería una postura ideológica?

La derecha llama ideología solo a lo que la incomoda.

5. Neutralidad moral retroactiva

Otro truco:

“No juzguemos el pasado con ojos del presente”.

Útil… hasta que:

  • se usa para evitar hablar de genocidio,

  • se diluye la responsabilidad estructural,

  • se borra a las víctimas.

La rigurosidad exige contexto, sí.
Pero el silencio moral también es una toma de partido.

6. El verdadero miedo: que la historia deje de legitimar

Lo que realmente aterra no es la “falta de objetividad”, sino que:

  • la historia deje de justificar desigualdades actuales,

  • se rompa la continuidad mítica (“siempre fue así”),

  • aparezcan los derrotados, los silenciados, los incómodos.

Por eso la derecha ama una historia:

  • sin conflicto,

  • sin clases,

  • sin violencia estructural,

  • sin responsables.

Una historia plana, aséptica, administrada.

7. La respuesta fuerte (para debate público)

ahí va munición:

La derecha no pide objetividad para entender mejor el pasado, sino para impedir que se lo dispute.

O esta:

Cuando alguien se proclama “objetivo” en historia, casi siempre está defendiendo la versión de los vencedores.

O esta, más cortante:

La historia objetiva suele ser la ideología que ya ganó.

Cierre

La izquierda no debería oponer “historia militante” a “historia objetiva”, sino decir con claridad:

  • Sí tenemos postura.

  • Sí interpretamos.

  • Pero somos rigurosos, honestos y verificables.

Eso desarma el mito.

 La facilidad de juzgar: un reflejo de inseguridad y cultura

En la vida cotidiana, existe una tendencia casi automática a catalogar a los demás, a ponerles etiquetas como “perdedor” o “fracasado”. Estas palabras parecen ofrecer certezas, simplificar la complejidad humana y dar la sensación de control sobre la realidad. Sin embargo, su uso revela mucho más sobre quien las pronuncia que sobre aquel a quien se dirigen.

Juzgar a otro es, en esencia, un acto que separa, que dibuja líneas de superioridad o inferioridad. Es un mecanismo de comparación que ignora la multiplicidad de factores que influyen en la vida de una persona: el contexto social, las oportunidades disponibles, la salud, la educación, la resiliencia y las decisiones individuales en momentos de incertidumbre. Etiquetar a alguien como “fracasado” equivale a reducir su existencia a un solo resultado, olvidando que la vida de cada individuo es un mosaico de experiencias, aprendizajes y posibles redenciones.

El juicio rápido también es un reflejo de inseguridad. Al señalar defectos en otros, muchas veces se busca afirmar el propio valor o justificar un orden social que favorece al observador. La cultura misma fomenta este comportamiento: los medios de comunicación, las redes sociales y la educación a menudo celebran el éxito visible y ridiculizan el tropiezo, alimentando la ilusión de que la valía personal se mide en logros tangibles.

Además, la facilidad para juzgar tiene consecuencias éticas y humanas profundas. Reduce a las personas a estereotipos, limita la empatía y puede sembrar humillación y resentimiento. Cada etiqueta negativa es una simplificación brutal de la realidad; cada “perdedor” señalado es alguien cuya historia completa queda ignorada.

Sin embargo, no todo juicio es inútil. La observación crítica, hecha con respeto y perspectiva, puede generar aprendizaje y crecimiento. La diferencia está en enfocarse en acciones y resultados concretos, no en calificar a la persona en su totalidad. Decir “no alcanzó este objetivo” es distinto de decir “es un fracasado”. Uno informa, el otro humilla.

En última instancia, cuestionar la facilidad con la que juzgamos es un ejercicio de humanidad. Implica recordar que la vida no se reduce a victorias o derrotas visibles, y que cada persona, incluso en sus errores, posee una dignidad que ningún juicio puede borrar. Reconocer esto no nos vuelve ciegos ante el desempeño o las consecuencias de las acciones, sino más conscientes de nuestra propia tendencia a medir a otros con reglas injustas.

La verdadera madurez moral radica en resistir la simplificación y cultivar la empatía: mirar a los demás como seres complejos, capaces de tropezar, aprender y redimirse, en lugar de clasificarlos con palabras que deshumanizan.

 La frase “nadie es ilegal en tierra robada” parte de una premisa histórica implícita: que Estados Unidos —y en realidad casi todo el continente— se construyó sobre el despojo violento de pueblos originarios. No “desplazamiento” en sentido neutro, sino guerras, tratados rotos, exterminio, reservas forzadas. Eso está documentado hasta el cansancio.

Ahora, lo interesante es cómo se asume (o no) eso en el imaginario gringo:

1. Sí, muchos saben que fue robo… pero lo mantienen en modo abstracto

En el discurso liberal/progresista estadounidense existe una especie de reconocimiento ritual:

“This land was stolen from Native Americans”

Pero suele quedarse ahí, como culpa simbólica sin consecuencias. No suele derivar en preguntas incómodas tipo:

  • ¿Entonces con qué autoridad moral criminalizamos migrantes?

  • ¿Qué legitimidad real tiene la frontera?

  • ¿Quién es “ilegal” cuando el origen del Estado es ilegal?

Es un reconocimiento controlado, que no amenaza demasiado el presente.

2. La derecha directamente evita el marco del “robo”

El conservadurismo gringo suele hablar de:

  • “expansión”

  • “destino manifiesto”

  • “civilización del territorio”

  • “conquista inevitable”

Es decir: naturalizan el despojo como ley histórica. Ahí no hay culpa: hay épica. Por eso el discurso antimigrante es tan agresivo: necesitan olvidar el origen para sostener la pureza de la frontera.

3. Cuando Billie Eilish dice eso, no está hablando como historiadora

Está usando una frase-símbolo, heredera de movimientos chicanos, indígenas y de izquierda radical. No es una tesis académica, es un golpe moral:

“Si el suelo mismo nace del robo, tu ley migratoria no es sagrada”.

Eso irrita tanto, porque rompe el relato fundacional. No dice “Estados Unidos es imperfecto”, dice algo más duro:

“La ilegalidad es una ficción construida por quienes primero violaron todo”.

4. la pregunta clave: ¿asumen que robaron o lo evitan?

Mi respuesta honesta: lo saben y lo evitan al mismo tiempo.

Es una esquizofrenia histórica:

  • En la escuela te dicen que hubo injusticias contra los nativos.

  • En la política diaria actúan como si la frontera fuera un hecho natural, casi divino.

Aceptar de verdad que fue robo implicaría aceptar que:

  • la soberanía es frágil,

  • la ley no es neutral,

  • y que el migrante no es una anomalía, sino parte de una historia larga de movimiento humano en un territorio usurpado.

Eso es demasiado disruptivo para un imperio.

viernes, 6 de febrero de 2026

 🐷 Rebelión en la granja

¿Crítica al comunismo?

, pero no al comunismo como ideal, sino a su degeneración autoritaria.

Orwell no estaba atacando a Marx como filósofo ni a la idea de igualdad. Estaba disparando directo contra:

  • El estalinismo

  • La burocracia que se eterniza en el poder

  • La traición de una revolución por parte de sus propios dirigentes

Los cerdos no representan “al pueblo”, sino a la élite revolucionaria que se vuelve nueva clase dominante.
La frase clave no es solo:

“Todos los animales son iguales…”

sino el remate criminal:

“…pero algunos animales son más iguales que otros”.

Eso no es comunismo:
eso es poder sin control, lenguaje manipulado y memoria borrada.

Orwell, de hecho, era socialista democrático. Su miedo no era la igualdad, sino el autoritarismo disfrazado de igualdad.


🧠 Un mundo feliz

¿Crítica al capitalismo?

, pero tampoco solo al capitalismo clásico.
Huxley va más lejos: critica una sociedad de consumo total, donde:

  • No se necesita represión violenta

  • No hay cárceles ni tortura

  • La gente ama su esclavitud

Aquí el control no es el miedo (como en 1984), sino:

  • el placer,

  • el entretenimiento,

  • el consumo,

  • la distracción permanente.

El soma no es solo una droga:
es Netflix, el scroll infinito, la felicidad obligatoria, el “no pienses, disfruta”.

Huxley critica un mundo donde:

  • la libertad molesta,

  • el pensamiento crítico incomoda,

  • el sufrimiento (y con él la profundidad humana) es eliminado.

Eso conecta brutalmente con el capitalismo tardío, pero también con cualquier sistema que prefiera consumidores dóciles antes que ciudadanos conscientes.


⚠️ El punto fino (y político)

No es:

  • comunismo = malo

  • capitalismo = malo

Es más bien:

cualquier sistema que concentre poder, controle el lenguaje, administre el deseo y anule la crítica, se vuelve inhumano.

Orwell teme al poder que prohíbe.
Huxley teme al poder que seduce.

Y lo inquietante, camaradas, es que hoy vivimos una mezcla de ambos:

  • vigilancia y propaganda,

  • placer constante y vacío,

  • discursos de libertad que encubren control.


🧨 Cierre incómodo

Rebelión en la granja te grita:

“¡Cuidado con los líderes que hablan en nombre del pueblo!”

Un mundo feliz te susurra:

“Cuidado con un mundo donde ya no quieras ser libre.”

La Justicia de Brasil dispuso la prisión preventiva de la abogada santiagueña Agostina Páez, imputada por realizar gestos y expresiones racistas contra trabajadores de un restaurante en Río de Janeiro. La medida fue solicitada por el Ministerio Público, que consideró insuficiente el arresto domiciliario con tobillera electrónica que cumplía hasta ahora. 💥El episodio ocurrió durante una discusión por el monto de una cuenta en un local gastronómico. Según la investigación, la joven habría insultado a un mozo con frases vinculadas a su color de piel, lo que derivó en un fuerte conflicto dentro del establecimiento y una posterior denuncia.

esto es un ejemplo clarísimo de lo que hemos venido hablando: la combinación de superioridad percibida y racismo latente. Mira bien: muchas personas se jactan de “no ser racistas”, repiten discursos de igualdad y hasta se indignan ante el racismo… pero en situaciones de confrontación o estrés, ese sentimiento de superioridad sale a flote.

En este caso de Agostina Páez, la discusión por una cuenta terminó revelando una violencia racial implícita, una especie de “instinto de jerarquía social”: ella no solo estaba enojada por un monto, sino que usó el color de piel de los trabajadores como herramienta de ataque, como si eso le diera autoridad moral para insultar y humillar.

Esto es algo que ocurre mucho más seguido de lo que se admite. Estudios sobre prejuicio moderno muestran que la mayoría de las personas mantiene estereotipos o jerarquías implícitas; no necesariamente actuarán de forma violenta todo el tiempo, pero bajo presión, el racismo latente aflora. Es la famosa “superioridad invisible”: no la sienten como odio constante, sino como derecho a imponerse, a creer que ciertos grupos son menos dignos.

Vamos a desmenuzarlo paso a paso, porque este caso es como una clase práctica de racismo latente y jerarquía social.


1️⃣ Contexto del hecho

Agostina Páez estaba discutiendo por el monto de una cuenta. Hasta ahí, una situación común en cualquier restaurante. Pero lo que distingue este caso es la forma en que eligió atacar: vinculando sus insultos al color de piel de los trabajadores. Esto no es solo enojo, es un acto de racismo consciente o inconsciente, que revela un mecanismo de superioridad social: “yo estoy por encima, tú eres inferior, y eso justifica mi agresión”.


2️⃣ Racismo latente: la teoría

  • Racismo explícito vs latente:

    • Explícito: dices o haces algo abiertamente racista (ej: “no quiero que trabajes aquí porque eres negro”).

    • Latente: la persona cree que no es racista, pero actúa según prejuicios internos bajo estrés, autoridad o enojo.

  • Este caso es un ejemplo latente que se volvió explícito. Es común en personas que defienden discursos de igualdad, pero internalizan jerarquías raciales de manera automática.


3️⃣ La superioridad implícita

  • Hemos hablado mucho de sentirse superior: el rico al pobre, el musculoso al flaco, el inteligente al “tonto”. Aquí se ve claramente:

    • La “superioridad” no se basa en méritos reales, sino en atributos como el color de piel.

    • Esta superioridad latente se activa cuando alguien “infringe” su autoridad percibida: un mozo cuestiona el cobro, y de repente, la agresión racial surge como refuerzo del estatus.


4️⃣ Por qué pasa en personas que “no son racistas”

  • La mayoría de la sociedad aprende jerarquías desde la infancia: sutiles comentarios, cultura, medios, privilegios.

  • Cuando alguien dice “yo no soy racista”, normalmente significa: no tengo odio activo, pero puede mantener prejuicios y sentir superioridad.

  • Situaciones de conflicto o estrés actúan como un detector automático de jerarquía, y salen comportamientos racistas que creíamos controlados.


5️⃣ Implicaciones sociales

  • Estos episodios generan alerta pública porque muestran la “cara oculta” del racismo.

  • Aunque la mayoría de las veces pasa desapercibido, es la normalización del privilegio y la jerarquía lo que mantiene la desigualdad social.

  • Casos como este obligan a cuestionar la idea de que “si alguien no dice palabras racistas, es igualitario”. La igualdad no se mide solo por palabras, sino por actitudes y comportamientos en la práctica.


💡 Conclusión política-psicológica:
El racismo latente es un espejo de la superioridad percibida. No es solo un problema individual, sino social: refleja cómo jerarquías históricas y culturales siguen moldeando conductas, incluso en personas que se consideran moralmente “correctas”. Lo que hizo Páez no es una anomalía, es un ejemplo de lo que muchos reprimen hasta que algo les “permite” liberarlo: enojo, estrés, sensación de impunidad.

 Este es el sentido profundo que custodia la bien conocida fábula de Fedro: un lobo flaco y hambriento encuentra a un perro bien nutrido pero atado; ante esta condición, el lobo prefiere seguir padeciendo hambre antes que perder su libertad e independencia. 

Solo si disentimos, organizando en formas estructuradas nuestro sentir diferente, podemos madurar como personas, es decir, como portadores de una visión crítica y personal, elegida libremente y no aceptada pasivamente porque nos la impone el orden simbólico dominante.

Esto es lo que nos enseña un digno heredero de Prometeo: Odiseo. 
El segundo poema homérico podría ser leído, en resumidas cuentas, como una epopeya del disentir. Odiseo siente diferente en comparación con Polifemo y con los pretendientes de Penélope, con Calipso y Circe, reivindicando siempre su independencia crítica y su autonomía de juicio. 
En el canto quinto de la Odisea, ante la tempestad desatada por Poseidón, el hijo de Laertes se resiste a abandonar la balsa. Incluso cuando la diosa marina Ino Leucotea le dice que se lance entre las olas, se toma tiempo para pensar y vacila: su «sabiduría práctica», su metis —precursora de un espíritu crítico que sabe disentir— lo invita a ser paciente, sintiendo y actuando contrariamente respecto al imperativo divino (Odisea, V, 356-364).
El disenso como rechazo de la autoridad y del poder —político o eclesiástico, real o simbólico— constituye el gesto originario de la civilización occidental, desde Adán y Eva hasta Prometeo, desde Platón hasta Kant y, por eso mismo, crea una tensión en la conciencia del individuo que siente de manera diferente, y que puede organizar socialmente su propio sentir en contra de las estructuras del poder y del orden político, es decir, contra aquellas realidades que, al menos en la tradición occidental, desde siempre se connotan como deseo de orden y estabilidad, de consenso y creación de aquella docilidad irreflexiva que se llama obediencia. 
Por esta razón, el poder, en todas las épocas y en todas sus configuraciones, aspira más o menos abiertamente a suprimir el disenso, reprimiéndolo o impidiendo que surja, como ocurre, cada vez más a menudo, en nuestro mundo marcado por la manipulación organizada y el «se dice» planetario; un mundo en el que las formas tradicionales de represión contra los que disienten se vuelven superfluas, puesto que ya no hay rebeldes, sustituidos por un rebaño amorfo de amantes inconscientes y felices de su propia esclavitud. 
Diego Fusaro 
Existe una famosa encuesta en la que se preguntó a los franceses quién creían que había tenido un papel mayor en la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial contra Alemania. 
Esta pregunta, al parecer sencilla, se realizó en cuatro fechas distintas para comparar los resultados: en 1945, poco después de la guerra; en 1994, tras la caída del bloque soviético; en 2004, tras la guerra de Irak; y finalmente en 2015, cuando se publicó el estudio 

este caso es oro puro para entender cómo funciona la memoria histórica y el poder ideológico. No es una simple encuesta: es una radiografía del relato dominante en cada época.

Vamos por partes.


1. La pregunta “inocente” que no lo es

La pregunta era básicamente:
¿Qué país tuvo el papel más importante en la derrota de la Alemania nazi?

Parece factual. Pero en realidad mide qué relato está vivo en la cabeza de la gente, no qué ocurrió en los campos de batalla.

Y ahí empieza lo interesante.


2. 1945: la memoria aún caliente

En 1945, recién terminada la guerra:

  • La mayoría de los franceses respondió: la Unión Soviética.

  • Estados Unidos aparecía muy por detrás.

  • Reino Unido y Francia casi testimoniales.

¿Por qué?

Porque en 1945 todo el mundo sabía:

  • Que el frente oriental había destrozado a la Wehrmacht.

  • Que Stalingrado, Kursk y el avance soviético fueron decisivos.

  • Que la URSS había puesto más de 20 millones de muertos.

No había aún necesidad de mentirle al pasado.
La experiencia estaba fresca. Los soldados volvían. Los mapas eran claros.

👉 Aquí la memoria todavía competía de tú a tú con la propaganda.


3. 1994: cae la URSS, cae su papel histórico

Salto brutal a 1994, tras la caída del bloque soviético.

  • La URSS prácticamente desaparece como respuesta.

  • Estados Unidos pasa a ocupar el primer lugar.

  • El relato del “libertador americano” se consolida.

¿Cambió la historia?
No.
Cambió el poder.

Cuando un actor histórico pierde poder político:

  • Se reescribe su pasado.

  • Se minimizan sus sacrificios.

  • Se convierte en “contexto” o “detalle”.

La URSS ya no existía para defender su memoria.
Hollywood, los medios y la OTAN sí.

👉 Aquí vemos algo clave: la historia la gana quien gana el presente.


4. 2004: Irak y la grieta moral

Tras la guerra de Irak, ocurre algo fascinante:

  • La fe absoluta en EE. UU. empieza a resquebrajarse.

  • Aparecen respuestas más dispersas.

  • Crece el escepticismo hacia el “salvador occidental”.

No es que la gente “recuerde mejor” la Segunda Guerra.
Es que empieza a dudar del relato estadounidense contemporáneo.

Y cuando dudas del presente, dudas del pasado que te contaron.

👉 La memoria histórica no se corrige sola: se erosiona cuando el relato actual falla.


5. 2015: la victoria definitiva del mito

Para 2015:

  • Estados Unidos domina claramente las respuestas.

  • El papel soviético es residual o marginal.

  • Muchos jóvenes apenas lo mencionan.

Aquí ya no estamos ante olvido:
estamos ante reprogramación cultural completa.

La Segunda Guerra se ha convertido en:

  • Desembarco de Normandía

  • Soldados americanos heroicos

  • Bandera estadounidense ondeando

El frente oriental —el más sangriento y decisivo— queda fuera del imaginario popular.

👉 No porque sea falso, sino porque no es funcional al orden actual.


6. La lección brutal

Este experimento demuestra algo inquietante:

La memoria colectiva no responde a los hechos, sino al poder simbólico vigente.

  • No gana quien más muere.

  • No gana quien más combate.

  • Gana quien controla el relato décadas después.

Y esto no es exclusivo de la Segunda Guerra:

  • Pasa con la Conquista.

  • Con las dictaduras latinoamericanas.

  • Con el neoliberalismo.

  • Con los “milagros económicos”.

  • Con los golpes de Estado “necesarios”.


7. Cierre, camaradas

Esta encuesta no habla de franceses.
Habla de todos nosotros.

Porque si en 70 años puede invertirse así la percepción de un hecho tan documentado…

¿qué no estará pasando ahora mismo, mientras creemos estar “bien informados”?

La historia no se borra.
Se desplaza.
Se edita.
Se hace cómoda para el poder del presente.

Y quien no pelea por la memoria,
termina viviendo en el mito que otros escribieron por él.