El problema es que la forma alotrópica del fósforo que brilla en la oscuridad, que fue la descubierta por Brand y sus seguidores, es el fósforo blanco, inflamable y extremadamente tóxico, tanto que se dice que la razón del secretismo original en el procedimiento para fabricarlo tenía que ver con el profundo temor que provocaron en sus descubridores las tenebrosas características de la sustancia.
La otra forma alotrópica más común del elemento, el fósforo rojo, es mucho más estable y menos peligrosa, por lo que fue la que acabó imponiéndose en las cerillas, esas pajuelas que había inventado John Walker y en las que en 1833 Samuel Jones sustituyó el sulfuro de antimonio por la inflamable sustancia.
Esta era del tipo más peligroso al principio, pero una larga serie de asesinatos, suicidios y envenenamientos accidentales, además de muchos casos de fosfonecrosis en los trabajadores de las fábricas de cerillas, convencieron a las autoridades de que el fósforo blanco debía ser prohibido y sustituido por su más benévolo pariente rojo.
De esta forma, el asesino fosforescente pasó a ser de interés exclusivo para los militares, quienes a partir de la Primera Guerra Mundial empezaron a emplear sus servicios en proyectiles y bombas incendiarias.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Sir Arthur Harris, más conocido por la prensa como «bomber», un controvertido comandante británico que sin duda habría sido juzgado como criminal de guerra de no haber estado en el bando correcto, ordenó utilizar el simpático producto durante la campaña de bombardeo estratégico sobre Alemania.
Así, en la noche del 27 de julio de 1943, centenares de aviones británicos arrojaron sobre la ciudad donde 300 años antes el viejo alquimista había aislado el fósforo toneladas de bombas incendiarias del temible elemento que provocaron una tormenta de fuego en la que se quemaron vivas unas cuarenta mil personas, la mayoría mujeres y niños, en una recreación del infierno sobre la Tierra.
Después de que repitiese la hazaña varias veces, incluyendo la destrucción de la hermosa ciudad de Dresde en 1945, el gobierno del Reino Unido condecoró a Harris.
Tras la guerra, otros países occidentales supuestamente civilizados han seguido con prácticas similares, utilizando el fósforo blanco en un buen número de conflictos, desde Irak hasta Palestina, sin mucha consideración ante el hecho de que, cuando se inflama, esta aterradora sustancia es muy difícil de apagar y en contacto con la piel provoca espantosas quemaduras que destruyen la carne hasta el hueso.