sábado, 10 de octubre de 2026

 Este poema es una expresión contundente de resistencia, pertenencia y arraigo inquebrantable. Perteneciente al célebre poema «Aquí permaneceremos» («Anā hunā bāqūn») del destacado poeta palestino Tawfiq Zayyad (uno de los máximos exponentes de la poesía de la resistencia palestina), el texto aborda la firmeza ante la opresión y la negación a abandonar la tierra natal.


Os sería mil veces más fácil

pasar a un elefante por el ojo de una aguja,

pescar en tierra calcinada,

arar los mares,

hacer hablar a los cocodrilos.

Eso os sería mil veces más fácil

que extinguir con vuestra persecución

el pensamiento resplandeciente

del camino que hemos elegido.


Igual que si fuésemos esos imposibles,

aquí,

en Jaffa, Lydda, Ramallah, Galilea

permanecemos

haciendo rabiosas generaciones de niños,

una tras otra.


Aquí permanecemos

como un muro sobre vuestros pechos.

Como espinas de tuna,

como astillas de vidrio

en vuestras gargantas.

Imperturbables

como una tempestad de fuego

en vuestros ojos.


Bebed el mar,

que aquí permanecemos.

Vigilando la sombra

del olivo y la higuera.

Sembrando ideas

como se echa levadura en la masa.

Nuestros nervios son de hielo

y nuestros corazones de fuego.


Aquí permanecemos

como un muro sobre vuestro pecho,

lavando platos en vuestros restaurantes,

fregando el hollín de vuestras cocinas,

llenando las copas de los amos,

para quitar de sus fauces

un bocado para nuestros niños.


Aquí permanecemos

hambrientos, desnudos, desafiantes,

cantando nuestros poemas,

colmando de manifestantes

las calles furiosas

y de orgullo las cárceles.


Cuando tengamos sed

exprimiremos las piedras.

Comeremos tierra

cuando tengamos hambre.


Pero no nos vamos

ni escatimamos como avaros

nuestra sangre fragante.

Aquí tenemos un pasado,

un presente, un futuro.

Aquí permaneceremos.



 “El planeta no necesita más personas “exitosas”. El planeta necesita desesperadamente más personas que cultiven la paz, personas que ayuden a sanar y rehabilitar, que narren historias y den amor en todas las formas posibles. Necesita gente que viva de forma significativa en sus lugares de origen, con coraje moral, dispuestos a luchar por un mundo más habitable y humano; y estas cualidades, tienen muy poco que ver con el éxito tal como lo entiende nuestra cultura actual”


-Tenzin Gyatso


 Lacan

 



Hay un hecho que sirve de detonante: el anuncio estadounidense de una posible transmisión en directo de la ejecución de Nidal Hasan, prevista para diciembre de 2026. Al 10 de octubre, el propio presidente Donald Trump todavía no había decidido si autorizaría la transmisión, así que el ensayo parte de la noticia sin presentar el espectáculo como algo ya consumado. (reuters.com, internazionale.it)

LA CIVILIZACIÓN EN DIRECTO

El espectáculo de matar y la maravillosa audiencia de los buenos ciudadanos

Hay algo que hemos hecho muy bien como civilización: encontrar maneras cada vez más sofisticadas de demostrar que somos civilizados mientras hacemos cosas bastante salvajes.

Antes matábamos en las plazas. La gente se reunía, compraba comida, llevaba a los niños y esperaba el momento culminante: un ser humano iba a morir y los demás tenían el privilegio de contemplarlo. Era una fiesta popular, una actividad familiar, una oportunidad para salir de casa y disfrutar de las ventajas de pertenecer a una sociedad organizada.

Después nos volvimos modernos. Descubrimos los derechos humanos, la dignidad, la rehabilitación, los límites del poder y esas otras molestias que aparecen cuando alguien empieza a pensar demasiado. Así que sacamos las ejecuciones de las plazas y las llevamos a lugares cerrados.

¡Qué avance! Ya no tenemos que llevar a los niños a ver morir a un condenado. Ahora podemos mantenerlos en casa, ponerles una tableta en las manos y dejar que el algoritmo se encargue de la educación moral.

Pero resulta que alguien ha tenido una idea extraordinaria: ¿por qué no transmitir una ejecución en directo?

¡Genial! La historia de la humanidad acaba de completar un círculo. Hemos inventado internet, los satélites, la inteligencia artificial, los teléfonos que reconocen nuestra cara y los refrigeradores que pueden conectarse a una red. Y ahora podemos utilizar toda esa tecnología para contemplar cómo el Estado le quita la vida a un ser humano.

El futuro llegó, señoras y señores. Y trae un fusil.

I. EL ESTADO TAMBIÉN NECESITA AUDIENCIA

La justificación siempre resulta tranquilizadora: hay que mostrar las consecuencias de los actos. Hay que disuadir. Hay que enviar un mensaje. Hay que demostrar que la justicia existe.

Por supuesto. La justicia necesita pruebas, procedimientos, responsabilidades y límites al poder. Pero ¿desde cuándo necesita espectadores?

¿No basta con que el condenado reciba su sentencia? ¿Es indispensable que millones de personas puedan presenciar su muerte para comprender que matar está mal?

Piénsenlo: el Estado va a matar a un hombre para comunicar que matar tiene consecuencias.

La paradoja es estupenda. Debería enseñarse en las escuelas, junto con las tablas de multiplicar y las instrucciones para apagar el televisor cuando empieza a salir humo.

El mensaje oficial dice: «No maten, porque matar es terrible».

Y el espectáculo añade: «Ahora siéntense cómodamente y observen cómo matamos a alguien».

Hay que reconocerle mérito a la operación. Es una forma muy peculiar de educación cívica: una lección sobre la gravedad de la violencia impartida mediante una demostración de violencia.

No se trata de fingir que el condenado es inocente. En este caso, Nidal Hasan fue condenado por la matanza de Fort Hood, que dejó trece personas muertas. El dolor de las víctimas y de sus familias no desaparece porque alguien cuestione el espectáculo de la ejecución.

Precisamente por eso conviene distinguir entre hacer justicia y convertir el castigo en una función.

Porque una cosa es sostener que un crimen merece una sanción y otra muy distinta es preguntarse cuántas personas deberían sentarse a mirar cómo se aplica.

II. EL ESPECTADOR ES INOCENTE. POR SUPUESTO.

Aquí aparece nuestro personaje favorito: el ciudadano que no tiene nada que ver con nada.

Él no mata. Él solamente mira.

No tortura. Él solamente reproduce el video.

No organiza la ejecución. Él solamente comparte el enlace con un comentario ingenioso.

No participa en la crueldad. Él solamente pregunta a qué hora empieza.

Es un ciudadano ejemplar. Paga sus impuestos, separa la basura cuando se acuerda, saluda al vecino y jamás haría daño a una mosca, salvo que la mosca le arruine una fotografía.

Pero si un desconocido va a morir en directo, quiere saber dónde puede verlo.

No todos los espectadores serán iguales. Algunos mirarán por curiosidad; otros, por indignación; otros, para comprender lo que sucede. Y habrá quienes rechacen el acontecimiento.

El problema no consiste en declarar perversos a todos los que miran. Eso sería demasiado fácil. El problema consiste en averiguar qué sucede cuando el sufrimiento de una persona deja de provocar una pregunta moral y comienza a provocar una pregunta de consumo:

«¿Dónde lo transmiten?».

Hemos aprendido a distinguir entre el acontecimiento y nuestra participación en él. Si no apretamos el gatillo, pensamos que no tenemos responsabilidad. Si no diseñamos el espectáculo, creemos que no formamos parte del negocio. Si solo miramos, nos consideramos ajenos.

Pero los espectáculos necesitan espectadores. Los mercados necesitan consumidores. Y la crueldad convertida en espectáculo necesita una audiencia que la haga rentable, popular o políticamente útil.

La pregunta no es si cada espectador es un monstruo. La pregunta es qué clase de monstruosidad puede producir una sociedad en la que millones de personas no necesitan ser monstruos para sostener un espectáculo monstruoso.

III. BIENVENIDOS A LA PROGRAMACIÓN FAMILIAR

Las películas distópicas llevan décadas advirtiéndonos sobre este asunto.

En The Running Man, los condenados son perseguidos ante las cámaras. En The Condemned, la muerte se convierte en entretenimiento distribuido por internet. En The Hunger Games, el poder transforma la violencia en una ceremonia pública que recuerda a los sometidos quién manda.

Durante años contemplamos esas historias y dijimos: «¡Qué barbaridad! ¡Qué sociedad tan enferma!».

Después apagamos la televisión, nos preparamos un café y seguimos con nuestra vida.

La ficción tiene esa ventaja: permite que nos horroricemos sin correr el riesgo de cambiar demasiado.

Pero las distopías no necesitan cumplirse literalmente para resultar útiles. No hace falta que un gobierno organice una competencia para cazar pobres ni que establezca una noche oficial para matar vecinos. Basta con observar los mecanismos que esas historias exageran: la deshumanización, la propaganda, el entretenimiento basado en el sufrimiento y la división de las personas entre quienes merecen protección y quienes supuestamente merecen cualquier cosa.

El cine lleva la violencia hasta el extremo para que podamos reconocerla. La realidad, en cambio, suele presentarla con formularios, comunicados, justificaciones legales y conferencias de prensa.

Es mucho más elegante.

El verdugo de una película suele tener cara de villano. El de la vida real puede hablar de procedimientos administrativos, seguridad nacional y consecuencias jurídicas. La crueldad no siempre llega con música siniestra. A veces llega con una presentación de PowerPoint.

Y el espectador puede ser un vecino perfectamente normal que considera que todo está en orden porque alguien con autoridad ya le explicó por qué debe estarlo.

IV. EL CONDENADO IDEAL

Hay una condición indispensable para que el espectáculo funcione: la víctima debe parecer alguien que no merece nuestra compasión.

Por eso conviene que sea un asesino, un enemigo, un traidor, un monstruo o cualquier persona a la que podamos colocar fuera de nuestra comunidad moral.

No necesitamos conocerla. No necesitamos imaginar su miedo. No necesitamos preguntarnos qué significa morir.

Ya tenemos una etiqueta.

Y las etiquetas son maravillosas. Ahorran tiempo, esfuerzo y pensamiento. Uno lee la palabra «criminal» y puede cancelar todas las preguntas que normalmente haría sobre un ser humano.

Por supuesto que los crímenes tienen víctimas. Por supuesto que hay asesinos que han cometido atrocidades. Por supuesto que las familias de quienes murieron tienen derecho a la justicia.

Pero si nuestra dignidad depende de que nadie nos considere culpables, entonces no estamos defendiendo la dignidad humana. Estamos defendiendo un privilegio condicionado.

La prueba de nuestros principios no consiste en tratar con humanidad a quienes amamos. Eso lo hace cualquiera cuando no le cuesta demasiado.

La prueba aparece cuando tenemos delante a alguien que detestamos, alguien que ha hecho algo imperdonable, alguien cuya muerte puede producirnos satisfacción.

¿Seguimos creyendo que existen límites?

¿O descubrimos que nuestras convicciones eran solamente una colección de buenos modales que desaparecen cuando alguien nos ofrece un enemigo apropiado?

V. EL NEGOCIO DE LA INDIGNACIÓN

Hay otra ventaja económica en todo esto: la indignación también vende.

El miedo vende. El odio vende. La venganza vende. El escándalo vende.

Y la muerte, cuando consigue captar suficiente atención, puede convertirse en una mercancía extraordinariamente eficiente.

No hace falta que todos los espectadores paguen una entrada. Basta con que el acontecimiento genere audiencia, conversación, publicidad política o prestigio para quienes lo promueven.

Cada clic parece insignificante. Cada comentario parece inocente. Cada reproducción es apenas una cifra. Pero las cifras pueden terminar representando una multitud que convierte el sufrimiento ajeno en un acontecimiento de consumo.

El mercado no necesita que amemos la crueldad. Solo necesita que no dejemos de mirarla.

Y si mañana la ejecución deja de sorprendernos, siempre habrá algo más impactante. Una muerte más terrible, una humillación más prolongada, un sufrimiento que consiga retener nuestra atención durante quince segundos adicionales.

No estoy diciendo que cada persona que ve violencia se vuelva violenta. Tampoco que las películas produzcan automáticamente una sociedad cruel. La relación entre entretenimiento, sensibilidad y conducta es más compleja.

Estoy hablando de algo más elemental: cuando todo puede transformarse en contenido, también existe el riesgo de que el dolor humano sea tratado como contenido.

Y cuando el dolor se convierte en contenido, la primera pregunta deja de ser «¿qué le está ocurriendo a esa persona?» y pasa a ser «¿cuántas personas están viendo esto?».

¡Felicidades! Hemos logrado medir el interés por la muerte con una precisión que todavía no aplicamos a la dignidad de los vivos.

VI. LA BANALIDAD DEL MAL TIENE BUENA CONEXIÓN

Hannah Arendt reflexionó sobre la banalidad del mal para mostrar cómo personas que no necesariamente se concebían como monstruos podían participar en sistemas criminales sin examinar críticamente sus actos.

La idea no significa que todos seamos igualmente culpables ni que los grandes crímenes sean triviales. Nos obliga a mirar un mecanismo inquietante: la responsabilidad puede desaparecer detrás de la rutina, la obediencia y las justificaciones que nos permiten dejar de pensar.

Hoy podríamos añadir una posibilidad contemporánea: la banalización mediante el entretenimiento.

No necesitamos ordenar una ejecución para acostumbrarnos a ella. Podemos limitarnos a contemplarla como algo normal, compartirla como una curiosidad o justificarla porque la víctima pertenece al grupo que hemos aprendido a despreciar.

La indiferencia también puede tener una interfaz muy cómoda.

Pero conviene no confundirlo todo. Quien observa una película de terror no equivale a quien disfruta una ejecución real. Quien busca comprender una noticia no equivale a quien celebra el sufrimiento. Y quien apoya la pena de muerte no necesariamente desea que se convierta en un espectáculo público.

La crítica empieza precisamente cuando dejamos de meter a todo el mundo en el mismo saco y comenzamos a examinar qué hace cada cual, qué justifica y qué está dispuesto a aceptar.

Pensar es bastante más incómodo que condenar. Por eso suele tener menos audiencia.

VII. LA DISTOPÍA NO NECESITA QUE TODOS SEAN MALVADOS

Tal vez ese sea el detalle más perturbador de las películas que imaginan sociedades enteras mirando ejecuciones.

No necesitan que millones de personas sean sádicas. Necesitan que muchas personas encuentren razones para aceptar el espectáculo.

Unas dirán que la víctima se lo merece.

Otras dirán que es necesario para disuadir a los delincuentes.

Otras dirán que siempre ha habido violencia.

Otras argumentarán que, si no les gusta, basta con cambiar de canal.

Y algunas tendrán dudas, pero preferirán no discutir con la mayoría.

Así se construye una normalidad: no necesariamente mediante el entusiasmo universal, sino mediante una combinación de aprobación, indiferencia, miedo y costumbre.

Ninguna de estas reacciones demuestra por sí sola que una sociedad esté condenada a convertirse en una distopía. Las sociedades también discuten, se resisten, cambian de opinión y establecen límites.

De hecho, la controversia que ha provocado el anuncio estadounidense demuestra que no existe una respuesta moral uniforme: hay quienes defienden la pena de muerte y, aun así, rechazan transmitirla en directo; hay quienes consideran que la publicidad del procedimiento permitiría una mayor transparencia; y hay quienes ven en la transmisión una degradación de la dignidad humana.

Esa discusión importa porque significa que el espectáculo todavía puede ser cuestionado.

Una distopía no se vuelve inevitable cuando alguien propone una atrocidad. El peligro aparece cuando dejamos de discutir si debemos permitirla.

VIII. EL ÚLTIMO PROGRESO DE LA CIVILIZACIÓN

Nos gusta pensar que el progreso consiste en tener máquinas más rápidas, conexiones más veloces y una pantalla para cada actividad humana.

Pero la tecnología no garantiza la madurez moral. Podemos desarrollar instrumentos extraordinarios y utilizarlos para fines mezquinos. Podemos tener acceso a bibliotecas enteras y emplear internet para humillar a un desconocido. Podemos proclamar la dignidad humana en nuestros documentos y celebrar que alguien sea despojado de ella cuando nos resulta conveniente.

La civilización no consiste solamente en aprender a hacer cosas. También consiste en aprender cuáles no deberíamos hacer, incluso cuando tenemos la capacidad, la autorización o el público suficiente para hacerlas.

Y quizá esa sea la pregunta que las películas distópicas nos dejan frente a una ejecución transmitida en directo:

No si seremos capaces de verla.

No si tendremos conexión.

No si el video llegará a millones de pantallas.

Sino si todavía seremos capaces de preguntarnos por qué queremos verla, qué función cumple mostrarla y qué estamos aprendiendo cuando la muerte de un ser humano se presenta como una demostración de poder.

Porque una sociedad puede castigar a los culpables sin convertir su muerte en una fiesta. Puede recordar a las víctimas sin organizar un espectáculo de venganza. Puede exigir justicia sin confundirla con el placer de contemplar el sufrimiento.

Y puede reconocer la gravedad de un crimen sin renunciar a examinar críticamente las decisiones que toma en respuesta a él.

EPÍLOGO: EL ESPECTÁCULO DEBE CONTINUAR

Imaginen el futuro.

La ejecución ha terminado. Los comentaristas discuten si el procedimiento fue eficaz. Las redes se llenan de opiniones. Alguien pregunta si habrá una repetición. Otro reclama mejores ángulos de cámara. Un tercero explica que no deberíamos preocuparnos porque el condenado era un criminal.

Y, mientras tanto, alguien publica una fotografía de su desayuno.

La vida continúa. El algoritmo recomienda otro video. La audiencia se dispersa hasta que aparece un nuevo acontecimiento capaz de indignarla, entretenerla o proporcionarle una razón para sentirse moralmente superior.

Quizá ese sea el verdadero espectáculo: no solamente la muerte de una persona, sino la facilidad con que podemos incorporarla a nuestra rutina y seguir adelante sin examinar qué lugar le hemos dado en nuestra conciencia.

No todos los que miran son perversos. No todos los que sienten curiosidad son crueles. Y nadie está obligado a sentir lo mismo ante todas las víctimas.

Pero todos podemos preguntarnos qué sucede cuando dejamos de ver a una persona y empezamos a ver un espectáculo.

La distopía no consiste únicamente en que el poder pueda matar delante de nosotros.

Consiste en que, algún día, la pregunta más frecuente ya no sea si debería hacerlo, sino a qué hora empieza la transmisión.

Y entonces sí podremos decir que el espectáculo ha alcanzado su objetivo: no porque todos amen la crueldad, sino porque la crueldad ya no necesita justificarse demasiado para conseguir audiencia.

viernes, 9 de octubre de 2026

 LA SUPERFICIE DEL SOL

Los toros son grandiosos

como la superficie del sol

y aunque los matan para las rancias multitudes,

es el toro quien atiza el fuego,

y aunque hay toros cobardes

tanto como toreros y hombres cobardes,

generalmente el toro se mantiene puro

y muere inmaculado

sin sertocado por símbolos y élites o falsos amores,

y cuando 10 sacan arrastrando

nada ha muerto

y el hedor final

es el mundo.  


 La superficie del sol: el toro, la pureza y la corrupción del mundo

Este poema es una defensa del toro, pero también una acusación contra la sociedad que lo sacrifica. En sus versos, el animal se convierte en una figura de la dignidad, la autenticidad y la resistencia frente a un mundo humano contaminado por los símbolos, las élites y los falsos sentimientos.

Lo más provocador es que el poeta invierte nuestra manera habitual de juzgar la corrida: el toro, destinado a morir, conserva una pureza que el mundo de los hombres parece haber perdido.

1. «Los toros son grandiosos / como la superficie del sol»

La comparación es extraordinaria. El poeta no dice que los toros sean como el sol, sino como la superficie del sol.

Hay una diferencia importante: el sol representa la luz, la vida y la energía; su superficie, en cambio, también evoca el fuego, la temperatura extrema y una fuerza que no podemos domesticar sin destruirla.

El toro aparece así como una criatura de energía desbordante, dotada de una grandeza que no depende de los seres humanos ni de su reconocimiento.

No necesita títulos, honores ni discursos para ser grandioso. Su grandeza existe antes de que alguien decida admirarlo.

Hay, además, una contradicción interesante: el toro es convertido en espectáculo por los hombres, pero su fuerza pertenece a un orden natural que los espectadores no pueden poseer.

La naturaleza no necesita que la civilización le conceda dignidad.

2. «Y aunque los matan para las rancias multitudes»

Aquí aparece la crítica social.

El adjetivo rancias no es inocente. Sugiere una sociedad anclada en costumbres envejecidas, en tradiciones que sobreviven por inercia y en espectáculos que necesitan justificar su existencia invocando la cultura.

El poeta cuestiona a quienes acuden a contemplar la muerte y la convierten en entretenimiento.

Pero su crítica puede ir más allá de la tauromaquia: apunta también a una sociedad que consume el sufrimiento ajeno mientras se protege de sus consecuencias.

El espectador contempla la sangre sin tener que derramarla. Puede disfrutar de la violencia sin asumir personalmente sus riesgos.

Hay aquí una pregunta incómoda: ¿cuántas veces llamamos cultura a una costumbre simplemente porque hemos heredado el derecho de practicarla?

Eso no significa que toda tradición sea necesariamente despreciable. Significa que su antigüedad no basta para justificarla.

Haber heredado una costumbre no nos exime de examinarla.

3. «Es el toro quien atiza el fuego»

Este verso invierte la jerarquía del espectáculo.

A primera vista, el torero es el protagonista: conoce las reglas, domina los movimientos y ocupa el centro de la escena. El público observa sus habilidades y espera su triunfo.

Sin embargo, el poeta sostiene que es el toro quien mantiene vivo el fuego.

¿A qué fuego se refiere?

Puede ser el de la pasión, el peligro, la energía vital o incluso el de la propia ceremonia. Sin el toro, el espectáculo pierde aquello que pretende celebrar: la confrontación con una fuerza que no está completamente sometida al control humano.

El torero necesita al toro para demostrar su valor. La multitud necesita al toro para experimentar la emoción del peligro.

El animal, por tanto, no es un simple objeto pasivo: es la fuente de la energía que hace posible el espectáculo.

Y aquí surge una paradoja: quienes controlan la ceremonia dependen de la criatura a la que han condenado a morir.

4. «Y aunque hay toros cobardes / tanto como toreros y hombres cobardes»

Este pasaje impide idealizar por completo al animal.

El poeta reconoce que existen toros cobardes y establece una equivalencia con los toreros y los hombres. No construye una oposición simplista entre un animal absolutamente perfecto y una humanidad absolutamente despreciable.

La cobardía pertenece a los seres vivos, aunque pueda manifestarse de maneras distintas.

Sin embargo, el verso también introduce una cuestión moral: ¿qué significa ser valiente cuando las condiciones del enfrentamiento no son iguales?

El toro no ha elegido entrar en la plaza ni conoce las reglas del espectáculo. El torero, en cambio, participa de una ceremonia organizada, aunque también se exponga a un peligro real.

Por eso, el valor físico no resuelve por sí solo la cuestión moral.

Una persona puede ser valiente ante el peligro y, al mismo tiempo, participar en una práctica cuestionable. Del mismo modo, el miedo no convierte automáticamente a alguien en despreciable.

El poeta parece sugerir que el valor no debe confundirse con la reputación, el reconocimiento público o la capacidad de dominar a otro.

5. «Generalmente el toro se mantiene puro / y muere inmaculado»

Llegamos al centro filosófico del poema.

La palabra puro no parece referirse aquí a una virtud moral consciente. El toro no es un santo ni un héroe que haya elegido sacrificarse por una causa.

Su pureza es de otra naturaleza: el toro no necesita inventarse una identidad para justificar su existencia.

No tiene que proclamarse honorable, construir una imagen pública ni convencer a los demás de su superioridad moral.

Es lo que es.

El ser humano, en cambio, puede vivir atrapado entre lo que hace y lo que pretende representar. Puede defender la justicia mientras practica la injusticia, proclamar el amor mientras instrumentaliza a otros o hablar de dignidad mientras participa en la humillación ajena.

El toro no está libre del sufrimiento ni de la muerte, pero tampoco participa voluntariamente en ese universo de justificaciones.

Hay que hacer una precisión: la inocencia del animal no implica que la naturaleza sea moralmente perfecta. El poeta le atribuye una pureza simbólica para contrastarla con las contradicciones humanas.

Y esa es precisamente la fuerza de la imagen: el animal no necesita ser moralmente superior al hombre; basta con que el hombre descubra, al contemplarlo, su propia degradación.

6. «Sin ser tocado por símbolos y élites o falsos amores»

Este es uno de los versos más interesantes desde una perspectiva política y filosófica.

Los símbolos, las élites y los falsos amores parecen representar tres formas de contaminación de la experiencia humana.

Los símbolos: las banderas, los títulos, los emblemas y las representaciones mediante las cuales los seres humanos construyen identidades y reclaman respeto. Los símbolos pueden expresar ideales legítimos, pero también pueden servir para encubrir intereses y convertir privilegios en supuestas virtudes.

Las élites: quienes ocupan posiciones de poder y pueden transformar sus gustos, sus intereses o sus costumbres en modelos de prestigio social. En este contexto, la corrida puede interpretarse como un espectáculo cuya legitimidad cultural no está exenta de relaciones de clase y poder.

Los falsos amores: las relaciones en las que el amor deja de ser reconocimiento del otro y se convierte en posesión, engaño o instrumento de conveniencia.

El toro aparece al margen de ese entramado. No necesita participar en la fabricación de prestigios ni fingir sentimientos.

Pero hay una ironía que vuelve más complejo el poema: el toro sí ha sido convertido en símbolo por el propio poeta.

Representa la pureza, la fuerza y la dignidad, aunque el animal real no tenga por qué encarnar conscientemente ninguno de esos valores.

Esta contradicción no destruye el poema; revela algo importante sobre nosotros: necesitamos utilizar imágenes para denunciar un mundo en el que las imágenes se han convertido en instrumentos de engaño.

El poeta recurre a un símbolo para cuestionar el poder de los símbolos.

7. «Y cuando lo sacan arrastrando / nada ha muerto»

Estos versos contienen una de las paradojas más poderosas del texto.

El toro está muerto. Su cuerpo es arrastrado fuera de la plaza. Sin embargo, el poeta afirma que nada ha muerto.

¿Cómo entenderlo?

Podemos leerlo de dos maneras.

La primera es que la grandeza del toro no desaparece con su cuerpo. Su muerte física no destruye aquello que representa: la fuerza natural, la dignidad despojada de pretensiones y la resistencia frente a un mundo que pretende dominarlo.

La segunda lectura es mucho más sombría: si el toro muere y el espectáculo continúa, si la multitud regresa a sus casas y la sociedad sigue funcionando como antes, entonces lo ocurrido no ha transformado nada.

El sacrificio no ha redimido a nadie. La muerte se ha consumido como entretenimiento.

El animal desaparece, pero el mecanismo que lo ha conducido a la muerte permanece intacto.

Aquí el poema adquiere una dimensión política: las sociedades pueden convertir incluso el sufrimiento en un espectáculo que las tranquilice, en lugar de permitir que ese sufrimiento cuestione sus costumbres.

El toro muere, pero no muere el mundo que necesita sacrificarlo.

8. «Y el hedor final / es el mundo»

El cierre es brutal.

El poema comenzó con una imagen de luminosidad y grandeza: la superficie del sol. Termina con un olor repugnante que invade el mundo.

El contraste es deliberado.

Pasamos del fuego a la descomposición, de la grandiosidad a la repugnancia, de una criatura presentada como pura a una civilización que deja tras de sí un hedor moral.

Además, el poeta no dice que el hedor sea el de la plaza, el de la sangre o el del cadáver.

Dice que el hedor final es el mundo.

La acusación ya no se limita a los aficionados a la tauromaquia ni a quienes organizan el espectáculo. Se extiende a una sociedad entera.

El mundo huele mal porque ha aprendido a convivir con sus contradicciones, a revestirlas de cultura, a convertirlas en costumbre y a seguir adelante sin preguntarse demasiado por ellas.

Hay algo casi nihilista en este final: no aparece una promesa de redención, no hay justicia poética ni compensación para el animal muerto.

Solo queda el mundo, con su capacidad de destruir aquello que admira y de llamar belleza a aquello que también puede ser crueldad.


Una contradicción que merece la pena examinar

El poema denuncia la violencia contra el toro, pero no lo hace desde un discurso explícitamente animalista. Su estrategia consiste en invertir la relación moral entre el animal y la humanidad.

El toro es presentado como puro; el mundo, como corrupto.

Esta inversión resulta eficaz porque nos obliga a contemplar la civilización desde fuera de sus propias justificaciones. Aquello que consideramos cultura, tradición o espectáculo aparece bajo una luz diferente cuando atendemos al ser que paga el precio de nuestra diversión.

Sin embargo, conviene no idealizar al animal para reconocer el problema humano. No necesitamos creer que el toro es moralmente superior ni que los seres humanos somos irremediablemente corruptos para preguntarnos si una tradición es justificable.

La crítica más sólida consiste en examinar qué hacemos, quién se beneficia, quién sufre y qué argumentos utilizamos para legitimar nuestras prácticas.

Así, el poema puede leerse no solo como una defensa del toro, sino como una invitación a desconfiar de las ceremonias que convierten el sufrimiento en espectáculo y después se protegen detrás de la palabra cultura.

Lo que más interesa de La superficie del sol es la inversión que propone: el animal condenado a morir termina siendo la medida con la que se juzga a la civilización que lo mata.

El toro no necesita discursos sobre la dignidad. No pronuncia palabras sobre la autenticidad ni reclama reconocimiento moral. Es el poeta quien utiliza su figura para señalar la distancia entre la existencia y su representación, entre lo que somos y lo que decimos ser.

Y ahí se encuentra el vínculo más profundo con una crítica de las élites: una sociedad puede acumular símbolos, prestigio, tradiciones y discursos elevados sin volverse por ello más justa. Puede incluso utilizar todo ese capital cultural para protegerse de las preguntas incómodas.

Pero hay una cuestión que el poema deja abierta: ¿es posible vivir sin símbolos, sin tradiciones y sin representaciones, o la tarea consiste en impedir que se conviertan en coartadas para la dominación?

Quizá no podamos escapar de los símbolos. Lo que sí podemos hacer es examinarlos, discutirlos y negarnos a concederles inmunidad moral.

El toro muere en la plaza, pero la verdadera acusación se dirige contra quienes necesitan que el espectáculo continúe para no tener que examinarse a sí mismos.

Y entonces comprendemos el último verso: el hedor no procede únicamente de la muerte del animal. Procede también de la facilidad con que el mundo puede contemplarla, justificarla y continuar como si nada hubiera sucedido.

jueves, 8 de octubre de 2026


 La frase de Héctor Germán Oesterheld —“El único héroe válido es el héroe colectivo, nunca el héroe individual”— condensa una idea política, ética y literaria muy poderosa: la transformación de la sociedad no es obra de un salvador, sino de personas que actúan juntas.

1. Es una crítica al mito del salvador

El héroe individual es una figura muy cómoda para la historia tradicional: un personaje excepcional que aparece, enfrenta el peligro y salva a los demás.

Oesterheld invierte esa lógica. El problema no es que existan individuos valientes; el problema es atribuirles a ellos todo el mérito de una transformación que en realidad depende de muchos.

El héroe individual dice:

“Yo los salvaré.”

El héroe colectivo dice:

“Nos salvaremos juntos.”

Y esa diferencia es enorme.

2. El héroe colectivo no necesita ser extraordinario

Aquí está quizá lo más interesante.

El héroe colectivo puede estar formado por personas completamente ordinarias: trabajadores, vecinos, estudiantes, familias, desconocidos. Cada uno puede tener miedo, equivocarse o incluso sentirse insignificante.

Pero juntos adquieren una capacidad que ninguno posee por separado.

Esto está muy relacionado con El Eternauta, la obra más famosa de Oesterheld. Allí aparece una idea que se ha vuelto inseparable de su visión: “nadie se salva solo”.

La heroicidad deja entonces de ser una característica personal y se convierte en una relación entre personas.

3. Hay una crítica al individualismo

La frase también puede leerse como una crítica a una sociedad que acostumbra explicar los acontecimientos mediante individuos:

  • el gran presidente;

  • el gran empresario;

  • el gran revolucionario;

  • el gran general;

  • el gran inventor;

  • el gran líder.

Pero detrás de cada uno hay miles de personas cuyo trabajo hace posible aquello que atribuimos al personaje.

Incluso el héroe más extraordinario necesita de otros.

Por eso Oesterheld cambia la pregunta.

No:

“¿Quién nos salvó?”

Sino:

“¿Quiénes hicieron posible que nos salváramos?”

4. Pero hay una paradoja interesante

La frase dice “nunca el héroe individual”, y ahí podemos discutirla.

Porque los individuos sí pueden tener un papel decisivo. Una persona puede iniciar una protesta, descubrir algo, escribir una obra, denunciar una injusticia o inspirar a otros.

Lo que la frase cuestiona no es necesariamente la importancia del individuo, sino la idea de que el individuo sea suficiente.

Un individuo puede encender una chispa.

Pero para mantener el fuego hacen falta otros.

5. También es una idea contra la pasividad

Y aquí la frase adquiere una fuerza particularmente interesante.

Si esperamos al héroe individual, podemos quedarnos sentados esperando que aparezca.

El héroe colectivo elimina esa espera.

No viene nadie.

Somos nosotros.

Eso convierte la frase en una concepción de la responsabilidad: la sociedad no debería delegar completamente su destino en líderes providenciales.

6. Y hay algo profundamente humano en ella

El héroe tradicional vence porque es excepcional.

El héroe colectivo vence precisamente porque nadie necesita ser excepcional.

Uno aporta fuerza.
Otro conocimiento.
Otro experiencia.
Otro valor.
Otro simplemente permanece junto a los demás cuando sería más fácil huir.

La suma de pequeñas capacidades puede producir algo extraordinario.

Y quizá esa sea la verdadera belleza de la frase de Oesterheld: desmitifica al héroe para devolverle la dignidad a la gente común.

Hay incluso una lectura más profunda: el héroe individual puede morir y convertirse en estatua; el héroe colectivo deja algo mucho más difícil de destruir: la capacidad de las personas para actuar juntas.

Y eso conecta perfectamente con el universo de El Eternauta: frente a una amenaza que supera por completo al individuo, la inteligencia, solidaridad y organización del grupo se convierten en la verdadera arma.

domingo, 4 de octubre de 2026

  Lema de Temu: compra como millonario

 Ahí hay bastante tela que cortar, porque “compra como millonario” no es realmente un consejo de compra: es una promesa de identidad.

Desmenucémoslo:

1. “Compra como millonario” no significa lo que parece

Si dijeran:

  • “Compra inteligentemente”

  • “Compra al mejor precio”

  • “Compara antes de comprar”

  • “Obtén más por tu dinero”

estarían apelando a tu capacidad de decisión.

Pero “compra como millonario” apela a quién quieres ser.

La frase introduce una pequeña fantasía:

No necesitas ser millonario para sentirte como uno. Puedes consumir como uno.

Y ahí cambia completamente el juego.

2. El millonario se convierte en referencia

Observa la operación psicológica:

Producto barato → sensación de abundancia → identidad aspiracional → compra.

No te están diciendo necesariamente:

“Este producto tiene una excelente relación calidad-precio.”

Te están diciendo, implícitamente:

“Mira todo lo que puedes comprar.”

Es una diferencia enorme.

El consumidor deja de preguntarse:

“¿Lo necesito?”

y empieza a preguntarse:

“¿Por qué no me puedo dar este gusto si cuesta tan poco?”

3. “Como millonario” es especialmente interesante porque contradice la imagen tradicional del millonario

Un millonario, en teoría, no necesita comprar 37 cosas porque sean baratas.

Precisamente porque tiene recursos puede permitirse elegir.

Por eso hay una ironía interesante:

La publicidad toma el símbolo de la riqueza —el millonario— y lo utiliza para vender consumo masivo de bajo precio.

No vende riqueza.

Vende la sensación de abundancia.

Y eso es mucho más accesible.

4. El precio deja de ser una barrera y se convierte en un argumento

“Está barato” normalmente debería llevarnos a una pregunta:

¿Por qué está barato?

Pero la publicidad puede darle la vuelta:

“Está tan barato que sería absurdo no comprarlo.”

Y aquí aparece algo muy interesante: el precio bajo puede producir compras que jamás habrían ocurrido a un precio normal.

Una camiseta que no necesitabas, una lámpara que no necesitabas, un gadget que tampoco necesitabas...

Pero cada uno cuesta tan poco que la resistencia psicológica disminuye.

$80 + $120 + $150 + $90 + $70...

Individualmente parecen insignificantes.

La suma ya es otra historia.

5. “Compra con inteligencia” obligaría al vendedor a demostrar algo

Esta es quizá la parte que más me gusta de la observación.

“Compra con inteligencia” implica:

  • comparar precios;

  • evaluar calidad;

  • revisar materiales;

  • considerar durabilidad;

  • calcular costo por uso;

  • leer opiniones;

  • preguntarse si realmente lo necesitas.

Es decir, te invita a salir del anuncio y convertirte en investigador.

“Compra como millonario” hace lo contrario:

te invita a entrar en la fantasía.

No necesitas saber mucho del producto. Necesitas sentir que estás obteniendo algo extraordinario por muy poco dinero.

6. Y hay una paradoja todavía más profunda

El millonario tradicionalmente representa libertad económica.

Pero una plataforma de consumo masivo puede convertir esa libertad en:

libertad para comprar.

Y no necesariamente en:

libertad para no comprar.

Ahí está la trampa conceptual interesante.

Porque tener dinero significa, entre otras cosas, poder decir:

“No lo necesito.”

Mientras que la publicidad dice:

“Puedes comprarlo, entonces ¿por qué no?”

Son dos conceptos de libertad completamente diferentes.

7. Incluso podríamos hacer una pequeña escala de lemas

“Compra barato” → precio.

“Compra inteligente” → racionalidad.

“Compra lo que necesitas” → necesidad.

“Compra con relación calidad-precio” → evaluación.

“Compra como millonario” → identidad.

Y la identidad suele ser una herramienta publicitaria potentísima porque ya no estás evaluando únicamente un objeto.

Estás comprando una pequeña versión de ti mismo.

Y ahí hay una pregunta buenísima 

¿Qué vende realmente una tienda cuando te dice “compra como millonario”: productos baratos o la sensación de que puedes vivir como alguien que tiene dinero?

Porque quizá el verdadero producto no sea el objeto que llega en la caja.

Es la sensación de abundancia que experimentamos mientras hacemos clic en “comprar”.

 

EL RESPETO NO SUBE POR EL ORGANIGRAMA

Hay frases que parecen chistes hasta que uno descubre que contienen una pequeña bomba filosófica.

Cantinflas, frente a un jefe que le exige respetar a sus superiores, responde con una lógica devastadora:

«Pues usted debe aprender a respetar a sus inferiores.»

Boom.

Dos palabras —superiores e inferiores— y de pronto aparece desnudo uno de los vicios más antiguos de la humanidad: creer que ocupar un lugar más alto en una estructura significa ser una persona superior.

El jefe tiene un puesto.

Cantinflas le recuerda que eso no le convierte en un ser superior.

Porque aquí está la confusión que tantos padecen: confundir jerarquía administrativa con jerarquía humana.

Usted puede ser mi jefe.

Puede firmar mi contrato.

Puede autorizar mis vacaciones.

Puede decidir mi horario.

Puede tener una oficina más grande, una silla más cómoda y hasta una placa dorada en la puerta.

Pero nada de eso le proporciona un centímetro adicional de dignidad humana.

El organigrama determina quién le reporta a quién.

No determina quién vale más.

Y, sin embargo, cuánta gente recibe un pequeño ascenso y súbitamente descubre que Dios existe… y casualmente tiene su mismo puesto.

El fenómeno es extraordinario.

El individuo que ayer decía «buenos días» al vigilante ahora pasa junto a él como si hubiera adquirido sangre azul.

La persona que antes trabajaba junto a sus compañeros consigue una jefatura y empieza a hablar de «mi personal», como si hubiera comprado esclavos en oferta.

El empleado que recibe un uniforme diferente comienza a tratar a los demás como si el uniforme le hubiera modificado el ADN.

No ascendió como ser humano.

Ascendió en el organigrama.

Pero confunde ambas cosas.

Y esa confusión produce una de las formas más pequeñas —y más frecuentes— de tiranía: la humillación cotidiana.

No hablamos necesariamente del gran dictador, del déspota histórico ni del gobernante que manda encarcelar opositores.

Hablamos del supervisor que disfruta hacer esperar a alguien.

Del encargado que grita porque puede.

Del gerente que humilla delante de otros empleados.

Del funcionario que trata al ciudadano como estorbo.

Del médico que confunde conocimiento con permiso para despreciar.

Del profesor que cree que enseñar consiste en recordar constantemente quién tiene la autoridad.

Del empleado público que, detrás de una ventanilla, descubre que durante ocho horas puede jugar a ser pequeño emperador.

Son pequeñas dosis de poder.

Y precisamente por ser pequeñas suelen pasar inadvertidas.

Pero la humillación no se vuelve menos humillante porque quien la practica tenga una tarjeta de presentación elegante.

EL PODER ES UNA PRUEBA, NO UN CERTIFICADO DE SUPERIORIDAD

Quizá deberíamos enseñar esto desde niños:

tener poder sobre alguien no demuestra que seas superior a esa persona; demuestra que tienes poder sobre esa persona.

Nada más.

Y, de hecho, el poder debería aumentar la obligación de comportarse con decencia.

Porque ser amable con alguien que puede perjudicarnos no siempre dice demasiado de nosotros.

La verdadera prueba aparece cuando podemos abusar y decidimos no hacerlo.

Cuando podemos humillar y no humillamos.

Cuando podemos hacer esperar y resolvemos.

Cuando podemos gritar y hablamos.

Cuando podemos aprovechar la vulnerabilidad de alguien y, en lugar de hacerlo, recordamos que seguimos tratando con otro ser humano.

Ahí empieza el carácter.

Porque respetar al superior puede ser prudencia.

Respetar al inferior cuando nadie nos obliga puede ser humanidad.

Y aquí Cantinflas vuelve a lanzar su pequeño misil.

El jefe dice:

—Respeta a tus superiores.

Cantinflas contesta, en esencia:

—Perfecto. Ahora aplique usted la misma regla hacia abajo.

Y de pronto la jerarquía deja de ser una escalera de privilegios y se convierte en una prueba de reciprocidad.

EL PROBLEMA NO ES QUE EXISTAN JERARQUÍAS

Tampoco necesitamos fingir que todas las posiciones son idénticas.

En una empresa alguien tendrá que tomar decisiones.

En un hospital habrá responsabilidades diferentes.

En una escuela existe una autoridad docente.

En una organización alguien tendrá la última palabra.

Las jerarquías pueden cumplir funciones prácticas.

El problema comienza cuando alguien transforma:

«Tengo mayor responsabilidad»

en:

«Soy una persona superior».

Son afirmaciones completamente distintas.

Un cirujano tiene una responsabilidad profesional mayor que la del paciente durante una operación.

Eso no significa que sea más digno como ser humano.

Un comandante tiene autoridad sobre un soldado.

Eso no convierte al soldado en una criatura inferior.

Un director tiene autoridad sobre un trabajador.

Eso no convierte al trabajador en una especie humana de segunda categoría.

Y aquí aparece una distinción que debería estar pegada en muchas oficinas:

autoridad no es dignidad.

La autoridad puede delegarse.

La dignidad no.

EL PEQUEÑO EMPERADOR

Hay personas que necesitan desesperadamente que alguien esté debajo de ellas para sentirse arriba.

Es una enfermedad curiosa del ego.

No basta con tener una posición.

Necesitan que alguien la reconozca constantemente.

Por eso levantan la voz.

Por eso exhiben sus títulos.

Por eso recuerdan quién manda.

Por eso dicen:

«Aquí las cosas se hacen como yo digo.»

Como si la frase hubiera sido pronunciada por Julio César y no por el encargado de Recursos Humanos de una empresa que vende tornillos.

El poder pequeño puede producir comportamientos enormes.

Hay quien recibe una llave y se siente carcelero.

Hay quien recibe un sello y se siente emperador.

Hay quien recibe un escritorio y cree que le entregaron un trono.

Y quizá por eso la frase de Cantinflas resulta tan incómoda.

Porque no destruye la jerarquía.

Destruye la ilusión psicológica que algunos construyen alrededor de ella.

Usted puede estar arriba en el organigrama y abajo en humanidad.

Y también puede estar abajo en el organigrama y ser infinitamente superior en carácter.

EL RESPETO NO DEBERÍA TENER DIRECCIÓN

Nos enseñaron muchas veces que el respeto funciona verticalmente.

Hacia arriba.

Al jefe.

Al profesor.

Al funcionario.

Al padre.

Al poderoso.

Al que tiene dinero.

Al que tiene títulos.

Al que tiene uniforme.

Pero el respeto auténtico no debería funcionar como un elevador.

El respeto debería funcionar horizontalmente.

De persona a persona.

Porque debajo de cada puesto hay una persona.

Y detrás de cada uniforme hay una persona.

Y delante de cada escritorio hay una persona.

Y detrás de cada ventanilla también.

El día que comprendamos eso, algunas oficinas se volverán mucho menos interesantes para los pequeños dictadores.

Porque descubrirán algo terrible:

su poder no les hacía superiores; simplemente les daba más oportunidades para demostrar quiénes eran.

Y entonces entendemos por qué aquella respuesta de Cantinflas sigue teniendo tanta pólvora.

«Usted debe aprender a respetar a sus inferiores.»

No es solamente un chiste.

Es una trampa lógica.

Si usted exige respeto porque está arriba, entonces tiene que explicar por qué quien está abajo no merece exactamente el mismo respeto.

Y si responde que porque usted tiene mayor jerarquía, entonces Cantinflas ya ganó.

Porque la pregunta nunca fue quién manda.

La pregunta era otra:

¿qué clase de persona necesita humillar a quien está debajo para sentirse superior?

Quizá deberíamos imprimir esa pregunta y pegarla en cada oficina, cada fábrica, cada escuela, cada dependencia y cada lugar donde alguien recibe un poco de poder.

No para eliminar las jerarquías.

Eso sería ingenuo.

Sino para recordar algo mucho más sencillo:

El puesto está arriba.
La persona no necesariamente.

Y, por supuesto, como diría Cantinflas:

Ahí está el detalle.


 «El cambio ocurre cuando escuchamos y luego iniciamos un diálogo con las personas que están haciendo algo que creemos que no está bien.»

— Jane Goodall

 

La frase parece sencilla, pero tiene una idea bastante profunda: Goodall no está hablando de cambiar al que piensa como nosotros, sino precisamente al que consideramos equivocado.

Desmenuzándola

1. «Escuchar» viene primero

Eso es lo más interesante. No dice:

Convéncelos. Enséñales. Demuéstrales que están equivocados.

Dice escuchar.

Y escuchar aquí no significa necesariamente dar la razón. Significa intentar comprender qué ve la otra persona, qué teme, qué necesita, qué experiencias la llevaron a pensar así y qué considera justo.

Porque podemos estar en desacuerdo con una conclusión sin comprender todavía cómo alguien llegó a ella.


2. «Luego iniciar un diálogo»

Aquí aparece una diferencia enorme entre persuadir y dialogar.

La propaganda dice:

Yo tengo la verdad y voy a hacer que tú la aceptes.

El diálogo dice:

Yo creo que estás equivocado. Quiero entender por qué piensas así y quiero que entiendas por qué yo pienso diferente.

Y hay algo todavía más incómodo: el diálogo abre la posibilidad de que nosotros también tengamos que modificar alguna parte de nuestra posición.

Si entro a una conversación sin esa posibilidad, quizá no estoy dialogando; simplemente estoy esperando mi turno para hablar.


3. «Personas que están haciendo algo que no creemos correcto»

Aquí está el corazón político de la frase.

Es relativamente fácil dialogar con quien piensa como nosotros.

La verdadera prueba aparece cuando encontramos al que consideramos ignorante, reaccionario, clasista, radical, conservador, progresista, privilegiado, vendido, etc.

Es muy tentador convertirlo inmediatamente en una caricatura.

Y una vez que lo convertimos en caricatura, ya no necesitamos escucharlo.

Ahí comienza una especie de comodidad intelectual:

No necesito entenderlo. Ya sé qué clase de persona es.

Y eso puede ser peligrosísimo.


Pero hay una distinción importante

Escuchar no significa relativizarlo todo.

Si alguien está causando daño, escuchar sus razones no significa aprobar sus actos.

Podemos decir:

Entiendo por qué piensas así, pero considero que las consecuencias de lo que haces son injustas.

Eso es muchísimo más poderoso que:

Eres un imbécil y por eso estás equivocado.

Porque en el segundo caso probablemente hemos ganado una satisfacción emocional y perdido cualquier posibilidad de transformación.


Y aquí la frase se vuelve muy política

Hay algo que conecta muchísimo sobre la gente que realmente cree en determinadas ideas, incluso cuando existen argumentos en contra.

A veces hablamos de «la gente manipulada» como si la población fuera simplemente una masa engañada.

Pero Goodall introduce una pregunta más incómoda:

¿Y si algunas personas realmente creen lo que dicen?

Entonces ya no basta con denunciar la manipulación.

Hay que escuchar qué encuentran atractivo, razonable o justo en esa posición.

¿Por qué alguien vota por determinado candidato?

¿Por qué un trabajador puede defender políticas que aparentemente perjudican sus intereses?

¿Por qué alguien de clase media puede rechazar determinadas políticas redistributivas?

¿Por qué alguien puede escuchar los argumentos de la contraparte y continuar convencido?

Las respuestas pueden ser muy distintas: experiencias personales, valores, identidad, miedo, intereses materiales, información, desinformación, pertenencia, orgullo, resentimiento, etc.

Reducir todo eso a «están manipulados» también puede convertirse en una forma de no escuchar.


Y hay una ironía preciosa

Goodall habla de cambio, pero propone una herramienta que parece lentísima:

escuchar.

Vivimos obsesionados con cambiar al otro inmediatamente.

Cambiar su voto.
Cambiar su opinión.
Cambiar sus hábitos.
Cambiar su ideología.

Pero quizá el cambio profundo comienza con algo mucho menos espectacular:

«Explícame por qué piensas eso.»

Y después:

«Ahora déjame explicarte por qué yo pienso diferente.»

No garantiza que el otro cambie.

Pero abre una puerta que el desprecio cierra inmediatamente.

Y quizá esa sea la parte más inteligente de la frase: Goodall no promete que el diálogo siempre funcione; dice que el cambio comienza por intentarlo.

En tiempos de trincheras ideológicas, eso casi parece una pequeña revolución.

  «La farsa se acabó, la tragedia comienza, el

mundo se hará cada vez más duro, mas frío,

más sombrío y más injusto, y, pese al caos

invasor, cada vez más metódico: es tal la

alianza del espíritu de sistema y del

desorden que su carácter me parece menos

cuestionable, jamás se verá más disciplina y

más absurdidad, más cálculo y más

paradojas, en suma, más problemas

resueltos, pero resueltos en pura pérdida».

Albert Caraco


Esta frase de Albert Caraco es potentísima porque no está describiendo simplemente un mundo caótico. Está describiendo algo bastante más inquietante: un mundo en el que el caos aprende a organizarse.

Y ahí aparece el giro político.

1. «La farsa se acabó, la tragedia comienza»

La primera oposición es brutal:

farsa → tragedia.

La farsa es el espectáculo, la representación, la política convertida en teatro: discursos, ceremonias, promesas, consignas, escándalos, enemigos de temporada, indignación mediática.

Pero la tragedia comienza cuando detrás del espectáculo aparecen consecuencias materiales.

Mientras la política es solamente discurso, podemos reírnos de ella. Cuando las decisiones políticas determinan quién tiene vivienda, quién trabaja en condiciones precarias, quién puede estudiar, quién paga más impuestos, quién tiene acceso a servicios y quién queda fuera, la farsa adquiere consecuencias.

La tragedia no necesita que desaparezcan los políticos sonrientes.

Al contrario:

puede haber sonrisas, conferencias de prensa y campañas perfectamente organizadas mientras la tragedia ocurre detrás del escenario.


2. «Más duro, más frío, más sombrío y más injusto»

Aquí Caraco introduce algo interesante: la normalización de la dureza.

Una sociedad no necesariamente se vuelve brutal de un día para otro. Puede acostumbrarse gradualmente.

Primero aparece:

«Así son las cosas.»

Después:

«No se puede hacer nada.»

Y finalmente:

«Siempre ha sido así.»

Ese último paso es políticamente peligrosísimo porque convierte una circunstancia histórica en una supuesta ley natural.

La pobreza deja de preguntarse como problema político y comienza a explicarse como fracaso individual.

La desigualdad deja de ser una relación entre grupos sociales y empieza a presentarse como diferencia de mérito.

La precariedad laboral deja de ser una cuestión de relaciones económicas y se convierte en:

«Si quieres progresar, échale ganas.»

Y entonces ocurre algo extraordinario:

la sociedad empieza a administrar como normal aquello que antes consideraba intolerable.


3. Y aquí llega la parte genial: «cada vez más metódico»

Esta es quizá la frase más moderna del fragmento.

Porque normalmente imaginamos el caos como lo contrario del orden.

Caraco dice:

no necesariamente.

Puede existir un sistema perfectamente organizado para producir resultados caóticos.

Una administración puede ser eficiente y producir injusticias.

Una empresa puede estar extraordinariamente bien organizada y tener trabajadores precarizados.

Un gobierno puede digitalizar todos sus procesos y continuar tomando decisiones discutibles.

Un mercado puede funcionar con precisión matemática mientras distribuye sus beneficios de manera extremadamente desigual.

Ahí aparece la paradoja:

el problema no siempre es que el sistema funcione mal; a veces el problema político consiste precisamente en preguntarnos qué está funcionando y para quién.


4. «La alianza del espíritu de sistema y del desorden»

Aquí Caraco se pone casi quirúrgico.

Imaginemos una maquinaria política:

reglamentos → instituciones → procedimientos → estadísticas → algoritmos → indicadores → auditorías → protocolos → reuniones → informes.

Todo parece racional.

Pero después miramos el resultado:

desigualdad, frustración, precariedad, exclusión, polarización.

Entonces aparece una pregunta incómoda:

¿Puede un sistema ser perfectamente racional en sus procedimientos y profundamente irracional en sus consecuencias?

Sí.

Y esto cambia nuestra manera de mirar la política.

Porque solemos preguntar:

«¿Este gobierno es competente?»

Pero habría que añadir:

«¿Competente para hacer qué?»

Una maquinaria puede ser extraordinariamente competente para alcanzar objetivos que una sociedad jamás discutió suficientemente.


5. «Más disciplina y más absurdidad»

Esta frase podría ser perfectamente una descripción de una burocracia moderna.

Todo está regulado.

Hay formatos.

Contraseñas.

Procedimientos.

Turnos.

Indicadores.

Protocolos.

Evaluaciones.

Aplicaciones.

Sistemas de control.

Y, sin embargo, el ciudadano puede terminar preguntándose:

«¿Pero alguien está viendo el absurdo de todo esto?»

Ese es el peligro de la racionalización cuando se separa del propósito.

La pregunta deja de ser:

«¿Esto tiene sentido?»

y se convierte en:

«¿Cumplimos el procedimiento?»

Y son cosas completamente distintas.


6. «Más cálculo y más paradojas»

Aquí podemos conectar directamente con la política contemporánea.

Hoy tenemos una cantidad gigantesca de información política:

encuestas, estadísticas, bases de datos, modelos económicos, métricas de redes sociales, análisis de comportamiento, segmentación de públicos, inteligencia artificial...

La política puede calcular cada vez más cosas.

Pero calcular no equivale a comprender.

Podemos saber cuántas personas votaron, pero no necesariamente comprender por qué.

Podemos medir la pobreza, pero no experimentar lo que significa vivir dentro de ella.

Podemos calcular el crecimiento económico, pero ese número no nos dice automáticamente cómo se distribuyó.

Podemos medir productividad, pero esa cifra tampoco nos dice por sí misma quién cargó con el costo.

Y ahí aparece otra paradoja de Caraco:

cuanto más sofisticado se vuelve el aparato para medir la realidad, mayor puede ser la tentación de confundir la medición con la realidad.


7. Y ahora viene el giro político más interesante

La frase puede utilizarse para desmontar dos explicaciones políticas demasiado fáciles.

Una dice:

«Todo está perfectamente controlado por una élite.»

La otra:

«Todo es un caos y nadie sabe lo que está haciendo.»

Caraco ofrece una tercera posibilidad mucho más incómoda:

puede haber actores con objetivos concretos, instituciones que persiguen sus propios incentivos y millones de personas tomando decisiones racionales individualmente que, juntas, produzcan resultados que nadie diseñó por completo.

Eso significa que no necesitamos imaginar una conspiración central para producir determinadas consecuencias.

Y tampoco necesitamos imaginar que absolutamente todo sea accidental.

Hay intereses.

Hay incentivos.

Hay instituciones.

Hay decisiones.

Hay estructuras.

Y hay consecuencias emergentes.

La política se vuelve entonces mucho más interesante que la caricatura de:

«ellos manipulan y nosotros somos manipulados».

Porque las personas también piensan, eligen, resisten, aceptan, se equivocan y participan en sistemas que pueden terminar produciendo resultados distintos de sus intenciones originales.


8. «Más problemas resueltos, pero resueltos en pura pérdida»

Esta es la estocada final.

Porque resolver un problema no significa necesariamente mejorar la situación.

Puedes solucionar el problema de la congestión aumentando las carreteras y generar más tráfico después.

Puedes aumentar la productividad y al mismo tiempo aumentar la presión sobre los trabajadores.

Puedes automatizar un trámite y hacerlo más rápido, pero volverlo inaccesible para quien no domina la tecnología.

Puedes reducir un déficit mediante recortes y conseguir que las cuentas mejoren mientras determinadas condiciones sociales empeoran.

La cuestión política entonces deja de ser:

¿Se resolvió el problema?

y pasa a ser:

¿Qué problema resolvimos, quién pagó la solución y quién obtuvo el beneficio?

Esa pregunta cambia completamente la conversación.


Caraco contra la política del «éxito»

Y aquí creo que está el corazón del fragmento.

Nuestra época adora los verbos:

optimizar, modernizar, eficientar, digitalizar, racionalizar, reducir, acelerar, automatizar.

Todos parecen positivos.

Pero ninguno responde por sí mismo a la pregunta fundamental:

¿para qué?

Un sistema puede ser más eficiente para producir desigualdad.

Una burocracia puede ser más eficiente para rechazar solicitudes.

Una empresa puede ser más eficiente para reducir costos laborales.

Un gobierno puede ser más eficiente para comunicar propaganda.

Una plataforma puede ser más eficiente para capturar nuestra atención.

La eficiencia es una herramienta.

No es una ética.

Y ese probablemente sea el giro político más poderoso de Caraco.


En una sola frase

Caraco nos está advirtiendo de algo que todavía resulta tremendamente incómodo:

El futuro no necesariamente será una batalla entre el orden y el caos; puede ser la construcción de sistemas cada vez más ordenados capaces de producir consecuencias cada vez más absurdas.

Y entonces la ciudadanía crítica tiene que aprender a mirar más allá de la eficiencia del mecanismo.

No preguntar solamente:

«¿Funciona?»

sino:

«¿Qué está produciendo, para quién, a costa de quién y por qué hemos decidido que ese resultado es aceptable?»

Ahí es donde la cita deja de ser una reflexión pesimista sobre el futuro y se convierte en una herramienta para leer la política.