🚨TV Azteca se olvidó de hacer algún reportaje o investigación sobre el caso de Fernando Cerimedo, socio de Salinas Pliego y dueño de La Derecha Diario, a quien le encontraron granjas de bots tras su detención.
El periodismo corporativo y el misterioso arte de no ver lo que tienes enfrente
Hay algo fascinante en los medios corporativos: pueden detectar una mosca comunista a 14 kilómetros de distancia, pero son extraordinariamente torpes para encontrar un elefante sentado sobre la mesa de su propio comedor.
Porque cuando aparece una granja de bots relacionada con un operador político de derecha, de pronto el periodismo profesional parece sufrir una extraña enfermedad ocular.
—¿Hay una granja de bots?
—No vemos nada.
—¿Hay dinero?
—Nada.
—¿Hay operadores políticos?
—Qué interesante clima estamos teniendo últimamente.
Pero pongamos el asunto en contexto.
No estamos hablando simplemente de un fulano que abrió cincuenta cuentas falsas para conseguir tres likes y que su mamá le dijera que estaba haciendo un buen trabajo. Estamos hablando de operaciones digitales capaces de fabricar artificialmente la apariencia de consenso político.
Y eso debería ser una bomba periodística.
Porque las redes sociales tienen una característica maravillosa: permiten convertir una mentira repetida por mil personas en algo que parece verdad, siempre y cuando esas mil personas sean, en realidad, tres tipos con 600 teléfonos celulares y una computadora.
La vieja propaganda necesitaba periódicos, radio, televisión, imprentas, periodistas y dinero.
La propaganda moderna necesita un ejército de cuentas falsas y gente suficientemente crédula para confundir volumen con verdad.
Y aquí aparece Fernando Cerimedo.
El hombre no es precisamente un desconocido dentro de este ecosistema. Su nombre ha aparecido relacionado con estrategias digitales de la derecha latinoamericana, con La Derecha Diario y con operaciones de comunicación política. Ahora aparecen investigaciones y reportes sobre una presunta infraestructura de bots.
¿Y qué hace una parte del aparato mediático?
Silencio administrativo.
Nada que ver aquí, ciudadanos.
Circulen.
Hay que hablar de otra cosa.
Preferentemente de algo que no tenga relación con los intereses del propietario.
Porque esa es una de las maravillas del capitalismo mediático: el medio puede ser técnicamente independiente del gobierno y perfectamente dependiente de su dueño.
Y eso produce una criatura particularmente interesante: el periodista que puede investigar al presidente, al diputado, al sindicato, al gobierno extranjero, al comunista, al populista, al enemigo del libre mercado...
...pero cuando aparece una noticia incómoda a dos metros de su accionista principal, descubre súbitamente el valor de la prudencia.
«No podemos especular».
¡Magnífico!
La prudencia es una virtud extraordinaria.
Sobre todo cuando se aplica selectivamente.
Porque resulta curioso cómo algunos medios abandonan esa prudencia cuando encuentran un escándalo que afecta al adversario ideológico.
Entonces sí:
URGENTE.
ESCÁNDALO.
EXCLUSIVA.
EL GOBIERNO OCULTA LA VERDAD.
MÉXICO ESTÁ EN PELIGRO.
Pero cuando el asunto involucra a alguien políticamente cercano, aparece el sofisticado vocabulario corporativo:
«Estamos analizando la información».
«No existen elementos suficientes».
«Habrá que esperar a que las autoridades determinen responsabilidades».
«No queremos contribuir a la polarización».
Ah, sí.
La polarización.
Ese fenómeno que misteriosamente preocupa muchísimo más cuando el escándalo perjudica a tu bando.
El problema no es que tengan ideología
Aquí hay una cosa que debemos admitir.
Todos tenemos ideología.
El periodista tiene ideología.
El empresario tiene ideología.
El dueño del periódico tiene ideología.
El espectador tiene ideología.
Hasta el señor que dice «yo no tengo ideología, yo solamente digo las cosas como son» suele tener una ideología perfectamente instalada, sólo que viene sin etiqueta.
El problema no es tenerla.
El problema es negarla mientras se utiliza el poder mediático para presentarla como neutralidad.
Un periódico puede ser conservador.
Puede ser progresista.
Puede ser liberal.
Puede ser socialista.
Puede ser marciano.
Lo mínimo que debería exigirse es que el lector pueda saber desde dónde le están contando la realidad.
Porque el verdadero peligro no es un medio que diga:
«Nosotros pensamos esto».
El verdadero peligro es:
«Nosotros no pensamos nada. Simplemente presentamos los hechos».
No, amigo.
Nadie presenta los hechos desnudos.
Alguien decide qué noticia entra.
Alguien decide cuál queda fuera.
Alguien decide el titular.
Alguien decide qué fotografía utilizar.
Alguien decide a quién entrevistar.
Alguien decide qué escándalo merece cinco días de cobertura y cuál merece aproximadamente cuatro minutos antes de pasar a la sección de deportes.
Eso también es poder.
Y probablemente sea uno de los poderes menos comprendidos por el ciudadano.
La democracia no sólo puede ser manipulada desde el gobierno
Aquí está lo verdaderamente inquietante.
Durante décadas nos enseñaron a imaginar la propaganda como algo bastante primitivo.
Un dictador frente a una multitud:
«¡El líder tiene razón!»
Todos:
«¡Sí!»
Fin de la propaganda.
Pero ahora podemos fabricar artificialmente miles de voces.
Podemos crear cuentas.
Podemos automatizar publicaciones.
Podemos comprar publicidad.
Podemos amplificar determinadas narrativas.
Podemos hacer que un tema parezca gigantesco.
Podemos hacer que otro desaparezca.
Y entonces tenemos una pregunta incómoda:
¿Cuántas personas realmente piensan algo y cuántas simplemente están viendo que todo el mundo aparentemente piensa eso?
Porque el ser humano es un animal social.
Si entras a Twitter, TikTok o cualquier otra cloaca digital y ves que 200,000 personas están diciendo:
«ESTO ES LO QUE TODOS PENSAMOS»
tu cerebro empieza a sospechar que quizá deberías pensarlo también.
Y ahí está la magia.
No necesitas convencer a todo el mundo.
Sólo necesitas fabricar la sensación de que ya convenciste a todo el mundo.
Y entonces llegamos a los medios
Aquí es donde la historia se pone deliciosa.
Porque los medios tradicionales llevan años diciéndonos que debemos desconfiar de las redes sociales.
«No crean todo lo que ven en internet».
¡Excelente consejo!
¿Y qué hacemos con los medios?
¿Debemos creer absolutamente todo lo que vemos en televisión?
¿La televisión viene equipada con certificado de honestidad?
¿Cuando aparece un logotipo corporativo en la esquina de la pantalla, automáticamente desaparecen los intereses económicos?
¿El accionista recibe una vacuna contra el sesgo?
Por supuesto que no.
La diferencia es que la televisión tiene una apariencia de autoridad que las redes sociales no siempre tienen.
Y por eso el silencio de un gran medio puede ser incluso más poderoso que una mentira.
Porque no necesitas publicar una falsedad.
Puedes simplemente no publicar una verdad incómoda.
Y el ciudadano jamás sabrá que estaba allí.
Ese es el truco elegante.
La censura moderna no siempre consiste en prohibir que alguien hable.
A veces consiste en asegurarse de que nadie importante escuche.
Pero no deberíamos sorprendernos
¿Debería sorprendernos que un medio propiedad de un empresario con intereses políticos y económicos tenga límites sobre aquello que investiga?
Francamente, no.
Sería como sorprendernos de que McDonald's tenga ciertas opiniones sobre las hamburguesas.
La verdadera sorpresa sería descubrir un sistema mediático donde el dinero no tuviera ninguna influencia sobre las prioridades editoriales.
Eso sí sería ciencia ficción.
Y tampoco significa que todo periodista sea corrupto.
Al contrario.
Hay excelentes periodistas trabajando dentro de empresas imperfectas.
El problema es estructural.
Un periodista puede querer investigar una historia.
Pero después existen editores.
Directores.
Consejos.
Dueños.
Anunciantes.
Relaciones comerciales.
Amistades políticas.
Accionistas.
Y esa maravillosa criatura llamada:
«No es buen momento para publicar esto».
Una frase que probablemente ha matado más investigaciones periodísticas que cualquier dictador.
La pregunta realmente importante
Por eso yo no empezaría diciendo:
«TV Azteca es de derecha y por eso no lo cubrió».
Eso sería demasiado fácil.
Yo preguntaría algo mucho más incómodo:
¿Por qué cubre determinados escándalos con una intensidad enorme y otros con una intensidad microscópica?
Ahí está la prueba.
Porque si mañana descubren una granja de bots vinculada a un político de izquierda y el medio dedica cinco días, quince reportajes, entrevistas, mesas de análisis y música dramática de fondo...
...pero cuando aparece una infraestructura semejante vinculada a actores de derecha apenas aparece una nota perdida entre el pronóstico del tiempo y el precio del aguacate...
entonces ya no estamos hablando solamente de ideología.
Estamos hablando de criterios editoriales selectivos.
Y eso sí merece investigación.
Porque la democracia necesita ciudadanos capaces de distinguir entre:
«Esto es falso».
«Esto es verdadero».
Y una tercera categoría muchísimo más peligrosa:
«Esto es verdadero, pero decidimos que no era importante que usted lo supiera».
Ahí es donde empieza la diversión.
Porque el poder moderno no siempre necesita decirte qué pensar.
A veces sólo necesita decidir qué cosas no vas a tener oportunidad de pensar.
Y eso, queridos ciudadanos, es una forma bastante sofisticada de democracia.
Una democracia con libertad de expresión...
siempre y cuando la expresión encuentre primero la puerta de entrada al noticiero.