El terrorismo que depende de quién tenga el micrófono
Hay palabras que deberían venir con una alarma.
Terrorismo, por ejemplo.
Uno escucha esa palabra en televisión y debería aparecer un señor con casco diciendo:
“Precaución: este término puede haber sido manipulado por un gobierno.”
Porque resulta que el terrorismo tiene una curiosa propiedad física: cambia de significado dependiendo de quién tenga el micrófono, el ejército, el dólar o el portaaviones.
Cuando lo hace tu enemigo, es terrorismo.
Cuando lo haces tú, es seguridad nacional.
Cuando lo hace tu aliado, es una operación necesaria.
Y cuando lo hace un señor que todavía no sabemos si nos conviene, es… una situación compleja que requiere un análisis cuidadoso.
Ah, la diplomacia.
La única profesión donde bombardear una ciudad puede llamarse “mensaje”, pero romper una mesa durante una discusión familiar sigue siendo violencia doméstica.
La palabra mágica
Estados Unidos lleva décadas utilizando una categoría oficial de “Estados patrocinadores del terrorismo”.
Irán está en ella.
Y Washington tiene argumentos para sostenerlo: apoyo a organizaciones armadas, operaciones clandestinas, redes regionales, etc.
Perfecto.
Analicemos los hechos.
Pero entonces aparece la pregunta incómoda:
¿quién decidió que Estados Unidos era el juez?
Porque Washington no encontró una placa cósmica flotando en el universo que dijera:
“Departamento Mundial de Terrorismo: Estados Unidos de América.”
No.
Es Estados Unidos quien decide quién entra en su lista.
Y, por supuesto, tiene todo el derecho de establecer sus propias categorías legales dentro de su sistema.
El problema comienza cuando una clasificación nacional empieza a presentarse como si fuera una verdad moral universal.
Ahí ya no estamos hablando solamente de derecho.
Estamos hablando de poder.
Porque “terrorista” es una palabra extraordinariamente útil
Es una palabra maravillosa.
No necesitas explicar demasiado.
Dices:
“Terrorista.”
Y el cerebro del público completa el resto.
Terrorista significa malo.
Terrorista significa enemigo.
Terrorista significa que no necesitamos escuchar su versión.
Terrorista significa que podemos dejar de preguntar:
“¿Por qué ocurrió esto?”
y comenzar inmediatamente con:
“¿Qué armas tenemos disponibles?”
Es un término políticamente comodísimo.
Porque convierte un conflicto histórico, económico, territorial, religioso, colonial o geopolítico en una película infantil:
ellos son los malos; nosotros somos los buenos.
Qué maravilla.
Nos ahorra leer historia.
Pero Irán tampoco es precisamente Greenpeace
Y aquí viene el detalle que arruina la fiesta.
Que Estados Unidos utilice etiquetas políticas no significa que Irán sea inocente.
Irán ha apoyado grupos armados.
Ha intervenido en conflictos regionales.
Ha reprimido opositores.
Ha ejecutado políticas perfectamente criticables.
Tiene una estructura política autoritaria.
Así que cuando Washington dice:
“Irán apoya organizaciones terroristas”,
no podemos responder:
“¡Mentira! ¡Irán es completamente inocente!”
No.
Eso sería sustituir una propaganda por otra.
El análisis serio consiste en decir:
muéstrame qué hizo Irán.
Y después:
muéstrame qué hizo Estados Unidos.
Y luego:
veamos qué palabras utiliza cada uno para describir exactamente la misma conducta.
Porque ahí empieza lo interesante.
La curiosa alquimia del lenguaje
Estados Unidos lanza sanciones.
Eso es:
presión económica.
Irán lanza ataques.
Eso puede ser:
terrorismo.
Israel lanza ataques.
Eso es:
defensa propia.
Un grupo armado lanza ataques.
Eso es:
terrorismo.
Un Estado lanza misiles contra otro Estado.
Eso es:
una operación militar.
Un Estado bloquea económicamente a otro.
Eso es:
sanciones.
El otro Estado llama a eso:
terrorismo económico.
Y entonces todos se miran indignados.
Es como una pelea de niños ricos:
—¡Papá, me pegó!
—¡Porque él me pegó primero!
—¡Pero yo solamente le pegué porque me quitó el juguete!
—¡Porque ese juguete era mío!
Y al fondo aparece la ONU diciendo:
“Por favor, mantengan la calma.”
Mientras nadie mantiene la calma.
¿Son las sanciones terrorismo?
Aquí hay que ser más inteligentes que un meme.
Jurídicamente, no podemos simplemente declarar que cualquier sanción económica es terrorismo.
El terrorismo tiene implicaciones jurídicas específicas y no existe una definición universal perfectamente aceptada por todos los Estados.
Pero tampoco debemos cometer el error contrario:
“Como jurídicamente no podemos llamarlo terrorismo, las sanciones son moralmente neutrales.”
No.
Las sanciones son coerción.
Y una política de coerción puede producir sufrimiento real.
Puede afectar inflación, moneda, empleo, comercio, inversión y capacidad de importar determinados productos.
Y cuando una economía entera recibe el golpe, la frontera entre:
“castigar al gobierno”
y
“castigar a la sociedad”
puede convertirse en una línea dibujada con lápiz sobre una pared durante un huracán.
La gran fantasía: “presionaremos al pueblo para salvar al pueblo”
Ésta es una de las frases más fascinantes de la política internacional.
“Las sanciones están dirigidas contra el régimen, no contra la población.”
Claro.
Y yo soy vegetariano porque las vacas me parecen demasiado bonitas.
El problema es que una economía no funciona como una película de Hollywood.
No puedes dispararle solamente al ministro de Economía.
El dinero circula.
Las empresas dependen de bancos.
Los bancos dependen del sistema financiero.
Las importaciones dependen de divisas.
Los precios reaccionan.
La moneda se devalúa.
Y finalmente aparece el ciudadano comprando comida en un mercado.
El ciudadano que, por cierto, no redactó el programa nuclear iraní.
Y aquí aparece el gran fracaso
Estados Unidos puede hacerle muchísimo daño económico a Irán.
Eso está fuera de discusión.
Pero hay una pregunta diferente:
¿puede convertir ese daño en una concesión política?
Porque puedes empobrecer a un país sin conseguir que se rinda.
Puedes hacer que una población sufra sin conseguir que adore al enemigo.
Incluso puedes provocar el efecto contrario.
Cuando una población siente que está siendo castigada desde el exterior, el gobierno puede utilizar la agresión externa para decir:
“¿Ven? Nosotros somos los únicos que podemos protegerlos.”
Y de repente la sanción que debía debilitar al régimen puede ayudarlo a movilizar nacionalismo.
Es una de las grandes ironías de la política exterior:
el enemigo puede convertirse en el mejor publicista de tu gobierno.
Y entonces llegamos al maravilloso doble estándar
Aquí es donde la palabra “terrorismo” se vuelve especialmente interesante.
Porque cuando un grupo armado mata civiles, todos podemos condenarlo.
Perfecto.
Pero entonces debemos aplicar el mismo principio cuando el actor es un Estado.
No importa si tiene:
Los civiles siguen siendo civiles.
La pregunta debería ser:
¿Qué ocurrió?
No:
¿Quién lo hizo?
Y ésa es una diferencia gigantesca.
Porque si primero decidimos quién es el bueno y después evaluamos sus acciones, ya no estamos haciendo análisis.
Estamos haciendo contabilidad moral partidista.
“Nosotros no hacemos terrorismo”
Claro que no.
Nosotros hacemos:
El enemigo hace:
terrorismo,
agresión,
barbarie,
crímenes,
extremismo.
¿Notan el truco?
La acción puede parecerse muchísimo; cambia el diccionario.
Y esto no significa que todo sea equivalente.
No lo es.
Un ataque deliberado contra civiles no se vuelve legítimo porque lo haga un Estado.
Y una sanción económica no se vuelve automáticamente terrorismo porque una víctima la describa así.
Pero tampoco ocurre lo contrario:
una bandera no convierte una atrocidad en una virtud.
La historia está llena de estas palabras
En México lo sabemos perfectamente.
Durante el siglo XIX, según quién escribiera el periódico, alguien podía ser:
patriota, rebelde, bandido, revolucionario, sedicioso, libertador o criminal.
Durante la Revolución:
Villa podía ser presentado como:
bandido sanguinario
o como
héroe popular.
Zapata:
anarquista peligroso
o
defensor de los campesinos.
Y dependiendo de quién ganara la guerra, algunos adjetivos terminaban entrando en los libros de texto.
Por eso hay que desconfiar de los adjetivos políticos.
No porque sean siempre falsos.
Sino porque alguien los escogió.
El verdadero poder no es tener la razón
Es conseguir que tu versión de los hechos sea considerada la descripción neutral de la realidad.
Eso es mucho más poderoso que una bomba.
Porque una bomba destruye una ciudad.
Una palabra puede conseguir que millones de personas acepten que destruirla era necesario.
Y por eso la batalla por el lenguaje es una batalla política.
“Resistencia.”
“terrorismo.”
“defensa.”
“agresión.”
“sanciones.”
“terrorismo económico.”
“seguridad.”
“genocidio.”
“operación militar.”
Cada palabra contiene una interpretación del mundo.
Y si consigues imponer tu vocabulario, ya has ganado una parte de la discusión antes de que comience.
Así que cuando Irán dice “terrorismo económico”...
No tenemos que responder:
“¡Irán tiene razón!”
Ni:
“¡Irán está mintiendo!”
La respuesta intelectualmente honesta es mucho más incómoda:
“Explícame exactamente qué estás llamando terrorismo, qué consecuencias tiene esa política y bajo qué criterio debería juzgarla.”
Y exactamente lo mismo debemos exigirle a Washington.
Y a Moscú.
Y a Pekín.
Y a Tel Aviv.
Y a Teherán.
Y a cualquier gobierno.
Porque si queremos una historia y una política que no sean propaganda, necesitamos una regla bastante sencilla:
el mismo acto debe ser juzgado con el mismo criterio, independientemente de quién lo cometa.
Qué idea tan revolucionaria.
Quizá algún día la ONU la descubra.
Mientras tanto, seguiremos viviendo en este maravilloso planeta donde cuando nuestro misil cae sobre civiles es geopolítica, y cuando cae el misil del enemigo es terrorismo.
Y luego nos preguntamos por qué demonios nunca conseguimos ponernos de acuerdo sobre quién empezó la pelea.