sábado, 22 de agosto de 2026

 

La libertad del papel y la libertad de la vida

Hay frases que suenan nobles en una conversación universitaria y, sin embargo, se vuelven ofensivas cuando se pronuncian frente a quien vive en la precariedad. Decirle a un hombre que gana el salario mínimo, viaja tres horas diarias en transporte público, teme perder el empleo y no consigue atención médica oportuna que “tiene libertad de expresión, derecho al voto y acceso a los tribunales” puede provocar algo más que una discusión: puede provocar indignación. Esa indignación no nace necesariamente de un rechazo a la democracia; nace de una experiencia cotidiana que parece desmentir las palabras.

El debate sobre la libertad suele arruinarse por una mala costumbre intelectual: hablar de ella como si fuera una sustancia metafísica, una esencia que un régimen posee o no posee. Preguntamos si en el comunismo había libertad, si en el nazismo había libertad o si en las democracias occidentales hay libertad, y esperamos una respuesta binaria. La historia rara vez concede ese lujo. Lo que existen son libertades concretas: libertad de prensa, de asociación, de movimiento, de culto, de trabajo, de defensa jurídica, de participación política. Algunas se ganan, otras se pierden, otras se amplían para unos mientras se restringen para otros.

Los regímenes comunistas del siglo XX ofrecieron, en distintos grados, seguridad laboral, educación y salud más extendidas que las existentes en muchos países pobres de su tiempo, pero restringieron severamente el pluralismo político, la prensa independiente y la oposición organizada. 

El nazismo, por su parte, destruyó deliberadamente las libertades políticas y persiguió a grupos enteros de la población; la aparente normalidad cotidiana de algunos ciudadanos descansaba sobre la exclusión y el terror aplicados a otros. 

Las democracias occidentales, comparativamente, protegen mucho mejor la libertad de expresión, la competencia electoral y las garantías judiciales, aunque están lejos de asegurar igualdad real de influencia o de oportunidades. La conclusión incómoda es que ningún sistema histórico ha maximizado todas las libertades al mismo tiempo.

Sin embargo, la cuestión más urgente no es comparar sistemas históricos, sino comprender la distancia entre derechos formales y libertades efectivas. El derecho formal es aquello que la constitución reconoce; la libertad efectiva es aquello que una persona puede ejercer sin poner en riesgo su supervivencia.

Una mujer que trabaja en el servicio doméstico puede tener legalmente derecho a demandar a un empleador abusivo. Pero demandar implica tiempo, dinero, transporte, asesoría jurídica y la posibilidad de quedar sin trabajo durante meses. Un vendedor ambulante puede criticar públicamente a una autoridad local, pero si su permiso depende de esa misma autoridad, la libertad existe en el texto legal y se desvanece en la práctica. Un joven de un barrio marginado posee, en teoría, el mismo derecho a no ser detenido arbitrariamente que un profesionista de una zona acomodada; en la experiencia cotidiana, la probabilidad de ser revisado, intimidado o detenido suele ser muy distinta.

Aquí aparece una idea central para entender América Latina: la desigualdad no solo distribuye ingresos; distribuye grados de libertad.

La persona rica puede elegir barrio, escuela, hospital, abogado, medio de transporte e incluso país de residencia. Puede rechazar un empleo y esperar otro mejor. Puede pagar especialistas médicos, protección privada y representación legal. Puede dedicar tiempo a la política, financiar campañas, acceder a redes de poder y amplificar su voz en medios y plataformas. La persona pobre, en cambio, suele elegir dentro de un menú estrecho: el trabajo disponible, la escuela cercana, el hospital saturado, el transporte lento, la vivienda posible.

Esto no significa que los pobres carezcan de derechos. Significa que sus derechos son más frágiles y costosos de ejercer. Por eso algunos sociólogos hablan de ciudadanía de baja intensidad: se es ciudadano ante la ley, pero la protección estatal llega de manera intermitente y desigual.

La filosofía política ayuda a aclarar esta diferencia. Isaiah Berlin distinguía entre libertad negativa —que nadie me impida actuar— y libertad positiva —tener los medios reales para actuar—. Una democracia liberal puede garantizar ampliamente la primera y, sin embargo, dejar muy desigualmente distribuida la segunda. Un régimen socialista puede intentar expandir la segunda y terminar destruyendo la primera. El dilema moderno no consiste en escoger una y abolir la otra, sino en impedir que la libertad formal se convierta en privilegio y que la búsqueda de igualdad destruya las garantías individuales.

Volvamos entonces a la escena inicial. Si alguien responde con una cachetada simbólica al discurso de los derechos, quizá esté diciendo: “No me hables de lo que está escrito; háblame de lo que puedo hacer mañana”. Esa respuesta contiene una verdad moral importante. Las sociedades democráticas fracasan cuando confunden la promulgación de derechos con su realización efectiva.

Pero también sería un error concluir que los derechos formales no sirven para nada. Gracias a ellos existen amparos, organizaciones civiles, periodistas de investigación, litigios estratégicos y movimientos sociales que, precisamente, luchan por convertir derechos escritos en derechos vividos. La libertad del papel no es suficiente, pero suele ser una condición necesaria para conquistar libertades más reales.

La pregunta decisiva para América Latina no es “¿tenemos libertad?”. La pregunta correcta es mucho más incómoda: ¿quién puede ejercer sus libertades sin miedo, sin endeudarse y sin sacrificar su futuro?. Mientras la respuesta dependa en gran medida del ingreso, la educación, el barrio o los contactos, nuestras democracias seguirán siendo democracias incompletas.

La tarea política del siglo XXI quizá consista en cerrar la distancia entre la constitución y la calle, entre el derecho proclamado y la vida concreta. Cuando esa distancia se vuelve demasiado grande, la libertad deja de percibirse como una experiencia compartida y empieza a parecer, para millones de personas, una promesa escrita por otros para otros.

 

El voto no viene en la bolsa

Hay una idea que circula con una comodidad extraordinaria en la política mexicana: si un gobierno entrega dinero a la gente, esa gente le debe entregar su voto.

Es una idea sencilla, casi infantil. Tiene la misma lógica de un niño que le presta su juguete a otro y luego se indigna porque el otro no quiso jugar con él.

—Te di dinero.

—Sí.

—Entonces tienes que votar por mí.

—No necesariamente.

Y aquí empieza el problema.

Los programas sociales sí pueden producir beneficios electorales. La evidencia académica no permite despachar el asunto con un “eso no influye en nada”. En México, por ejemplo, un experimento relacionado con Progresa encontró que la incorporación temprana al programa aumentó la participación electoral y el voto por el partido gobernante en 2000. 

Pero hay una diferencia gigantesca entre decir “puede influir” y decir “garantiza la elección”.

La primera afirmación es política.

La segunda es fantasía.

Porque si el dinero público comprara automáticamente votos, América Latina habría descubierto hace décadas la fórmula definitiva para acabar con las elecciones competitivas:

entregar dinero antes de votar y recoger presidentes después.

Qué maravilla. No habría necesidad de campañas, debates, candidatos ni propuestas. Bastaría con una ventanilla:

“Aquí tiene su transferencia. Firme abajo. Su voto será depositado automáticamente en la urna correspondiente.”

Por desgracia para los ingenieros del clientelismo, el elector tiene la desagradable costumbre de pensar.

El PRI ya había descubierto el truco

México conoce perfectamente esta historia.

Durante décadas, el PRI desarrolló una maquinaria política que combinaba sindicatos, organizaciones territoriales, despensas, créditos, empleos públicos, obras, favores y programas sociales.

Y funcionó.

Hasta que dejó de funcionar.

El PRI perdió la Presidencia en 2000.

Volvió en 2012.

Y volvió a perder en 2018.

Por eso resulta demasiado cómodo explicar el triunfo de Morena exclusivamente mediante los programas sociales.

López Obrador no llegó a la Presidencia en 2018 después de seis años de una pensión universal diseñada por su gobierno. Llegó después de años de oposición, una crisis de credibilidad de los partidos tradicionales, el desgaste del PRI y del PAN, una campaña política prolongada y una enorme acumulación de descontento social.

Los programas sociales de la magnitud actual llegaron después.

Eso no significa que hoy no tengan importancia.

Significa algo más incómodo:

Morena no inventó el voto de los pobres y tampoco los pobres inventaron Morena.

Hay política, identidad, memoria, percepción económica, rechazo a las élites, liderazgo y experiencias personales mezclándose en la urna.

El elector no es una calculadora.

Brasil decidió hacer el experimento

Si queremos comprobar qué tan poderosa es la teoría de “te doy dinero, luego me votas”, Brasil ofrece un caso extraordinario.

Bolsa Família se convirtió en uno de los programas emblemáticos de los gobiernos de Lula. La investigación encontró efectos electorales favorables para el candidato oficialista en varias elecciones brasileñas. (FGV Professores)

Perfecto.

Entonces llegó Jair Bolsonaro.

Y Bolsonaro hizo algo políticamente bastante inteligente: no destruyó la política de transferencias.

La rebautizó y amplió mediante Auxílio Brasil. En 2022, el gobierno impulsó un aumento de las transferencias justo antes de las elecciones. (AS/COA)

Si la teoría mecánica fuera cierta, Bolsonaro habría descubierto el botón secreto:

más dinero = más votos.

Pero no ocurrió.

Lula ganó la elección de 2022.

El gobierno había aumentado las transferencias y, aun así, perdió.

La política social podía influir.

No podía ordenar el resultado.

Y ahí está la diferencia entre política social y clientelismo.

La primera dice:

“El Estado tiene una responsabilidad con usted.”

El segundo dice:

“Yo tengo una responsabilidad con usted; recuerde quién se la dio.”

La primera construye ciudadanía.

La segunda construye dependencia.

Y México ofrece otra ironía

Hay algo todavía más interesante.

Cuando Morena convirtió varios programas sociales en políticas de enorme alcance, la oposición descubrió que ya no podía decir tranquilamente:

“Cuando lleguemos, los vamos a quitar.”

Porque electoralmente sería un suicidio.

En 2024, incluso los candidatos opositores prometieron mantener o ampliar programas sociales. La pensión para adultos mayores había dejado de ser simplemente “el programa de López Obrador” y comenzaba a convertirse en algo políticamente mucho más difícil de desmontar: una expectativa ciudadana.

Y eso es exactamente lo que debería ocurrir.

Porque una política social madura debería terminar de esta manera:

nadie sabe quién la inventó, pero todos saben que tiene derecho a ella.

Ese es el momento en que el programa deja de pertenecerle al partido.

Y comienza a pertenecerle al ciudadano.

La trampa del agradecimiento

Aquí aparece un fenómeno psicológico mucho más interesante.

Imaginemos a una persona que recibe una pensión.

Puede pensar:

“Gracias al gobierno puedo pagar mis medicinas.”

Perfectamente legítimo.

Pero también puede pensar:

“El gobierno me dio mi pensión, así que tengo que votar por él.”

Ahí aparece el problema.

Porque un derecho convertido en favor produce gratitud; un derecho reconocido como derecho produce ciudadanía.

Y hay una diferencia política enorme entre ambas cosas.

Si mañana un gobierno construye una carretera y después dice:

“Recuerden quién les construyó la carretera.”

uno podría responder:

“Sí, la construiste con mis impuestos.”

Con los programas sociales ocurre exactamente lo mismo.

No es dinero privado del presidente.

No sale de su cartera.

No es una transferencia personal de Claudia Sheinbaum, López Obrador, Felipe Calderón, Peña Nieto o cualquier otro gobernante.

Es dinero público.

El gobierno administra recursos que pertenecen a la sociedad.

Por eso resulta extraño que un político quiera convertir una política pública en una deuda moral del ciudadano.

Es como si el cajero del banco quisiera que le agradeciéramos personalmente cada vez que nos entrega nuestro propio dinero.

El elector también puede cambiar de opinión

Y aquí está la parte que los políticos suelen olvidar.

Una persona puede decir:

“Estoy muy agradecida por la pensión.”

y cinco minutos después:

“Pero estoy harto de la inseguridad.”

No existe contradicción.

También puede decir:

“El programa me ayuda muchísimo.”

y simultáneamente:

“No me gusta el gobierno.”

El voto es una especie de contabilidad emocional y racional bastante desordenada.

La gente suma unas cosas, resta otras, recuerda unas, olvida otras y, ocasionalmente, vota contra sus propios intereses aparentes porque el vecino le cae mal.

La democracia tiene esas pequeñas imperfecciones.

La investigación comparada justamente encuentra que los efectos electorales de las transferencias son reales pero heterogéneos y dependientes del contexto. No existe una fórmula universal mediante la cual entregar dinero produzca automáticamente votos para el gobierno. (Cambridge)

Incluso dentro de México, la evidencia sobre Progresa-Oportunidades-Prospera es mixta: algunos estudios encuentran efectos favorables al oficialismo, mientras otros no encuentran efectos importantes en determinadas elecciones e incluso detectan efectos negativos en 2006. (ResearchGate)

Eso debería hacernos desconfiar de las explicaciones demasiado bonitas.

El verdadero peligro

El problema no es que el Estado entregue dinero.

El problema sería que el Estado necesitara que ese dinero produjera obediencia política.

Porque entonces podríamos terminar construyendo una democracia donde el ciudadano no pregunta:

“¿Qué ha hecho el gobierno?”

sino:

“¿Qué me dio?”

Y eso tampoco es suficiente.

Un gobierno podría repartir dinero y destruir la seguridad.

Podría aumentar las transferencias y deteriorar los hospitales.

Podría incrementar las pensiones y al mismo tiempo permitir corrupción.

Podría regalar dinero y destruir empleos.

¿Y entonces qué?

¿El beneficiario tiene prohibido criticarlo porque recibe una transferencia?

Por supuesto que no.

El ciudadano no pierde su derecho a exigir un buen gobierno porque recibe una política social.

Al contrario: precisamente porque paga impuestos, vota y forma parte de la sociedad, tiene derecho a exigir ambas cosas.

La verdadera prueba

Por eso la pregunta interesante no es:

“¿Morena gana porque da apoyos?”

La pregunta más seria es:

“¿Qué ocurrirá cuando los apoyos sociales dejen de ser propiedad simbólica de Morena?”

Porque ya existe una señal importante.

La oposición también los defiende.

Y cuando todos los partidos prometen conservarlos, el ciudadano comienza a entender algo fundamental:

el apoyo no depende necesariamente de quién gobierne.

Ahí se acaba buena parte del poder clientelar.

Si mañana PRI, PAN, Movimiento Ciudadano y Morena prometieran exactamente la misma pensión, el elector tendría que decidir por otras cosas.

Seguridad.

Salud.

Educación.

Empleo.

Corrupción.

Infraestructura.

Economía.

Y, sobre todo, la vieja pregunta que los políticos detestan:

“¿Y qué hiciste con el resto del país?”

El voto no viene incluido

Los programas sociales pueden influir.

Pueden movilizar votantes.

Pueden mejorar la percepción de un gobierno.

Pueden generar gratitud.

Incluso pueden producir ventajas electorales medibles.

Pero no contienen un voto en su interior.

Una transferencia de dinero no trae pegada una boleta electoral.

Y quizá esa sea una de las cosas más sanas que puede aprender una democracia.

El Estado puede decir:

“Aquí está lo que te corresponde.”

El ciudadano puede responder:

“Gracias.”

Y después entrar a la casilla y decir:

“Ahora voy a decidir yo.”

Porque si una pensión compra un voto, tenemos un cliente.

Si una pensión garantiza un derecho y el ciudadano conserva la libertad de votar por quien quiera, tenemos algo mucho más valioso:

un ciudadano que recibe del Estado sin pertenecerle al Estado.

Y esa debería ser la verdadera transformación.

No conseguir que los pobres voten agradecidos.

Conseguir que nadie tenga que estar agradecido para poder ejercer un derecho.

 

La red que no existe, pero que funciona perfectamente

Hay algo maravilloso en la política moderna: todos están absolutamente en contra de la propaganda.

Todos.

Nadie hace propaganda.

La propaganda la hacen los otros.

Mi periódico hace periodismo. El periódico contrario hace propaganda. Mi comentarista analiza. El comentarista contrario manipula. Mi político denuncia. El político contrario miente.

Y las redes sociales, por supuesto, son simplemente un lugar donde millones de ciudadanos independientes, espontáneos y completamente desinteresados tienen exactamente la misma opinión al mismo tiempo.

Qué milagro.

La humanidad ha descubierto la coordinación espontánea.

Ya no necesitamos conspiraciones. Tenemos algoritmos.


Hace algún tiempo, cuando Luisa María Alcalde explicó el concepto de red de amplificación digital, algunos periodistas reaccionaron como si hubiera acusado a cada uno de ellos de pertenecer a una sociedad secreta.

Parecía que esperaban que apareciera un sótano.

Una mesa redonda.

Doce periodistas con túnicas negras.

Un secretario leyendo:

—Punto número tres del orden del día: mañana atacaremos al gobierno a las 8:15.

Pero una red de amplificación no necesita eso.

No necesitas una oficina.

No necesitas credenciales.

No necesitas recibir un WhatsApp que diga:

"Compañeros, procedan a indignarse."

La cosa puede ser mucho más sencilla.

Uno publica.

Otro reproduce.

Otro interpreta.

Otro editorializa.

Otro lo convierte en acusación política.

Y miles lo repiten.

Y entonces sucede una de las maravillas de la comunicación moderna: la misma información empieza a parecer información diferente simplemente porque ahora tiene veinte titulares.

Es el milagro de la fotocopiadora.

Si haces veinte copias de un billete de cien pesos, sigues teniendo cien pesos.

Pero en Twitter parece que tienes dos mil.


Imaginemos que aparece un audio.

Un medio lo publica.

El audio contiene una conversación cuya autenticidad todavía necesita ser establecida, las voces necesitan ser identificadas, el contexto necesita ser comprobado y las afirmaciones necesitan corroboración.

Perfecto.

Eso debería ser el principio de una investigación.

Pero entonces comienza la maquinaria.

El medio dice:

"Audio revela..."

Otro medio:

"Escándalo por audio que revela..."

Un comentarista:

"Esto confirma..."

Un político:

"Queda demostrado..."

Y finalmente una cuenta anónima:

"YA SE SABÍA. TODOS SON NARCOS."

Y ahí está.

El humilde audio de cinco minutos ha realizado una extraordinaria carrera profesional.

Nació como material que necesita verificación.

Se convirtió en revelación.

Después en prueba.

Luego en confirmación.

Y terminó convertido en sentencia judicial emitida por un señor con foto de águila en Twitter.

Todo en menos de 24 horas.


Pero hay una pequeña dificultad.

Que veinte personas repitan una afirmación no significa que existan veinte evidencias.

Puede haber veinte altavoces y una sola fuente.

Y esto es algo que nuestra civilización tecnológica todavía parece incapaz de comprender.

Si una persona dice:

—Creo que ocurrió X.

Y después cien personas dicen:

—Como dijo aquel señor, ocurrió X.

Tenemos cien personas hablando de X.

Pero seguimos teniendo una sola afirmación original.

No aparecieron cien pruebas.

Aparecieron cien ecos.

Y el eco tiene una propiedad fascinante: cuanto más grande es la habitación, más convincente parece la voz.


Éste es uno de los trucos más antiguos de la propaganda.

No necesitas demostrar algo.

Necesitas conseguir que la gente se familiarice con la idea.

Primero:

"Existe una acusación."

Después:

"Se habla de una acusación."

Después:

"Hay un escándalo."

Después:

"El escándalo demuestra..."

Y finalmente:

"Como todos sabemos..."

Ese "como todos sabemos" es uno de los lugares más peligrosos del idioma.

Porque normalmente significa:

"Como ya repetimos esto tantas veces que nadie recuerda cuándo dejó de ser una hipótesis."


Y aquí aparece una cuestión todavía más interesante.

No hace falta que exista una conspiración.

Ésa es precisamente la parte que algunos parecen no entender.

Un periodista quiere audiencia.

Un político quiere munición contra su adversario.

Un comentarista quiere atención.

Una cuenta partidista quiere contenido.

El algoritmo quiere interacción.

El público quiere indignarse.

Perfecto.

Todos los engranajes están alineados.

¿Para qué necesitas un director de orquesta?

La propia estructura del sistema produce música.

Una música bastante horrible, pero música al fin y al cabo.

Es la coordinación sin coordinador.

No porque todos estén sentados alrededor de una mesa conspirando, sino porque todos tienen incentivos para empujar la misma historia.


Y aquí debemos hacer algo incómodo: aplicar el mismo criterio a nuestros enemigos que a nuestros amigos.

Porque si un medio contrario publica una acusación y nosotros respondemos:

—¡No está comprobada!

Perfecto.

Pero cuando nuestro medio favorito publica una acusación contra el adversario:

—¡Por fin salió la verdad!

Tenemos un pequeño problema.

No estamos defendiendo el periodismo.

Estamos defendiendo nuestro equipo.

Y el periodismo no debería funcionar como fútbol.

No existe el "VAR ideológico".

No puedes pedir revisión cuando el rival mete gol y decir:

—¡Déjalo, cabrón, que el gol fue nuestro!


Lo más importante, además, es distinguir entre tres cosas que en las guerras políticas suelen mezclarse deliberadamente:

que algo haya sido publicado, que algo sea cierto y que alguien sea responsable de un delito.

Son tres afirmaciones diferentes.

Que exista un audio no demuestra automáticamente todo lo que alguien dice que contiene.

Que una conversación sea auténtica no demuestra automáticamente la interpretación que alguien hace de ella.

Y que aparezca mencionado el nombre de una persona no demuestra automáticamente su responsabilidad penal.

Pero en el ecosistema de indignación permanente esas diferencias son demasiado aburridas.

La precisión no genera tantos clics.

"Investigación en curso" no produce la misma adrenalina que "¡SE DESTAPA LA RED!"

"El material requiere corroboración" tampoco compite muy bien con "¡ESTÁN HASTA EL CUELLO!"

Así que la incertidumbre desaparece.

No porque haya sido resuelta.

Porque es mala para el negocio.


Y entonces ocurre la gran transformación.

La evidencia deja de ser importante.

Lo importante pasa a ser la circulación de la evidencia.

Ya no preguntamos:

¿Qué sabemos?

Preguntamos:

¿Cuántos lo están diciendo?

Y eso es una estupidez monumental.

Si mil personas gritan que la Luna es de queso, la Luna no se convierte en queso.

Aunque uno de ellos sea periodista.

Aunque otro sea diputado.

Aunque otro tenga dos millones de seguidores.

Aunque el cuarto aparezca en televisión con una corbata muy seria.

La realidad no funciona por votación.


Y aquí aparece la ironía perfecta.

Los mismos que se indignan cuando alguien habla de una "red de amplificación" pueden terminar ofreciendo una demostración práctica de cómo funciona.

Uno publica.

Otros reproducen.

Otros interpretan.

Otros politizan.

Otros viralizan.

Y finalmente miles convierten la interpretación original en una verdad aparentemente colectiva.

Entonces alguien pregunta:

—¿Dónde está la red?

Y la respuesta es:

No necesariamente hay una red. Hay algo mucho más eficiente: un sistema de incentivos que hace que todos empujen en la misma dirección.

No hace falta una conspiración.

Hace falta solamente un tema rentable.


Y hay una última lección, quizá la más importante.

Criticar la amplificación:

No significa defender a Morena.

No significa atacar a Loret.

No significa creer o no creer en los audios.

Significa algo mucho menos emocionante:

esperar a saber.

Qué concepto tan radical.

Esperar.

Verificar.

Contrastar.

Preguntar de dónde salió.

Quién lo autenticó.

Qué evidencia independiente existe.

Qué parte es hecho.

Qué parte es interpretación.

Qué parte es acusación.

Y qué parte es simplemente un señor gritando en internet porque descubrió que puede escribir con mayúsculas.

Eso debería ser periodismo.

Pero vivimos en una época en la que la noticia necesita llegar antes que la verdad.

Porque la verdad tiene un defecto comercial terrible:

a veces tarda.

Y mientras la verdad se pone los zapatos, la mentira ya hizo veinte entrevistas, abrió tres cuentas de X, consiguió patrocinadores y está dando una conferencia de prensa.

Así que quizá la pregunta no sea:

"¿Existe una red de amplificación?"

La pregunta más incómoda es:

"¿Cuántas veces hemos confundido el tamaño del eco con el tamaño de la evidencia?"

Porque una mentira repetida no se convierte en verdad.

Pero sí puede convertirse en ambiente.

Y cuando una sociedad respira ese ambiente durante suficiente tiempo, llega un momento en que nadie recuerda quién encendió el ventilador.

Solo recuerdan que, de pronto, todos olían lo mismo.

 

El sentido común tiene fecha de caducidad

Hay una cosa maravillosa que hacemos los seres humanos: inventamos una idea, la repetimos durante suficiente tiempo y después la llamamos sentido común.

Es un truco extraordinario.

Primero alguien dice: "Las mujeres no deberían trabajar".

Luego otros lo repiten.

Después aparece un sacerdote, un político, un filósofo con barba y algún señor con una propiedad enorme diciendo que, además, es el orden natural de las cosas.

Y finalmente la sociedad llega a la conclusión de que es evidente.

No hay nada que discutir.

Hasta que un día una mujer consigue trabajar.

Y entonces resulta que el mundo no se acaba.

Qué decepción para el sentido común.

Durante siglos, los seres humanos han convertido las circunstancias históricas en leyes de la naturaleza. La esclavitud fue natural. La monarquía fue natural. La subordinación de la mujer fue natural. El racismo fue natural. La pobreza fue natural.

Todo era natural.

Curiosamente, casi siempre era natural aquello que beneficiaba bastante a quienes estaban arriba.

Qué extraordinaria coincidencia.

El pobre que "no quiere"

Hoy tenemos una de esas frases que algún día podrían provocar la misma reacción que nos provoca escuchar que una mujer no podía votar porque su cerebro era demasiado delicado para comprender una papeleta:

"El pobre es pobre porque quiere."

Es una frase fantástica.

Tiene la enorme ventaja de explicar la pobreza sin tener que estudiar la pobreza.

No necesitas hablar de educación, desigualdad, herencia, vivienda, salud, mercado laboral, discriminación, infancia, nutrición, oportunidades, capital social, crisis económicas o lugar de nacimiento.

Nada.

El pobre simplemente no quiso.

Problema resuelto.

Y además es una explicación extraordinariamente conveniente para quienes no son pobres.

Porque si el pobre es pobre porque quiere, entonces el rico es rico porque merece serlo.

Así evitamos una pregunta bastante incómoda:

¿Cuánto de nuestra posición social se debe realmente a nuestras decisiones y cuánto a las circunstancias que nos tocaron antes de que pudiéramos tomar ninguna decisión?

Porque nadie escoge a sus padres.

Nadie escoge el barrio donde nace.

Nadie escoge la escuela de su infancia.

Nadie escoge nacer sano o enfermo.

Nadie escoge crecer en una familia con libros, contactos, estabilidad económica y tiempo disponible para ayudar con las tareas.

Y, sin embargo, cuando ese niño llega a los treinta años y tiene éxito, nos encanta contar la historia como si hubiera salido del útero diciendo:

"Voy a convertirme en empresario. Mamá, pásame el Excel."

La propaganda más eficiente no parece propaganda

Aquí aparece una de las cosas más interesantes.

La propaganda más eficaz no es necesariamente la que dice:

"¡Obedece a la élite!"

Eso sería demasiado evidente.

La propaganda realmente eficiente dice:

"Así son las cosas."

Y cuando una sociedad empieza a decir "así son las cosas", ya no necesita que nadie la vigile.

La gente vigila las ideas por sí misma.

Un hombre pobre puede defender un sistema que lo perjudica porque ha aprendido que su pobreza demuestra que no se esforzó suficientemente.

Una persona endeudada puede creer que su deuda es exclusivamente un fracaso moral.

Un trabajador puede considerar que exigir mejores condiciones laborales es "falta de ambición".

Y alguien que nació en una situación extraordinariamente favorable puede imaginar sinceramente que llegó hasta ahí únicamente gracias a su disciplina.

Eso es lo fascinante.

No necesitas colocar un policía detrás de cada ciudadano.

Puedes conseguir que el ciudadano se convierta en su propio policía.

El viejo truco de convertir historia en naturaleza

Hace algunos siglos, muchas sociedades consideraban perfectamente normal que una mujer no pudiera estudiar determinadas carreras, administrar libremente sus bienes o participar políticamente.

No era una opinión extravagante.

Era sentido común.

Y el sentido común decía que aquello era biología, tradición, religión, moral y naturaleza, todo mezclado en una licuadora.

Hasta que las mujeres comenzaron a demostrar que podían hacer aquello que supuestamente no podían hacer.

Y entonces ocurrió algo bastante embarazoso:

La naturaleza empezó a cambiar de opinión.

Con las personas racializadas ocurrió algo parecido.

Durante siglos se construyeron elaboradísimas teorías para explicar por qué determinados grupos eran inferiores.

Se midieron cráneos.

Se escribieron tratados.

Se hicieron clasificaciones.

Se llenaron bibliotecas.

Todo para demostrar científicamente algo que convenientemente coincidía con las estructuras de poder existentes.

La ciencia fue utilizada para justificar prejuicios que ya estaban instalados.

Y después, con el tiempo, muchas de esas teorías terminaron en el basurero intelectual.

Pero mientras estaban vigentes, parecían razonables.

Ese es el problema.

Las ideas absurdas no suelen parecer absurdas cuando uno vive dentro de ellas.

Quizá nosotros también tenemos nuestro:

 "¿cómo pudieron pensar eso?"

Y aquí viene la parte verdaderamente incómoda.

Es muy fácil mirar hacia atrás y reírnos.

"¿Cómo podían creer que las mujeres eran inferiores?"

"¿Cómo podían justificar la esclavitud?"

"¿Cómo podían pensar que la pobreza era voluntad divina?"

Pero hay una pregunta mucho más difícil:

¿Qué cosas creemos nosotros que dentro de cincuenta años producirán exactamente la misma reacción?

Porque estamos convencidos de que somos la generación que finalmente descubrió la verdad.

Todos lo estamos.

Los hombres medievales pensaban que entendían el mundo.

Los ilustrados pensaban que entendían el mundo.

Los victorianos pensaban que entendían el mundo.

Nosotros también pensamos que entendemos el mundo.

Y dentro de cincuenta años unos estudiantes podrían estar leyendo nuestros periódicos y preguntando:

"¿En serio pensaban eso?"

Y algún profesor responderá:

"Sí."

"¿Todos?"

"No."

"¿Entonces por qué lo hacían?"

"Bueno... era complicado."

La frase favorita de la humanidad cuando descubre que se equivocó.

La desigualdad también puede convertirse en paisaje

Una de las cosas más peligrosas de cualquier sistema social es que, cuando dura suficiente tiempo, deja de parecer un sistema.

Se convierte en paisaje.

Ves un barrio rico y un barrio pobre y dices:

"Así es la ciudad."

Ves a unos niños con todas las oportunidades y a otros sin ellas:

"Así es la vida."

Ves que unas personas heredan propiedades y otras heredan deudas:

"Así funciona la economía."

Y cuando alguien pregunta si podría ser diferente, aparece el sacerdote moderno:

"No seas ingenuo. El mundo siempre ha sido así."

No.

El mundo no "siempre ha sido así".

El mundo siempre ha estado cambiando.

Las jornadas laborales no siempre fueron de ocho horas.

La esclavitud no siempre estuvo abolida.

Las mujeres no siempre votaron.

La educación pública no siempre existió.

Los derechos laborales no siempre existieron.

Las pensiones no siempre existieron.

La idea misma de que una persona tiene derechos simplemente por ser persona no apareció grabada en una montaña.

La construimos.

Y cada generación decide qué considera aceptable.

Tal vez dentro de cincuenta años...

Tal vez dentro de cincuenta años alguien diga:

"¿De verdad en 2026 había gente que decía que el pobre era pobre porque quería?"

Y otro contestará:

"Sí."

"¿Y nadie les explicaba que las condiciones de nacimiento influían?"

"Sí, había investigaciones sobre eso."

"Entonces ¿por qué seguían diciéndolo?"

"Porque era una explicación cómoda."

"¿Para quién?"

Silencio.

Y quizá alguien diga:

"Para quienes tenían miedo de que reconocer la desigualdad implicara que la sociedad debía hacer algo al respecto."

Porque ahí está el núcleo del asunto.

Una idea puede sobrevivir no porque sea verdadera, sino porque resulta funcional.

Hay ideas que sirven para comprender el mundo.

Y hay ideas que sirven para que uno no tenga que cambiarlo.

El tiempo no garantiza que aprendamos

Pero tampoco debemos caer en la fantasía de que la historia avanza automáticamente hacia la iluminación.

No.

La humanidad no es una escalera.

Es más bien un borracho intentando subir una escalera.

Avanza dos peldaños, retrocede uno, se cae, culpa a la escalera y después escribe un libro explicando que la caída era parte de su estrategia.

El progreso moral existe, pero no está garantizado.

Las ideas pueden desaparecer y regresar.

Los prejuicios pueden cambiar de forma.

La propaganda puede adoptar nuevas tecnologías.

Antes teníamos periódicos.

Después radio.

Después televisión.

Ahora tenemos algoritmos capaces de descubrir exactamente qué estupidez necesitamos escuchar a las nueve de la mañana para comenzar el día convencidos de que nuestra desgracia es culpa del vecino.

El mecanismo es viejo.

La tecnología es nueva.

Quizá el verdadero progreso sea sospechar del "sentido común"

Por eso quizá una sociedad verdaderamente madura no sea aquella que está convencida de haber eliminado todos sus prejuicios.

Quizá sea aquella que aprende a preguntar:

"¿Por qué consideramos esto normal?"

¿Por qué creemos que el éxito demuestra automáticamente virtud?

¿Por qué suponemos que el fracaso demuestra automáticamente culpa?

¿Por qué consideramos natural una determinada distribución de riqueza?

¿Por qué creemos que algunas personas merecen oportunidades y otras simplemente deben "esforzarse más"?

¿Por qué una estructura social que beneficia a millones durante décadas empieza a parecer una ley de la física?

No necesitamos concluir que todo es conspiración.

Ni que todo rico es malvado.

Ni que todo pobre es virtuoso.

Eso sería sustituir una simplificación por otra.

Lo que necesitamos es algo mucho más incómodo:

pensar.

Porque quizá el mayor triunfo de cualquier ideología no consiste en conseguir que la gente crea una mentira.

Consiste en conseguir que la gente deje de imaginar que las cosas podrían ser diferentes.

Y entonces aparece el verdadero poder del tiempo.

Lo que hoy defendemos apasionadamente puede convertirse mañana en una reliquia.

La sociedad puede mirar nuestras certezas y decir:

"Qué extraños eran."

Y quizá, sólo quizá, alguna generación futura mire hacia atrás y encuentre una frase como "el pobre es pobre porque quiere" tan intelectualmente primitiva como hoy nos parece decir:

"Las mujeres no deben trabajar porque son menos inteligentes."

No porque nuestros nietos sean más inteligentes que nosotros.

Sino porque finalmente habrán aprendido algo que cada generación descubre demasiado tarde:

que muchas de las cosas que llamamos sentido común son simplemente prejuicios que tuvieron suficiente tiempo para conseguir trabajo fijo.

 Surge así el culto al líder, que es querido y temido al mismo tiempo. Temido porque infunde miedo y se nutre de la cobardía, ya que él mismo es cobarde y receloso de perder el poder, pues sin él queda inerme y desnudo. Y querido porque a cambio hace que el débil se sienta fuerte, da cobijo al excluido y desamparado, consiguiendo que se considere importante, incluso superior, a través de un sentimiento de pertenencia al grupo y de rechazo y odio a quienes son diferentes o no forman parte de la manada.

Los dictadores, y también algunos políticos de corte autoritario, han demostrado estas nefastas cualidades de las que hablo, incluso hasta el fin de su existencia. Cuando debieron desplegar la valentía de la que alardeaban y con la que, a través de sus grandilocuentes discursos, pretendían adoctrinar a sus fieles, se olvidaron de ella y se arrastraron ante quien fuera para salvar la piel. 

Pinochet, por ejemplo, no fue capaz de pronunciar palabra alguna ante un tribunal —ni en Londres ni a su regreso en Santiago de Chile— para defender sus convicciones y los actos que en su nombre se habían perpetrado. «No sé», «no me acuerdo» o «no es cierto» fueron sus únicas manifestaciones. Su defensa se construyó a base de inmunidades emanadas de un trasnochado concepto de la soberanía nacional, además de unos exámenes médicos que certificaron en falso su auténtico estado de salud a uno y otro lado del charco, dando a entender que no podría soportar un juicio en su contra. Pero en cuanto se sintió a salvo, se levantó de su silla de ruedas, caminó, abrazó a sus amigos y saludó a los presentes blandiendo su bastón. 

Y yo me pregunto: ¿dónde quedó el valiente soldado?, ¿qué fue del general de gafas oscuras y brazos cruzados que a ojos del mundo entero encabezó un golpe de Estado? A la hora de la verdad, respondió con silencio, mentiras y jugarretas; sin nada en el fondo, sin sustancia; otra característica muy propia del fascismo.

Baltasar Garzón

El fragmento de Baltasar Garzón apunta a una paradoja central del autoritarismo: el líder que se presenta como encarnación de la fuerza suele necesitar una multitud que le preste la fuerza que él mismo no posee.

1. El líder fuerte necesita seguidores que se sientan débiles

Garzón describe muy bien el mecanismo psicológico del culto al líder. No basta con que exista un dictador que mande. Tiene que existir también una comunidad que encuentre algo emocionalmente satisfactorio en obedecerlo.

El líder ofrece una especie de intercambio:

«Yo te doy pertenencia; tú me das obediencia».

El individuo frustrado, humillado o socialmente desplazado encuentra en el grupo una identidad que no tenía por sí mismo. Ya no es simplemente yo. Ahora es nosotros. Y ese nosotros necesita un ellos.

Ahí aparece uno de los elementos más peligrosos del autoritarismo: la fabricación del enemigo.

El excluido puede sentirse poderoso cuando descubre que pertenece al grupo que supuestamente representa a la nación auténtica, al pueblo verdadero, a los buenos ciudadanos, a los patriotas. El líder consigue entonces algo extraordinario: convierte la frustración individual en orgullo colectivo y la inseguridad en agresividad.

No necesita solucionar necesariamente los problemas del individuo.

Puede bastarle con darle alguien a quien culpar.

2. El miedo y el amor pueden convivir

Garzón utiliza una idea particularmente interesante: el líder es querido y temido simultáneamente.

Parece contradictorio, pero no lo es.

El miedo garantiza la obediencia.
El amor garantiza la identificación.

El ciudadano no solamente teme al poder. Puede llegar a sentir afecto por quien lo domina, porque ese poder también le proporciona una sensación de protección.

Es el viejo mecanismo del padre autoritario: castiga, pero también protege. Y precisamente por eso su autoridad puede adquirir una dimensión emocional.

El problema aparece cuando la lealtad deja de depender de lo que hace el líder y comienza a depender de quién es el líder.

Entonces cualquier crítica se convierte en traición.

Si el dirigente se equivoca, sus seguidores encuentran una explicación.

Si miente, encuentran una justificación.

Si fracasa, buscan culpables.

Si comete abusos, dicen que eran necesarios.

El líder deja de ser evaluado por sus actos. Sus actos empiezan a ser evaluados a partir de la necesidad de defender al líder.

Y ahí la política comienza a parecerse peligrosamente a una religión sin dioses.

3. La cobardía escondida detrás de la retórica de la fuerza

La parte más mordaz del texto es probablemente la dedicada a Pinochet.

Garzón desmonta la teatralidad del dictador.

El uniforme.
Las gafas oscuras.
El gesto rígido.
Los discursos sobre orden, patria y autoridad.

Todo eso construye una imagen de fortaleza.

Pero la fortaleza política tiene una prueba mucho más sencilla que un uniforme militar: qué hace una persona cuando ya no tiene el poder para protegerla.

Mientras Pinochet controlaba el Estado, tenía ejército, policía, instituciones y una estructura de poder detrás, podía representar al hombre fuerte.

Cuando apareció la posibilidad de responder ante un tribunal, apareció otro Pinochet.

El hombre de las grandes palabras se convirtió en el hombre de las pequeñas respuestas: no sé, no recuerdo, no es cierto.

Y aquí está la ironía que Garzón quiere revelar:

el hombre que había construido su autoridad alrededor de la valentía terminó construyendo su defensa alrededor de la incapacidad.

No es solamente una cuestión jurídica. Es simbólica.

El supuesto héroe de la patria necesitó que la patria lo protegiera de responder por sus actos.

4. La silla de ruedas como símbolo político

El episodio de la silla de ruedas resulta especialmente poderoso porque transforma un objeto médico en una imagen política.

Garzón sostiene que Pinochet fue presentado como demasiado enfermo para enfrentar un proceso, pero después apareció caminando, saludando y abrazando.

Más allá de las circunstancias médicas concretas y de las controversias jurídicas de aquellos años, la escena funciona en el argumento de Garzón como una demolición de la máscara.

El dictador ya no aparece como el hombre invulnerable que imponía miedo.

Aparece como alguien que necesita protección.

Y eso revela algo importante sobre las dictaduras: el poder absoluto puede producir una extraordinaria ilusión de omnipotencia.

El gobernante parece invencible porque durante años nadie puede decirle que no.

Pero eso no significa necesariamente que sea valiente.

Muchas veces significa exactamente lo contrario: ha construido un sistema en el que nunca necesita demostrar su valentía.

5. El autoritarismo fabrica hombres indispensables

Aquí podemos ir incluso un poco más lejos que Garzón.

El culto al líder funciona porque destruye progresivamente la idea de que las instituciones pueden sobrevivir al individuo.

El líder empieza diciendo:

«Yo represento al pueblo».

Después:

«Yo soy quien puede salvar al pueblo».

Y finalmente:

«Sin mí, el pueblo está perdido».

Ese último paso es decisivo.

Porque entonces cuestionar al líder deja de ser una discrepancia política. Se convierte en una amenaza existencial.

El país y el gobernante comienzan a confundirse.

La patria tiene su rostro.

La revolución tiene su rostro.

El pueblo tiene su rostro.

Y cuando el Estado adquiere rostro humano, la crítica al gobernante puede ser presentada como odio a la nación.

Es una trampa magnífica desde el punto de vista del poder.

6. Y aparece la paradoja final

El líder autoritario necesita mostrarse gigantesco porque, en el fondo, sabe que su poder depende de que todos crean que es gigantesco.

Por eso el culto es tan importante.

Una institución fuerte no necesita que sus ciudadanos la amen.

Un líder fuerte, en cambio, puede necesitarlo desesperadamente.

Porque una institución permanece cuando cambia el individuo.

El culto al líder intenta conseguir exactamente lo contrario: que el individuo parezca más importante que la institución.

Por eso los autócratas suelen preocuparse tanto por las imágenes, los discursos, las ceremonias, los símbolos, los enemigos y las demostraciones de fuerza. El poder no solamente necesita mandar. Necesita parecer inevitable.

Y quizá ahí esté la idea más profunda del fragmento de Garzón:

el autoritarismo no se sostiene únicamente mediante la violencia. También se sostiene mediante la imaginación.

La imaginación de un líder invencible.

La imaginación de un pueblo elegido.

La imaginación de una nación amenazada.

La imaginación de que todos los problemas tienen un culpable.

Y cuando finalmente cae el escenario, cuando desaparecen los uniformes, los aplausos y las multitudes, puede quedar algo mucho más pequeño detrás de aquella gigantesca figura:

un hombre asustado intentando conservar el poder que le daba la apariencia de ser fuerte.

La historia política está llena de monumentos construidos alrededor de hombres que parecían gigantes hasta que dejaron de tener ejército, micrófono y escolta.

viernes, 21 de agosto de 2026

  El 16 de marzo de 1968, en pleno auge de la Guerra de Vietnam (1959-1975), en la aldea de Mylai, parte del pueblo de Song My, situado en la provincia de Quang Ngai de Vietnam del Sur, cientos de ancianos, mujeres y niños fueron asesinados a sangre fría por un grupo de alrededor de treinta soldados de la compañía Charlie, un pelotón de infantería del ejército de los Estados Unidos. 

Pese a que la masacre no fue un hecho aislado, sino una de las tantas violaciones a los derechos humanos ocurridas durante una de las empresas bélicas más sangrientas y crueles de la segunda mitad del siglo XX, el caso se distinguió de los demás. Por una parte, la magnitud de esta matanza que afectó a la población civil indefensa es espeluznante, y por otra, a diferencia de tantos otros sucesos atroces, el hecho fue ampliamente documentado con fotografías tomadas en aquel momento y lugar. Además (aunque después de un año de ocurrida), este crimen de lesa humanidad fue investigado y dado a conocer, conmoviendo tanto al público nacional como al internacional.

Sin embargo, es importante señalar que pese a las rotundas evidencias recolectadas durante 1968, solamente el alférez William Calley fue juzgado y encontrado responsable de asesinato; y tan solo después de tres años y medio de arresto domiciliario, fue indultado y liberado por el entonces presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, en plena campaña de reelección. En franca oposición a este contexto de ceguera nacionalista y de atroz promoción del perdón y del olvido frente a un crimen de lesa humanidad, la pintura de Arnold Belkin, La Masacre de Mylai, 1968 (1976), tal y como describe una crítica de la época, “muestra a los soldados estadounidenses que, enarbolando su bandera y blandiendo sus armas fatales, avanzan, incontenibles, hacia un primer plano cubierto con los cuerpos mutilados y sanguinolentos de las víctimas”

 (Folch, 1976).

 


La gripe presidencial y el maravilloso planeta de los “objetivos”

Hay algo encantador en la prensa política: todos quieren ser objetivos, pero algunos necesitan hacer un doctorado en sarcasmo para informar que alguien tiene gripe.

La presidenta se enferma.

No pasa nada extraordinario. Los presidentes, aunque a veces sus seguidores y detractores parezcan creer lo contrario, siguen siendo mamíferos. Tienen fiebre, tos, diarrea, migrañas y ese maravilloso repertorio de enfermedades que nos recuerda que, debajo del cargo, hay un organismo que también necesita dormir.

Entonces un periodista escribe:

“La presidenta anda con gripa y no dará conferencia.”

Perfecto. Información.

Pero luego aparece:

“A ver si no comienza a ser costumbre la ausencia por resfriados…”

Ah, carajo.

Ya no estamos informando sobre la gripe. Estamos fabricando una sospecha.

Y después:

“Andan muy fuertes los bichos, particularmente a los que les retiran la visa.”

¡Excelente!

La gripe acaba de convertirse en geopolítica.

Tenemos un virus mexicano con conexiones internacionales, aparentemente informado sobre política migratoria estadounidense y capaz de distinguir entre ciudadanos comunes y personas a las que les retiran la visa.

Eso no es información. Es insinuación con corbata.

Y entonces llega la cereza:

“Igual y tomar aire fresco en Palenque ayuda.”

Porque aparentemente una enfermedad respiratoria presidencial no podía terminar simplemente con:

“Que se mejore.”

No.

Había que meter a Palenque.

Había que meter al expresidente.

Había que meter la insinuación sobre las visas.

Había que meter la sospecha de que faltar hoy podría convertirse mañana en costumbre.

Todo eso en un comentario sobre una mujer que tiene gripe.

Y después, si alguien señala el sesgo, aparece el maravilloso comodín profesional:

“Pero es que fue una broma.”

Ah, sí.

La broma.

Ese territorio mágico donde uno puede decir cualquier cosa, insinuar cualquier cosa y después retirarse elegantemente diciendo:

“¡Era humor!”

Es una herramienta extraordinaria.

—¿Estás insinuando que la presidenta está fingiendo?

—No, hombre, era broma.

—¿Estás relacionando su enfermedad con las visas?

—¡No! Era sarcasmo.

—¿Estás metiendo a López Obrador y Palenque en una noticia sobre una gripe?

—¡No sean susceptibles!

Entonces uno empieza a sospechar que la palabra “objetividad” ha sufrido una transformación semejante a la que sufrió la palabra “democracia”: todo mundo la utiliza, pero cada quien la acomoda como puede.

Porque ser objetivo no significa no tener opiniones.

Ese es el punto que suele confundirse.

Un periodista puede ser opositor. Puede ser oficialista. Puede detestar a Sheinbaum. Puede simpatizar con ella. Puede pensar que el gobierno es magnífico o desastroso.

Todo eso pertenece al ámbito de sus opiniones.

Lo que resulta intelectualmente deshonesto es presentarse como una especie de cámara de seguridad humana mientras se introducen opiniones, insinuaciones y sarcasmos dentro de la información.

Si quieres criticar al gobierno, magnífico.

Di:

“Considero irresponsable que la presidenta cancele la conferencia por una gripe.”

Eso es una opinión.

O:

“Me parece sospechoso que esté ausente precisamente ahora.”

También es una opinión, aunque necesitaría argumentos.

O incluso:

“Creo que esta administración está ocultando información.”

Perfecto. Defiéndelo.

Pero no hagamos el truco de:

“Yo solamente estoy informando.”

cuando en realidad acabas de construir una pequeña novela de conspiración utilizando tres chistes, dos insinuaciones y una referencia geográfica.

Porque entonces el problema ya no es qué posición política tienes.

El problema es que no quieres reconocer que tienes una posición política.

Y eso es mucho más interesante.

Porque los medios no tienen obligación de ser políticamente asépticos. Tienen obligación de ser honestos respecto de lo que están haciendo.

Puedes tener un periódico conservador. Puedes tener uno progresista. Puedes tener uno liberal, socialista, nacionalista, monárquico o dedicado exclusivamente a noticias sobre señores que se caen de bicicletas.

El lector puede saber desde qué ventana estás mirando.

Lo que resulta tramposo es pintar la ventana de transparente y luego decir:

“Aquí no hay ventana.”

Y el público mirando a través de ella:

—¿Por qué todo lo que veo tiene el mismo color?

—No sé, señor. Debe ser la realidad.

No.

Es el vidrio.

Y eso es justamente lo que hace interesante el comentario de Cárdenas: no necesitamos investigar toda su carrera, conocer todos sus artículos ni determinar qué piensa sobre cada asunto.

Este comentario se puede analizar por sí mismo.

Comienza como noticia, se desliza hacia la sospecha, introduce una asociación política y termina con sarcasmo.

Eso tiene una dirección.

No necesitamos afirmar que sea “malo”. Tampoco necesitamos defender a Sheinbaum para reconocerlo.

Simplemente podemos decir:

“Esto no es un comentario neutral.”

Y después viene una pregunta todavía más incómoda:

¿Por qué habría que ocultarlo?

¿Por qué un periodista tendría que avergonzarse de decir:

“Sí, soy opositor de este gobierno.”

¿Acaso es un crimen?

No.

Lo que resulta ridículo es querer conservar simultáneamente la libertad del opinador y la autoridad del informador.

Quieren lanzar la piedra y conservar la bata blanca.

Quieren hacer política con el micrófono y después decir que solamente estaban haciendo periodismo.

Pues no.

Si quieres hacer periodismo de opinión, hazlo.

Si quieres hacer sátira política, hazlo.

Si quieres ser opositor, sé opositor.

Si quieres defender al gobierno, defiéndelo.

Pero ponle una etiqueta al frasco.

Porque el ciudadano puede tolerar que alguien piense diferente.

Lo que debería exigir es algo mucho más básico:

que no le vendan una opinión disfrazada de realidad objetiva.

Y así llegamos a la situación absurda de nuestra época:

La presidenta tiene gripe.

La oposición tiene una teoría.

El periodista tiene un chiste.

Palenque tiene aire fresco.

Y el pobre ciudadano sólo quería saber si mañana habrá conferencia.

Bienvenidos al periodismo del siglo XXI: donde hasta un estornudo necesita editorial.

 

La revolución del celular ajeno

Hay una nueva forma de resistencia política que
consiste en decirle a la gente: «No hagas el trámite. Deja que te suspendan el teléfono».

Qué maravilla.

La revolución finalmente ha llegado al siglo XXI: antes había que tomar una fábrica, organizar una huelga o enfrentarse a un ejército. Ahora basta con perder la señal del celular y hacer fila en un centro de atención.

Y, naturalmente, quien propone la hazaña probablemente no está pensando demasiado en qué ocurre después.

Porque hay algo extraordinariamente democrático en decirle a un ciudadano que depende de un teléfono barato para trabajar:

—No lo registres.

—¿Y si me lo suspenden?

—¡Resiste!

—¿Y cómo voy a trabajar?

—Eso ya es un problema del capitalismo.

—¿Y cómo voy a recibir el código de mi banco?

—¡No traiciones la revolución!

La política tiene esa maravillosa capacidad de convertir el inconveniente personal de alguien más en virtud moral propia.

El ciudadano paranoico de las redes sociales

Pero aquí aparece una contradicción todavía más divertida.

Hay personas aterrorizadas porque el gobierno pueda saber quién utiliza determinada línea telefónica.

—¡Quieren saber quién soy!

Y cinco minutos después publican:

«Aquí desayunando con mi esposa en el café de siempre, luego voy al gimnasio, después pasaré por mi mamá y en la noche estaré viendo el partido.»

Con fotografías.

Con ubicación.

Con la cara perfectamente visible.

Y, por supuesto, acompañado de:

«Aquí pueden ver mi nueva casa, mi automóvil, mi perro, mi trabajo, mis hijos, mi restaurante favorito y el nombre de mi escuela.»

Pero cuidado con registrar el teléfono.

Eso sí sería una invasión terrible de la privacidad.

Es como colocar cortinas en las ventanas mientras transmites tu vida completa por televisión.

La gente dice:

—No quiero que sepan quién soy.

Amigo, llevas diez años diciéndole a internet quién eres.

Facebook sabe dónde celebraste tu cumpleaños. Instagram sabe dónde cenas. Google sabe qué buscas. TikTok sabe qué te mantiene mirando durante tres horas. Tu banco sabe qué compras. Tu supermercado sabe qué comes. Tu aplicación de ejercicio sabe cuánto corres.

Y tú:

—¡Pero ahora quieren vincular mi teléfono con mi identidad!

¡EL ESTADO HA CRUZADO LA LÍNEA!

¿La línea?

¿Cuál línea?

¿La que aparece debajo de las fotografías de tu última borrachera?

La privacidad es importante, pero no confundamos las cosas

Ahora bien, aquí viene la parte incómoda.

Que mucha gente exponga voluntariamente su vida en internet no significa que la privacidad deje de importar.

Al contrario.

Hay una diferencia fundamental entre entregar voluntariamente información a una empresa a cambio de utilizar un servicio y que el Estado establezca mecanismos obligatorios para identificar a los usuarios de telecomunicaciones.

La privacidad no debería defenderse solamente cuando nos conviene políticamente.

Y tampoco debería convertirse en una palabra mágica que permite evitar cualquier discusión sobre seguridad, regulación o responsabilidad.

Podemos discutir legítimamente:

¿Qué información debe conservarse?

¿Quién puede acceder a ella?

¿Durante cuánto tiempo?

¿Con qué orden judicial?

¿Qué mecanismos existen para evitar filtraciones?

¿Qué sucede si esa información termina en manos criminales?

Esas son preguntas serias.

Pero decir:

«No registres tu línea y deja que te la suspendan»

no es una respuesta a ninguna de ellas.

Es una estrategia de protesta.

Y como estrategia de protesta hay que preguntarse algo muy sencillo:

¿Quién paga el costo?

La curiosa economía del sacrificio ajeno

Porque los sacrificios políticos tienen una característica maravillosa:

casi siempre son más baratos cuando los hace otro.

Es muy sencillo decir:

—¡Que nadie registre su teléfono!

cuando tú tienes Wi-Fi, computadora, teléfono de trabajo, otra línea, cinco aplicaciones de mensajería y quizá hasta secretaria.

Pero pregúntale al vendedor ambulante que utiliza WhatsApp para recibir pedidos.

Al trabajador que consigue clientes por teléfono.

A la persona que depende de su celular para recibir códigos bancarios.

Al adulto mayor que solamente tiene un número.

Al pequeño comerciante que recibe ahí sus pedidos.

Para ellos el teléfono no es un símbolo político.

Es una herramienta de trabajo.

Y entonces aparece la paradoja:

El político puede convertir la suspensión de millones de líneas en una consigna heroica.

Pero quien tiene que caminar hasta la compañía telefónica para recuperar la suya no está viviendo una epopeya.

Está haciendo fila.

La fila revolucionaria

Y aquí tenemos probablemente la imagen más perfecta de toda esta historia.

Primero:

«¡No registren sus líneas! ¡Resistan!»

Después:

—Disculpe, ¿dónde es la fila para reactivar el teléfono?

—Allá.

—¿Cuánto tarda?

—No sabemos.

—¿Y necesito identificación?

—Sí.

Silencio.

Miradas.

Personas consultando el celular que ya no funciona.

Y entonces uno comprende una de las grandes leyes de la política moderna:

la ideología es muy emocionante hasta que llega el turno 184.

Porque mientras el problema es abstracto, todo el mundo es revolucionario.

Pero cuando necesitas comunicarte con tu familia, trabajar, entrar a tu banco o recibir una llamada importante...

de pronto la revolución puede esperar hasta el lunes.

La obediencia también puede ser irracional

Lo verdaderamente interesante no es burlarse de quienes están haciendo fila.

Es preguntarnos por qué siguieron el consejo en primer lugar.

Porque aquí aparece uno de los mecanismos más poderosos de la política:

la identidad.

Cuando una persona adopta una identidad política, determinadas decisiones dejan de evaluarse únicamente por sus consecuencias prácticas.

Ya no pregunta:

«¿Esto me conviene?»

Pregunta:

«¿Qué hace alguien de los nuestros?»

Y eso es peligrosísimo.

Porque entonces puedes conseguir que una persona defienda algo que objetivamente le perjudica simplemente porque considera que hacerlo demuestra pertenencia.

El individuo deja de decir:

—¿Cuál es la mejor decisión?

Y empieza a decir:

—¿Cuál es la decisión que demuestra que estoy del lado correcto?

Ahí comienza la estupidez colectiva.

Y no pertenece exclusivamente a la derecha, a la izquierda, a los conservadores ni a los progresistas.

Es una enfermedad humana.

El ciudadano que entrega voluntariamente su vida privada

Pero hay una última ironía.

Nos hemos convertido en sociedades donde millones de personas están dispuestas a publicar voluntariamente información íntima a cambio de unos cuantos corazones digitales.

Publicamos dónde estamos.

Qué comemos.

Con quién estamos.

Qué compramos.

Dónde trabajamos.

Dónde vacacionamos.

Cuánto pesamos.

Qué pensamos.

A quién amamos.

A quién odiamos.

Qué película vimos.

Qué compramos.

Y hasta fotografías de nuestros hijos.

Pero cuando aparece un registro administrativo decimos:

«¡Mi privacidad!»

Quizá el problema no sea que hayamos perdido completamente la privacidad.

Quizá el problema sea que hemos dejado de distinguir entre privacidad, vigilancia, exposición voluntaria y control institucional.

Y eso sí merece una conversación seria.

Porque una sociedad libre debería poder decir simultáneamente:

«No quiero que el Estado recopile información innecesaria sobre mí»

y

«Tampoco voy a destruir deliberadamente una herramienta que necesito para vivir porque alguien en internet me dijo que eso me convierte en un héroe.»

Eso no es cobardía.

Es pensar.

Y pensar, lamentablemente, sigue siendo una actividad bastante poco popular.

Sobre todo cuando hacer fila con el teléfono suspendido resulta mucho más fácil que leer la letra pequeña de una ley.

Porque la verdadera revolución quizá no consista en dejar que te corten el celular.

Quizá consista en algo mucho más peligroso:

averiguar exactamente qué está haciendo el gobierno, qué datos está recopilando, qué riesgos existen, qué garantías ofrece y qué alternativas tenemos.

Pero eso requiere leer.

Y todos sabemos que, en política, leer antes de gritar es una forma extrema de contracultura.