lunes, 26 de octubre de 2026


 Este texto plantea una de las grandes contradicciones de la vida política: ¿qué sucede cuando las personas honestas se alejan de la política y dejan el poder en manos de quienes están dispuestos a utilizarlo para su propio beneficio?

Pero hay algo todavía más profundo: el autor no se limita a denunciar la corrupción de los gobernantes. Advierte que un sistema político corrupto puede terminar corrompiendo también los valores de la sociedad, hasta conseguir que las personas consideren la honestidad una ingenuidad y la falta de escrúpulos una virtud práctica

1. La primera idea: el bien también tiene la obligación de participar

«Si todos los hombres de bien hicieran a un lado sus egoísmos y se mezclasen en los asuntos públicos, los pueblos estarían gobernados sabiamente».

El autor comienza con una hipótesis: si las personas honestas participaran activamente en la vida pública, en lugar de refugiarse en sus intereses particulares, la sociedad estaría mejor gobernada.

Aquí aparece un problema clásico de la filosofía política: la política no es una actividad que pueda abandonarse sin consecuencias.

Cuando una persona honesta dice que no le interesa la política, puede estar expresando un rechazo comprensible a la corrupción, al oportunismo y a las disputas partidistas. Sin embargo, su retirada no elimina esas prácticas. Simplemente deja más espacio para quienes sí desean ejercer el poder.

Imaginemos una comunidad en la que los ciudadanos responsables se desentienden de las decisiones públicas porque consideran que todos los políticos son iguales. Quienes permanecen activos podrían ser precisamente aquellos que encuentran en la política una oportunidad para enriquecerse, proteger privilegios o controlar las instituciones.

El resultado es paradójico: las personas que más desconfían de los malos gobernantes pueden contribuir involuntariamente a que estos conserven el poder.

Esta reflexión recuerda a Platón, quien, en La República, reflexionó sobre la relación entre la calidad de los gobernantes y la organización de la sociedad. También evoca una advertencia que suele asociarse con John Stuart Mill: la participación política tiene un valor educativo, porque enseña a los ciudadanos a pensar más allá de sus intereses inmediatos.

Sin embargo, hay una precisión importante: no basta con que las personas sean buenas para que sepan gobernar. La honestidad es indispensable, pero también hacen falta conocimientos, capacidad administrativa, instituciones eficaces y mecanismos de rendición de cuentas.

La virtud individual ayuda, pero no sustituye a las buenas instituciones.

2. El problema no es solamente quién gobierna, sino qué ejemplo ofrece

«Dan un ejemplo pernicioso a las masas, que sólo ven recompensado el éxito obtenido aun a costa del crimen».

Esta es una de las ideas más importantes del texto.

El autor comprende que el poder político no se limita a administrar recursos o aprobar leyes. También transmite mensajes sobre aquello que una sociedad considera aceptable, admirable o conveniente.

Pensemos en dos escenarios.

Escenario A: una persona trabaja honestamente, cumple las reglas, respeta a los demás y, gracias a su esfuerzo, consigue prosperar.

Escenario B: otra persona utiliza sus contactos, engaña, roba recursos públicos y termina convertida en una figura poderosa, respetada y admirada.

¿Qué aprende la sociedad cuando observa el segundo escenario?

No necesariamente que robar sea moralmente correcto. La lección puede ser más cínica:

«Lo importante no es cómo consigues las cosas, sino conseguirlas. Y, sobre todo, conseguir que no te castiguen».

Esta diferencia es fundamental.

Una sociedad puede conservar formalmente sus valores morales mientras aprende a ignorarlos en la práctica. La gente continúa diciendo que la honestidad es importante, pero comienza a considerar que ser honesto es una desventaja cuando se trata de competir por dinero, influencia o reconocimiento.

Aquí encontramos una conexión con la teoría del aprendizaje social de Albert Bandura: las personas aprenden observando la conducta de otros y las consecuencias que reciben por ella.

Si alguien obtiene beneficios mediante el engaño y no enfrenta consecuencias, su comportamiento puede parecer una estrategia eficaz.

La corrupción, entonces, no solo roba dinero.

También destruye la credibilidad de las reglas que permiten distinguir entre el mérito y el privilegio, entre el esfuerzo y el abuso.

Y cuando esa credibilidad se deteriora, la sociedad entera paga el precio.

3. Cuando la virtud se convierte en una desventaja

«El hombre bueno y virtuoso es víctima de toda clase de persecuciones, mientras el malvado que se amolda a la situación es recompensado».

Aquí el texto describe un fenómeno que podríamos llamar la inversión de los incentivos morales.

En condiciones razonablemente justas, esperamos que actuar correctamente no implique una desventaja sistemática y que las infracciones tengan consecuencias.

Pero ¿qué ocurre cuando las reglas funcionan al revés?

  • El funcionario honesto denuncia irregularidades y pierde su empleo.

  • El trabajador que se niega a participar en un fraude queda excluido de una oportunidad.

  • El periodista que investiga la corrupción recibe amenazas.

  • La persona que rechaza un soborno es considerada poco práctica.

  • Quien participa en las redes de favores obtiene ascensos y contratos.

En estas circunstancias, el problema no es que hayan desaparecido todas las personas honestas. El problema es que el sistema puede castigarlas precisamente por serlo.

Esto tiene una consecuencia psicológica importante: las personas empiezan a calcular el costo de la honestidad.

Algunas mantienen sus principios, aunque sufran las consecuencias. Otras se retiran. Otras terminan adaptándose.

Y hay quienes justifican su adaptación mediante argumentos aparentemente razonables:

«Si no lo hago yo, lo hará otro».

«Así funcionan las cosas».

«No voy a cambiar el mundo».

«Tengo que pensar en mi familia».

No todos estos argumentos son necesariamente hipócritas. Las personas también tienen necesidades, responsabilidades y límites. El problema aparece cuando la adaptación deja de ser una respuesta defensiva y se convierte en una justificación permanente del abuso.

Aquí podemos relacionar el texto con Hannah Arendt, quien estudió cómo las personas pueden participar en sistemas injustos sin considerarse a sí mismas malvadas.

Su reflexión sobre la responsabilidad individual nos obliga a preguntar hasta qué punto una persona puede escudarse en las circunstancias, las órdenes o las costumbres para evitar examinar sus propios actos.

No obstante, tampoco debemos caer en el extremo contrario: exigir heroísmo permanente a todos los individuos mientras dejamos intactas las estructuras que los castigan por actuar correctamente.

La responsabilidad debe ser individual, pero también institucional.

4. La sociedad termina normalizando aquello que antes condenaba

«Insensiblemente, se acostumbra a considerar práctico y conveniente todo lo que tiende a armonizarla con tal situación».

La palabra decisiva es insensiblemente.

El autor no describe necesariamente una transformación repentina de los valores. Describe una adaptación gradual.

Primero, una conducta corrupta provoca indignación.

Después, la gente se acostumbra a escuchar noticias similares.

Más tarde, aparece la resignación: «Siempre ha sido así».

Finalmente, la indignación puede convertirse en indiferencia o incluso en admiración hacia quienes consiguen imponerse.

Lo extraordinario termina pareciendo ordinario.

Desde la sociología, esto puede analizarse mediante el concepto de normalización de la desviación: ciertas conductas que se apartan de las reglas aceptadas pueden volverse habituales cuando se repiten y dejan de recibir sanciones eficaces.

También se relaciona con el concepto de anomia, desarrollado por Émile Durkheim y ampliado posteriormente por otros sociólogos.

La anomia aparece, en términos generales, cuando las normas sociales pierden fuerza orientadora o dejan de ofrecer referencias claras para la conducta.

En el caso que nos ocupa, las reglas pueden seguir escritas en las leyes y los discursos oficiales, pero perder autoridad en la experiencia cotidiana.

Se predica honestidad, pero se premia el favoritismo.

Se habla de igualdad, pero las sanciones dependen de la posición social.

Se exalta el mérito, pero las oportunidades se distribuyen mediante relaciones privilegiadas.

La contradicción entre lo que una sociedad proclama y lo que recompensa puede ser mucho más corrosiva que la ausencia de discursos morales.

¿Por qué?

Porque enseña a desconfiar no solo de los gobernantes, sino también de los propios valores colectivos.

La persona termina preguntándose si la honestidad es realmente un principio compartido o simplemente una exigencia que se impone a quienes tienen menos poder.

5. El momento más peligroso: cuando la nobleza parece una locura

«Sueños, utopía, locura, todo lo que signifique tendencias nobles y elevadas».

El texto concluye con una inversión del lenguaje.

En una sociedad que recompensa la corrupción, el problema no es únicamente que existan personas deshonestas. Es que la propia honestidad puede empezar a parecer absurda.

Quien defiende la justicia es un ingenuo.

Quien denuncia un abuso es un problemático.

Quien propone una transformación social es un utópico.

Quien se niega a aprovecharse de los demás es alguien que no sabe vivir.

Observemos lo que sucede: ya no es necesario prohibir expresamente la virtud. Basta con ridiculizarla.

La sociedad puede conservar la palabra honestidad en sus discursos mientras la expulsa de sus criterios reales de éxito.

Esta idea tiene una conexión interesante con Antonio Gramsci y su reflexión sobre la hegemonía cultural.

Gramsci analizó cómo el poder puede mantenerse no solo mediante la fuerza, sino también mediante la capacidad de influir en las ideas, los valores y el sentido común de una sociedad.

Aplicado al texto, esto significa que un orden injusto puede consolidarse cuando sus propias reglas empiezan a parecer naturales, inevitables o razonables.

La dominación alcanza una forma especialmente eficaz cuando quienes padecen sus consecuencias terminan considerando que no existe una alternativa viable.

Pero aquí conviene introducir una distinción: no toda propuesta idealista es buena por el simple hecho de oponerse al orden existente. Las utopías también pueden ocultar errores, autoritarismo o proyectos inviables.

La pregunta no es si una idea es utópica, sino si podemos examinar sus fundamentos, sus consecuencias y su viabilidad.

Lo peligroso no es soñar con una sociedad mejor. Lo peligroso es que una sociedad pierda la capacidad de imaginar que puede ser diferente.


6. Una lectura política contemporánea: el éxito como justificación moral

El texto permite examinar un fenómeno que atraviesa distintos sistemas políticos: la tendencia a justificar las conductas de los poderosos cuando sus resultados favorecen a nuestro grupo.

Pensemos en un gobernante acusado de corrupción.

Sus simpatizantes podrían responder:

«Sí, quizá robó, pero hizo obras».

«Sí, tiene defectos, pero ayuda a los pobres».

«Sí, es autoritario, pero mantiene el orden».

«Sí, sus aliados se enriquecen, pero los otros eran peores».

Estas respuestas no son equivalentes en todos los casos. Los resultados de un gobierno importan y deben evaluarse. Un programa social, una carretera o una mejora en los servicios públicos pueden tener beneficios reales que merecen analizarse.

El problema aparece cuando esos resultados se utilizan para cancelar cualquier examen de los medios empleados.

Entonces surge una pregunta incómoda: ¿existe algún límite moral que el gobernante no deba cruzar, incluso si obtiene resultados que consideramos positivos?

Si la respuesta es negativa, hemos sustituido los principios por una contabilidad política en la que cualquier abuso puede compensarse con algún beneficio.

Y esa lógica tiene un efecto perverso: convierte la corrupción en un asunto de conveniencia partidista.

Condenamos el abuso cuando lo comete el adversario y lo relativizamos cuando lo comete alguien de nuestro lado.

En ese momento, la honestidad deja de ser un principio y se transforma en un arma retórica.

Esta crítica no pertenece exclusivamente a la izquierda ni a la derecha. Puede aplicarse a cualquier gobierno, movimiento o grupo que exija a sus adversarios una integridad que no está dispuesto a exigirse a sí mismo.

Aquí está una de las lecciones más valiosas del pasaje:

La calidad moral de una conducta no debería depender de la identidad política de quien la realiza.

Si un acto es corrupto, debe investigarse y juzgarse con criterios consistentes, independientemente de quién se beneficie de él.

Eso no significa ignorar las diferencias entre proyectos políticos. Significa impedir que nuestras preferencias políticas se conviertan en excusas para abandonar el juicio crítico.


7. ¿Tiene razón el autor? Sí, pero con algunos matices

El texto es convincente en su diagnóstico general, pero conviene someterlo a examen.

Primera objeción: ¿quiénes son exactamente los hombres de bien?

El autor parece suponer que las personas virtuosas podrían reconocerse con relativa facilidad.

Pero la política está llena de individuos que se consideran honestos y actúan convencidos de estar defendiendo el bien común, incluso cuando perjudican a otros.

Las buenas intenciones no garantizan buenas decisiones.

Además, una persona puede ser honesta en su vida privada y carecer de la preparación necesaria para administrar una institución pública.

Por eso necesitamos algo más que gobernantes bienintencionados: necesitamos instituciones que permitan evaluar sus decisiones, limitar su poder y exigirles responsabilidades.

Segunda objeción: ¿basta con que participen las personas honestas?

No.

También importan las condiciones en las que se desarrolla esa participación.

Si una sociedad carece de transparencia, si los organismos de control son débiles o si las instituciones están sometidas a intereses particulares, incluso una persona honesta puede encontrarse con enormes dificultades para transformar las cosas.

La política no consiste únicamente en sustituir a las personas malas por personas buenas.

También consiste en construir reglas que dificulten los abusos, independientemente de quién ocupe el cargo.

Una democracia saludable no debería depender de la aparición ocasional de un gobernante excepcionalmente virtuoso.

Tercera objeción: ¿las masas son simples espectadoras?

El autor sostiene que la población observa los comportamientos de los poderosos y adapta sus valores a ellos.

Eso puede ocurrir, pero la sociedad no es una masa pasiva y uniforme.

Los ciudadanos pueden tolerar determinadas prácticas, rechazarlas o incluso movilizarse contra ellas. También pueden sostener valores contradictorios: condenar la corrupción en abstracto y aceptar ciertas irregularidades cuando consideran que benefician a su comunidad.

Además, la población no siempre dispone de información suficiente para evaluar a sus gobernantes.

Por eso, en lugar de atribuir toda la responsabilidad a la ciudadanía, debemos examinar quién controla la información, qué incentivos existen y qué posibilidades reales tiene la gente de exigir cuentas.

La corrupción no se explica únicamente por la moral de los individuos. También requiere analizar las relaciones de poder que la permiten y la reproducen.


8. La contradicción fundamental: queremos que la sociedad cambie, pero desconfiamos de quienes intentan cambiarla

Hay una paradoja especialmente interesante en este texto.

Muchas personas desean vivir en una sociedad más justa, pero consideran inútil participar en política.

Quieren gobernantes honestos, pero desconfían de cualquier persona que entre en el sistema.

Quieren instituciones limpias, pero suponen que todas las instituciones están irremediablemente podridas.

Quieren que alguien haga algo, siempre que ese alguien no sea demasiado idealista, no cometa errores y no tenga que enfrentarse a las dificultades que hacen tan complicada la transformación política.

Esta actitud es comprensible: la historia ofrece motivos suficientes para desconfiar de las promesas políticas.

Pero la desconfianza puede convertirse en una trampa cuando deja de ser una herramienta crítica y se transforma en una conclusión definitiva.

Si todos los políticos son iguales, investigar sus diferencias parece inútil.

Si toda participación es una farsa, organizarse carece de sentido.

Si toda propuesta de cambio es una utopía, el orden existente queda protegido de cualquier alternativa.

La resignación termina favoreciendo precisamente aquello que pretende denunciar.

Sin embargo, participar tampoco significa afiliarse a un partido o aceptar las reglas de una maquinaria política. Puede significar vigilar el gasto público, organizarse en la comunidad, investigar, exigir transparencia, defender la libertad de expresión o cuestionar a los representantes elegidos.

La participación democrática tiene muchas formas.

Y ninguna exige renunciar al pensamiento crítico.


9.  conclusión: una sociedad no solo tiene los gobernantes que elige, sino también los comportamientos que recompensa

El texto contiene una advertencia que va mucho más allá de la corrupción gubernamental.

Las sociedades no se degradan únicamente cuando sus gobernantes cometen abusos, sino también cuando dejan de considerar esos abusos incompatibles con el reconocimiento, el prestigio y el éxito.

Esto no significa que los ciudadanos sean responsables por igual de todo lo que sucede. Quien controla los recursos públicos tiene obligaciones y capacidades que no posee un ciudadano común.

Significa, más bien, que la vida moral de una sociedad depende de una relación compleja entre las instituciones, las decisiones de los poderosos y las respuestas de la población.

Un gobernante corrupto puede cometer un delito. Una institución que lo protege puede garantizar su impunidad. Un grupo de beneficiarios puede defenderlo. Un medio de comunicación puede minimizar sus actos. Y una parte de la ciudadanía puede terminar convencida de que cuestionarlo es más peligroso que tolerarlo.

Así se construye un entorno en el que la corrupción deja de ser una excepción y empieza a funcionar como una regla informal.

Por eso, combatirla exige más que discursos sobre la honestidad. Requiere instituciones independientes, información verificable, sanciones efectivas y ciudadanos capaces de aplicar los mismos criterios a sus adversarios y a sus aliados.

Y aquí llegamos a una última reflexión.

Una sociedad verdaderamente virtuosa no es aquella en la que todos sus habitantes son moralmente impecables. Eso sería pedirle a la humanidad algo que nunca ha podido garantizar.

Es aquella en la que las instituciones protegen a quien actúa correctamente, limitan a quien concentra demasiado poder y evitan que la falta de escrúpulos sea la estrategia más rentable para prosperar.

No necesitamos confiar ciegamente en la bondad de los gobernantes. Necesitamos construir un sistema que no dependa de ella.

Porque la honestidad individual es una virtud, pero la justicia institucional es una responsabilidad colectiva.

Y quizá la pregunta más incómoda que nos deja este texto sea esta:

¿Qué clase de sociedad estamos construyendo cuando admiramos a quien consigue triunfar sin preguntarnos qué tuvo que destruir para conseguirlo?

domingo, 25 de octubre de 2026



Manual para convertir a un ladrón en señor respetable

Hay algo profundamente obsceno en una sociedad que puede quitarle el sueldo a un maestro y después invitar al responsable a un programa de televisión para que hable de valores, educación y futuro.

No es una metáfora. Es una de las grandes especialidades de la civilización moderna: convertir la vergüenza en prestigio, el saqueo en oportunidad de negocio y la desfachatez en una carrera profesional.

Porque robarle a un pobre es malo, por supuesto. Pero robarle a miles de pobres, hacerlo mediante contratos, licitaciones, intermediarios y sociedades mercantiles, requiere una infraestructura que la delincuencia callejera jamás podría soñar. El ladrón de poca monta necesita esconderse; el ladrón de cuello blanco necesita un departamento de comunicación.

Uno corre cuando escucha una sirena. El otro contrata abogados, convoca una conferencia de prensa y declara que todo se trata de una campaña de desprestigio.

Y si la cosa se pone difícil, siempre queda la posibilidad de publicar un libro sobre liderazgo.

¡Qué extraordinaria sociedad hemos construido! Al individuo que roba una cartera lo llamamos delincuente. Al que desvía millones mediante una red de complicidades podemos llamarlo empresario, funcionario, asesor o distinguido invitado. Todo depende de cuánto dinero tenga, a quién conozca y cuántas puertas pueda abrir sin tocar.

La moral, al parecer, también tiene una oficina de relaciones públicas.

I. El arte de robar sin parecer un ladrón

El gran triunfo de la corrupción no consiste en apropiarse del dinero público. Consiste en conseguir que el robo parezca un asunto administrativo.

Porque nadie dice: «Vamos a quitarles a los niños sus escuelas, a los enfermos sus medicinas y a los maestros el fruto de su trabajo».

No. Eso sería demasiado honesto.

Se habla de ajustes presupuestarios, irregularidades contables, observaciones administrativas, responsabilidades pendientes de determinar y procedimientos jurídicos en curso.

El dinero desaparece, pero las palabras permanecen.

Y las palabras trabajan horas extras para proteger al dinero.

La corrupción moderna no siempre necesita esconder el cadáver. Le basta con cambiarle el nombre.

El hambre se convierte en estadística. La desigualdad, en un problema estructural. El dinero robado, en un presunto desvío. Y la indignación pública, en una reacción exagerada de personas que no comprenden la complejidad de la administración.

¡Qué conveniente es la complejidad cuando uno necesita esconder algo!

Para quitarle el salario a un trabajador basta con una decisión. Para explicarle por qué no se lo han devuelto pueden necesitarse tres comisiones, dos auditorías, cuatro funcionarios y una década de paciencia.

Y al final, quizá, nadie sea responsable.

El dinero habrá encontrado un nuevo hogar y la justicia seguirá buscando la dirección.

II. Los respetables y los demás

Pero el problema no termina cuando desaparece el dinero. Ahí comienza algo mucho más peligroso: la fabricación social del prestigio.

Observemos quiénes reciben micrófonos, quiénes ocupan las primeras filas, quiénes son presentados como ejemplos de éxito y quiénes aparecen en televisión para explicarnos cómo debemos vivir.

A veces, la respetabilidad parece una mercancía que se compra con suficiente dinero.

Puedes perjudicar a miles de personas y conservar una sonrisa impecable. Puedes contribuir a destruir las condiciones de vida de una comunidad y después hablar de responsabilidad social. Puedes participar en un sistema que produce miseria y presentarte como un experto en superación personal.

Lo importante es no parecer culpable.

Porque la sociedad no siempre premia la bondad, la honestidad o el trabajo. A veces premia la capacidad de acumular poder y presentar esa acumulación como una prueba de superioridad moral.

Si eres pobre y cometes un delito, eres una amenaza para la sociedad.

Si tienes dinero, contactos y una buena estrategia de comunicación, puedes convertirte en un caso interesante para los analistas.

No significa que todos los ricos sean corruptos ni que toda persona poderosa sea culpable. Significa algo más concreto: cuando el dinero puede comprar mejores defensas, prolongar los procesos y facilitar el acceso a quienes toman decisiones, la igualdad ante la ley corre el riesgo de convertirse en una hermosa frase decorativa.

La justicia debería preguntar qué hiciste, no cuánto puedes pagar para explicar lo que hiciste.

Y, sin embargo, demasiadas veces parece que la sociedad formula una pregunta distinta: ¿eres suficientemente importante como para que tus actos tengan consecuencias?

III. La televisión como lavandería moral

La televisión tiene una capacidad extraordinaria para convertir cualquier cosa en espectáculo.

Una tragedia se convierte en contenido. Una desgracia, en audiencia. Un escándalo de corrupción, en una mesa de debate donde cinco personas discuten durante una hora mientras el dinero sigue sin aparecer.

Y entonces sucede el milagro.

El sujeto que debería responder por sus actos aparece sentado en un sillón cómodo, con iluminación profesional y un conductor que lo llama por su nombre de pila.

Se habla de sus proyectos, de sus éxitos, de su visión de futuro. Quizá se le pregunta por sus momentos difíciles, como si apropiarse de lo ajeno fuera una experiencia de crecimiento personal.

Al final, el público conoce su historia, sus aspiraciones y hasta sus preferencias gastronómicas.

Lo único que sigue sin conocer es el destino del dinero.

Pero hemos avanzado mucho: ya no necesitamos demostrar que alguien es inocente para tratarlo como una celebridad. Basta con que resulte interesante.

La pantalla no absuelve jurídicamente a nadie, pero puede hacer algo socialmente muy parecido: normalizar su presencia, acostumbrarnos a su rostro y convertir la indignación en familiaridad.

Primero nos escandalizamos. Después lo vemos en una entrevista. Más tarde aparece como comentarista. Un día participa en una conferencia y, cuando queremos darnos cuenta, ya estamos escuchándolo explicar cómo debería comportarse la ciudadanía.

El escándalo se ha convertido en currículum.

Y el currículum, en una invitación al siguiente programa.

Quizá esa sea una de las grandes obscenidades de nuestro tiempo: no que existan personas corruptas, algo tan antiguo como el poder, sino que hayamos desarrollado una maquinaria capaz de convertirlas en figuras respetables sin necesidad de resolver el daño que causaron.

IV. La educación sentimental de una sociedad

¿Qué aprende un niño cuando observa todo esto?

Aprende que existen reglas para los débiles y excepciones para los poderosos.

Aprende que estudiar, trabajar y cumplir con las obligaciones no garantiza el reconocimiento, mientras que tener dinero y contactos puede abrir puertas que permanecen cerradas para los demás.

Aprende que la honestidad se recomienda en los discursos, pero que el éxito se mide en posesiones.

Aprende que una persona puede perjudicar a miles y continuar siendo invitada a los lugares donde se decide qué significa ser una persona admirable.

Después nos sorprendemos cuando ese niño crece desconfiando de las instituciones.

Le pedimos que respete la ley, pero le mostramos que algunos pueden doblarla, comprar tiempo, negociar consecuencias o escapar de ellas.

Le pedimos que no mienta, pero lo obligamos a contemplar una vida pública donde la mentira puede sobrevivir a su propia desmentida.

Le pedimos que trabaje duro, pero lo sentamos frente a un espectáculo en el que el dinero parece importar más que el esfuerzo y la apariencia más que el carácter.

Y luego nos preguntamos por qué no cree en nosotros.

¡Vaya misterio!

Quizá deberíamos contratar una comisión para investigarlo. Una comisión con presupuesto generoso, naturalmente. Y si no llega a ninguna conclusión, siempre podemos contratar otra.

El problema de la educación moral no consiste únicamente en enseñarles a los niños qué está bien y qué está mal. Consiste en mostrarles que esa distinción tiene consecuencias reales, incluso cuando el infractor es alguien poderoso.

Una sociedad que castiga con severidad al débil y trata con deferencia al poderoso no está enseñando moral. Está enseñando jerarquía.

No les está diciendo a sus hijos que sean honestos. Les está enseñando que aprendan a reconocer quién puede permitirse no serlo.

V. La pobreza no es una abstracción

Hay otra razón por la que deberíamos dejar de tratar la corrupción como un simple espectáculo político.

Detrás de cada cantidad de dinero público malversado hay oportunidades que pudieron existir y que quizá nunca existirán.

Una escuela que no recibe recursos. Un hospital que carece de equipo. Un maestro al que no le pagan. Una familia que tiene que elegir entre comprar medicamentos o comprar alimentos.

No todo problema social es consecuencia de la corrupción, ni todo recurso mal administrado termina necesariamente en el bolsillo de alguien. Pero cuando se demuestra que el dinero destinado al bienestar colectivo ha sido desviado deliberadamente, el daño no puede reducirse a una cifra contable.

El dinero público representa posibilidades de vida.

Por eso, robar recursos destinados a servicios esenciales puede producir un daño que va mucho más allá de su valor monetario. No solo se sustrae dinero: se sustraen tiempo, oportunidades, seguridad y dignidad.

Quien pierde mil pesos puede intentar recuperarlos trabajando.

Quien pierde una oportunidad educativa quizá no vuelva a encontrarla. Quien no recibe a tiempo un tratamiento médico no siempre tiene una segunda oportunidad.

La desigualdad tiene una característica cruel: los mismos cien pesos pueden representar un gasto insignificante para una persona y la diferencia entre comer o no comer para otra.

Por eso, cuando alguien roba dinero público, no basta con preguntar cuánto se llevó.

También deberíamos preguntar quiénes pagaron las consecuencias.

Y, sobre todo, quiénes tuvieron que vivir con ellas.

VI. La indignación y el negocio de la impotencia

Los escándalos se suceden. Aparecen documentos, testimonios, grabaciones, investigaciones y promesas de castigo.

Durante unos días, la indignación ocupa los titulares.

Después llega otro escándalo.

Y luego otro.

La ciudadanía aprende a indignarse por turnos, como si la corrupción fuera una serie

sábado, 24 de octubre de 2026

 El 12 de octubre de 1936, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, se celebró el día de la raza.

El auditorio estaba repleto. Está presente Carmen Polo, esposa de Franco, las principales autoridades del franquismo y altos mandos militares y eclesiásticos.

Miguel de Unamuno, rector de la universidad, decide no ser orador.

Durante las sucesivas intervenciones, se cargó contra los vascos, los catalanes y contra todo aquel contrario al régimen.

Se dice que el militar español José Millán-Astray, llegó a gritar: “muera la inteligencia, viva la muerte”.

Esto hizo que Unamuno cambie de parecer y le decidió a participar de la oratoria:

"Sé que estáis esperando mis palabras, porque me conocéis bien y sabéis que no soy capaz de permanecer en silencio ante lo que se está diciendo. Callar, a veces, significa asentir. No quería hablar, porque me conozco. Pero se me ha tirado de la lengua y debo hacerlo.

Vencer es convencer. Pero no puede convencer el odio que no deja lugar a la compasión, ese odio a la inteligencia.

Se ha hablado de catalanes y vascos, llamándoles la antiespaña. Y yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española que no sabéis.

Acabo de oír el grito de ¡viva la muerte! Esto suena lo mismo que ¡muera la vida!

Este es el templo del intelecto y yo soy su supremo sacerdote. Vosotros estáis profanando su recinto sagrado.

Venceréis, pero no convenceréis.

Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para eso, necesitáis algo que os falta en esta lucha, razón y derecho."

Tras las palabras de Unamuno, la tensión era insoportable en el recinto debiendo salir escoltado, para evitar ser linchado por los falangistas.

Días después de lo acontecido en la Universidad, un decreto firmado por Franco le destituyó como rector y se le impuso arresto domiciliario.

"Si me han de asesinar como a otros, será aquí en mi casa", escribió Unamuno.

El 31 de diciembre del mismo año, aún arrestado, murió de forma repentina.


Miguel de Unamuno y Jugo 

  "Ahora que todas las regiones

quieren ser naciones

yo busco la tierra de nadie

un lugar sin nombre

que nadie reclame

un lugar de paso

transitorio como la vida misma

sin patria

sin banderas

sin fronteras

sin lengua identitaria

más que la lengua de la poesía.

Territorio de los sueños

donde todo está por empezar

donde todo está por explorar".


Cristina Peri Rossi


Este poema tiene una posición política muy interesante: frente a un mundo que se divide para afirmar identidades, el autor propone un territorio donde nadie tenga que demostrar a quién pertenece. No es solamente una declaración de cosmopolitismo; también puede leerse como una crítica al nacionalismo, a las fronteras y a la necesidad de convertir la identidad en una forma de pertenencia obligatoria.

 La idea más fértil del poema está en su rechazo a convertir la pertenencia en una obligación absoluta.

No necesitamos imaginar un mundo en el que todos abandonemos nuestras lenguas, nuestras historias o nuestros afectos para reconocer que ninguna nacionalidad hace a una persona intrínsecamente superior a otra.

Podemos amar un lugar sin considerarlo propiedad exclusiva de nuestra identidad. Podemos preservar una tradición sin convertirla en una exigencia para los demás. Podemos sentirnos parte de una comunidad sin aceptar que esa pertenencia determine a quién debemos temer o despreciar.

La dificultad consiste en construir una solidaridad suficientemente amplia para reconocer al otro como igual, pero suficientemente respetuosa de las diferencias para no exigirle que deje de ser quien es.

El poema imagina una tierra de nadie. Tal vez su desafío político consista en construir algo distinto: una tierra en la que todos podamos tener un lugar sin que nadie tenga que demostrar que merece existir en ella.

Porque el verdadero problema de las fronteras no es únicamente que separen territorios. Es que, en determinadas circunstancias, terminan separando a quienes merecen derechos de quienes deben suplicar por ellos.

Y quizá la utopía que propone el poema no consista en dejar de pertenecer a cualquier lugar, sino en conseguir que ningún lugar nos pertenezca tanto como para hacernos olvidar que los demás también tienen derecho a habitar el mundo.


Como demostró Karl Polanyi en La gran transformación , el mercado capitalista tuvo que deshacer todos los lazos sociales para poder imponer su falacia autorreguladora. El capitalismo necesita una sociedad de individuos que no tengan más remedio que vender su mano de obra en el mercado de trabajo al precio que este les ofrezca. Mientras en el feudalismo se imponía un modelo de extracción de carácter político (los súbditos entregaban parte de su trabajo al señor feudal por el pacto de vasallaje), el capitalismo independiza política y economía utilizando la gran falacia de un mercado donde todos son supuestamente iguales. El Estado, la política, no necesita intervenir pues la oferta y la demanda, la economía, se encarga de todo. La producción y los precios los indica el mercado. ¿Sociedad? ¿Para qué? Pese a todos los velos, Marx lo vio con la claridad del que estaba viviendo los cambios y percibía las novedosas mentiras. En su Contribución a la crítica de la economía política escribía:

    Las robinsonadas no expresan en ningún modo, como se lo figuran los historiadores de la civilización, una simple reacción contra un excesivo refinamiento y el retorno a una vida primitiva mal comprendida. […] Estas anticipan más bien la sociedad burguesa que se preparaba en el siglo XVI y que en el siglo XVIII marchaba a pasos agigantados hacia su madurez.

    En esta sociedad de libre competencia, el individuo aparece como desprendido de los lazos de la naturaleza, que en épocas anteriores de la historia hacen de él una parte integrante de un conglomerado humano determinado, delimitado.


Juan Carlos Monedero


 «Porque hoy vivimos en una sociedad en la que los medios de comunicación, los gobiernos, las grandes corporaciones, los grupos religiosos, los grupos políticos… fabrican realidades ficticias.

Por eso me pregunto, en mis escritos: ¿qué es real?

Porque somos bombardeados incesantemente por pseudorrealidades fabricadas por personas muy sofisticadas que utilizan mecanismos electrónicos igualmente sofisticados.

No desconfío de sus intenciones; desconfío de su poder. Tienen mucho poder. Y es un poder asombroso: el de crear universos enteros, universos de la mente.

Debería saberlo. Yo hago lo mismo».


Esta reflexión de Philip K. Dick es extraordinaria porque plantea una pregunta que va mucho más allá de la ciencia ficción: ¿cuánto de lo que consideramos real es producto de nuestra experiencia y cuánto es una realidad construida por otros?

Dick no está diciendo simplemente que los medios mienten o que los políticos manipulan. Su planteamiento es más profundo: quienes controlan determinados canales de comunicación tienen la capacidad de influir en la manera en que interpretamos el mundo. Y cuando esa influencia es suficientemente poderosa, pueden modificar no solamente nuestras opiniones, sino también aquello que consideramos posible, normal, deseable o inevitable.

1. No basta con mentir: también se puede fabricar la realidad

Imaginemos dos maneras de manipular a una sociedad.

La primera consiste en mentir sobre un acontecimiento: afirmar que algo sucedió cuando no sucedió.

La segunda es más sofisticada: seleccionar constantemente qué acontecimientos merecen nuestra atención, cuáles deben indignarnos, cuáles debemos ignorar y qué explicaciones debemos aceptar.

En el primer caso, se distorsiona un hecho. En el segundo, se construye el marco mental desde el cual interpretamos los hechos.

Por ejemplo, un noticiero puede informar durante días sobre los robos cometidos por personas pobres y presentar la inseguridad como consecuencia de la falta de valores individuales. Al mismo tiempo, puede dedicar escasa atención a los delitos financieros, la corrupción empresarial o los mecanismos mediante los cuales se desvían recursos públicos.

Es posible que cada noticia emitida sea verdadera. Sin embargo, la selección de las noticias puede producir una imagen profundamente distorsionada de la sociedad.

No hace falta inventar los acontecimientos. Basta con decidir cuáles mostrar, cuáles repetir y cuáles dejar fuera de cuadro.

Esta es una de las ideas más importantes para comprender la cita: una representación puede estar compuesta por hechos verdaderos y, aun así, ofrecer una visión engañosa del conjunto.

2. El poder más eficaz es aquel que no parece poder

Aquí encontramos una cuestión política fundamental.

Cuando alguien nos obliga a hacer algo mediante la fuerza, reconocemos la existencia de una imposición. Podemos resistirnos, protestar o identificar al responsable.

Pero ¿qué sucede cuando alguien consigue que deseemos voluntariamente aquello que le conviene?

Pensemos en la publicidad.

Una empresa no necesita obligarnos a comprar un automóvil para convencernos de que lo necesitamos. Puede asociarlo con libertad, prestigio, éxito profesional y reconocimiento social.

Después de suficiente exposición, quizá ya no pensemos que estamos comprando un medio de transporte. Pensaremos que estamos comprando una identidad.

Lo mismo puede ocurrir con la política. Un dirigente puede presentarse como el único capaz de salvar al país, mientras sus seguidores interpretan cualquier crítica como un ataque contra la nación misma.

En ambos casos, una idea particular se presenta como si fuera una verdad natural.

El mecanismo es poderoso porque deja de parecer una imposición externa. La persona puede experimentar esa idea como una convicción propia.

Aquí aparece una pregunta incómoda:

¿Cuántas de nuestras aspiraciones nacen de nuestros deseos y cuántas han sido cuidadosamente cultivadas por quienes se benefician de ellos?

La respuesta no es que todos nuestros deseos sean falsos. Es que nuestros deseos también tienen una historia social.

3. Los medios no solamente informan: también organizan nuestra atención

Dick menciona a los medios de comunicación, los gobiernos, las grandes corporaciones y los grupos religiosos y políticos.

No afirma que todos actúen de la misma manera ni que exista necesariamente una conspiración coordinada entre ellos. Su preocupación es el poder que poseen para producir universos mentales.

Para comprenderlo, podemos recurrir a tres conceptos.

La agenda pública. Es la capacidad de los medios y otros actores para influir en los temas que reciben atención colectiva. Si un asunto ocupa constantemente los titulares, adquiere una importancia pública que otros problemas quizá no consiguen.

El encuadre. Consiste en presentar un acontecimiento desde una determinada perspectiva. Una protesta puede describirse como una exigencia de derechos, una amenaza al orden público o una consecuencia del abandono económico. El acontecimiento puede ser el mismo, pero cada descripción invita a interpretarlo de manera distinta.

La normalización. Es el proceso mediante el cual ciertas condiciones sociales llegan a percibirse como naturales o inevitables. Por ejemplo, podemos terminar considerando normal que alguien trabaje diez horas diarias y no tenga suficiente dinero para vivir, como si esa situación fuera una ley de la naturaleza y no el resultado de determinadas relaciones económicas y decisiones políticas.

Estos fenómenos no significan que las personas sean receptores pasivos ni que los medios puedan controlar automáticamente lo que pensamos. Tenemos experiencias propias, contrastamos información y podemos rechazar los mensajes que recibimos.

Pero sería ingenuo ignorar las desigualdades de poder entre quien dispone de recursos para difundir una idea a millones de personas y quien apenas puede expresar una objeción.

No todos tenemos la misma capacidad para hacer que nuestra versión del mundo sea escuchada.

Y esa desigualdad también es política.

4. La realidad de los poderosos y la realidad de quienes viven sus consecuencias

Imaginemos que un gobierno anuncia que la economía está creciendo.

Desde la perspectiva de ciertos indicadores, puede ser verdad. El producto interno bruto aumenta, las inversiones crecen y determinados sectores empresariales obtienen buenos resultados.

Sin embargo, una trabajadora puede descubrir que su salario no alcanza para pagar la vivienda, la alimentación y el transporte.

¿Quién está diciendo la verdad?

Podrían estar diciéndola ambos.

El problema aparece cuando la primera descripción pretende representar la totalidad de la experiencia social y la segunda se considera una excepción irrelevante.

Una cifra puede describir correctamente una parte de la economía sin explicar cómo se distribuyen sus beneficios.

De manera semejante, un gobierno puede presentar una reducción del desempleo como prueba de éxito, aunque persistan empleos precarios, salarios insuficientes o jornadas extenuantes.

La cuestión no consiste en rechazar las estadísticas porque contradigan nuestras intuiciones. Consiste en preguntar qué miden, qué dejan fuera y a quién beneficia la interpretación que se hace de ellas.

Aquí la cita de Dick adquiere una dimensión social: quien tiene poder para imponer una descripción de la realidad también puede tener poder para definir qué sufrimientos cuentan como problemas públicos y cuáles quedan relegados al ámbito de los fracasos individuales.

Si una sociedad acepta que la pobreza se debe exclusivamente a la falta de esfuerzo, puede dejar de preguntarse por los salarios, la educación, la vivienda o la distribución de la riqueza.

La explicación no elimina la pobreza. Pero puede eliminar la necesidad política de cuestionarla.

5. «No desconfío de sus intenciones; desconfío de su poder»

Esta es la frase central de toda la cita.

Dick introduce una distinción importante: el problema no depende exclusivamente de que quienes tienen poder sean malintencionados.

Una persona puede creer sinceramente que está haciendo el bien y, aun así, producir consecuencias perjudiciales.

Un gobierno puede considerar que necesita controlar la información para proteger la estabilidad del país. Una empresa puede justificar sus prácticas publicitarias porque cree que ofrece productos útiles. Un grupo político puede pensar que su causa es tan importante que cualquier medio para defenderla resulta aceptable.

En cada caso, las buenas intenciones declaradas no eliminan los riesgos derivados de concentrar el poder.

Esto nos lleva a una cuestión fundamental para cualquier democracia:

No basta con preguntarnos quién gobierna. También debemos preguntarnos cuánto poder tiene, cómo lo ejerce y quién puede limitarlo.

La democracia no debería depender de que las personas poderosas sean virtuosas. Necesita instituciones, transparencia, pluralidad informativa y mecanismos de rendición de cuentas que permitan cuestionarlas incluso cuando aseguran actuar por nuestro bien.

Porque el problema de un poder sin límites no es solamente que pueda utilizarse mal.

Es que puede hacerlo sin encontrar resistencia suficiente.

6. Philip K. Dick reconoce que él también fabrica universos

El cierre de la cita es brillante:

«Debería saberlo. Yo hago lo mismo».

Dick fue un escritor de ciencia ficción interesado en las fronteras entre la realidad, la percepción y la identidad. En sus obras aparecen mundos aparentemente normales que comienzan a revelar fisuras, experiencias que ponen en duda lo que los personajes consideran verdadero y sistemas que condicionan su percepción del mundo.

Su reconocimiento final evita que la reflexión se convierta en una simple acusación contra los demás.

Él también construye realidades. Sus novelas crean personajes, escenarios y acontecimientos que pueden modificar la manera en que los lectores comprenden su propia existencia.

La diferencia no consiste necesariamente en que un escritor fabrique mundos y un político no lo haga. Ambos pueden intervenir en la imaginación humana.

La cuestión es qué relación establecen con quienes reciben sus relatos.

Una novela puede invitarnos a cuestionar nuestras certezas. La propaganda puede intentar clausurar esa posibilidad.

Una obra de ficción puede revelar aspectos de la experiencia humana que antes no habíamos considerado. Una campaña política puede reducir la complejidad de la sociedad a una historia de héroes y enemigos.

Pero no existe una separación absolutamente limpia: la ficción también puede reproducir prejuicios, mientras que la comunicación política puede ayudarnos a comprender problemas reales.

Por eso conviene evaluar cada relato por sus evidencias, sus omisiones, sus consecuencias y el margen que deja para la crítica.

Dick parece advertirnos que crear una representación de la realidad es inevitable; convertir esa representación en una verdad incuestionable es mucho más peligroso.


7. ¿Y qué tiene que ver todo esto con las redes sociales y la inteligencia artificial?

La reflexión de Dick fue formulada antes de que existieran las redes sociales contemporáneas y los sistemas actuales de inteligencia artificial, pero sus preguntas resultan especialmente pertinentes hoy.

Pensemos en tres fenómenos.

Primero, los algoritmos. Las plataformas seleccionan qué publicaciones aparecen ante cada usuario. Esa selección puede influir en sus prioridades, emociones y percepciones de lo que piensa la sociedad. No significa que todos terminemos encerrados en una burbuja idéntica, pero sí que nuestra experiencia informativa está parcialmente mediada por sistemas que no controlamos.

Segundo, la desinformación. Una fotografía falsa, un video manipulado o una noticia inventada pueden difundirse con rapidez. Cuando resulta difícil distinguir entre un documento auténtico y uno fabricado, la confianza pública puede deteriorarse.

Tercero, la personalización. Dos personas pueden recibir relatos muy diferentes sobre un mismo acontecimiento, adaptados a sus intereses, temores o preferencias políticas. El problema no es solamente que discrepen en sus interpretaciones: puede ocurrir que ni siquiera compartan el mismo conjunto de hechos.

La inteligencia artificial añade otra dificultad: ahora es posible producir grandes cantidades de textos, imágenes y voces artificiales con apariencia convincente.

Sin embargo, conviene evitar una conclusión exagerada: no todo contenido digital es falso ni toda tecnología es un instrumento de manipulación. Estas mismas herramientas pueden ayudar a contrastar fuentes, investigar asuntos ignorados y facilitar el acceso al conocimiento.

El desafío es aprender a distinguir entre la capacidad técnica para producir un relato y las pruebas que permiten sostenerlo.

La sofisticación de una representación no garantiza su verdad.

Y la familiaridad tampoco.

Que una noticia aparezca repetidamente en nuestra pantalla no significa que esté bien fundamentada.


La libertad intelectual comienza cuando somos capaces de examinar incluso las ideas que más nos gustan.

No para desconfiar de todo.

No para vivir creyendo que detrás de cada noticia existe una conspiración.

Sino para recordar que la realidad no tiene la obligación de coincidir con nuestras creencias, y que ninguna persona, institución, partido o medio de comunicación debería tener el monopolio de su interpretación.

Quizá esa sea una de las mejores formas de leer a Philip K. Dick: no como una invitación al escepticismo absoluto, sino como una advertencia contra cualquier poder que pretenda pensar por nosotros.

Porque el universo más difícil de abandonar no siempre es el que alguien construyó para engañarnos.

A veces es aquel en el que nos sentimos tan cómodos que ya no queremos salir.


 "Mi trabajo es cantar

todo lo bello, encender

el entusiasmo por todo

lo noble, admirar Y

hacer admirar todo

lo grande." 

José Martí


Martí no dice simplemente que debemos admirar lo noble, sino que debemos encender el entusiasmo por ello.

La diferencia es fundamental.

Una cosa es reconocer personalmente el valor de la honestidad, la justicia o la solidaridad. Otra es conseguir que esas cualidades despierten en los demás el deseo de practicarlas.

La palabra encender sugiere que el entusiasmo puede transmitirse. Una persona apasionada por el conocimiento puede despertar la curiosidad de otra; alguien comprometido con una causa justa puede animar a otros a participar.

Pero también existe una advertencia implícita: las sociedades no se construyen únicamente mediante leyes, castigos o incentivos económicos. Necesitan ideales compartidos que hagan deseable una vida distinta.

No basta con decirle a alguien que sea mejor; también hay que ayudarle a descubrir por qué vale la pena serlo.

Y esto no significa dar sermones. A menudo, el ejemplo de una persona consecuente tiene más fuerza que cien discursos sobre la virtud.

miércoles, 21 de octubre de 2026

 Durante los primeros días de la guerra en Vietnam, un oficial vietnamita dijo a su prisionero estadounidense: “Después de la Segunda Guerra Mundial ustedes eran héroes para nosotros. Leíamos libros norteamericanos y veíamos películas norteamericanas y era muy común en esos días decir que se era ‘tan rico y tan sabio como un americano’. ¿Qué fue lo que pasó?”[2].

La misma pregunta podía haber sido hecha por un guatemalteco, un indonesio o un cubano durante la década anterior, o por un uruguayo, un chileno o un griego en la década siguiente. La credibilidad y admiración que inspiraron los Estados Unidos al finalizar la Segunda Guerra Mundial se fue desvaneciendo país por país, intervención por intervención. La oportunidad de construir un mundo nuevo sobre las ruinas de la guerra, de establecer cimientos para la paz, la prosperidad y la justicia, se desplomó bajo el peso infame del anticomunismo.
Ese peso llevaba acumulándose algún tiempo; en verdad, desde el primer día de la revolución bolchevique. Hacia el verano de 1918, unos trece mil soldados estadounidenses se encontraban en el recién nacido Estado, la futura Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Después de dos años y miles de bajas, las tropas norteamericanas se retiraron sin haber podido cumplir su misión de “estrangular en su mismo nacimiento” el Estado bolchevique, tal como lo expresó Winston Churchill[3].
El joven Churchill era el ministro británico de Guerra y Aire en aquel momento. Fue él quien dirigió la invasión de la Unión Soviética por parte de los Aliados (Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia, Japón y varias otras naciones), en apoyo al “Ejército Blanco” contrarrevolucionario. Años después, en papel de historiador, Churchill dejaría anotado su punto de vista sobre este episodio singular para la posteridad:
¿Estaban [los aliados] en guerra con la Rusia soviética? Con certeza no, pero les disparaban a los soviéticos apenas los veían. Permanecieron como invasores en territorio ruso. Dieron armas a los enemigos del Gobierno soviético. Bloquearon sus puertos y hundieron sus buques de guerra. Deseaban sinceramente la caída de este gobierno y elaboraron planes para lograrlo. Pero ¿guerra? ¡Perturbante! ¿Interferencia? ¡Vergonzoso! Les era por completo indiferente, repetían, la forma en que los rusos resolviesen sus propios asuntos internos. Ellos eran imparciales. ¡Bang![4]¿Qué ocurrió con esta revolución bolchevique que alarmó tanto a las mayores potencias del mundo? ¿Qué las llevó a invadir una tierra cuyos soldados habían combatido junto a ellas por más de tres años y había sufrido más bajas que ningún otro país en parte alguna durante la Primera Guerra Mundial?
Los bolcheviques tuvieron la audacia de hacer la paz por separado con Alemania, a fin de terminar con una guerra que consideraban imperialista y que de ningún modo estaba en sus propósitos, y para tratar de reconstruir una Rusia agotada y devastada. Pero los bolcheviques habían demostrado su mayor audacia al derrocar un sistema capitalista feudal y proclamar el primer estado socialista en la historia mundial. Esto constituía una increíble arrogancia. Este era el crimen que los Aliados debían castigar, un virus que tenía que ser erradicado antes de que se extendiera a sus propios pueblos.
La invasión no alcanzó los resultados propuestos, pero sus consecuencias fueron profundas y perdurables hasta nuestros días. El profesor D. F. Fleming, historiador de la Universidad Vanderbilt que investiga la Guerra Fría, ha señalado:
Para el pueblo norteamericano la tragedia cósmica de las intervenciones en Rusia no existe, o fue un incidente sin importancia que hace mucho fue olvidado. Pero para el pueblo soviético y sus líderes de aquel momento, fue una época de interminables matanzas, de saqueo y pillaje, de epidemias y hambre, un sufrimiento inconmensurable para muchos millones de personas —una experiencia grabada con fuego en el corazón mismo de la nación, que no será olvidada en el curso de muchas generaciones, si alguna vez llega a olvidarse. De igual forma las severas regulaciones soviéticas pudieron ser justificadas por muchos años debido al temor de que las potencias capitalistas regresaran a terminar su trabajo. No es de extrañar que en su discurso del 17 de septiembre de 1959, en Nueva York, el premier Khruschov nos recordara las intervenciones, “el tiempo en que ustedes enviaron sus tropas para aplastar la revolución”, según dijo[5].

William Blum 

Variaciones a partir de una reflexión de Martin Niemöller sobre el nazismo. 

Cuando las autoridades eclesiales vinieron a llevarse a las mujeres por desobedientes, acusándolas de brujas, no dije nada. Soy un hombre y además soy profundamente religioso, no quiero problemas. No sabemos todos cómo son las mujeres. ¿Y quién soy yo para desautorizar a la jerarquía de la Iglesia y sus métodos? 

Cuando los hombres blancos mandaron a los indígenas con la espada y la cruz a las minas de oro y plata, cuando cargado de cadenas los desterraron a las plantaciones de azúcar, de cacao y algodón, yo callé. Porque no soy indígena, porque el orden viene de Dios y nunca rechacé el dulzor de la azúcar, la suavidad, el calor y el color de los tejidos y desprecié el brillo del oro. 

Cuando los hombres blancos robaron a los hombres negros de África para esclavizarlos y sustituir a los indígenas muertos por el trabajo, por las enfermedades y los castigos, no dije nada, porque no soy negro. Y ellos, salvajes como son, cantan y bailan, incluso cuando los castigan, son felices con nada. 

Cuando masacraron a los árabes de Argelia, cuando explotaron hasta la extenuación a los trabajadores chinos en el ferrocarril, en las minas de estaño, en las plantaciones de caucho, cuando depauperaron a los trabajadores de la India en los cultivos de especias y en las minas de sal, cuando la hambruna diezmó Bengala para alimentar al ejército inglés, no levanté la voz, ya que no soy árabe, ni chino, ni indio, y siempre ha habido quienes mandan y quienes obedecen. Y el progreso tiene su precio.

 Cuando los nazis construyeron en Alemania campos de concentración para encerrar alemanes, como los que habían levantado años antes los españoles en Cuba, y ellos, los alemanes en Namibia, yo callé porque no entiendo de arquitectura, porque África y América están llenos de salvajes, porque cómo iba a saber lo que hacían otros en otros continentes, y no son acaso los malos patriotas nuestros salvajes. Cuando los nazis persiguieron a los comunistas, guardé silencio, ya que nunca fui comunista y lo que me contaban de la Unión Soviética me asustaba. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas guardé silencio, nunca tuve nada que ver con los socialdemócratas ni con ese judío de Marx. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas no protesté, ya que no era sindicalista ni participé jamás en huelgas, manifestaciones ni protestas en el trabajo.

Cuando vinieron a llevarse a los judíos no dije nada y miré hacia otro lado ya que no era judío. Seguro que algo habrían hecho. Los judíos habían crucificado a Jesucristo, tenían mucho éxito que se ayuden entre ellos. 

Al final vinieron a buscarme a mí, pero no había nadie que pudiera protestar. No quedaba nadie para ayudarme. Terminé como los demás. Yo, que nunca pensé que hubiera algo que pudiera preocuparme.

 Desde entonces no han dejado de llevarse a gente. Pienso ahora, a deshora, que estos silencios abrieron la puerta a mis verdugos. Sé en este momento tan tarde que lo que pudre el mundo no son los malvados sino los indiferentes. Y ojalá no fuera cierto que nunca aprendemos en cabeza ajena.

lunes, 19 de octubre de 2026

 

“Es importante aprender a no enfadarse con opiniones diferentes a las propias, sino a ponerse a trabajar en entender cómo surgieron. Si, después de entenderlas, todavía parecen falsas, entonces se pueden combatir mucho más eficazmente que si se hubiera continuado meramente horrorizado. No estoy sugiriendo que el filósofo no deba tener sentimientos; el hombre que no tiene sentimientos, si es que existe tal hombre, no hace nada y, por lo tanto, no logra nada. Ningún hombre puede esperar convertirse en un buen filósofo a menos que tenga ciertos sentimientos que no son muy comunes.

Debe tener un deseo intenso de entender el mundo, en la medida de lo posible; y para entender, debe estar dispuesto a superar esas estrecheces de perspectiva que hacen imposible una percepción correcta. Debe aprender a pensar y sentir, no como miembro de este o aquel grupo, sino simplemente como un ser humano. Si pudiera, se despojaría de las limitaciones a las que está sujeto como ser humano. Si pudiera percibir el mundo como un marciano o un habitante de Sirio, si pudiera verlo como parece a una criatura que vive un día y también como le parecería a una que vive un millón de años, sería un mejor filósofo.

Pero esto no lo puede hacer; está atado a un cuerpo humano con órganos humanos de percepción. ¿En qué medida se puede superar esta subjetividad humana? ¿Podemos saber algo en absoluto sobre lo que es el mundo en oposición a lo que parece? Esto es lo que el filósofo desea saber, y es con este fin que debe someterse a un largo entrenamiento de imparcialidad.”


Bertrand Russell,


 Las armas son las herramientas de la violencia;

    todo hombre decente las detesta.

    Las armas son las herramientas del miedo;

    el hombre decente las evita.

    Sólo con el mayor refreno

    y en la más extrema necesidad

    las usará si a ello es compelido.

    La paz es el valor más elevado.

    Si la paz ha sido alterada,

    ¿cómo podría estar contento?

    Sus enemigos no son demonios

    sino seres humanos como él.

    No les desea mal.

    No se regocija en la victoria.

    ¿Cómo podría regocijarse en la victoria

    y deleitarse en la matanza?

    Él entra en batalla gravemente,

    con gran pena y compasión,

    como si a un funeral asistiera.


Lao Tse

domingo, 18 de octubre de 2026


 Todo esto no tendría que durar, pero durará

siempre. EI siempre de los hombres, naturalmente,

un siglo, dos siglos.Y luego será distinto, pero peor.

Nosotros fuimos los Gatopardos, los leones.

 Quienes

nos sustituyan serán chacalitos y hienas, y todos,

gatopardos, chacales y ovejas, continuaremos

creyéndonos la sal de la tierra.

(Giuseppe Tomasi di Lampedusa)


Esta cita de Giuseppe Tomasi di Lampedusa es una pequeña radiografía del poder político. Tiene algo de tragedia histórica y algo de cinismo: las élites desaparecen, los regímenes cambian, los discursos se renuevan, pero la lucha por conservar los privilegios parece sobrevivir a todos ellos.

1. «Todo esto no tendría que durar, pero durará siempre»

Aquí aparece la primera paradoja.

El orden político existente puede parecer injusto, absurdo o insostenible. Sin embargo, que un sistema sea injusto no significa que vaya a desaparecer, ni que sus contradicciones provoquen automáticamente una revolución.

¿Por qué duran los sistemas que parecen condenados a desaparecer?

  • Por los intereses creados: quienes se benefician del orden existente tienen recursos para defenderlo.
  • Por la costumbre: las personas pueden terminar considerando natural un orden que es, en realidad, histórico y contingente.
  • Por la capacidad de adaptación: los sistemas políticos pueden modificar sus instituciones y discursos para sobrevivir.
  • Por el miedo a lo desconocido: incluso quienes padecen un sistema pueden temer las consecuencias de derribarlo.

La frase cuestiona una creencia muy extendida en la política: que las injusticias contienen, por sí mismas, la garantía de su propia desaparición.

La historia no tiene esa obligación.

Una sociedad puede convivir durante siglos con contradicciones que, desde fuera, parecen insoportables.

2. «El siempre de los hombres, naturalmente, un siglo, dos siglos»

Lampedusa introduce aquí una ironía fundamental: confundimos nuestra escala temporal con la eternidad.

Los seres humanos llamamos eterno a aquello que sobrevive a nuestra vida. Una institución que dura cien años puede parecernos inmutable, aunque, desde una perspectiva histórica, sea relativamente reciente.

Pensemos en las monarquías europeas, los imperios coloniales o las repúblicas modernas. Muchos de estos órdenes parecieron naturales a quienes vivieron bajo ellos. Sin embargo, terminaron transformándose o desapareciendo.

El poder no necesita ser eterno; le basta con durar lo suficiente para que varias generaciones lo consideren inevitable.

Este es un mecanismo importante de legitimación política. Cuando una institución existe desde hace mucho tiempo, su antigüedad puede confundirse con su justicia.

Pero que algo haya durado no demuestra que merezca durar.

Y que algo parezca inevitable tampoco significa que lo sea.


3. «Y luego será distinto, pero peor»

Aquí encontramos el pesimismo político más profundo de la cita.

Lampedusa no afirma simplemente que los sistemas políticos cambien. Sugiere que el cambio puede producir una degradación de quienes ejercen el poder.

La caída de una élite no garantiza la emancipación de la sociedad.

Una revolución puede destruir una aristocracia y crear una nueva burocracia privilegiada. Un movimiento que combate la corrupción puede desarrollar sus propias redes clientelares. Un partido que promete representar al pueblo puede terminar utilizando esa representación para perpetuarse.

El problema es que cambiar a quienes gobiernan no equivale necesariamente a cambiar las relaciones mediante las cuales se ejerce el poder.

Imaginemos tres escenarios:

El viejo ordenLa promesa de cambioEl posible resultado
Una aristocracia hereditariaIgualdad de oportunidadesUna élite económica que concentra los recursos
Una dictaduraLibertad políticaUn sistema electoral en el que persisten redes clientelares
Una burocracia privilegiadaGobierno del puebloUna nueva burocracia que monopoliza las decisiones

Estos ejemplos son posibilidades históricas, no desenlaces inevitables. Los cambios políticos también pueden ampliar derechos, reducir privilegios y mejorar las condiciones de vida.

Sin embargo, la advertencia de Lampedusa permanece: la identidad de quienes ocupan el poder puede cambiar sin que cambie sustancialmente la manera en que ese poder se organiza.

La pregunta decisiva, por tanto, no es solamente quién sustituye a los gobernantes, sino qué mecanismos impiden que los nuevos gobernantes reproduzcan los privilegios de sus antecesores.


4. «Nosotros fuimos los Gatopardos, los leones»

Aquí conviene detenernos en los animales.

El gatopardo representa al aristócrata, al miembro de una élite acostumbrada a ejercer el poder y a considerarlo parte de su mundo.

El león, por su parte, evoca la fuerza, la autoridad y el dominio.

Los leones no necesitan justificar continuamente su posición ante quienes consideran inferiores. Su autoridad descansa, en buena medida, en la aceptación de una jerarquía social.

Pero Lampedusa introduce algo interesante: quienes hablan reconocen que pertenecen a una clase histórica que será desplazada.

No se presentan como eternos. Saben que su época terminará.

Lo que les preocupa es quién ocupará su lugar.

Y aquí aparece una cuestión fundamental: una élite puede reconocer que su dominio es temporal sin dejar de considerar legítimo su derecho a dominar.

Saber que uno será sustituido no significa cuestionar el sistema que permitió ocupar la posición privilegiada.

Este es el límite de la autoconciencia aristocrática: reconocer la decadencia propia no equivale a renunciar a los privilegios.

La élite puede aceptar que ha llegado su ocaso y, aun así, seguir pensando que los demás no están a su altura.


5. «Quienes nos sustituyan serán chacalitos y hienas»

La sustitución de los leones por chacales y hienas es una imagen de degradación.

Los antiguos dominadores se atribuyen grandeza, dignidad y autoridad. A sus sucesores les reservan la mezquindad, el oportunismo y la depredación.

Pero hay una ironía que no debemos pasar por alto: quienes están perdiendo sus privilegios no son necesariamente observadores imparciales de quienes los reemplazan.

Una aristocracia puede interpretar el ascenso de nuevos grupos sociales como una decadencia moral, cuando también puede estar presenciando la pérdida de su monopolio sobre el prestigio y la autoridad.

Pensemos en el enfrentamiento entre una antigua élite terrateniente y una burguesía en ascenso.

Los primeros pueden considerar vulgares a los segundos, obsesionados con el dinero y carentes de tradición. Los segundos pueden considerar parasitarios a los primeros, beneficiarios de una posición heredada que no han tenido que conquistar.

Ambos pueden tener parte de razón y, al mismo tiempo, defender sus propios intereses.

La pregunta política consiste en distinguir dos fenómenos:

  • La sustitución de una élite por otra: cambia el grupo que ocupa la cima de la sociedad.
  • La transformación de las relaciones de poder: cambian las reglas que determinan quién puede gobernar, con qué límites y en beneficio de quién.

No son lo mismo.

Una sociedad puede experimentar la primera sin experimentar la segunda.


6. «Y todos, gatopardos, chacales y ovejas, continuaremos creyéndonos la sal de la tierra»

este es el núcleo filosófico del pasaje.

La expresión «la sal de la tierra» designa a quienes se consideran especialmente valiosos, indispensables o superiores al resto.

Lampedusa extiende esa ilusión a todos los grupos sociales.

Los antiguos aristócratas creen que su linaje los distingue. Los nuevos poderosos creen que su astucia o su éxito los hacen superiores. Y las ovejas, que representan a quienes siguen al rebaño o aceptan el orden establecido, tampoco quedan fuera de esa vanidad colectiva.

Todos encuentran una razón para considerarse excepcionales.

Desde el punto de vista político, esto tiene consecuencias importantes.

La dominación no se sostiene únicamente mediante la fuerza

Los gobernantes necesitan recursos, instituciones y, en ocasiones, coerción. Pero también necesitan relatos que expliquen por qué deben gobernar.

Una élite puede afirmar que merece el poder por su nacimiento.

Otra, por su riqueza.

Otra, por su preparación técnica.

Otra, por haber protagonizado una revolución.

Otra, por representar la voluntad del pueblo.

Los argumentos son diferentes, y no todos tienen el mismo fundamento. La preparación técnica, por ejemplo, puede ser relevante para desempeñar determinadas funciones públicas. Pero ninguno de estos atributos concede automáticamente un derecho ilimitado a gobernar.

La pregunta es cuándo una justificación legítima se convierte en una excusa para perpetuar privilegios.

El aristócrata puede decir: «Gobernamos porque tenemos tradición».

El empresario: «Gobernamos porque sabemos crear riqueza».

El revolucionario: «Gobernamos porque conocemos los intereses verdaderos del pueblo».

El tecnócrata: «Gobernamos porque sabemos lo que los demás ignoran».

Y el gobernante autoritario: «Gobernamos porque sin nosotros reinaría el caos».

En todos estos casos debemos preguntar qué evidencia respalda sus afirmaciones, quién se beneficia de ellas y qué mecanismos permiten cuestionarlas.

La crítica de Lampedusa alcanza aquí una dimensión antropológica: los seres humanos no solamente desean poder; también desean creer que merecen tenerlo.

Esa convicción puede ser mucho más resistente que cualquier régimen político.


7. Lampedusa frente a Maquiavelo, Marx y Pareto

La cita adquiere mayor profundidad cuando la ponemos en diálogo con otros pensadores.

Maquiavelo: el poder no es una cuestión de pureza moral

Para Nicolás Maquiavelo, comprender la política exige estudiar cómo se conquista, conserva y pierde el poder, en lugar de limitarse a juzgar las intenciones declaradas de los gobernantes.

Desde esa perspectiva, Lampedusa nos invita a desconfiar de las explicaciones que presentan los cambios políticos exclusivamente como enfrentamientos entre buenos y malos.

Los antiguos gobernantes pueden ser sustituidos por personas que emplean métodos diferentes, pero la lucha por conservar el poder continúa.

La cuestión maquiaveliana sería: ¿qué recursos permiten a los nuevos gobernantes mantenerse en el poder y qué circunstancias podrían hacerlos caer?

Marx: ¿cambia la sociedad o solamente la clase dominante?

Para Karl Marx, no basta con observar quién ocupa el gobierno. Hay que examinar las relaciones de producción, la propiedad y los conflictos entre clases sociales.

Desde una lectura marxista, la sustitución de los leones por chacales podría interpretarse como el reemplazo de una clase dominante por otra sin una transformación sustancial de las relaciones de explotación.

Sin embargo, sería un error convertir a Lampedusa en un simple portavoz de Marx.

Marx desarrolló una teoría histórica centrada en las contradicciones materiales y la lucha de clases. Lampedusa, en cambio, presenta una visión literaria y profundamente escéptica sobre las élites, el cambio histórico y las ilusiones humanas.

Además, desde una perspectiva marxista, las transformaciones revolucionarias no tienen por qué limitarse a sustituir a los integrantes de una clase dominante: también pueden modificar las relaciones de propiedad y producción.

La pregunta que ambos permiten plantear es esta: ¿qué cambia realmente cuando cambia el régimen político?

Pareto: la circulación de las élites

La relación más directa quizá sea con Vilfredo Pareto.

Pareto formuló la teoría de la circulación de las élites: en toda sociedad, una minoría ocupa las posiciones de poder, pero esa minoría no permanece necesariamente idéntica a lo largo del tiempo.

Las élites envejecen, pierden capacidad de adaptación y pueden ser reemplazadas por nuevos grupos que ascienden desde otros sectores sociales.

Este proceso no implica, por sí mismo, que desaparezca la estructura jerárquica.

Aquí la coincidencia con Lampedusa resulta evidente: los leones pueden ser desplazados por chacales, pero la sustitución no garantiza que la mayoría deje de estar subordinada a una minoría.

La diferencia es que Pareto intentaba desarrollar una teoría sociológica del fenómeno, mientras que Lampedusa lo convierte en una reflexión literaria sobre la decadencia, la vanidad y la continuidad del poder.


8. El gran problema: ¿toda revolución termina reproduciendo aquello que combate?

Esta es la pregunta que late debajo de todo el pasaje.

Si los nuevos gobernantes terminan comportándose como los antiguos, ¿debemos concluir que la revolución es inútil?

No necesariamente.

Esa conclusión iría más allá de lo que la historia permite afirmar.

Hay que distinguir tres niveles de transformación:

Primer nivel: cambian las personas.

Un grupo abandona el poder y otro lo ocupa. Las instituciones y las relaciones sociales permanecen relativamente intactas.

Segundo nivel: cambian las instituciones.

Se modifican las leyes, la organización del Estado, los mecanismos de representación y los límites del poder. Estos cambios pueden ser importantes, aunque sus resultados dependan de cómo se apliquen y de quiénes puedan hacerlos efectivos.

Tercer nivel: cambian las relaciones sociales.

Se transforman la distribución de los recursos, las oportunidades, las formas de participación y las condiciones que permiten a ciertos grupos concentrar poder sobre otros.

Estos niveles pueden combinarse de distintas maneras. Una revolución puede modificar las instituciones y, al mismo tiempo, crear nuevas desigualdades. Una reforma gradual puede alterar profundamente las relaciones sociales sin destruir el régimen político existente.

Por eso, no es correcto afirmar que todos los cambios terminan necesariamente en lo mismo.

Pero tampoco basta con celebrar la llegada de nuevos gobernantes para dar por concluida una transformación.

La prueba de un cambio político no es solamente quién llega al poder, sino qué posibilidades tienen los demás de controlar ese poder, limitarlo y sustituir a quienes lo ejercen.

Esa es una forma concreta de poner a prueba el pesimismo de Lampedusa.


9. La paradoja del cambio: transformar algo para conservar lo esencial

Hay otra idea que conviene relacionar con esta cita: la célebre reflexión de El gatopardo según la cual es necesario cambiar las cosas para que todo siga igual.

La paradoja describe una estrategia política reconocible.

Cuando una estructura de poder enfrenta una amenaza, puede optar por resistir, pero también puede hacer concesiones, incorporar a sus adversarios o modificar sus formas de funcionamiento.

Una monarquía puede aceptar reformas constitucionales. Una élite económica puede apoyar determinadas políticas sociales para reducir el conflicto. Un partido puede renovar sus dirigentes y su discurso sin modificar sus redes de intereses.

En estos casos, el cambio no es necesariamente una farsa. Las reformas pueden tener consecuencias reales y beneficiar a sectores antes excluidos.

La cuestión es si las modificaciones alteran también los mecanismos fundamentales de distribución del poder o si, por el contrario, permiten que estos sobrevivan bajo una apariencia renovada.

Aquí hay una distinción esencial:

  • Una reforma puede preservar un orden político y, aun así, mejorar genuinamente la vida de la población.
  • Una revolución puede transformar radicalmente ese orden y, sin embargo, producir nuevas formas de dominación.

La continuidad no siempre significa fracaso, del mismo modo que la ruptura no garantiza emancipación.

El análisis debe concentrarse en los resultados concretos.


10. ¿Qué nos dice Lampedusa sobre la democracia?

Su reflexión también permite plantear una pregunta incómoda: ¿puede una democracia convertirse en un mecanismo para la circulación de las élites sin que la ciudadanía tenga un control efectivo sobre ellas?

Sí, es una posibilidad.

Puede haber elecciones competitivas y, al mismo tiempo, grandes desigualdades en la capacidad de influir sobre las decisiones públicas. También puede existir alternancia entre partidos cuyos programas difieren en aspectos importantes, pero coinciden en determinadas prácticas de financiación, patronazgo o distribución de cargos.

Sin embargo, sería incorrecto deducir que todas las democracias son equivalentes o que la alternancia carece de valor.

Las elecciones, la libertad de expresión, la independencia judicial, la organización sindical y la participación ciudadana pueden ofrecer instrumentos efectivos para limitar a los gobernantes. Su existencia y funcionamiento marcan diferencias reales.

La advertencia de Lampedusa debe servir para examinar esas instituciones, no para descartarlas.

Podemos formular cuatro preguntas:

  1. ¿Los ciudadanos pueden cambiar efectivamente a sus gobernantes?
  2. ¿Los gobernantes están sujetos a controles independientes?
  3. ¿Las personas tienen oportunidades reales de organizarse e influir en las decisiones públicas?
  4. ¿El sistema permite corregir las desigualdades y los abusos de poder?

Cuanto más difícil resulte responder afirmativamente, más necesario será investigar la distancia entre las promesas del régimen y su funcionamiento real.

La democracia no elimina automáticamente las élites. Su desafío consiste, entre otras cosas, en impedir que estas se vuelvan irresponsables ante la sociedad.


conclusión: el verdadero pesimismo de Lampedusa

el pasaje puede leerse como una advertencia contra dos ilusiones políticas opuestas.

La primera es la ilusión conservadora: creer que el orden existente es natural, que sus jerarquías son merecidas y que cualquier transformación conduce necesariamente al desastre.

La segunda es la ilusión revolucionaria: creer que basta con derribar a los antiguos poderosos para construir una sociedad radicalmente distinta.

Lampedusa pone en duda ambas certezas.

Los antiguos dominadores no son eternos, pero su desaparición tampoco garantiza que aparezca un orden más justo. Los nuevos gobernantes pueden tener otros orígenes, otros discursos y otras ambiciones, sin dejar de reproducir mecanismos de exclusión y privilegio.

Y todos pueden convencerse de que su posición está justificada.

Sin embargo, hay una diferencia importante entre reconocer la persistencia histórica de las élites y considerar imposible cualquier transformación. La primera afirmación invita a estudiar las condiciones que permiten reproducir el poder; la segunda convierte una tendencia histórica en un destino inevitable.

No tenemos razones suficientes para dar ese salto.

Por eso

Si toda élite tiende a considerarse indispensable, ¿qué instituciones y qué formas de organización social pueden impedir que esa convicción se convierta en dominación permanente?

Esa pregunta nos devuelve a la política concreta: los límites al poder, la distribución de los recursos, la organización colectiva y la capacidad de los ciudadanos para exigir cuentas.

Porque quizá el problema no sea que siempre haya leones, chacales y ovejas.

Quizá el problema decisivo sea que la sociedad termine aceptando como natural que unos estén destinados a mandar y otros a obedecer.