martes, 28 de julio de 2026

La historia de Benigno Aquino Jr. parece escrita con la tinta de las tragedias clásicas. Es la historia de un hombre que desafió a un dictador sabiendo que probablemente no sobreviviría, y cuya muerte terminó provocando precisamente aquello que el régimen intentaba evitar.

Aquino nació en 1932 en una de las familias políticas más influyentes de Filipinas. Era brillante, carismático y ambicioso. A los 22 años ya era alcalde. Poco después fue gobernador y, con apenas 34 años, senador. Muchos lo consideraban el futuro presidente del país.

Pero ese futuro chocó contra el ascenso de Ferdinand Marcos.

Marcos había llegado al poder mediante elecciones, pero en 1972 declaró la ley marcial. Argumentó que era necesaria para combatir el comunismo y restaurar el orden. En la práctica, significó censura, encarcelamientos, desapariciones y la concentración casi absoluta del poder.

Aquino se convirtió en el crítico más peligroso del régimen. Denunciaba la corrupción, el autoritarismo y el enriquecimiento de la élite gobernante. Marcos comprendió que era más peligroso con palabras que muchos con armas.

Fue arrestado y acusado por tribunales militares. Pasó años en prisión. Durante ese tiempo sufrió un infarto. Necesitaba cirugía cardíaca y finalmente se le permitió viajar a Estados Unidos para recibir tratamiento, con la condición implícita de que permaneciera en el exilio.

Muchos pensaron que nunca volvería.

Pero Aquino creía que un líder debía compartir el destino de su pueblo. Sabía perfectamente el riesgo. Antes de abordar el avión que lo llevaría de regreso a Manila en agosto de 1983, dijo a los periodistas algo que quedó para la historia:

Afirmó que era su obligación sufrir junto a su pueblo en lugar de buscar asilo político en Estados Unidos.

El avión aterrizó.

Aquino descendió por la escalerilla rodeado de militares.

Unos segundos después se escuchó un disparo.

Cayó muerto sobre la pista del aeropuerto.

El gobierno aseguró que un asesino solitario había disparado y que luego había sido abatido. Muy pocos creyeron esa versión. Para millones de filipinos quedó claro que el régimen era responsable, directa o indirectamente, del asesinato.

Paradójicamente, Marcos había eliminado al hombre... pero había creado un símbolo.

El funeral reunió a millones de personas. El miedo comenzó a romperse. La oposición encontró un rostro común. La indignación sustituyó al silencio.

Tres años después, en 1986, unas elecciones plagadas de denuncias de fraude dieron paso a la llamada Revolución del Poder Popular. Millones de ciudadanos salieron pacíficamente a las calles. Monjas, estudiantes, trabajadores y soldados terminaron enfrentando al régimen sin recurrir a la violencia.

Marcos huyó del país.

La democracia fue restaurada.

La viuda de Aquino, Corazon Aquino, se convirtió en presidenta de Filipinas. Décadas más tarde, su hijo, Benigno Aquino III, también ocuparía la presidencia.

La ironía histórica es poderosa. Marcos intentó borrar a su adversario con una bala. Esa bala terminó perforando la legitimidad de su propio gobierno.

En política existen derrotas que parecen victorias y victorias que contienen el germen de la derrota. El asesinato de Benigno Aquino pertenece a esta segunda categoría. El régimen eliminó a un hombre de carne y hueso, pero creó un mártir imposible de encarcelar. Desde aquel día, su voz dejó de pertenecerle a él y comenzó a hablar a través de millones de personas que ya no estaban dispuestas a vivir con miedo.

Algunas revoluciones nacen del hambre. Otras de una guerra. La de Filipinas comenzó, en gran medida, con el eco de un disparo sobre una pista de aterrizaje. Ese disparo no silenció una idea. La amplificó hasta cambiar la historia de un país. 


 ¿Votaron por la derecha en Colombia y Perú? ¡Por supuesto que votaron por la derecha! ¿Qué esperaban? ¿Un milagro?

Ese es el gran chiste de la humanidad, ¿saben? Nos encanta cambiar de carcelero y pretender que es un avance. Llevamos siglos atrapados en este sube y baja político mental. Unos años votamos por la izquierda porque los de la derecha nos robaron hasta los calzones, y cuando los de la izquierda demuestran ser exactamente igual de incompetentes, pero con un discurso más aburrido y poético, la gente se asusta, entra en pánico y dice: "¡Oh, no! ¡Comunismo! ¡Nos van a quitar las vacas que no tenemos! Rápido, traigan de vuelta a los ladrones de corbata, a esos ya los conocemos".

¡Es una genialidad del marketing! La ilusión de la elección. Izquierda, derecha... ¡Es el mismo monstruo con dos traseros distintos, amigos!

Miren a Perú. Perú cambia de presidente como quien cambia de calcetines. Tienen más expresidentes en prisión o prófugos que en los libros de historia. Es un récord mundial. Votan por un tipo que promete el paraíso del pueblo, el tipo no sabe ni ponerse el sombrero al derecho, colapsa el sistema, y la solución del público es: "Bueno, el experimento popular no funcionó, volvamos a la oligarquía tradicional. Ellos roban con más elegancia, usan cubiertos de plata". ¡Por favor!

Y Colombia... ¡Ah, Colombia! El país del realismo mágico, donde lo único mágico es cómo la gente sigue creyendo en las promesas de campaña. Tuvieron su primer gobierno de izquierda, la gente pensó: "¡Por fin! ¡El cambio!". Pero se dieron cuenta de que "el cambio" significaba simplemente que los nuevos burócratas querían su turno en el banquete. Así que, ¿qué hace el votante promedio? Se asusta de la retórica, extraña el viejo orden militarizado y corre de vuelta a los brazos de los mismos terratenientes y empresarios que los han tenido exprimiendo limones los últimos sesenta años.

¿Saben lo que es la derecha y la izquierda en Súmerica? Es el juego de la soga, pero la soga está amarrada al cuello del ciudadano común. Unos tiran para un lado, los otros tiran para el otro, y el tipo del medio solo se va quedando sin aire mientras dice: "Vaya, este nuevo nudo se siente más democrático".

A los dueños del circo —y hablo de los verdaderos dueños, los banqueros, las multinacionales, los tipos que financian las campañas de ambos lados— les importa un comino quién gane. Ellos ganan siempre. Si gana la derecha, privatizan y hacen negocios; si gana la izquierda, compran los bonos de deuda pública más baratos y esperan a que el país quiebre para comprarlo a precio de saldo. Es un negocio redondo.

Pero el público sigue yendo a las urnas con su carita de optimismo, haciendo fila bajo el sol, convencidos de que esta vez sí. "Esta vez el millonario de la derecha sí va a pensar en mi pensión". Es hermoso. Es una fe conmovedora. Es la misma fe que se necesita para creer que el lobo va a cuidar a las ovejas porque esta vez el lobo prometió volverse vegano.

Disfruten el nuevo gobierno, amigos. Será exactamente igual al anterior, pero con un logo diferente y marchas militares en lugar de canciones de protesta. Al final del día, la derecha o la izquierda no importan. La única dirección que cuenta es hacia abajo... que es hacia donde nos dirigimos todos, y a una velocidad envidiable.

 


Robespierre: el hombre que quiso vestir a la virtud con una espada

Hay hombres que llegan al mundo como un río. Otros llegan como una pregunta. Maximilien Robespierre nació como una conciencia. Antes de que su nombre fuera pronunciado con miedo, fue el de un muchacho silencioso que creyó que la justicia podía ordenar el caos de los hombres.

Creció con el sabor temprano de la pérdida. La muerte le arrebató a su madre; la ausencia le robó a su padre. Desde niño comprendió que el mundo no era un lugar equitativo. Tal vez por eso buscó refugio en los libros. Mientras otros perseguían fortuna, él perseguía una palabra más escurridiza: virtud.

La Revolución Francesa apareció como un amanecer. Las viejas cadenas parecían oxidarse bajo el peso de un pueblo cansado de inclinar la cabeza. El rey ya no parecía eterno. Los privilegios empezaban a agrietarse. Francia era una montaña que despertaba después de siglos de dormir.

Y Robespierre creyó escuchar el latido de la historia.

No era el más carismático. No era el más divertido. Tampoco el más querido. Pero hablaba con una convicción que parecía tallada en piedra. Cada discurso era un juramento. Cada voto, una oración dirigida a una república que aún no existía.

Creía que la libertad necesitaba guardianes. Creía que la igualdad exigía sacrificios. Creía, sobre todo, que la corrupción era un veneno capaz de destruir cualquier sueño.

Y, poco a poco, ocurrió algo que se repite con inquietante frecuencia en la historia.

La virtud dejó de ser una brújula y comenzó a convertirse en un tribunal.

Llegó la guerra. Llegó el hambre. Llegaron las conspiraciones. Europa entera deseaba aplastar la revolución antes de que sus ideas cruzaran las fronteras. Entonces el miedo ocupó el lugar de la esperanza.

Cuando una nación vive rodeada de enemigos, hasta el silencio parece sospechoso.

Robespierre tomó una decisión que cambiaría su nombre para siempre. Si la revolución estaba amenazada, pensó, debía defenderse con una dureza implacable. La guillotina dejó de ser el castigo de los tiranos para convertirse en el lenguaje cotidiano del poder.

La cuchilla descendía con la precisión de un reloj.

Cada golpe prometía salvar a la República.

Cada golpe la alejaba un poco más de sus ideales.


El Terror no apareció de un solo paso. Avanzó como el invierno. Primero enfría las hojas. Luego las ramas. Finalmente alcanza el corazón del bosque.

Las plazas se llenaron de espectadores. La muerte se volvió costumbre. La sospecha reemplazó a la confianza. La revolución comenzó a alimentarse de sus propios hijos, como un incendio que ya no distingue entre el bosque y las semillas.

Y entonces ocurrió la ironía que la historia reserva para quienes creen controlar su curso.

El hombre que había enviado a tantos a la guillotina terminó caminando hacia ella.

Con la mandíbula destrozada y el rostro cubierto de vendas, Robespierre ya no pronunciaba discursos. Solo quedaba el silencio. Aquel silencio que ninguna asamblea podía votar ni ningún comité podía condenar.

La cuchilla cayó.

Y, durante un instante, pareció que no moría únicamente un hombre. También moría una advertencia.

Porque Robespierre nunca dejó de hablar de justicia. Nunca dejó de invocar la virtud. Jamás se describió a sí mismo como un tirano. Esa es la parte más incómoda de su historia. Los monstruos son fáciles de reconocer. Mucho más difícil es identificar el momento en que un ideal, convencido de su propia pureza, comienza a olvidar la compasión.

Quizá la historia no deba juzgarlo únicamente como héroe o como villano.

Tal vez deba recordarlo como un espejo.


Cada generación se acerca a ese espejo creyendo que nunca repetirá sus errores. Sin embargo, una y otra vez aparecen voces que aseguran poseer la verdad absoluta, la moral perfecta, el único camino posible. Y cada vez que eso ocurre, la sombra de Robespierre vuelve a caminar entre nosotros.

Porque la libertad necesita coraje.

Pero la virtud, cuando olvida la misericordia, puede terminar levantando un cadalso.

Y ninguna revolución, por luminosa que sea al amanecer, permanece pura si empieza a medir la justicia por la velocidad con la que cae una cuchilla. 

 La propaganda no vende mentiras; vende comodidad

 La gente cree que la propaganda es un tipo con bigote dando un discurso desde un balcón. Qué alivio. Si la propaganda solo fuera eso, sería fácil reconocerla. El problema es que aprendió modales. Se puso traje, abrió una cuenta en redes sociales, contrató expertos en marketing y empezó a sonreír.

La propaganda ya no necesita convencerte de una mentira gigantesca. Le basta con administrar tu atención. Mostrarte unas cosas y esconderte otras. Hacer que una tragedia parezca una estadística y que una estadística parezca una tragedia nacional. No fabrica necesariamente la realidad; decide cuál parte de la realidad merece existir.

Y nosotros colaboramos encantados.

Queremos creer que somos ciudadanos críticos, pero la mayoría consumimos información como quien elige cereal en el supermercado: por el empaque. Si el mensaje confirma lo que ya pensamos, lo compartimos antes de terminar de leerlo. Si contradice nuestras ideas, exigimos pruebas imposibles. No buscamos la verdad; buscamos sentir que nuestro equipo ganó el partido.

Los gobiernos hacen propaganda. 

Las empresas hacen propaganda. 

Los partidos hacen propaganda. 

Los activistas hacen propaganda. 

Los medios hacen propaganda. 

Y ahora cualquiera con un teléfono puede hacerlo. La diferencia ya no es quién manipula, sino quién manipula mejor.

La mentira, curiosamente, ni siquiera es el ingrediente principal. Una mentira puede descubrirse. Una media verdad es mucho más resistente porque lleva adherido un pedazo de realidad. Es como echar una gota de veneno en un vaso de agua limpia: casi todo sigue siendo agua, pero ya no puedes beberla con tranquilidad.

La propaganda moderna no te dice qué pensar. Eso sería demasiado evidente. Te dice sobre qué pensar. Decide qué tema ocupará tu indignación esta semana mientras otros asuntos desaparecen del mapa. El silencio también comunica. Lo que no aparece en tu pantalla empieza a parecer que no existe.

Y cuando todos viven dentro de burbujas distintas ocurre el milagro: millones de personas creen estar perfectamente informadas mientras habitan universos completamente diferentes. Ya no hace falta censurar. Basta con saturar. Si todo es urgente, nada es importante. Si todo es escándalo, el escándalo deja de escandalizar.

El truco más brillante de la propaganda nunca fue enseñar a la gente qué debía creer. Fue convencerla de que llegó sola a esa conclusión.

Y ahí está la obra maestra: una población que se siente libre porque puede elegir entre relatos cuidadosamente diseñados por otros. No son cadenas; son opciones de menú.

La propaganda no siempre es la gestión de la mentira. Es algo más sofisticado y, por eso mismo, más peligroso: la gestión de nuestra percepción, de nuestras emociones y de nuestro tiempo. Porque quien consigue decidir qué ves, qué ignoras y qué te indigna, no necesita controlar tus palabras. Tarde o temprano, terminará controlando tus pensamientos.



 Severino Di Giovanni: el hombre que quiso incendiar la noche


Hay hombres que nacen para construir puentes. Otros para escribir libros. Algunos para sembrar árboles cuya sombra nunca conocerán.

Y existen unos pocos que nacen convencidos de que el mundo es una casa tan infestada de injusticia que solo puede salvarse prendiendo fuego a sus cimientos.

Severino Di Giovanni fue uno de ellos.

No vino al mundo con un fusil entre las manos. Nació en una Italia donde el hambre caminaba más deprisa que la esperanza y donde el fascismo comenzaba a extenderse como una humedad que sube por las paredes hasta borrar los colores de una casa. Aprendió el oficio de tipógrafo, pero antes que imprimir letras quiso imprimir rebeldías. Descubrió el anarquismo y creyó haber encontrado una patria que no necesitaba fronteras ni banderas.

Cuando emigró a Argentina llevaba pocas pertenencias. Las más pesadas no ocupaban espacio: indignación, ideales y una fe casi religiosa en la revolución.

Buenos Aires era una ciudad inmensa, llena de inmigrantes que soñaban con empezar de nuevo. Severino también empezó de nuevo, pero no buscando paz. Buscando combate.

Mientras otros levantaban negocios, él levantaba periódicos clandestinos. Mientras otros ahorraban para comprar una casa, él acumulaba argumentos para destruir un sistema entero. Para él, la imprenta era un arma. Cada palabra debía ser una bala dirigida contra el poder.

Entonces llegó el caso de Sacco y Vanzetti.

Cuando los dos anarquistas italianos fueron ejecutados en Estados Unidos, Severino sintió que el mundo había pronunciado una sentencia contra todos los rebeldes. Y decidió responder.

Las palabras dejaron de parecerle suficientes.

Llegaron las bombas.

Cada explosión pretendía despertar conciencias. Pero las explosiones nunca preguntan quién merece morir. El fuego no distingue entre culpables e inocentes. La metralla no sabe leer manifiestos.

Allí comenzó la tragedia.

Porque la revolución, cuando se enamora de la violencia, termina pareciéndose demasiado al monstruo que juró destruir.

Incluso muchos anarquistas le dieron la espalda. No porque dejaran de odiar la injusticia, sino porque comprendieron que una idea puede perder su alma cuando necesita cadáveres para sostenerse.

Sin embargo, Severino siguió adelante.

Vivió escondido, perseguido, siempre un paso delante de la policía y un paso detrás de su propio destino. En medio de esa vida clandestina encontró el amor. Escribió cartas de una ternura casi imposible para un hombre cuya existencia estaba rodeada de dinamita. Como si dentro del incendiario siguiera viviendo un poeta que nunca terminó de morir.

Pero todos los fugitivos acaban encontrando una esquina donde el tiempo los espera.

Fue capturado.

Golpeado.

Juzgado con una rapidez que parecía escrita antes del juicio.

Y finalmente llevado frente al pelotón de fusilamiento.

Tenía apenas veintinueve años.

Veintinueve.

Hay árboles que a esa edad apenas comienzan a dar sombra.


Dicen que antes de morir gritó: «¡Viva la anarquía!»

Quizá fue un desafío.

Quizá una despedida.

Quizá ambas cosas.

Desde entonces, su figura permanece suspendida entre dos fuegos. Para unos fue un héroe que enfrentó al fascismo cuando casi nadie se atrevía. Para otros, un hombre que permitió que la justicia se deformara hasta convertirse en venganza.

Tal vez ambas imágenes sean ciertas.

Porque los seres humanos no somos estatuas de mármol. Somos contradicciones respirando.


La historia de Severino Di Giovanni no habla únicamente de un anarquista. Habla del instante en que una causa justa corre el riesgo de perderse dentro de sus propios métodos. Del momento en que el odio hacia la opresión comienza a parecerse demasiado a la opresión misma.

Hay incendios que iluminan el camino.

Y hay incendios que terminan consumiendo también al que sostiene la antorcha.

Severino quiso incendiar la noche.

Lo consiguió.

Pero el fuego, como siempre, no obedeció a nadie. 


 Esta célebre reflexión de Erich Fromm —perteneciente a su obra Psicoanálisis de la sociedad contemporánea (1955)— resume con precisión su crítica a la alienación moderna y a las dinámicas del capitalismo industrial y postindustrial.

1. La metamorfosis de la dominación: Del esclavo al autómata

Fromm establece un contraste fundamental entre la coerción tradicional y la alienación moderna:

  • El peligro del pasado (La esclavitud): Representa el autoritarismo manifiesto. La dominación se ejercía mediante la fuerza física, la violencia o la subordinación legal explícita. El esclavo reconoce su yugo y a su opresor; por ende, conserva la conciencia de su falta de libertad y mantiene viva la posibilidad de la rebelión.

  • El peligro del futuro (El robot / autómata): Representa el autoritarismo anónimo y sutil. La sociedad industrial no necesita cadenas físicas cuando logra que el individuo asimile las demandas del sistema como si fueran sus propios deseos. El autómata no se sabe manipulado; cree ser libre mientras consume, trabaja y piensa según los patrones estandarizados por la masa.

2. La ilusión de la estabilidad: Por qué "los robots no se rebelan"

Desde una perspectiva puramente utilitaria, una sociedad de autómatas parecería perfecta para las estructuras productivas: genera individuos obedientes, predecibles y técnicamente eficaces. Al no haber un opresor visible contra el cual luchar, no existe una revolución consciente.

Sin embargo, Fromm señala la falla trágica de este modelo: el ser humano no es una máquina.

3. La figura del Gólem y la destructividad de la apatía

En el folclore judío, el Gólem es una criatura de arcilla animada artificialmente que carece de alma e intelecto propio, y que frecuentemente termina descontrolándose y destruyendo a su creador. Fromm recurre a esta metáfora para advertir sobre el colapso psíquico del ser humano reprimido:

  • La incompatibilidad biológica y psicológica: La naturaleza humana requiere creatividad, vínculo afectivo, autonomía y, sobre todo, sentido.

  • El aburrimiento existencial: No se trata de un simple cansancio, sino de un vacío profundo (angst existencial). Cuando la vida se reduce a la rutina autómata y al consumo pasivo, el psiquismo humano no aguanta la neutralidad.

  • La violencia reactiva: La energía vital reprimida que no encuentra un canal constructivo (amor, arte, creación, pensamiento crítico) se convierte en energía destructiva. La apatía prolongada genera neurosis colectiva, destructividad irracional y autodestrucción.

Resumen del diagnóstico

El ser humano puede soportar la escasez física o el esfuerzo duro si encuentra sentido en lo que hace; lo que no puede tolerar sin perder la cordura es la irrelevancia de su propia existencia.

La advertencia de Fromm mantiene una vigencia notable: el verdadero riesgo de la modernidad no es solo la pérdida de la libertad formal, sino la pérdida de la vida interior a cambio de una comodidad superficial y vacía.

lunes, 27 de julio de 2026

 El imperio invisible: cuando las palabras gobiernan antes que las leyes


Hay imperios que se levantan con ejércitos.

Otros con dinero.

Y hay uno mucho más antiguo y silencioso: el imperio del lenguaje.

Ningún gobernante ha logrado dominar una sociedad únicamente con soldados. Los soldados ocupan las calles. Las palabras ocupan las mentes. Y una mente conquistada necesita pocos guardianes.

Por eso los grandes pensadores del último siglo dedicaron tanto esfuerzo a comprender el lenguaje. Habían descubierto que el poder no empieza en los palacios, sino en las conversaciones cotidianas.

George Orwell: quien controla las palabras controla el pensamiento

Cuando George Orwell publicó 1984, muchos creyeron que escribía una novela sobre un futuro imaginario.

En realidad escribía sobre un peligro permanente.

En el mundo de 1984 existe la "neolengua", un idioma diseñado para hacer imposible cierto tipo de pensamientos. Si desaparece la palabra "libertad", pensar en la libertad se vuelve cada vez más difícil.

No porque el gobierno prohíba pensar.

Sino porque ha reducido las herramientas con las que la mente construye sus ideas.

Orwell entendió algo extraordinario.

El lenguaje no es solamente un vehículo del pensamiento.

También es su límite.

Cada vez que un gobierno reemplaza una palabra incómoda por otra más agradable, está intentando modificar la percepción del ciudadano.

No dice "censura".

Dice "regulación".

No dice "propaganda".

Dice "información oficial".

No dice "fracaso".

Dice "reajuste".

Las palabras funcionan como lentes.

Cambiar el lente cambia el paisaje.

Michel Foucault: el poder habla incluso cuando nadie da órdenes

Michel Foucault fue todavía más lejos.

Sostenía que el poder no vive únicamente en los presidentes o en los parlamentos.

Circula.

Está en las escuelas.

En los hospitales.

En las cárceles.

En las universidades.

En los periódicos.

Incluso en la forma en que hablamos.

Cuando una sociedad comienza a llamar "normal" a unas conductas y "anormales" a otras, está ejerciendo poder sin necesidad de violencia.

Las personas terminan vigilándose unas a otras.

Y finalmente se vigilan a sí mismas.

Es una prisión cuyos barrotes son invisibles.

Antonio Gramsci: conquistar la cultura antes que el gobierno

Mientras estaba encarcelado por el régimen fascista de Benito Mussolini, Antonio Gramsci llegó a una conclusión decisiva.

Los gobiernos no permanecen en el poder solamente porque poseen policías o ejércitos.

Permanecen porque muchas personas aceptan espontáneamente su manera de entender el mundo.

A eso lo llamó hegemonía cultural.

Quien consigue definir qué palabras son respetables, qué ideas parecen "sentido común" y cuáles resultan ridículas, ha ganado media batalla antes de celebrarse una sola elección.

Por eso todas las corrientes políticas intentan influir en la educación, los medios de comunicación, el cine, la literatura y las redes sociales.

No buscan únicamente votos.

Buscan definir el significado de las palabras.

Noam Chomsky: fabricar el consentimiento

Noam Chomsky observó que, en las democracias modernas, el control rara vez depende de la fuerza bruta.

Depende de convencer.

Junto con Edward S. Herman desarrolló la idea de la fabricación del consentimiento.

No significa que exista una conspiración perfecta.

Significa que los medios, los gobiernos, las empresas y otros actores pueden terminar presentando ciertos asuntos desde perspectivas muy parecidas.

Así, el ciudadano siente que eligió libremente una opinión que, en realidad, fue moldeada por el modo en que se presentaron los hechos.

No siempre importa qué noticia aparece.

A veces importa más cuál nunca aparece.

Las palabras que parten al mundo en dos

La política suele simplificar una realidad compleja.

Las etiquetas son herramientas muy eficaces.

"Pueblo" y "élite."

"Patriotas" y "traidores."

"Conservadores" y "progresistas."

"Comunistas" y "capitalistas."

Cada palabra reúne millones de personas distintas bajo una sola bandera.

Es útil para movilizar.

Pero también puede impedir comprender los matices.

Cuando una etiqueta sustituye a una persona, el diálogo se vuelve más difícil.

Las redes sociales: la velocidad del lenguaje

Nunca en la historia una frase había viajado tan rápido.

Un eslogan puede recorrer el planeta en minutos.

Los algoritmos favorecen los mensajes breves, emocionales y contundentes.

No premian necesariamente la verdad.

Premian la atención.

Por eso abundan frases absolutas como:

"Todos mienten."

"Siempre fracasan."

"Nunca funciona."

Son fáciles de recordar, aunque la realidad casi nunca sea tan simple.

La defensa del ciudadano

Frente a este océano de palabras, la mejor protección no es desconfiar de todo.

Es aprender a escuchar con precisión.

Cada vez que un dirigente, un periodista, un influencer o un intelectual emplea una palabra muy cargada, conviene detenerse.

Preguntar:

¿Qué significa exactamente?

¿Qué hechos la respaldan?

¿Qué emociones intenta despertar?

¿Qué ocurriría si cambiáramos esa palabra por otra más neutral?

Esas preguntas son pequeñas, pero tienen una fuerza extraordinaria.

Porque el pensamiento crítico comienza cuando dejamos de repetir palabras ajenas y empezamos a examinarlas.

Epílogo

La historia suele contarse como una sucesión de batallas, revoluciones y elecciones.

Pero debajo de cada una hubo una batalla menos visible.

Una batalla por el significado de las palabras.

Antes de conquistar una ciudad hubo que conquistar una idea.

Antes de derribar un gobierno hubo que cambiar un relato.

Y antes de que una multitud gritara al unísono, alguien encontró la frase adecuada.

Las palabras son el primer territorio de la política.

Quien aprende a escucharlas con atención descubre que, muchas veces, las revoluciones empiezan mucho antes del primer disparo.

Empiezan en una conversación. 

 El triunfo aparente de la libre individualidad y de la «personalización» (desde el ordenador personal al entrenador personal, desde el comprador personal al entrenador de vida personal) coexiste con el nacimiento de la nueva figura del ermitañismo masivo de la muchedumbre solitaria. En el metro y en los autobuses, en los trenes y centros comerciales, el individuo robinsoniano, incluso en medio de cientos de personas, está permanentemente solo y aislado: es incapaz de comunicarse y madurar dialógicamente una toma de conciencia que desemboque en un disenso contra la falsa universalidad en la que está inmerso. En esto podemos ver la completa realización de la existencia «inauténtica» criticada por Heidegger en el párrafo 27 de Ser y tiempo. 

Diego fusaro.    

Este pasaje de Diego Fusaro reúne ideas de varios filósofos para describir una paradoja de la sociedad actual: nunca habíamos tenido tanta libertad individual aparente y, sin embargo, nunca habíamos estado tan aislados.

Veamos la idea por partes.

"El triunfo aparente de la libre individualidad y de la personalización..."

Fusaro señala que vivimos rodeados de servicios "personalizados": computadora personal, entrenador personal, asesor personal, algoritmos que nos recomiendan música, películas o noticias. Todo parece estar diseñado para el individuo.

Esto transmite la sensación de que somos más libres que nunca. Pero él dice que ese triunfo es aparente, porque muchas de esas elecciones ya vienen orientadas por el mercado y la tecnología.

"...coexiste con el nacimiento de la nueva figura del ermitañismo masivo de la muchedumbre solitaria."

Aquí aparece la paradoja.

Somos una multitud, pero cada uno vive encerrado en su propio mundo. Es el "ermitaño moderno": alguien que está rodeado de personas, pero emocional e intelectualmente aislado.

Piensa en un vagón del metro: cien personas juntas, casi todas mirando su teléfono. Hay proximidad física, pero poca relación humana.

"El individuo robinsoniano..."

La referencia es a Robinson Crusoe, el náufrago que vive solo en una isla.

Fusaro dice que hoy cada individuo se parece a Robinson Crusoe: autosuficiente en apariencia, pero aislado. Ya no necesita dialogar mucho con otros porque consume información, entretenimiento y servicios de forma individual.

"Es incapaz de comunicarse y madurar dialógicamente una toma de conciencia..."

Aquí entra una idea muy importante.

Para muchos filósofos, las personas desarrollan una conciencia crítica conversando, discutiendo y confrontando ideas.

Si cada uno permanece encerrado en su burbuja, esa conciencia colectiva nunca llega a formarse.

"...que desemboque en un disenso contra la falsa universalidad..."

Según Fusaro, el sistema económico y cultural presenta sus reglas como si fueran naturales e inevitables: competir, consumir, producir más.

Él llama a eso una "falsa universalidad": algo que parece válido para todos, pero que en realidad responde a intereses concretos.

Si las personas permanecen aisladas, difícilmente cuestionarán ese orden.

La referencia a Heidegger

Fusaro termina citando a Martin Heidegger y su obra Ser y tiempo.

En el §27, Heidegger describe la existencia dominada por "el Uno" (das Man): vivimos como "se vive", opinamos como "se opina", hacemos lo que "todo el mundo hace". En ese estado perdemos autenticidad porque dejamos que la sociedad piense por nosotros.

Fusaro sostiene que hoy esa existencia inauténtica alcanza su máxima expresión: el individuo cree ser único porque personaliza su consumo, pero en realidad está más integrado que nunca en un modelo que lo mantiene aislado y poco dispuesto a cuestionarlo.

En resumen, la crítica de Fusaro no es contra la individualidad en sí, sino contra una individualidad consumista y solitaria. Cuanto más nos convencemos de que somos individuos completamente independientes, menos dialogamos, menos construimos proyectos comunes y menos capacidad tenemos para cuestionar el orden social en el que vivimos. Esa es, para él, una de las grandes contradicciones de la modernidad.

 Inocular en el ser humano sentimientos de culpabilidad, es decir, hacerle sentir culpable de ciertos problemas, es una forma muy útil de mantener a la gente sumisa, alienada y esclavizada bajo el imperativo de determinadas ideas. 

La culpa no sólo te quita el sueño: hipoteca también tu vigilia, tu trabajo y tu dinero. Las grandes causas quieren que les entregues tu voluntad, tu horario laboral y tus recursos económicos. Dona. Sé voluntario. Vigila a tu vecino. Trabaja gratis para «la causa». 

Los grandes ideales siempre están ahí, para seducirte y abducirte. Espabila o defiéndete. O, sin ofrecer resistencia, como un pelele, entrégate y obedece. Tú eliges, sí, pero no esperes que te dejen elegir ni libre ni cómodamente. La libertad no se regala: se lucha por ella.

Jesús G Maestro

 Haymarket: la noche en que una bomba cambió el mundo


Chicago, 4 de mayo de 1886.

La ciudad respiraba humo.

No era solamente el humo de las fábricas, sino el de una época que quemaba hombres para fabricar riqueza. Miles de obreros entraban antes del amanecer y salían cuando el sol ya era un recuerdo. Doce, catorce, dieciséis horas de trabajo. Las máquinas nunca se cansaban. Los dueños tampoco parecían hacerlo. Los únicos que se rompían eran los cuerpos.

Pero aquel año algo estaba cambiando.

Como una marea que nadie supo detener, cientos de miles de trabajadores en Estados Unidos comenzaron a exigir una idea que hoy parece sencilla y entonces sonaba revolucionaria: ocho horas de trabajo, ocho de descanso y ocho para vivir.

El 1 de mayo las calles se llenaron de huelguistas. Chicago era el corazón del movimiento. Era una ciudad hecha de acero, inmigrantes y pobreza. Alemanes, irlandeses, checos, polacos... hablaban idiomas distintos, pero el cansancio tenía el mismo acento para todos.

Dos días después, frente a la fábrica McCormick, la tensión explotó.

Los huelguistas protestaban mientras la empresa contrataba rompehuelgas. Sonaron disparos. La policía abrió fuego. Varios trabajadores cayeron sobre el barro. La sangre se mezcló con el polvo industrial.

La indignación fue inmediata.

Los dirigentes obreros convocaron un mitin para la noche del 4 de mayo en la plaza Haymarket.

No era una multitud enfurecida.

Llovía.

Muchas familias habían regresado a casa. Los oradores hablaban desde una carreta. Incluso el alcalde de Chicago asistió durante un rato y se marchó convencido de que el acto era pacífico.

Cuando el último discurso casi terminaba, apareció una columna de casi doscientos policías.

Ordenaron dispersar la reunión.

Entonces ocurrió el instante que todavía hoy sigue envuelto en sombras.

Una bomba salió desde algún lugar de la multitud.

Nunca se supo quién la lanzó.

La explosión mató a un policía y abrió un segundo de silencio que inmediatamente fue reemplazado por el estruendo de decenas de disparos.

Los agentes disparaban hacia la multitud.

La multitud corría en todas direcciones.

Algunos trabajadores respondían.

Otros simplemente intentaban escapar.

En pocos minutos la plaza era un paisaje de cuerpos, humo y confusión.

Murieron policías.

Murieron trabajadores.

Muchos de estos últimos jamás fueron identificados.

La ciudad despertó al día siguiente con miedo.

Pero el miedo rara vez llega solo.

También llegó la venganza.

Las autoridades emprendieron una cacería contra anarquistas, sindicalistas y dirigentes obreros. Se allanaron imprentas, se cerraron periódicos y se realizaron cientos de arrestos.

Ocho hombres fueron llevados a juicio.

La fiscalía no pudo demostrar quién había lanzado la bomba.

Ni siquiera intentó hacerlo.

Su verdadero delito era otro.

Escribir.

Hablar.

Organizar trabajadores.

Pensar diferente.

El juicio se convirtió en una advertencia para cualquiera que creyera que la justicia y el poder eran la misma cosa.

Siete fueron condenados a muerte.

Uno recibió quince años de prisión.

Después, dos penas fueron conmutadas.

Otro acusado apareció muerto en su celda. Oficialmente fue un suicidio.

El 11 de noviembre de 1887 fueron ahorcados cuatro hombres.

Mientras les colocaban la soga, uno de ellos, August Spies, pronunció unas palabras que atravesaron el tiempo:

"Llegará el día en que nuestro silencio será más poderoso que las voces que hoy estrangulan."

Parecía una derrota.

Era una semilla.

Años después, el gobernador de Illinois revisó el proceso.

Concluyó que el juicio había sido profundamente injusto y concedió el perdón a los sobrevivientes.

Demasiado tarde para los muertos.

Pero suficiente para dejar una cicatriz en la historia.

En 1889, el movimiento obrero internacional decidió que cada 1 de mayo recordaría a aquellos hombres y la lucha por la jornada de ocho horas.

Desde entonces, millones de personas celebran el Día Internacional de los Trabajadores sin imaginar que detrás del descanso, del salario digno, de las vacaciones, del fin de semana y de tantos derechos laborales existe una plaza donde una bomba cambió el rumbo del mundo.

Haymarket no fue únicamente una tragedia.

Fue un espejo.

Mostró que el poder puede convertir una protesta en conspiración, una idea en delito y un juicio en escarmiento.

Pero también mostró algo que los gobiernos rara vez consiguen comprender.

Las personas pueden ser encarceladas.

Incluso ejecutadas.

Las ideas, no.

Porque las bombas hacen ruido durante un segundo.

Las injusticias hacen eco durante generaciones. 

 


La historia de Nemonte Nenquimo comienza en uno de los lugares más exuberantes y difíciles del planeta: la Amazonia ecuatoriana.

Cuando nació, a mediados de la década de 1980, el bosque seguía siendo el centro del universo waorani. Los ríos eran caminos. Los árboles eran farmacia, supermercado y templo al mismo tiempo. La selva no era un paisaje. Era un miembro de la familia.

Los waorani habían permanecido aislados durante siglos. Solo en la segunda mitad del siglo XX comenzaron los contactos permanentes con el mundo exterior. Con ellos llegaron los misioneros, las carreteras, las compañías petroleras y una idea que prometía riqueza: bajo aquella selva había enormes reservas de petróleo.

Durante décadas, el Estado ecuatoriano dividió grandes extensiones de la Amazonia en bloques petroleros. En mapas dibujados desde oficinas lejanas, aquellos territorios aparecían como concesiones. Para los waorani, en cambio, eran los lugares donde estaban enterrados sus antepasados y donde aprendían a vivir sus hijos.

Nemonte creció viendo cómo dos mundos chocaban sin hablar el mismo idioma.

Aprendió español, conoció las ciudades y comprendió cómo funcionaban las leyes de un país que casi nunca había preguntado a su pueblo qué quería. Descubrió que muchas decisiones sobre la selva se tomaban sin consultar a quienes la habitaban.

En 2018 el gobierno anunció nuevas licitaciones petroleras que afectaban cientos de miles de hectáreas del territorio waorani.

Entonces ocurrió algo extraordinario.

En lugar de responder con violencia, Nemonte ayudó a organizar a decenas de comunidades dispersas por la selva. Ancianos, cazadores, madres y jóvenes viajaron durante días en canoa para reunirse y decidir juntos qué hacer.

La batalla terminó trasladándose a un tribunal.

El argumento era sencillo y poderoso: el Estado había incumplido la obligación de realizar una consulta libre, previa e informada a los pueblos indígenas antes de autorizar actividades que afectaran su territorio.

En 2019, un tribunal dio la razón a los waorani.

La sentencia protegió alrededor de medio millón de acres de selva amazónica y se convirtió en un precedente para otros pueblos indígenas del Ecuador. Aquella victoria demostró que un pequeño pueblo podía frenar proyectos multimillonarios utilizando el derecho en lugar de las armas.

Pero Nemonte nunca presentó la lucha como una guerra contra el desarrollo.

Insistía en que la pregunta correcta no era cuánto petróleo podía extraerse, sino qué perdería el mundo si desaparecía uno de los bosques con mayor biodiversidad del planeta y las culturas que habían aprendido a cuidarlo durante siglos.

Con el tiempo fundó la organización Ceibo Alliance, que trabaja junto con varias nacionalidades indígenas amazónicas para proteger sus territorios y fortalecer alternativas económicas sostenibles.

Hoy su voz se escucha en foros internacionales, universidades y reuniones con jefes de Estado. Sin embargo, sigue diciendo que su verdadera autoridad no proviene de los escenarios, sino del bosque.

La historia de Nemonte Nenquimo recuerda una paradoja de nuestro tiempo.

Durante siglos, muchos consideraron a los pueblos indígenas como personas "atrasadas" porque no habían conquistado la naturaleza. Ahora, mientras el planeta enfrenta la deforestación, la pérdida de biodiversidad y el cambio climático, el mundo comienza a comprender que quizá ellos habían entendido algo antes que nosotros.

No heredamos la selva de nuestros antepasados.

La tomamos prestada de quienes todavía no han nacido. 

domingo, 26 de julio de 2026

 La tesis de Jesús G. Maestro —fiel a su estilo provocador y apoyado en el materialismo filosófico de Gustavo Bueno— da en el blanco de una de las lecturas socio-políticas más agudas del apócrifo de Avellaneda: el contraste entre la libertad cervantina y la ortopedia moralista de la Contrarreforma.

Aunque llamar «de derechas» a un texto de 1614 sea un anacronismo deliberado e hiperbólico, la etiqueta captura la esencia del texto de Avellaneda: un ejercicio de disciplina, control institucional y reacción conservadora contra el potencial subversivo del personaje.

1. El encierro en la Casa del Nuncio: El triunfo del orden institucional

En la segunda parte legítima de Cervantes (1615), Don Quijote muere en su cama, rodeado de sus amigos, habiendo recuperado la cordura (Alonso Quijano el Bueno) y conservando intacta su dignidad humana.

Por el contrario, Avellaneda decide encerrarlo en el manicomio de Toledo (la Casa del Nuncio).

  • La neutralización del desviado: Para el pensamiento reaccionario de la época, quien rompe el orden establecido o desafía el sentido común de la jerarquía no es un héroe trágico ni un idealista: es un peligro social o un loco que debe ser recluido.

  • La cárcel frente al camino: La novela de Cervantes es una "obra de camino" basada en la libertad de itinerario y el choque con la realidad. Avellaneda clausura esa libertad encerrando al personaje entre cuatro paredes, devolviendo el control a la institución (médica, estatal o eclesiástica).

2. «Don Quijote el Desamorado»: La extirpación del ideal

El segundo golpe maestro de Avellaneda para desactivar a Don Quijote es despojarlo de su motor espiritual: Dulcinea del Toboso. En la versión apócrifa, Don Quijote reniega del amor y se rebautiza a sí mismo como el Caballero Desamorado.

  • Sin ideal no hay subversión: Para Cervantes, el amor por Dulcinea no es solo un cliché caballeresco; es la fe en una verdad superior que transforma lo vulgar (Aldonza Lorenzo) en algo sublime. Es la capacidad del individuo de proyectar belleza sobre un mundo gris.

  • La degradación a simple bufón: Al privarlo del amor y del ideal, Avellaneda reduce a Don Quijote a un simple grotesco, un chiflado ridículo sin nobleza interna. El Don Quijote de Avellaneda ya no lucha por la justicia ni por la dama: solo protagoniza episodios cómicos de trazo grueso.

3. Síntesis del contraste: Cervantes vs. Avellaneda

DimensiónCervantes (Humanismo / Libertad)Avellaneda (Ortodoxia / Reacción)
La locuraDilema complejo, crítico y con trasfondo filosófico.Enfermedad o falta moral que exige corrección.
El orden socialCuestionado mediante la ironía y la sátira del poder.Afirmado y protegido mediante el castigo al divergente.
El amor (Dulcinea)Motor trascendente de superación individual.Extirpado; el loco se vuelve «desamorado».
El destino finalRecuperación de la dignidad personal en su lecho.Reclusión en la Casa del Nuncio (manicomio/cárcel).


La lectura de Jesús G. Maestro acierta al señalar que Avellaneda escribe desde el miedo a la libertad cervantina.

Si Cervantes creó un personaje que desafiaba los moldes de su tiempo mediante la imaginación y la voluntad individual, Avellaneda —representante del dogmatismo de su época— reaccionó restableciendo el orden: quitándole el amor para vaciarlo de ideales y metiéndolo en el manicomio para asegurar que el orden establecido no sufriera más sobresaltos.

El pensamiento de Alonso Fernández de Avellaneda se encuadra en una matriz ideológica muy concreta del Siglo de Oro español: el dogmatismo contrarreformista, el absolutismo político y el elitismo clasista.

Para definir su corriente de pensamiento de forma rigurosa, hay que desglosarla en tres ejes fundamentales:

1. Elitismo y clasismo rígido (La aristocracia como norma)

Avellaneda escribe desde una postura claramente aristocrática y estamental.

  • Sancho Panza degradado: Mientras que en Cervantes Sancho es un campesino con sabiduría popular, socarrón y capaz de gobernar con buen sentido la Ísula Barataria, para Avellaneda Sancho es simplemente un glotón, un zafio y un siervo estúpido que solo sirve para que los nobles se rían de él.

  • Reafirmación de las jerarquías: Avellaneda no tolera la fluidez social ni la dignidad que Cervantes le otorga a las clases populares. En su obra, los campesinos y villanos son groseros por naturaleza y los nobles ostentan la autoridad moral e intelectual por derecho de nacimiento.

2. Ortodoxia tridentina y teología autoritaria (La Contrarreforma)

El trasfondo filosófico y religioso de Avellaneda es el del Concilio de Trento y la Contrarreforma en su versión más dogmática.

  • Sustitución de la razón por el dogma: Cervantes aplica una "razón antropológica" e humanista (influenciada por Erasmo de Rotterdam), donde explora la libertad individual y las contradicciones humanas. Avellaneda, en cambio, impone una razón teológica: no hay espacio para el dilema moral; solo hay norma, pecado, disciplina y castigo.

  • Moralismo didáctico: Intercala sermones y cuentos moralizantes (como la historia de la monja arrepentida Margarita la Tornera) para adoctrinar al lector, transformando la parodia novelesca en una lección de catequesis o disciplina social.

3. Reaccionarios e inmovilistas (Rechazo al individualismo)

Avellaneda representa el pensamiento que teme a la desviación y al cambio social:

  • El individuo debe someterse al Estado y la Iglesia: El Quijote cervantino es un sujeto autónomo que decide rehacer el mundo según su propio criterio de justicia. Para el pensamiento de Avellaneda, ese tipo de libertad individual es anomia (desorden público) y debe ser reprimida.

  • La resolución institucional: Al encerrar a Don Quijote en el manicomio (la Casa del Nuncio en Toledo), Avellaneda afirma que la sociedad perfecta es aquella donde las instituciones (médico-religiosas o estatales) contienen, aíslan y neutralizan a quien piensa o actúa de forma diferente.

Síntesis: ¿Qué era Avellaneda?

RasgoManifestación en la obra
Ultraconservador / ReaccionarioDefiende la restauración del orden político y religioso tradicional frente a la libertad individual.
Clasista / ElitistaRidiculiza al pueblo (Sancho) y ensalza la figura del noble como garante de la cordura.
Dogmático (Tridentino)Todo el universo moral de la novela está subordinado a la teología contrarreformista.
Anti-humanistaDespoja a los personajes de la dignidad interior y la complejidad psicológica que les dio Cervantes.

En resumen, Avellaneda representa el racionalismo teológico y estatista del Barroco español: un pensamiento que no tolera la ironía, el libre albedrío ni el cuestionamiento del orden establecido.


 

Diplomados para votar, maestrías para obedecer

Cada cierto tiempo aparece un iluminado con la solución definitiva para la democracia.

—"¡La gente debería tomar un curso de política antes de votar!"

¡Claro! Porque todos sabemos que el problema de la humanidad ha sido la falta de PowerPoints.

Imagino el examen.

—¿Quién escribió El Federalista?
—¿Cuántos diputados hay?
—¿Cuál es la diferencia entre una república y una monarquía constitucional?

¡Felicidades! Obtuvo 98 de 100. Ya puede votar por el primer demagogo que le prometa hacer grande al país otra vez.

Porque resulta que el conocimiento de memoria no inmuniza contra la estupidez.

Si así fuera, las universidades serían fábricas de santos y los doctores nunca fumarían.

Pero esperen...

¿Por qué el examen siempre es para el ciudadano?

¿Por qué nadie dice:

"Antes de ser candidato, presente un examen de economía, historia, derecho constitucional, ética, administración pública, negociación internacional y resolución de conflictos."

No, eso sería pedir demasiado.

Es más fácil sospechar del votante que del político.

Es curioso.

Al ciudadano le quieren exigir una licenciatura para meter una boleta en una urna.

Al político le basta con un buen peinado, una bandera detrás, un equipo de mercadotecnia y una sonrisa practicada frente al espejo.

Y ahí va la multitud.

Aplaudiendo.

Después nos dicen:

—"Si la gente estuviera mejor informada no elegiría líderes como Trump."

Otros responden:

—"No elegiría líderes como Milei."

Otros:

—"No elegiría líderes como Meloni."

Y alguien más añade:

—"No elegiría a tal presidente de izquierda."

¿Saben qué tienen en común todas esas frases?

Creen que el problema siempre es el voto... cuando gana el otro.

Nunca escuchas:

"Mi candidato ganó porque la población fue manipulada."

No.

Cuando gana el mío es la voluntad popular.

Cuando gana el tuyo es ignorancia.

Qué conveniente.

Tal vez el problema no sea que la gente ignore cómo funciona el Congreso.

Tal vez el problema sea que sabe perfectamente cómo funciona...

...y ya no le cree.

Porque cuando una persona pierde el empleo, cuando no alcanza para pagar la renta, cuando siente que nadie la escucha, aparece el primer vendedor de milagros.

Y los vendedores de milagros existen en todos los colores políticos.

Algunos prometen que el mercado resolverá todo.

Otros prometen que el Estado resolverá todo.

Y todos prometen que ellos, casualmente ellos, resolverán lo que nadie pudo resolver antes.

La publicidad cambia.

El espectáculo continúa.

Si de verdad queremos una ciudadanía más difícil de manipular, no necesitamos un curso de política.

Necesitamos un curso de humanidad.

Uno donde expliquen que el cerebro no es una máquina lógica.

Que el miedo compra votos.

Que la ira compra votos.

Que la esperanza también compra votos.

Que las redes sociales venden indignación por algoritmos.

Que los sesgos cognitivos no distinguen entre izquierda y derecha.

Que todos creemos ser inmunes a la propaganda... justo antes de compartir propaganda.

Imaginen esa materia.

Primer día:

"Hoy aprenderemos que usted no es tan objetivo como cree."

Segundo día:

"Su cerebro inventa historias para confirmar lo que ya quería creer."

Tercer día:

"Si una noticia le produce demasiada satisfacción, probablemente debería verificarla dos veces."

Eso sí sería revolucionario.

Porque enseñar pensamiento crítico significa aceptar que los alumnos terminarán cuestionando al profesor.

Y ningún poder disfruta eso.

Ni los gobiernos.

Ni los partidos.

Ni los medios.

Ni las iglesias.

Ni las empresas.

Todos quieren ciudadanos críticos...

...siempre y cuando critiquen al vecino.

Nunca a ellos.

La democracia jamás prometió elegir a los mejores.

Prometió algo mucho más modesto.

Que pudiéramos deshacernos de los peores sin tener que empezar una guerra.

Eso ya era bastante ambicioso para una especie que discute en internet por el color de un vestido, por un penalti y por un meme generado con inteligencia artificial.

Quizá el verdadero examen no sea para votar.

Quizá sea preguntarnos cada mañana:

"¿Estoy pensando... o simplemente estoy defendiendo al equipo que elegí?"

Porque mientras confundamos identidad con razón, seguiremos creyendo que el problema es la ignorancia de los demás.

Y esa, curiosamente, es una de las formas más elegantes de seguir siendo ignorantes nosotros mismos.


La gran ilusión de la libertad (O cómo venderte un perro y cobrarte por la correa)

¿Han notado con qué frecuencia los políticos, los analistas de televisión y los gurús de la economía se llenan la boca hablando de la "sagrada libertad"? "¡Hay que defender la libertad!", "¡Ellos odian nuestra libertad!", "¡Somos el país más libre sobre la faz de la tierra!".

Por favor. Qué pedazo de basura.

Nos encanta la palabra "libertad" porque suena fantástica en un himno nacional y se ve genial bordada en una gorra de béisbol. Pero detengámonos un segundo a mirar la realidad sin el anestésico del patriotismo de supermercado.

Nos han vendido la idea de que la libertad es una especie de estado místico e intocable. "Nadie puede quitarte tu libertad interior", dicen los filósofos con el estómago lleno. ¡Qué consuelo tan reconfortante! Es la excusa perfecta para cuando el Estado viene, te pone un uniforme que no pediste, te mete un fusil oxidado en las manos y te manda a una zanja llena de lodo a diez mil kilómetros de tu casa a dispararle a otro pobre diablo que tampoco quería estar ahí.

"Pero oye, en tu fuero interno sigues siendo un espíritu libre mientras esquivas metralla". ¡Agradécenos la cortesía!

Esa es la primera gran trampa: confundir la libertad de pensar con la libertad de hacer. Si tus únicas opciones en la vida real son: A) hacer lo que el gobierno o el mercado te digan, B) pudrirte en una celda, o C) morir de hambre bajo un puente... amigo, no eres libre. Tienes una ilusión de opción. Es el menú de un restaurante donde solo sirven carne podrida, pero te dejan elegir si la quieres con tenedor o con cuchara.

Luego tienes el otro extremo del circo: el modelo de los países nórdicos. ¡Ah, Escandinavia! Ese maravilloso lugar del que todos los progresistas hablan como si fuera el Jardín del Edén con calefacción central. Te dicen: "Mira a los suecos, son prósperos, educados y felices". Claro que lo son. Pero para tener esa utopía, le entregaron al Estado la mitad de cada cheque que ganan, aceptaron que el gobierno les diga a qué hora y en qué tienda estatal pueden comprar una cerveza, y le permitieron a cualquiera buscar en internet cuánto dinero tienen en el banco.

Eso no es libertad absoluta; es un acuerdo comercial. Es decirle al Papá Estado: "Toma mi billetera, administra mi vida, organízame la rutina y, a cambio, asegúrate de que no me muera si me da cáncer y de que mi hijo no termine en una escuela miserable". Y para ser honestos, es un trato bastante inteligente... siempre y cuando tu Papá Estado no sea un corrupto, un cleptómano o un lunático.

Intenta hacer ese mismo trato en Latinoamérica. ¡Inténtalo! Dile a un latinoamericano: "Entrega el 50% de tu sueldo y déjanos controlar tu vida, que nosotros nos encargamos de tu salud y tu seguridad". El tipo va a soltar la carcajada del siglo, porque sabe perfectamente que ese dinero no va a ir a un hospital de vanguardia; va a ir directo al bolsillo de un político para comprarse una mansión con alberca y pagar la campaña de su primo.

En nuestra región no nos ffiamos del Estado porque tenemos memoria histórica. Sabemos que un Estado con demasiado poder no te da el modelo sueco; te da burocracia, escasez, o en el peor de los casos, un uniforme militar y una orden de marcha.

Entonces, ¿cuál es la gran moraleja de toda esta comedia humana?

Que la "libertad pura" de la que te hablan en los mítines políticos no existe. Es un eslogan para venderte banderas, votos o cursos de superación personal. Toda sociedad implica que le entregues un pedazo de tu autonomía a alguien más. La única pregunta real, la única que importa, es: ¿a cambio de qué se lo estás entregando?

Si entregas tu libertad y a cambio obtienes hospitales de primera, educación de nivel mundial y calles seguras, hiciste un negocio pragmático. Pero si entregas tu libertad —tus impuestos, tu privacidad, tus decisiones o a tus propios hijos en una guerra— y a cambio solo recibes discursos abstractos sobre la "patria", corrupción y una palmada en la espalda... no eres un ciudadano libre en una democracia avanzada. Eres simplemente un ingenuo al que le vendieron la correa y, además, le hicieron dar las gracias por el paseo.

 

La felicidad: ese fraude que solo descubrimos cuando nos la quitan

La humanidad tiene una extraña habilidad para ignorar lo único que lleva buscando desde que aprendió a caminar: la felicidad.

No, no porque sea difícil de encontrar. Porque somos incapaces de verla cuando está frente a nosotros.

Imagina dos personas.

Una está en un hospital, conectada a máquinas, esperando que el dolor disminuya. Nadie duda en decir: "Qué infeliz debe ser". Nadie necesita un doctorado en filosofía para detectar el sufrimiento. El sufrimiento lleva uniforme fluorescente. Grita. Llora. Sangra. Hace ruido.

Ahora imagina a otra persona. Durmió bien. Respira sin dificultad. Puede caminar. Tiene agua, comida y alguien que la espera en casa. ¿La llamamos feliz?

No.

La llamamos "normal".

¡Qué palabra tan tramposa!

Lo normal resulta ser la mayor conspiración de la mente humana. Todo lo bueno, después de unos días, deja de ser un milagro y se convierte en el fondo de pantalla de la existencia. Tu corazón late unas cien mil veces al día y ni siquiera le das las gracias. Tus pulmones trabajan gratis. Tus piernas te llevan de un lado a otro sin sindicato, sin vacaciones y sin exigir aumento de sueldo.

Pero que una muela empiece a doler... ¡ah, entonces descubres que tenías una vida maravillosa hace cinco minutos!

La felicidad tiene un pésimo departamento de marketing.

El dolor, en cambio, es un genio de la publicidad.

Nadie organiza un grupo de apoyo para personas que hoy respiraron sin dificultad. No existe el "Club de los que no tuvieron migraña". Nadie sube una foto diciendo: "Día 4,387 sin estar en terapia intensiva". Eso no vende. Eso no genera clics. El sufrimiento siempre consigue mejores titulares.

Tal vez por eso confundimos felicidad con fuegos artificiales.

Creemos que ser feliz significa ganar la lotería, casarse en una playa al atardecer, recibir un ascenso o que una canción épica suene mientras caminamos por la calle.

Mientras tanto, ignoramos el milagro cotidiano de no estar huyendo de una guerra, de no recibir una llamada del hospital, de no esperar el resultado de una biopsia.

Qué curiosa especie somos.

Necesitamos perder algo para descubrir que lo poseíamos.

Quizá la felicidad nunca fue una montaña rusa emocional. Quizá era simplemente ese tramo aburrido de la vida que tanto criticábamos porque nada terrible estaba ocurriendo.

Y ahí está la broma cósmica.

Nos pasamos media vida preguntándonos si somos felices, cuando la verdadera pregunta podría ser otra:

"¿Qué tendría que perder hoy para darme cuenta de que ayer ya era feliz?"

Esa pregunta incomoda. Porque revela que muchas veces no vivimos buscando la felicidad. Vivimos ignorándola... hasta que desaparece.

Y entonces hacemos lo que mejor sabe hacer el ser humano: mirar hacia atrás con nostalgia, convencidos de que antes todo era mejor.

No.

Antes simplemente no habías aprendido que el silencio también podía ser una forma de bienestar.