lunes, 24 de agosto de 2026

 La sátira política ha funcionado históricamente como una válvula de escape social y un mecanismo de fiscalización ciudadana. Sin embargo, su transformación a lo largo de los siglos plantea constantes debate éticos y filosóficos sobre dónde termina la crítica legítima y dónde comienza la agresión o la deshumanización.


Evolución histórica de la sátira política

Grecia Antigua: Comedia Antigua
Siglo V a.C.
Aristófanes utiliza la comedia en Atenas para ridiculizar a estrategas militares como Cleón y a filósofos como Sócrates. La sátira nace como una herramienta participativa de la democracia para señalar la soberbia de los gobernantes.

Roma: Horacio vs. Juvenal
Siglo I - II d.C.
Se establecen las dos vertientes clásicas de la sátira: la horaciana (amable, burlona, orientada a corregir vicios con benevolencia) y la juvenaliana (mordaz, indignada, enfocada en la corrupción moral de las élites).

Ilustración y la imprenta
Siglos XVII - XVIII
Con autores como Jonathan Swift (Una modesta proposición) y dibujantes como James Gillray, la caricatura política explota en Europa. La sátira se convierte en el motor intelectual de las revoluciones contra la monarquía absoluta.

Siglo XX: Contención e ironía televisiva
Siglo XX
Desde el cabaret político en la Alemania de Weimar hasta programas como Saturday Night Live o The Daily Show, la sátira se masifica a través de los medios masivos, consolidándose como la forma dominante de crítica sociocultural.

Era Digital y Memética
Siglo XXI
La sátira se descentraliza. Deja de estar únicamente en manos de editorialistas para convertirse en una narrativa participativa instantánea mediante memes, videos cortos y redes sociales.

El límite entre libertad de expresión y agresión discursiva

Filósofos y sociólogos han abordado la frontera discursiva desde tres ejes conceptuales:

1. El principio del daño (Harm Principle)

  • John Stuart Mill (Sobre la libertad): Sostuvo que la única razón legítima para limitar la libertad de expresión de un individuo es prevenir el daño tangible a terceros.

  • Aplicación moderna: Los teóricos contemporáneos diferencian entre el ofensa subjetiva (un malestar emocional o molestia moral) y el daño real (incitación a la violencia, discriminación o privación de derechos de un grupo). La sátira que genera simple incomodidad está protegida; la que incita al odio o deshumaniza, rebasa el límite.

2. La ética del discurso y el estatus de los interlocutores

  • Jürgen Habermas (Teoría de la Acción Comunicativa): Plantea que el debate público busca el entendimiento democrático. Un discurso es legítimo cuando reconoce al otro como un interlocutor válido.

  • Agresión discursiva: Cuando el humor se utiliza para negar la dignidad de un sector o calificarlo como "inferior", destruye las condiciones del diálogo democrático.

3. Asimetría de poder y violencia simbólica

  • Pierre Bourdieu (Sociología del poder): Analiza cómo el lenguaje ejerce violencia simbólica. Cuando un grupo dominante o una figura pública utiliza la burla contra un grupo subordinado o vulnerable, no está haciendo crítica política, sino reforzando una estructura de dominación previa.
CriterioSátira política legítimaAgresión / Violencia discursiva
ObjetivoEl poder, las instituciones, la hipocresíaIdentidades, fragilidades físicas o condición social
DirecciónHacia arriba (Punching Up)Hacia abajo (Punching Down)
Efecto socialCuestiona el statu quo y exige rendición de cuentasPerpetúa estigmas y promueve el aislamiento social
Los tribunales internacionales y nacionales han tenido que trazar líneas claras entre la sátira grotesca pero protegida y la deshumanización o el odio no amparados por la ley.

1. Sátira protegida: Hustler Magazine v. Falwell (EE. UU., 1988)

El reverendo y líder conservador Jerry Falwell demandó a la revista Hustler y a su editor Larry Flynt por difamación e "inflicción intencional de angustia emocional", tras publicar una parodia publicitaria grotesca que insinuaba que Falwell había tenido su "primera vez" en una letrina con su propia madre.

  • El fallo: La Corte Suprema de EE. UU. falló unánimemente a favor de Hustler.

  • El criterio judicial: Estableció que las figuras públicas deben tolerar críticas e inclinaciones satíricas mordaces, vulgares o ultrajantes. Salvo que se demuestre "malicia real" (afirmaciones falsas hechas a sabiendas de su falsedad), la sátira sobre figuras de poder está blindada por la Primera Enmienda, sin importar lo ofensiva que resulte para el afectado.

2. Sátira y símbolos religiosos: Caso Charlie Hebdo (Francia, 2007)

A raíz de la publicación de las caricaturas del profeta Mahoma en 2006, organizaciones islámicas demandaron a la revista satírica Charlie Hebdo por "injurias públicas con motivación religiosa".

  • El fallo: El Tribunal de Gran Instancia de París absolvió a la revista.

  • El criterio judicial: La justicia francesa determinó que las caricaturas no atacaban a los creyentes musulmanes como grupo (lo cual habría sido discurso de odio), sino al fundamentalismo y al terrorismo religioso. El tribunal reafirmó que en una sociedad laica la blasfemia y la sátira religiosa no son delitos, diferenciando la crítica punzante a una ideología del ataque a la dignidad humana de un colectivo.

3. El límite cruzado: M’Bala M’Bala v. Francia (TEDH, 2015)

El comediante francés Dieudonné M’Bala M’Bala invitó a su show al conocido negacionista del Holocausto Robert Faurisson y le entregó un "premio" entregado por un actor vestido con un traje a rayas con la estrella de David. Tras ser multado en Francia por injurias raciales, apeló ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) invocando su derecho a la libertad de expresión y al humor.

  • El fallo: El TEDH desestimó el caso declarándolo inadmisible.

  • El criterio judicial: La Corte aplicó el Artículo 17 de la Convención Europea (prohibición del abuso de derecho). Determinó que la escena no era arte ni humor satírico, sino un mitin político de incitación al antisemitismo y negación del Holocausto disfrazado de espectáculo. El tribunal concluyó que la comedia no puede utilizarse como "escudo" para promover ideologías contrarias a la dignidad humana y los derechos fundamentales.

4. Sátira política e instituciones: Eon v. Francia (TEDH, 2013)

Hervé Eon exhibió una pancarta con la frase "Cásate, pobre imbécil" (reproduciendo una frase célebre que el propio presidente Nicolas Sarkozy había dicho a un ciudadano) al paso del cortejo presidencial. Fue condenado por "ofensa al Jefe de Estado".

  • El fallo: El TEDH condenó a Francia por violar la libertad de expresión.

  • El criterio judicial: La Corte señaló que recurrir a frases satíricas o irónicas para criticar a un mandatario político forma parte del debate público libre. Proteger la sensibilidad de las autoridades frente a la burla ciudadana debilita el control democrático.

Síntesis de la frontera jurídica

Protección legal (Sátira)Sanción judicial (Agresión / Odio)
Exageración o vulgaridad contra figuras públicas o instituciones.Incitación a la violencia, discriminación o negacionismo de crímenes contra la humanidad.
Crítica mordaz a dogmas, religiones o ideologías.Deshumanización sistemática o ataque a la dignidad de un grupo vulnerable por razón de raza, origen o edad.
El "humor" como crítica al ejercicio del poder.El "humor" utilizado como disfraz de incitación al odio (Abuso de derecho).


 

El terrorismo que depende de quién tenga el micrófono

Hay palabras que deberían venir con una alarma.

Terrorismo, por ejemplo.

Uno escucha esa palabra en televisión y debería aparecer un señor con casco diciendo:

“Precaución: este término puede haber sido manipulado por un gobierno.”

Porque resulta que el terrorismo tiene una curiosa propiedad física: cambia de significado dependiendo de quién tenga el micrófono, el ejército, el dólar o el portaaviones.

Cuando lo hace tu enemigo, es terrorismo.

Cuando lo haces tú, es seguridad nacional.

Cuando lo hace tu aliado, es una operación necesaria.

Y cuando lo hace un señor que todavía no sabemos si nos conviene, es… una situación compleja que requiere un análisis cuidadoso.

Ah, la diplomacia.

La única profesión donde bombardear una ciudad puede llamarse “mensaje”, pero romper una mesa durante una discusión familiar sigue siendo violencia doméstica.


La palabra mágica

Estados Unidos lleva décadas utilizando una categoría oficial de “Estados patrocinadores del terrorismo”.

Irán está en ella.

Y Washington tiene argumentos para sostenerlo: apoyo a organizaciones armadas, operaciones clandestinas, redes regionales, etc.

Perfecto.

Analicemos los hechos.

Pero entonces aparece la pregunta incómoda:

¿quién decidió que Estados Unidos era el juez?

Porque Washington no encontró una placa cósmica flotando en el universo que dijera:

“Departamento Mundial de Terrorismo: Estados Unidos de América.”

No.

Es Estados Unidos quien decide quién entra en su lista.

Y, por supuesto, tiene todo el derecho de establecer sus propias categorías legales dentro de su sistema.

El problema comienza cuando una clasificación nacional empieza a presentarse como si fuera una verdad moral universal.

Ahí ya no estamos hablando solamente de derecho.

Estamos hablando de poder.


Porque “terrorista” es una palabra extraordinariamente útil

Es una palabra maravillosa.

No necesitas explicar demasiado.

Dices:

“Terrorista.”

Y el cerebro del público completa el resto.

Terrorista significa malo.

Terrorista significa enemigo.

Terrorista significa que no necesitamos escuchar su versión.

Terrorista significa que podemos dejar de preguntar:

“¿Por qué ocurrió esto?”

y comenzar inmediatamente con:

“¿Qué armas tenemos disponibles?”

Es un término políticamente comodísimo.

Porque convierte un conflicto histórico, económico, territorial, religioso, colonial o geopolítico en una película infantil:

ellos son los malos; nosotros somos los buenos.

Qué maravilla.

Nos ahorra leer historia.


Pero Irán tampoco es precisamente Greenpeace

Y aquí viene el detalle que arruina la fiesta.

Que Estados Unidos utilice etiquetas políticas no significa que Irán sea inocente.

Irán ha apoyado grupos armados.

Ha intervenido en conflictos regionales.

Ha reprimido opositores.

Ha ejecutado políticas perfectamente criticables.

Tiene una estructura política autoritaria.

Así que cuando Washington dice:

“Irán apoya organizaciones terroristas”,

no podemos responder:

“¡Mentira! ¡Irán es completamente inocente!”

No.

Eso sería sustituir una propaganda por otra.

El análisis serio consiste en decir:

muéstrame qué hizo Irán.

Y después:

muéstrame qué hizo Estados Unidos.

Y luego:

veamos qué palabras utiliza cada uno para describir exactamente la misma conducta.

Porque ahí empieza lo interesante.


La curiosa alquimia del lenguaje

Estados Unidos lanza sanciones.

Eso es:

presión económica.

Irán lanza ataques.

Eso puede ser:

terrorismo.

Israel lanza ataques.

Eso es:

defensa propia.

Un grupo armado lanza ataques.

Eso es:

terrorismo.

Un Estado lanza misiles contra otro Estado.

Eso es:

una operación militar.

Un Estado bloquea económicamente a otro.

Eso es:

sanciones.

El otro Estado llama a eso:

terrorismo económico.

Y entonces todos se miran indignados.

Es como una pelea de niños ricos:

—¡Papá, me pegó!

—¡Porque él me pegó primero!

—¡Pero yo solamente le pegué porque me quitó el juguete!

—¡Porque ese juguete era mío!

Y al fondo aparece la ONU diciendo:

“Por favor, mantengan la calma.”

Mientras nadie mantiene la calma.


¿Son las sanciones terrorismo?

Aquí hay que ser más inteligentes que un meme.

Jurídicamente, no podemos simplemente declarar que cualquier sanción económica es terrorismo.

El terrorismo tiene implicaciones jurídicas específicas y no existe una definición universal perfectamente aceptada por todos los Estados.

Pero tampoco debemos cometer el error contrario:

“Como jurídicamente no podemos llamarlo terrorismo, las sanciones son moralmente neutrales.”

No.

Las sanciones son coerción.

Y una política de coerción puede producir sufrimiento real.

Puede afectar inflación, moneda, empleo, comercio, inversión y capacidad de importar determinados productos.

Y cuando una economía entera recibe el golpe, la frontera entre:

“castigar al gobierno”

y

“castigar a la sociedad”

puede convertirse en una línea dibujada con lápiz sobre una pared durante un huracán.


La gran fantasía: “presionaremos al pueblo para salvar al pueblo”

Ésta es una de las frases más fascinantes de la política internacional.

“Las sanciones están dirigidas contra el régimen, no contra la población.”

Claro.

Y yo soy vegetariano porque las vacas me parecen demasiado bonitas.

El problema es que una economía no funciona como una película de Hollywood.

No puedes dispararle solamente al ministro de Economía.

El dinero circula.

Las empresas dependen de bancos.

Los bancos dependen del sistema financiero.

Las importaciones dependen de divisas.

Los precios reaccionan.

La moneda se devalúa.

Y finalmente aparece el ciudadano comprando comida en un mercado.

El ciudadano que, por cierto, no redactó el programa nuclear iraní.


Y aquí aparece el gran fracaso

Estados Unidos puede hacerle muchísimo daño económico a Irán.

Eso está fuera de discusión.

Pero hay una pregunta diferente:

¿puede convertir ese daño en una concesión política?

Porque puedes empobrecer a un país sin conseguir que se rinda.

Puedes hacer que una población sufra sin conseguir que adore al enemigo.

Incluso puedes provocar el efecto contrario.

Cuando una población siente que está siendo castigada desde el exterior, el gobierno puede utilizar la agresión externa para decir:

“¿Ven? Nosotros somos los únicos que podemos protegerlos.”

Y de repente la sanción que debía debilitar al régimen puede ayudarlo a movilizar nacionalismo.

Es una de las grandes ironías de la política exterior:

el enemigo puede convertirse en el mejor publicista de tu gobierno.


Y entonces llegamos al maravilloso doble estándar

Aquí es donde la palabra “terrorismo” se vuelve especialmente interesante.

Porque cuando un grupo armado mata civiles, todos podemos condenarlo.

Perfecto.

Pero entonces debemos aplicar el mismo principio cuando el actor es un Estado.

No importa si tiene:

  • bandera,

  • himno,

  • uniforme,

  • asiento en la ONU,

  • armas nucleares,

  • o una cuenta de Twitter con millones de seguidores.

Los civiles siguen siendo civiles.

La pregunta debería ser:

¿Qué ocurrió?

No:

¿Quién lo hizo?

Y ésa es una diferencia gigantesca.

Porque si primero decidimos quién es el bueno y después evaluamos sus acciones, ya no estamos haciendo análisis.

Estamos haciendo contabilidad moral partidista.


“Nosotros no hacemos terrorismo”

Claro que no.

Nosotros hacemos:

  • operaciones especiales,

  • daños colaterales,

  • defensa preventiva,

  • intervención humanitaria,

  • presión económica,

  • ataques selectivos,

  • eliminación de amenazas,

  • medidas extraordinarias.

El enemigo hace:

  • terrorismo,

  • agresión,

  • barbarie,

  • crímenes,

  • extremismo.

¿Notan el truco?

La acción puede parecerse muchísimo; cambia el diccionario.

Y esto no significa que todo sea equivalente.

No lo es.

Un ataque deliberado contra civiles no se vuelve legítimo porque lo haga un Estado.

Y una sanción económica no se vuelve automáticamente terrorismo porque una víctima la describa así.

Pero tampoco ocurre lo contrario:

una bandera no convierte una atrocidad en una virtud.


La historia está llena de estas palabras

En México lo sabemos perfectamente.

Durante el siglo XIX, según quién escribiera el periódico, alguien podía ser:

patriota, rebelde, bandido, revolucionario, sedicioso, libertador o criminal.

Durante la Revolución:

Villa podía ser presentado como:

bandido sanguinario

o como

héroe popular.

Zapata:

anarquista peligroso

o

defensor de los campesinos.

Y dependiendo de quién ganara la guerra, algunos adjetivos terminaban entrando en los libros de texto.

Por eso hay que desconfiar de los adjetivos políticos.

No porque sean siempre falsos.

Sino porque alguien los escogió.


El verdadero poder no es tener la razón

Es conseguir que tu versión de los hechos sea considerada la descripción neutral de la realidad.

Eso es mucho más poderoso que una bomba.

Porque una bomba destruye una ciudad.

Una palabra puede conseguir que millones de personas acepten que destruirla era necesario.

Y por eso la batalla por el lenguaje es una batalla política.

“Resistencia.”

“terrorismo.”

“defensa.”

“agresión.”

“sanciones.”

“terrorismo económico.”

“seguridad.”

“genocidio.”

“operación militar.”

Cada palabra contiene una interpretación del mundo.

Y si consigues imponer tu vocabulario, ya has ganado una parte de la discusión antes de que comience.


Así que cuando Irán dice “terrorismo económico”...

No tenemos que responder:

“¡Irán tiene razón!”

Ni:

“¡Irán está mintiendo!”

La respuesta intelectualmente honesta es mucho más incómoda:

“Explícame exactamente qué estás llamando terrorismo, qué consecuencias tiene esa política y bajo qué criterio debería juzgarla.”

Y exactamente lo mismo debemos exigirle a Washington.

Y a Moscú.

Y a Pekín.

Y a Tel Aviv.

Y a Teherán.

Y a cualquier gobierno.

Porque si queremos una historia y una política que no sean propaganda, necesitamos una regla bastante sencilla:

el mismo acto debe ser juzgado con el mismo criterio, independientemente de quién lo cometa.

Qué idea tan revolucionaria.

Quizá algún día la ONU la descubra.

Mientras tanto, seguiremos viviendo en este maravilloso planeta donde cuando nuestro misil cae sobre civiles es geopolítica, y cuando cae el misil del enemigo es terrorismo.

Y luego nos preguntamos por qué demonios nunca conseguimos ponernos de acuerdo sobre quién empezó la pelea.

 "Imaginad una cultura que, en lugar de obsesionarse con relatos de poder, inmigración o política económica, enriqueciera y tejiera en su interior un espacio cultural habitado por los dramas fascinantes de nuestras interdependencias con las demás formas de vida. 

 Múltiples, ambivalentes, no morales. Imaginad el mundo que eso produciría: un mundo en el que elementos culturales que incorporaran nuestras interdependencias con los polinizadores, los bosques antiguos, la vida oceánica, la fauna del suelo, los castores que retienen el agua en la tierra con sus presas y luchan con nosotros contra las sequías venideras, desempeñaran el mismo papel en nuestras adolescencias metamórficas que Scarface, Baudelaire, Platón o Beyoncé. 

Si no sentís asombro ante un musgo, un líquen o un tilo, es que nuestra cultura ha fracasado. Hay que trabajar, entonces, por otra cultura: una que no sea antroponarcisista, que no esté obnubilada por nuestros asuntos del corazón, de familia, por nuestros pequeños problemas de humanos, sino que haga lugar a la celebración, al conocimiento y a la consideración hacia las invenciones de la vida."

- Baptiste Morizot 

domingo, 23 de agosto de 2026

 



¿Y Ahora Qué? El Silencio Después de la Salvación

George Carlin solía decir que cuando alguien aparece prometiendo salvarte, lo primero que deberías hacer es revisar tu cartera.

Porque la historia tiene una extraña costumbre: los salvadores siempre llegan con cámaras, banderas, discursos y música épica. Lo que rara vez traen es un plan para el lunes siguiente.

Durante años nos explicaron que Venezuela era el problema más importante del planeta. No la guerra, no el cambio climático, no la pobreza mundial. No. Venezuela.

Cada semana aparecía un experto señalando un mapa y diciendo:

—"La libertad está en juego."

La libertad siempre está en juego. Es el comodín favorito de los políticos. Si no sabes explicar una intervención, una sanción o una invasión, simplemente dices "libertad" y esperas que nadie haga preguntas incómodas.

Y entonces ocurrió.

Maduro cayó.

Los héroes dieron conferencias.

Los políticos se felicitaron mutuamente.

Los comentaristas se declararon visionarios.

Y de pronto...

Silencio.

¿Lo notaron?

Es como cuando Hollywood termina una película de superhéroes. El villano explota, suena la música triunfal y aparecen los créditos. Nadie te muestra quién recoge los escombros, quién paga las facturas o quién arregla las tuberías.

Porque la realidad no tiene créditos finales.

La realidad sigue funcionando después de que los comentaristas se van a casa.

Lo fascinante es cómo desaparecen las noticias una vez que dejan de ser útiles.

Durante años escuchaste:

—"¡Venezuela! ¡Venezuela! ¡Venezuela!"

Y ahora tienes que buscarla con lupa entre los titulares.

Es como ese amigo que te llama todos los días para hablar de su divorcio y, cuando finalmente se separa, desaparece durante seis meses.

Uno empieza a sospechar que el drama era más importante que la solución.

Y luego están los fanáticos.

Los fanáticos son maravillosos.

No importa el resultado.

Siempre ganan.

Si todo sale bien, tenían razón.

Si todo sale mal, era necesario.

Si sale regular, hay que tener paciencia.

Es una religión perfecta.

Imaginen a un mecánico que arregla su coche con esa lógica.

—"El motor sigue incendiándose."

—"Sí, pero observe cómo dejó de hacer aquel ruido."

Aplausos.

Cinco estrellas.

Patriota del año.

Lo más divertido son los creyentes profesionales de las invasiones.

Esas personas que imaginan la política internacional como una película de acción de bajo presupuesto.

En sus cabezas todo ocurre así:

Llegan los buenos.

Derrotan a los malos.

La democracia aparece mágicamente.

Todos sonríen.

Fin.

Ni una palabra sobre instituciones.

Ni una palabra sobre corrupción.

Ni una palabra sobre reconstrucción.

Ni una palabra sobre el pequeño detalle de que los seres humanos tienen la mala costumbre de seguir siendo seres humanos después de las revoluciones.

Porque resulta que quitar a una persona del poder es difícil.

Pero construir un país funcional es mucho más complicado.

Y eso no cabe en un eslogan.

Tampoco cabe en un meme.

Mucho menos en un discurso electoral.

Por eso, cuando alguien celebra demasiado pronto una victoria histórica, conviene hacer una pregunta muy simple:

—"Muy bien. ¿Y ahora qué?"

Esa pregunta arruina fiestas.

Arruina campañas.

Arruina narrativas.

Porque obliga a abandonar el terreno de la propaganda y entrar en el de la realidad.

Y la realidad es un lugar incómodo.

La realidad exige resultados.

La realidad pide números.

La realidad quiere saber si la gente vive mejor.

No quién ganó una discusión en televisión.

No quién obtuvo más "likes".

No quién apareció más heroico en el documental.

Al final, el problema nunca fue que hubiera demasiada propaganda.

El problema es que siempre aparece gente dispuesta a creer que la historia terminó justo cuando su bando ganó.

Y la historia jamás termina.

La historia simplemente espera a que los aplausos se apaguen para presentar la factura.


San Donald Bolívar y la
eternidad de Florida

Hay declaraciones políticas que uno lee y piensa:

Bueno, quizá el traductor automático se volvió loco.

Y luego están las declaraciones de tres congresistas estadounidenses que anuncian, con absoluta solemnidad, que Donald Trump será recordado como el libertador del hemisferio occidental, que su nombre simbolizará la libertad, la prosperidad y toda la eternidad, y que es el nuevo Simón Bolívar.

Uno se queda mirando la pantalla.

Porque hay momentos en que la política deja de parecer política y empieza a parecer una audición para La Biblia: edición Florida.

Tenemos entonces a Trump.

Donald J. Trump.

El nuevo Bolívar.

Simón Bolívar, aquel pequeño detalle histórico que pasó años luchando contra el dominio español en América.

Y ahora resulta que su sucesor espiritual es el presidente de Estados Unidos.

Esto tiene una belleza poética.

Es como descubrir que el nuevo Gandhi es el director de una empresa de seguridad privada.

O que el nuevo Robin Hood es el gerente de un fondo de inversión.

O que el nuevo Che Guevara es un señor que vende camisetas con su cara.

Ah, espera.

Eso último ya ocurrió.

Bolívar cruzó los Andes con un ejército descalzo. Trump cruzó el golf con un putter y un tweet. Bolívar liberó naciones. Trump libera… ¿qué exactamente? ¿El derecho a no pagar impuestos a los ricos? ¿El derecho a decir “fuck you” a cualquiera que no le guste? ¿El derecho a que un tipo que se codeó con Epstein y después juró que nunca lo conoció sea el símbolo eterno de la pureza moral?

Porque hablemos de memoria. La historia no es un comercial de Truth Social. La historia es una perra vieja y vengativa que se acuerda de todo.

Se va a acordar del muro que nunca se construyó del todo y del racismo que sí se construyó a diario. De los “muy buena gente” de Charlottesville. De los “shithole countries”. De tratar a los inmigrantes como invasores mientras su propia gente de negocios se beneficiaba de la mano de obra barata. Se va a acordar de Gaza y de cómo “apoyar a Israel” se tradujo en dejar que los cuerpos se apilaran mientras se firmaban cheques y se posaba para la foto. Se va a acordar de Epstein. De los vuelos. De las fotos. De las declaraciones de “nunca me llevó a la isla” que suenan exactamente como las declaraciones de cualquier otro tipo rico y poderoso que de pronto tiene amnesia selectiva.

La inflación del héroe

El problema de nuestra época no es solamente la inflación monetaria.

También tenemos inflación de héroes.

Ya no basta con decir:

“Trump es un buen presidente.”

Eso sería demasiado vulgar.

Tampoco:

“Trump está haciendo una política exterior extraordinaria.”

Demasiado modesto.

Hay que decir:

“Trump es la libertad.”

Ya no es una persona.

Es un concepto.

Una palabra.

Una fuerza de la naturaleza.

Un fenómeno geológico.

Uno espera que mañana aparezca una nueva unidad de medida.

—¿Cuánto mide?

—Tres Trumps.

—¿Y eso cuánto es?

—Depende de cuánto ames la libertad.

La frase dice que Trump simbolizará “toda la eternidad”.

Toda.

La eternidad completa.

No una legislatura.

No una generación.

No siquiera un siglo.

La eternidad.

Pobre Jesucristo.

Después de dos mil años trabajando en su marca, resulta que llega Trump y le quita el mercado.

El nuevo Bolívar

Pero lo de Bolívar es todavía mejor.

Porque Bolívar no fue simplemente un político carismático que tenía una cuenta de Twitter muy activa.

Fue uno de los principales dirigentes de las guerras de independencia hispanoamericanas.

Su gran enemigo era precisamente el poder colonial español.

Y ahora algunos políticos estadounidenses dicen que el nuevo Bolívar será...

el presidente de Estados Unidos.

Es una inversión histórica extraordinaria.

Imaginen a Napoleón diciendo:

“Estoy seguro de que el próximo gran libertador de Francia será el rey de Inglaterra.”

O a George Washington diciendo:

“Mi sucesor espiritual será el rey Jorge III.”

Aunque, pensándolo bien, quizá la historia política estadounidense todavía no esté preparada para semejante ironía.

La religión política

Pero aquí aparece algo mucho más interesante.

Porque esto no es solamente una exageración.

Es una forma de religión política.

La religión política funciona de manera bastante sencilla:

Primero necesitas un salvador.

Después necesitas un enemigo.

Luego necesitas una nación que sufra.

Después una promesa de redención.

Y finalmente necesitas que el salvador deje de ser un político y se convierta en un símbolo.

Y listo.

Ya tienes el paquete completo.

El político puede equivocarse.

El mesías no.

El político puede fracasar.

El mesías simplemente está “luchando contra fuerzas superiores”.

El político puede ser corrupto.

El mesías está siendo perseguido.

El político puede tomar una mala decisión.

El mesías está haciendo lo necesario.

Es una maravilla.

Convierte cualquier error en una prueba de fe.

La ventaja de convertir al político en concepto

Además, hay una ventaja fantástica.

Si Trump es simplemente Donald Trump, podemos discutir sus decisiones.

¿Funcionó esto?

¿Funcionó aquello?

¿Mejoró la economía?

¿Empeoró?

¿Su política exterior consiguió resultados?

¿Fracasó?

Preguntas aburridísimas.

Pero si Trump es “la libertad”, entonces criticarlo empieza a parecer un ataque contra la libertad.

¡Qué conveniente!

Ya no tienes que defender al hombre.

Defiendes una palabra.

Y las palabras son magníficas para esconder políticos.

“Libertad.”

“Patria.”

“Prosperidad.”

“Democracia.”

“Dios.”

“Pueblo.”

Pon cualquiera de ellas detrás del nombre de un político y acabas de fabricar una criatura que resulta extraordinariamente difícil de discutir.

—No estoy de acuerdo con Trump.

—¿No estás de acuerdo con la libertad?

—Bueno, no...

—¡Ajá!

¡Comunista!

El truco es viejo.

Pero sigue funcionando.

El santo de Mar-a-Lago

Y así llegamos al inevitable final de esta evolución.

Primero fue:

Donald Trump, candidato.

Después:

Donald Trump, presidente.

Después:

Donald Trump, líder histórico.

Después:

Donald Trump, libertador.

Ahora:

Donald Trump, Bolívar.

Y finalmente:

San Donald de Mar-a-Lago, patrono de los multimillonarios arrepentidos.

Su festividad podría celebrarse el día de las elecciones.

Los fieles llevarían gorras rojas.

Los sacerdotes pronunciarían:

“En el nombre del Padre, del Hijo y del Make America Great Again.”

Y el milagro sería que alguien encontrara un déficit fiscal que no fuera culpa de la administración anterior.

Pero no se preocupen: no es exclusivo de Trump

Y aquí viene la parte incómoda.

Porque sería demasiado fácil reírnos de esta estupidez y marcharnos a casa sintiéndonos intelectualmente superiores.

No.

Esto lo hace todo el mundo.

La izquierda ha convertido políticos en símbolos.

La derecha ha convertido políticos en símbolos.

Los nacionalistas convierten políticos en símbolos.

Los revolucionarios convierten políticos en símbolos.

Los populistas convierten políticos en símbolos.

Todos quieren su propio Bolívar.

Su propio Lenin.

Su propio Kennedy.

Su propio Perón.

Su propio Chávez.

Su propio Reagan.

Su propio salvador.

Porque parece que hemos descubierto que gobernar un país es terriblemente complicado, pero adorar a un señor resulta muchísimo más sencillo.

No tienes que entender la economía.

No tienes que estudiar historia.

No tienes que leer sobre instituciones.

No tienes que comprender geopolítica.

Solo necesitas saber quién es el bueno y quién es el malo.

Y, preferentemente, tener una gorra.

La verdadera eternidad

Así que quizá esos congresistas tengan razón en una cosa.

Trump podría ser recordado durante mucho tiempo.

La historia decidirá si como gran presidente, presidente mediocre, populista decisivo, figura polarizadora, transformador institucional o cualquier otra cosa.

Pero hay algo que la historia suele hacer con los políticos que se consideran eternos:

los vuelve humanos.

Napoleón terminó convertido en historia.

César terminó convertido en historia.

Bolívar terminó convertido en historia.

Stalin terminó convertido en historia.

Mao terminó convertido en historia.

Todos los hombres que creyeron estar escribiendo la eternidad acabaron siendo un capítulo en un libro escrito por gente que nació después de ellos.

Porque ésa es la pequeña broma que la historia reserva para los mesías políticos:

ninguno consigue controlar el último capítulo.

Ni siquiera Donald Trump.

Ni siquiera Bolívar.

Ni siquiera el señor que anuncia que Trump será “la única palabra que simbolizará la eternidad”.

Aunque, si realmente sucede, tengo una sugerencia para el diccionario:

Trump, sustantivo.

  1. Unidad internacional de admiración política.

  2. Medida utilizada para calcular la grandeza de un gobernante.

  3. Sinónimo de libertad cuando la libertad tiene gorra roja.

  4. Periodo histórico cuya duración depende de quién esté hablando.

  5. Eternidad, pero con campaña electoral permanente.

Y recuerden, ciudadanos:

no adoréis al político.

Porque el político que necesita convertirse en dios probablemente ya tenga demasiados problemas administrando el país como simple mortal.

 

Cuando una novela se convierte en documento histórico

Hay una costumbre humana verdaderamente entrañable: nos gusta convertir las historias que nos gustan en hechos que ocurrieron.

Nos cuentan una novela, nos emocionamos, visualizamos a los personajes, escuchamos mentalmente la música de fondo y, cinco minutos después, ya estamos defendiendo aquello como si hubiéramos estado presentes.

—¿Cómo sabes que Zapata tuvo una relación con Ignacio de la Torre?

—Lo leí.

Ah, magnífico.

¿Y dónde?

—En una novela.

Perfecto. Entonces también sabemos qué pensaba Napoleón cuando estaba solo en el baño y qué desayunó Cleopatra el martes 14 de junio.

Porque estaba en una novela.

Ese es precisamente uno de los problemas que Alejandro Rosas señala cuando habla de la novela histórica de Pedro Ángel Palou sobre Emiliano Zapata. La novela introduce una relación sexual entre Zapata e Ignacio de la Torre. El problema no es que un novelista lo haga. Para eso están las novelas.

El problema comienza cuando alguien sale de la novela y entra directamente en Wikipedia con una certeza histórica recién adquirida.


La novela tiene permiso para inventar

Aquí conviene defender a Palou de algo que no necesita defensa.

Un novelista puede hacerlo.

Puede imaginar que Zapata tuvo un amante.

Puede imaginar que Porfirio Díaz tenía pensamientos eróticos sobre una marquesa francesa.

Puede imaginar que Benito Juárez, después de un día agotador de política, llegaba a casa, se quitaba los zapatos y decía:

—Hoy también tuve que salvar la República. ¿Qué hay de cenar?

Mientras el autor deje claro que está escribiendo ficción, no hay problema.

El novelista trabaja con una materia distinta.

El historiador tiene una cadena bastante incómoda llamada evidencia.

Documento.

Carta.

Testimonio.

Archivo.

Contexto.

Contraste de fuentes.

Y después, si todo sale bien, una conclusión.

El novelista tiene otra cadena:

"¿Y si...?"

Y eso es maravilloso.

El problema aparece cuando el "¿y si?" se disfraza de "así fue".


El maravilloso supermercado de la historia

La gente suele pensar que la historia es una colección de hechos.

No.

La historia es una colección de hechos, interpretaciones, silencios, documentos incompletos, propaganda, recuerdos, errores, intereses políticos y seres humanos que decidieron no guardar recibos de su vida privada.

Y ahí estamos nosotros, cien o doscientos años después, tratando de reconstruirlo todo.

Es como intentar reconstruir una película después de encontrar solamente 37 minutos de metraje.

Pero el ser humano odia los huecos.

Si falta información, la inventamos.

Si no sabemos qué pensaba Zapata aquella noche, imaginamos qué pensaba.

Si no sabemos qué sintió, lo escribimos.

Si no sabemos con quién tuvo relaciones íntimas, alguien aparece con una novela de 400 páginas y soluciona el problema.

¡Gracias, literatura!

Ahora sabemos hasta el clima emocional.


Y aquí aparece el famoso "pero lo leí"

Esta frase debería provocar automáticamente una alarma en la cabeza:

"Pero yo lo leí en un libro."

¿En qué libro?

Porque hay libros y libros.

No es lo mismo una investigación histórica basada en archivos que una novela histórica.

No es lo mismo una biografía académica que una novela.

No es lo mismo un documento de 1910 que un diálogo inventado por un escritor en 2006.

Pero todos tienen una cosa en común:

tienen páginas.

Y aparentemente eso basta para que nuestro cerebro los meta en la misma carpeta.

"Libro".

Carpeta cerrada.

Historia confirmada.


El caso Zapata es particularmente interesante

Porque aquí tenemos un dato real que sirve de puente hacia la ficción.

Zapata estuvo relacionado con la hacienda de Ignacio de la Torre, personaje perteneciente al círculo de Porfirio Díaz.

Eso es historia.

Pero de ahí a afirmar:

"Zapata tuvo una relación sexual con Ignacio de la Torre."

hay un salto.

Y el salto se llama ficción.

El problema es que los seres humanos somos pésimos distinguiendo entre una historia posible y una historia demostrada.

Si algo resulta psicológicamente convincente, nuestro cerebro dice:

—Debe ser verdad.

Y no.

También es psicológicamente convincente que Darth Vader haya sido el padre de alguien.

Bueno...

Ese sí era verdad dentro de la película.

Pero ustedes entienden el punto.


La historia necesita humildad

Hay algo profundamente liberador en decir:

"No lo sabemos."

Los historiadores deberían poder pronunciar esas tres palabras con absoluta tranquilidad.

¿Tuvo Zapata una relación homosexual?

No tenemos evidencia suficiente para afirmarlo.

¿Pudo haber ocurrido?

Naturalmente.

¿Podemos convertir esa posibilidad en un hecho?

No.

Porque entonces dejamos de hacer historia y empezamos a hacer fan fiction con bibliografía.

Y eso puede ser muy entretenido.

Pero sigue siendo fan fiction.


Y cuidado con el extremo contrario

Ahora bien, tampoco debemos cometer el error inverso.

Que no exista evidencia de una relación homosexual documentada no significa que podamos afirmar:

"Zapata jamás tuvo una experiencia homosexual."

Eso también sería inventar.

La intimidad de una persona no deja necesariamente documentos.

Especialmente en una época en la que ciertas conductas podían tener consecuencias sociales, familiares, políticas o incluso legales.

Puede haber ocurrido.

Puede no haber ocurrido.

La historia no está obligada a llenar todos los silencios.

A veces el silencio es simplemente eso:

silencio.


El verdadero poder de la novela histórica

Y aquí viene lo más fascinante.

La novela histórica puede terminar influyendo en nuestra memoria más que los libros de historia.

Porque el historiador dice:

"No existen fuentes suficientes para establecer..."

Y el lector bosteza.

El novelista dice:

"Aquella noche Zapata lo miró a los ojos..."

Y de repente tenemos cine en la cabeza.

Hay olor a tabaco.

La luna ilumina la hacienda.

Suena un violín.

Alguien mira por la ventana.

Y veinte años después alguien afirma:

—Eso pasó.

No, amigo.

Eso estaba muy bien escrito.

Que es diferente.


El problema no es la ficción

El problema es olvidar que era ficción.

Una buena novela histórica puede despertar curiosidad por el pasado.

Puede hacer que alguien quiera conocer a Zapata, a Villa, a Madero, a Juárez.

Puede provocar preguntas magníficas.

Pero después hay que hacer algo tremendamente aburrido:

volver a las fuentes.

Porque la novela te puede abrir la puerta de la historia.

Pero no debería convertirse en el notario de la historia.

Y mucho menos en su acta de nacimiento.


Porque al final tenemos tres Zapatas

Tenemos al Zapata histórico, el hombre que podemos reconstruir mediante documentos y testimonios.

Tenemos al Zapata mítico, convertido en símbolo revolucionario, campesino, agrarista, héroe nacional.

Y tenemos al Zapata literario, ese personaje que cada generación puede volver a inventar.

Los tres son interesantes.

Pero no son el mismo.

El problema comienza cuando confundimos al tercero con el primero.

Porque entonces la historia deja de ser una investigación sobre el pasado y se convierte en algo parecido a una reunión familiar mexicana:

—¿Y quién era ese señor?

—Era primo de mi abuelo.

—No, era tío de mi abuela.

—Pues yo escuché que era hijo de un general.

—Mi mamá dice que tenía otra familia.

—Pues yo leí que era homosexual.

—¿Dónde lo leíste?

—En una novela.

Silencio.

Alguien sirve café.

Y acaba de nacer una nueva verdad histórica.

Así es como funcionan las leyendas: una ficción suficientemente buena, repetida suficientes veces, termina adquiriendo credenciales que jamás tuvo.

Y luego llega el historiador, pobre desgraciado, con sus archivos, sus notas al pie y sus veinte años de investigación, para decir:

—Un momento...

Y todos contestamos:

—¡Pero yo lo vi en un libro!

Claro.

Un libro.

La herramienta más poderosa de la civilización para transmitir conocimiento...

y también una de las mejores para transmitir estupideces con excelente ortografía.