La polémica se originó por comentarios realizados en un pódcast por las diputadas poblanas de Morena Nayeli Salvatori y Graciela Palomares, donde se hicieron burlas sobre el olor corporal de las personas adultas mayores. Tras la reacción pública, una de ellas argumentó que se trataba de “humor negro” y ofreció disculpas.
El humor no es neutro
El humor puede cumplir funciones muy distintas: criticar al poder, aliviar tensiones, revelar hipocresías o simplemente entretener. Pero también puede reforzar jerarquías sociales. Una diferencia clásica en teoría del humor es entre “golpear hacia arriba” (satirizar a quienes tienen poder) y “golpear hacia abajo” (ridiculizar a quienes tienen menos capacidad de defenderse).
En este caso, las personas adultas mayores constituyen un grupo que con frecuencia enfrenta:
discriminación por edad (edadismo),
dependencia económica o física,
soledad y pérdida de redes sociales,
menor visibilidad pública.
Burlarse de un rasgo asociado al envejecimiento no cuestiona una estructura de poder; más bien estigmatiza una condición humana universal.
“Es humor negro” no elimina la responsabilidad
Decir “era humor negro” suele funcionar como una defensa retrospectiva. Pero la cuestión ética no depende solo de la intención del emisor, sino también del objeto de la burla y del efecto social previsible. Hay humor negro sobre la muerte, la enfermedad o el absurdo de la existencia que no apunta contra personas concretas ni grupos vulnerables. Otra cosa es convertir a un grupo vulnerable en el blanco del chiste.
Una prueba sencilla es preguntar: ¿quién queda más expuesto después del chiste? Si el resultado es que un grupo ya vulnerable aparece como sucio, ridículo o indigno, el humor está operando como mecanismo de exclusión.
El problema del edadismo
La filósofa Martha Nussbaum ha insistido en que la dignidad humana no depende de la productividad ni de la fuerza física. El edadismo funciona precisamente al revés: valora a las personas por su juventud, rendimiento y apariencia. Los comentarios sobre el “olor de los viejitos” se insertan en esa lógica cultural que asocia vejez con deterioro y pérdida de valor social.
Además, hay un elemento particularmente problemático: todos, si tenemos suerte, envejecemos. Ridiculizar la vejez es ridiculizar una etapa posible de la propia vida.
Cuando quien habla ocupa un cargo público
Aquí aparece otra capa ética. Un ciudadano común puede hacer un mal chiste; una legisladora tiene además una función representativa. Quien legisla sobre pensiones, salud, cuidados o derechos de las personas mayores debería ser especialmente cuidadoso con discursos que puedan normalizar el desprecio hacia ese grupo.
Por eso la discusión pública no se reduce a “si hizo reír o no”, sino a qué tipo de cultura política expresa.
¿Entonces habría que prohibir ese humor?
No necesariamente. Defender la libertad de expresión incluye tolerar expresiones ofensivas. Pero una cosa es el derecho a decir algo y otra muy distinta la legitimidad moral de decirlo o la crítica social que eso merece. La respuesta democrática adecuada suele ser más discurso, no censura.
Hay algo fascinante en la política moderna: la capacidad de insultar a la gente y luego sorprenderse de que la gente se sienta insultada. Es como lanzar una cubeta de lodo desde un balcón y después asomarse indignado porque alguien se manchó.
Unas diputadas se burlan de los adultos mayores y, cuando el escándalo explota, aparece la frase mágica: “era humor negro”. Ah, claro. El detergente universal de la irresponsabilidad. Dices una barbaridad, le pegas una etiqueta de “humor” y listo: la ética desaparece, la empatía se evapora y todos deberíamos aplaudir tu genialidad cómica.
Pero detengámonos un segundo. El humor negro, en su mejor versión, es una forma de mirar el abismo y reírse de él antes de que el abismo nos trague. Reírse de la muerte, del miedo, de la desgracia humana. Lo que hicieron estas legisladoras no fue eso. No se rieron del abismo; se rieron de quienes ya viven demasiado cerca de él.
Hay una diferencia enorme entre burlarse del rey y burlarse del anciano que espera horas en una clínica pública. El primero tiene escoltas, presupuesto y micrófonos. El segundo tiene una receta médica arrugada, una pensión insuficiente y, con suerte, alguien que lo acompañe. Cuando el chiste cae sobre el más débil, deja de ser sátira y se convierte en entrenamiento para la indiferencia.
La defensa del “humor negro” me recuerda a esos niños que rompen un vidrio y dicen: “era un juego”. Sí, era un juego… para el que lanzó la piedra. El problema es que siempre hay alguien del otro lado del cristal.
Y aquí aparece el detalle que vuelve todo más grotesco: quien habla es una representante pública. Una diputada no es una comediante en un bar a las dos de la mañana. Tiene un cargo pagado por ciudadanos, incluidos los ciudadanos mayores. Imaginen la escena: una persona de setenta y cinco años hace fila para cobrar una pensión y descubre que quienes legislan sobre sus derechos la usan como material de chiste. Debe de sentirse maravillosamente representada.
La política tiene un talento especial para exigir respeto mientras reparte desprecio. “Respete la investidura”, dicen. Curioso: la investidura parece un traje muy delicado cuando se trata de proteger al funcionario, pero una tela sorprendentemente resistente cuando se trata de proteger al ciudadano.
Además, hay una ironía biológica deliciosa. Las personas que se burlan de la vejez están participando activamente en ella. Cada minuto que pasa las acerca al club del que hoy se ríen. El envejecimiento es el único proceso democrático que funciona puntualmente. No pregunta por partido, ideología ni número de seguidores. Todos los relojes avanzan en la misma dirección.
La sociedad contemporánea rinde culto a la juventud como si fuera una religión. Crema antiarrugas, filtros digitales, gimnasios abiertos veinticuatro horas, suplementos milagrosos. Parecer joven se volvió más importante que ser sabio. En ese contexto, el chiste sobre el “olor del viejito” no es un accidente; es un síntoma. Nos incomoda la vejez porque nos recuerda que el cuerpo tiene fecha de caducidad.
Y, sin embargo, qué extraña civilización la nuestra: celebramos al abuelo en el comercial del Día del Abuelo y lo ridiculizamos en el pódcast del fin de semana. Lo abrazamos en la fotografía familiar y lo ignoramos en el transporte público. Le pedimos que cuide a los nietos gratis, pero nos molesta que ocupe espacio en la fila del banco.
Algunos dirán: “No exageres, solo fue una broma”. Ese es precisamente el mecanismo de la crueldad cotidiana. Las grandes deshumanizaciones no empiezan con decretos; empiezan con pequeñas licencias morales. Un chiste aquí, una burla allá, una carcajada compartida, y poco a poco ciertas personas dejan de ser individuos y se convierten en caricaturas.
Lo más revelador no es el chiste, sino la reacción posterior. Primero: “era humor”. Luego: “si alguien se ofendió, una disculpa”. Traducción simultánea: “lamento que mis palabras hayan tenido consecuencias, no necesariamente haberlas dicho”. La disculpa política moderna es una obra maestra del lenguaje pasivo: el daño ocurre solo, espontáneamente, como una tormenta.
Pero hay algo aún más triste. Muchos ciudadanos defendieron la burla porque “ya no se puede decir nada”. Falso. Se puede decir casi cualquier cosa. Lo que ya no está garantizado es la inmunidad social. Libertad de expresión no significa libertad de aplauso. Puedes contar un chiste cruel; los demás pueden considerarlo cruel. Eso también es libertad.
A mí me preocupa menos el mal gusto que la falta de imaginación. ¿De verdad eso es lo mejor que puede ofrecer el humor político? ¿Burlarse del olor de un anciano? Los grandes humoristas atacaban imperios, iglesias, corporaciones, guerras, hipocresías nacionales. Aquí estamos, en pleno siglo XXI, con representantes populares descubriendo el equivalente cómico de escribir “pedo” en una pared escolar.
El verdadero olor desagradable no proviene de la vejez. Proviene de una cultura pública que perdió la capacidad de mirar a los vulnerables con respeto. Huele a soberbia, a frivolidad y a desconexión social. Huele a gente que habla mucho de “el pueblo” hasta que el pueblo envejece.
Y quizá esa sea la pregunta final: ¿qué tipo de sociedad queremos ser? Una donde el anciano sea un estorbo cómico o una donde sea una memoria viva. Porque una comunidad se retrata mejor en la forma en que trata a quienes ya no producen, ya no compiten y ya no deslumbran.
El día que entendamos eso, tal vez descubramos que la dignidad humana no tiene edad… y que el humor más oscuro no es reírse de la muerte, sino reírse de quien se acerca a ella mientras espera un poco de consideración.