Los “capitanes de la industria” no nacieron con uniforme ni sable. Nacieron con contabilidad, acero y ferrocarriles. Y con una épica muy bien narrada… por ellos mismos.
La expresión aparece en el siglo XIX, heredada del lenguaje militar. Si había generales que ganaban guerras, también —decían— había empresarios que ganaban el progreso. Construían fábricas, movían trenes, levantaban ciudades.
El escenario
Estados Unidos, segunda mitad del siglo XIX.
Industrialización a toda máquina, sindicatos gateando, leyes laborales en pañales.
Los protagonistas (los de siempre)
Andrew Carnegie — acero, bibliotecas y la idea de que primero hay que exprimir y luego donar.
John D. Rockefeller — petróleo, monopolios y una eficiencia que rozaba lo teológico.
J. P. Morgan — finanzas, fusiones y rescates privados antes de que existiera la palabra “bailout”.
Cornelius Vanderbilt — barcos, trenes y la delicadeza de una locomotora sin frenos.
El relato oficial
Según la leyenda:
visionarios audaces, hombres hechos a sí mismos, motores del bienestar general.
El progreso tenía nombre propio y cuenta bancaria.
El reverso del tapiz
Pero otros los llamaron “barones ladrones” (robber barons).
¿Por qué?
Monopolios que estrangulaban mercados
Jornadas laborales brutales
Salarios de subsistencia
Sindicatos aplastados como latas vacías
El mismo puño que “construía nación” apretaba gargantas.
El truco retórico
“Capitán de la industria” es una operación estética del lenguaje.
No describe: absuelve.
No analiza: heroíza.
Convierte acumulación en liderazgo y poder en mérito.
El giro del siglo XX
Con el New Deal, las leyes antimonopolio y el Estado regulador, la figura pierde brillo. El capital ya no manda solo: ahora tiene árbitro. El capitán baja del puente… o al menos finge obedecer al radar.
Epílogo, con eco contemporáneo
Hoy el término vuelve, disfrazado de CEO visionario, emprendedor disruptivo, genio del garaje.
El mercado sigue escribiendo epopeyas.
La pregunta es: ¿quién paga la impresión?
La secesión de los estados del Sur tras la elección de Abraham Lincoln en 1860.
Abraham Lincoln
Lincoln presidente: el ajedrecista
Frederick Douglass
1863: Lincoln cruza el Rubicón


El Lincoln final: más grande que el inicial
Veredicto sin incienso
No fue un abolicionista puro desde el inicio.
Sí fue un político que permitió que la moral lo alcanzara.
Y eso, paradójicamente, lo hace más admirable.