martes, 18 de agosto de 2026

  

Este siglo no ha sido fácil de soportar. Entré en escena mediada una guerra mundial, en el alba terrible de la era atómica. Crecí en Carolina del Sur, como un varón sureño de raza blanca, con un bien cultivado talento natural para odiar a los negros hasta que el movimiento en favor de los derechos civiles me pilló de improviso al descubierto y demostró sin lugar a dudas que yo estaba en un error y que además era un malvado. Pero yo era un muchacho al que le gustaba pensar, que tenía sentimientos y era enemigo de la injusticia, y trabajé firmemente para cambiar mi modo de ser y desempeñar un pequeño e insignificante papel en dicho movimiento con lo que no tardé en sentirme sumamente orgulloso de mí mismo. Entonces me hallaba formando parte del programa universitario de la ROTC, dirigido exclusivamente a varones blancos, y fui escupido por manifestantes pacifistas ofendidos por mi uniforme. Con el tiempo, yo mismo me convertí en uno de tales manifestantes, pero jamás escupí sobre quien no estuviera de acuerdo con mis ideas. Creía que iba a cumplir los treinta años con tranquilidad, como un hombre contemplativo provisto de una filosofía humanitaria e irreprochable, cuando el movimiento de liberación de la mujer cayó sobre mí como un tornado, y una vez más me encontré del otro lado de las barricadas. Parece que he sido la encarnación de todos los conceptos erróneos del siglo XX.

Pat Conroy.

Pat Conroy no está haciendo una confesión política. Está describiendo la experiencia de vivir en un siglo donde el suelo moral se movía constantemente. Su texto tiene una ironía amarga: cada vez que creía haber llegado a un lugar ético seguro, la historia le demostraba que todavía quedaba un prejuicio por desmontar.

Hay una frase que sostiene todo el pasaje:

"Parece que he sido la encarnación de todos los conceptos erróneos del siglo XX."

No se presenta como un monstruo, sino como un hombre común. Y precisamente ahí reside la fuerza del texto. Los grandes cambios históricos no derrotan únicamente a los dictadores; también obligan a millones de personas corrientes a reconocer que aquello que consideraban normal era, en realidad, una injusticia.

Primero fue el racismo. Había aprendido a odiar porque así funcionaba el mundo en el que nació. Cuando el movimiento por los derechos civiles le mostró la dignidad de quienes despreciaba, tuvo el coraje de cambiar. Esa capacidad de rectificar es una forma de inteligencia moral mucho más rara de lo que solemos admitir.

Pero la historia nunca concede un diploma definitivo. Apenas había corregido una ceguera cuando apareció otra. Mientras se sentía orgulloso de haber vencido el racismo, descubrió que formaba parte de una institución militar rechazada por el movimiento pacifista. Más tarde, cuando abrazó el pacifismo, llegó el feminismo para señalar privilegios que él ni siquiera había advertido.

Es una lección incómoda: nadie termina de despertar. Cada generación ilumina una zona nueva de la realidad y deja otra en penumbra. Creer que ya se posee la verdad completa suele ser el primer paso hacia un nuevo dogmatismo.

También hay una crítica sutil a los movimientos sociales. Conroy reconoce que tenían razón en muchas de sus demandas, pero observa que algunos reproducían la misma intolerancia que combatían. Él recuerda haber sido escupido por llevar uniforme y añade que, cuando después estuvo del otro lado de la protesta, nunca escupió a nadie. La justicia pierde parte de su fuerza cuando adopta los métodos del desprecio.

El texto, además, habla del peso de la época sobre el individuo. Solemos imaginar que elegimos nuestras ideas libremente, pero nacemos dentro de una corriente cultural que nos moldea antes de que podamos pensar por nosotros mismos. La libertad no consiste en haber nacido sin prejuicios, sino en tener el valor de revisarlos una y otra vez.

Por eso este pasaje sigue siendo actual. En el siglo XXI también vivimos cambios acelerados. Lo que hoy parece evidente quizá mañana sea cuestionado. La verdadera madurez intelectual no consiste en estar siempre del lado correcto de la historia, porque eso solo puede juzgarlo el tiempo. Consiste en conservar la humildad suficiente para admitir que aún podemos estar equivocados.

Conroy termina convirtiendo su biografía en una advertencia universal: el peor error no fue haber heredado los prejuicios de su tiempo. El peor habría sido negarse a abandonarlos cuando la realidad llamó a su puerta. Esa diferencia, pequeña en apariencia, es la que separa al fanático del ser humano que sigue aprendiendo.

 El sistema de producción metaboliza tranquilamente la pluralidad de puntos de vista y visiones porque dicha multiplicidad no solo acepta el dogma fundamental del mundo histórico intranscendible, sino que además procura que sea invisible, ocultándolo detrás de la explosión policromática de los diversos estilos de vida, facetas y perspectivas aparentemente diferentes pero, en realidad, todas alineadas al milímetro, todas encerradas dentro de la jaula de hierro del régimen globalista de la producción y el consumo.

Diego Fusaro

 Esta cita de Diego Fusaro es una crítica filosófica de corte neomarxista y soberanista a lo que él denomina el "capitalismo absoluto-especulativo". En esencia, Fusaro argumenta que la diversidad que celebramos hoy no es una libertad real, sino un mecanismo de control.

puntos clave para desglosar su pensamiento:

1. El "Pluralismo" como Estratagema

Para Fusaro, el sistema no teme a la diversidad de opiniones; de hecho, la fomenta. Sin embargo, esta "explosión policromática" (estilos de vida, modas, orientaciones, identidades) es superficial. Funciona como una cortina de humo que oculta que, en lo fundamental, todos estamos obligados a ser consumidores y productores dentro del mismo mercado global.

2. El Mundo Histórico Intrascendible

Cuando menciona el "dogma del mundo histórico intrascendible", se refiere a la idea de que "no hay alternativa" (el famoso TINA: There Is No Alternative).

  • Se nos permite elegir entre cien tipos de café o veinte estilos de música.

  • No se nos permite cuestionar la estructura económica global o el hecho de que todo en la vida deba estar mercantilizado.

  • La pluralidad es permitida siempre y cuando no trascienda los límites del sistema de producción.

3. La Jaula de Hierro

Fusaro recupera este concepto de Max Weber. La "jaula de hierro" describe una sociedad atrapada en la racionalidad técnica y económica.

  • La paradoja: Aunque sentimos que somos más "libres" por tener tantas opciones de consumo, estamos más encerrados que nunca porque nuestra identidad se define únicamente a través de lo que compramos o proyectamos en el mercado de las apariencias.

4. La Alineación Invisible

El autor sostiene que las perspectivas son "aparentemente diferentes pero alineadas al milímetro". Esto significa que, aunque un individuo se identifique como "rebelde" o "alternativo", si esa rebeldía se expresa mediante el consumo de marcas, estéticas o plataformas digitales globales, el sistema no se ve amenazado; al contrario, se fortalece al haber "mercantilizado" la disidencia.

Resumen de la visión de Fusaro

ConceptoRealidad según Fusaro
Diversidad
Una estrategia de marketing para ocultar la uniformidad económica.

Libertad de elecciónLimitada al ámbito del consumo, nunca al sistema político-social.
Globalismo





Una estructura que disuelve las culturas locales para crear un solo tipo de "consumidor global".




 

El efecto Flynn inverso: ¿nos estamos volviendo estúpidos o simplemente modernos?

Hay una noticia que debería preocuparnos muchísimo más de lo que nos preocupa:

quizá las nuevas generaciones están obteniendo peores resultados en algunas pruebas de inteligencia que las anteriores.

Sí, ya sé lo que están pensando.

"¡Por fin! ¡La ciencia ha demostrado que los jóvenes son unos idiotas!"

Tranquilos. Los adultos llevan diciendo eso desde que alguien inventó la adolescencia.

Sócrates ya se quejaba de los jóvenes de su época. Los padres se quejan de sus hijos. Los profesores de sus alumnos. Los viejos de los jóvenes. Y probablemente un Neandertal vio a otro Neandertal usando una piedra mal afilada y dijo:

"Estos muchachos ya no saben hacer nada."

Pero el asunto del efecto Flynn inverso es bastante más interesante que eso.

Durante buena parte del siglo XX ocurrió algo extraordinario: las generaciones posteriores obtenían, en promedio, mejores resultados en determinadas pruebas cognitivas. James Flynn documentó este fenómeno, que posteriormente recibió su nombre.

Las razones propuestas son numerosas: mejor nutrición, escolarización más amplia, ambientes intelectualmente estimulantes, menor exposición a enfermedades durante la infancia y una sociedad que exigía cada vez más familiaridad con conceptos abstractos.

Durante décadas parecía que la humanidad estaba instalando actualizaciones cerebrales.

Y entonces, en algunos países, comenzó a ocurrir lo contrario.

Las puntuaciones empezaron a bajar.

Bienvenidos al progreso.

El problema de pensar que "CI = inteligencia"

Aquí debemos detenernos.

Porque cuando escuchamos que disminuye el CI, inmediatamente imaginamos a la humanidad caminando hacia el abismo con la mirada perdida y preguntando dónde está el botón de encendido.

Pero una prueba de inteligencia no mide absolutamente todo lo que llamamos inteligencia.

Mide determinadas capacidades bajo determinadas condiciones.

Y eso importa.

Una persona puede ser extraordinariamente hábil para interpretar situaciones sociales, construir una estrategia, resolver problemas prácticos, crear una obra artística o aprender a utilizar una herramienta compleja y no necesariamente destacar en una prueba concreta de razonamiento abstracto.

Por eso sería absurdo concluir:

"El CI promedio bajó, por tanto la humanidad se volvió estúpida."

No.

Sería como medir la capacidad de una sociedad para correr y concluir que se ha vuelto menos inteligente porque ahora utiliza automóviles.

Aunque hay una posibilidad inquietante:

quizá estamos desarrollando determinadas habilidades mientras dejamos atrofiarse otras.

Y aquí empieza la parte incómoda.

El cerebro también se acostumbra a lo que le damos

Imaginemos que durante siglos necesitabas memorizar nombres, fechas, rutas, números telefónicos, direcciones y enormes cantidades de información.

Entonces aparece un pequeño rectángulo luminoso que hace todo eso por ti.

Ya no necesitas recordar el teléfono de nadie.

Ni siquiera necesitas saber cómo llegar.

El aparato te dice dónde estás, hacia dónde ir y cuánto tardarás.

Si quieres saber quién fue Napoleón, preguntas.

Si quieres saber cuánto mide el Amazonas, preguntas.

Si quieres saber quién escribió La metamorfosis, preguntas.

Y si quieres saber por qué tu pareja está enojada contigo...

Bueno, ahí todavía no existe inteligencia artificial suficientemente avanzada.

Pero estamos trabajando en ello.

El problema no es que la tecnología nos haga necesariamente más tontos.

El problema es que la mente humana es extraordinariamente eficiente para abandonar aquello que ya no necesita hacer.

Si una herramienta realiza constantemente una función cognitiva por nosotros, dejamos de practicarla.

Y lo que no practicamos, se debilita.

Eso no significa que estemos perdiendo inteligencia.

Significa que estamos redistribuyéndola.

El hombre que ya no recuerda nada

Antes, perderse era una experiencia intelectual.

Había que observar calles, edificios, montañas, ríos y señales.

Hoy puedes estar en una ciudad desconocida, completamente desorientado, mientras una voz te dice:

"En 300 metros, gira a la derecha."

Y tú obedeces.

No sabes dónde estás.

No sabes dónde estabas.

No sabes dónde vas.

Pero sabes que Google Maps tiene razón.

Hemos creado una especie de memoria externa.

Y esto tiene enormes ventajas.

Pero también tiene un precio.

Cuando externalizamos una capacidad mental, dejamos de ejercitarla.

La pregunta importante, entonces, no es:

"¿La tecnología nos hace estúpidos?"

La pregunta es:

"¿Qué capacidades estamos dejando de practicar porque las máquinas las hacen por nosotros?"

La economía de la atención

Y aquí aparece uno de los sospechosos habituales: la atención.

Porque nuestro mundo moderno tiene una característica peculiar.

Nunca en la historia humana hemos tenido acceso a semejante cantidad de información.

Y nunca habíamos tenido tantos mecanismos diseñados específicamente para impedirnos concentrarnos en una sola cosa.

Tenemos una biblioteca universal en el bolsillo.

Y la utilizamos principalmente para ver videos de treinta segundos.

Es una de las grandes bromas de la civilización.

Construimos Internet para distribuir el conocimiento humano y terminamos utilizándolo para discutir con desconocidos sobre si un cantante debería haber usado sombrero.

El problema no es solamente la cantidad de información.

Es la fragmentación.

Una mente acostumbrada a saltar constantemente entre estímulos puede tener dificultades para permanecer durante una hora con un texto complicado, una argumentación larga o un problema que no ofrece gratificación inmediata.

Y eso sí importa.

Porque muchas de las grandes capacidades intelectuales —comprender, analizar, comparar, crear, cuestionar— necesitan una cosa que nuestro sistema económico considera sospechosamente improductiva:

tiempo.

La paradoja de nuestra época

Tenemos más educación que nunca.

Más información que nunca.

Más libros disponibles que nunca.

Más herramientas cognitivas que nunca.

Más acceso a expertos que nunca.

Y, al mismo tiempo, podemos pasar seis horas consumiendo contenido sin haber pensado seriamente en absolutamente nada.

Eso es fascinante.

Porque quizá el problema no sea que nuestra civilización se haya vuelto menos inteligente.

Quizá se haya vuelto demasiado buena para mantenernos ocupados.

Una persona puede pasar todo el día recibiendo información sin construir conocimiento.

Puede leer cien titulares y no comprender un solo problema.

Puede conocer veinte opiniones sobre política y no haber estudiado ninguna.

Puede escuchar cincuenta explicaciones sobre filosofía y jamás haber leído a un filósofo.

Puede consumir contenido sobre ejercicio durante tres horas y no salir a correr.

Esto último, por cierto, constituye una de las grandes obras maestras de la humanidad.

¿Entonces nos estamos volviendo estúpidos?

La respuesta honesta es:

no lo sabemos con certeza.

El Flynn inverso es un fenómeno real observado en determinados países, periodos y tipos de pruebas, pero sus causas siguen siendo objeto de investigación.

No existe una explicación sencilla.

Podrían intervenir factores educativos, ambientales, nutricionales, sociales, culturales y tecnológicos.

Y probablemente no exista una sola causa.

Pero hay una conclusión que sí podemos extraer.

La inteligencia humana no existe en el vacío.

El cerebro se adapta al mundo que construimos.

Si construimos un mundo que premia la concentración, la lectura profunda, la curiosidad y el pensamiento crítico, probablemente fortaleceremos esas capacidades.

Si construimos uno que recompensa la reacción instantánea, la distracción permanente y la indignación cada ocho segundos...

Bueno.

Probablemente obtendremos personas extraordinariamente buenas reaccionando a cosas durante ocho segundos.

La verdadera amenaza

Quizá el mayor peligro no sea que las máquinas nos vuelvan idiotas.

Quizá sea algo mucho más sutil:

que nos acostumbremos a no pensar cuando pensar resulta incómodo.

Porque una calculadora puede hacer una operación.

Un buscador puede encontrar un dato.

Una inteligencia artificial puede resumir un libro.

Un algoritmo puede recomendarnos qué escuchar.

Una plataforma puede decidir qué noticia aparece delante de nosotros.

Pero ninguna de esas cosas garantiza que nosotros sepamos qué hacer con la información.

Y ahí está la diferencia entre información e inteligencia.

La información responde:

"¿Qué dice esto?"

La inteligencia pregunta:

"¿Es cierto?"

La información proporciona una respuesta.

La inteligencia sospecha de ella.

La información llena la cabeza.

La inteligencia sabe cuándo vaciarla y empezar de nuevo.

Por eso quizá deberíamos dejar de preguntarnos si las nuevas generaciones son más tontas.

Es una pregunta demasiado cómoda.

La pregunta verdaderamente interesante es otra:

¿Estamos construyendo una sociedad que desarrolla seres humanos capaces de pensar o una sociedad que desarrolla consumidores capaces de reaccionar?

Porque si algún día descubrimos que el Flynn inverso no era una anomalía estadística sino el resultado de nuestro entorno cultural, tendremos una explicación bastante irónica.

La humanidad consiguió crear la mayor infraestructura de conocimiento de la historia...

y decidió utilizarla principalmente para no tener que pensar.

Eso sí sería progreso.

Un progreso perfectamente moderno.

Y, como casi todos nuestros grandes avances, probablemente vendría acompañado de una aplicación que nos avisara:

"Ha pasado demasiado tiempo pensando. ¿Desea continuar?"

 

Cómo votar para sacar a un cabrón y terminar metiendo a otro

Hay una tradición política latinoamericana que merece ser estudiada por la UNESCO, o por lo menos por un buen psiquiatra: votar por alguien no porque sepamos lo que hará, sino porque estamos desesperados por sacar al que ya está.

Es una diferencia pequeña en apariencia, pero gigantesca en consecuencias.

El razonamiento suele ser:

—Este gobierno es una mierda.

—¿Y qué propone el otro?

—¡Que saque a estos!

—Sí, pero ¿qué va a hacer?

—¡QUE LOS SAQUE!

Y listo. Tenemos política.

La elección deja de ser una comparación entre proyectos de país y se convierte en una especie de operación de desalojo electoral.

El ciudadano no está contratando al próximo administrador de la casa. Está buscando al cabrón que tenga las suficientes ganas de echar al anterior por la ventana.

Y América Latina lleva años perfeccionando esta técnica.

Argentina eligió a Javier Milei después del enorme desgaste del peronismo y del fracaso económico de gobiernos anteriores. Ecuador convirtió la seguridad en una cuestión central y apostó por Daniel Noboa. Chile eligió a José Antonio Kast. Perú acaba de llevar a Keiko Fujimori a la presidencia. Colombia eligió a Abelardo de la Espriella. En distintos países, con circunstancias diferentes, candidatos de derecha y outsiders han sabido convertir el hartazgo en combustible electoral. 

Y aquí viene lo interesante:

eso no demuestra necesariamente que América Latina se haya vuelto de derecha.

Puede demostrar algo bastante más incómodo:

que América Latina está hasta la madre.


El voto como bote de basura

Durante décadas, buena parte de la política latinoamericana funcionó con una lógica relativamente sencilla:

«Si el gobierno de izquierda fracasa, votamos por la derecha.»

Después:

«Si la derecha fracasa, votamos por la izquierda.»

Y después:

«Si ambos fracasan, votamos por alguien que diga que él no es ninguno de los dos.»

El problema es que así se puede pasar veinte años cambiando de conductor sin preguntarse si el automóvil tiene frenos.

El ciudadano experimenta inflación, inseguridad, desempleo, corrupción, servicios deficientes o pérdida de poder adquisitivo.

Se enoja.

El gobierno se convierte en el culpable visible.

La oposición ofrece una explicación sencilla:

«Todo esto es culpa de ellos.»

Y el votante responde:

«Perfecto. Sáquenlos.»

Pero nadie le pregunta algo mucho más importante:

«¿Y después qué?»

Porque «después» es la parte que suele venir con letra pequeña.


El maravilloso poder político del enojo

El enojo es uno de los combustibles electorales más eficientes que existen.

Un programa económico de 74 páginas necesita explicación.

Una indignación necesita tres segundos.

«¡Nos están robando!»

«¡La casta!»

«¡La inseguridad!»

«¡Los comunistas!»

«¡Los neoliberales!»

«¡Los corruptos!»

«¡Los zurdos!»

«¡Los conservadores!»

La política moderna descubrió una maravilla: ya no necesitas convencer al ciudadano de que tu programa funcionará; basta con convencerlo de que el otro es insoportable.

Y las redes sociales son un gimnasio perfecto para eso.

El argumento complejo pierde contra el insulto memorable.

La política pública pierde contra el video de 17 segundos.

El análisis económico pierde contra un candidato gritando frente a una multitud.

La moderación tiene un problema gravísimo:

no se viraliza.

Nadie comparte:

«Candidato propone fortalecer progresivamente la capacidad administrativa del Estado mediante una combinación de políticas fiscales y regulatorias.»

Pero escribe:

«¡VOY A PASARLE LA MOTOSIERRA A TODO!»

Y tienes medio continente hablando de ti.


El candidato que parece tener respuestas

Aquí aparece una figura política particularmente poderosa: el hombre —o la mujer— que parece no tener dudas.

No importa que los problemas sean complejos.

Él sabe.

No importa que la economía tenga diez variables.

Él sabe.

No importa que la inseguridad tenga causas sociales, policiales, judiciales y económicas.

Él sabe.

No importa que el Estado sea una maquinaria gigantesca.

Él sabe.

Y si alguien pregunta cómo:

«¡Con decisión!»

Ah.

Magnífico.

La palabra mágica.

Decisión.

Como si gobernar fuera una cuestión de apretar los dientes.

Como si un presupuesto público pudiera resolverse mirando feo.

Como si la desigualdad huyera aterrorizada cuando el presidente golpea el escritorio.

Pero funciona porque responde a una necesidad psicológica real: cuando la realidad se vuelve demasiado complicada, buscamos a alguien que nos la simplifique.


El problema es que la pobreza no vota como un economista

Y aquí conviene tener cuidado con una condescendencia muy común.

Decir:

«La gente pobre no se da cuenta de que está votando contra sus propios intereses.»

es demasiado fácil.

Y muchas veces es falso.

Una persona puede votar por un candidato de derecha porque considera que la inseguridad es más urgente que cualquier otra cosa.

Otra puede votar por él porque está harta de la corrupción.

Otra porque siente que el gobierno anterior la ignoró.

Otra porque quiere recuperar estabilidad.

Otra porque simplemente quiere castigar al partido gobernante.

Eso no es estupidez.

Es una decisión política basada en las prioridades que esa persona considera más importantes.

El verdadero problema aparece cuando el ciudadano confunde una solución emocional con una solución efectiva.

«Este hombre habla fuerte» no significa «este hombre sabe gobernar».

«Este hombre no es como los anteriores» no significa «este hombre será mejor».

«Este hombre va a castigar a los culpables» tampoco significa «mi vida va a mejorar».

Y ahí está la trampa.


Puede existir perfectamente un elector que diga:

«No quiero seguir igual, pero tampoco quiero volver a aquello.»

Y ese elector es precisamente el que las oposiciones suelen perder cuando creen que el cansancio con el gobierno equivale automáticamente a nostalgia por el gobierno anterior.


La alternancia puede convertirse en una noria

Aquí aparece la tragedia política.

Gobierno de izquierda.

Desencanto.

Gobierno de derecha.

Desencanto.

Outsider.

Desencanto.

Gobierno autoritario con discurso de eficacia.

Desencanto.

Otro outsider.

Y vuelta a empezar.

La política se convierte en una noria.

Subimos al candidato nuevo, celebramos que ahora sí «se va a acabar todo esto», descubrimos unos años después que la realidad seguía siendo bastante más complicada de lo que prometía el candidato...

Y entonces buscamos otro salvador.

El ciudadano no necesariamente está enamorado de la derecha.

Ni de la izquierda.

Muchas veces está desencantado con el sistema completo.

Y eso es mucho más peligroso.


El enemigo es más útil que el programa

Hay una razón por la que los políticos polarizadores aman tanto a sus adversarios.

Porque un adversario fuerte es una herramienta política extraordinaria.

Si yo puedo decir:

«El país está así por culpa de ellos»,

no necesito explicar demasiado mi propio desempeño.

El enemigo mantiene cohesionada a la tribu.

Y cuanto más odias al adversario, menos dispuesto estás a reconocer que tu propio candidato puede estar equivocado.

Entonces ocurre algo maravilloso.

El votante deja de decir:

«Mi presidente hizo una mala política.»

Y empieza a decir:

«Mi presidente tuvo que hacerlo porque los otros son peores.»

Eso es la transformación del ciudadano en hincha.

Y cuando la política se convierte en fútbol, el árbitro siempre es vendido y el delantero de nuestro equipo nunca comete penal.


No necesitamos políticos aburridos

Aquí alguien podría protestar:

«Entonces quieres políticos grises, aburridos y sin carácter.»

No.

Necesitamos exactamente lo contrario.

Necesitamos políticos capaces de entusiasmar sin convertir la política en espectáculo.

Un dirigente puede ser carismático.

Puede ser contundente.

Puede ser apasionado.

Puede incluso ser políticamente incómodo.

Lo que no debería ser necesario es convertir cada elección en una batalla entre el Mesías y Satanás.

Porque cuando todos los candidatos prometen salvar la patria y destruir al enemigo, el ciudadano termina creyendo que votar es elegir quién gritará más fuerte desde el Palacio Nacional.

Y gobernar no es gritar.

Gobernar es administrar.

Es recaudar.

Es gastar.

Es construir.

Es negociar.

Es diseñar instituciones.

Es evaluar resultados.

Es reconocer errores.

Es cambiar una política cuando no funciona.

Es hacer cosas extraordinariamente poco cinematográficas.


La pregunta que deberíamos hacer

Tal vez el elector latinoamericano debería cambiar una sola pregunta.

En lugar de:

«¿Quién puede sacar a estos?»

preguntar:

«¿Qué hará exactamente este individuo cuando tenga el poder que le estoy entregando?»

Y después otra:

«¿Quién gana y quién pierde con sus políticas?»

Y otra:

«¿Qué evidencia tengo de que funcionará?»

Y una última, especialmente incómoda:

«¿Qué pasaría si el candidato que detesto tuviera razón en algo?»

Esa pregunta es casi revolucionaria.

Porque obliga a abandonar la camiseta.

Y quizá ahí esté el problema central de nuestras democracias:

hemos aprendido a votar contra alguien mucho mejor de lo que hemos aprendido a votar a favor de algo.

Por eso podemos pasar de Milei a otro, de otro a otro, de la izquierda a la derecha, de la derecha al outsider, del outsider al salvador, y continuar exactamente en el mismo ciclo.

No porque los latinoamericanos sean idiotas.

Sino porque el miedo, el enojo y la esperanza de un salvador son electoralmente mucho más fáciles de vender que una política pública de veinte años.

Y mientras sigamos entrando a las elecciones con la pregunta:

«¿Quién puede sacar a este cabrón?»,

habrá candidatos haciendo cola para responder:

«Yo.»

El problema es que casi nunca preguntamos la segunda parte:

«¿Y después de sacarlo, qué demonios vas a hacer tú?»

Y esa, queridos electores, es precisamente la pregunta que deberíamos llevar a la urna.

lunes, 17 de agosto de 2026

 


La imagen de los balones lanzados desde una camioneta blindada concentra, en una sola escena, una contradicción política casi perfecta: desastre real + gesto teatral + distancia física + apariencia de normalidad.

Hay varias capas interesantes:

1. El verdadero “realismo mágico” no está en el terremoto

El terremoto es una catástrofe perfectamente real. Lo extraordinario es la respuesta política.

En García Márquez, lo mágico aparece cuando lo imposible es tratado por los personajes como parte de la vida cotidiana. Aquí ocurre algo parecido, pero con una diferencia bastante más amarga: la escena no necesita inventarse.

Un presidente llega a una zona devastada y, en lugar de aparecer fundamentalmente como autoridad responsable de la emergencia, aparece en una imagen que parece salida de una sátira: vehículo blindado, población afectada y balones volando.

La realidad ya hizo el trabajo del escritor.

2. El balón como símbolo es demoledor

El balón parece un gesto pequeño, incluso simpático. Pero precisamente por eso resulta políticamente potente.

Un balón comunica:

  • normalidad;

  • cercanía;

  • alegría;

  • espontaneidad;

  • contacto con “la gente”.

Pero un desastre exige otras imágenes: maquinaria, hospitales, alimentos, refugios, coordinación, rescate, reconstrucción, información.

Por eso la escena puede leerse como un cambio de lenguaje: donde la población necesita Estado, aparece espectáculo.

Y ahí está el corazón de la sátira.

3. La camioneta blindada es el detalle que convierte la escena en esperpento

Si el presidente estuviera caminando entre los damnificados y entregando ayuda, la imagen sería otra.

Pero aparece protegido por un vehículo blindado.

Entonces tenemos simultáneamente:

la vulnerabilidad de los ciudadanos
frente a
la protección del gobernante.

Y encima, desde esa cápsula de seguridad, se lanzan balones hacia afuera.

Es casi una metáfora involuntaria del poder: el gobernante permanece protegido mientras lanza pequeños objetos simbólicos hacia una población expuesta.

4. Los seis días importan muchísimo

La frase “seis días después” cambia la lectura.

No estamos ante una visita inmediata en medio de la emergencia. El tiempo convierte la aparición en un acontecimiento político.

Si además la visita ocurre después de una gestión considerada nefasta, el balón deja de ser simplemente un balón.

Se convierte en puesta en escena.

Y aquí aparece una pregunta mucho más interesante que “¿qué tan absurda es la foto?”:

¿Por qué los gobiernos recurren a gestos simbólicos cuando la realidad exige resultados materiales?

Porque los gestos son baratos, fotogénicos y políticamente comprensibles en segundos.

Una tonelada de ayuda humanitaria requiere logística.

Un balón requiere una mano.

Una fotografía puede comunicar en dos segundos lo que una política pública tarda meses en demostrar.

5. “Realismo mágico” también funciona como crítica al lenguaje político

La expresión tiene una segunda lectura.

Estamos acostumbrados a que la política convierta acontecimientos absurdos en algo perfectamente normal mediante el lenguaje oficial:

“Visita de cercanía.”
“Actividad recreativa.”
“Convivencia con la comunidad.”
“Gesto de solidaridad.”

El lenguaje burocrático puede hacer desaparecer el absurdo.

Y ahí es donde el paralelismo con García Márquez se vuelve especialmente interesante: la realidad parece ficción, pero las instituciones insisten en narrarla como normalidad.

6. El verdadero protagonista sería la fotografía

Incluso más que el presidente, la protagonista de la escena es la imagen.

Porque una fotografía así tiene una enorme eficacia narrativa. No necesita explicar seis días de gestión, problemas administrativos, fallas de coordinación o decisiones políticas.

Solo necesita mostrar:

camioneta blindada + zona devastada + presidente + balones.

El espectador construye la ironía solo.

Y eso conecta con una idea muy contemporánea: la política ya no solamente administra acontecimientos; administra imágenes de los acontecimientos.

7. Hay una inversión brutal del concepto de “cercanía”

El gobernante pretende acercarse a la población.

Pero la escena muestra distancia.

Está dentro del vehículo.

Está protegido.

Está separado físicamente.

Y el objeto que establece contacto con la gente no es su mano, ni una herramienta, ni ayuda material: es un balón que sale disparado desde el vehículo.

Es casi una definición visual de la política-espectáculo:

estar cerca sin exponerse; tocar al pueblo sin tocar el problema.

Y esa frase es el núcleo del asunto.

8. La sátira puede ir todavía más lejos

Hay algo deliciosamente absurdo en que García Márquez necesitara inventar generaciones enteras de Buendías, lluvias de flores amarillas, ascensiones al cielo y acontecimientos imposibles para producir esa sensación de extrañeza...

...y la política contemporánea pueda producirla con una camioneta blindada y unos balones de fútbol.

Pero conviene hacer una precisión: llamarlo “realismo mágico” es una metáfora satírica, no una descripción literaria estricta del fenómeno de García Márquez.

De hecho, eso podría hacer todavía mejor el ensayo: “Esto no es realismo mágico. Es algo peor: realismo político.”

Porque en el realismo mágico lo imposible parece cotidiano.

Aquí lo absurdo parece perfectamente posible.

Y quizá ésa sea la parte más inquietante.








 «Que surja una nueva tierra. Que nazca otro mundo. Que una paz sangrienta se escriba en el cielo. Que brote una segunda generación llena de valor; que crezca un pueblo que ame la libertad».

  Margaret Walker. 


La frase  de Margaret Walker, poeta afroestadounidense vinculada al Renacimiento de Harlem y, sobre todo, a la literatura de la experiencia negra en Estados Unidos. Políticamente, el fragmento puede leerse como una declaración de ruptura con un orden histórico basado en la violencia, la desigualdad y la exclusión.

1. «Que surja una nueva tierra»

No está hablando simplemente de un territorio nuevo. La “nueva tierra” es una nueva sociedad.

La tierra existente representa un mundo marcado por la esclavitud, el racismo, la explotación y la jerarquía. Pedir que surja otra significa imaginar una comunidad política distinta.

Hay aquí una idea muy poderosa: la libertad no consiste únicamente en cambiar quién gobierna, sino en transformar las condiciones sociales que producen la opresión.

2. «Que nazca otro mundo»

Walker utiliza el lenguaje del nacimiento.

No dice “que reformemos este mundo”, sino que nazca otro. Eso introduce una dimensión casi revolucionaria: el viejo orden no debe simplemente maquillarse.

Políticamente puede interpretarse como una ruptura con la idea de que las instituciones existentes son naturales o eternas.

El mensaje sería:

Si una sociedad ha sido construida sobre la injusticia, no basta con pedirle que sea un poco más amable; hay que imaginar otra forma de organizar la convivencia.

3. «Que una paz sangrienta se escriba en el cielo»

Esta es quizá la imagen políticamente más compleja.

“Paz” y “sangre” aparecen juntas. La contradicción no es accidental.

Walker parece reconocer que las sociedades que han vivido durante generaciones bajo violencia no pueden llegar a una verdadera paz simplemente declarando que el conflicto terminó. La paz lleva consigo la memoria de quienes fueron sacrificados para alcanzarla.

Puede leerse también como una advertencia:

no existe reconciliación auténtica cuando se pretende borrar la historia de la violencia.

La paz tiene que reconocer a sus muertos.

4. «Una segunda generación llena de valor»

Aquí aparece la dimensión generacional de la transformación política.

La liberación no pertenece únicamente a quienes lucharon contra la injusticia en el presente. También debe producir seres humanos capaces de vivir de otra manera.

Es decir, una revolución política necesita convertirse en una revolución cultural.

No basta con modificar leyes. Hay que producir nuevas generaciones que ya no acepten como normales el racismo, la subordinación o la desigualdad.

5. «Un pueblo que ame la libertad»

Este verso desplaza el centro de la política.

La libertad deja de ser solamente un derecho escrito en una Constitución y se convierte en una cultura política.

Un pueblo libre necesita aprender a valorar la libertad propia y la libertad de los demás.

Y aquí aparece una cuestión fundamental: ¿qué ocurre cuando alguien reclama libertad para sí mismo pero pretende negársela a otro?

La respuesta implícita de Walker es bastante radical: la libertad no puede ser privilegio de una parte de la población.

La dimensión racial

En el contexto histórico de Walker, estas palabras adquieren una fuerza especial. La experiencia afroamericana había demostrado la enorme distancia entre los ideales democráticos proclamados por Estados Unidos y la realidad de millones de personas negras.

Estados Unidos podía hablar de libertad mientras mantenía estructuras de segregación y discriminación.

Por eso el poema plantea una especie de juicio moral sobre la democracia estadounidense:

¿De qué sirve proclamar la libertad si una parte del pueblo no puede disfrutarla plenamente?

La democracia queda entonces sometida a una prueba muy sencilla:

La libertad de una sociedad se mide por la libertad efectiva de quienes históricamente han tenido menos poder.

Una lectura más amplia

Y aquí creo que el fragmento se vuelve especialmente interesante.

No es únicamente un poema sobre la población negra estadounidense. Puede leerse como una reflexión sobre cualquier sociedad que intenta salir de un pasado de violencia.

La estructura es casi un programa político:

viejo mundo → ruptura → memoria del sufrimiento → nueva generación → libertad.

Pero Walker no propone simplemente destruir. Hay algo más difícil: construir una sociedad capaz de producir personas libres.

Ese es el punto verdaderamente político.

Porque derribar un régimen puede ser relativamente rápido. Construir una cultura de libertad puede tomar generaciones.

La paradoja central

Hay una tensión preciosa en el fragmento:

“paz sangrienta”

La paz necesita memoria, pero la memoria también puede mantener abiertas las heridas.

Walker parece estar buscando una tercera posibilidad: recordar sin permanecer prisioneros del pasado.

Por eso el futuro aparece repetidamente mediante imágenes de nacimiento y crecimiento:

  • surja

  • nazca

  • sea escrita

  • brote

  • crezca

Todo el vocabulario es orgánico.

La política aparece como una semilla que tiene que convertirse en pueblo.

Y quizá esa sea la idea más profunda del fragmento: la libertad no es simplemente algo que se conquista; es algo que una sociedad tiene que aprender a cultivar.


El desprestigio del comunismo suele atribuirse al fracaso del sistema en abstracto, mientras que las dictaduras que han existido dentro de sistemas capitalistas suelen presentarse como desviaciones políticas ajenas al capitalismo.

Y ahí hay algo interesante.

1. El problema de los regímenes comunistas

La Unión Soviética de Stalin, la China de Mao, la Camboya de Pol Pot, Corea del Norte, etc., hicieron que para muchísima gente comunismo, autoritarismo, partido único y represión quedaran asociados.

Pero hay una cuestión histórica: en varios de estos casos, el sistema no fue simplemente una sociedad que espontáneamente decidió adoptar el comunismo. Hubo revoluciones, guerras civiles, golpes revolucionarios o imposiciones estatales, seguidas por estructuras de partido único.

Por eso es legítimo preguntar:

¿Estamos juzgando las ideas comunistas por lo que ocurrió bajo esos gobiernos, o estamos confundiendo una doctrina política con las formas históricas concretas en que determinados gobiernos intentaron realizarla?

Pero tampoco sería correcto decir que todo el desprestigio proviene de que unos dictadores "obligaron a la gente". Las políticas económicas, la concentración del poder, la eliminación del pluralismo y las consecuencias humanas de esos regímenes también tienen que formar parte de la evaluación.

2. Y aquí aparece el doble rasero con el capitalismo

La comparación se vuelve mucho más interesante cuando miramos las dictaduras de países con economías capitalistas.

Pinochet en Chile, por ejemplo, no suele provocar que alguien diga:

"Eso demuestra que el capitalismo es autoritario."

Tampoco solemos describir el capitalismo como un sistema inherentemente dictatorial porque haya existido bajo Franco, las juntas militares latinoamericanas, el apartheid sudafricano o numerosas dictaduras apoyadas por potencias occidentales.

La explicación habitual es:

"Eso era una dictadura, pero no era capitalismo."

Y esa distinción puede ser perfectamente válida.

El problema es que entonces hay que concedérsela también al comunismo.

Si decimos:

"Pinochet no demuestra que el capitalismo sea necesariamente dictatorial",

tenemos que aceptar que:

"Stalin tampoco demuestra por sí solo que cualquier forma imaginable de comunismo tenga necesariamente que ser una dictadura."

Pero hay una segunda cuestión todavía más incómoda.

3. El capitalismo tiene una ventaja narrativa

El capitalismo puede coexistir con democracias liberales, dictaduras, monarquías constitucionales, regímenes autoritarios, Estados de bienestar y sistemas políticos muy diferentes.

Por eso resulta difícil identificar capitalismo con una forma concreta de gobierno.

El comunismo histórico, en cambio, quedó fuertemente asociado a Estados que concentraron simultáneamente el poder político y económico, y además se presentaron explícitamente como Estados revolucionarios dirigidos por un partido de vanguardia.

Eso produjo una asociación mucho más difícil de romper:

comunismo → partido único → Estado autoritario → represión.

Mientras que la asociación:

capitalismo → dictadura

nunca llegó a consolidarse de la misma manera porque el capitalismo sobrevivió perfectamente dentro de democracias plurales.

4. Pero hay una paradoja todavía mejor

El capitalismo puede decir:

"No me responsabilices de Pinochet; Pinochet era un dictador."

El comunismo puede responder:

"Entonces no me responsabilices de Stalin; Stalin era un dictador."

Y el debate verdaderamente interesante empieza después.

Porque la pregunta no debería ser solamente:

"¿Qué sistema produjo más dictaduras?"

Sino:

"¿Qué características de cada sistema favorecieron determinadas formas de concentración del poder, y cuáles permitieron corregirlas?"

Ahí ya no estamos haciendo propaganda a favor de uno u otro. Estamos haciendo historia política.

Y aparece una distinción fundamental: una cosa es decir que una ideología es responsable de todo lo que haga cualquier gobierno que se proclame representante de ella, y otra muy distinta es analizar si las propias estructuras de esa ideología facilitan o dificultan la democracia, el pluralismo y los controles al poder.

Esa, es la forma más potente de desmontar el argumento de "el comunismo es malo porque Stalin" sin caer en el argumento contrario de "el comunismo está completamente exonerado porque Stalin fue un dictador".

La misma vara debe aplicarse al capitalismo.

Si para juzgar al capitalismo separamos capitalismo de dictadura, debemos separar también comunismo de dictadura; y si queremos atribuir las consecuencias de una dictadura a la ideología económica que decía representar, entonces debemos aplicar exactamente el mismo criterio al capitalismo.


No te arregles para ellos: arréglate para ti

Hay un consejo que se repite con la sabiduría de una galleta de la fortuna:

“Como te ven, te tratan.”

Y contiene una verdad bastante incómoda: sí, vivimos rodeados de personas que juzgan rápidamente. Miramos la ropa, los zapatos, el cabello, la postura, el coche, el teléfono y hasta la manera de caminar de alguien, y en cuestión de segundos construimos una historia sobre esa persona.

El cerebro humano es bastante eficiente para hacer juicios rápidos.

También es bastante idiota para hacerlos.

Porque de una camisa vieja puede concluir pobreza, de unos zapatos gastados irresponsabilidad, de una camiseta sencilla falta de ambición y de un traje caro competencia. Y, por supuesto, puede equivocarse en todas las ocasiones.

Pero hay otra razón para cuidar nuestra apariencia que resulta mucho más interesante y bastante menos clasista.

No se trata solamente de cómo nos ven los demás. También se trata de cómo nos sentimos nosotros cuando nos vemos.

El problema de la famosa frase

“Como te ven, te tratan” suele presentarse como un consejo práctico.

Vístete bien para una entrevista.

Péinate.

Limpia tus zapatos.

No llegues hecho un desastre.

Hasta ahí, podemos concederlo.

Pero hay una segunda versión de la frase, mucho más perversa:

“Si los demás te tratan mal porque pareces poca cosa, la responsabilidad es tuya por no haberte presentado mejor.”

Ahí ya tenemos un problema.

Porque estamos convirtiendo una conducta social injusta en una obligación de la víctima.

Es como decirle al ladrón:

—No deberías robar.

Y responder:

—Bueno, pero también podrías haber comprado una caja fuerte.

No.

Que la sociedad juzgue por la apariencia explica un comportamiento. No necesariamente lo justifica.

Y aquí conviene separar dos preguntas que solemos mezclar:

¿Por qué debería cuidar mi apariencia?

y

¿Por qué debería necesitar una buena apariencia para que otros me respeten?

La primera puede tener respuestas muy interesantes.

La segunda merece que desconfiemos un poco.

Vestirse también puede cambiar cómo nos sentimos

En 2012, los psicólogos Hajo Adam y Adam Galinsky publicaron un estudio sobre lo que denominaron “enclothed cognition”, la idea de que la ropa puede influir no solamente en cómo nos perciben los demás, sino también en determinados procesos psicológicos de quien la lleva.

Su investigación exploraba cómo interactúan dos cosas: el significado simbólico de una prenda y la experiencia física de llevarla.

Dicho de manera menos académica:

No es exactamente lo mismo ponerse cualquier cosa que ponerse algo que para nosotros significa “hoy me presento de otra manera”.

Y esto abre una posibilidad mucho más interesante que la vieja obsesión con “dar una buena impresión”.

Tal vez algunas veces nos arreglamos porque queremos sentir que estamos participando activamente en nuestra propia vida.

No para el jefe.

No para el vecino.

No para Instagram.

No para impresionar al señor que está sentado tres mesas más allá tomando café y que probablemente ni siquiera recuerda nuestra cara cinco minutos después.

Para nosotros.

Hay una diferencia entre vanidad y cuidado

Hemos cometido una pequeña confusión cultural.

Si alguien pasa una hora frente al espejo buscando el ángulo perfecto para una fotografía, podemos sospechar que está demasiado preocupado por su apariencia.

Pero si alguien se ducha, se afeita, se pone una camisa limpia y limpia sus zapatos, inmediatamente pensamos:

—Bueno, simplemente está arreglándose.

¿Por qué una cosa tendría que ser necesariamente superficial y la otra no?

El cuidado personal puede ser perfectamente razonable sin convertirse en narcisismo.

Cuidar algo no significa adorarlo.

Puedes cuidar tu casa sin estar enamorado de tus muebles.

Puedes cuidar tu automóvil sin considerar que es parte de tu identidad.

Puedes cuidar tu cuerpo sin convertirlo en un proyecto obsesivo.

Y puedes cuidar tu apariencia sin creer que tu valor depende de ella.

Ésa es una distinción importante.

Porque el extremo contrario también es absurdo.

Si la industria de la belleza te dice:

“No eres suficiente hasta que compres nuestro producto”,

la respuesta no debería ser:

“Entonces no me importa absolutamente nada cómo me veo.”

Eso sería como responderle al vendedor de gimnasios:

—¿Quiere usted ponerse en forma?

—No, gracias. Para demostrar que no soy consumista voy a dejar de caminar.

La ropa también puede decirnos algo a nosotros mismos

Imaginemos a dos personas.

Las dos tienen exactamente el mismo dinero.

Una compra ropa nueva constantemente, persigue tendencias, revisa marcas y necesita que cada temporada le diga quién debe ser.

La otra tiene cinco camisas, tres pantalones y dos pares de zapatos. Los mantiene limpios, los repara cuando puede y los reemplaza cuando ya no cumplen su función.

No necesitamos convertir a ninguno de los dos en héroe.

El segundo no es automáticamente más virtuoso.

El primero tampoco es automáticamente superficial.

La pregunta interesante es otra:

¿Quién está tomando la decisión?

Porque no es lo mismo decir:

“No necesito ropa nueva porque estoy satisfecho con lo que tengo.”

que:

“Me da igual todo porque ya no vale la pena cuidar de mí.”

Desde fuera ambas personas pueden llevar una camisa vieja.

Por dentro pueden estar viviendo situaciones completamente diferentes.

Y aquí aparece algo que suele olvidarse cuando hablamos de apariencia: el descuido también puede ser una señal de algo, pero no necesariamente sabemos de qué.

Puede ser pobreza.

Puede ser comodidad.

Puede ser rebeldía.

Puede ser indiferencia.

Puede ser cansancio.

Puede ser una decisión estética.

Puede ser que esa persona simplemente tenga cosas más importantes en la cabeza.

Por eso no deberíamos diagnosticar el alma de alguien mirando sus pantalones.

Pero tampoco deberíamos idealizar el abandono

Aquí viene la parte incómoda.

A veces el descuido sí puede convertirse en una forma de abandono personal.

No porque una camisa rota destruya la autoestima.

Una camisa no tiene ese poder.

El problema aparece cuando la persona comienza a decir:

“Da igual.”

Da igual la ropa.

Da igual el cabello.

Da igual bañarme.

Da igual salir.

Da igual cómo me vea.

Da igual todo.

Ese “da igual” puede ser mucho más importante que la ropa misma.

Porque puede representar una retirada.

Una persona que deja de cuidar absolutamente todo puede estar enviando una señal a los demás, pero también puede estar enviándose una señal a sí misma:

“Ya no vale la pena.”

Y ése es el punto en el que el cuidado de la apariencia deja de ser una cuestión estética y empieza a rozar algo más profundo.

No necesitas parecer rico para sentir que vales

Éste debería ser el límite de todo este argumento.

No estoy diciendo que haya que vestir bien para demostrar que somos personas valiosas.

Precisamente al contrario.

Tu valor no aumenta porque lleves zapatos caros.

No eres más inteligente porque llevas saco.

No eres más responsable porque tienes un reloj de determinada marca.

No eres más digno porque hueles a una colonia que cuesta lo mismo que una semana de supermercado.

La ropa no crea dignidad.

Pero puede expresarla.

Y ésa es una diferencia enorme.

Una persona con pocos recursos puede tener una relación extraordinariamente cuidadosa con su ropa.

Puede remendarla.

Lavándola con cuidado.

Plancharla.

Mantener sus zapatos limpios.

Elegir con atención lo que conserva.

No porque quiera fingir que es rica.

Sino porque puede decir:

“Tengo poco, pero lo que tengo merece cuidado.”

Eso no es clasismo.

Eso puede ser dignidad.

Tal vez deberíamos cambiar la pregunta

En lugar de preguntar:

“¿Cómo me ven?”

podríamos preguntarnos:

“¿Cómo me estoy tratando?”

Porque existe una diferencia entre vestirse para obtener aprobación y vestirse como una forma cotidiana de autocuidado.

La primera nos coloca en manos de los demás.

La segunda nos devuelve un poco de control.

Y quizá ése sea el verdadero argumento.

No necesitas arreglarte para que el mundo decida que eres importante.

Arréglate, si te hace bien, porque ya eres importante antes de que alguien te mire.

Ponte la camisa limpia.

No porque el mundo tenga derecho a exigírtela.

No porque una sociedad clasista tenga razón.

No porque el señor del restaurante vaya a darte una mesa mejor.

Hazlo porque a veces las cosas pequeñas tienen una extraña capacidad para recordarnos algo que olvidamos:

que todavía estamos aquí.

Y que quizá seguimos mereciendo un poco de cuidado.

Incluso cuando nadie está mirando.

Referencias

  • Adam, H., & Galinsky, A. D. (2012). “Enclothed Cognition”. Journal of Experimental Social Psychology, 48(4), 918–925.

  • Goffman, E. (1959). The Presentation of Self in Everyday Life. Doubleday.

  • Bourdieu, P. (1984). Distinction: A Social Critique of the Judgement of Taste. Harvard University Press.

  • Simmel, G. (1904). “Fashion”. International Quarterly, 10, 130–155.

  • Fredrickson, B. L., & Roberts, T.-A. (1997). “Objectification Theory”. Psychology of Women Quarterly, 21(2), 173–206.

sábado, 15 de agosto de 2026

 En 1794, durante la Rebelión del Whisky que tuvo lugar en los incipientes Estados Unidos, el secretario del Tesoro, Alexander Hamilton (sí, el padre fundador cuyo rostro aparece en el billete de diez dólares), encabezó su propio y poderoso ejército para invadir Pensilvania a fin de bajarles los humos a algunos colonos establecidos en la zona fronteriza que querían eludir el impuesto sobre el whisky. En esta estúpida guerra contra su propio país, Hamilton demostró claramente una máxima: si necesitas un gran ejército para obligar a tus democráticos ciudadanos a obedecer una ley tributaria, deberías considerar seriamente cambiar la ley. 

Edward strosser. 

El pasaje de Edward Strosser tiene bastante más profundidad de la que parece. La Rebelión del Whisky (1791-1794) no fue simplemente una anécdota sobre campesinos que no querían pagar impuestos. Fue uno de los primeros grandes conflictos que pusieron a prueba la pregunta fundamental de toda democracia recién nacida:

¿hasta dónde puede llegar el Estado para hacer cumplir una ley, y qué ocurre cuando una ley legítima produce una resistencia social masiva?

1. Hamilton confundió autoridad con legitimidad

Alexander Hamilton tenía una preocupación perfectamente comprensible: el nuevo gobierno federal necesitaba ingresos. Estados Unidos acababa de salir de la guerra de independencia con una enorme deuda, y el impuesto sobre el whisky era una de las fuentes de financiación diseñadas por Hamilton.

El problema fue político.

El impuesto afectaba especialmente a los pequeños productores de las regiones fronterizas. Para muchos agricultores, destilar grano en whisky no era un lujo sino una manera práctica de convertir un producto difícil de transportar en una mercancía de mayor valor.

Por eso, desde la perspectiva de los colonos, Washington no estaba simplemente cobrando impuestos: estaba imponiendo desde el distante gobierno federal una carga que golpeaba desproporcionadamente a determinadas comunidades.

Y aquí aparece la gran paradoja.

Una ley puede ser legal y, al mismo tiempo, políticamente desastrosa.

Hamilton parecía pensar que la capacidad del Estado para imponer la ley demostraba la autoridad del Estado. Pero una democracia necesita algo más que capacidad coercitiva: necesita que sus ciudadanos consideren las leyes razonablemente legítimas.

2. El ejército resolvió el problema... y creó otro

En 1794 la resistencia alcanzó un punto en el que hubo ataques contra funcionarios y violencia. Washington decidió movilizar una enorme fuerza militar, aproximadamente 13.000 hombres, para restaurar el orden.

Hamilton participó directamente en la expedición.

Y aquí está lo interesante del episodio: militarmente fue un éxito; políticamente, la cuestión es mucho más incómoda.

El gobierno federal demostró que existía.

Eso era importantísimo para una república que apenas comenzaba.

Pero también quedó planteada una pregunta que sigue siendo contemporánea:

Si para conseguir que la población acepte una determinada política fiscal necesitas desplegar un ejército, ¿el problema está realmente en la población o en la política?

Strosser utiliza la ironía para señalar precisamente esa contradicción.

3. La fuerza puede hacer obedecer; no necesariamente puede hacer aceptar

Ésta es probablemente la idea más importante del texto.

Un Estado puede conseguir obediencia mediante la coerción.

Pero obediencia y legitimidad no son sinónimos.

Puedes conseguir que alguien pague un impuesto porque sabe que, si no lo hace, aparecerán soldados, policías, jueces o inspectores. Pero eso no significa que haya aceptado moral o políticamente el impuesto.

La diferencia es fundamental:

Poder: "Puedes hacerlo porque tengo fuerza para obligarte."

Legitimidad: "Puedes hacerlo porque acepto que tienes derecho a hacerlo."

Las democracias saludables necesitan ambas cosas, pero dependen muchísimo más de la segunda.

4. La ironía histórica de Hamilton

Hay además una deliciosa ironía.

Hamilton era uno de los grandes arquitectos de un gobierno federal fuerte. Y la Rebelión del Whisky fue precisamente la primera gran demostración de que ese gobierno federal podía hacer cumplir sus decisiones dentro del territorio nacional.

Desde ese punto de vista, Hamilton consiguió lo que quería.

Pero también mostró el peligro inherente al proyecto:

un gobierno revolucionario podía terminar utilizando contra sus propios ciudadanos instrumentos de coerción que recordaban, en pequeña escala, a los mecanismos de autoridad contra los que los estadounidenses se habían rebelado.

La diferencia, por supuesto, era que ahora el gobierno era republicano y las leyes procedían de instituciones representativas.

Pero ahí aparece el problema eterno de la democracia:

¿basta con que una ley haya sido aprobada legalmente para que cualquier resistencia contra ella sea ilegítima?

La respuesta histórica parece ser: no necesariamente.

5. El gran problema de fondo: confundir gobernar con mandar

El episodio también puede leerse como una advertencia contra una enfermedad política muy común: confundir la capacidad de imponer una decisión con la capacidad de gobernar bien.

Gobernar no consiste solamente en decir:

"Ésta es la ley y se va a cumplir."

Eso es relativamente sencillo cuando tienes suficiente fuerza.

La verdadera habilidad política consiste en construir condiciones en las que la mayoría acepte la ley sin que sea necesario recurrir constantemente a la fuerza.

Un buen político pregunta:

  • ¿Qué problema intenta resolver esta ley?

  • ¿A quién beneficia?

  • ¿A quién perjudica?

  • ¿La carga está distribuida justamente?

  • ¿Existe una alternativa menos conflictiva?

  • ¿Qué ocurre si una parte considerable de la población se niega a cooperar?

El político mediocre sólo pregunta:

"¿Cómo hago para que obedezcan?"

Y entonces aparece el ejército.

6. Pero hay que hacerle una corrección a Strosser

La frase de Strosser es brillante como provocación, pero históricamente necesita un matiz.

No necesariamente debemos concluir que si hace falta fuerza para aplicar una ley, entonces hay que cambiarla.

Eso sería demasiado simplista.

Hay leyes fundamentales que inevitablemente necesitan mecanismos coercitivos: contra el asesinato, el fraude, la violencia política, la corrupción, etc.

Una democracia no puede convertir cada acto de resistencia en un referéndum improvisado sobre la legitimidad de la ley.

El verdadero criterio debería ser otro:

¿La resistencia revela un problema de legitimidad política o simplemente una negativa de determinados individuos a aceptar una obligación democrática razonable?

En el caso del whisky hubo ambas cosas: intereses económicos particulares, resistencia organizada, violencia y también un conflicto real sobre la distribución de las cargas fiscales y el poder federal.

7. La lección que llega hasta hoy

Por eso la Rebelión del Whisky resulta tan moderna.

Cada vez que un gobierno responde a un problema político exclusivamente con más policía, más vigilancia, más sanciones o más fuerza, debería hacerse una pregunta incómoda:

¿Estamos solucionando el problema o simplemente aumentando el precio de la desobediencia?

Porque la fuerza tiene una propiedad peligrosa: funciona.

Y precisamente porque funciona, los gobiernos pueden caer en la tentación de utilizarla demasiado pronto.

Un gobierno que necesita persuadir tiene que argumentar.

Uno que necesita votos tiene que convencer.

Uno que necesita legitimidad tiene que negociar.

Pero un gobierno que sólo necesita obediencia puede limitarse a sacar la porra.

Y ahí está la verdadera mordacidad de Strosser: el fracaso de una política no siempre se manifiesta cuando la gente consigue derrotarla. A veces se manifiesta cuando el gobierno consigue imponerla a un costo político, económico y moral absurdamente alto.

La Rebelión del Whisky terminó demostrando que el gobierno federal tenía músculo.

Pero la pregunta más interesante para una democracia no es:

"¿Puede el Estado obligarnos?"

Es:

"¿Por qué tendría que obligarnos?"

Y ésa es una pregunta mucho más peligrosa para cualquier gobierno.