sábado, 29 de agosto de 2026

  

Me atrevo a todo lo que sea digno de un hombre; quien jamás se atreva, no lo es.

— Macbeth, William Shakespeare

La valentía no consiste en lanzarse al abismo sin mirar. El mundo celebra al que arriesga, al que se lanza sin miedo, al que “no le teme a nada”. Pero la frase de Shakespeare desmonta esa idea: el valor verdadero no está en el exceso, sino en la medida. En saber hasta dónde un acto sigue siendo humano… y cuándo deja de serlo.

Macbeth pronuncia esas palabras en un momento de duda, antes de cometer el crimen que lo convertirá en un monstruo. Lo dice con orgullo, como si su decisión estuviera guiada por el honor. Pero en realidad está intentando convencerse de que la ambición también puede ser digna. Y no lo es.

De eso trata esta línea: del frágil equilibrio entre el coraje y la locura moral. Entre actuar con firmeza y dejarse consumir por el deseo de poder, de venganza o de gloria. El hombre valiente enfrenta lo que teme, pero nunca deja de escuchar su conciencia. El cobarde huye. El temerario la silencia.

Ser digno es más difícil que ser valiente. Implica elegir el tipo de lucha que merece nuestra energía, y reconocer cuándo el precio es demasiado alto. No todo lo que exige valor es bueno; no todo lo que da miedo debe hacerse. A veces el acto más heroico es decir no: no a la injusticia, no al abuso, no a la tentación de ser más de lo que uno debe ser.

Shakespeare lo sabía: el honor no se mide por la magnitud del acto, sino por su rectitud. La historia está llena de hombres que “se atrevieron a todo” y, al hacerlo, dejaron de ser hombres.

Atrévete, sí. Pero atrévete a ser justo, a ser honesto, a mantenerte en pie cuando todos se arrodillan. Atrévete a mirar el miedo sin convertirte en él.
Solo entonces, como decía el poeta, serás verdaderamente digno de llamarte hombre.

 La IA tiene una ventaja enorme: puede producir una explicación convincente sobre casi cualquier tema. Y precisamente ahí está la trampa. La fluidez no es evidencia de verdad.  


La frase apunta a una de las paradojas más importantes de la inteligencia artificial: su mayor virtud como herramienta de comunicación puede convertirse en una de sus mayores fuentes de error.

La IA puede explicar con enorme claridad la Revolución francesa, física cuántica, economía, filosofía o la vida de un desconocido. Puede ordenar conceptos, establecer conexiones y construir una narración coherente en segundos. El problema aparece cuando confundimos coherencia con conocimiento.

Una respuesta puede sonar como si hubiera sido escrita por un profesor universitario y, sin embargo, contener un dato falso. Y aquí está lo inquietante: el error no siempre viene acompañado de señales de error. No tartamudea. No se sonroja. No mira al techo buscando una respuesta. Puede afirmar una falsedad con una prosa impecable.

La fluidez tiene un poder psicológico enorme

Los seres humanos estamos muy condicionados por la forma en que se nos presenta la información.

Si alguien habla con seguridad, utiliza términos técnicos, estructura bien sus argumentos y responde rápidamente, tendemos a atribuirle competencia. La forma termina funcionando como una especie de certificado de autenticidad.

Con la IA esto se multiplica.

Porque la máquina puede producir algo extraordinariamente seductor: una explicación que parece haber cerrado el asunto.

Y eso es peligroso.

Una explicación mediocre deja espacio para la duda. Una explicación brillante puede eliminarla.

Ahí está la trampa.

El problema no es solamente que la IA pueda equivocarse

Eso, en cierto sentido, es lo menos interesante. Los seres humanos también nos equivocamos constantemente.

El problema es que la IA puede equivocarse de una manera extraordinariamente persuasiva.

Puede tomar una premisa falsa, desarrollarla con lógica interna y entregarnos una pequeña arquitectura intelectual aparentemente sólida.

Y nosotros podemos pensar:

"Tiene sentido."

Pero que algo tenga sentido no significa que sea cierto.

La historia está llena de ideas perfectamente coherentes que eran falsas.

El geocentrismo podía construir una explicación sofisticada del movimiento de los astros. La teoría del éter tenía elaboradas justificaciones. Muchas doctrinas económicas, políticas y filosóficas han sobrevivido durante décadas precisamente porque podían organizar la realidad dentro de un relato aparentemente coherente.

La coherencia es una propiedad de un argumento. La verdad es una propiedad de su correspondencia con la realidad.

No son la misma cosa.

Y aquí aparece una paradoja fascinante

Cuanto mejor se vuelva la IA explicando cosas, más importante será nuestra capacidad para cuestionarla.

Cuando una máquina produce una respuesta torpe, desconfiamos.

Cuando produce una respuesta brillante, deberíamos desconfiar de otra manera.

No porque necesariamente sea falsa, sino porque nuestra propia reacción psicológica cambia.

La fluidez nos seduce.

La elegancia nos convence.

La estructura nos tranquiliza.

Y entonces dejamos de preguntar:

"¿Cómo sé que esto es verdad?"

para preguntar solamente:

"¿Tiene sentido?"

Ese pequeño desplazamiento es gigantesco.

Por eso el usuario también tiene que convertirse en una especie de editor

Usar IA inteligentemente no consiste únicamente en saber formular buenos prompts. Consiste también en saber cuándo no creerle.

Y aquí hay una paradoja preciosa: cuanto menos sabemos de un tema, más difícil nos resulta detectar una respuesta incorrecta.

Un experto puede leer una explicación sobre su campo y detectar inmediatamente una barbaridad.

Un no especialista puede leer exactamente la misma respuesta y pensar: "Qué interesante. Nunca había pensado en eso".

Por eso la IA no elimina la necesidad de conocimiento humano. En cierto sentido, hace que el conocimiento sea todavía más importante.

El conocimiento permite auditar a la máquina.

Sin él, podemos terminar utilizando una inteligencia artificial como una especie de oráculo digital.

Y un oráculo que escribe con excelente gramática sigue siendo un oráculo.

La verdadera alfabetización en IA quizá sea epistemológica

No basta con aprender a utilizar la herramienta.

Hay que aprender a distinguir:

  • una afirmación de una evidencia;
  • una explicación de una demostración;
  • una hipótesis de un hecho;
  • una interpretación de un dato;
  • una respuesta segura de una respuesta verdadera.

Y, sobre todo, recuperar una virtud bastante antigua:

la duda.

No la duda paralizante que impide aceptar cualquier cosa, sino la duda científica que pregunta:

"¿Qué evidencia haría que cambiara de opinión?"

Ahí la IA puede convertirse en algo extraordinario.

No solamente en una máquina que responde, sino en una máquina con la que podemos pensar contra nosotros mismos.

Podemos pedirle que ataque nuestra posición, que presente argumentos contrarios, que busque las debilidades de nuestra interpretación, que distinga hechos de inferencias.

Eso es muchísimo más interesante que utilizarla como una máquina expendedora de respuestas.

Porque quizá el gran salto intelectual de la era de la IA no consista en conseguir que las máquinas respondan cada vez mejor.

Consista en conseguir que nosotros aprendamos a preguntar mejor qué significa que una respuesta sea verdadera.

La IA puede construir un edificio de palabras magnífico.

Pero todavía necesitamos salir por la puerta, mirar el mundo y comprobar si el edificio está realmente ahí.

Y ahí aparece una paradoja todavía más interesante: quizá estamos aplicando a la IA un estándar de desconfianza que jamás aplicamos a los seres humanos que nos informan todos los días.

Piensa en una conversación normal. Alguien te cuenta:

"Leí que esto ocurrió en 1978..."

Y probablemente no dices:

"¿Puedes proporcionarme tres fuentes primarias y explicarme el grado de incertidumbre epistemológica de esa afirmación?"

Simplemente evalúas a la persona. ¿Parece que sabe? ¿Habla con seguridad? ¿Es alguien en quien confías? Y continúas la conversación.

Pero con la IA hacemos algo curioso: sabemos que puede inventar cosas, así que automáticamente elevamos la guardia.

Y, en muchos casos, con razón.

Pero entonces viene este punto: ¿por qué no hacemos lo mismo con las personas?

Porque los humanos tenemos un problema que la IA hace especialmente visible: confundimos familiaridad con confiabilidad.

Un periodista que escuchamos durante veinte años puede decir una barbaridad y nuestra reacción será:

"Bueno, seguramente quiso decir otra cosa."

La IA dice una barbaridad:

"¡ALUCINACIÓN! "


Y hay una diferencia importante

Una persona puede mentir deliberadamente.

Puede tener intereses económicos.

Puede defender a su partido.

Puede proteger su reputación.

Puede estar repitiendo algo que escuchó hace veinte años.

Puede recordar mal.

Puede hablar de un tema que desconoce.

Puede estar borracha.

Puede tener un ego del tamaño de un edificio.

La IA, en cambio, tiene otro tipo de problema: puede generar una respuesta falsa sin tener la intención humana de engañarnos.

Eso cambia mucho las cosas.

De hecho, una de las grandes ventajas de consultar una IA es que puedes preguntarle:

"¿Qué tan seguro estás?"

"¿Qué partes de esto son hechos y cuáles son inferencias?"

"Dame argumentos contra tu propia respuesta."

"¿Qué podría estar equivocado aquí?"

A una persona puedes preguntárselo también, claro.

Pero es posible que te responda:

"Yo sé perfectamente de lo que estoy hablando."

Y ahí murió la conversación. 

La IA tiene además una ventaja brutal: no tiene prestigio que defender

Esto me parece especialmente interesante.

Un ser humano puede aferrarse a una opinión porque admitir el error le cuesta socialmente.

La IA no tiene que conservar su dignidad frente a los vecinos.

Puedes decirle:

"Eso que acabas de afirmar es falso."

Y puede revisar el asunto.

Un político, un académico, un periodista o un influencer puede tener enormes incentivos psicológicos para no hacerlo.

Por eso la IA puede ser, paradójicamente, más confiable que ciertas fuentes humanas, pero no porque sea infalible.

Es confiable precisamente cuando la utilizamos como interlocutor verificable y cuestionable, no como autoridad absoluta.

Y aquí conectamos con la capacidad de evaluar las respuestas de una IA: la inteligencia humana sigue siendo el filtro final.

La IA puede darte un mapa extraordinariamente detallado.

Pero si nunca has aprendido a orientarte, también puede darte un mapa precioso de un país que no existe.

Y eso vale tanto para una IA como para un humano.

La diferencia es que, con la IA, cada vez podemos exigirle más transparencia, contraste y autocorrección.

Con el humano de la mesa de al lado, buena suerte. 

 Pero aunque todas las directrices legalistas para hacer una guerra dieran luz verde, los líderes deberían ser lo suficientemente listos y andarse con pies de plomo. Cuando Estados Unidos invadió Granada en 1983, las dificultades con que se encontró para aplastar al microestado turístico estalinista demostraron los peligros que entrañan las guerras de un día.

Probablemente hubiera tenido menos problemas si hubiesen clavado esta útil lista de control de invasión en la puerta principal del Pentágono:
Confirmar si el país enemigo tiene ejército. En caso afirmativo, no dar por supuesto que puede ser derrotado en un día.
Buscar mapas exactos del país propuesto para ser invadido.
Llevar radios que funcionen.
Asegurarse de que las Fuerzas Especiales sean realmente especiales.
Si se pretende rescatar a rehenes, conviene saber dónde se encuentran. Si es posible, llamar a los rehenes y preguntarles por su paradero.
¿Empezará la invasión en fin de semana? Si es así, es conveniente coordinar la invasión con el horario adjunto del partido de golf del presidente.
¿Es el objetivo de invasión propuesto una isla o está en el continente? Si es una isla, notificarlo a la Armada.
¿Hay suficiente provisión de medallas?

Edward Strosser. 

La historia detrás de ese fragmento es todavía más absurda que la lista de Strosser. La invasión de Granada fue presentada como una operación militar rápida y relativamente sencilla, pero terminó revelando algo que los grandes ejércitos suelen olvidar: la superioridad militar no vacuna contra la incompetencia.

Granada: la guerra que debía durar unas horas

En octubre de 1983, Granada era un pequeño país caribeño de apenas unos 110.000 habitantes. Su gobierno revolucionario, encabezado por Maurice Bishop, había llegado al poder en 1979. El régimen tenía vínculos con Cuba y la Unión Soviética, y Washington comenzó a verlo como una pieza peligrosa dentro del tablero de la Guerra Fría.

Pero entonces ocurrió algo dentro de la propia revolución.

Bishop fue apartado del poder por una facción más radical del gobierno y posteriormente ejecutado el 19 de octubre de 1983. La situación se volvió caótica. Estados Unidos decidió intervenir.

La justificación incluía varios argumentos: proteger a ciudadanos estadounidenses, especialmente estudiantes de medicina, restaurar el orden y responder a la situación política.

El nombre de la operación fue Urgent Fury.

Y la palabra Fury probablemente era más grande que la isla.

El enemigo: pequeño, pero no inexistente

Estados Unidos esperaba enfrentarse a una fuerza militar relativamente débil: soldados granadinos y algunos centenares de cubanos que trabajaban principalmente en la construcción del aeropuerto de Point Salines.

Sobre el papel, parecía una operación de manual.

Estados Unidos tenía una fuerza militar gigantesca.

Granada tenía un ejército diminuto.

La diferencia parecía tan descomunal que casi invitaba a la arrogancia.

Y ahí comenzó el problema.

La invasión empezó el 25 de octubre de 1983 con tropas estadounidenses y contingentes de varios países caribeños.

La resistencia granadina fue mucho menor de lo que habría podido ofrecer un ejército convencional. Pero la operación estadounidense estuvo plagada de problemas.

Y algunos fueron extraordinariamente básicos.

Los mapas

Uno de los episodios más famosos fue el problema de los mapas.

Los estadounidenses no disponían de mapas suficientemente precisos de Granada. En determinados casos tuvieron que recurrir a mapas turísticos.

Es una de esas situaciones que parecen inventadas por un guionista satírico:

Estados Unidos, potencia militar mundial, invade una isla caribeña y descubre que necesita mejores mapas.

La geografía, que normalmente permanece silenciosa, decidió convertirse en parte del enemigo.

Las radios

También hubo problemas de comunicación.

Unidades estadounidenses tuvieron dificultades para comunicarse entre sí porque sus radios no funcionaban adecuadamente o no eran compatibles.

Esto es particularmente ridículo porque una de las ventajas fundamentales de un ejército moderno consiste precisamente en poder saber dónde están tus propias tropas y qué están haciendo.

La tecnología militar puede ser extraordinariamente sofisticada.

Pero si el radio no funciona, el soldado vuelve a una tecnología mucho más antigua:

gritar.

Los rehenes

Otro episodio particularmente bochornoso tuvo que ver con los estudiantes estadounidenses.

La administración Reagan había presentado la protección de los estudiantes de la universidad médica de St. George's como uno de los motivos fundamentales para intervenir.

Pero los militares tuvieron problemas para determinar exactamente dónde estaban algunos de ellos.

Y aquí aparece la escena que inspiró la broma de Strosser:

quizá habría sido útil preguntarles.

No es una cuestión menor. En una operación de rescate, localizar al objetivo debería encontrarse bastante arriba en la lista de prioridades.

Primero:

"¿Dónde están?"

Después:

"Vamos."

No al revés.

El aeropuerto

Además estaba el aeropuerto de Point Salines, una pieza estratégica fundamental.

Estados Unidos temía que la infraestructura pudiera facilitar una presencia cubana o soviética.

La construcción del aeropuerto había sido financiada y ejecutada con participación cubana, lo que alimentaba las sospechas estadounidenses.

Las fuerzas estadounidenses tuvieron que combatir para hacerse con el control de las instalaciones.

Y ahí apareció otra ironía.

Una operación que había sido concebida como una intervención relativamente sencilla encontró una resistencia suficiente para recordar a los planificadores militares una verdad elemental:

un mapa no es el territorio, y un plan no es la guerra.

La "guerra de un día"

La resistencia granadina fue finalmente aplastada y Estados Unidos consiguió sus objetivos militares rápidamente, pero no sin dificultades.

La operación terminó convirtiéndose en una especie de demostración involuntaria de que incluso una potencia abrumadoramente superior puede cometer errores absurdos cuando entra en combate convencida de que todo será fácil.

Las bajas estadounidenses fueron relativamente bajas: 19 militares muertos y más de un centenar de heridos. Las fuerzas granadinas y cubanas sufrieron muchas más bajas, además de víctimas civiles.

La intervención terminó pocos días después.

Militarmente fue una victoria estadounidense.

Pero las guerras no se evalúan únicamente preguntando:

"¿Ganaste?"

También hay que preguntar:

"¿Por qué tuviste que complicarlo tanto?"

Y entonces aparece Edward Strosser

Edward Strosser convirtió toda aquella colección de errores en una sátira deliciosa.

Su "lista de control para la invasión" funciona porque exagera lo absurdo sin necesidad de inventar demasiado.

"¿El enemigo tiene ejército?"

"¿Tenemos mapas?"

"¿Funcionan las radios?"

"¿Sabemos dónde están los rehenes?"

"¿La isla está rodeada de agua?"

Esta última casi parece una broma infantil.

Pero precisamente ahí está la fuerza de la sátira.

Strosser toma los pequeños fallos de Granada y los convierte en una especie de manual universal contra la soberbia militar.

La broma de las medallas es especialmente buena porque apunta hacia otro problema: las instituciones poderosas desarrollan mecanismos para premiar el éxito incluso cuando el éxito ha venido acompañado de errores evitables.

La burocracia puede convertir un desastre administrativo en una ceremonia.

Uniforme impecable.

Medalla reluciente.

Informe final.

Y asunto cerrado.

La lección más profunda

Granada fue una guerra pequeña. No fue Vietnam. No fue Irak. No fue Afganistán.

Precisamente por eso resulta tan instructiva.

Cuando una potencia enorme se enfrenta a un adversario diminuto, existe una tentación psicológica muy peligrosa:

confundir la superioridad de recursos con la superioridad de juicio.

Estados Unidos tenía una capacidad militar infinitamente superior a Granada.

Pero eso no significaba que cada oficial tuviera información perfecta.

Ni que los mapas fueran correctos.

Ni que las radios funcionaran.

Ni que todos supieran dónde estaban los civiles.

Ni que el enemigo reaccionara exactamente como habían previsto.

La historia militar está llena de estas pequeñas grietas.

Y las grietas importan.

Porque una guerra rara vez se pierde porque el adversario tenga un tanque más.

A veces comienza a torcerse porque alguien no comprobó el mapa.

Y esa es quizá la parte más hermosa de la sátira de Strosser: convierte la grandilocuencia de la guerra en una lista de tareas domésticas.

Antes de conquistar el mundo:

comprueba que llevas las llaves.


Supongo que el problema era que no teníamos ningún proletario que se reconociera a sí mismo como tal. Todo el mundo era un capitalista temporalmente avergonzado.


La frase de John Steinbeck tiene una ironía demoledora porque señala algo más profundo que la simple desigualdad económica: la dificultad de reconocerse como parte de una clase social.

Steinbeck está describiendo una paradoja muy estadounidense —aunque perfectamente aplicable a buena parte de América Latina—: el trabajador no se piensa como trabajador; se piensa como alguien que todavía no ha llegado a ser rico.

1. El «capitalista temporalmente avergonzado»

La expresión es magnífica porque desmonta una fantasía social.

El trabajador que dice:

«Yo no soy pobre; algún día tendré mi negocio.»

ya no interpreta su situación desde su posición presente, sino desde la posibilidad imaginaria de convertirse en otra cosa.

No piensa: «¿Por qué mi trabajo produce tanta riqueza y yo recibo tan poco?»

Piensa: «Cuando me vaya bien, yo también estaré arriba.»

Y ahí aparece uno de los mecanismos más eficaces de cualquier sociedad desigual: hacer que los de abajo sueñen obsesivamente con convertirse en los de arriba, en lugar de preguntarse por qué están abajo.

2. La clase social también es una cuestión de conciencia

Aquí Steinbeck se cruza inevitablemente con Marx, aunque la frase tenga un tono mucho más coloquial.

Una cosa es ocupar objetivamente una posición económica y otra reconocerse como miembro de una clase.

Puedes vender tu fuerza de trabajo, depender de un salario y no poseer prácticamente nada productivo y, sin embargo, pensar:

"Yo soy clase media."

O incluso:

"Yo soy un empresario en potencia."

La conciencia puede ir completamente por detrás de la realidad material.

Y eso tiene consecuencias políticas enormes.

Porque una persona que se percibe como capitalista frustrado puede defender intereses que, en realidad, no son los suyos.

3. El sueño funciona mejor que la coerción

Y aquí está lo verdaderamente interesante.

No necesitas decirle al trabajador:

«No cuestiones el sistema.»

Puedes decirle algo mucho más seductor:

«Tú también puedes triunfar.»

Es una diferencia enorme.

El primer mensaje produce resistencia.

El segundo produce esperanza.

Y una esperanza mal administrada puede ser políticamente muy útil.

Porque mientras alguien espera convertirse algún día en millonario, puede terminar defendiendo las condiciones que permiten que otros acumulen millones hoy.

El sistema no necesita que todos sean ricos.

Le basta con que suficientes personas crean que podrían serlo.

4. El problema de «sentirse de clase media»

Por eso la frase conserva tanta actualidad.

En sociedades profundamente desiguales, mucha gente construye su identidad no a partir de su patrimonio real, sino de sus aspiraciones, hábitos de consumo o comparación con quienes están todavía peor.

"Tengo coche, televisión, smartphone y puedo comprar ciertas cosas: entonces soy clase media."

Pero tener determinados bienes de consumo no significa necesariamente poseer capital.

Puedes tener el último teléfono y seguir dependiendo completamente de tu salario.

Puedes vestir como rico y continuar siendo económicamente vulnerable.

Puedes incluso votar como rico sin tener ni remotamente los recursos de un rico.

Y ahí Steinbeck mete el dedo en la llaga.

5. La genialidad de la frase está en «temporalmente»

No dice simplemente capitalistas frustrados.

Dice «temporalmente».

Ahí está el chiste.

El trabajador imagina que su pobreza es una especie de sala de espera.

No es pobre: está de paso por la pobreza.

No es trabajador: es un empresario que todavía no ha tenido suerte.

No está abajo: está temporalmente abajo.

Y mientras espera que llegue su turno en la lotería social, puede terminar defendiendo una estructura en la que las probabilidades de llegar arriba son extraordinariamente pequeñas.

Steinbeck convierte así una observación económica en una observación psicológica:

la desigualdad no se sostiene únicamente porque existan ricos; también porque muchos pobres imaginan que su verdadero destino es convertirse en ricos.

Y esa quizá sea la parte más incómoda de la frase.

Porque el capitalismo no solamente vende mercancías.

También vende identidades, aspiraciones y futuros imaginarios.

Y a veces consigue algo extraordinario: que el hombre que vende su trabajo durante toda su vida se sienta, en el fondo, un millonario que todavía no ha recibido la buena noticia.


 Nací en 1955 y, como a todos los niños de mi generación, me tocó crecer en plena dictadura franquista. En mi pueblo se reconocía a quienes habían perdido la guerra porque en aquellas familias pesaba el silencio, el desprecio de los que se plegaron al régimen, y alguna que otra visita de la Guardia Civil, que preventivamente se dejaban caer cuando se iba a producir algún acto sonado en el que pudieran ser un riesgo los catalogados como rojos. En ocasiones, la sola visita no era suficiente y esos peligrosos vecinos, como mi tío Gabriel, debían pasar la noche en el cuartelillo. Esas precauciones, de las que fui testigo desde niño, fueron habituales en toda España y se prolongaron en las grandes ciudades durante muchos años después, según averigüé más tarde. 

Pero lo que prevalecía era el silencio, causado por el miedo. El silencio y el miedo siempre han acompañado a los regímenes dictatoriales y fascistas. El fascismo se nutre de la ignorancia de sus adeptos, en quienes infunde temor hacia un enemigo común, generalmente un colectivo vulnerable, como judíos, gitanos, inmigrantes o menores extranjeros no acompañados (menas), al que culpa de todos los males de este mundo para luego, a base de un constante bombardeo de bulos y noticias falsas, sembrar el odio, que tarde o temprano acabará en violencia. Será entonces cuando esconderán la mano y mirarán para otro lado, como sucedió en la noche de los cristales rotos (Kristallnacht) en la Alemania nazi de 1938, o en el ataque con una granada contra un centro de menores en Madrid imputado a Vox en 2019. 
Por supuesto, durante la dictadura, la prensa no emitía más que loas al generalísimo, y en el cine, antes de la película, el obligado documental oficial de la época, el nodo, exhibía escenas de los nuevos mal llamados pantanos (en realidad, embalses), grandes atunes capturados o jabalíes (narcotizados) cazados por su excelencia y, en general, la imagen de país de las mil maravillas, avanzado y moderno, en el que todo iba bien por la gracia de Dios y de su excelencia, amén. Evidentemente, no se contaba nada ni de las torturas, ni de las desapariciones, ni de la persecución política que sufrían los pocos luchadores y luchadoras que se atrevían a enfrentarse al dictador, ni de las acciones del policía político-social, ni de la prohibición de la libertad de prensa, ni del Tribunal de Orden Público. Ni de los miles de víctimas enterradas en las cunetas, mientras que se exhibían impúdicamente los símbolos fascistas y los memorandos de exaltación a los «caídos por Dios y por España», como si los demás fueran apestados y su sentimiento español no hubiera existido nunca. España es diferente, se hartaban de decirnos machaconamente en todos los medios oficiales y en toda la prensa censurada, como también en el cine, con películas en las que se exaltaban los valores patrios que, aún hoy día, demasiados se empeñan en resaltar.

Baltasar Garzon 


La enfermedad es letal, pero tranquilo: probablemente no te vas a morir

Hay una de esas pequeñas trampas del lenguaje científico que me fascinan.

Un epidemiólogo te dice:

—Esta enfermedad es letal.

Y tú inmediatamente piensas:

—Perfecto. ¿Dónde está mi testamento?

Pero resulta que “letal” puede significar algo bastante diferente de lo que entiende cualquier ser humano con dos neuronas y ganas de seguir utilizando ambas.

Porque si te dicen:

“Esta enfermedad tiene una letalidad del 1%.”

El científico está siendo perfectamente preciso.

El ciudadano está pensando:

“¿Y eso qué demonios significa para mí?”

Porque el ciudadano no está interesado en la ontología estadística de la muerte. Quiere saber algo mucho más sencillo:

“Doctor, ¿me voy a morir?”

Y aquí aparece la maravillosa respuesta científica:

—Bueno... depende.

Ah, sí. El famoso “depende”. La palabra favorita de cualquier persona que quiere darte información sin comprometerse emocionalmente con ella.

Entonces preguntas:

—¿Qué posibilidades tengo de sobrevivir?

—El 99%.

Y de pronto cambia toda la conversación.

¡Noventa y nueve por ciento!

Eso ya no suena a película de catástrofes. Suena a:

“Bueno, probablemente salgo de esta. ¿Dónde está el menú?”

Pero dile al mismo ciudadano:

—Tu enfermedad es letal.

¡Joder!

Ya está. El hombre está llamando a sus hermanos, repartiendo las herramientas del garaje y buscando quién se queda con el perro.

Y técnicamente nadie mintió.

Ese es el maravilloso mundo de las palabras.

Porque “letal” significa, en el lenguaje médico, que una enfermedad puede provocar la muerte. Pero en el lenguaje humano suele significar:

“Esto probablemente te va a matar.”

Y no es exactamente lo mismo.

Una enfermedad con una letalidad del 1% puede llamarse técnicamente mortal. Pero si yo soy el paciente, lo que quiero saber no es si la enfermedad pertenece a la aristocracia conceptual de las enfermedades mortales.

Quiero saber si tengo 99 oportunidades de salir caminando del hospital por cada una de acabar convertido en estadística.

Porque los seres humanos somos así de primitivos.

No pensamos:

“Interesante, la razón de mortalidad específica por caso presenta una incidencia estadísticamente significativa.”

Pensamos:

“¿Me muero o no me muero?”

Y cuanto antes nos contesten eso, mejor.

Aquí también aparece otro problema: los números absolutos nos impresionan muchísimo más que los porcentajes cuando somos nosotros los que estamos en la ecuación.

“Murieron un millón de personas.”

¡Dios mío!

“Tu probabilidad individual de morir es del 0.1%.”

Bueno... dame otro café.

Y ambas cosas pueden ser ciertas simultáneamente.

Una enfermedad puede matar a millones y, aun así, representar para un individuo determinado un riesgo relativamente pequeño.

Eso es precisamente lo que hace tan jodidamente difícil hablar de pandemias, cáncer, accidentes y riesgos en general.

Porque hay dos preguntas completamente distintas:

¿Cuánta gente muere?

y

¿Qué posibilidades tengo yo de morir?

Los epidemiólogos necesitan ambas.

El individuo necesita especialmente la segunda.

Si alguien te dice:

—De cada mil personas que contraen esto, una muere.

Tu cerebro puede procesarlo.

Pero si te dice:

—Es una enfermedad mortal.

Tu cerebro ya está escribiendo música fúnebre.

Y entonces tenemos a los seres humanos haciendo lo que mejor sabemos hacer: asustarnos con palabras antes de averiguar los números.

Por eso quizá habría que prohibir durante un rato ciertas palabras dramáticas.

Nada de:

“enfermedad mortal”.

Dime:

“Tienes un 99% de probabilidades de sobrevivir.”

Y después, si quieres, me das la clase de epidemiología.

Porque si vas a hablarle a una persona que acaba de recibir un diagnóstico, quizá sea más importante decirle qué probabilidades tiene de seguir vivo el año que viene que explicarle que la enfermedad, técnicamente hablando, pertenece al género de las cosas que ocasionalmente matan.

Aunque, claro, eso sería demasiado sencillo.

Y la ciencia moderna tiene una regla no escrita:

si puedes explicar algo en una frase, siempre puedes convertirlo en una tabla de 47 columnas.

Así que ahí seguimos.

El médico hablando de letalidad.

El paciente preguntando por su supervivencia.

Y ambos creyendo que están hablando del mismo asunto.

No estamos ante una crisis de ciencia. Estamos ante una crisis de traducción.

Y, como casi siempre, el problema no es solamente lo que sabemos.

Es cómo carajo lo decimos.


viernes, 28 de agosto de 2026



 Errico Malatesta: la paciencia del fuego

Hay hombres que parecen nacidos para ocupar tronos.

Y hay hombres que parecen nacidos para recordarles a los tronos que son mortales.

Errico Malatesta fue uno de ellos.

Nació en 1853, cuando Italia era una tierra llena de cicatrices recientes y promesas incumplidas. Los mapas cambiaban de forma, los gobiernos cambiaban de nombre, las banderas subían y bajaban como mareas. Pero la vida de los pobres seguía siendo la misma vieja habitación sin ventanas.

Desde muy joven comprendió algo que lo acompañaría hasta la muerte: la injusticia no era un accidente de la historia. Era una arquitectura. Una maquinaria cuidadosamente construida. Un reloj cuyos engranajes giraban gracias al trabajo de quienes nunca escucharían sus campanas.

Pudo haber llevado una vida cómoda.

Pudo haber sido médico.

Pudo haber habitado el mundo como un huésped respetable.

Pero algunas personas escuchan demasiado pronto el crujido de las cadenas.


Y después de escucharlo ya no pueden fingir que no existe.

Así comenzó una vida errante.

Una vida hecha de estaciones de tren, habitaciones prestadas, cárceles húmedas y puertos desconocidos.

Los gobiernos aprendieron a temerle.

No porque poseyera ejércitos.

No porque dirigiera fortunas.

Sino porque llevaba consigo una idea.


Y las ideas son extrañas criaturas. No ocupan espacio. No hacen ruido al caminar. Sin embargo, tienen la capacidad de atravesar fronteras, sobrevivir a las prisiones y reaparecer donde menos se las espera.

Malatesta recorrió Europa como una chispa transportada por el viento.

Cada ciudad era una conversación.

Cada exilio era un nuevo comienzo.

Cada derrota era una semilla enterrada.

Los poderosos creían estar observando a un agitador.

En realidad estaban observando a un jardinero.

Porque pasó la mayor parte de su vida sembrando.

Sembrando preguntas.

Sembrando dudas.

Sembrando la sospecha de que tal vez el mundo no tenía que ser exactamente como era.

Mientras otros revolucionarios hablaban como profetas del futuro, Malatesta hablaba como un artesano.

Desconfiaba de las promesas grandiosas.


Había visto demasiadas veces cómo los libertadores terminaban pareciéndose a los tiranos que habían derrotado.

Comprendía que la libertad no nace de los decretos.

Ni de los uniformes.

Ni de los partidos.

La libertad nace en el lugar más difícil de transformar: el corazón humano.

Por eso insistía en algo aparentemente sencillo.

Nadie debe gobernar a nadie.

No porque los seres humanos sean perfectos.

Sino precisamente porque son imperfectos.

Porque quien recibe demasiado poder termina creyéndose más sabio de lo que es.

Y quien obedece demasiado tiempo termina olvidando su propia voz.

Su anarquismo no era el culto al caos que describían sus enemigos.

Era algo mucho más profundo.

Era una fe obstinada en la capacidad humana para cooperar.

Una confianza casi poética en que la solidaridad podía ser más fuerte que el miedo.

Y, sin embargo, nunca fue ingenuo.

Conocía la violencia de la historia.

Había visto cárceles.

Había visto hambre.

Había visto cadáveres.

Sabía que los hombres podían construir infiernos.


Pero precisamente por haber visto el infierno se negaba a adorarlo.

Cuando el cólera llegó a Nápoles, ayudó a los enfermos.

Cuando llegaron las persecuciones, permaneció firme.

Cuando llegaron las derrotas, continuó trabajando.

Era como esos viejos faros golpeados por las tormentas.

No luchan contra el mar.

Simplemente siguen encendidos.

Los años pasaron.

Las canas ocuparon el lugar de la juventud.

Las arrugas comenzaron a escribir su propia biografía sobre su rostro.

Y entonces apareció el fascismo.

La multitud volvió a enamorarse de la obediencia.

Volvió a buscar hombres fuertes.

Volvió a creer que la salvación podía llegar desde arriba.

Malatesta observó aquella escena con la tristeza de quien reconoce una tragedia ya vista.

Sabía que la historia posee una memoria frágil.

Sabía que los pueblos olvidan.

Sabía que las cadenas suelen regresar disfrazadas de protección.

Murió en 1932.

Un anciano vigilado por el régimen de Mussolini.

Sin riquezas.

Sin honores.

Sin la victoria que había perseguido durante toda una vida.

Pero hay derrotas que poseen una extraña grandeza.

Porque existen personas cuya tarea no consiste en llegar a la meta.

Consiste en mantener abierto el camino.

Malatesta fue una de ellas.

Un caminante.

Un sembrador.

Un hombre que convirtió el exilio en hogar y la esperanza en oficio.

Y quizá esa sea la razón por la que todavía se le recuerda.

Porque en un mundo enamorado del poder, dedicó toda su existencia a defender algo infinitamente más frágil.

La libertad.


Esa pequeña llama que ningún imperio ha conseguido apagar del todo.

Esa luz que tiembla en medio de la noche, como si estuviera a punto de extinguirse, y que sin embargo, siglo tras siglo, sigue ardiendo.  

 Lo que contribuyó más que ninguna otra cosa a desacreditar el marxismo, pues, fue la sensación de impotencia política que se había ido apoderando de mucha gente. 

Resulta difícil mantener la fe en el cambio cuando el cambio mismo parece estar fuera del orden de prioridades, aunque sea en el momento que más se necesita esa fe (a fin de cuentas, si uno no se resiste a lo aparentemente inevitable, jamás sabrá cuán inevitable era en realidad). 

Si los débiles de ánimo hubieran logrado aferrarse a sus antiguas tesis durante un par de décadas más, habrían sido testigos de cómo ese capitalismo exultante e inexpugnable a duras penas lograba mantener abiertos los cajeros automáticos de las sucursales de los grandes bancos en 2008. 

También habrían visto todo el continente situado al sur del canal de Panamá desplazarse decididamente hacia la izquierda política. El «fin de la historia» parece haber tocado a su propio fin. Además, y en cualquier caso, los marxistas deberían estar más que habituados a la derrota. Ya habían conocido catástrofes mayores que esta. El sistema en el poder tiene siempre las probabilidades de cara, aunque solo sea porque cuenta con más tanques que quienes se oponen a él. 

Pero el desplome de tan embriagadores ideales y efervescentes ilusiones como los de finales de la década de 1960 resultó especialmente difícil de asumir por parte de los supervivientes de aquella era. Así pues, lo que restó plausibilidad al marxismo no fue un supuesto cambio de pelaje del capitalismo. De hecho, la realidad fue justamente la contraria: en lo que al sistema respecta, las cosas siguieron como siempre, pero más aún que antes.

 Lo irónico de la situación, por lo tanto, es que los mismos factores que contribuyeron a que el marxismo fuese objeto de rechazo otorgaban renovada credibilidad a sus reivindicaciones. Se vio abocado a la marginalidad porque el orden social al que se enfrentaba, lejos de tornarse más moderado y benigno, se volvió más despiadado y extremo que antes. Y esto hizo que la crítica marxista de ese orden resultara aún más pertinente. A escala global, el capital estaba más concentrado y se comportaba de forma más predatoria que nunca, mientras que el tamaño de la clase trabajadora no hacía más que aumentar en realidad. 

Empezaba a vislumbrarse la posibilidad de un futuro en el que los megarricos vivieran refugiados y parapetados en sus vecindarios exclusivos de acceso restringido y protegidos por vigilancia armada de los mil millones aproximados de habitantes de los asentamientos urbanos marginales, hacinados en sus fétidas casuchas y rodeados por torres de vigilancia y alambradas. 

En semejantes circunstancias, afirmar que el marxismo estaba acabado era como decir que los bomberos estaban pasados de moda porque los pirómanos se habían vuelto más hábiles e inventivos que nunca.

Terry Eagleton

 

¿Quién demonios decidió eso?

Hay una frase que escuchas una y otra vez:

"La función legítima del Estado es proteger la vida, la propiedad y las fronteras."

Y la dicen con una seguridad admirable. Como si estuvieran anunciando que el agua moja o que la gravedad existe.

Pero siempre me pregunto:

¿Quién demonios decidió eso?

¿Hubo una reunión secreta de la humanidad?

¿Nos convocaron a todos?

¿Llegó una invitación?

"Estimado ciudadano: el próximo martes definiremos para toda la eternidad cuál es la función correcta del Estado. Favor de confirmar asistencia."

No.

Lo decidieron filósofos, juristas, propietarios, políticos y clases dominantes de determinadas épocas históricas.

Y después tuvieron el descaro de llamarlo "sentido común".

Porque el truco más viejo del poder consiste en presentar una opinión como si fuera una ley natural.

Cuando alguien dice:

"El Estado debe proteger la propiedad."

Yo pregunto:

¿Por qué?

Y la respuesta suele ser:

"Porque sin propiedad no hay libertad."

Muy bien.

¿Y sin comida?

¿Y sin vivienda?

¿Y sin educación?

¿Y sin atención médica?

De pronto la conversación se vuelve incómoda.

Porque resulta que la propiedad privada es considerada un derecho sagrado.

Pero el derecho a no morirte de hambre parece estar sujeto a disponibilidad presupuestaria.

Curioso sistema de valores.

Más curioso aún cuando descubres que la propiedad que el Estado protege no cayó del cielo.

Fue acumulada.

Heredada.

Conquistada.

Privatizada.

Comprada con ventajas que otros nunca tuvieron.

Sin embargo, una vez establecida la distribución de la riqueza, aparece el Estado y dice:

"No se preocupen, estoy aquí para proteger el orden natural de las cosas."

¿Natural?

Si es natural, ¿por qué necesita policías, jueces, cárceles y ejércitos para mantenerse?

Las cosas verdaderamente naturales no requieren patrullas.

Nadie necesita una fuerza especial para obligar a las manzanas a caer hacia abajo.

La gravedad funciona sola.

La desigualdad, aparentemente, necesita ayuda.

Y mucha.

Por eso me fascina la gente que dice que quiere un Estado mínimo.

Un Estado tan pequeño que no pueda darte una beca.

Tan pequeño que no pueda regular monopolios.

Tan pequeño que no pueda garantizar atención médica.

Pero tan grande que tenga el ejército más poderoso del planeta.

Tan grande que vigile fronteras.

Tan grande que llene cárceles.

Tan grande que controle protestas.

Eso no es un Estado pequeño.

Es un Estado especializado.

Un perro guardián.

La pregunta nunca fue cuánto Estado.

La pregunta siempre fue:

¿Estado para quién?

Porque cuando una fábrica recibe subsidios, lo llaman crecimiento económico.

Cuando una familia pobre recibe ayuda, lo llaman dependencia.

Cuando rescatan bancos, es responsabilidad.

Cuando rescatan personas, es populismo.

Y así seguimos.

Discutiendo sobre la función correcta del Estado como si existiera una respuesta escrita en las estrellas.

No existe.

Todo Estado es una decisión política.

Toda definición de libertad es una decisión política.

Toda definición de propiedad es una decisión política.

Y detrás de cada una de esas decisiones hay grupos que ganan y grupos que pierden.

Por eso la pregunta más peligrosa no es si el Estado debe ser grande o pequeño.

La pregunta realmente peligrosa es:

¿Quién tiene el poder de decidir qué hace el Estado y en beneficio de quién?

Porque en el instante en que haces esa pregunta, el debate deja de ser filosofía.

Y empieza a ser historia. Y la historia, camaradas, siempre termina señalando a los mismos sospechosos.

 «Pero los cobardes, incrédulos, abominables, asesinos, inmorales, hechiceros, idólatras y todos los mentirosos tendrán su herencia en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.»

Apocalipsis, 21:8.


Apocalipsis para principiantes: cómo convertir la política en una religión sin darte cuenta

«Pero los cobardes, incrédulos, abominables, asesinos, inmorales, hechiceros, idólatras y todos los mentirosos tendrán su herencia en el lago que arde con fuego y azufre...»

Qué curioso que la lista empiece con los cobardes.

No con los asesinos.

No con los tiranos.

No con los corruptos.

Con los cobardes.

Y eso debería inquietarnos más de lo que nos inquieta.

Porque los asesinos suelen ser pocos. Los tiranos también. Pero los cobardes... los cobardes son legión.

La historia humana no ha sido construida principalmente por monstruos. Ha sido construida por personas comunes que vieron algo injusto y pensaron:

"Bueno, alguien debería hacer algo."

Y luego siguieron viendo videos de gatitos.

Nos gusta imaginar que, si hubiéramos vivido en otras épocas, habríamos estado del lado correcto de la historia. Que habríamos ocultado perseguidos, denunciado abusos, enfrentado emperadores y dictadores.

Claro.

Y también creemos que leer los términos y condiciones antes de aceptar una aplicación es una práctica habitual.

La verdad es más incómoda.

La mayoría de nosotros habría hecho lo mismo que la mayoría de la gente siempre hace: adaptarse.

Porque la cobardía rara vez se presenta como cobardía.

Se presenta como prudencia.

Como realismo.

Como sentido común.

Como "no es el momento".

Como "yo no me meto en política".

Como "hay que ver los dos lados".

Como "todos son iguales".

Y mientras tanto, el mundo sigue girando impulsado por millones de pequeños silencios.

La nueva idolatría

El Apocalipsis también menciona a los idólatras.

La gente moderna se ríe de eso.

"¿Idolatría? Yo no adoro estatuas."

No.

Ahora adoramos cosas mucho más sofisticadas.

Adoramos mercados.

Adoramos banderas.

Adoramos líderes.

Adoramos ideologías.

Adoramos algoritmos.

Adoramos marcas.

La estatua desapareció.

El mecanismo psicológico sigue intacto.

La idolatría consiste en tomar algo humano y convertirlo en sagrado.

Y una vez que algo se vuelve sagrado, deja de poder criticarse.

Por eso algunas personas reaccionan a una crítica política como si hubieras insultado a su madre.

Porque no están defendiendo una idea.

Están defendiendo una fe.

El lago de fuego digital

Los antiguos imaginaban un lago de fuego.

Nosotros construimos uno.

Se llama redes sociales.

Un lugar donde millones de personas despiertan cada mañana buscando herejes.

Un inmenso tribunal donde cada usuario es fiscal, juez, jurado y verdugo.

Un sitio donde todos denuncian la manipulación mientras comparten noticias falsas.

Donde todos luchan contra la propaganda utilizando propaganda.

Donde todos exigen pensamiento crítico a quienes no piensan como ellos.

Es hermoso.

Es poético.

Es completamente absurdo.

El problema de los buenos

Aquí está la trampa.

Los malos no suelen pensar que son malos.

Piensan que son los buenos.

Siempre.

Los inquisidores.

Los revolucionarios.

Los nacionalistas.

Los imperios.

Los partidos.

Los gobiernos.

Las oposiciones.

Todos creen estar salvando el mundo.

Y cuanto más convencido está alguien de que representa el Bien absoluto, más peligroso puede llegar a ser.

Porque cuando el enemigo deja de estar equivocado y pasa a ser malvado, cualquier cosa se vuelve justificable.

La censura.

La persecución.

La humillación.

La violencia.

Después de todo, ¿quién podría defender al mal?

Así es como la política se transforma en religión.

Y así es como la religión se transforma en guerra.

Los verdaderos cobardes

Quizá por eso el versículo comienza donde comienza.

Porque la cobardía no consiste en tener miedo.

Todo el mundo tiene miedo.

Consiste en entregar la conciencia al grupo.

Consiste en repetir consignas para evitar problemas.

Consiste en callar cuando los tuyos hacen aquello mismo que denuncias en los otros.

Consiste en obedecer para conservar comodidad.

Los asesinos pueden destruir cuerpos.

Los mentirosos pueden destruir hechos.

Pero los cobardes permiten que ambos trabajen tranquilos.

Epílogo para una especie optimista

Tal vez el lago de fuego no sea un lugar.

Tal vez sea una sociedad donde nadie se atreve a pensar por sí mismo.

Donde cada tribu tiene su profeta.

Cada partido su evangelio.

Cada líder sus fieles.

Y cada ciudadano una excusa.

Si es así, quizá no debamos preocuparnos tanto por llegar al Apocalipsis.

Puede que llevemos años construyéndolo.

Y lo más inquietante es que lo hacemos convencidos de que estamos salvando el mundo.


 


Lago América, Planeta América, Universo América

Hay algo profundamente estadounidense en creer que si le cambias el nombre a una cosa, has cambiado la cosa.

No arreglaste la economía. No resolviste la desigualdad. No mejoraste la educación. No hiciste desaparecer la crisis climática. Pero oye, tomaste un lago que llevaba siglos llamándose Ontario y le pusiste "América". Problema resuelto.

Es como si un médico entrara al cuarto de un paciente con neumonía y dijera:

—Buenas noticias. Ya no tiene neumonía. A partir de hoy la llamaremos "respiración patriótica".

Y todos aplaudieran.

Porque la política moderna se parece cada vez más a una agencia de marketing. Ya no gobiernan países; administran marcas. La pregunta no es qué funciona. La pregunta es qué suena bien en una gorra.

América.

La palabra mágica.

La estampas en una montaña, en un golfo, en un lago, en una hamburguesa o en un misil y de pronto parece que has hecho algo importante.

Lo fascinante es que el continente entero ya se llama América. Desde Alaska hasta Tierra del Fuego. Pero para ciertos políticos, cuando dicen "América", no hablan de América. Hablan de Estados Unidos.

Es como si un vecino llamado Juan decidiera que la colonia completa ahora se llama Juan.

—¿Y nosotros?

—También son Juan.

—Pero me llamo Pedro.

—No importa. Ahora todos somos Juan.

Y lo más gracioso es que estas discusiones ocurren mientras la gente intenta pagar la renta.

Imaginen la escena.

—Señor, perdí mi seguro médico.

—Sí, pero ahora el lago tiene un nombre más patriótico.

—No encuentro trabajo.

—¿Ya vio el nuevo mapa?

—Mi hijo tiene una deuda universitaria de cien mil dólares.

—¿Pero vio qué bonito quedó el logo?

La política convertida en departamento de diseño gráfico.

Y esto no es exclusivo de Trump. Los políticos de todas partes aman los símbolos porque los símbolos son baratos.

Cambiar un nombre cuesta una firma.

Cambiar una realidad cuesta trabajo.

Y el trabajo es agotador.

Por eso los gobiernos adoran las guerras culturales. Son infinitamente más fáciles que las guerras contra la pobreza.

Puedes pasar meses discutiendo una palabra mientras un puente se cae a pedazos.

Puedes pelearte por una bandera mientras una ciudad entera se queda sin agua.

Puedes renombrar un lago sin construir una sola escuela.

Y aun así aparecer en televisión como un gran líder.

Lo verdaderamente divertido es imaginar el siguiente paso.

Porque una vez que empiezas a jugar ese juego, nunca termina.

¿Por qué detenerse en un lago?

Renombremos los Grandes Lagos como los Grandes Estados Unidos.

Luego el Atlántico.

Luego la Luna.

Luego Marte.

Finalmente algún funcionario anunciará solemnemente:

—Por orden ejecutiva, el universo será conocido como América Expandida.

Y una multitud aplaudirá mientras una galaxia situada a dos millones de años luz pregunta:

—¿Quién demonios es América?

Porque la realidad tiene una mala costumbre: no le importan nuestras etiquetas.

Los lagos siguen siendo lagos.

Los continentes siguen siendo continentes.

Y el planeta sigue girando alrededor del Sol sin consultar los decretos presidenciales.

La Tierra no sabe quién es Trump.

No sabe quién es Biden.

No sabe quién fue César.

No sabe quién fue Napoleón.

Y dentro de cien mil años tampoco le importará.

Pero los seres humanos seguiremos aquí, poniéndole nombres nuevos a las cosas viejas y creyendo que hemos cambiado el mundo.

Porque a veces es más fácil mover una palabra que mover una montaña.

Y mucho más fácil cambiar un mapa que cambiar la realidad.


¿Saben qué es maravilloso de la democracia moderna?

Que ya no necesitas quemar libros.

Ahora puedes simplemente asegurarte de que nadie quiera contratar al tipo que los escribió.

Mucho más limpio.

Mucho más civilizado.

Mucho más eficiente.

No hay hoguera.

No hay policía entrando por la puerta.

No hay uniforme.

No hay botas.

Sólo una computadora portátil, una conexión a Internet y un pequeño ejército de personas convencidas de que están salvando al mundo mientras destruyen la reputación de alguien.

¡Progreso!

Antes teníamos inquisidores.

Ahora tenemos SEO.


Liora Rez, de StopAntisemitism, lo dijo con una franqueza casi refrescante: si atacas a los sionistas, te perseguirán durante toda tu vida.

Buscarán quién eres.

Dónde trabajas.

Quién podría contratarte.

Y presionarán a las empresas.

¡Qué hermoso concepto!

La eternidad, pero administrada por recursos humanos.

Ya no necesitas que Dios recuerde tus pecados.

Google los recuerda por él.

Y Google tiene mejor memoria.


Imaginen al pobre individuo veinte años después.

“Bueno, tengo 42 años, estudié una maestría, tengo experiencia, dos hijos, una hipoteca y estoy solicitando trabajo.”

El gerente:

“Excelente currículum. Sólo tengo una pregunta.”

“¿Cuál?”

“¿Qué dijiste en Twitter cuando tenías 23 años?”

“¿Cómo?”

“Tenemos una captura.”

“¡Pero eso fue hace veinte años!”

“Lo sé.”

“Ni siquiera pienso eso ya.”

“No importa.”

“Era un comentario estúpido.”

“Eso también lo sabemos.”

“Entonces…”

“Está usted fuera del proceso.”

¡Fantástico!

Hemos inventado la cadena perpetua sin delito.


Y no, antes de que aparezca algún imbécil a decirlo:

combatir el antisemitismo es perfectamente legítimo.

Hay que combatirlo.

El odio contra los judíos tiene una historia larga, brutal y perfectamente documentada.

Pero precisamente por eso hay que tener cuidado.

Porque cuando una sociedad empieza a llamar antisemitismo a cualquier crítica contra Israel, el sionismo o sus políticas, termina haciendo algo bastante estúpido:

le entrega una coartada a los verdaderos antisemitas.

Porque si todo es antisemitismo, entonces nada lo es de manera precisa.

La palabra se convierte en una etiqueta multiusos.

Como “terrorista”.

Como “traidor”.

Como “enemigo”.

Como “comunista”.

Como “fascista”.

Palabras maravillosas.

Sirven para ahorrar argumentos.


¿Criticas al gobierno israelí?

“Antisemita.”

¿Criticas una operación militar?

“Antisemita.”

¿Criticas la ocupación?

“Antisemita.”

¿Criticas el sionismo?

“Antisemita.”

¿Dices algo sobre Palestina?

“Antisemita.”

¿Preguntas si quizá existe una diferencia entre un Estado, un gobierno, una ideología y una religión?

¡SOSPECHOSO!

¡Alguien está pensando!

¡Llamen al comité!


Y aquí aparece la trampa.

Porque una democracia debería poder soportar una idea desagradable.

Una democracia saludable no necesita proteger a sus ciudadanos de escuchar opiniones que les disgustan.

Necesita protegerlos de la persecución por expresarlas.

Hay una diferencia enorme.

Una sociedad libre puede decir:

“Tu argumento es una mierda.”

Perfecto.

Eso es libertad.

Puede decir:

“Tu argumento es racista.”

Perfecto, si puede demostrarlo.

Puede decir:

“Voy a escribir un artículo explicando por qué estás equivocado.”

Perfecto.

Eso es debate.

Pero cuando pasamos a:

“Voy a encontrar dónde trabajas, llamaré a tu jefe y haré todo lo posible para que pierdas tu empleo”...

ya entramos en otro territorio.

No necesariamente porque toda campaña pública sea ilegal.

Sino porque estamos normalizando una cultura donde la discrepancia política se resuelve mediante castigo social.


Y aquí quiero hacer algo que parece que se ha vuelto revolucionario:

aplicar el mismo principio cuando la víctima no nos gusta.

Porque ahí está la prueba.

Si una organización de derecha hace una lista de profesores progresistas y presiona a sus universidades para despedirlos, muchos progresistas gritan:

“¡Fascismo!”

Correcto.

Si una organización de izquierda hace una lista de empresarios conservadores y presiona para que los despidan, algunos conservadores gritan:

“¡Fascismo!”

Correcto.

Pero si una organización que defiende una causa que tú compartes hace exactamente lo mismo contra alguien que detestas...

“Bueno…”

“Hay contexto.”

“Es diferente.”

“No entiendes.”

“Se lo buscó.”

Ah.

Ahí está el verdadero problema.

No odiamos el mecanismo.

Odiamos que lo utilice el enemigo.


La libertad de expresión no puede ser:

“Libertad para mi gente.”

Eso no es libertad.

Eso es tribalismo con buena publicidad.

La verdadera prueba consiste en defender un principio cuando su aplicación beneficia precisamente a la persona que no soportas.

El día que puedas decir:

“Detesto lo que dijo este tipo, pero no quiero que lo despidan por haberlo dicho”,

ese día quizá hayas entendido algo sobre la libertad.


Porque el nuevo autoritarismo no necesariamente llega gritando.

A veces llega diciendo:

“Sólo estamos responsabilizando a alguien.”

“Sólo estamos haciendo público lo que dijo.”

“Sólo estamos informando a su empleador.”

“Sólo estamos ejerciendo presión.”

“Sólo estamos haciendo que enfrente consecuencias.”

Todo parece pequeño.

Todo parece razonable.

Hasta que juntas todas las piezas.

Entonces tienes una maquinaria.

Una maquinaria que no necesita cárcel.

Porque tiene reputación.

No necesita censura.

Porque tiene miedo.

No necesita policía.

Porque tiene recursos humanos.


Y aquí entra nuestro maravilloso mundo corporativo.

Las empresas dicen:

“Valoramos la diversidad de opiniones.”

Sí.

Hasta que una opinión aparece en Google.

Entonces:

“Después de una cuidadosa revisión…”

Traducción:

“Nuestro abogado nos dijo que no vale la pena el problema.”

Así funciona el poder moderno.

No necesitas demostrar que alguien es culpable.

Necesitas convertirlo en un riesgo.

Porque las empresas no tienen ideología.

Tienen departamentos jurídicos.

Y cuando aparece una persona polémica, la pregunta no es:

“¿Tiene razón?”

La pregunta es:

“¿Nos puede traer problemas?”

Y si la respuesta es sí:

Adiós.


Esto crea algo todavía más peligroso:

la autocensura.

La persona empieza a vigilarse.

Antes de escribir:

“¿Qué pensará mi jefe?”

Antes de protestar:

“¿Qué aparecerá cuando busquen mi nombre?”

Antes de criticar:

“¿Podría perder mi empleo?”

Antes de hacer una pregunta:

“¿Me van a etiquetar?”

Y entonces sucede el milagro.

Nadie necesita prohibirte hablar.

Tú mismo te callas.

El sistema no necesita censores.

Tiene miedo incorporado.


George Orwell imaginó una sociedad donde el poder vigilaba tus pensamientos.

Nosotros hemos creado algo más sofisticado:

una sociedad donde vigilamos nuestro propio pasado para adivinar qué pensará el poder de nosotros en el futuro.

Y además lo hacemos voluntariamente.

Subimos las fotos.

Escribimos los comentarios.

Registramos nuestras opiniones.

Marcamos nuestra ubicación.

Contamos nuestras vidas.

Le entregamos nuestra biografía a las máquinas.

Y después nos sorprendemos de que alguien pueda usarla contra nosotros.

Es como darle las llaves de tu casa a un ladrón y luego indignarte porque sabe dónde está la televisión.


Y hay una ironía todavía mayor.

Hay quienes dicen:

“Si no has hecho nada malo, no tienes nada que temer.”

Ésa es una de las frases más peligrosas de la historia.

Porque ¿quién decide qué es “malo”?

¿El gobierno?

¿La empresa?

¿La mayoría?

¿El algoritmo?

¿Una organización activista?

¿El jefe?

¿La opinión pública?

¿El clima político de ese año?

Hoy puedes ser un héroe.

Mañana puedes ser un problema.

Pasado mañana puedes ser un enemigo.

La historia está llena de personas que descubrieron demasiado tarde que las categorías morales cambian mucho más rápido que las listas negras.


Por eso el asunto no debería reducirse a:

“¿Esta organización tiene razón sobre Israel?”

Ésa es otra discusión.

La pregunta verdaderamente incómoda es:

¿Qué clase de sociedad estamos construyendo cuando una organización puede convertir una opinión política en una amenaza permanente para la vida profesional de una persona?

Porque mañana puede ser otra organización.

Otra causa.

Otro país.

Otra religión.

Otra ideología.

Otro enemigo.

Y entonces quizá descubras que el arma que celebraste cuando apuntaba contra tu adversario también funciona cuando apunta hacia ti.


Así que sí:

Combatan el antisemitismo.

Combatan el racismo.

Combatan el odio.

Argumenten.

Debatan.

Desmonten las mentiras.

Exijan responsabilidades cuando corresponda.

Pero tengan cuidado con esa maravillosa frase:

“Hay que arruinarle la vida.”

Porque ésa es la frase favorita de cualquier inquisición.

Y todas las inquisiciones comienzan convencidas de que están persiguiendo a los malos.

Nunca empiezan diciendo:

“Hola, somos los malos.”

Eso arruinaría completamente la campaña de relaciones públicas.


El verdadero peligro no es que alguien pueda encontrarte en Google.

El verdadero peligro es que lleguemos a considerar normal que una persona deba vivir aterrorizada por todo lo que dijo alguna vez.

Porque entonces la libertad de expresión se convierte en una broma.

Puedes hablar.

Sí.

Puedes decir lo que quieras.

Sí.

Puedes criticar.

Sí.

Puedes disentir.

Sí.

Sólo hay una pequeña condición:

prepárate para que alguien construya un expediente sobre ti y decida cuánto debe costarte haber hablado.

Eso no es libertad.

Es libertad con tarifa.

Y la tarifa la fija el inquisidor.

Antes llevaba una cruz.

Ahora lleva un teléfono inteligente.

Antes preguntaba:

“¿Eres hereje?”

Ahora pregunta:

“¿Cuál es tu nombre completo?”

Y después...

abre Google.