miércoles, 4 de febrero de 2026


 Rockefeller murió viejo, entero, sin grietas visibles. Casi un siglo acumulando mundo, petróleo, silencios. Y cuando lo abrieron —como quien revisa una caja fuerte esperando encontrar papeles comprometedores— no apareció nada: ni remordimiento, ni culpa, ni esa astilla incómoda que llamamos escrúpulo. El cuerpo limpio. La conciencia, en huelga permanente.

La frase es un bisturí afilado: el poder, cuando se fabrica bien, no deja residuos morales. No duele, no pica, no despierta de madrugada. Es un poder tan bien refinado como su petróleo: sin impurezas humanas.
Rockefeller no fue solo un hombre; fue una pedagogía. Enseñó que la acumulación extrema requiere una operación previa: vaciar el corazón para ampliar la caja fuerte. El escrúpulo ocupa espacio, estorba, pesa. Y el poder —ese dios moderno— exige ligereza ética para moverse rápido.
No es que no supiera lo que hacía. Es peor: lo sabía tan bien que logró convertir la devastación en normalidad, el monopolio en eficiencia, la miseria ajena en externalidad contable. La violencia, cuando se vuelve estructural, deja de manchar las manos. Se firma. Se regula. Se hereda.
Por eso la autopsia es una metáfora perfecta: buscar humanidad en el cadáver del poder absoluto es como buscar agua en el desierto que él mismo creó. No está. Nunca estuvo. Fue drenada mucho antes, en nombre del progreso, del mercado, del orden.
Y aquí está la ironía final, casi poética:
murió sin escrúpulos…
pero rodeado de instituciones que hoy nos piden que tengamos paciencia, civismo y fe en el sistema.
El poder bien fabricado no mata de golpe. Te convence de que nadie es responsable. Y cuando todos son inocentes, el crimen se vuelve paisaje.
Así funciona la alquimia: petróleo entra, imperios salen.
Conciencia no incluida. 

 Coaching matutino o catecismo con sonrisa

Hay programas de revista que no se ven: se padecen. Uno no los elige; le caen encima como la humedad o como la tos ajena. Están ahí, encendidos por inercia, sostenidos por la costumbre. Y entonces aparecen ellos.

Los coachs.

No como personas, sino como función. No individuos: engranes. No hablan: ofician.

Se presentan como guías, pero operan como normalizadores. Te dicen “sé tu mejor versión” como quien dice “adáptate”. Como si la vida fuera una máquina defectuosa y tú la pieza que no encaja. Ellos no cuestionan el mecanismo: te ajustan a golpes suaves, con música tranquila de fondo.

Todo lo que existe —dicen— es natural. 
Natural el cansancio. 
Natural la competencia. 
Natural vivir endeudado pero agradecido. 
Natural que unos manden y otros aprendan a respirar para no protestar.

Aquí no hay historia, ni conflicto, ni contradicción: solo individuos mal gestionados.

Son, casi siempre, burgueses, blancos, cómodos, explicando el mundo desde sillones caros. 
No hablan del sistema porque el sistema los sienta bien. No hablan de desigualdad porque la desigualdad los sostiene. 
No dicen “esto podría ser de otra manera”; dicen “acepta lo que hay, pero con actitud”.

No venden pensamiento: venden obediencia emocional.


Si algo no funciona, la causa no es social, ni política, ni económica. Es interior. Íntima. Moral. Has fallado tú. 
No vibraste. 
No te enfocaste. 
 No creíste lo suficiente.

El método nunca falla. 
El coach tampoco. 
El orden del mundo queda intacto.

Esto no es crecimiento personal.

Es pedagogía de la resignación.

Un teatro donde se ensaya, una y otra vez, el mismo papel: el del individuo que se culpa mientras el escenario permanece inmóvil. El espectador no debe pensar; debe reconocerse y asentir. Debe salir del programa convencido de que no hace falta cambiar nada, solo soportarlo mejor.

Brecht lo diría sin anestesia:

> no acepten como natural lo que ocurre siempre.

Pero aquí ocurre lo contrario. Se entrena al público para aceptar. Para llamar normal a lo intolerable. Para convertir la injusticia en paisaje.

Por eso estos discursos aman la mañana: necesitan cuerpos cansados, defensas bajas, pensamiento aún dormido.

En el fondo, no es coaching.

Es adiestramiento.

Y hay una señal inequívoca: si realmente supieran cómo vivir mejor, no tendrían que repetirlo todos los días por televisión, entre el horóscopo y la receta fácil.

Apaga el volumen. Mira el artificio. Toma distancia.

Que al menos —como quería Brecht— algo de esto deje de parecernos natural. 

 El votante típico, aquél a cuyas opiniones los políticos atienden, probablemente sea incapaz de obtener un aprobado en Economía Elemental. Con razón prevalecen el proteccionismo, los controles de precios y otras medidas insensatas.

Bryan Caplan

Caplan dispara sin silenciador y acierta… pero no mata a todos los culpables.
Su tesis —el votante promedio no entiende economía básica— no es un insulto, es una observación empírica con bata blanca. 
La economía enseña cosas profundamente antipáticas para la intuición moral: que poner precios máximos crea escasez, que proteger industrias encarece la vida, que imprimir billetes no imprime riqueza. 
Son verdades frías, sin épica. Y al votante le gusta la épica: el villano extranjero, el empresario avaro, el político salvador con capa y subsidio.
Hasta ahí, Caplan tiene razón. El electorado vota con el estómago y con metáforas malas. No con curvas de oferta y demanda.
Pero aquí viene el giro trágico —y un poco cómico—: no es solo ignorancia, es ignorancia racional. El costo de entender economía es alto; el beneficio individual de votar “mejor” es microscópico. ¿Para qué estudiar elasticidades si tu voto pesa menos que una pluma en un huracán? El sistema incentiva la pereza cognitiva. 
No es estupidez: es contabilidad existencial.
Además, la economía no es neutral políticamente aunque lo finja. 
Muchas “medidas insensatas” son emocionalmente sensatas: proteccionismo suena a lealtad, controles de precios a justicia, subsidios a compasión. 
El votante no elige políticas; elige relatos morales. Y en ese teatro, la economía suele entrar como aguafiestas con una calculadora.
Caplan, fiel liberal, sugiere implícitamente: menos democracia, más expertos. 
Aquí hay que frenar el caballo. 
La historia está llena de tecnócratas brillantes que, armados de gráficos perfectos, produjeron infiernos muy bien optimizados. 
La ignorancia popular es peligrosa, sí; pero la soberbia ilustrada también.
En verso breve:
el pueblo no sabe economía,
los expertos no saben pueblo,
y la política ocurre en ese malentendido.
Conclusión sin anestesia: el problema no es que el votante no pase Economía Elemental; es que la democracia no fue diseñada para premiar la verdad, sino la persuasión. 
Caplan lo diagnostica bien, pero sugiere una cura que podría matar al paciente.
La pregunta incómoda queda flotando, como mosca en aula vacía:
¿preferimos errores compartidos… o aciertos impuestos?

 Entremos al liberalismo mexicano, ese animal histórico que nació incendiario y hoy lo confunden con Excel.

El liberalismo mexicano: zurdo en el XIX, diestro en el XXI
En el siglo XIX, el liberal mexicano era la izquierda.
Juárez, Lerdo, Ocampo no querían “menos Estado” por amor al mercado, sino menos Iglesia, menos ejército, menos fueros. 
El enemigo no era el Estado: era el Estado capturado. 
El liberal era el que decía: que nadie mande por mandato divino.
Era un liberalismo anticlerical, republicano y modernizador. 
Progreso antes que tradición. 
Razón antes que altar. 
Bastante punk, la verdad.
El giro irónico
Salto temporal.
Hoy “liberal” en México suele significar:
— pro-mercado
— anti-regulación
— sospechoso del Estado social
O sea: derecha económica.
Mismo nombre, otro ADN. 
El liberal de hoy mira al Estado como problema; el de Juárez lo veía como herramienta a conquistar.

Isaiah Berlin entra al escenario (con ceja levantada)
Berlin nos ayuda a entender el enredo:
— Libertad negativa: que no me estorben (liberal clásico).
— Libertad positiva: poder realmente vivir como humano (liberal social).

El liberalismo mexicano del XIX mezclaba ambas sin saberlo:
quería quitar cadenas y construir ciudadanía.
El liberalismo actual suele quedarse solo con la primera:
libertad para competir… aunque empieces descalzo.
Poema breve, con filo
Antes, liberal era romper cadenas.
Hoy, liberal es decir
“no es mi problema”.
Conclusión sin vaselina
¿Los liberales son de derecha?
— Hoy, en México, mayoritariamente sí (en lo económico).
— Históricamente, no: fueron la fuerza progresista que demolió el viejo orden.

El liberalismo no se movió solo; el eje político se desplazó debajo de sus pies. Y muchos siguen usando la misma palabra para ideas que ya no se reconocen en el espejo.

 El sometido a la norma acabó preguntándose por la legitimidad del legislador. El guion no termina negando la obediencia, que forma parte estructural de la libertad humana, sino poniendo en cuestión al legislador. Entre el legislador externo y la obediencia, acaba irguiéndose el «legislador interno», la propia conciencia.

Jose Antonio Marina

Marina aquí hace una jugada elegante, casi de esgrima moral: no rompe la espada de la ley, pero la desvía hacia el pecho de quien la empuña.
Primero, lo incómodo: obedecer no es lo contrario de la libertad, es una de sus condiciones. 
Sin normas, la libertad sería un charco: mucha agua, ninguna forma. 
El ser humano aprende a ser libre aprendiendo a obedecer; la infancia es una pedagogía de límites. Hasta aquí, nada subversivo.
El giro viene después.
El sometido —ese que cumplía la norma casi por inercia, como quien respira— empieza a preguntar. No “¿debo obedecer?”, sino algo más peligroso: “¿quién te dio derecho a mandarme?”. 
La obediencia deja de ser automática y se vuelve reflexiva. Y ahí el poder empieza a sudar.
Marina no propone anarquía ni desobediencia caprichosa. 
No hay herejía adolescente del tipo “nadie me manda”. Lo que propone es algo más corrosivo: desplazar el centro de gravedad de la ley. La ley ya no se justifica por venir de arriba (el Estado, la Iglesia, el padre, el partido), sino por pasar un filtro íntimo.
Ese filtro es el legislador interno: la conciencia.
No es una voz mística ni un angelito con toga. Es el resultado de educación, experiencia, razón, memoria moral. Un juez sin uniforme, pero con archivo.
Aquí está la clave:
El legislador externo manda.
El legislador interno legitima… o no.
Y cuando aparece ese legislador interno, la obediencia deja de ser servil y se vuelve responsable. 
Ya no obedezco porque me obligan, sino porque reconozco la justicia de la norma. O, si no la reconozco, empiezo a pensar en resistirla. No por rebeldía, sino por coherencia.
Esto tiene consecuencias políticas brutales. 
Un poder puede sobrevivir a la desobediencia ocasional; lo que no soporta es una ciudadanía que pregunta por la legitimidad. 
El súbdito pide órdenes. 
El ciudadano pide razones.
En tono poético:
la ley, cuando no dialoga con la conciencia, se vuelve ruido;
la conciencia, cuando no dialoga con la ley, se vuelve capricho.
Marina apuesta por el punto exacto donde ambas se miran sin parpadear.

En resumen, sin rodeos:
la libertad adulta no consiste en romper las normas, sino en examinar a quien las escribe y, llegado el caso, reescribirlas dentro de uno mismo.
Ahí empieza lo verdaderamente peligroso… y lo verdaderamente humano. 

 La economía es una excusa elegante para joderte

Seamos honestos:
la economía no está en crisis.
Está funcionando exactamente como fue diseñada.

Si trabajas más y vives peor,
si tienes empleo pero no futuro,
si tienes derechos pero solo en papel…
no es un fallo del sistema: es el sistema celebrando.

El gran truco

Primero te quitan estabilidad.
Luego te dicen que es por tu bien.
Después te llaman radical si protestas.
Y al final te piden que agradezcas tener trabajo.

Eso no es gobernar.
Eso es domar.

Reforma laboral = traducción simultánea

  • “Flexibilizar” → podemos despedirte cuando queramos
  • “Competitividad” → trabaja más por menos
  • “Modernización” → derechos del siglo XX, sueldos del XIX
  • “Responsabilidad fiscal” → tú pagas, ellos ganan

El lenguaje no es inocente.
Es anestesia verbal.

El trabajador ideal del sistema

El sistema no quiere ciudadanos.
Quiere empleados cansados.

Uno que:

  • No tenga tiempo de pensar
  • No tenga energía para organizarse
  • No tenga seguridad para decir no

Porque una persona agotada no protesta.
Sobrevive.
Y eso les encanta.

Por eso odian la huelga

La huelga es peligrosa porque rompe la narrativa.
Demuestra que:

  • El trabajo crea riqueza
  • El poder depende del consentimiento
  • La normalidad es frágil

Por un día, el camarero no sirve.
El conductor no conduce.
El obrero no produce.

Y de pronto el rey está desnudo…
y además no sabe ni hervir agua.

“Pero piensen en las empresas”

Sí, claro.
Pensemos en ellas.

¿Pensaron ellas en ti cuando:

  • Congelaron salarios?
  • Subieron precios?
  • Externalizaron empleos?
  • Repartieron bonos récord?

No.
Pero ahora quieren tu comprensión.
Qué conmovedor.

Portugal hizo algo imperdonable

Recordó.
Recordó que los derechos se defienden, no se negocian en silencio.
Recordó que la calle es más democrática que muchos parlamentos.
Recordó que decir “no” también es política.

Y eso asusta más que cualquier pancarta.

Epílogo

No te dicen que trabajes duro para vivir mejor.
Te dicen que trabajes duro para no caer.

Eso no es progreso.
Es una carrera de ratas con corbata.

Y cuando millones paran y dicen basta,
no están destruyendo el país.

Lo están salvando de convertirse en un lugar donde vivir ya no vale la pena.

 La frase clave no es “si Trump es lo peor”, sino esta:

👉 Trump no es el techo, es el síntoma.

Y ahí es donde Rubio, Bondi y compañía dan más miedo.


1. Trump: el bárbaro visible

Trump es burdo, narcisista, imperial sin complejos.
Dice lo que otros piensan pero disimulan.

Eso tiene una ventaja paradójica:

  • Es predecible en su brutalidad
  • Despierta resistencias
  • No finge moralidad

Trump te amenaza a la cara. Te dice: “esto es poder y se usa así”.
Es el imperio sin maquillaje.


2. Marco Rubio: el imperio con sonrisa

Rubio es infinitamente más peligroso para Latinoamérica.

¿Por qué?

Porque habla nuestro idioma político:

  • “Democracia”
  • “Derechos humanos”
  • “Libertad”
  • “Lucha contra dictaduras”

Rubio no invade diciendo “quiero tu petróleo”.
Invade diciendo “quiero ayudarte”.

Es el intervencionismo higiénico, el mismo que:

  • Justificó golpes
  • Sanciones que matan lentamente
  • Estados fallidos maquillados como “transiciones”

Rubio no grita. Firma documentos.
No insulta. Aprieta con elegancia.


3. Pam Bondi y el autoritarismo legal

Bondi representa algo aún más inquietante:
la normalización jurídica de la barbarie.

No necesita tanques:

  • Usa tribunales
  • Usa sanciones
  • Usa leyes “anticorrupción”
  • Usa cooperación judicial selectiva

Es el imperialismo versión PowerPoint + Excel + fiscalía.

El mensaje es:

“No somos malos. Solo aplicamos la ley.”

La ley… escrita por ellos.


4. ¿Por qué vienen tiempos difíciles para Latinoamérica?

No por Trump en sí, sino porque:

  • EEUU entra en declive relativo
  • China avanza
  • El mundo se fragmenta
  • El imperio ya no puede convencer, solo disciplinar

Y cuando un imperio se siente amenazado:

  • No se vuelve más democrático
  • Se vuelve más violento y más hipócrita

Latinoamérica vuelve a ser:

  • Patio trasero
  • Zona de castigo ejemplar
  • Territorio de advertencia

5. Lo más grave: las élites locales

Y aquí viene lo peor, camaradas:
no es Washington.

Son nuestros propios gobernantes:

  • Que aplauden sanciones
  • Que piden intervenciones
  • Que prefieren ser capataces del imperio antes que representantes del pueblo

Esclavos felices.
Stephen versión criolla

Ellos saben que:

  • Pase lo que pase
  • Ellos seguirán comiendo bien
  • Sus hijos no irán a la guerra
  • Sus cuentas están en dólares

Eso es conciencia de clase.


6. Entonces, ¿Trump es lo peor?

No.

Trump es el trueno.
Rubio y Bondi son la lluvia ácida que cae después, silenciosa, constante, legal.

Trump asusta.
Ellos desmantelan.


Cierre, sin consuelo barato

Vienen tiempos difíciles, sí.
Pero también tiempos de claridad.

Cuando el imperio deja de fingir,
cuando los discursos se caen,
cuando la máscara liberal se rompe…

…la gente empieza a pensar.

Y eso, camaradas,
es lo único que a la larga sí les da miedo.

martes, 3 de febrero de 2026

  Benjamin Tucker: el individualista que quiso liberar al mundo del poder invisible

Benjamin Tucker fue uno de esos espíritus que parecen nacer para llevar la contraria, no por deporte ni por orgullo, sino porque su inteligencia lo obligaba a no aceptar nada que no soportara el peso de la razón. En un siglo XIX dominado por imperios, fábricas y dogmas religiosos, Tucker levantó una voz distinta: sobria, incisiva, poética en su austeridad. Fue un filósofo sin universidad, un economista sin título, un revolucionario sin partido. Y, pese a eso —o gracias a eso— se convirtió en uno de los individualistas más lúcidos de la historia.

El enemigo: no el Estado, sino la autoridad

Para Tucker, el verdadero problema de la sociedad no era solo el Estado, sino toda forma institucionalizada de privilegio, ya viniera envuelta en sotana, uniforme o traje de empresario. Su mirada era radical porque buscaba el origen profundo de la injusticia: las estructuras que concentran poder y lo imponen a través de leyes, monopolios y moralismos.

Su revista Liberty fue el laboratorio donde destiló su pensamiento. Allí atacó la autoridad con una precisión casi quirúrgica: no se conformaba con denunciar la violencia del Estado, también denunciaba la violencia más silenciosa, la económica, la que nace cuando unos pocos controlan el crédito, la tierra, la moneda o el comercio, no por mérito, sino por privilegio legal.

Para Tucker, el capitalismo corporativo no era libre mercado, sino un sistema amañado. Era, en sus palabras, “plutocracia legalizada”: riqueza protegida por un aparato político que hacía imposible la competencia real.

La libertad como pacto entre iguales

El individualismo de Tucker no era el del empresario moderno que presume "self-made" mientras vive de subsidios y redes de influencia. No. Su individualismo era ético: cada persona es soberana sobre su cuerpo, su trabajo y su voluntad, pero esa soberanía solo es posible cuando nadie tiene poder para imponer sus condiciones injustamente.

Por eso defendía un mutualismo económico inspirado en Proudhon: asociaciones libres, crédito sin usura, propiedad basada en el uso, acuerdos voluntarios entre individuos autónomos. Tucker no soñaba con un caos sin reglas; soñaba con orden sin dominación. Un mundo donde la libertad no fuera una etiqueta, sino un equilibrio dinámico entre individuos que se reconocen como iguales en dignidad.

Su crítica al socialismo autoritario

Aunque Tucker se consideraba socialista —sí, socialista individualista— fue uno de los más feroces críticos del marxismo. Lo veía como un proyecto noble en intención pero autoritario en método. “La libertad no se decreta”, decía. “La libertad se practica”. Por eso desconfiaba profundamente de cualquier revolución que buscara imponer igualdad a través del poder centralizado.

Tucker apostaba por la transformación gradual, pacífica, fruto del desmantelamiento de monopolios y la expansión de la cooperación voluntaria. Su revolución era una especie de erosión: lenta, constante, inevitable.

La estética de la rebeldía silenciosa

Hay un tono muy particular en Tucker: una mezcla de modestia y desafío. No era un orador incendiario ni un profeta de barricada. Era más bien un solitario que escribía con la serenidad de quien está dispuesto a perder si eso significa no traicionarse a sí mismo.

Su estilo recuerda a los árboles silenciosos, firmes, sin buscar atención, pero absolutamente imprescindibles. Tucker era así: un tronco sólido en medio del vendaval ideológico del siglo XIX.

Legado: la libertad como tarea, no como dogma

Hoy, Tucker es leído por pocos, pero su influencia está dispersa en muchos movimientos libertarios, cooperativistas, mutualistas, comunitarios y hasta en ciertas corrientes feministas y queer que reivindican la autonomía radical del individuo frente a toda autoridad.

Tal vez su mayor lección es esta:
La libertad no es una bandera, sino un trabajo constante para desactivar los mecanismos de dominación que se disfrazan de normalidad.

Tucker nos muestra que no basta con criticar al Estado, ni basta con criticar al capital: hay que criticar toda institución que sitúe a unos por encima de otros sin que medie el consentimiento libre y equitativo.

 Diálogos socráticos contemporáneos

I. Sobre la democracia que se reparte y la que se ignora

Sócrates: Dime, amigo, ¿afirmas que ciertas potencias llevan democracia a algunos países?

Interlocutor: Así es. Intervienen para defender la libertad y los derechos humanos.

Sócrates: ¿Y lo hacen en todos los países donde no hay democracia?

Interlocutor: No… solo en algunos.

Sócrates: Entonces, ¿la democracia es un deber universal o una elección conveniente?

Interlocutor: Supongo que universal… pero con prioridades.

Sócrates: ¿Prioridades morales o estratégicas?

Interlocutor: Estratégicas, diría yo.

Sócrates: ¿Y puede algo ser moral solo cuando conviene?

Interlocutor: Suena contradictorio.

Sócrates: Sigamos. ¿Existen países aliados de esas potencias que no sean democráticos?

Interlocutor: Sí, varios.

Sócrates: ¿Y por qué no se les “lleva democracia” a ellos?

Interlocutor: Porque son aliados, porque garantizan estabilidad.

Sócrates: ¿Entonces la estabilidad vale más que la democracia?

Interlocutor: En la práctica, parece que sí.

Sócrates: Dime algo más: cuando un pueblo elige libremente a un gobierno que no agrada a esas potencias, ¿se respeta su decisión?

Interlocutor: A menudo se cuestiona… o se sanciona.

Sócrates: ¿Eso es respeto a la democracia o miedo al resultado?

Interlocutor: Miedo al resultado.

Sócrates: Entonces aclaremos conceptos.
¿Defienden la democracia o defienden gobiernos favorables?

Interlocutor: Defienden gobiernos favorables.

Sócrates: ¿Y la democracia?

Interlocutor: Es el discurso que usan.

Sócrates: Luego, ¿la democracia es el fin o el pretexto?

Interlocutor: El pretexto.

Sócrates: Si es así, ¿no sería más honesto decir: “intervenimos por interés”?

Interlocutor: Lo sería… pero perdería legitimidad.

Sócrates: Así que la democracia no se ama por sí misma, sino porque legitima el poder.

Interlocutor: Eso parece.

Sócrates: Entonces, amigo mío, no vivimos en un mundo donde se exporta democracia,
sino en uno donde se administra obediencia usando la palabra democracia.

Interlocutor: Duele, pero es difícil refutarlo.

Sócrates: La verdad suele doler cuando desarma los discursos cómodos.

 El ídolo como prótesis del alma

No hablamos aquí del aficionado que disfruta un partido o del oyente que aprecia una canción. Hablamos de otra cosa:
del que llora como si hubiera perdido a un familiar,
del que golpea a otro por una camiseta,
del que se desmaya al ver a su ídolo,
del que vive a través de alguien más.

Eso no es gusto.
Eso es transferencia existencial.

1. Cuando el yo es débil, busca un pedestal

El ídolo cumple una función básica: rellenar un vacío.

En sociedades donde:

  • el individuo se siente irrelevante,
  • el trabajo no dignifica,
  • la política decepciona,
  • el futuro es incierto,

aparece la tentación de fundirse con algo grande.

“Si él gana, yo gano.
Si él es grande, yo importo.”

El ídolo se vuelve una extensión narcisista:
no lo admiro → me proyecto en él.

Aquí ya no hay distancia crítica.
Hay fusión.


2. La idolatría como regresión infantil

Psicológicamente, la idolatría extrema es una regresión.

Freud lo vio claro:
el ídolo ocupa el lugar del padre idealizado.

  • Todo lo que hace está bien
  • Nunca se equivoca
  • El mundo se divide en fieles y enemigos

Exactamente igual que un niño con su figura de autoridad.

Por eso el ataque al ídolo se vive como ataque personal.
No insultaste a un futbolista:
le tocaste el sistema nervioso al creyente.


3. La masa necesita dioses simples

Aquí entra la sociología.

Gustave Le Bon lo explicó hace más de un siglo:
en la multitud, el individuo pierde pensamiento crítico.

La masa:

  • quiere símbolos,
  • odia matices,
  • necesita relatos simples.

El ídolo es perfecto porque:

  • no exige reflexión,
  • no pide responsabilidad,
  • no confronta al seguidor consigo mismo.

Pensar cansa.
Adorar descansa.


4. Violencia: cuando el ídolo pide sangre

¿Por qué se pelean?
¿Por qué matan por colores, por cantantes, por banderas?

Porque el ídolo no admite ambigüedad.
Y donde no hay ambigüedad, hay fanatismo.

El fanático no defiende una idea:
defiende su identidad prestada.

Por eso la violencia es tan visceral:
si el ídolo cae, yo me desintegro.


5. La industria del ídolo: nada es inocente

No seamos ingenuos.

El sistema:

  • produce ídolos,
  • estimula la histeria,
  • monetiza la devoción.

Mientras más fanatizado estés:

  • menos preguntas haces,
  • más consumes,
  • menos piensas.

Un ciudadano crítico es incómodo.
Un fan extasiado es rentable.


6. Lo peligroso no es amar algo, sino dejar de ser alguien

El problema no es el fútbol.
No es la música.
No es el arte.

El problema es cuando:

  • tu vida no tiene centro,
  • tu criterio se delega,
  • tu identidad se terceriza.

Ahí el ídolo no es inspiración:
es sustituto del carácter.


Conclusión brutal (pero honesta)

La idolatría extrema no habla de grandeza del ídolo,
habla de orfandad interior del seguidor.

Un adulto pleno admira sin desaparecer.
Un adulto vacío se disuelve en otro.

Y ninguna sociedad llena de ídolos
puede estar llena de ciudadanos.


Bibliografía clave (sí, hay mucha y muy sólida)

Te dejo referencias serias, no charlatanería:

Psicología / Psicoanálisis

  • Sigmund FreudPsicología de las masas y análisis del yo
  • Erich FrommEl miedo a la libertad
  • Erich FrommTener o ser
  • Carl JungEl hombre y sus símbolos

Sociología

  • Gustave Le BonPsicología de las masas
  • Zygmunt BaumanVida líquida
  • Theodor AdornoLa industria cultural

Filosofía / Crítica cultural

  • NietzscheAsí habló Zaratustra (crítica al rebaño)
  • Guy DebordLa sociedad del espectáculo

 Hoy se filtró la noticia de que Lupita Nyong’o sería Helena de Troya en la próxima película de Christopher Nolan, la Odisea... Y todos - los racistas- perdieron su cabeza. Amigos, Helena es un personaje ficticio. Es hija de Zeus y nació de un huevo. Además, no es como que Homero haya dejado una ficha técnica con el código pantone de la piel de Helena .

el fondo de esto no es Helena ni Homero. Es poder simbólico.

Lo que estamos viendo no es una discusión filológica ni histórica, es una reacción de pánico cultural. Cuando ciertos sectores “pierden la cabeza” por el casting de Lupita Nyong’o, lo que se activa no es el amor por la Grecia arcaica, sino el miedo a perder el monopolio del imaginario.

Vamos por capas.


1. El mito como territorio ocupado

Los mitos clásicos, sobre todo los griegos, fueron apropiados durante siglos por Europa moderna para construirse un linaje ficticio:

“Nosotros somos los herederos naturales de la civilización”.

Esa Grecia “blanca”, marmórea, homogénea, es una invención del siglo XVIII–XIX, no del mundo antiguo. Sirvió para legitimar colonialismo, supremacía cultural y racismo científico.

Entonces, cuando hoy alguien racializado entra en ese panteón, el mensaje implícito que reciben es:

“Esto ya no es exclusivamente nuestro”.

Y eso duele más que cualquier argumento histórico.


2. El error de leer a Homero con lentes del siglo XXI

 Homero no pensaba en razas.
Pensaba en:

  • linaje

  • favor divino

  • honor

  • destino

  • belleza como fuerza cósmica y política

La obsesión con el color de piel es moderna, hija del colonialismo y de la pseudociencia racial. Proyectarla hacia atrás es un anacronismo brutal.

Pero ojo: no es ingenuo, es estratégico.
Blanquear el pasado sirve para justificar jerarquías en el presente.


3. Helena no es un cuerpo: es una catástrofe

Helena no es “una mujer guapa”. Es:

  • un símbolo de deseo incontrolable

  • una grieta en el orden político

  • la excusa perfecta para que los hombres se destruyan entre sí

Su belleza no es estética, es perturbadora.
Y ahí Lupita encaja perfectamente: no es una belleza neutra, es una belleza que descoloca, que no pide permiso, que no se acomoda al molde eurocéntrico clásico.

Eso, para ciertos imaginarios, es intolerable.


4. Racismo moderno = ansiedad por control narrativo

El racismo aquí opera como una defensa desesperada:

  • “Si cambiamos esto, ¿qué sigue?”

  • “Si Helena no se ve como yo imaginaba, ¿qué más se nos va a escapar?”

No están defendiendo a Homero.
Están defendiendo una fantasía identitaria donde ellos son el centro eterno de la historia.

Por eso la reacción es emocional, no racional.
Por eso no citan versos, sino memes.
Por eso hablan de “fidelidad histórica” mientras ignoran que Helena nació de un huevo.


5. El cine como campo de batalla cultural

Que esto ocurra con Christopher Nolan no es casual. Él trabaja con mitos, tiempo, destino, tragedia. Llevar la Odisea al cine hoy significa inevitablemente reabrir quién tiene derecho a encarnar lo universal.

Y ahí está el núcleo del conflicto:

¿Lo universal sigue teniendo rostro blanco o no?

Para muchos, esa pregunta es insoportable.


6. Lo verdaderamente subversivo

Lo más subversivo no es que Lupita interprete a Helena.
Lo subversivo es recordar que:

  • la belleza no pertenece a una raza

  • los mitos no tienen dueño

  • el pasado no es un museo congelado, sino un campo de disputa viva

Por eso reaccionan con rabia: porque intuyen —aunque no lo puedan formular— que su versión del mundo ya no es incuestionable.

 ¿La odontología moderna? Las caries y las enfermedades periodontales que padecemos muchos de nosotros no surgieron hasta la aparición del monocultivo y de las dietas basadas en cereales que trajo la civilización. Los científicos que se encargaron de analizar fósiles del Sudán moderno hallaron que menos del 1 por ciento de los cazadores-recolectores que habitaron esa región sufrían de caries. Una vez adoptaron la agricultura, el índice se disparó hasta cerca del 20 por ciento.

La mayoría de los peligros de los que la civilización afirma protegernos en realidad han sido creados o agravados por la propia civilización. En este contexto, poner énfasis en los antibióticos y la cirugía de bypass equivale a ensalzar las virtudes de los cinturones de seguridad y los airbags sin mencionar que nuestros antepasados primitivos no corrían peligro de sufrir accidentes automovilísticos. Si alguien prende fuego a mi casa, no esperará que se lo agradezca cuando más tarde aparezca con un cubo de agua.
¿Para qué vale realmente todo este progreso si nos está convirtiendo en personas poco saludables, infelices, humilladas, asustadas y desbordadas de trabajo? Conocemos más o menos lo que nos cuesta: casi todo. Podemos contabilizar los bosques destruidos, la capa superficial del suelo erosionada, las pesquerías agotadas, los acuíferos contaminados, la atmósfera llena de carbono, los cánceres, el estrés, los refugiados desesperados y muchas cosas más. La gente solía hablar de dejar un mundo mejor para sus hijos; ahora solo confiamos en que sobrevivan al desastre.
La NPP afirma que nuestros antepasados más listos «inventaron» tecnologías agrícolas para mejorar sus vidas. Como explica Jared Diamond en El tercer chimpancé: «Estamos acostumbrados a asumir que la transición del estilo de vida cazador-recolector a la agricultura nos proporcionó salud, longevidad, seguridad, ocio y una gran cultura». Pero Diamond señala que, si bien «los argumentos a favor de este punto de vista parecen abrumadores, son difíciles de demostrar». De hecho, la transición a la agricultura fue perjudicial para la calidad de vida general de las personas que nacieron posteriormente. La salud, la longevidad, la seguridad y el ocio han disminuido para casi todos, incluidas las élites, como señalan las mediciones más relevantes.
Christopher Ryan 

 Las 40 horas ya son una realidad. En este 2026 se votará el dictamen y, de 2027 a 2030, la jornada laboral se reducirá progresivamente 2 horas por año.

1️⃣ ¿Por qué hay decepción?

Porque mucha gente confundió dos demandas distintas:

  • 40 horas semanales

  • Dos días de descanso consecutivos (sábado y domingo)

Reducir horas no garantiza automáticamente el segundo punto. Y ahí vino el golpe emocional: “¿Cómo que no es sábado y domingo?”

Pero ojo: eso no invalida el avance.


2️⃣ Lo que SÍ es histórico (y no menor)

En México venimos de:

  • Jornadas larguísimas

  • Normalización del presentismo

  • Cultura laboral casi colonial: “si no te explotan, no vale”

Que el Estado diga:

“Vamos a bajar la jornada legal de forma progresiva”

es romper un dogma neoliberal: que el tiempo del trabajador no vale, solo la productividad.

Esto:

  • Reduce desgaste

  • Mejora salud mental

  • Abre espacio para familia, ocio, comunidad
    Y además crea precedentes legales para seguir avanzando.

Las conquistas laborales nunca llegan completas de un jalón. Llegan a empujones.


3️⃣ ¿Y los dos días consecutivos?

Aquí hay una verdad incómoda pero honesta:

👉 Eso es la siguiente batalla, no ésta.

Si hoy se hubiera exigido todo:

  • 40 horas

  • Dos días consecutivos

  • Aplicación inmediata

muy probablemente no pasaba nada. El capital, las cámaras empresariales y la derecha habrían cerrado filas.

La política laboral es acumulativa, no milagrosa.


4️⃣ ¿Qué pasa en otros países?

Para ponerlo en perspectiva:

  • Francia: 35 horas semanales, pero con muchísimas excepciones.

  • Alemania: jornadas cortas, pero alta productividad y fuerte negociación sindical.

  • Países nórdicos: descansos amplios porque hubo décadas de lucha sindical, no porque el patrón fuera buena persona.

  • EE.UU.: 40 horas… y casi ningún derecho real al descanso garantizado.

En muchos países:

  • El descanso de dos días no está en la ley, sino en contratos colectivos fuertes.

  • Donde no hay sindicatos, el patrón hace lo que quiere.

O sea: no es magia, es correlación de fuerzas.


5️⃣ El riesgo real: el discurso del “nada es suficiente”

Aquí es donde hay que estar alerta.

El poder suele empujar esta narrativa:

“Como no te dieron todo, entonces esto no sirve”

Eso:

  • Desmoviliza

  • Fragmenta

  • Convierte avances reales en “fracasos simbólicos”

Y ahí es donde la derecha se frota las manos.


6️⃣ opinión clara y directa

Con sinceridad absoluta:

  • La reducción de jornada es un triunfo real

  • No es el final del camino

  • ⚠️ La decepción es legítima, pero no debe volverse parálisis

La pregunta correcta no es:

“¿Por qué no dieron todo?”

sino:

“¿Cómo convertimos este piso mínimo en un nuevo punto de partida?”


1️⃣ “Si fuera simulación, no habría resistencia empresarial”

Cada vez que se habla de reducir la jornada:

  • las cámaras empresariales chillan,

  • los editoriales alarman,

  • salen profecías de “quiebra nacional”.

👉 El poder no se opone a lo simbólico, se opone a lo que le cuesta dinero y control.


2️⃣ “La simulación no cambia la ley”

Aquí no hay solo discurso:

  • se modifica la jornada legal,

  • se establece un calendario obligatorio,

  • se crea un piso mínimo exigible.

La simulación es prometer sin tocar la ley.
Esto sí la toca.


3️⃣ “Las conquistas laborales nunca llegan completas”

Ningún derecho histórico llegó “perfecto”:

  • ni el salario mínimo,

  • ni las vacaciones,

  • ni el descanso semanal.

Primero fue menos explotación, luego mejor descanso.
Así funciona la historia laboral en todos los países.


4️⃣ “Confundir ‘no es suficiente’ con ‘no sirve’ es una trampa”

Decir:

“Como no dieron todo, entonces no vale”

es el argumento favorito de:

  • la derecha,

  • el empresariado,

  • y el cinismo político.

Porque desactiva la siguiente pelea.


5️⃣ “Esto abre la puerta a los dos días de descanso”

Sin reducción de jornada:

  • no hay base legal,

  • no hay negociación real,

  • no hay fuerza colectiva.

Esto no cierra la lucha, la hace viable.


6️⃣ “La verdadera simulación era el ‘flexibilizar para crecer’”

Eso sí fue simulación:

  • más horas,

  • menos derechos,

  • salarios estancados.

Aquí pasa lo contrario:

  • menos tiempo de trabajo,

  • más vida,

  • más dignidad.


🎯 FRASE FINAL PARA CERRAR

“No es una simulación: es un primer golpe.
La simulación sería creer que los derechos caen del cielo.”




Por qué las conquistas laborales siempre decepcionan al principio

Las conquistas laborales casi nunca llegan como promesa cumplida, sino como promesa a medias. Y por eso, paradójicamente, suelen producir decepción en el mismo momento en que deberían generar orgullo. No es un error de percepción individual: es una constante histórica.

La razón es simple pero incómoda: los derechos no nacen del ideal, sino de la correlación de fuerzas. Y esa correlación rara vez permite todo de una sola vez.

1. El deseo siempre va más rápido que la ley

Cuando una demanda se vuelve popular —40 horas, dos días de descanso, salario digno— la conciencia social suele ir por delante de la política. La gente ya entendió que merece más tiempo, más vida, más dignidad.
La ley, en cambio, avanza lento, negociando con intereses que pierden poder cuando el trabajador gana tiempo.

El resultado es un desfase:
lo que se obtiene es menos de lo que ya se imaginaba posible. Y ahí nace la decepción.

2. Toda conquista es una reducción del daño, no el fin del daño

Históricamente, los derechos laborales no eliminan de golpe la explotación:
la reducen, la limitan, la regulan.

Cuando se prohibió el trabajo infantil, no se acabó la pobreza.
Cuando se estableció la jornada de 8 horas, no se acabó la explotación.
Cuando llegaron las vacaciones, no llegó la libertad.

Pero cada paso cerró un margen de abuso. Eso es lo que suele pasar desapercibido al inicio.

3. El poder necesita que parezca insuficiente

Hay un elemento más perverso: al poder le conviene que la conquista parezca poca cosa.
Porque si logra instalar la idea de que “no sirve”, entonces:

  • desactiva la organización,

  • convierte el avance en frustración,

  • y bloquea el siguiente paso.

Así, una victoria parcial se reescribe como derrota moral.

4. El error no es exigir más, sino negar lo logrado

Exigir más es sano.
Decir “esto no basta” es legítimo.

Lo peligroso es confundir:

“No es suficiente”
con
“No significa nada”

Esa confusión rompe la continuidad histórica de las luchas. Cada derecho que hoy parece obvio fue, en su momento, un avance decepcionante para quienes soñaban más lejos.

5. Las conquistas decepcionan porque revelan algo incómodo

Revelan que el sistema no concede por justicia, sino por presión.
Y aceptar eso duele. Duele descubrir que incluso lo básico requiere pelea, tiempo y paciencia estratégica.

Pero también deja una enseñanza poderosa:

Si esto se logró, lo siguiente no es imposible.

Cierre

Las conquistas laborales decepcionan al principio porque no son el final del camino, sino el primer descanso después de una subida empinada.
No están hechas para satisfacer el ideal, sino para hacerlo alcanzable.

La verdadera derrota no es avanzar poco.
La verdadera derrota es creer que, porque fue poco, no valió la pena.


 El poder tiene que transgredir para, de manera retroactiva, producir a los sujetos disciplinados.

 Sade

esta frase es dinamita teórica. Vamos por partes, con bisturí.

1. La idea central (en limpio)

Cuando Sade —leído desde Foucault, Žižek o la teoría del poder moderno— dice que el poder tiene que transgredir para producir sujetos disciplinados, está señalando algo profundamente incómodo:

👉 El orden no nace del respeto a la ley, sino de su violación estratégica.

El poder no se limita a castigar lo que ya existe; primero rompe, hiere, excede, y después usa esa ruptura para decir:
“¿Ves? Esto es lo que pasa cuando no obedeces”.

2. ¿Qué significa “retroactivamente”?

Esto es clave.

El sujeto disciplinado no existe antes del castigo.
Se produce después, como efecto del exceso del poder.

Primero ocurre:

  • la violencia ejemplar

  • la tortura

  • la humillación pública

  • la excepción a la norma

Y luego, el poder dice:

“Eso que hicimos era necesario para preservar el orden”.

Es decir:

  • el poder rompe la ley

  • y después se presenta como su garante

La legalidad se construye a posteriori, justificando el abuso.

3. Sade: el poder mostrando su verdad

Sade no defiende esto; lo desnuda.

En Sade:

  • la autoridad goza transgrediendo

  • la ley se vuelve un instrumento del deseo del poder

  • la moral aparece como una coartada

Por eso Sade es tan incómodo:
muestra que el poder necesita el crimen para existir como poder.

Sin exceso, sin crueldad, sin escándalo:
👉 no hay disciplina interiorizada.

4. El sujeto disciplinado: miedo hecho carne

El resultado no es solo obediencia externa, sino algo peor (para el poder, mejor):

  • autocensura

  • culpa anticipada

  • obediencia sin orden explícita

El sujeto aprende antes de actuar:

“No lo hagas. Ya sé lo que pasa.”

Ahí la violencia ya no es necesaria:
el poder vive dentro del cuerpo.

5. Conexión directa con el presente

Piensa en:

  • estados de excepción

  • guerras “preventivas”

  • represión “para evitar el caos”

  • escándalos que “justifican” leyes más duras

Siempre el mismo mecanismo:

  1. El poder transgrede

  2. Produce miedo

  3. Normaliza el abuso

  4. Fabrica sujetos dóciles

  5. Llama a eso “orden”

6. Frase resumida en una línea brutal

El poder no crea obediencia respetando la ley,
la crea demostrando que puede violarla impunemente.