La gran ilusión de la libertad (O cómo venderte un perro y cobrarte por la correa)
¿Han notado con qué frecuencia los políticos, los analistas de televisión y los gurús de la economía se llenan la boca hablando de la "sagrada libertad"? "¡Hay que defender la libertad!", "¡Ellos odian nuestra libertad!", "¡Somos el país más libre sobre la faz de la tierra!".
Por favor. Qué pedazo de basura.
Nos encanta la palabra "libertad" porque suena fantástica en un himno nacional y se ve genial bordada en una gorra de béisbol. Pero detengámonos un segundo a mirar la realidad sin el anestésico del patriotismo de supermercado.
Nos han vendido la idea de que la libertad es una especie de estado místico e intocable. "Nadie puede quitarte tu libertad interior", dicen los filósofos con el estómago lleno. ¡Qué consuelo tan reconfortante! Es la excusa perfecta para cuando el Estado viene, te pone un uniforme que no pediste, te mete un fusil oxidado en las manos y te manda a una zanja llena de lodo a diez mil kilómetros de tu casa a dispararle a otro pobre diablo que tampoco quería estar ahí.
"Pero oye, en tu fuero interno sigues siendo un espíritu libre mientras esquivas metralla". ¡Agradécenos la cortesía!
Esa es la primera gran trampa: confundir la libertad de pensar con la libertad de hacer. Si tus únicas opciones en la vida real son: A) hacer lo que el gobierno o el mercado te digan, B) pudrirte en una celda, o C) morir de hambre bajo un puente... amigo, no eres libre. Tienes una ilusión de opción. Es el menú de un restaurante donde solo sirven carne podrida, pero te dejan elegir si la quieres con tenedor o con cuchara.
Luego tienes el otro extremo del circo: el modelo de los países nórdicos. ¡Ah, Escandinavia! Ese maravilloso lugar del que todos los progresistas hablan como si fuera el Jardín del Edén con calefacción central. Te dicen: "Mira a los suecos, son prósperos, educados y felices". Claro que lo son. Pero para tener esa utopía, le entregaron al Estado la mitad de cada cheque que ganan, aceptaron que el gobierno les diga a qué hora y en qué tienda estatal pueden comprar una cerveza, y le permitieron a cualquiera buscar en internet cuánto dinero tienen en el banco.
Eso no es libertad absoluta; es un acuerdo comercial. Es decirle al Papá Estado: "Toma mi billetera, administra mi vida, organízame la rutina y, a cambio, asegúrate de que no me muera si me da cáncer y de que mi hijo no termine en una escuela miserable". Y para ser honestos, es un trato bastante inteligente... siempre y cuando tu Papá Estado no sea un corrupto, un cleptómano o un lunático.
Intenta hacer ese mismo trato en Latinoamérica. ¡Inténtalo! Dile a un latinoamericano: "Entrega el 50% de tu sueldo y déjanos controlar tu vida, que nosotros nos encargamos de tu salud y tu seguridad". El tipo va a soltar la carcajada del siglo, porque sabe perfectamente que ese dinero no va a ir a un hospital de vanguardia; va a ir directo al bolsillo de un político para comprarse una mansión con alberca y pagar la campaña de su primo.
En nuestra región no nos ffiamos del Estado porque tenemos memoria histórica. Sabemos que un Estado con demasiado poder no te da el modelo sueco; te da burocracia, escasez, o en el peor de los casos, un uniforme militar y una orden de marcha.
Entonces, ¿cuál es la gran moraleja de toda esta comedia humana?
Que la "libertad pura" de la que te hablan en los mítines políticos no existe. Es un eslogan para venderte banderas, votos o cursos de superación personal. Toda sociedad implica que le entregues un pedazo de tu autonomía a alguien más. La única pregunta real, la única que importa, es: ¿a cambio de qué se lo estás entregando?
Si entregas tu libertad y a cambio obtienes hospitales de primera, educación de nivel mundial y calles seguras, hiciste un negocio pragmático. Pero si entregas tu libertad —tus impuestos, tu privacidad, tus decisiones o a tus propios hijos en una guerra— y a cambio solo recibes discursos abstractos sobre la "patria", corrupción y una palmada en la espalda... no eres un ciudadano libre en una democracia avanzada. Eres simplemente un ingenuo al que le vendieron la correa y, además, le hicieron dar las gracias por el paseo.

