El efecto Flynn inverso: ¿nos estamos volviendo estúpidos o simplemente modernos?
Hay una noticia que debería preocuparnos muchísimo más de lo que nos preocupa:
quizá las nuevas generaciones están obteniendo peores resultados en algunas pruebas de inteligencia que las anteriores.
Sí, ya sé lo que están pensando.
"¡Por fin! ¡La ciencia ha demostrado que los jóvenes son unos idiotas!"
Tranquilos. Los adultos llevan diciendo eso desde que alguien inventó la adolescencia.
Sócrates ya se quejaba de los jóvenes de su época. Los padres se quejan de sus hijos. Los profesores de sus alumnos. Los viejos de los jóvenes. Y probablemente un Neandertal vio a otro Neandertal usando una piedra mal afilada y dijo:
"Estos muchachos ya no saben hacer nada."
Pero el asunto del efecto Flynn inverso es bastante más interesante que eso.
Durante buena parte del siglo XX ocurrió algo extraordinario: las generaciones posteriores obtenían, en promedio, mejores resultados en determinadas pruebas cognitivas. James Flynn documentó este fenómeno, que posteriormente recibió su nombre.
Las razones propuestas son numerosas: mejor nutrición, escolarización más amplia, ambientes intelectualmente estimulantes, menor exposición a enfermedades durante la infancia y una sociedad que exigía cada vez más familiaridad con conceptos abstractos.
Durante décadas parecía que la humanidad estaba instalando actualizaciones cerebrales.
Y entonces, en algunos países, comenzó a ocurrir lo contrario.
Las puntuaciones empezaron a bajar.
Bienvenidos al progreso.
El problema de pensar que "CI = inteligencia"
Aquí debemos detenernos.
Porque cuando escuchamos que disminuye el CI, inmediatamente imaginamos a la humanidad caminando hacia el abismo con la mirada perdida y preguntando dónde está el botón de encendido.
Pero una prueba de inteligencia no mide absolutamente todo lo que llamamos inteligencia.
Mide determinadas capacidades bajo determinadas condiciones.
Y eso importa.
Una persona puede ser extraordinariamente hábil para interpretar situaciones sociales, construir una estrategia, resolver problemas prácticos, crear una obra artística o aprender a utilizar una herramienta compleja y no necesariamente destacar en una prueba concreta de razonamiento abstracto.
Por eso sería absurdo concluir:
"El CI promedio bajó, por tanto la humanidad se volvió estúpida."
No.
Sería como medir la capacidad de una sociedad para correr y concluir que se ha vuelto menos inteligente porque ahora utiliza automóviles.
Aunque hay una posibilidad inquietante:
quizá estamos desarrollando determinadas habilidades mientras dejamos atrofiarse otras.
Y aquí empieza la parte incómoda.
El cerebro también se acostumbra a lo que le damos
Imaginemos que durante siglos necesitabas memorizar nombres, fechas, rutas, números telefónicos, direcciones y enormes cantidades de información.
Entonces aparece un pequeño rectángulo luminoso que hace todo eso por ti.
Ya no necesitas recordar el teléfono de nadie.
Ni siquiera necesitas saber cómo llegar.
El aparato te dice dónde estás, hacia dónde ir y cuánto tardarás.
Si quieres saber quién fue Napoleón, preguntas.
Si quieres saber cuánto mide el Amazonas, preguntas.
Si quieres saber quién escribió La metamorfosis, preguntas.
Y si quieres saber por qué tu pareja está enojada contigo...
Bueno, ahí todavía no existe inteligencia artificial suficientemente avanzada.
Pero estamos trabajando en ello.
El problema no es que la tecnología nos haga necesariamente más tontos.
El problema es que la mente humana es extraordinariamente eficiente para abandonar aquello que ya no necesita hacer.
Si una herramienta realiza constantemente una función cognitiva por nosotros, dejamos de practicarla.
Y lo que no practicamos, se debilita.
Eso no significa que estemos perdiendo inteligencia.
Significa que estamos redistribuyéndola.
El hombre que ya no recuerda nada
Antes, perderse era una experiencia intelectual.
Había que observar calles, edificios, montañas, ríos y señales.
Hoy puedes estar en una ciudad desconocida, completamente desorientado, mientras una voz te dice:
"En 300 metros, gira a la derecha."
Y tú obedeces.
No sabes dónde estás.
No sabes dónde estabas.
No sabes dónde vas.
Pero sabes que Google Maps tiene razón.
Hemos creado una especie de memoria externa.
Y esto tiene enormes ventajas.
Pero también tiene un precio.
Cuando externalizamos una capacidad mental, dejamos de ejercitarla.
La pregunta importante, entonces, no es:
"¿La tecnología nos hace estúpidos?"
La pregunta es:
"¿Qué capacidades estamos dejando de practicar porque las máquinas las hacen por nosotros?"
La economía de la atención
Y aquí aparece uno de los sospechosos habituales: la atención.
Porque nuestro mundo moderno tiene una característica peculiar.
Nunca en la historia humana hemos tenido acceso a semejante cantidad de información.
Y nunca habíamos tenido tantos mecanismos diseñados específicamente para impedirnos concentrarnos en una sola cosa.
Tenemos una biblioteca universal en el bolsillo.
Y la utilizamos principalmente para ver videos de treinta segundos.
Es una de las grandes bromas de la civilización.
Construimos Internet para distribuir el conocimiento humano y terminamos utilizándolo para discutir con desconocidos sobre si un cantante debería haber usado sombrero.
El problema no es solamente la cantidad de información.
Es la fragmentación.
Una mente acostumbrada a saltar constantemente entre estímulos puede tener dificultades para permanecer durante una hora con un texto complicado, una argumentación larga o un problema que no ofrece gratificación inmediata.
Y eso sí importa.
Porque muchas de las grandes capacidades intelectuales —comprender, analizar, comparar, crear, cuestionar— necesitan una cosa que nuestro sistema económico considera sospechosamente improductiva:
tiempo.
La paradoja de nuestra época
Tenemos más educación que nunca.
Más información que nunca.
Más libros disponibles que nunca.
Más herramientas cognitivas que nunca.
Más acceso a expertos que nunca.
Y, al mismo tiempo, podemos pasar seis horas consumiendo contenido sin haber pensado seriamente en absolutamente nada.
Eso es fascinante.
Porque quizá el problema no sea que nuestra civilización se haya vuelto menos inteligente.
Quizá se haya vuelto demasiado buena para mantenernos ocupados.
Una persona puede pasar todo el día recibiendo información sin construir conocimiento.
Puede leer cien titulares y no comprender un solo problema.
Puede conocer veinte opiniones sobre política y no haber estudiado ninguna.
Puede escuchar cincuenta explicaciones sobre filosofía y jamás haber leído a un filósofo.
Puede consumir contenido sobre ejercicio durante tres horas y no salir a correr.
Esto último, por cierto, constituye una de las grandes obras maestras de la humanidad.
¿Entonces nos estamos volviendo estúpidos?
La respuesta honesta es:
no lo sabemos con certeza.
El Flynn inverso es un fenómeno real observado en determinados países, periodos y tipos de pruebas, pero sus causas siguen siendo objeto de investigación.
No existe una explicación sencilla.
Podrían intervenir factores educativos, ambientales, nutricionales, sociales, culturales y tecnológicos.
Y probablemente no exista una sola causa.
Pero hay una conclusión que sí podemos extraer.
La inteligencia humana no existe en el vacío.
El cerebro se adapta al mundo que construimos.
Si construimos un mundo que premia la concentración, la lectura profunda, la curiosidad y el pensamiento crítico, probablemente fortaleceremos esas capacidades.
Si construimos uno que recompensa la reacción instantánea, la distracción permanente y la indignación cada ocho segundos...
Bueno.
Probablemente obtendremos personas extraordinariamente buenas reaccionando a cosas durante ocho segundos.
La verdadera amenaza
Quizá el mayor peligro no sea que las máquinas nos vuelvan idiotas.
Quizá sea algo mucho más sutil:
que nos acostumbremos a no pensar cuando pensar resulta incómodo.
Porque una calculadora puede hacer una operación.
Un buscador puede encontrar un dato.
Una inteligencia artificial puede resumir un libro.
Un algoritmo puede recomendarnos qué escuchar.
Una plataforma puede decidir qué noticia aparece delante de nosotros.
Pero ninguna de esas cosas garantiza que nosotros sepamos qué hacer con la información.
Y ahí está la diferencia entre información e inteligencia.
La información responde:
"¿Qué dice esto?"
La inteligencia pregunta:
"¿Es cierto?"
La información proporciona una respuesta.
La inteligencia sospecha de ella.
La información llena la cabeza.
La inteligencia sabe cuándo vaciarla y empezar de nuevo.
Por eso quizá deberíamos dejar de preguntarnos si las nuevas generaciones son más tontas.
Es una pregunta demasiado cómoda.
La pregunta verdaderamente interesante es otra:
¿Estamos construyendo una sociedad que desarrolla seres humanos capaces de pensar o una sociedad que desarrolla consumidores capaces de reaccionar?
Porque si algún día descubrimos que el Flynn inverso no era una anomalía estadística sino el resultado de nuestro entorno cultural, tendremos una explicación bastante irónica.
La humanidad consiguió crear la mayor infraestructura de conocimiento de la historia...
y decidió utilizarla principalmente para no tener que pensar.
Eso sí sería progreso.
Un progreso perfectamente moderno.
Y, como casi todos nuestros grandes avances, probablemente vendría acompañado de una aplicación que nos avisara:
"Ha pasado demasiado tiempo pensando. ¿Desea continuar?"