lunes, 13 de julio de 2026

Las declaraciones de Hebe Casado (vicegobernadora de la provincia de Mendoza, Argentina) existieron y provocaron un fuerte choque diplomático que derivó en que la Embajada de Francia en Argentina la declarara persona non grata.

Calificó a la selección de Francia como un "equipo africano flojo de modales".

Aseguró abiertamente respecto al capitán de los Bleus: "No soporto a Mbappé", tildándolo además de soberbio por sus actitudes en la cancha frente a los jugadores paraguayos.

 La respuesta corta a si hay más racismo oculto del que pensamos es sí, absolutamente. Siempre estuvo ahí, pero los mecanismos sociales que antes lo contenían han cambiado drásticamente.

No es necesariamente que la gente se haya vuelto racista de la noche a la mañana, sino que las barreras de la vergüenza social se han roto.

Varios factores explican este fenómeno global:

1. El fin del "costo social" y la validación política

Durante décadas, el racismo conllevaba un fuerte castigo social: el aislamiento, la pérdida del empleo o el fin de una carrera pública. Hoy, líderes políticos y figuras públicas de alto nivel en todo el mundo han descubierto que el discurso de odio, la xenofobia y el nacionalismo excluyente rinden frutos electorales.

Cuando un gobernante o una figura de autoridad valida esos prejuicios desde un micrófono, el ciudadano común siente que tiene "permiso" para replicarlos. El racismo deja de verse como una falta moral y pasa a disfrazarse de "libertad de expresión" o "políticamente incorrecto".

2. El algoritmo de las redes sociales

Las plataformas digitales no premian el consenso; premian el enganche (engagement), y nada genera más enganche que la indignación y el conflicto. Los algoritmos crean "cámaras de eco" donde las personas con prejuicios se encuentran entre sí, se retroalimentan y normalizan discursos que antes solo se atreverían a susurrar. Al ver que miles de personas comentan lo mismo, asumen que su sesgo es la "verdad oculta" que nadie se atreve a decir.

3. El anonimato y la cultura del "es solo un meme"

El racismo moderno se ha vuelto sumamente escurridizo porque suele disfrazarse de humor, ironía o folklore futbolístico. Si alguien critica una actitud racista, la respuesta inmediata suele ser: "Es solo un chiste", "ya no se puede decir nada", o "es la generación de cristal". Esta estrategia desvía la atención de la gravedad del insulto y victimiza al agresor, diluyendo las consecuencias.

4. Ansiedad económica y cultural

Cuando el mundo atraviesa crisis económicas, inflación o cambios demográficos globales, el miedo florece. Históricamente, la salida más fácil para el miedo humano es buscar un chivo expiatorio. Es mucho más sencillo culpar a la inmigración, a una minoría o a un grupo étnico de los problemas complejos de un país que analizar fallas estructurales o económicas.

El racismo latente siempre fue como un río subterráneo. Lo que estamos viendo hoy no es el nacimiento de un nuevo prejuicio, sino la erosión de los diques sociales que lo mantenían oculto. Cuando las instituciones o la propia sociedad dejan pasar estos comentarios sin consecuencias reales, el límite de lo aceptable se recorre un paso más hacia atrás.

 Es la gran paradoja: la ciencia ha demostrado hasta el cansancio que genéticamente todos somos una sola especie y que las "razas" son una construcción social, no una realidad biológica. Sin embargo, el sentimiento de superioridad blanca sigue operando con fuerza.

¿Por qué ocurre esto si no tiene sustento científico? Porque no nació de la ciencia, sino de la historia, el poder y la psicología.

Aquí están las razones estructurales de por qué persiste esa ilusión de superioridad:

1. El racismo se inventó para justificar el dinero y el poder

Históricamente, la idea de la "superioridad blanca" no fue un error científico; fue una herramienta económica. Durante los siglos de la colonización, el comercio de esclavos y el imperialismo, las potencias europeas necesitaban una justificación moral para explotar tierras, saquear recursos y esclavizar a millones de personas.

Si decían que todos los seres humanos eran iguales, lo que estaban haciendo era un crimen atroz. Pero si inventaban la narrativa de que el hombre blanco era biológicamente superior, civilizado y elegido por Dios, entonces la colonización y la esclavitud se disfrazaban de "un deber moral para civilizar a los salvajes". La economía creó el racismo, y el racismo justificó la opresión.

2. El sesgo de confirmación y el "Mundo de los Espejos"

Aunque la ciencia diga lo contrario, el cerebro humano es propenso al sesgo de confirmación: busca pruebas que apoyen lo que ya quiere creer e ignora las que lo contradicen.

Durante siglos, el canon de belleza, los héroes históricos, la literatura, la ciencia académica y el cine de Hollywood han tenido un rostro predominantemente blanco. Cuando una persona blanca crece en un mundo donde el éxito, el poder, la inteligencia y la divinidad se han representado históricamente con su propio color de piel, desarrolla un sentimiento inconsciente de centralidad. Sienten que ellos son la "norma" y todo lo demás es la "alteridad" o la excepción.

3. La psicología del estatus y el miedo a la pérdida

A nivel individual, la superioridad blanca funciona a menudo como un mecanismo de defensa psicológico. El sociólogo W.E.B. Du Bois hablaba del "salario público y psicológico" de la blancura. Explicaba que, incluso para las personas blancas más pobres, de clase baja o frustradas con sus vidas, la sociedad les otorgaba un estatus automático: “Al menos no soy negro, al menos no soy indígena, al menos estoy por encima de alguien”.

Sentirse superior por el simple hecho de nacer con un color de piel es el camino más fácil para el ego; no requiere esfuerzo, ni talento, ni mérito intelectual. Por eso, cuando los movimientos sociales exigen igualdad real, muchas de estas personas no lo ven como justicia, sino como una "pérdida de privilegios" o una amenaza a su identidad, lo que desata una reacción agresiva y defensiva.

4. El racismo institucional (La inercia del sistema)

El racismo es como un auto con el motor apagado pero que sigue avanzando porque va de bajada: tiene inercia. Aunque hoy las leyes prohíban la discriminación, las estructuras heredadas del pasado siguen premiando la blancura.

El acceso a la riqueza familiar acumulada por generaciones, los mejores puestos de trabajo mediante redes de contactos del mismo círculo, y la falta de cuestionamiento ante la autoridad penal o financiera, hacen que quienes se benefician de este sistema asuman que su posición cómoda se debe a su superioridad o esfuerzo individual, ignorando la ventaja de salida que les dio el color de su piel.

En resumen: los racistas no se sienten superiores porque ignoren la ciencia; se sienten superiores porque el sistema en el que viven todavía les paga dividendos sociales por ser blancos. Desmantelar esa creencia no es solo un asunto de educar con datos científicos, sino de desmontar los privilegios reales que esa ilusión todavía sostiene.

 Rajoy vuelve a hablar y vuelve a dar vergüenza

Mariano Rajoy escribió que la selección francesa tiene “un altísimo nivel, eso sí, sin franceses” después de que España se clasificara para las semifinales del Mundial. El expresidente publicó el comentario en una columna de El Debate y volvió a demostrar que el racismo puede esconderse detrás de una frase aparentemente deportiva. El ministro francés del Interior, Laurent Nuñez, lo calificó el 12 de julio de “absolutamente inaceptable” y recordó que esos discursos alimentan los ataques racistas contra jugadores como Kylian Mbappé. 

La pureza de la camiseta

Nos obsesiona la pureza. Es una vieja manía europea, un fantasma que recorre el continente cada vez que un chaval que no se apellida Dupont o García corre más rápido que los demás o mete un gol por la escuadra. El último en sumarse al club de los catadores de identidades ha sido Mariano Rajoy, ese analista geopolítico disfrazado de registrador de la propiedad, quien, en un arranque de lucidez editorial, sentenció que la selección francesa tiene un nivel altísimo, «eso sí, sin franceses».

Hay que reconocerle a Rajoy una constancia admirable en su capacidad para la prosa alambicada y el patinazo conceptual. Lo que para él era una agudeza de barra de bar, para el resto del mundo fue la constatación de un mecanismo viejo, rancio y peligrosamente sucio: la extranjería perpetua. Da igual que Kylian Mbappé haya nacido en el distrito 19 de París, que se haya criado en los suburbios de Bondy y que hable un francés más académico que el castellano de muchos de nuestros diputados. Para la mirada del examinador de pedigrí, Mbappé y sus compañeros nunca serán del todo franceses. Su piel delata que, en el fondo del subconsciente de cierta derecha, siguen siendo inmigrantes en diferido.

La ironía de que este reproche venga de un expresidente español es de un calibre casi cómico. España, ese país que se pasa el día presumiendo de sus esencias cristianas y occidentales, es en realidad el mayor monumento al mestizaje que tiene Europa. Habría que recordarle al señor Rajoy, mientras se toma su café matutino, que la taza donde lo bebe, la almohada donde descansa y la misma palabra ojalá con la que implora que sus columnas no causen un conflicto diplomático, son herencia directa de los casi ochocientos años que los musulmanes pasaron en la península.

Somos el producto de una maravillosa y desordenada mezcla de íberos, celtas, romanos, visigodos y norteafricanos. Si hiciéramos un test de ADN a los guardianes de la pureza patria, más de uno se llevaría un disgusto al descubrir que su árbol genealógico tiene más raíces en el Magreb que en las Asturias de Pelayo. La identidad no es una foto fija en blanco y negro; es un río que cambia de cauce.

Pero el fútbol, que a menudo funciona como el espejo de nuestras peores miserias y nuestras mejores virtudes, ha venido a romper el juguete de los nacionalistas étnicos. Francia no es una nación porque todos compartan el mismo tono de piel o la misma religión; lo es porque se organiza en torno a unos principios republicanos donde cualquiera, te apellides como te apellides, tiene derecho a una ciudadanía.

Lo que molesta a Rajoy y a quienes le aplauden la gracia no es que los franceses no sean franceses. Lo que les molesta es que el espejo del fútbol les devuelve una realidad irreversible: la Europa del siglo XXI es diversa, mestiza y plural. Y mientras algunos se quedan atrapados discutiendo los apellidos y los colores de la piel en las columnas de opinión, esos «no franceses» y esos nuevos españoles de origen africano siguen corriendo, metiendo goles y ganando campeonatos. Al final, la única pureza que importa en el fútbol es la del balón entrando en la red. Lo demás son complejos de una Europa que se resiste a aceptar que el futuro ya ha comenzado.

  

La historia que sigue es uno de los experimentos más famosos de la psicología social. No midió cráneos ni coeficiente intelectual. Midió algo más profundo: cómo el racismo puede meterse en la mente de los niños.

Los protagonistas fueron los psicólogos Kenneth Clark y Mamie Phipps Clark.


El experimento de las muñecas

En los años 40, los Clark realizaron un experimento muy simple con niños afroamericanos de entre 3 y 7 años.

Colocaban frente a ellos cuatro muñecas:

  • dos muñecas blancas

  • dos muñecas negras

Las muñecas eran prácticamente iguales.
Solo cambiaba el color de la piel.

Luego hacían preguntas muy sencillas:

  • “¿Cuál muñeca es la bonita?”

  • “¿Cuál muñeca es la buena?”

  • “¿Cuál muñeca es la mala?”

  • “¿Cuál muñeca se parece a ti?”


El resultado estremecedor

Muchos niños afroamericanos respondían algo así:

  • La muñeca blanca era la buena.

  • La muñeca blanca era la bonita.

  • La muñeca negra era la mala.

Y cuando les preguntaban:

“¿Cuál muñeca eres tú?”

Algunos niños dudaban.
Algunos se quedaban callados.
Otros señalaban la muñeca negra con incomodidad o tristeza.

Los Clark concluyeron algo doloroso:

Los niños ya habían interiorizado la idea de que ser negro era algo inferior.

Esto ocurría incluso en niños muy pequeños.


El impacto histórico

Este experimento se convirtió en una pieza clave en un caso histórico ante la Corte Suprema de Estados Unidos:

Brown v. Board of Education

En ese momento, las escuelas estaban segregadas:

  • escuelas para blancos

  • escuelas para negros

La Corte Suprema finalmente declaró que esa segregación era inconstitucional.

Los estudios de los Clark fueron citados para demostrar que la segregación dañaba psicológicamente a los niños.

Fue una decisión histórica.


La enseñanza profunda

Este experimento mostró algo muy importante:

Los prejuicios raciales no nacen con las personas.

Se aprenden.

Se filtran en:

  • la cultura

  • la educación

  • los medios

  • la estructura social

Y pueden llegar incluso a la mente de un niño.

viernes, 10 de julio de 2026

 La actual fase del capitalismo se basa en la competencia generalizada, relaciones mercantiles urbi et orbe y el dinero —que no huele, que es un gran ocultador— actuando como mediador universal. La crisis económica trabaja, paradójicamente, más para la derecha que para la izquierda. La crisis regresa a los lugares abisales del racismo y del patriarcado. Porque el racismo, el patriarcado, la guerra, son elementos que necesita el capitalismo para desarrollar su metabolismo. Como elementos culturales, pueden en algunos momentos independizarse de la matriz económica, pero en el largo plazo están profundamente unidos. 

Este fragmento del politólogo español Juan Carlos Monedero ofrece una radiografía crítica y multidimensional del capitalismo contemporáneo (frecuentemente denominado neoliberalismo o capitalismo tardío). Su análisis se estructura en tres ejes fundamentales: la naturaleza del mercado global, la asimetría política ante las crisis y la interconexión estructural entre la economía, el racismo y el patriarcado.


1. El metabolismo del capitalismo actual

"La actual fase del capitalismo se basa en la competencia generalizada, relaciones mercantiles urbi et orbe y el dinero..."

  • Competencia generalizada: Monedero apunta a cómo la lógica del mercado ha colonizado esferas de la vida que antes estaban fuera de ella (la educación, la salud, las relaciones interpersonales, la atención). Ya no solo compiten las empresas; los individuos son empujados a concebirse como "capital humano" en competencia constante con los demás.

  • Relaciones urbi et orbe (en todo el mundo): Alude a la globalización hiperconectada. Las cadenas de suministro, los flujos financieros y la explotación laboral no tienen fronteras, unificando al planeta bajo una misma matriz de consumo y producción.

  • El dinero como el "gran ocultador": Esta es una clara herencia del concepto marxista del fetichismo de la mercancía. El dinero simplifica y homogeniza todo. Cuando compramos un producto, el dinero media la transacción y oculta las condiciones reales en las que fue producido: la explotación laboral, la destrucción ecológica o el sufrimiento humano detrás de ese objeto. El dinero neutraliza la moralidad del intercambio.

2. La paradoja de la crisis y el giro a la derecha

"La crisis económica trabaja, paradójicamente, más para la derecha que para la izquierda."

Tradicionalmente, el pensamiento de izquierdas asumía que el colapso económico del capitalismo despertaría la conciencia de clase y giraría a la población hacia posiciones progresistas. Monedero señala que ocurre lo contrario debido a dos factores psicológicos y sociales:

  • El miedo y la escasez: Ante la pérdida de certezas (empleo, vivienda, futuro), el ser humano tiende a buscar refugio en discursos que prometen orden, seguridad y la protección de los "míos" frente a los de "afuera".

  • La capitalización del malestar: Las fuerzas de derecha y extrema derecha suelen canalizar la frustración social de forma más rápida hacia chivos expiatorios tangibles (inmigrantes, minorías, el feminismo), en lugar de culpar a abstracciones complejas como el sistema financiero o la desregulación de los mercados.

3. Interseccionalidad y matriz cultural

"La crisis regresa a los lugares abisales del racismo y del patriarcado... son elementos que necesita el capitalismo para desarrollar su metabolismo."

Este es el núcleo más profundo de la cita y se alinea con las teorías de la interseccionalidad y el capitalismo racial/feminista:

  • Herramientas de abaratamiento: El capitalismo no opera en el vacío; se monta sobre opresiones preexistentes. El racismo permite deshumanizar a ciertos sectores de la población para justificar salarios de miseria o la falta de derechos (mano de obra migrante, por ejemplo). El patriarcado garantiza que una enorme masa de trabajo (los cuidados, el mantenimiento del hogar, la crianza) se realice de forma gratuita o precarizada, subsidiando indirectamente al sistema económico.

  • Independencia temporal vs. Unión a largo plazo: Monedero reconoce que el racismo o el machismo pueden manifestarse como fenómenos puramente culturales o psicológicos ajenos al dinero en el día a día. Sin embargo, advierte que, si se mira el panorama completo (el largo plazo), el capitalismo absorbe y necesita estas desigualdades para fragmentar a la clase trabajadora y mantener la acumulación de riqueza. Si todos los seres humanos se reconocieran como iguales, la base de la explotación económica se tambalearía.

En resumen

El análisis de Monedero advierte que las crisis económicas no son mecánicamente revolucionarias en un sentido emancipador. Si la izquierda no es capaz de ofrecer certezas y comunidad, la crisis reactivará los resortes más oscuros de la historia (el odio al diferente y la subordinación de las mujeres) como mecanismos de defensa social y de supervivencia del propio sistema capitalista.

 El imperio... con descuento de temporada

Hay algo fascinante en el ser humano: su extraordinaria capacidad para convertir la indignación en un paquete turístico.

"¡Ese gobierno es racista! ¡Imperialista! ¡Bombardea países! ¡Espía a medio planeta!"

Y, acto seguido:

"Pero mira qué barato salió el vuelo."

Es maravilloso. La conciencia tiene una tarifa flexible. Resulta que la moral pesa menos de 23 kilos y pasa sin costo como equipaje de mano.

Nos encanta decir que estamos contra el imperio. Eso sí, desde el hotel del imperio, usando el wifi del imperio, comprando camisetas del imperio y publicando fotos con el hashtag: #NoAlImperio.

El problema nunca fue el imperio. El problema era no tener visa.

Porque si realmente crees que un Estado representa la mayor amenaza para el mundo, ¿por qué tu sueño es ir a pasear allí? ¿Por qué haces meses de fila para que ese mismo Estado te estampe un sello en el pasaporte?

Es como decir que un restaurante envenena a la gente... y luego pedir mesa para dos porque "el postre sí está buenísimo".

La verdad es menos heroica.

No odiamos los sistemas. Odiamos quedarnos fuera de ellos.

La gente presume principios hasta que aparecen las ofertas del Buen Fin moral.

"Mis valores son inquebrantables..."

¿Treinta por ciento de descuento?

"...Bueno, casi inquebrantables."

Porque vivimos en una época donde la coherencia es demasiado cara y la hipocresía siempre tiene promociones.

Y quizá por eso el sistema nunca se preocupa demasiado por sus críticos.

Sabe que muchos terminarán haciendo fila para entrar, sonriendo en la foto, comprando recuerdos y agradeciendo la hospitalidad del mismo lugar que ayer llamaban la encarnación del mal.

El imperio no necesita convencerte de que tiene razón.

Le basta con ofrecerte vacaciones.

 ¿Defender una herencia de 500 millones? Qué gesto tan tierno

Hay algo enternecedor en el ser humano. No importa si apenas llega a fin de mes, si el banco le cobra intereses por existir o si lleva veinte años esperando un aumento. Si escucha la frase "impuesto a las grandes herencias", de pronto se transforma en el abogado personal de los multimillonarios.

"¡Es una injusticia!"

¿Injusticia? ¿Para quién? ¿Para el señor que heredará un departamento? No. Estamos hablando del tipo que heredará suficientes millones como para comprar el edificio entero, demolerlo y construir otro más grande para guardar su colección de relojes.

Pero ahí está el ciudadano común, dispuesto a inmolarse por el sagrado derecho de un desconocido a transmitir quinientos millones sin que el Estado toque un peso.

Es fascinante.

La magia del sistema no consiste en hacer ricos a todos. Consiste en hacer que millones de personas piensen como ricos... antes de serlo. Es como convencer a un pasajero de clase turista de que proteste porque quieren reducir el espacio para las piernas en primera clase.

Y funciona.

Porque el debate deja de ser: "¿Es conveniente gravar fortunas gigantescas?" y se convierte en: "¿Cómo se atreven a tocar la propiedad privada?"

La propiedad privada... de otros.

Y entonces aparece la frase favorita:

"Ya pagaron impuestos."

Qué curioso. Cuando un trabajador paga IVA, ISR, predial, tenencia, gasolina con impuestos y luego vuelve a pagar impuestos por lo que compra, nadie organiza una cruzada filosófica contra la doble tributación. Pero cuando se habla de cientos de millones heredados, de repente descubrimos que los impuestos repetidos son una tragedia moral.

No deja de ser curioso.

Y luego está el otro extremo: asumir que toda gran fortuna es robada. Tampoco funciona así. Algunas sí provienen de corrupción; otras, de negocios legítimos; muchas mezclan décadas de trabajo, privilegios, contactos, monopolios, regulaciones favorables y, en algunos casos, actos ilegales. Cada patrimonio tiene su historia.

Pero el verdadero espectáculo no está ahí.

Está en ver a personas que jamás heredarán una fortuna de quinientos millones discutir con pasión como si el notario fuera a llamarlas mañana para entregarles un imperio.

Eso es extraordinario.

El sistema no solo distribuye riqueza. Distribuye sueños. Y algunos sueños son tan poderosos que consiguen que defiendas intereses que probablemente nunca serán los tuyos.

Quizá tengan razón. Quizá gravar las grandes herencias sea una mala idea.

O quizá sea una buena.

Lo interesante no es la respuesta. Lo interesante es cómo conseguimos que un país donde la mayoría nunca verá una fortuna semejante convierta la defensa de esas fortunas en una causa personal.

Eso sí es una obra maestra.

No de la economía.

De la imaginación.

Hace veinte años los multimillonarios decían: "Voy a dejarles todo a mis hijos."

Hoy dicen: "No puedo dejarles todo porque nunca aprenderán a trabajar."

¡Qué maravilla! Los mismos tipos que antes defendían la herencia como el mayor acto de amor, ahora descubrieron que quinientos millones de dólares son... una mala influencia.

Pero aquí viene lo divertido.

Si un padre decide no dejarles el dinero porque cree que los convertirá en inútiles, todos aplauden.

"Qué sabio."

Pero si el Estado propone cobrar un pequeño porcentaje de esa misma fortuna...

"¡Comunismo! ¡Ataque a la familia! ¡La civilización se derrumba!"

Así que una herencia puede ser tan enorme que destruya el carácter de un hijo... pero jamás tan enorme como para soportar un impuesto.

Resulta que el problema no era el dinero.

Era quién decidía sobre él.

Porque cuando el multimillonario dice "no les dejaré nada", eso es virtud.

Cuando el Estado dice "una parte irá a impuestos", eso es tiranía.

Curioso.

Al final descubrimos que la discusión nunca fue sobre educar hijos responsables.

Siempre fue sobre quién tiene la última palabra sobre una montaña de dinero que el 99 % de la población jamás verá ni en fotografías.

Escuchen esto, porque es demasiado perfecto para no destriparlo. Ricardo Salinas Pliego, uno de esos tipos que tiene más ceros en su cuenta bancaria que neuronas activas en la cabeza de un político promedio, sale en sus redes sociales con un comunicado que parece sacado de un manual de relaciones públicas escrito por un monje budista bajo los efectos del peyote:

"En mis empresas no se permite el maltrato ni la violencia contra ningún ser vivo..."

Pausa dramática.

"...(los chairos no cuentan, seres tontos)."

¡Boom! Ahí está. El hombre que controla televisiones, bancos y un pedazo considerable del oxígeno económico de México acaba de conceder derechos básicos a perros, gatos, vacas y hasta a las malditas hormigas de su jardín... pero excluye explícitamente a los "chairos". Esos seres tontos. Esos organismos inferiores que, según el evangelio salinasiano, no merecen ni el mínimo decoro que se le daría a una cucaracha.

Esto, amigos, es comedia de alto nivel. Es poesía corporativa. Es el capitalismo tardío diciéndote en tu cara lo que siempre supiste pero nadie se atrevía a tuitear: algunos animales son más iguales que otros.

George Carlin estaría babeando de gusto. Porque Carlin pasó su vida entera señalando exactamente esta mierda: cómo usamos el lenguaje para crear categorías mágicas que nos permiten tratar a ciertos grupos como si fueran menos que humanos. Los judíos, los negros, los musulmanes, los gays, los rojos, los chairos... da igual la etiqueta del momento. La técnica es siempre la misma: primero los deshumanizas con una palabra graciosa ("chairo" suena casi tierno, ¿verdad? Como si dijeras "boludo" o "pendejo" pero con aroma a activismo de Twitter), luego justificas cualquier cosa que les hagas.

Salinas no dijo "odio a los pobres". Dijo "seres tontos". Mucho más elegante. Más mexicano. Más siglo XXI. Es el insulto del empresario ilustrado que lee a Nietzsche en el yate mientras sus empleados firman contratos de ochocientos pesos semanales.

Al excluir explícitamente a los simpatizantes de la llamada "4T" de la categoría de "seres vivos" protegidos contra la violencia en sus declaraciones, el mensaje provocó de inmediato que en redes sociales y medios de comunicación se interpretara y resumiera de esa manera: que para el empresario, la integridad de este grupo político se encuentra por debajo de la de los animales.

Y miles aplauden. Porque ya entendieron el negocio: si deshumanizas primero, cualquier cosa que venga después parece un chiste.

Porque cuando el adversario deja de ser un ser humano y se convierte en un apodo despectivo, ya no estamos discutiendo ideas. Estamos entrenándonos para dejar de sentir empatía.

Y esa siempre ha sido una de las formas más peligrosas de degradar una conversación democrática. No empieza con la violencia. Empieza con una risa. Luego con un insulto. Después con la idea de que hay personas que "no cuentan".

Analicemos la lógica detrás de esto, porque es fascinante. El mensaje implícito es: "Por favor, cuiden a los animales. No los golpeen, no los envenenen, tengan compasión. Pero si ven a un simpatizante del gobierno actual, siéntanse libres de pasarle por encima con el carrito del supermercado, porque técnicamente no califican como formas de vida protegidas por el departamento de Relaciones Públicas".

Esto no es solo un insulto de cantina; es deshumanización con denominación de origen. Es el lenguaje clásico de los dueños de las plantaciones, de los señores feudales, de los aristócratas que miraban por la ventana de su carruaje y solo veían un paisaje borroso lleno de "cosas" que les debían impuestos. Para esta gente, el mundo se divide en dos: los que pagan con tarjeta de crédito Black y el inventario. Y si estás en el inventario, tu valor de mercado es inferior al de un Golden Retriever.

Lo que realmente me mata de risa es la hipocresía del diseño. El tipo te vende una televisión a pagos chiquitos durante setenta y dos semanas, cobrándote un interés que haría sonreír al mismísimo Lucifer, y mientras te extrae hasta los últimos centavos de los bolsillos, se da el lujo de twittear que tu existencia es un error estadístico. Te deshumaniza con la mano izquierda mientras te cobra la mensualidad con la derecha. Es un negocio redondo: te quito el dinero y, de paso, te quito la categoría de mamífero.

Y la gente se indigna en las redes sociales. ¡Se rasgan las vestiduras! "¡Oh, qué escándalo, nos llamó tontos, dijo que no contamos!". Por supuesto que dice que no cuentan. ¿Por qué habrían de contar? En su mundo, las únicas cosas que cuentan son las acciones en la bolsa, los intereses moratorios y el saldo de sus cuentas en las Islas Caimán. Si no sumas al PIB personal del patrón, eres solo ruido de fondo. Eres un píxel defectuoso en la pantalla de su realidad.

Así que ahí lo tienen. El nuevo orden biológico. Si eres un perro, felicidades, tienes derecho a la empatía ejecutiva. Pero si eres un ciudadano con una ideología política que no le agrada al club de golf, mala suerte. Has sido degradado en la cadena alimenticia. La próxima vez que veas un comunicado sobre la no violencia, lee las letras chiquitas. Porque en el maravilloso mundo del capitalismo salvaje, todos somos iguales... pero algunos son más animales que otros.

 La noche en que las campanas llamaron a la muerte: crónica de la Matanza de San Bartolomé


Había comenzado como una boda.

París estaba vestida de fiesta en agosto de 1572. Las calles olían a pan recién horneado, a vino y a esperanza. La unión entre Enrique de Navarra, líder protestante, y Margarita de Valois, hermana del rey, parecía anunciar el final de décadas de guerras religiosas entre católicos y hugonotes.

Pero algunas fiestas esconden un cuchillo debajo del mantel.

Miles de nobles protestantes habían viajado a París para celebrar el matrimonio. Estaban lejos de sus fortalezas, rodeados por una ciudad profundamente católica. Era como entrar voluntariamente en la boca de un lobo creyendo que sonreía.

En el corazón del poder estaba Catalina de Médici, una mujer cuya fama quedó marcada por la astucia y el temor a perder el control del reino. Su hijo, el joven rey Carlos IX de Francia, gobernaba un país desgarrado por la religión.

Entonces ocurrió un hecho decisivo.

El almirante Gaspard II de Coligny, principal dirigente protestante y consejero del rey, sufrió un atentado. Sobrevivió, pero los hugonotes exigieron justicia. En la corte comenzó a extenderse el miedo. Algunos pensaron que los protestantes responderían con una rebelión.

La decisión fue terrible.

Durante la noche del 23 al 24 de agosto, día de San Bartolomé, las campanas de la iglesia de Saint-Germain-l'Auxerrois comenzaron a sonar.

No llamaban a misa.

Llamaban a matar.

Los primeros en caer fueron los líderes protestantes. Coligny fue asesinado en su habitación. Su cuerpo fue arrojado por una ventana y una multitud enfurecida lo mutiló.

Después, la violencia dejó de obedecer órdenes.

París se convirtió en un laberinto donde la religión era una sentencia de muerte. Casas marcadas, puertas derribadas, vecinos denunciando vecinos. Hombres, mujeres y niños fueron perseguidos por las calles, lanzados al río Sena o ejecutados dentro de sus hogares.

La sangre empezó siendo política.

Terminó siendo costumbre.

Durante varios días la ciudad fue un inmenso escenario de terror. La matanza se extendió después a otras ciudades francesas. Las cifras siguen siendo discutidas por los historiadores, pero se calcula que murieron entre 5,000 y más de 20,000 personas en todo el reino.

Enrique de Navarra sobrevivió.

Para salvar la vida aceptó convertirse temporalmente al catolicismo y permaneció bajo vigilancia en la corte. Años después escapó, recuperó el liderazgo protestante y finalmente llegó al trono como Enrique IV. Con el tiempo promulgó el Edicto de Nantes, que concedió cierta tolerancia religiosa y puso fin a gran parte del conflicto.

La Matanza de San Bartolomé cambió Europa.

Los protestantes la recordaron como la prueba de que el fanatismo podía vestir corona. Los católicos moderados quedaron horrorizados por la magnitud de la violencia. La confianza entre ambos bandos quedó destruida durante generaciones.

La historia suele decir que aquello fue una guerra de religión.

Pero quizá fue algo más inquietante.

Las religiones no empuñan espadas.

Las espadas las empuñan personas convencidas de que Dios ha firmado sus órdenes.

Y cuando un gobernante logra persuadir a una multitud de que matar al vecino es un acto de virtud, las campanas dejan de marcar las horas.

Empiezan a contar los muertos. 

 La conductora y modelo ecuatoriana Alejandra Jaramillo (panelista en el programa ¡Siéntese quien pueda! de TelevisaUnivision)  compartió contenido en sus redes sociales celebrando efusivamente el triunfo de Inglaterra:

¿El fútbol? Por favor. El fútbol no es un deporte, es una maldita simulación de guerra para contables y burócratas que no tienen las agallas de dispararse de verdad. Y cuando mezclas el fútbol con la televisión, el nacionalismo de descuento y las redes sociales, lo que obtienes no es pasión; obtienes el colapso absoluto de las últimas tres neuronas que le quedaban a la especie humana.

Miren este último chiste del catálogo: una presentadora de televisión, una "figura pública" —lo que hoy en día significa simplemente alguien con buena iluminación y los dientes demasiado blancos— se burla de México porque perdió contra Inglaterra. ¡Contra Inglaterra! El parque temático colonial más grande del mundo. Los inventores del té robado, el saqueo con buenos modales y la piel color camarón hervido.

Y la tipa lo hace para vengarse, porque resulta que antes los mexicanos se habían burlado de su país. Es una cadena alimenticia de resentimiento tercermundista. "Tú te burlaste de mi bandera de tres colores, así que ahora yo le rezo a la bandera de la cruz de San Jorge". ¡Qué madurez! ¡Qué profundidad geopolítica!

Pero lo mejor de todo, lo que realmente me hace aplaudirle al meteorito para que apresure el viaje, es la increíble contradicción del latinoamericano aspiracional. Es una patología fascinante. Tienes a gente nacida en el Sur Global, gente que camina bajo el mismo sol, que comparte el mismo idioma, la misma historia de haber sido saqueados por extranjeros... y en cuanto se ven en una pantalla, se vuelven los más fervientes defensores del Imperio donde nunca se pone el sol.

¡Es el síndrome de Estocolmo a nivel continental! Son personas de piel clara o con pretensiones de estatus que miran a su propia patria mestiza con un asco mal disimulado, y prefieren arrodillarse ante Harry Kane o Jude Bellingham como si fueran sus señores feudales. Piensan que por apoyar al colonizador, de alguna manera se vuelven un poco menos colonizados. Creen que el bloqueador solar los exime de la historia. "¡Mírenme, soy europeo por asociación futbolística! ¡Viva el rey! ¡Por favor, no miren mi pasaporte!".

Y luego, claro, viene el segundo acto de la comedia moderna: el control de daños.

La cadena de televisión entra en pánico porque se da cuenta de que el público al que acaban de insultar es el mismo público que compra los detergentes que patrocinan su programa de chismes. Los ejecutivos —esos hombres de traje gris que tienen úlceras por culpa de los gráficos de pastel— empiezan a sudar frío. Así que le ordenan a la estrella: "Borra los tuits. Borra los videos. Haz como si nunca hubiera pasado".

Y ella los borra. Porque claro, se puede tener mucha "pasión", pero la pasión no paga la hipoteca en Miami. Se puede ser muy valiente detrás de la pantalla, hasta que el departamento de recursos humanos te recuerda que eres perfectamente reemplazable por cualquier otra persona con el mismo número de seguidores y menos opiniones sobre el tiempo extra. Borran los posts creyendo que el internet tiene amnesia, como si no hubiera un millón de desempleados tomando capturas de pantalla a las tres de la mañana esperando exactamente ese momento.

No piensan. Ese es el problema fundamental. Nos vendieron la idea de que democratizar los micrófonos nos haría más libres, y lo único que logramos fue darle un megáfono a la estupidez cotidiana. Figuras públicas que actúan con la impulsividad de un niño de cinco años borracho de azúcar, jugando a la geopolítica de jardín de niños con el orgullo de dos naciones.

Al final, Inglaterra seguirá siendo Inglaterra, México seguirá sufriendo por los cuartos de final, y los ejecutivos de la televisión seguirán vendiendo porquerías. Pero hey, no se preocupen, la próxima semana habrá otro partido, otra burla, otro tuit borrado y otra disculpa que nadie siente. El circo no descansa, amigos. Y las entradas siguen siendo gratis.

jueves, 9 de julio de 2026


Hay una pregunta incómoda que atraviesa la historia como una aguja: ¿qué es realmente el dinero?

La mayoría respondería que son billetes, monedas o números en una cuenta bancaria. Pero Auschwitz obligó a la humanidad a contemplar una respuesta mucho más oscura. Allí, donde el Estado había reducido a millones de personas a un número tatuado, el dinero oficial murió. Y, sobre sus cenizas, nació otra moneda: el cigarrillo.

Es una escena casi absurda. Un cilindro de tabaco, destinado a convertirse en humo, adquiriendo más valor que un fajo de billetes. Pero no era el tabaco lo que valía. Era la confianza. Era la posibilidad de intercambiarlo por un trozo de pan, una cuchara de sopa, una manta o un par de zapatos. En un universo donde todo había sido confiscado, el cigarrillo se convirtió en un pequeño contrato social.

Eso debería hacernos temblar.

Porque revela que el dinero nunca ha sido el papel. El dinero siempre ha sido una historia compartida. Una ficción útil en la que decidimos creer.

En Auschwitz, esa ficción cambió de protagonista.

Mientras los nazis pretendían controlar hasta el último aliento de los prisioneros, surgió una economía que nadie había decretado. No apareció por bondad, ni por libertad, sino porque el hambre siempre inventa mercados. Allí donde existe escasez, aparece el intercambio. Allí donde aparece el intercambio, nace una moneda.

El cigarrillo era pequeño, fácil de ocultar y suficientemente escaso para conservar su valor. Incluso quienes no fumaban lo guardaban con el mismo cuidado con que un banquero protege sus reservas. No pensaban en encenderlo. Pensaban en cambiarlo por un día más de vida.

De pronto, el humo dejó de ser humo.

Se convirtió en pan.

En sopa.

En esperanza.

La economía sobrevivía incluso donde la humanidad estaba siendo exterminada.

Y esa es quizá la lección más desconcertante.

Durante décadas nos enseñaron que la economía depende de gobiernos, bancos centrales, leyes y mercados financieros. Auschwitz demostró algo más profundo: la economía nace mucho antes que los ministerios. Nace cuando dos personas descubren que ambas necesitan algo que la otra posee.

La civilización puede derrumbarse.

Las instituciones pueden desaparecer.

La moneda oficial puede convertirse en basura.

Pero el intercambio reaparece como la hierba que rompe el concreto.

No porque sea bello.

Sino porque es humano.

Sin embargo, hay una ironía devastadora. El cigarrillo, que fuera del campo era un símbolo de descanso o de placer, dentro de Auschwitz representaba exactamente lo contrario. Nadie acumulaba cigarrillos para disfrutar del humo. Los acumulaba para retrasar la muerte.

La moneda no medía riqueza.

Medía probabilidades de seguir respirando.

Quizá por eso Auschwitz también ofrece una lección para nuestro tiempo. Vivimos convencidos de que el dinero posee un valor intrínseco, cuando en realidad depende de algo mucho más frágil: la confianza colectiva. Si mañana todos dejaran de creer en un billete, ese billete tendría el mismo valor que una hoja seca.

Los prisioneros lo comprendieron sin haber leído tratados de economía.

Ellos sabían que el valor no vive en los objetos.

Vive en los acuerdos humanos.

Y, al mismo tiempo, esa historia nos recuerda algo todavía más importante. Existe una moneda superior a todas las demás. Cuando el hambre aprieta, cuando el miedo gobierna y cuando la muerte ronda cada esquina, el dinero deja de comprar lujo. Compra tiempo.

Al final, quizá toda economía sea una manera sofisticada de intercambiar tiempo de vida.

En Auschwitz, ese tiempo podía costar un cigarrillo.

Y no existe metáfora más brutal sobre la fragilidad de nuestras certezas. 

 Lo que se volvió viral fue un video de Nunzia Rojo de la Vega, hermana de Alessandra Rojo de la Vega.

Según los videos y reportes, Nunzia contó que estaba hospitalizada y colocó un letrero en la puerta que decía algo similar a:

"No pasar. Respetar sueño de 22:00 a 8:00."

Sin embargo, un médico entró alrededor de las 6 de la mañana para revisarla. Ella expresó su molestia porque, según dijo, no se respetó el aviso

EL LETRERO EN LA PUERTA

Vivimos en una época maravillosa. Ya no basta con enfermarse. Ahora también queremos personalizar la enfermedad.

Llegas al hospital y pegas un letrero: "No molestar." Como si el virus fuera un vendedor de enciclopedias y la neumonía dijera: "Uy, mejor regreso a las ocho".

¿En qué momento confundimos un hospital con un hotel boutique?

En un hotel, el letrero significa: "Déjenme dormir". En un hospital, significa: "Espero que mi presión arterial también sepa leer".

La medicina tiene una costumbre muy molesta: funciona aunque interrumpa tu descanso. Qué grosería. Los médicos tienen la manía de revisar a los pacientes cuando más probabilidades hay de detectar un problema. Deberían esperar a que uno despierte de buen humor. Total, ¿qué es un paro cardíaco comparado con una noche mal dormida?

Pero lo más interesante no es el letrero.

Es la cultura que lo hizo parecer una idea razonable.

Nos enseñaron que todo gira alrededor del consumidor. El cliente siempre tiene la razón. Puedes personalizar tu café, tu pizza, tu automóvil, tu perfil, tu algoritmo... y un día alguien piensa: "¿Por qué no personalizar también el horario del hospital?"

Porque el mercado vende una fantasía muy rentable: la ilusión de que siempre mandas tú.

Hasta que aparece la realidad.

Y la realidad no negocia.

La infección no respeta horarios. El sangrado no agenda citas. La fiebre no consulta tu calendario. La muerte, esa vieja maleducada, jamás toca la puerta.

Claro, también hay algo incómodo del otro lado.

Muchos hospitales despiertan pacientes por rutinas burocráticas, papeleo o procesos que podrían organizarse mejor. El descanso también cura. No toda interrupción está justificada.

Pero una cosa es pedir un sistema más humano.

Y otra creer que un cartel en la puerta suspende las obligaciones médicas.

Lo verdaderamente fascinante es que millones discutieron el letrero durante días.

Mientras tanto, siguen faltando médicos, camas, medicamentos y personal suficiente.

Ese es el truco de nuestra época.

Nos indignamos por el cartel.

Olvidamos el edificio.

Porque discutir un letrero es fácil.

Discutir por qué tantos hospitales trabajan al límite... eso ya requiere pensar.

Y pensar, aparentemente, sigue siendo el único servicio que nadie quiere contratar.

 Pedro sola: "Ahorita Castañeda me va a odiar, pero yo no tolero a los perros en la tienda, en el súper, cagando en el restaurante, ¿qué es eso?, ¿se volvieron locos o qué?, con ganas de aventarles una carne envenenada”. 

Tengo una teoría sobre la humanidad: nos aburrimos tanto de nuestros propios problemas reales que tenemos que inventar ficciones ridículas para mantenernos ocupados. Y la última gran ficción que nos hemos tragado completita es la transformación del perro doméstico de un animal que lame su propio trasero en el patio a un miembro con plenos derechos de la mesa de negociaciones de la civilización.

Ahora los perros van al supermercado. Van a la tienda de ropa. Se sientan en los restaurantes. ¿En qué momento decidimos colectivamente que el lomo de un Golden Retriever es el accesorio perfecto para elegir aguacates? Es una muestra perfecta de nuestro egocentrismo moderno: "Como yo amo a mi criatura, el resto del universo, incluyendo al tipo que está tratando de comprar cereal en paz, tiene que amar su saliva y sus ladridos". Es la infantilización de la sociedad llevada al extremo, donde un animal se convierte en un escudo emocional para no interactuar con otros seres humanos. Porque, seamos honestos, los humanos somos insoportables, pero reemplazar el tejido social con pelusa no es una solución, es un síntoma.

Pero aquí viene la verdadera magia de la condición humana, la parte que realmente me fascina: nuestra asombrosa capacidad para pasar de la irritación trivial al deseo de genocidio biológico en menos de tres segundos.

Sale un tipo en la televisión —una de esas figuras cuya única función es existir públicamente para que la gente tenga algo que mirar mientras mastica— y dice que no tolera a los perros en el súper. Hasta ahí, un argumento válido sobre límites y civilidad. Pero la mente humana no se detiene en la lógica. No puede. Inmediatamente tiene que saltar al abismo: "Con ganas de aventarles una carne envenenada". ¡Pum! Ahí lo tienen. La solución moderna a cualquier inconveniente: la aniquilación total.

Es una ventana maravillosa a la psique neurótica del ciudadano promedio. Nos molesta la falta de higiene, nos molesta que un perro defeque cerca de nuestra comida —lo cual es una queja higiénica bastante razonable—, y nuestra brillante respuesta civilizatoria es: "Voy a esparcir toxinas letales en el suelo para ver si puedo provocar una muerte agónica". Curamos el desorden con barbarie. Es el equivalente a quemar un hospital porque alguien estornudó en la sala de espera.

Lo que este pequeño drama televisivo demuestra es que vivimos en una sociedad flotando en una alberca de frustración reprimida, buscando desesperadamente cualquier válvula de escape. Ayer fue el tráfico, hoy son los perros en el restaurante, mañana será el tipo que camina demasiado lento en la banqueta. No nos molestan los perros; nos molesta que el mundo no se doblegue exactamente ante nuestros caprichos individuales en cada maldito segundo del día.

Al final, todos pierden. Los dueños de las mascotas pierden la perspectiva confundiendo un restaurante con la sala de su casa; los críticos pierden la cabeza sugiriendo crímenes de guerra contra animales de compañía; y el resto de nosotros perdemos el tiempo viendo cómo una sociedad madura se despedaza en televisión abierta por un quilo de croquetas y un plato de veneno. Que tengan un buen día.

 


El Color del Plomo: Por qué la "Tierra de los Libres" tuvo que mandar a un tipo a morir a España para dejarlo ser Capitán

Hablemos de consistencia. A los americanos nos encanta la consistencia, especialmente cuando se trata de nuestra hipocresía nacional. Nos llenamos la boca con palabras grandes. Grandes, pomposas y vacías. Libertad. Democracia. Justicia. Nos encantan las palabras que terminan en "tad" y "cia" porque suenan de maravilla cuando las grita un tipo con traje antes de bombardear un país del que nunca has oído hablar.

Pero vayamos a 1937. Un año fantástico. En Estados Unidos, si eras un hombre negro, la "Libertad" significaba que podías elegir en qué parte de la acera apartarte cuando pasaba un blanco. La "Justicia" era el nombre que le daban a un árbol con una soga si mirabas a la mujer equivocada. El gobierno tenía un sistema legal precioso llamado Jim Crow —básicamente, el apartheid antes de que los sudafricanos lo registraran como franquicia—. Si querías entrar al ejército para defender a tu "patria", la patria te decía: "¡Por supuesto, toma una escoba, limpia las letrinas y no toques los rifles, no sea que te creas un ser humano!".

Y aquí entra un tipo llamado Oliver Law.

Law era de Texas. Negro, pobre y con la extraña manía de pensar que los hombres nacían iguales. Un comunista, claro. Porque en los años 30, si eras negro y querías que te trataran como a un blanco, el FBI te ponía en una lista de sospechosos. Law miró a su alrededor, vio la Gran Depresión, vio a los policías de Chicago rompiéndole las costillas a los vagabundos y dijo: "Saben qué, este lugar apesta. Me voy a una guerra que tenga más sentido".

Así que cruzó el Atlántico para pelear en la Guerra Civil Española. Piensen en el chiste: un tipo huye de Tejas para irse a una guerra civil en Europa buscando un poco de paz y cordura.

Y allí sucedió el milagro. En España no había leyes de Jim Crow. A los españoles les importaba una mierda el color de tu piel; solo querían saber si podías disparar en la dirección correcta para que los fascistas de Franco no les volaran la cabeza. Law demostró que sabía lo que hacía. Tenía cerebro, tenía agallas y tenía algo que el Pentágono no vería en los siguientes cincuenta años: liderazgo real.

En junio del 37, lo nombraron comandante del Batallón Abraham Lincoln. Un hombre negro mandando a hombres blancos. ¡En una unidad de combate! Estudiosos de Yale, obreros de Nueva York y tipos de los suburbios recibiendo órdenes de un negro de Texas. Si los generales de Washington hubieran visto eso, habrían tenido un derrame cerebral colectivo. En la "Tierra de los Libres", eso era un crimen federal; en la España ensangrentada, era simplemente lógica militar.

Pero, por supuesto, la historia es una comedia negra con un guionista sádico. Un mes después, en una colina llamada Mosquito Ridge, Law se puso de pie para guiar a sus hombres en el asalto —porque los verdaderos líderes no se esconden en búnkers a firmar órdenes con plumas de oro— y un trozo de metal fascista le atravesó el pecho. Fin de la historia. Murió a los 36 años.

Lo enterraron bajo un árbol con una nota que decía: "El primer comandante negro de una fuerza militar americana". Una victoria hermosa, ¿verdad? Un hito para los derechos humanos.

Bueno, no se emocionen tanto. Aquí viene el remate del chiste.

Cuando los supervivientes de la brigada volvieron a Estados Unidos, ¿creen que les hicieron un desfile? ¿Creen que el presidente los invitó a la Casa Blanca? Joder, no. El gobierno los llamó "antifascistas prematuros". ¡Piénsenlo! ¡"Antifascistas prematuros"! Es el lenguaje burocrático en su máxima expresión de demencia. Significa que odiaste a Hitler y a Mussolini demasiado pronto, antes de que el mercado de valores decidiera que era financieramente conveniente odiarlos.

El FBI persiguió a los veteranos, los metió en listas negras, les quitó los pasaportes y borró el nombre de Oliver Law de los libros de texto. ¿Por qué? Porque la historia de un hombre negro que tuvo que irse a morir a diez mil kilómetros de casa para que unos blancos lo respetaran como capitán dejaba en ridículo la gran fachada americana. Era un espejo jodidamente incómodo.

Así que ahí lo tienen. Oliver Law. Un tipo que tuvo que viajar al extranjero para encontrar la igualdad dentro de una trinchera, y que tuvo que morir a manos de los fascistas europeos para escapar de los racistas americanos.

Nos encanta decir que "Dios bendiga a América". Yo creo que si Dios existiera y mirara nuestra historia, simplemente cambiaría de canal.


 Miren a su alrededor. Solo miren este maldito lugar.

Nos dicen que el peligro real son los tipos de las chaquetas de cuero, las botas militares y las banderas con símbolos extraños. Nos dicen que debemos temblar ante el avance del neofascismo. Y sí, claro que son peligrosos. Si juntas a suficientes idiotas frustrados en una habitación y les das un megáfono, eventualmente van a romper algo. Pero, por el amor de Dios... ¿los han mirado de cerca? Son jodidamente ridículos.

Ese es el gran secreto cósmico que Darío Adanti capturó a la perfección. La ultraderecha es peligrosa, sí, pero es objetivamente ridícula.

Tienen esta urgencia desesperada de que los tomemos en serio. Quieren que los miremos con el mismo terror con el que un niño mira al monstruo debajo de la cama. Todo en su retórica está diseñado para proyectar una fuerza hiperbólica, una solemnidad de mármol, un orden sagrado. "Somos los guardianes de la civilización occidental", dicen, mientras usan camisas idénticas y marchan con antorchas que compraron con descuento en el supermercado. ¡Antorchas de jardín, hermano! Están listos para iniciar el Tercer Reich, pero primero tienen que ahuyentar a los mosquitos. Es un chiste que se escribe solo.

El miedo es un negocio fantástico. Te mantiene consumiendo, te mantiene votando, te mantiene odiando al vecino en lugar de mirar a los verdaderos ladrones que están arriba.

Y el fascismo se alimenta de ese miedo. Necesita que sientas que el mundo se está acabando para venderte su medicina rancia. Pero cuando te atreves a mirarlos a los ojos y, en lugar de temblar, te estallas de la risa en su puta cara... ahí es cuando el hechizo se rompe.

La risa es el ácido definitivo. Desintegra la mística. Piensen en Hitler. El tipo pasó años construyendo un imperio de terror basado en la pureza aria y la perfección estética. Luego llega Charlie Chaplin, se pone un bigote ridículo, se burla de su forma de hablar bailando con un globo terráqueo, y de repente el dictador ya no es un dios; es un payaso con delirios de grandeza. Le quitas el aura de terror y lo dejas desnudo. Eso es lo que hace el humor. Pincha el globo de la propaganda. Muestra que debajo de toda esa parafernalia militar y ese discurso de odio, solo hay un puñado de tipos asustados, desesperados por atención y profundamente acomplejados.

Por supuesto, los guardianes de la moralidad te dirán: "¡Oh, Bill, no puedes reírte de eso! ¡Es un tema muy serio! ¡La democracia está en juego!". Váyanse a la mierda. Precisamente porque la democracia está en juego es que no podemos permitirnos el lujo de darles la solemnidad que tanto piden. Si los tratas como un debate intelectual legítimo, les estás haciendo el juego. Estás asumiendo que sus ideas sobre muros, supremacía y persecución merecen una discusión de café con galletitas. No. No merecen un debate. Merecen una carcajada limpia y ruidosa que resuene en todo el maldito teatro.

La vida es solo un paseo, amigos. Es un juego mecánico en un parque de diversiones. Y estos tipos de la ultraderecha son los operadores amargados que intentan convencerte de que el juego está maldito y que tienes que odiar al que está en el asiento de al lado.

No les compren el boleto. Mírenlos, reconozcan el peligro para no tropezar con ellos, pero luego observen lo absurdo de su existencia y ríanse. No hay nada que un tirano odie más que no ser tomado en serio.

La historia está llena de personas que parecían un mal chiste... hasta que obtuvieron suficiente poder para convertir el chiste en tragedia. Las ideas absurdas no desaparecen por ser absurdas. Si encuentran miedo, resentimiento y un buen algoritmo, florecen.

Y, para ser justos, esto no es patrimonio exclusivo de la ultraderecha. Los extremos políticos comparten más rasgos entre sí de los que admitirían. Todos creen poseer la verdad absoluta. Todos necesitan un enemigo permanente. Todos sospechan del humor porque el humor hace preguntas que la propaganda no soporta.

Es curioso: los autoritarios de cualquier color político dicen amar la libertad... hasta que alguien se burla de ellos. Ahí descubres cuánto vale realmente esa libertad.

Por eso la sátira tiene una función democrática. No porque cambie votos por arte de magia, sino porque pincha globos. Le recuerda al poderoso que sigue siendo humano y al ciudadano que ningún líder merece adoración.

El verdadero peligro comienza cuando dejamos de reírnos del poder y empezamos a reverenciarlo. Porque un político convertido en objeto de culto ya no necesita convencer; solo necesita creyentes.

Así que sí, ríete de la ultraderecha cuando sea ridícula. Ríete también de la ultraizquierda cuando caiga en el mismo teatro. Ríete de los caudillos, de los iluminados y de los vendedores de verdades absolutas.

La democracia no se debilita porque la gente haga chistes. Se debilita cuando la gente deja de hacerlos por miedo.

Y cuando alguien te diga que su ideología es demasiado importante para ser objeto de una broma, quizá acabas de descubrir el mejor blanco para empezar a reír.

miércoles, 8 de julio de 2026

 

Si tu lucha no cuestiona las bases del sistema,

no estás liberando a nadie… estás decorando la jaula.


Esta frase es una crítica contundente y filosófica al reformismo superficial frente al cambio estructural. Su núcleo argumental es que cualquier esfuerzo de justicia o liberación que no desmantele los cimientos que causan el problema original solo sirve para hacer el cautiverio más tolerable, no para eliminarlo.


La jaula como metáfora del sistema

En este análisis, la "jaula" representa las estructuras de poder dominantes (sean de carácter económico, social, institucional o cultural). Estas estructuras limitan el potencial humano y perpetúan desigualdades.

  • Decorar la jaula significa enfocarse en las apariencias: lograr pequeñas concesiones, cambiar el lenguaje formal o implementar políticas de diversidad cosmética que no alteran la distribución real del poder ni los recursos.

Reformismo vs. Revolución / Transformación Raíz

La frase traza una línea divisoria muy clara entre dos tipos de activismo o lucha:

  • La lucha asimilable: Aquella que el propio sistema puede absorber, mercantilizar y utilizar para lavarse la cara (ej. el greenwashing empresarial o el uso de causas sociales solo como estrategias de marketing). El sistema cambia algo para que, en el fondo, nada cambie.

  • La lucha radical (de "raíz"): Aquella que cuestiona la lógica subyacente del problema. No pide un trato más amable dentro del sistema actual; exige un sistema diferente.

 La paradoja de la comodidad en la opresión

Hay una advertencia implícita sobre la complacencia. Al "decorar" la jaula (hacerla más cómoda, estética o moderna), se corre el riesgo de adormecer la urgencia de la verdadera emancipación. Una jaula pintada de colores sigue siendo una prisión, pero una más difícil de reconocer como tal, lo que puede desactivar la resistencia colectiva.

Un matiz necesario: ¿Tiene valor "decorar" la jaula?

Aunque la frase tiene una potencia retórica innegable, desde la estrategia política real a menudo surge un dilema:

  • La urgencia del presente: Para quien está sufriendo hoy dentro de la jaula, una reforma que mejore sus condiciones inmediatas de vida (un aumento de sueldo, una ley de protección básica) no es solo "decoración", es supervivencia.

  • El riesgo: El peligro real que señala la frase ocurre cuando esas mejoras inmediatas se confunden con la meta final, deteniendo el avance hacia una liberación auténtica.

En resumen, la frase funciona como un despertador ideológico. Es un llamado a la autocrítica para cualquier movimiento social, obligándolo a preguntarse: ¿Estamos cambiando las reglas del juego, o solo estamos jugando mejor bajo las reglas de siempre?