domingo, 30 de agosto de 2026

 


La política de las groserías: cuando la estupidez se disfraza de autenticidad

Hay algo curioso en la política moderna. Durante siglos los políticos mintieron, manipularon, prometieron imposibles y vendieron humo industrial de primera calidad. Pero al menos fingían que estaban argumentando. Había discursos, datos maquillados, citas históricas sacadas de contexto y toda una arquitectura verbal destinada a convencerte de que te estaban tomando en serio.

Hoy ni siquiera se molestan.

Ahora un político responde "esas son mamadas" y media nación aplaude porque "habla como la gente". ¿De verdad? ¿Ese es el estándar al que hemos llegado? ¿Confundir lenguaje coloquial con pensamiento profundo?

Miren, las groserías no son el problema. Yo adoro las groserías. Son herramientas maravillosas. Una grosería bien colocada puede ser una obra de arte. Puede expresar rabia, ironía, humor o desesperación con una precisión que a veces la academia jamás alcanza.

El problema aparece cuando la grosería reemplaza a la idea.

Porque decir "eso es una mamada" no es un argumento. Es una reacción. Es el equivalente verbal de señalar algo con el dedo mientras haces una mueca.

Imaginen a un ingeniero construyendo un puente.

—¿Cuál es el cálculo de carga?

—Son mamadas.

—¿Y la resistencia estructural?

—Mamadas.

—¿Y por qué se cayó el puente?

—Pues porque eran unas mamadas.

Nadie aceptaría semejante nivel de estupidez en ninguna profesión seria. Pero en política parece suficiente.

Y aquí está el truco más perverso: nos venden esa pobreza intelectual como autenticidad.

"Es que habla como la gente."

¿Como cuál gente?

Porque yo conozco albañiles capaces de explicar mejor la economía que muchos diputados. Conozco campesinos que entienden la relación entre precios, monopolios y corrupción mejor que algunos senadores. Conozco taxistas que pueden sostener una conversación histórica durante horas.

La gente común no es estúpida.

Lo que ocurre es que las élites políticas han decidido que la manera más fácil de parecer cercanas es rebajarse al nivel más elemental posible de comunicación. No elevan al público. Se arrastran hacia la simplificación absoluta.

Y el público, agotado por décadas de discursos vacíos, confunde la falta de formalidad con la honestidad.

Pero la honestidad no consiste en hablar feo.

Consiste en explicar.

Consiste en defender una idea aunque sea incómoda.

Consiste en responder preguntas difíciles con algo más sofisticado que una expresión de cantina.

Lo verdaderamente alarmante es que esta degradación no ocurre solo en México. Es una epidemia global. La política se ha transformado en una competencia para ver quién produce la frase más viral, el insulto más compartible y el gesto más memeable.

Los problemas reales —salarios, vivienda, salud, educación, violencia, desigualdad— requieren análisis complejos. Pero los análisis complejos no caben en un clip de quince segundos.

Así que desaparecen.

Y en su lugar aparece el espectáculo.

Los políticos se convierten en influencers.

Los ciudadanos se convierten en audiencias.

Y la democracia se convierte en una sección de comentarios.

George Orwell escribió que la decadencia del lenguaje y la decadencia política se alimentan mutuamente. Tenía razón. Cuando las palabras pierden precisión, el pensamiento pierde profundidad. Y cuando el pensamiento pierde profundidad, los demagogos encuentran terreno fértil.

Porque un pueblo acostumbrado a los eslóganes termina olvidando cómo distinguir entre una idea y una ocurrencia.

Al final, el verdadero problema no es escuchar una grosería en boca de un político. El verdadero problema es descubrir que detrás de la grosería no había nada más.

Ni una explicación.

Ni una propuesta.

Ni una reflexión.

Solo ruido.

Y una sociedad que confunde el ruido con la verdad es una sociedad que ha empezado a olvidar cómo pensar.


 

Somos  consumidores de la estética vacía, sin fondo, sin alturas ni miras, un espejo que regresa figuras distorsionadas y macabras. 

Malvidio Malatesta

La frase apunta a una crítica bastante potente de la cultura contemporánea de la apariencia. Hay varias capas interesantes:

«Somos consumidores de la estética vacía, sin fondo, sin alturas ni miras, un espejo que regresa figuras distorsionadas y macabras.»

1. «Consumidores de la estética vacía»

Aquí está el núcleo de la crítica. No dice simplemente que consumimos cosas bellas, sino que consumimos estética: imágenes, estilos, cuerpos, decoración, moda, diseño, discursos cuidadosamente empaquetados.

La estética deja de ser una forma de expresar algo y se convierte en el producto mismo.

Una fotografía debe parecer perfecta aunque no diga nada.
Una persona debe parecer interesante aunque no tenga nada que decir.
Un libro debe verse intelectual aunque no haya sido leído.
Una opinión debe sonar contundente aunque carezca de argumentos.

Es la victoria del cómo se presenta algo sobre aquello que realmente es.

2. «Sin fondo»

El fondo representa el contenido, la experiencia, las ideas, la profundidad.

La frase sugiere que hemos construido una cultura en la que muchas cosas poseen una superficie extraordinariamente trabajada pero carecen de profundidad proporcional.

Es la lógica de la vitrina: todo está iluminado, ordenado y atractivo, pero cuando intentas entrar descubres que detrás del escaparate no hay gran cosa.

Y aquí aparece una paradoja: cuanto más sofisticada puede ser la superficie, más fácil resulta ocultar la pobreza del contenido.

3. «Sin alturas ni miras»

Esta parte es especialmente interesante porque amplía la crítica.

No solamente falta profundidad (fondo); también falta altura.

La altura alude a aspiraciones intelectuales, morales o espirituales: aquello que nos obliga a salir de nosotros mismos.

Y «miras» significa horizonte, proyecto, ambición de transformación.

Por eso la frase está construida casi como una degradación:

sin fondo → sin altura → sin horizonte.

Tenemos superficie, pero no profundidad.
Tenemos espectáculo, pero no trascendencia.
Tenemos estímulos, pero no necesariamente pensamiento.
Tenemos infinitas opciones de consumo, pero cada vez menos razones para preguntarnos para qué.

4. El espejo

La metáfora del espejo es magnífica porque introduce una segunda dimensión.

La sociedad no solamente produce imágenes vacías: nosotros mismos nos reconocemos en ellas.

El espejo devuelve nuestra propia imagen, pero aquí ocurre algo siniestro:

«un espejo que regresa figuras distorsionadas y macabras»

No vemos exactamente quiénes somos. Vemos una versión deformada de nosotros mismos producida por los mecanismos de la cultura.

El cuerpo convertido en mercancía.
La felicidad convertida en escaparate.
La personalidad convertida en marca.
La intimidad convertida en contenido.
La indignación convertida en entretenimiento.

Y terminamos mirándonos a través de imágenes que previamente han sido fabricadas para nosotros.

5. Lo macabro

«Macabras» lleva la frase más lejos. Ya no estamos ante una simple sociedad superficial, sino ante una especie de estética de la deshumanización.

Lo macabro está precisamente en que podemos contemplar nuestra propia deformación y encontrarla normal.

Ese quizá sea el punto más inquietante:

la distorsión deja de parecernos distorsión cuando todos los espejos están deformados.

Si millones de personas persiguen el mismo cuerpo imposible, la misma vida aparentemente perfecta, el mismo éxito, la misma felicidad fotogénica y la misma opinión prefabricada, lo anormal termina adquiriendo apariencia de normalidad.

En términos filosóficos

La frase podría leerse como una crítica al paso de una cultura del ser a una cultura de la apariencia.

Tiene ecos de Guy Debord, porque la vida social queda mediada por imágenes y representaciones; de Baudrillard, por la sustitución de la realidad por signos e imágenes; de Byung-Chul Han, por la lógica contemporánea de la exposición, el rendimiento y la autoexplotación; y también de Neil Postman, por su crítica de una cultura donde el entretenimiento termina determinando la forma en que pensamos.

Pero hay una idea todavía más profunda:

el problema no es que la estética exista, sino que haya conseguido independizarse del significado.

La belleza, originalmente, podía ser una puerta hacia algo: una idea, una emoción, una verdad, una experiencia. La estética vacía, en cambio, ya no conduce a ninguna parte. Es principio y fin.

Una imagen para producir otra imagen.
Un cuerpo para producir otra fotografía.
Una opinión para producir otra reacción.
Una vida para producir contenido sobre la propia vida.

Y ahí aparece la tragedia de la frase: hemos perfeccionado tanto la apariencia que podemos terminar viviendo dentro de ella.

La superficie reluce.

El escaparate está impecable.

El espejo, sin embargo, nos devuelve otra cosa.

 Butt le preguntó a Thatcher cuáles eran sus prioridades para el resto de su mandato como primera ministra. Como respuesta, ella manifestó que las políticas de los últimos años habían virado en exceso hacia el socialismo y la gente había acabado confiando demasiado en el Estado en vez de contar con sus propias fuerzas y el apoyo mutuo. «Es un enfoque equivocado —declaró rotundamente— . Tenemos que cambiarlo».

Luego procedió a explicar cómo se proponía lograrlo.

«Mi objetivo no es la política económica —manifestó sinceramente —, lo que quiero cambiar es la manera de actuar y los cambios en la economía son el medio para cambiar esta forma de actuar. Cambiarla significa intervenir directamente sobre el corazón y el espíritu de la nación. La economía es el método, el objetivo es transformar el corazón y el espíritu ».   

Davies James     

El pasaje  es una de las declaraciones más reveladoras de Margaret Thatcher porque desmonta la idea de que el neoliberalismo fue únicamente un programa económico. Thatcher admite sin rodeos que la economía era un instrumento para una transformación mucho más profunda: modificar la cultura, los valores y la manera en que las personas se relacionan entre sí y con el Estado. En la entrevista con Ronald Butt para The Sunday Times en 1981 afirmó: «La economía es el método; el objetivo es cambiar el corazón y el alma». (Fundación Margaret Thatcher)

El significado político de la frase

Thatcher consideraba que durante décadas Gran Bretaña había avanzado hacia una "sociedad colectivista", donde las personas confiaban demasiado en las instituciones públicas y demasiado poco en la responsabilidad individual. Para ella, el problema no era simplemente económico, sino moral y cultural. (Fundación Margaret Thatcher)

Por eso las privatizaciones, la reducción del Estado, la flexibilización laboral o la disminución del poder sindical no eran fines en sí mismos. Eran herramientas para producir un nuevo tipo de ciudadano:

  • Más competitivo que solidario.

  • Más consumidor que ciudadano.

  • Más responsable de su destino individual que participante de proyectos colectivos.

  • Más inclinado a ver el éxito o el fracaso como méritos o errores personales.

Una revolución cultural disfrazada de economía

La importancia histórica de esta confesión radica en que muestra que el neoliberalismo no buscaba solamente reorganizar mercados, sino redefinir la naturaleza humana y social.

Donde el Estado de bienestar promovía ideas como seguridad social, cooperación y responsabilidad colectiva, el proyecto thatcherista pretendía reinstalar valores como:

  • Autosuficiencia.

  • Competencia.

  • Propiedad privada.

  • Emprendimiento individual.

  • Desconfianza hacia la acción colectiva.

En otras palabras, Thatcher no quería simplemente que la gente trabajara bajo nuevas reglas económicas; quería que pensara de manera diferente.

Una lectura desde la crítica social

Muchos autores críticos, desde Pierre Bourdieu hasta David Harvey, han visto en esta frase una confesión extraordinariamente honesta. Según esta interpretación, el neoliberalismo no es solo una doctrina económica, sino una forma de ingeniería social que moldea deseos, aspiraciones e identidades.

La pregunta deja de ser: ¿qué tipo de economía queremos? para convertirse en: ¿qué tipo de seres humanos produce esa economía?

Cuando el mercado invade cada vez más aspectos de la vida —educación, salud, relaciones laborales e incluso afectivas— las personas comienzan a verse a sí mismas como pequeñas empresas que deben optimizarse continuamente.

La paradoja

Lo más llamativo es que Thatcher defendía la libertad individual, pero reconocía abiertamente que pretendía transformar la mentalidad de toda una nación. Hay una tensión evidente entre la idea de individuos libres y un proyecto político que busca moldear sistemáticamente sus valores.

Por eso esta frase sigue siendo citada más de cuarenta años después: porque revela que detrás de las disputas sobre impuestos, privatizaciones o gasto público se libraba una batalla mucho más profunda por el sentido de la vida social y por la definición misma de lo que significa ser ciudadano. (Fundación Margaret Thatcher)

Como observó el historiador Tony Judt, las grandes transformaciones políticas triunfan cuando logran que sus valores parezcan sentido común. Thatcher comprendió eso perfectamente: no quería solo cambiar las reglas del juego; quería cambiar a los jugadores.

 George Washington: Especulador de terrenos de Pensilvania occidental, propietario de esclavos, primer presidente de la República, pésimo hombre de negocios, padre del país.

La verdad desnuda: Inició la gran tradición americana de los presidentes americanos que se retiran para ganar dinero a manos llenas.

Méritos: Su experiencia previa de hacer la guerra contra gente blanca le mostró las dificultades políticas que entrañaba pretender un alto número de bajas enemigas.

A favor: Perdonó generosamente a dos rebeldes finalmente condenados por rebelión.

En contra: Dejó suelto al «general» Hamilton por el mundo.

Edward Strosser  


El fragmento de Edward Strosser es un ejemplo de historia satírica y desmitificadora. No pretende ofrecer una biografía equilibrada de George Washington, sino desmontar la imagen casi sagrada que la cultura estadounidense ha construido alrededor de él.

La estrategia del texto: derribar al héroe

Desde la primera línea, Washington deja de ser el prócer de los libros escolares para convertirse en una suma de contradicciones:

"Especulador de terrenos..., propietario de esclavos..., pésimo hombre de negocios..., padre del país."

La yuxtaposición es deliberada. El autor coloca junto a los títulos honorables aspectos menos gloriosos de su vida. El mensaje es claro: los fundadores de las naciones no son santos, sino seres humanos con intereses, ambiciones y defectos.

La crítica al mito de la virtud republicana

Cuando afirma:

"Inició la gran tradición americana de los presidentes americanos que se retiran para ganar dinero a manos llenas."

el autor ridiculiza la imagen de Washington como modelo de desinterés cívico. La frase sugiere que incluso quienes son elevados a la categoría de "Padres Fundadores" también participaron de la búsqueda de riqueza y prestigio personal. No importa tanto si la afirmación es históricamente exacta; lo importante es el efecto satírico: cuestionar la narrativa heroica.

El humor negro sobre la guerra

La observación:

"Su experiencia previa de hacer la guerra contra gente blanca le mostró las dificultades políticas que entrañaba pretender un alto número de bajas enemigas."

es particularmente mordaz. Alude a una realidad histórica incómoda: las guerras contra europeos generaban una sensibilidad política distinta a las guerras contra pueblos indígenas. El comentario insinúa que la valoración de las vidas humanas ha estado condicionada por factores raciales y culturales.

El sarcasmo sobre Hamilton

La frase:

"Dejó suelto al 'general' Hamilton por el mundo."

es una broma histórica. Alexander Hamilton fue uno de los colaboradores más importantes de Washington y una figura decisiva en la construcción del Estado federal estadounidense. Sin embargo, desde la perspectiva irónica del autor, Hamilton aparece casi como una calamidad cuya influencia posterior habría sido mejor evitar.

Es una forma de decir que las consecuencias de los actos de los grandes líderes pueden ser ambiguas: incluso sus decisiones más celebradas producen efectos discutibles.

Virtudes y defectos mezclados

El apartado "A favor" y "En contra" imita la estructura de una ficha de evaluación, como si Washington fuera un político contemporáneo sometido al juicio de la opinión pública. Esto elimina la distancia reverencial que suele rodear a los personajes históricos.

El resultado es una visión donde Washington aparece simultáneamente como:

  • Fundador de una nación.

  • Esclavista.

  • Terrateniente especulador.

  • Militar competente.

  • Hombre con defectos y limitaciones.

Significado profundo

Más que hablar de Washington, el texto habla de nuestra relación con la historia. Sugiere que las naciones construyen mitos para legitimarse y que esos mitos suelen ocultar aspectos incómodos. La sátira funciona como una herramienta para devolver complejidad a personajes convertidos en estatuas.

En el fondo, el mensaje podría resumirse así:

Los héroes nacionales no son dioses. Fueron personas reales, capaces de actos extraordinarios y de contradicciones igualmente extraordinarias.

Por eso el texto resulta provocador: no intenta destruir a Washington, sino arrancarlo del pedestal para obligarnos a verlo como un ser humano histórico y no como una figura de culto.


 Para España, otras estimaciones basadas en World Inequality Database sitúan el umbral de 3 millones de euros de riqueza neta por adulto por encima de aproximadamente el 99,5 % de la población adulta. Es decir, alrededor del 0,5 % superior.

Dicho de manera sencilla

Si hablamos de 3 millones de euros de patrimonio neto:

PatrimonioPosición aproximada
~160.000 €alrededor de la mediana de los hogares
~500–600 mil €alrededor del 90.º percentil
~1–1,5 millones €zona del 99.º percentil, dependiendo de la metodología
3 millones €aprox. top 0,5–1 %
10+ millones €fracción muchísimo más pequeña

Por tanto, una persona con 3 millones de patrimonio neto no está simplemente “bien situada” económicamente. Está en una posición patrimonial extraordinariamente alta respecto de la población general.

Y hay un detalle que hace todavía más interesante la discusión con Alan Barroso: si esos 3 millones son de una persona individual y no de un hogar, la posición relativa probablemente sea todavía más alta.

Entonces, ¿qué pasó con la periodista?

Su frase de “3 millones no es mucho; si piensas eso es que no has viajado mucho” es casi un pequeño tratado de burbuja de clase.

Porque hay una diferencia enorme entre:

“Conozco personas que tienen tres millones.”

y

“Tres millones no es mucho.”

La primera afirmación puede ser perfectamente cierta.

La segunda es estadísticamente absurda si se refiere a España en general.

Es como entrar en el palco del Bernabéu, mirar alrededor y decir:

“No sé de qué habla la gente cuando dice que el fútbol profesional mueve muchísimo dinero.”

Pues claro que no lo sabes: estás sentado precisamente en el sitio donde se concentra el dinero.

Y aquí aparece la ironía de lo de “has viajado poco”. Quizá el problema no sea haber viajado poco, sino haber viajado siempre por determinados lugares y relacionándose con determinada gente.

Porque viajar a Mónaco, Londres, Nueva York, Dubái, Miami o determinados barrios de Madrid no necesariamente te muestra cómo vive España. Te puede mostrar, justamente, cómo vive la gente que tiene suficiente dinero para estar allí.

El Banco de España confirma que la distribución patrimonial española es muy desigual: la riqueza está fuertemente concentrada en la parte superior de la distribución.

Así que podemos formularlo de una manera bastante contundente:

Tres millones de euros pueden parecer poco desde el ático. Desde la calle, son una fortuna.

Y eso explica bastante bien el fenómeno : cuando una élite vive rodeada de riqueza, deja de percibirla como riqueza y empieza a percibirla como normalidad. Ahí es donde nace la frase más peligrosa de todas: “pero si todo el mundo que conozco vive así”.

Según su mapa conceptual, cualquier médico, abogado o "profesional liberal" guarda tres millones de euros debajo del colchón entre el café de la mañana y la junta de las cinco. Es la clásica ceguera de clase empaquetada como sabiduría cosmopolita: la idea de que si tú no tienes tres millones de euros acumulados, es porque eres un tipo gris, ignorante y pueblerino que no ha salido de su distrito postal.

No, señora. Todo el mundo que usted conoce vive así. España no.


Tres millones no es mucho… si miras el mundo desde el ático

Hay frases que no necesitan ser mentira para resultar reveladoras.

Una periodista, durante un debate en España, le dijo a Alan Barroso que tres millones de euros de patrimonio no eran gran cosa. Y cuando él mostró su incredulidad, ella le explicó, más o menos, que si le parecía mucho era porque no había viajado demasiado.

Magnífico.

Hemos llegado a un punto de la civilización en el que el problema de tener una percepción distorsionada de la riqueza se resuelve viajando.

No necesitas estudiar estadística.

No necesitas mirar los datos de distribución patrimonial.

No necesitas preguntarte cuánto tiene la familia que vive tres calles más abajo.

Tienes que viajar.

Porque aparentemente, después de aterrizar en Londres, Nueva York, Dubái o Mónaco, el Banco de España actualiza automáticamente tus percentiles.

—Enhorabuena. Ha viajado usted mucho. Ahora sus tres millones son oficialmente calderilla.

El problema de esta frase no es solamente económico. Es sociológico.

Porque tres millones de euros no son una cantidad que permita decir seriamente que alguien es “rico” o “pobre” sin especificar el contexto. Para un multimillonario pueden ser una cantidad relativamente pequeña. Para un empresario que posee varias propiedades y participa en negocios millonarios quizá tampoco resulte extraordinaria.

Pero estamos hablando de España, no de la cubierta del yate de un oligarca.

Y ahí aparece la pequeña palabra que suele desaparecer cuando hablamos de dinero:

promedio.

La mayoría de las personas no vive dentro de una estadística abstracta. Vive dentro de su barrio, su familia, su trabajo, sus amigos y sus contactos.

Y eso produce una de las ilusiones más antiguas de la riqueza:

confundir tu círculo social con la sociedad.

Si todos tus amigos tienen casas caras, quizá pienses que las casas caras son normales.

Si todos tus conocidos tienen inversiones, quizá pienses que invertir 100.000 euros es algo que hace cualquier ciudadano responsable.

Si todos los que te rodean tienen patrimonio millonario, quizá tres millones te parezcan modestos.

Y si además viajas frecuentemente a lugares donde se concentra el dinero, puedes terminar creyendo que la humanidad entera vive como la gente que aparece en la sala de embarque de primera clase.

Es como entrar en un casino y concluir que todo el mundo tiene dinero.

No.

Estás dentro de un casino.

Hay una diferencia.


La riqueza tiene además una propiedad psicológica fascinante: cuando aumenta mucho, cambia la escala con la que medimos las cosas.

Para alguien que tiene mil euros, cien euros pueden ser importantes.

Para alguien que tiene cien mil, mil euros pueden ser irrelevantes.

Para alguien que tiene un millón, cien mil pueden ser una mala tarde.

Y para alguien que tiene cien millones, un millón puede ser simplemente una cifra que aparece en una pantalla.

El dinero no solamente compra cosas.

También puede comprar una nueva unidad de medida.

Y entonces ocurre algo perverso.

El rico deja de sentirse rico porque mira constantemente hacia arriba.

No se compara con quien tiene 20.000 euros.

Se compara con quien tiene 20 millones.

El millonario mira al multimillonario.

El multimillonario mira al multimillonario todavía más multimillonario.

Y el pobre, mientras tanto, está mirando el precio del supermercado.

Por eso una persona puede poseer tres millones de euros y sentirse relativamente modesta.

No porque tres millones sean poco.

Sino porque ha construido su referencia alrededor de personas que tienen mucho más.

Es la inflación psicológica de la riqueza.


Y entonces aparece esa frase:

“Si piensas que tres millones es mucho, es que no has viajado.”

Aquí conviene detenerse.

Porque quizá viajar mucho no te haya permitido conocer mejor la realidad económica.

Quizá simplemente te haya permitido conocer mejor a los ricos.

Hay una diferencia bastante importante.

Si viajas por determinados barrios de determinadas ciudades, frecuentas determinados hoteles, restaurantes, universidades, clubes, urbanizaciones y aeropuertos, vas a descubrir algo extraordinario:

hay muchísima gente con dinero.

Claro que la hay.

Pero eso no demuestra que la mayoría tenga dinero.

Demuestra que los ricos tienen una enorme capacidad para ocupar espacios visibles.

Y hay otra ironía.

La persona con pocos recursos también viaja.

Viaja en autobús.

Viaja tres horas para llegar al trabajo.

Viaja para buscar empleo.

Viaja para visitar a su familia.

Viaja en vacaciones, cuando puede.

Pero ese viaje no aparece en Instagram.

Nadie publica:

“Magnífica experiencia en el autobús de las 6:15. Una arquitectura sublime de asientos de plástico.”

La riqueza tiene una característica adicional: es mucho más visible que la pobreza para quien vive dentro de ella.


Los datos, por supuesto, tienen la mala costumbre de arruinar las conversaciones elegantes.

El Banco de España muestra una distribución patrimonial extraordinariamente desigual. La riqueza mediana de los hogares está muy lejos de los millones de euros, mientras que una parte pequeña de la población concentra una proporción enorme de la riqueza.

Por eso tres millones pueden parecer poca cosa dentro de una conversación entre personas muy ricas y, simultáneamente, representar una posición patrimonial extraordinaria respecto de la sociedad española.

Ambas cosas pueden ser ciertas.

Lo que no puede hacerse honestamente es convertir la primera en una descripción de la segunda.

Porque eso es precisamente lo que hacen las burbujas sociales:

transforman la excepción en normalidad.


Hay algo todavía más interesante.

Cuando alguien dice:

“Tres millones no es mucho.”

no necesariamente está diciendo:

“Los pobres son unos idiotas.”

Pero puede estar revelando algo mucho más profundo:

“Hace tanto tiempo que mi referencia económica está por encima de la de la mayoría que ya no percibo la distancia.”

Y eso es mucho más interesante que la simple arrogancia.

Porque la desigualdad no solamente separa las cuentas bancarias.

También separa las percepciones.

Dos personas pueden caminar por la misma ciudad y contemplar países completamente distintos.

Una ve una vivienda de 800.000 euros y piensa:

—Qué bonita.

Otra ve exactamente la misma vivienda y piensa:

—Eso equivale a décadas de trabajo.

Una ve un coche de 100.000 euros y piensa:

—Un coche bastante bueno.

Otra piensa:

—¿Cómo demonios puede alguien pagar eso?

Una ve tres millones y dice:

—No es tanto.

Otra ve tres millones y piensa:

—Eso es dinero suficiente para cambiar completamente la vida de varias generaciones.

Y ambas personas creen estar hablando de la misma realidad.

No lo están.


Lo verdaderamente peligroso comienza cuando la percepción de una minoría económicamente privilegiada se convierte en criterio para juzgar a la mayoría.

Entonces aparecen frases maravillosas:

“Si no puedes comprar una casa, es porque no te organizas.”

“Si cobras poco, cambia de trabajo.”

“Si no tienes ahorros, administra mejor tu dinero.”

“Si te parece caro, viaja más.”

Y finalmente:

“Tres millones no es mucho.”

Es la economía explicada desde el ático.

Desde allí abajo, las cosas se ven pequeñas.

Los salarios.

Las pensiones.

Los alquileres.

Las hipotecas.

La cesta de la compra.

Los tres millones.

Todo parece pequeño.

Quizá porque desde un ático la gente también parece pequeña.

Y aquí está la verdadera cuestión.

No hay ningún problema en tener tres millones.

El problema comienza cuando tienes tres millones, miras a alguien que tiene muchísimo menos y concluyes que el que está equivocado es él por considerar mucho dinero lo que tú ya has dejado de considerar dinero.

Eso no es viajar.

Eso es perder la escala.

Y una sociedad que pierde la escala termina teniendo una conversación económica completamente esquizofrénica:

los que están arriba explican que la riqueza no es tanta,

los que están abajo explican que llegar a fin de mes es cada vez más difícil,

y entre ambos aparece un periodista, un político o un tertuliano diciendo:

“Bueno, quizá el problema es que ustedes no han viajado suficiente.”

No, hombre.

Quizá el problema es exactamente el contrario.

Quizá han viajado demasiado dentro de la misma burbuja.

Porque viajar mucho no garantiza conocer el mundo.

A veces simplemente garantiza conocer muchos aeropuertos desde los que nunca se ve cómo vive la mayoría.

Y tres millones seguirán siendo tres millones.

Aunque desde el ático parezcan calderilla.


sábado, 29 de agosto de 2026

  

Me atrevo a todo lo que sea digno de un hombre; quien jamás se atreva, no lo es.

— Macbeth, William Shakespeare

La valentía no consiste en lanzarse al abismo sin mirar. El mundo celebra al que arriesga, al que se lanza sin miedo, al que “no le teme a nada”. Pero la frase de Shakespeare desmonta esa idea: el valor verdadero no está en el exceso, sino en la medida. En saber hasta dónde un acto sigue siendo humano… y cuándo deja de serlo.

Macbeth pronuncia esas palabras en un momento de duda, antes de cometer el crimen que lo convertirá en un monstruo. Lo dice con orgullo, como si su decisión estuviera guiada por el honor. Pero en realidad está intentando convencerse de que la ambición también puede ser digna. Y no lo es.

De eso trata esta línea: del frágil equilibrio entre el coraje y la locura moral. Entre actuar con firmeza y dejarse consumir por el deseo de poder, de venganza o de gloria. El hombre valiente enfrenta lo que teme, pero nunca deja de escuchar su conciencia. El cobarde huye. El temerario la silencia.

Ser digno es más difícil que ser valiente. Implica elegir el tipo de lucha que merece nuestra energía, y reconocer cuándo el precio es demasiado alto. No todo lo que exige valor es bueno; no todo lo que da miedo debe hacerse. A veces el acto más heroico es decir no: no a la injusticia, no al abuso, no a la tentación de ser más de lo que uno debe ser.

Shakespeare lo sabía: el honor no se mide por la magnitud del acto, sino por su rectitud. La historia está llena de hombres que “se atrevieron a todo” y, al hacerlo, dejaron de ser hombres.

Atrévete, sí. Pero atrévete a ser justo, a ser honesto, a mantenerte en pie cuando todos se arrodillan. Atrévete a mirar el miedo sin convertirte en él.
Solo entonces, como decía el poeta, serás verdaderamente digno de llamarte hombre.

 La IA tiene una ventaja enorme: puede producir una explicación convincente sobre casi cualquier tema. Y precisamente ahí está la trampa. La fluidez no es evidencia de verdad.  


La frase apunta a una de las paradojas más importantes de la inteligencia artificial: su mayor virtud como herramienta de comunicación puede convertirse en una de sus mayores fuentes de error.

La IA puede explicar con enorme claridad la Revolución francesa, física cuántica, economía, filosofía o la vida de un desconocido. Puede ordenar conceptos, establecer conexiones y construir una narración coherente en segundos. El problema aparece cuando confundimos coherencia con conocimiento.

Una respuesta puede sonar como si hubiera sido escrita por un profesor universitario y, sin embargo, contener un dato falso. Y aquí está lo inquietante: el error no siempre viene acompañado de señales de error. No tartamudea. No se sonroja. No mira al techo buscando una respuesta. Puede afirmar una falsedad con una prosa impecable.

La fluidez tiene un poder psicológico enorme

Los seres humanos estamos muy condicionados por la forma en que se nos presenta la información.

Si alguien habla con seguridad, utiliza términos técnicos, estructura bien sus argumentos y responde rápidamente, tendemos a atribuirle competencia. La forma termina funcionando como una especie de certificado de autenticidad.

Con la IA esto se multiplica.

Porque la máquina puede producir algo extraordinariamente seductor: una explicación que parece haber cerrado el asunto.

Y eso es peligroso.

Una explicación mediocre deja espacio para la duda. Una explicación brillante puede eliminarla.

Ahí está la trampa.

El problema no es solamente que la IA pueda equivocarse

Eso, en cierto sentido, es lo menos interesante. Los seres humanos también nos equivocamos constantemente.

El problema es que la IA puede equivocarse de una manera extraordinariamente persuasiva.

Puede tomar una premisa falsa, desarrollarla con lógica interna y entregarnos una pequeña arquitectura intelectual aparentemente sólida.

Y nosotros podemos pensar:

"Tiene sentido."

Pero que algo tenga sentido no significa que sea cierto.

La historia está llena de ideas perfectamente coherentes que eran falsas.

El geocentrismo podía construir una explicación sofisticada del movimiento de los astros. La teoría del éter tenía elaboradas justificaciones. Muchas doctrinas económicas, políticas y filosóficas han sobrevivido durante décadas precisamente porque podían organizar la realidad dentro de un relato aparentemente coherente.

La coherencia es una propiedad de un argumento. La verdad es una propiedad de su correspondencia con la realidad.

No son la misma cosa.

Y aquí aparece una paradoja fascinante

Cuanto mejor se vuelva la IA explicando cosas, más importante será nuestra capacidad para cuestionarla.

Cuando una máquina produce una respuesta torpe, desconfiamos.

Cuando produce una respuesta brillante, deberíamos desconfiar de otra manera.

No porque necesariamente sea falsa, sino porque nuestra propia reacción psicológica cambia.

La fluidez nos seduce.

La elegancia nos convence.

La estructura nos tranquiliza.

Y entonces dejamos de preguntar:

"¿Cómo sé que esto es verdad?"

para preguntar solamente:

"¿Tiene sentido?"

Ese pequeño desplazamiento es gigantesco.

Por eso el usuario también tiene que convertirse en una especie de editor

Usar IA inteligentemente no consiste únicamente en saber formular buenos prompts. Consiste también en saber cuándo no creerle.

Y aquí hay una paradoja preciosa: cuanto menos sabemos de un tema, más difícil nos resulta detectar una respuesta incorrecta.

Un experto puede leer una explicación sobre su campo y detectar inmediatamente una barbaridad.

Un no especialista puede leer exactamente la misma respuesta y pensar: "Qué interesante. Nunca había pensado en eso".

Por eso la IA no elimina la necesidad de conocimiento humano. En cierto sentido, hace que el conocimiento sea todavía más importante.

El conocimiento permite auditar a la máquina.

Sin él, podemos terminar utilizando una inteligencia artificial como una especie de oráculo digital.

Y un oráculo que escribe con excelente gramática sigue siendo un oráculo.

La verdadera alfabetización en IA quizá sea epistemológica

No basta con aprender a utilizar la herramienta.

Hay que aprender a distinguir:

  • una afirmación de una evidencia;
  • una explicación de una demostración;
  • una hipótesis de un hecho;
  • una interpretación de un dato;
  • una respuesta segura de una respuesta verdadera.

Y, sobre todo, recuperar una virtud bastante antigua:

la duda.

No la duda paralizante que impide aceptar cualquier cosa, sino la duda científica que pregunta:

"¿Qué evidencia haría que cambiara de opinión?"

Ahí la IA puede convertirse en algo extraordinario.

No solamente en una máquina que responde, sino en una máquina con la que podemos pensar contra nosotros mismos.

Podemos pedirle que ataque nuestra posición, que presente argumentos contrarios, que busque las debilidades de nuestra interpretación, que distinga hechos de inferencias.

Eso es muchísimo más interesante que utilizarla como una máquina expendedora de respuestas.

Porque quizá el gran salto intelectual de la era de la IA no consista en conseguir que las máquinas respondan cada vez mejor.

Consista en conseguir que nosotros aprendamos a preguntar mejor qué significa que una respuesta sea verdadera.

La IA puede construir un edificio de palabras magnífico.

Pero todavía necesitamos salir por la puerta, mirar el mundo y comprobar si el edificio está realmente ahí.

Y ahí aparece una paradoja todavía más interesante: quizá estamos aplicando a la IA un estándar de desconfianza que jamás aplicamos a los seres humanos que nos informan todos los días.

Piensa en una conversación normal. Alguien te cuenta:

"Leí que esto ocurrió en 1978..."

Y probablemente no dices:

"¿Puedes proporcionarme tres fuentes primarias y explicarme el grado de incertidumbre epistemológica de esa afirmación?"

Simplemente evalúas a la persona. ¿Parece que sabe? ¿Habla con seguridad? ¿Es alguien en quien confías? Y continúas la conversación.

Pero con la IA hacemos algo curioso: sabemos que puede inventar cosas, así que automáticamente elevamos la guardia.

Y, en muchos casos, con razón.

Pero entonces viene este punto: ¿por qué no hacemos lo mismo con las personas?

Porque los humanos tenemos un problema que la IA hace especialmente visible: confundimos familiaridad con confiabilidad.

Un periodista que escuchamos durante veinte años puede decir una barbaridad y nuestra reacción será:

"Bueno, seguramente quiso decir otra cosa."

La IA dice una barbaridad:

"¡ALUCINACIÓN! "


Y hay una diferencia importante

Una persona puede mentir deliberadamente.

Puede tener intereses económicos.

Puede defender a su partido.

Puede proteger su reputación.

Puede estar repitiendo algo que escuchó hace veinte años.

Puede recordar mal.

Puede hablar de un tema que desconoce.

Puede estar borracha.

Puede tener un ego del tamaño de un edificio.

La IA, en cambio, tiene otro tipo de problema: puede generar una respuesta falsa sin tener la intención humana de engañarnos.

Eso cambia mucho las cosas.

De hecho, una de las grandes ventajas de consultar una IA es que puedes preguntarle:

"¿Qué tan seguro estás?"

"¿Qué partes de esto son hechos y cuáles son inferencias?"

"Dame argumentos contra tu propia respuesta."

"¿Qué podría estar equivocado aquí?"

A una persona puedes preguntárselo también, claro.

Pero es posible que te responda:

"Yo sé perfectamente de lo que estoy hablando."

Y ahí murió la conversación. 

La IA tiene además una ventaja brutal: no tiene prestigio que defender

Esto me parece especialmente interesante.

Un ser humano puede aferrarse a una opinión porque admitir el error le cuesta socialmente.

La IA no tiene que conservar su dignidad frente a los vecinos.

Puedes decirle:

"Eso que acabas de afirmar es falso."

Y puede revisar el asunto.

Un político, un académico, un periodista o un influencer puede tener enormes incentivos psicológicos para no hacerlo.

Por eso la IA puede ser, paradójicamente, más confiable que ciertas fuentes humanas, pero no porque sea infalible.

Es confiable precisamente cuando la utilizamos como interlocutor verificable y cuestionable, no como autoridad absoluta.

Y aquí conectamos con la capacidad de evaluar las respuestas de una IA: la inteligencia humana sigue siendo el filtro final.

La IA puede darte un mapa extraordinariamente detallado.

Pero si nunca has aprendido a orientarte, también puede darte un mapa precioso de un país que no existe.

Y eso vale tanto para una IA como para un humano.

La diferencia es que, con la IA, cada vez podemos exigirle más transparencia, contraste y autocorrección.

Con el humano de la mesa de al lado, buena suerte. 

 Pero aunque todas las directrices legalistas para hacer una guerra dieran luz verde, los líderes deberían ser lo suficientemente listos y andarse con pies de plomo. Cuando Estados Unidos invadió Granada en 1983, las dificultades con que se encontró para aplastar al microestado turístico estalinista demostraron los peligros que entrañan las guerras de un día.

Probablemente hubiera tenido menos problemas si hubiesen clavado esta útil lista de control de invasión en la puerta principal del Pentágono:
Confirmar si el país enemigo tiene ejército. En caso afirmativo, no dar por supuesto que puede ser derrotado en un día.
Buscar mapas exactos del país propuesto para ser invadido.
Llevar radios que funcionen.
Asegurarse de que las Fuerzas Especiales sean realmente especiales.
Si se pretende rescatar a rehenes, conviene saber dónde se encuentran. Si es posible, llamar a los rehenes y preguntarles por su paradero.
¿Empezará la invasión en fin de semana? Si es así, es conveniente coordinar la invasión con el horario adjunto del partido de golf del presidente.
¿Es el objetivo de invasión propuesto una isla o está en el continente? Si es una isla, notificarlo a la Armada.
¿Hay suficiente provisión de medallas?

Edward Strosser. 

La historia detrás de ese fragmento es todavía más absurda que la lista de Strosser. La invasión de Granada fue presentada como una operación militar rápida y relativamente sencilla, pero terminó revelando algo que los grandes ejércitos suelen olvidar: la superioridad militar no vacuna contra la incompetencia.

Granada: la guerra que debía durar unas horas

En octubre de 1983, Granada era un pequeño país caribeño de apenas unos 110.000 habitantes. Su gobierno revolucionario, encabezado por Maurice Bishop, había llegado al poder en 1979. El régimen tenía vínculos con Cuba y la Unión Soviética, y Washington comenzó a verlo como una pieza peligrosa dentro del tablero de la Guerra Fría.

Pero entonces ocurrió algo dentro de la propia revolución.

Bishop fue apartado del poder por una facción más radical del gobierno y posteriormente ejecutado el 19 de octubre de 1983. La situación se volvió caótica. Estados Unidos decidió intervenir.

La justificación incluía varios argumentos: proteger a ciudadanos estadounidenses, especialmente estudiantes de medicina, restaurar el orden y responder a la situación política.

El nombre de la operación fue Urgent Fury.

Y la palabra Fury probablemente era más grande que la isla.

El enemigo: pequeño, pero no inexistente

Estados Unidos esperaba enfrentarse a una fuerza militar relativamente débil: soldados granadinos y algunos centenares de cubanos que trabajaban principalmente en la construcción del aeropuerto de Point Salines.

Sobre el papel, parecía una operación de manual.

Estados Unidos tenía una fuerza militar gigantesca.

Granada tenía un ejército diminuto.

La diferencia parecía tan descomunal que casi invitaba a la arrogancia.

Y ahí comenzó el problema.

La invasión empezó el 25 de octubre de 1983 con tropas estadounidenses y contingentes de varios países caribeños.

La resistencia granadina fue mucho menor de lo que habría podido ofrecer un ejército convencional. Pero la operación estadounidense estuvo plagada de problemas.

Y algunos fueron extraordinariamente básicos.

Los mapas

Uno de los episodios más famosos fue el problema de los mapas.

Los estadounidenses no disponían de mapas suficientemente precisos de Granada. En determinados casos tuvieron que recurrir a mapas turísticos.

Es una de esas situaciones que parecen inventadas por un guionista satírico:

Estados Unidos, potencia militar mundial, invade una isla caribeña y descubre que necesita mejores mapas.

La geografía, que normalmente permanece silenciosa, decidió convertirse en parte del enemigo.

Las radios

También hubo problemas de comunicación.

Unidades estadounidenses tuvieron dificultades para comunicarse entre sí porque sus radios no funcionaban adecuadamente o no eran compatibles.

Esto es particularmente ridículo porque una de las ventajas fundamentales de un ejército moderno consiste precisamente en poder saber dónde están tus propias tropas y qué están haciendo.

La tecnología militar puede ser extraordinariamente sofisticada.

Pero si el radio no funciona, el soldado vuelve a una tecnología mucho más antigua:

gritar.

Los rehenes

Otro episodio particularmente bochornoso tuvo que ver con los estudiantes estadounidenses.

La administración Reagan había presentado la protección de los estudiantes de la universidad médica de St. George's como uno de los motivos fundamentales para intervenir.

Pero los militares tuvieron problemas para determinar exactamente dónde estaban algunos de ellos.

Y aquí aparece la escena que inspiró la broma de Strosser:

quizá habría sido útil preguntarles.

No es una cuestión menor. En una operación de rescate, localizar al objetivo debería encontrarse bastante arriba en la lista de prioridades.

Primero:

"¿Dónde están?"

Después:

"Vamos."

No al revés.

El aeropuerto

Además estaba el aeropuerto de Point Salines, una pieza estratégica fundamental.

Estados Unidos temía que la infraestructura pudiera facilitar una presencia cubana o soviética.

La construcción del aeropuerto había sido financiada y ejecutada con participación cubana, lo que alimentaba las sospechas estadounidenses.

Las fuerzas estadounidenses tuvieron que combatir para hacerse con el control de las instalaciones.

Y ahí apareció otra ironía.

Una operación que había sido concebida como una intervención relativamente sencilla encontró una resistencia suficiente para recordar a los planificadores militares una verdad elemental:

un mapa no es el territorio, y un plan no es la guerra.

La "guerra de un día"

La resistencia granadina fue finalmente aplastada y Estados Unidos consiguió sus objetivos militares rápidamente, pero no sin dificultades.

La operación terminó convirtiéndose en una especie de demostración involuntaria de que incluso una potencia abrumadoramente superior puede cometer errores absurdos cuando entra en combate convencida de que todo será fácil.

Las bajas estadounidenses fueron relativamente bajas: 19 militares muertos y más de un centenar de heridos. Las fuerzas granadinas y cubanas sufrieron muchas más bajas, además de víctimas civiles.

La intervención terminó pocos días después.

Militarmente fue una victoria estadounidense.

Pero las guerras no se evalúan únicamente preguntando:

"¿Ganaste?"

También hay que preguntar:

"¿Por qué tuviste que complicarlo tanto?"

Y entonces aparece Edward Strosser

Edward Strosser convirtió toda aquella colección de errores en una sátira deliciosa.

Su "lista de control para la invasión" funciona porque exagera lo absurdo sin necesidad de inventar demasiado.

"¿El enemigo tiene ejército?"

"¿Tenemos mapas?"

"¿Funcionan las radios?"

"¿Sabemos dónde están los rehenes?"

"¿La isla está rodeada de agua?"

Esta última casi parece una broma infantil.

Pero precisamente ahí está la fuerza de la sátira.

Strosser toma los pequeños fallos de Granada y los convierte en una especie de manual universal contra la soberbia militar.

La broma de las medallas es especialmente buena porque apunta hacia otro problema: las instituciones poderosas desarrollan mecanismos para premiar el éxito incluso cuando el éxito ha venido acompañado de errores evitables.

La burocracia puede convertir un desastre administrativo en una ceremonia.

Uniforme impecable.

Medalla reluciente.

Informe final.

Y asunto cerrado.

La lección más profunda

Granada fue una guerra pequeña. No fue Vietnam. No fue Irak. No fue Afganistán.

Precisamente por eso resulta tan instructiva.

Cuando una potencia enorme se enfrenta a un adversario diminuto, existe una tentación psicológica muy peligrosa:

confundir la superioridad de recursos con la superioridad de juicio.

Estados Unidos tenía una capacidad militar infinitamente superior a Granada.

Pero eso no significaba que cada oficial tuviera información perfecta.

Ni que los mapas fueran correctos.

Ni que las radios funcionaran.

Ni que todos supieran dónde estaban los civiles.

Ni que el enemigo reaccionara exactamente como habían previsto.

La historia militar está llena de estas pequeñas grietas.

Y las grietas importan.

Porque una guerra rara vez se pierde porque el adversario tenga un tanque más.

A veces comienza a torcerse porque alguien no comprobó el mapa.

Y esa es quizá la parte más hermosa de la sátira de Strosser: convierte la grandilocuencia de la guerra en una lista de tareas domésticas.

Antes de conquistar el mundo:

comprueba que llevas las llaves.


Supongo que el problema era que no teníamos ningún proletario que se reconociera a sí mismo como tal. Todo el mundo era un capitalista temporalmente avergonzado.


La frase de John Steinbeck tiene una ironía demoledora porque señala algo más profundo que la simple desigualdad económica: la dificultad de reconocerse como parte de una clase social.

Steinbeck está describiendo una paradoja muy estadounidense —aunque perfectamente aplicable a buena parte de América Latina—: el trabajador no se piensa como trabajador; se piensa como alguien que todavía no ha llegado a ser rico.

1. El «capitalista temporalmente avergonzado»

La expresión es magnífica porque desmonta una fantasía social.

El trabajador que dice:

«Yo no soy pobre; algún día tendré mi negocio.»

ya no interpreta su situación desde su posición presente, sino desde la posibilidad imaginaria de convertirse en otra cosa.

No piensa: «¿Por qué mi trabajo produce tanta riqueza y yo recibo tan poco?»

Piensa: «Cuando me vaya bien, yo también estaré arriba.»

Y ahí aparece uno de los mecanismos más eficaces de cualquier sociedad desigual: hacer que los de abajo sueñen obsesivamente con convertirse en los de arriba, en lugar de preguntarse por qué están abajo.

2. La clase social también es una cuestión de conciencia

Aquí Steinbeck se cruza inevitablemente con Marx, aunque la frase tenga un tono mucho más coloquial.

Una cosa es ocupar objetivamente una posición económica y otra reconocerse como miembro de una clase.

Puedes vender tu fuerza de trabajo, depender de un salario y no poseer prácticamente nada productivo y, sin embargo, pensar:

"Yo soy clase media."

O incluso:

"Yo soy un empresario en potencia."

La conciencia puede ir completamente por detrás de la realidad material.

Y eso tiene consecuencias políticas enormes.

Porque una persona que se percibe como capitalista frustrado puede defender intereses que, en realidad, no son los suyos.

3. El sueño funciona mejor que la coerción

Y aquí está lo verdaderamente interesante.

No necesitas decirle al trabajador:

«No cuestiones el sistema.»

Puedes decirle algo mucho más seductor:

«Tú también puedes triunfar.»

Es una diferencia enorme.

El primer mensaje produce resistencia.

El segundo produce esperanza.

Y una esperanza mal administrada puede ser políticamente muy útil.

Porque mientras alguien espera convertirse algún día en millonario, puede terminar defendiendo las condiciones que permiten que otros acumulen millones hoy.

El sistema no necesita que todos sean ricos.

Le basta con que suficientes personas crean que podrían serlo.

4. El problema de «sentirse de clase media»

Por eso la frase conserva tanta actualidad.

En sociedades profundamente desiguales, mucha gente construye su identidad no a partir de su patrimonio real, sino de sus aspiraciones, hábitos de consumo o comparación con quienes están todavía peor.

"Tengo coche, televisión, smartphone y puedo comprar ciertas cosas: entonces soy clase media."

Pero tener determinados bienes de consumo no significa necesariamente poseer capital.

Puedes tener el último teléfono y seguir dependiendo completamente de tu salario.

Puedes vestir como rico y continuar siendo económicamente vulnerable.

Puedes incluso votar como rico sin tener ni remotamente los recursos de un rico.

Y ahí Steinbeck mete el dedo en la llaga.

5. La genialidad de la frase está en «temporalmente»

No dice simplemente capitalistas frustrados.

Dice «temporalmente».

Ahí está el chiste.

El trabajador imagina que su pobreza es una especie de sala de espera.

No es pobre: está de paso por la pobreza.

No es trabajador: es un empresario que todavía no ha tenido suerte.

No está abajo: está temporalmente abajo.

Y mientras espera que llegue su turno en la lotería social, puede terminar defendiendo una estructura en la que las probabilidades de llegar arriba son extraordinariamente pequeñas.

Steinbeck convierte así una observación económica en una observación psicológica:

la desigualdad no se sostiene únicamente porque existan ricos; también porque muchos pobres imaginan que su verdadero destino es convertirse en ricos.

Y esa quizá sea la parte más incómoda de la frase.

Porque el capitalismo no solamente vende mercancías.

También vende identidades, aspiraciones y futuros imaginarios.

Y a veces consigue algo extraordinario: que el hombre que vende su trabajo durante toda su vida se sienta, en el fondo, un millonario que todavía no ha recibido la buena noticia.


 Nací en 1955 y, como a todos los niños de mi generación, me tocó crecer en plena dictadura franquista. En mi pueblo se reconocía a quienes habían perdido la guerra porque en aquellas familias pesaba el silencio, el desprecio de los que se plegaron al régimen, y alguna que otra visita de la Guardia Civil, que preventivamente se dejaban caer cuando se iba a producir algún acto sonado en el que pudieran ser un riesgo los catalogados como rojos. En ocasiones, la sola visita no era suficiente y esos peligrosos vecinos, como mi tío Gabriel, debían pasar la noche en el cuartelillo. Esas precauciones, de las que fui testigo desde niño, fueron habituales en toda España y se prolongaron en las grandes ciudades durante muchos años después, según averigüé más tarde. 

Pero lo que prevalecía era el silencio, causado por el miedo. El silencio y el miedo siempre han acompañado a los regímenes dictatoriales y fascistas. El fascismo se nutre de la ignorancia de sus adeptos, en quienes infunde temor hacia un enemigo común, generalmente un colectivo vulnerable, como judíos, gitanos, inmigrantes o menores extranjeros no acompañados (menas), al que culpa de todos los males de este mundo para luego, a base de un constante bombardeo de bulos y noticias falsas, sembrar el odio, que tarde o temprano acabará en violencia. Será entonces cuando esconderán la mano y mirarán para otro lado, como sucedió en la noche de los cristales rotos (Kristallnacht) en la Alemania nazi de 1938, o en el ataque con una granada contra un centro de menores en Madrid imputado a Vox en 2019. 
Por supuesto, durante la dictadura, la prensa no emitía más que loas al generalísimo, y en el cine, antes de la película, el obligado documental oficial de la época, el nodo, exhibía escenas de los nuevos mal llamados pantanos (en realidad, embalses), grandes atunes capturados o jabalíes (narcotizados) cazados por su excelencia y, en general, la imagen de país de las mil maravillas, avanzado y moderno, en el que todo iba bien por la gracia de Dios y de su excelencia, amén. Evidentemente, no se contaba nada ni de las torturas, ni de las desapariciones, ni de la persecución política que sufrían los pocos luchadores y luchadoras que se atrevían a enfrentarse al dictador, ni de las acciones del policía político-social, ni de la prohibición de la libertad de prensa, ni del Tribunal de Orden Público. Ni de los miles de víctimas enterradas en las cunetas, mientras que se exhibían impúdicamente los símbolos fascistas y los memorandos de exaltación a los «caídos por Dios y por España», como si los demás fueran apestados y su sentimiento español no hubiera existido nunca. España es diferente, se hartaban de decirnos machaconamente en todos los medios oficiales y en toda la prensa censurada, como también en el cine, con películas en las que se exaltaban los valores patrios que, aún hoy día, demasiados se empeñan en resaltar.

Baltasar Garzon 


La enfermedad es letal, pero tranquilo: probablemente no te vas a morir

Hay una de esas pequeñas trampas del lenguaje científico que me fascinan.

Un epidemiólogo te dice:

—Esta enfermedad es letal.

Y tú inmediatamente piensas:

—Perfecto. ¿Dónde está mi testamento?

Pero resulta que “letal” puede significar algo bastante diferente de lo que entiende cualquier ser humano con dos neuronas y ganas de seguir utilizando ambas.

Porque si te dicen:

“Esta enfermedad tiene una letalidad del 1%.”

El científico está siendo perfectamente preciso.

El ciudadano está pensando:

“¿Y eso qué demonios significa para mí?”

Porque el ciudadano no está interesado en la ontología estadística de la muerte. Quiere saber algo mucho más sencillo:

“Doctor, ¿me voy a morir?”

Y aquí aparece la maravillosa respuesta científica:

—Bueno... depende.

Ah, sí. El famoso “depende”. La palabra favorita de cualquier persona que quiere darte información sin comprometerse emocionalmente con ella.

Entonces preguntas:

—¿Qué posibilidades tengo de sobrevivir?

—El 99%.

Y de pronto cambia toda la conversación.

¡Noventa y nueve por ciento!

Eso ya no suena a película de catástrofes. Suena a:

“Bueno, probablemente salgo de esta. ¿Dónde está el menú?”

Pero dile al mismo ciudadano:

—Tu enfermedad es letal.

¡Joder!

Ya está. El hombre está llamando a sus hermanos, repartiendo las herramientas del garaje y buscando quién se queda con el perro.

Y técnicamente nadie mintió.

Ese es el maravilloso mundo de las palabras.

Porque “letal” significa, en el lenguaje médico, que una enfermedad puede provocar la muerte. Pero en el lenguaje humano suele significar:

“Esto probablemente te va a matar.”

Y no es exactamente lo mismo.

Una enfermedad con una letalidad del 1% puede llamarse técnicamente mortal. Pero si yo soy el paciente, lo que quiero saber no es si la enfermedad pertenece a la aristocracia conceptual de las enfermedades mortales.

Quiero saber si tengo 99 oportunidades de salir caminando del hospital por cada una de acabar convertido en estadística.

Porque los seres humanos somos así de primitivos.

No pensamos:

“Interesante, la razón de mortalidad específica por caso presenta una incidencia estadísticamente significativa.”

Pensamos:

“¿Me muero o no me muero?”

Y cuanto antes nos contesten eso, mejor.

Aquí también aparece otro problema: los números absolutos nos impresionan muchísimo más que los porcentajes cuando somos nosotros los que estamos en la ecuación.

“Murieron un millón de personas.”

¡Dios mío!

“Tu probabilidad individual de morir es del 0.1%.”

Bueno... dame otro café.

Y ambas cosas pueden ser ciertas simultáneamente.

Una enfermedad puede matar a millones y, aun así, representar para un individuo determinado un riesgo relativamente pequeño.

Eso es precisamente lo que hace tan jodidamente difícil hablar de pandemias, cáncer, accidentes y riesgos en general.

Porque hay dos preguntas completamente distintas:

¿Cuánta gente muere?

y

¿Qué posibilidades tengo yo de morir?

Los epidemiólogos necesitan ambas.

El individuo necesita especialmente la segunda.

Si alguien te dice:

—De cada mil personas que contraen esto, una muere.

Tu cerebro puede procesarlo.

Pero si te dice:

—Es una enfermedad mortal.

Tu cerebro ya está escribiendo música fúnebre.

Y entonces tenemos a los seres humanos haciendo lo que mejor sabemos hacer: asustarnos con palabras antes de averiguar los números.

Por eso quizá habría que prohibir durante un rato ciertas palabras dramáticas.

Nada de:

“enfermedad mortal”.

Dime:

“Tienes un 99% de probabilidades de sobrevivir.”

Y después, si quieres, me das la clase de epidemiología.

Porque si vas a hablarle a una persona que acaba de recibir un diagnóstico, quizá sea más importante decirle qué probabilidades tiene de seguir vivo el año que viene que explicarle que la enfermedad, técnicamente hablando, pertenece al género de las cosas que ocasionalmente matan.

Aunque, claro, eso sería demasiado sencillo.

Y la ciencia moderna tiene una regla no escrita:

si puedes explicar algo en una frase, siempre puedes convertirlo en una tabla de 47 columnas.

Así que ahí seguimos.

El médico hablando de letalidad.

El paciente preguntando por su supervivencia.

Y ambos creyendo que están hablando del mismo asunto.

No estamos ante una crisis de ciencia. Estamos ante una crisis de traducción.

Y, como casi siempre, el problema no es solamente lo que sabemos.

Es cómo carajo lo decimos.