«Grito que no creo en nada y que todo es absurdo, pero no puedo dudar de mi grito y necesito, al menos, creer en mi protesta».
— Albert Camus
La frase encierra una contradicción profundamente política: ¿cómo rebelarse contra un mundo en el que ya no creemos?
Si todo es absurdo, si las instituciones mienten, si los poderosos manipulan las reglas y si las promesas de justicia terminan convirtiéndose en discursos vacíos, ¿qué razones quedan para luchar?
Camus nos coloca ante una paradoja: podemos perder la fe en las grandes explicaciones del mundo, pero todavía sentimos que hay cosas que no debemos aceptar.
Podemos desconfiar de los partidos políticos, de los gobiernos, de las ideologías e incluso de quienes aseguran tener la solución definitiva para la humanidad. Sin embargo, esa desconfianza no elimina nuestra capacidad de indignarnos ante la injusticia.
Un trabajador puede haber dejado de creer en los políticos, pero sigue sabiendo que no es justo trabajar toda la vida y no tener lo suficiente para vivir dignamente.
Un ciudadano puede desconfiar de todos los partidos, pero todavía puede indignarse cuando descubre que los recursos públicos terminan en los bolsillos de unos cuantos.
La pérdida de la fe en las instituciones no implica necesariamente la pérdida de nuestro sentido de la justicia.
Ahí comienza la protesta.
El poder político necesita algo más que policías, leyes y recursos económicos para mantenerse. También necesita que las personas acepten, en alguna medida, la legitimidad del orden existente.
Para conseguirlo, los gobiernos construyen relatos:
«Estamos trabajando por el bien de todos».
«Los sacrificios de hoy traerán prosperidad mañana».
«Este es el único camino posible».
«Quienes nos critican están contra el pueblo».
«Hay que tener paciencia; los resultados llegarán».
Estas afirmaciones no son necesariamente falsas por sí mismas. El problema aparece cuando se utilizan para justificar indefinidamente la desigualdad, encubrir los abusos o evitar que los gobernantes rindan cuentas.
Llega un momento en que las palabras pierden credibilidad. Las personas escuchan las promesas, observan sus condiciones de vida y descubren una distancia entre lo que se dice y lo que sucede.
Entonces aparece el grito de Camus.
Ese grito no necesariamente contiene un programa político, una teoría económica o una alternativa de gobierno. Puede expresar algo mucho más elemental: «No acepto que me digan que esto es justo cuando puedo ver que no lo es».
En términos políticos, la protesta es el rechazo a que el poder tenga la última palabra sobre lo que debemos considerar aceptable.
Y ese rechazo es importante porque ninguna sociedad democrática debería exigir a sus ciudadanos una confianza incondicional en quienes los gobiernan.
Cuando una persona deja de creer en la política, puede tomar dos caminos.
Primer camino: el cinismo.
«Todos los políticos son iguales».
«Nada va a cambiar».
«Cada quien busca su beneficio».
«No vale la pena hacer nada».
El cinismo parece una forma de lucidez porque reconoce la hipocresía, la corrupción y los intereses particulares. Pero puede terminar convirtiéndose en una forma involuntaria de obediencia.
¿Por qué?
Porque si creemos que todos los abusos son inevitables, dejamos de exigir responsabilidades. Si suponemos que nada puede cambiar, renunciamos a intervenir. Y si consideramos que todas las alternativas son igualmente malas, terminamos aceptando cualquier situación.
El poder puede beneficiarse de esa resignación.
No necesita convencernos de que sus decisiones son justas. Le basta con que pensemos que no existe ninguna posibilidad de hacerlas menos injustas.
Segundo camino: la rebelión.
«No confío ciegamente en ningún partido, pero tampoco acepto que la corrupción sea inevitable».
«No tengo una respuesta para todos los problemas, pero puedo señalar una injusticia cuando la encuentro».
«No sé si lograremos cambiar las cosas, pero eso no convierte en correcto permanecer indiferentes».
Esta segunda posición no exige optimismo ingenuo. Tampoco requiere creer que la historia avanza necesariamente hacia un mundo mejor.
Exige algo más modesto y, al mismo tiempo, más difícil: negarse a confundir lo que existe con lo que debería existir.
La diferencia es fundamental. El cínico puede terminar adaptándose al mundo porque considera inútil transformarlo. El rebelde conserva la capacidad de juzgarlo, incluso cuando no sabe cómo cambiarlo.
4. La protesta contra el poder también debe cuestionar a quienes dicen combatirlo
Aquí conviene llevar la frase un paso más lejos.
En política, las personas no solo pueden perder la confianza en las instituciones existentes. También pueden depositar todas sus esperanzas en un líder, un partido o una revolución que promete destruir el orden anterior.
Y ahí aparece una nueva contradicción.
Quien protesta contra la corrupción puede terminar justificando la corrupción de su propio grupo.
Quien denuncia la manipulación mediática puede terminar creyendo ciegamente en la propaganda de su movimiento.
Quien exige libertad puede terminar defendiendo la represión cuando la ejerce un gobernante con el que simpatiza.
Quien denuncia los privilegios de las élites puede terminar justificando los privilegios de una nueva élite que habla en nombre del pueblo.
En todos estos casos, la protesta original corre el riesgo de convertirse en una nueva forma de obediencia.
Por eso, la idea de Camus tiene una lectura política que va más allá de la indignación: la rebelión pierde su sentido cuando deja de cuestionar el poder y empieza a concederle una inmunidad moral.
No basta con estar contra el gobierno de turno. También hay que examinar las relaciones de poder que sobreviven a los cambios de gobierno.
No basta con denunciar a los privilegiados de ayer. Hay que observar quiénes se convierten en los privilegiados de hoy.
Y no basta con afirmar que se gobierna en nombre del pueblo. Hay que preguntar quién se beneficia realmente de las decisiones tomadas en su nombre.
La protesta necesita conservar su independencia, incluso frente a las causas que considera justas.
Camus frente al absurdo: ¿para qué luchar si no hay garantías de victoria?
Esta es quizá la dimensión filosófica más profunda de la frase.
Camus cuestiona la necesidad de encontrar un sentido definitivo que justifique nuestra existencia. El mundo no nos garantiza que la justicia triunfará, que los inocentes serán recompensados o que los sacrificios producirán los resultados esperados.
La historia no firma contratos con quienes luchan por un mundo mejor.
Una sociedad puede combatir una dictadura y terminar bajo otro autoritarismo. Una revolución puede derrocar a una élite y producir otra. Una lucha social puede conseguir avances que después sean recortados.
Nada garantiza una victoria permanente.
Pero de ello no se desprende que todas las acciones sean equivalentes.
Que la injusticia pueda prevalecer no significa que debamos considerarla justa. Que una protesta pueda fracasar no significa que carezca de valor. Que no exista una solución definitiva no significa que no podamos resolver problemas concretos.
Podemos reducir la explotación sin abolir todas las desigualdades. Podemos defender las libertades sin construir una sociedad perfecta. Podemos exigir transparencia sin erradicar toda la corrupción.
La ausencia de garantías no elimina la responsabilidad de actuar.
En esta lectura, la protesta no necesita prometer la salvación de la humanidad. Le basta con defender la dignidad humana frente a aquello que la amenaza.
Y eso tiene una consecuencia política importante: no necesitamos creer que vamos a cambiar el mundo por completo para tener razones para cambiar aquello que podemos.
La rebelión de Camus tiene un sentido que me parece especialmente poderoso: establece un límite.
La persona rebelde no se limita a decir «esto me perjudica». También puede decir «esto no debería hacerse, aunque yo no sea quien sufre directamente las consecuencias».
Esa diferencia separa el interés individual de una posible conciencia de justicia.
Si protestamos únicamente cuando nos perjudican, nuestra oposición puede ser una defensa de nuestros propios privilegios.
Si protestamos también cuando el abuso afecta a otros, incluso cuando no obtenemos un beneficio personal, comenzamos a construir una solidaridad política.
Pensemos en tres situaciones:
Un ciudadano denuncia la corrupción cuando gobierna el partido contrario, pero guarda silencio cuando la comete su partido.
Un trabajador rechaza que se vulneren sus derechos, pero considera aceptable que se vulneren los de quienes tienen empleos más precarios.
Una persona critica los abusos del Estado cuando afectan a su grupo, pero los justifica cuando las víctimas pertenecen a un grupo que desprecia.
En los tres casos existe una protesta condicionada por la identidad o el interés.
Una protesta más consecuente exige someter a crítica también a los nuestros.
No porque todos los actores políticos sean idénticos, sino porque ninguna identidad política debería colocarnos por encima de los principios que exigimos a los demás.
La justicia pierde su significado cuando se convierte en una herramienta para castigar a los adversarios y proteger a los aliados.
Y aquí está la dimensión política más profunda de la frase: el poder puede conseguir que desconfiemos de nuestras posibilidades de cambiar la realidad, pero no deberíamos permitirle que decida también qué injusticias estamos obligados a tolerar.
La protesta empieza cuando dejamos de confundir la realidad con la fatalidad.
Y se vuelve verdaderamente transformadora cuando, además de gritar contra el poder, somos capaces de comprenderlo, organizar una alternativa y cuestionar también a quienes pretenden ejercerlo en nuestro nombre.

