BIENVENIDOS AL CIRCO DE LA DERECHA
Donde el candidato ya no necesita gobernar: basta con que no deje de hacer el ridículo
Hay algo maravilloso ocurriendo en la política contemporánea.
Durante siglos la humanidad luchó por construir instituciones.
Constituciones.
Parlamentos.
Tribunales.
Universidades.
Sistemas electorales.
Debates.
Prensa.
Todo ese tedioso esfuerzo para conseguir que quienes gobiernan fueran, al menos en teoría, personas capaces de gobernar.
Y entonces llegó Internet.
Y dijimos:
“¿Saben qué? Todo esto está muy bien, pero ¿qué tal si elegimos al tipo que más nos haga reír?”
Bienvenidos al siglo XXI.
La civilización occidental ha avanzado tanto que ahora podemos elegir gobernantes mediante el mismo mecanismo que utilizamos para decidir qué gato se parece más a Hitler.
Dale “me gusta”.
Antes un político tenía que parecer serio.
Tenía que vestir correctamente.
Hablar correctamente.
Conocer los asuntos públicos.
Intentar parecer inteligente.
Y, sobre todo, tenía que evitar hacer el ridículo.
Hoy tenemos una innovación extraordinaria:
el político que convierte el ridículo en una estrategia de comunicación.
Y funciona.
Porque hemos descubierto algo maravilloso sobre el cerebro humano:
la indignación genera clics.
La estupidez genera clics.
El escándalo genera clics.
El insulto genera clics.
La mentira genera clics.
La frase completamente desquiciada genera millones de clics.
Pero una explicación razonable de cuarenta minutos sobre política fiscal…
Bueno.
Eso sí que es una amenaza contra la democracia.
EL POLÍTICO YA NO ES UN POLÍTICO
Es un personaje.
Y aquí está el cambio fundamental.
Milei no necesita que todos conozcan sus propuestas económicas.
Necesita que sepan quién es Milei.
El personaje.
El cabello.
Los gritos.
La motosierra.
Los enemigos.
Los insultos.
La pose.
La narrativa.
Lo mismo ocurre con otros dirigentes de la nueva derecha.
No importa tanto que expliquen el funcionamiento del Estado.
Importa que tengan una personalidad reconocible en quince segundos.
Porque quince segundos es aproximadamente el tiempo que nuestra civilización contemporánea puede mantener la atención antes de necesitar otra imagen de un perro cayéndose de una escalera.
El político moderno debe ser memeable.
Ésa es la nueva cualidad de liderazgo.
No “competente”.
No “prudente”.
No “honesto”.
Memeable.
EL BUFÓN ES PERFECTO PARA EL ALGORITMO
El algoritmo ama al bufón.
¿Por qué?
Porque el bufón no necesita convencer.
Necesita provocar.
Si dices algo sensato, quizá diez mil personas lo leen.
Si dices una estupidez monumental, cincuenta millones de personas preguntan:
“¿Acaba de decir eso?”
Sí.
Lo dijo.
Y ahora tienes ocho millones de reproducciones.
La oposición lo comparte para burlarse.
Tus seguidores lo comparten para defenderte.
Los periodistas lo comparten para criticarte.
Los comentaristas lo comparten para analizarlo.
Los memes lo comparten para ridiculizarlo.
Y el algoritmo dice:
“Magnífico. Continúen.”
El político acaba de obtener publicidad gratuita de todos sus enemigos.
EL ENEMIGO ES PARTE DE LA CAMPAÑA
Éste es otro descubrimiento extraordinario.
El adversario ya no es un obstáculo.
Es un empleado.
Porque si tu enemigo se indigna contigo, te está ayudando.
Si publica tu declaración absurda, te ayuda.
Si escribe diez tuits denunciándote, te ayuda.
Si hace un video de quince minutos demostrando que eres un imbécil…
te está haciendo campaña.
Y aquí aparece una de las grandes ironías de nuestra época:
La gente que más detesta a determinados políticos puede convertirse en su principal distribuidor de contenido.
Es como contratar a Greenpeace para promocionar una petrolera.
LA DERECHA DESCUBRIÓ QUE EL ESCÁNDALO ES UN NEGOCIO
Y aquí llegamos al fenómeno que estamos viendo en América Latina.
La derecha descubrió algo que la publicidad lleva décadas sabiendo:
la marca importa más que el producto.
No necesitas vender un programa político.
Vendes una personalidad.
No eres candidato.
Eres una marca.
“Milei.”
“Kast.”
“De la Espriella.”
Y alrededor del nombre construyes una colección de símbolos:
El enemigo.
La amenaza.
La patria.
La decadencia.
Los comunistas.
Los progres.
Los inmigrantes.
Las élites.
Los medios.
Los zurdos.
Los woke.
Los corruptos.
Los globalistas.
El demonio.
La lista puede continuar indefinidamente.
Porque una identidad política construida alrededor del enemigo es extremadamente cómoda.
No necesitas explicar el mundo.
Sólo necesitas decir:
“Ellos son los culpables.”
LA POLÍTICA COMO LUCHA LIBRE
Estamos convirtiendo la democracia en lucha libre profesional.
Hay héroes.
Hay villanos.
Hay insultos.
Hay entradas espectaculares.
Hay público gritando.
Hay camisetas.
Hay consignas.
Y todos saben quién es el bueno porque lleva la camiseta correcta.
¿El programa de gobierno?
¿La política energética?
¿La estructura fiscal?
¿La educación?
¿La administración pública?
¿La salud?
¡Por favor!
Estamos ocupados viendo al candidato insultar a alguien.
Eso es mucho más emocionante.
Y ENTONCES LLEGA XÓCHITL
Xóchitl Gálvez representa otra variante interesante del mismo fenómeno.
La espontaneidad.
La ocurrencia.
El personaje.
La candidata que quiere diferenciarse del político tradicional.
Y hay algo genuinamente atractivo en eso.
El problema aparece cuando la espontaneidad se convierte en sustituto de la preparación.
Porque una cosa es hablar sin solemnidad.
Otra muy distinta es demostrar que no sabes qué estás diciendo.
El político puede sobrevivir a un error.
Lo que resulta mucho más difícil es sobrevivir a una sucesión de errores convertidos en espectáculo.
Porque llega un momento en que el ciudadano deja de preguntarse:
“¿Qué propone?”
y empieza a preguntarse:
“¿Qué barbaridad va a decir mañana?”
Y ése es el momento en que el candidato deja de ser candidato.
Se convierte en programa de televisión.
LA VERGÜENZA FUE CANCELADA
Ésta quizá sea la mayor transformación.
Antes, hacer el ridículo tenía consecuencias.
Ahora puede tener beneficios.
Antes un político decía algo absurdo y sus asesores entraban en pánico.
Ahora sus asesores preguntan:
“¿Cuántas reproducciones lleva?”
Ése es el nuevo departamento de crisis.
No:
“¿Cómo corregimos la declaración?”
Sino:
“¿Está funcionando?”
Porque si la gente habla de ti, la campaña continúa.
Y hemos llegado al punto en que la política puede premiar precisamente aquello que debería descalificarla.
La arrogancia.
La ignorancia.
La agresividad.
La mentira.
La simplificación.
La incapacidad para admitir errores.
Todo puede convertirse en una virtud si se envuelve correctamente en el celofán de la “autenticidad”.
EL IDIOTA AUTÉNTICO
Ésta es mi parte favorita.
Antes queríamos políticos inteligentes.
Ahora queremos políticos “auténticos”.
¿Y qué significa auténtico?
Que diga lo primero que se le ocurra.
Fantástico.
Entonces ya no necesitamos elecciones.
Podemos sustituirlas por una cámara instalada en una cantina.
El que diga la estupidez más viral gana.
Porque aparentemente expresar cualquier pensamiento que aparezca espontáneamente en tu cerebro es una prueba de carácter.
Un adulto responsable piensa antes de hablar.
Un político moderno habla antes de pensar.
Y si alguien lo critica, responde:
“¡Yo digo las cosas como son!”
No.
Dices las cosas como se te ocurren.
No es lo mismo.
EL PELIGRO NO ES QUE SEAN BUFONES
El problema no es que algunos políticos sean ridículos.
Siempre los hubo.
El problema es que el sistema empieza a seleccionarlos precisamente porque son ridículos.
Ésa es la parte verdaderamente siniestra.
Si el algoritmo recompensa la provocación, los políticos aprenderán a provocar.
Si recompensa la indignación, indignarán.
Si recompensa el conflicto, fabricarán conflicto.
Si recompensa la mentira escandalosa, mentirán escandalosamente.
Estamos creando un ecosistema político donde la moderación es mala televisión.
La prudencia no se comparte.
La complejidad no se viraliza.
La duda parece debilidad.
La corrección parece cobardía.
Y la certeza absoluta, aunque sea completamente idiota, obtiene millones de visitas.
Y ASÍ LLEGAMOS AL GRAN TRIUNFO DEL SIGLO
Tenemos más información que cualquier generación anterior.
Tenemos acceso instantáneo a bibliotecas enteras.
Podemos consultar documentos.
Datos.
Investigaciones.
Estadísticas.
Expertos.
Historia.
Todo el conocimiento humano está prácticamente en nuestro bolsillo.
Y utilizamos esa maravilla tecnológica para ver a un político gritar:
“¡MOTOSIERRA!”
Y aplaudir.
La humanidad construyó Internet para compartir conocimiento.
Nosotros lo convertimos en una máquina gigantesca para compartir cabreo.
EL CIUDADANO SE CONVIRTIÓ EN FAN
Y aquí está el final de la tragedia.
Cuando el político se convierte en personaje, el ciudadano se convierte en fan.
Y un fan no evalúa a su ídolo.
Lo defiende.
Si pierde:
“Le hicieron fraude.”
Si miente:
“Todos mienten.”
Si se contradice:
“Está siendo estratégico.”
Si fracasa:
“Es culpa de los enemigos.”
Si hace el ridículo:
“¡Por eso lo queremos!”
Y entonces desaparece la última barrera.
La capacidad de decir:
“Este cabrón es de mi partido, pero acaba de decir una estupidez.”
Eso es democracia.
No exigir que tu candidato sea perfecto.
Sino conservar la capacidad de reconocer cuando es un imbécil.
Porque ésa es quizá la gran tragedia de nuestra época:
hemos desarrollado una tecnología capaz de poner a toda la humanidad en comunicación instantánea y la estamos utilizando para formar tribus de personas que se gritan entre sí mientras comparten videos de sus respectivos bufones.
Y cada tribu está convencida de que la otra es la que perdió la cabeza.
Mientras tanto, el político sonríe.
Porque descubrió el secreto.
No necesita que lo respeten.
No necesita siquiera que le crean.
Ni siquiera necesita que lo quieran.
Sólo necesita que sigan hablando de él.
Y nosotros, obedientemente, hablamos.
Todos los días.
A todas horas.
Gratis.
Bienvenidos a la nueva democracia.
El candidato hace el ridículo.
La oposición se indigna.
Los seguidores lo defienden.
El algoritmo cobra.
Y nosotros, los ciudadanos, compramos palomitas.
Qué gran avance de la civilización.