martes, 3 de febrero de 2026

 Si bien desde perspectivas y suposiciones diferentes, las historias de Adán y Eva y de Prometeo no dejan de enseñarnos la importancia del disenso, pero también la preferencia por una condición de dolor y sufrimiento, orientada a mejorar la vida de la raza humana mediante esfuerzos, porque, como dijo Tácito: «más quiero esa peligrosa libertad que una servidumbre tranquila», malo periculosam libertatem quam quietum servitium.

Diego Fusaro

Hay algo deliciosamente incómodo en ese parentesco entre Adán, Eva y Prometeo: todos desobedecen, todos pagan, y ninguno pide reembolso. No es el error lo que los define, sino la negativa a aceptar una felicidad administrada, esa paz con bozal que huele a establo.
Adán y Eva comen del fruto y despiertan: saber duele, pero dormir obedeciendo duele más tarde y peor. Prometeo roba el fuego —esa chispa peligrosa que quema y alumbra— y se condena a un hígado eternamente reincidente. ¿Moraleja? La humanidad no nace en el paraíso ni en la armonía, sino en el conflicto, en el “no” dicho a tiempo. El progreso no llega envuelto en terciopelo: llega cojeando, sangrando, pero pensando.
Tácito lo dice sin anestesia: libertas o quietud, riesgo o comodidad. La servidumbre tranquila es ese sofá ideológico donde todo está decidido por ti: no piensas, no eliges, no fallas… tampoco vives del todo. Es una vida sin tragedia, sí, pero también sin épica, sin dignidad. Un acuario bien iluminado sigue siendo una jaula.
Fusaro recoge bien el hilo: el disenso no es un capricho adolescente, es una condición antropológica. Elegir el dolor no porque se ame el sufrimiento, sino porque solo a través del esfuerzo —del choque, del error, de la herejía— la vida humana se expande. La libertad es peligrosa porque nos hace responsables; la servidumbre es tranquila porque nos infantiliza.
Dicho sin rodeos: el Edén sin elección es un zoológico elegante. El fuego quema, sí, pero sin fuego solo hay noche. Y la humanidad, cuando renuncia al riesgo de pensar y disentir, no se vuelve buena: se vuelve dócil. Y eso, históricamente, nunca acaba bien.

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