«Os lo pedimos expresamente, ¡no encontréis natural lo que ocurre siempre! Que nada se llame ‘natural’ en esta época de confusión sangrienta, de desorden ordenado, de planificado capricho y de humanidad deshumanizada, para que nada pueda considerarse inmutable».
B. Brecht, La excepción y la regla
si algo se llama natural, deja de poder cambiarse.
Brecht
te agarra del cuello y te dice: no bosteces. Eso que ves todos los días
—la violencia rutinaria, la injusticia con horario de oficina, el abuso
con sello oficial— no es naturaleza, es costumbre con mala prensa.
Cuando
Brecht suplica “no encontréis natural lo que ocurre siempre”, está
disparando contra el tranquilizante más potente del poder:
la normalización.
Lo que se repite deja de doler.
Lo que se institucionaliza se disfraza de destino.
Lo que beneficia a unos pocos se presenta como “así es la vida”.
Y entonces aparece esa frase venenosa: “es lo normal”.
Normal la guerra.
Normal la explotación.
Normal que unos vivan como dioses y otros como descartables.
Normal que el desorden esté perfectamente administrado —desorden ordenado, dice Brecht, como un caos con Excel.
Su advertencia es casi quirúrgica:
si algo se llama natural, deja de poder cambiarse.La
naturaleza no se vota, no se discute, no se rebela. Llueve y ya. Pero
Brecht grita: esto no es lluvia, es alguien abriendo la llave.
Por
eso su teatro es incómodo: quiere que el espectador no se funda con lo
que ve, sino que se distancie, frunza el ceño y piense:
“¿Por qué acepté esto como inevitable?”
En el fondo, Brecht nos propone un gesto simple y subversivo:
desacostumbrar la mirada.
Volver extraño lo cotidiano.
Sospechar de lo que funciona “demasiado bien”.
Porque cuando una época logra que la injusticia parezca natural,
la verdadera excepción no es la regla…
es el pensamiento crítico.
Y pensar, en esos tiempos, ya es un pequeño acto de sabotaje poético.
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