Eduardo Galeano: el oficio de recordar
La memoria no es un museo, decía Galeano sin decirlo: es un campo de batalla. Allí chocan los vencedores, que escriben la historia con tinta oficial, y los vencidos, que la susurran para que no se muera. Galeano eligió ese susurro. No gritó consignas: las volvió canto.
Escribía en fragmentos porque la realidad latinoamericana llega rota. Un continente astillado por conquistas, dictaduras, deudas externas y promesas con letra chiquita no se cuenta en capítulos prolijos. Se cuenta en pedazos, como se cuentan los sueños y las pesadillas. Galeano lo sabía: por eso sus textos caminan descalzos, breves, filosos, luminosos.
En sus páginas, los nadie —los hijos de nadie, los dueños de nada— dejan de ser estadísticas y recuperan nombre, rostro, risa, rabia. Galeano no hablaba sobre ellos: hablaba con ellos. Les prestaba la pluma, no la jaula. Y así la historia dejaba de ser una fila de próceres con bigote para volverse un coro humano, desafinado y verdadero.
Su política no era de mitin sino de mirada. Mirar donde nadie mira es ya una forma de rebelión. Mientras el poder pedía olvido para seguir mandando tranquilo, Galeano insistía en recordar. Recordar es peligroso: despierta preguntas. Y las preguntas son el peor enemigo de los imperios, porque no obedecen.
Tenía el don raro de decir verdades duras con belleza suave. Como quien pone sal en la herida, pero también agua. Denunció el saqueo, sí, pero también celebró el fútbol, el amor, el humor, la dignidad cotidiana. Porque resistir no es solo aguantar: es también bailar cuando se puede.
Galeano escribía para los que sienten que el mundo no funciona pero no saben cómo explicarlo. Sus libros no dan respuestas cerradas; abren ventanas. Y por ellas entra el viento de la historia, despeinando certezas, moviendo conciencias.
Hoy, cuando el mercado habla más fuerte que las personas y la prisa nos roba la memoria, Galeano sigue siendo necesario. No como estatua —a él no le gustaban— sino como brújula imperfecta. Nos recuerda que la utopía no sirve para llegar, sino para caminar.
Y caminamos mejor cuando alguien nos cuenta, al oído, que no estamos solos.
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