Un profesor esloveno tenía fama de dar a sus estudiantes de medicina puntos negativos si escribían en un examen algo que sabían que era una respuesta manifiestamente errónea. Animaba así al alumno que no supiera la respuesta a dejarla en blanco en el examen, en vez de jugársela a adivinar la opción correcta. El profesor justificaba aquel método diciendo que era imprescindible que los estudiantes aprendieran el peligro de adivinar. Pese a ello, la universidad, disconforme con el argumento del profesor, le ordenó cambiar su política calificadora.
Renata Salecl
Este
profesor esloveno —mitad Sócrates, mitad cirujano sin anestesia—
entendió algo que a la universidad le dio urticaria: adivinar también es
una forma de error, pero con maquillaje.
El fondo del asunto
Su método no castigaba la ignorancia, castigaba la falsa seguridad. Y en medicina —ese oficio donde un error no se borra con corrector— eso no es crueldad: es profilaxis moral.
Decir “no sé” es un acto de higiene intelectual. Adivinar es jugar a la ruleta rusa con bata blanca.
El profesor enseñaba una lección que no cabe en un temario:
El peligro no está en no saber, sino en creer que se sabe.
La lógica del castigo
El punto negativo no era venganza académica, era pedagogía quirúrgica.
— No sabes → aceptable.
— Sabes → excelente.
— Crees que sabes → peligro público.
En su mundo, la ignorancia confesada abría la puerta al aprendizaje.
La ignorancia disfrazada de respuesta cerraba ataúdes.
La reacción de la universidad
La institución, fiel a su vocación administrativa, vio números donde había ética.
Prefirió exámenes que premian la audacia estadística antes que la honestidad cognitiva. Porque el sistema educativo moderno ama al alumno que arriesga, no al que duda.
Y así se forman profesionales seguros… de nada.
El choque de filosofías
Aquí no hubo solo un conflicto de métodos, sino de visiones del conocimiento:
-El profesor:
El saber exige humildad. La duda es una competencia.
-La universidad:
El saber se mide en respuestas marcadas. El error es parte del juego.
Uno formaba médicos.
La otra gestionaba aprobados.
Conclusión (sin anestesia)
Ese profesor no enseñaba a pasar exámenes, enseñaba a no matar a nadie por exceso de confianza.
La universidad ganó el pulso administrativo.
Pero perdió algo más grave: la oportunidad de enseñar que, a veces, el acto más inteligente no es responder…
sino callar.
Y eso, paradójicamente, es una lección que no aparece en ningún examen.
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