lunes, 22 de diciembre de 2025

 

José López Portillo: el presidente que lloró… y nos dejó la cuenta

México es un país que a veces parece decir: “no importa, ya pasó”. Y luego se sorprende cuando vuelve a pasar.

José López Portillo fue un presidente que no gobernó un país, gobernó una emoción. La suya.
Un hombre que confundió el Estado con su espejo, la patria con su ego, y el petróleo con una tarjeta de crédito infinita.

—“Defenderé el peso como un perro”— dijo.
Y el peso murió… mordido por su propio dueño.

Pero el problema no es sólo López Portillo. El problema es que México lo permitió, lo aplaudió, lo lloró con él. Porque aquí tenemos una debilidad peligrosa: nos conmueve el poder cuando se pone sentimental.

“Cuando el líder llora en televisión, no está mostrando humanidad: está apagando el cerebro colectivo.”

Y ahí estaba López Portillo, llorando frente a las cámaras, mientras nacionalizaba la banca como quien avienta los platos después de arruinar la fiesta. Lágrimas históricas. Lágrimas patrióticas. Lágrimas que no devolvieron ni un centavo.

¿Y la amante en una secretaría?
Eso no fue un exceso: fue una confesión involuntaria.

Porque cuando un presidente pone a su pareja en el poder, el mensaje es claro:

“Esto no es una república, es mi casa.”

Y México, en vez de decir “oye, esto es una locura”, dijo:
—“Bueno… es carismático.”
—“Bueno… es culto.”
—“Bueno… al menos habla bonito.”

Así empieza siempre.

El sexenio de López Portillo fue el laboratorio del desastre moderno:

  • Endeudamiento brutal

  • Corrupción sin pudor

  • Nacionalismo teatral

  • Y un líder convencido de que él era la nación

¿Te suena conocido?
Claro que sí. Por eso no debe olvidarse.

Porque cuando México olvida, repite con entusiasmo. Cambian los nombres, cambia el peinado, cambia el discurso… pero el guion es el mismo:

“Yo soy el bueno, el enemigo es externo, confíen en mí, no cuestionen ahora.”

“El verdadero problema no es el político corrupto. El problema es la sociedad que se siente cómoda siendo tratada como un niño.”

López Portillo no fue un accidente.
Fue un síntoma.

Y ese México —el que se deja seducir por el drama, el caudillo, la lágrima televisada— a veces parece querer regresar, como una adicción que nunca se curó del todo.

Por eso no se trata de reír o llorar.
Se trata de recordar con rabia lúcida.

Porque los países que olvidan a sus peores presidentes no los superan:
los reciclan.

No.
Eso quedó debajo de la alfombra,
esperando que alguien vuelva a levantarla.

Cambian los nombres, cambian los slogans,
pero el truco es el mismo:
drama, patriotismo de utilería
y una multitud diciendo:
—“Ahora sí es diferente.”

Siempre es diferente…
hasta que el recibo llega.

López Portillo no fue un error histórico.
Fue un ensayo general.
Y lo más aterrador no es recordarlo…

…es darnos cuenta de que todavía hay gente que aplaude el mismo acto.


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