miércoles, 24 de diciembre de 2025

 La historia no es un acta notarial: es un relato con dueño. Y casi siempre lo escribe quien gana, quien manda… o quien paga la imprenta.

Mira el truco retórico —rápido y sin anestesia—:
cuando mata un Estado que se dice comunista, se habla de “crímenes del comunismo”.
Cuando mata un Estado capitalista, se habla de “excesos”, “errores”, “dictaduras”, “guerra sucia”, “daños colaterales”.
El sistema sale limpio; la culpa se subcontrata.

Pinochet no fue presentado como “crimen del capitalismo”, sino como una anomalía, un mal necesario, un señor con bigote que “salvó la economía”.
Videla, Stroessner, Franco, Suharto, los escuadrones de la muerte en Centroamérica:
todos anticomunistas, financiados, entrenados o tolerados por potencias capitalistas…
pero narrados como si hubieran actuado solos
, en la noche, sin ideología ni padrinos.

El capitalismo es astuto:
no necesita firmar con sangre.
Mata tercerizando.
Mata con golpes de Estado, con bloqueos, con hambre, con deuda, con miedo.
Y luego dice: “eso no fue el sistema, fue el hombre”.
Al comunismo, en cambio, se le dice: “eso eres tú”.

La Guerra Fría no solo se peleó con armas, sino con diccionarios.
Uno de sus triunfos fue semántico:
hacer que “anticomunista” sonara a defensor de la libertad
y que “comunista” sonara a cadáver en potencia.

Por eso no se dice:

“El capitalismo asesinó a mi abuelo”
aunque lo haya hecho mediante un general, un plan económico, una embajada y una lista negra.

No es olvido inocente.
Es memoria selectiva, esa forma elegante de la injusticia.

La historia, no es que no recuerde a los muertos del capitalismo:

es que prefiere no nombrar al culpable completo.
Y el silencio, ya lo sabemos, también dispara. 

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