Rius: el monero que le bajó los calzones al poder
Rius no dibujaba monitos: abría latas de realidad con cuchillo de caricatura. Eduardo del Río era, ante todo, un hereje con plumín. No creía en los dogmas —ni religiosos, ni políticos, ni culturales— y por eso los desarmaba como relojes viejos: pieza por pieza, frente al lector, sin pedir permiso y sin ofrecer disculpas. Su obra es una pedagogía del desacato. Una escuela primaria para adultos engañados.Mientras el poder hablaba en latín burocrático y voz engolada, Rius respondía con muñequitos de barriga prominente y cejas acusadoras. Ahí estaba el truco: el humor como caballo de Troya. Uno abría Marx para principiantes creyendo que iba a reírse un rato, y salía con una bomba ideológica en la mochila. Rius hacía divulgación, sí, pero también sabotaje. Enseñar era su manera más elegante de molestar.
En un país acostumbrado a la solemnidad impostada, Rius fue un cachetazo. Se burló de la Iglesia cuando todavía era intocable, del PRI cuando parecía eterno, del capitalismo cuando se vendía como destino manifiesto. Y lo hizo sin el tono del profeta ni la pose del mártir. Nada de púlpitos: pizarrón, chistes malos a propósito, moneros torpes y una idea clara —pensar duele, pero no pensar mata.
Rius entendió algo fundamental: la ignorancia no es un accidente, es un proyecto político. Por eso escribió para “principiantes”. No por condescendencia, sino por estrategia. Su lector ideal no era el académico de ceja levantada, sino la señora del mercado, el estudiante confundido, el godín cansado de tragarse el discurso oficial. Democratizó el pensamiento crítico como quien reparte volantes en una manifestación: rápido, directo, efectivo.
Claro, no fue neutral. Rius tomó partido. Fue de izquierda, marxista a ratos, hereje siempre. Se equivocó, como todos los que piensan en voz alta. Pero incluso sus errores enseñan, porque están escritos sin cinismo. Hoy, cuando la corrección política a veces funciona como mordaza y el cinismo como anestesia, Rius se siente incómodamente vigente: decía lo que pensaba y se reía mientras lo decía. Un lujo en tiempos de indignación performativa.
Rius murió, pero sus monitos siguen vivos, señalando con el dedo, sacándonos la lengua, preguntando lo obvio que nadie quiere responder. Leerlo hoy es un acto de higiene mental. Un recordatorio de que el poder odia el humor porque el humor entiende demasiado.
Rius no cambió el mundo, dirán algunos. Falso. Cambió cabezas. Y con eso basta para que el mundo, tarde o temprano, tiemble un poco.
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