viernes, 21 de febrero de 2025

 Antes los grandes medios tenían el Monopolio —con mayúsculas— de la mentira y, mucho más ocasionalmente, de los hechos. Ahora, sin embargo, ya no es así. Y están instalando la idea de que las redes sociales podrían colapsar las democracias, porque la mentira puede circular sin control y no sólo alcanzar a cualquiera, sino que cualquiera puede producirla y difundirla a su vez. De lo cual se colige que la mentira fabricada y difundida por unos pocos sería mejor que la mentira fabricada y compartida por todos. De esta forma los medios han establecido una especie de ética de la mentira, que diferencia entre mentira colegiada y la mentira amateur, donde el periodista certificado sería, por decirlo así, un mentiroso legítimo, y el ciudadano común, un intruso, un invitado no deseado.

A pesar de que los gestores de las redes sociales han tratado de que los grandes medios no alimentaran esta leyenda negra, proporcionándoles a ellos y a sus periodistas de referencia un trato preferente, los magnates de la prensa han seguido con las hostilidades. Para inclinar a su favor esta contienda las redes cuentan con el volumen de usuarios y el control en buena medida del pastel publicitario, que antes pertenecía en exclusiva a los medios de información tradicionales. Por su parte, los segundos tienen de su lado a la clase política y, en general, a los tecnócratas, porque el monopolio de la información es un interés que comparten políticos y magnates de la prensa. No es poca cosa tener como aliado al legislador, porque es quien determina las reglas del juego. Muchas veces lo hace en contra de los deseos e intereses de los ciudadanos, argumentando que es por su bien, para protegerle de innumerables peligros que les acechan. Así que, con todas las prevenciones, estaríamos asistiendo a una guerra perdida de antemano, no ya para las redes sociales, sino para la libertad de expresión, comunicación e información en general.

Javier Benegas 

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