El poder que no usamos
Caminamos por los supermercados, los bares y los mercados de frutas y verduras como si no tuviéramos poder alguno. Nos quejamos de la inflación, de los precios que suben sin medida, del costo de la vida que parece escaparse de nuestras manos, pero seguimos comprando lo mismo, a cualquier precio, como si nuestra decisión no importara. Y sin embargo, el poder está en nuestras manos.
Cada botella de whisky, cada kilo de aguacate, cada bien no esencial que compramos a precios exorbitantes es un voto silencioso. Un voto que dice: “Sí, acepto pagar esto”. Ese acto, cotidiano y aparentemente insignificante, sostiene la rueda de la inflación. Mientras seguimos comprando, los productores perciben que el mercado aguanta, que el consumidor es dócil, y los precios siguen subiendo.
Podríamos detenernos. Podríamos pensar: “Esto es caro, no lo compro”. Podríamos buscar sustitutos, alternativas, o simplemente abstenernos. Con cada decisión racional de no comprar, la balanza del poder se inclina hacia nosotros. El productor, que antes subía precios confiado, tendría que retroceder. La economía, que parece un monstruo que nos devora, en realidad responde a nuestras decisiones individuales, si estas se ejercen de forma colectiva.
Pero eso requiere disciplina, conciencia y un cierto coraje. Porque no es fácil negarse a la comodidad, al gusto, al hábito. Es más sencillo quejarse mientras seguimos comprando. Es más fácil culpar a los gobiernos, a la inflación global, a la avaricia de los productores, que asumir que somos nosotros quienes podemos cambiar el juego.
El poder de la gente existe, camaradas. Solo que muchos no lo ejercen. Y mientras no lo hagamos, los precios seguirán subiendo, los beneficios seguirán concentrándose en unos pocos, y nosotros seguiremos pagando por algo que podríamos haber decidido no pagar.
El día que decidamos actuar, aunque sea en pequeños pasos, la economía dejará de ser un monstruo y volverá a ser lo que siempre debió ser: un reflejo de nuestras decisiones, de nuestra voluntad y de nuestra fuerza colectiva. Ese día, quizás, entendamos que el poder nunca estuvo fuera de nuestras manos. Solo estaba dormido.
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