El Gran Truco de los Países Decentes
Hay algo fascinante en cómo se comportan las grandes potencias del
mundo. Países “serios”. Países “civilizados”. Países donde las calles
huelen a pan recién horneado, el wifi funciona y la gente recicla porque
les importa “el planeta”.
Qué lindos. Qué adorables.
Y luego los miras más de cerca y descubres que todo ese esplendor funciona como un restaurante elegante:
la cocina está llena de sangre, grasa y manos explotadas… pero la comida sale bonita al plato.
Los países colonizadores —los de antes y los de ahora— tienen una habilidad maravillosa:
comen del planeta entero pero nunca se atragantan con la culpa.
Porque, seamos honestos, camaradas:
el ciudadano promedio de una potencia colonial no se siente responsable de nada. ¡Nada!
Ellos creen que su país es rico porque “trabajan duro”, porque “son ordenados”, porque “son eficientes”.
Sí, claro. Y yo soy astronauta porque brinqué muy alto una vez.
La verdad es incómoda:
el primer mundo vive como vive porque el tercer mundo muere como muere.
Pero no se lo digas muy fuerte, porque se ofenden.
Tienen la piel delgada pero las armas gruesas.
La magia del privilegio: ver sin mirar
El ciudadano común de un país colonizador se levanta, toma café
importado, viste ropa hecha en Bangladesh, se transporta con petróleo de
Medio Oriente, usa un celular con minerales africanos, y aún así dice:
“Yo nunca exploté a nadie”.
Técnicamente, es cierto.
Ellos no explotaron a nadie.
Su estilo de vida lo hizo por ellos.
La explotación viene incluida en el paquete, como los audífonos de un teléfono nuevo.
Pero el truco maestro está en que nunca tienen que verlo.
El sufrimiento viene oculto tras una etiqueta que dice “fabricado en otro lado”.
La educación patriótica: colonizar pero con buena narrativa
Otro milagro moderno es que los países saquean a otros… creyendo que hacen un favor.
Les enseñaron que llevaron “desarrollo”, “democracia”, “orden”, “modernidad”.
Claro, porque cuando tienes un ejército gigante y escribes los libros de historia,
siempre pareces el héroe de la película.
Imagínate qué maravilla:
invades, robas, impones, matas…
y luego pones estatuas tuyas en la plaza principal.
Es como si el ladrón regresara a tu casa solo para colgar su foto en tu sala.
La conciencia selectiva
Y luego está el ciudadano progresista:
el que recicla, dona cinco dólares al mes para “salvar niños”, firma peticiones en línea,
y se enoja si le dices que vive en una potencia colonial.
¡Cómo te atreves!
¡Si él es bueno!
¡Si él votó por el candidato “menos malo”!
Pero cuando su país bombardea un país pobre, lo justifica.
Cuando su país apoya golpes de Estado, lo ignora.
Cuando su país compra recursos a precio de sangre, lo explica.
La moral es flexible cuando la comodidad está en juego.
La verdad que nadie quiere mirar
Camarada, aquí está el secreto que nadie en esas naciones quiere escuchar:
Su nivel de vida no es un logro: es un subsidio global.
Un subsidio pagado en litio boliviano, en cobalto congoleño, en petróleo
árabe, en trabajo migrante, en deudas impagables que exprimen a países
enteros por generaciones.
Pero tranquilo: allá la gente dice que todo eso “no tiene que ver” con ellos.
Que ellos solo viven su vida.
Que son inocentes.
Su inocencia, como su gasolina, viene importada.
La conclusión incómoda
Ser ciudadano de una potencia colonizadora es como vivir en un penthouse pagado por gente que nunca conocerás.
Te acostumbras tanto a la vista hermosa que olvidas preguntar quién limpia la sangre del elevador.
Y lo más tremendo es esto:
no es maldad.
Es indiferencia.
Y la indiferencia es el combustible más barato y más abundante del imperio.
Los imperios no necesitan ciudadanos malvados.
Solo necesitan ciudadanos cómodos.
Y vaya que han sabido producirlos.
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