La frase de Twain tiene una resonancia particular en la política latinoamericana, donde lo real suele ser más extravagante que cualquier sátira. En la ficción, un autor no se permitiría inventar una clase política que, mientras habla de austeridad, viaja en jets privados; o empresarios que se declaran “perseguidos” desde sus departamentos en Miami; o analistas que denuncian populismo desde canales financiados por los mismos millonarios que manipulan la narrativa nacional. Sería demasiado burdo. Sería mala literatura.
Pero la verdad no tiene que cuidar el estilo.
Twain diría: por eso nos sorprende tanto. Porque lo que ocurre en el mundo político no está limitado por la verosimilitud. En México, por ejemplo, sería inaceptable en una novela que una diputada atacara a una mujer por su vestido en un sorteo del Mundial. El editor le diría al escritor: “Esto es muy tonto, muy pequeño, nadie reaccionaría así en un evento diplomático”. Pero en la realidad pasa, porque la realidad no tiene editor.
La derecha latinoamericana, por ejemplo, produce discursos tan contradictorios que ningún novelista de prestigio se atrevería a ponerlos en boca de sus personajes. ¿Quién creería en un personaje que, al mismo tiempo, se presenta como defensor del individuo y pide militarizar la vida pública? ¿O uno que jura amar la libertad pero celebra la censura cuando le conviene? En la ficción, sería un personaje mal construido; en la política real, es la norma.
Y está el otro extremo: el pueblo, al que tantos intelectuales de salón describen como ingenuo, es en realidad capaz de asumir la verdad con un pragmatismo brutal. Sabe distinguir quién le habla desde la vida y quién desde la torre de marfil. Sabe que las decisiones políticas no obedecen a la coherencia narrativa sino a intereses desnudos. La gente normal vive en el terreno de la verdad: donde lo improbable ocurre, donde el poder se mueve con lógicas opacas, donde no hay garantía de justicia ni de elegancia.
La frase de Twain desnuda la razón por la que la política mexicana —y latinoamericana— parece tan surrealista: la ficción no puede ser tan absurda, pero la realidad puede darse ese lujo. Por eso la sátira política a menudo se queda corta: la verdad siempre va dos pasos adelante, riéndose, rompiendo las reglas que la ficción está obligada a acatar.
Twain tenía razón: la verdad no está obligada a parecer posible. Y en la política, eso se nota todos los días. Por eso, más que intentar que la realidad se vuelva verosímil, la tarea es otra: entenderla, denunciarla y transformarla, aunque su lógica se escape de cualquier manual narrativo.

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