viernes, 7 de marzo de 2025

 Voltaire y Rousseau eran universalmente celebrados y admirados, y París recibía magníficamente a Hume. Éste era el clima de opinión que formó el carácter de los revolucionarios de 1789, generación severa y heroica a la que ninguna otra aventaja en la claridad y pureza de sus convicciones, en la robusta y nada sentimental inteligencia de su humanismo y, por encima de todo, en la absoluta integridad moral e intelectual firmemente fundada en la creencia de que la verdad ha de prevalecer al fin y al cabo, porque es la verdad, creencia que no debilitaron años de exilio y persecución. Sus ideas morales y políticas, así como sus palabras de encomio y censura, fueron desde entonces herencia común de los demócratas de todas las tendencias y colores; los socialistas y los liberales, los utilitaristas y los creyentes en los derechos naturales, hablan su lenguaje y profesan su fe, no tan ingenuamente, es cierto, no con confianza tan total, pero también menos elocuente, simple y convincentemente.

Isaíah Berlin 

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