sábado, 8 de marzo de 2025

 Charles Fourier, su más celebrado rival ideológico, era un viajante de comercio que vivió en París durante aquellas primeras décadas del nuevo siglo, cuando los financieros e industriales en quienes Saint-Simon cifraba todas sus esperanzas, lejos de aplicarse a una reconciliación social, procedieron a ahondar el antagonismo de clases mediante la creación de intereses monopolistas férreamente centralizados. Obteniendo el control del crédito y empleando el trabajo en una escala sin precedentes, crearon la posibilidad de la producción y distribución en masa de mercancías, y compitieron así en términos desiguales con los pequeños comerciantes y artesanos, a quienes sistemáticamente arrojaban del mercado abierto y a cuyos hijos absorbían en sus fábricas y minas. En Francia, el efecto social de la revolución industrial fue abrir una brecha y crear un estado de permanente encono entre la grande y la petite bourgueoisie. Típico representante de la clase arruinada, Fourier prorrumpe en acerbas invectivas contra la ilusión de que los capitalistas son los predestinados salvadores de la sociedad. Su contemporáneo de más edad, el economista suizo Sismondi, había defendido, aportando decisivas y abundantes pruebas históricas —y en un período en que era preciso ser casi tanto como un genio para percibirlo—, la opinión de que, mientras todas las luchas anteriores de clases se originaban por la escasez de mercancías en el mundo, el descubrimiento de nuevos medios mecánicos de producción inundaría el mundo de excesiva abundancia, y al poco, a menos que se controlara, llevaría a una guerra de clases, comparada con la cual los conflictos anteriores parecerían insignificantes. La necesidad de comercializar la producción siempre creciente determinaría una continua competencia entre los capitalistas rivales, que se verían forzados sistemáticamente a reducir los salarios y a aumentar las horas de trabajo de los empleados a fin de asegurarse, aunque tan sólo fuese por algún tiempo, una ventaja sobre un rival más lento, competencia que a su vez llevaría a una serie de agudas crisis económicas y que remataría en un caos social y político, debido a las guerras intestinas entre grupos de capitalistas. Semejante pobreza artificial, que crecería en proporción directa al incremento de mercancías, por encima del monstruoso atropello de aquellos mismos principios humanos fundamentales para garantizar los cuales se había hecho la gran revolución, sólo podía impedirse mediante la intervención del Estado, el que debía restringir el derecho de acumular capital y el de poseer los medios de producción.

Isaíah Berlin 

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