viernes, 21 de febrero de 2025

 Los europeos del siglo XIX comprobaron que el fin de las guerras religiosas, que durante casi dos siglos habían convertido el continente en un matadero, había dado paso a la transformación de la propia sociedad en un campo de batalla.

Marx y Engels escriben al inicio del Manifiesto comunista que el fantasma del comunismo recorre Europa. Apenas exageran. Se refieren a la conciencia generalizada de que el conflicto social es inevitable. Existía un desacompasamiento radical entre las conquistas políticas de la modernidad —la libertad religiosa y de conciencia, la racionalización de los códigos legislativos— y la situación material de grandes masas desposeídas. Entre el crecimiento económico acelerado y la nueva pobreza urbana. Entre la libertad de expresión y el acceso real al control de los medios de educación y comunicación.

La democratización era un proyecto incompleto. La revolución política y la revolución industrial tenían que ajustar cuentas. Y lo hicieron. A lo largo de un rosario de barricadas en las que se forjó una épica propia, como recordaba Rimbaud, que vivió a los diecisiete años el levantamiento de 1871 de la Comuna de París:

¡Todos los Desgraciados, cuyas espaldas arden bajo un sol inclemente, avanzando, avanzando, sintiendo que el trabajo les revienta la frente;

—descubríos, burgueses—, éstos sí son los Hombres!

¡Somos Obreros, Sire, Obreros, preparados para la nueva era que pretende saber:

el Hombre forjará del alba hasta la noche, cazador de los grandes efectos y sus causas, tranquilo vencedor domeñará las cosas hasta montar al Todo cual si fuera un corcel!

¡Espléndido fulgor de las fraguas! ¡No existe ya el mal! Lo que ignoramos, tal vez sea terrible:

¡lo sabremos!

Empuñando el martillo, cribemos todo cuanto aprendimos: luego, Hermano, ¡adelante!

A veces tengo un sueño enorme y conmovido:

vivo con sencillez, ardientemente, nada malo sale de mí, bajo la amplia sonrisa de una mujer que amo, con noble amor trabajo;

¡y así trabajaríamos, ufanos, todo el día, escuchando el deber cual clarín clamoroso!

¡Qué felices seríamos!

Y nadie, nadie digo, vendría a doblegarnos;

no, sobre todo, ¡nadie!

Tengo el fusil colgado sobre la chimenea[60]… El imaginario militar y cultural que evoca Rimbaud es heredero de dos tradiciones muy distintas que están en el origen de las organizaciones obreras: la resistencia campesina basada en la solidaridad comunitaria y las sectas ilustradas, procedentes de los gremios, que aspiraban a una transformación social progresista y racionalizadora.

Este andamiaje simbólico frondoso y contradictorio no siempre dejó ver que el ruido y la furia revolucionarios tenían un objetivo eminentemente modesto:

alimentar y vestir a la gente, ilustrarla y alfabetizarla, liberarla del despotismo…

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