jueves, 17 de septiembre de 2026

 Nuestro temor a que el comunismo pueda algún día dominar la mayor parte del mundo nos ha impedido ver que el anticomunismo ya lo ha logrado.

Michael Parent

La frase es poderosa porque invierte una pregunta que dominó buena parte del siglo XX: ¿qué pasaría si el comunismo conquistara el mundo? Parent propone otra: ¿y si, mientras temíamos esa posibilidad, el anticomunismo ya había conquistado el mundo?

1. El truco está en la palabra «dominar»

Cuando pensamos en dominación imaginamos banderas rojas, partidos únicos, policías políticas, gulags. Es decir, una dominación visible y explícita.

Pero el anticomunismo histórico no necesitaba que todos los países fueran gobernados por partidos anticomunistas. Bastaba con establecer ciertos límites:

Puedes elegir el gobierno que quieras, siempre que no cuestiones demasiado seriamente determinadas relaciones de poder.

Ahí aparece la paradoja.

Durante décadas, buena parte del planeta no vivió bajo gobiernos comunistas, pero sí bajo un orden internacional construido alrededor del miedo al comunismo.

Y ese miedo tuvo consecuencias enormes.

2. El anticomunismo dejó de ser una opinión y se convirtió en arquitectura política

Después de 1945, Estados Unidos y sus aliados organizaron buena parte de su política exterior alrededor de la contención de la Unión Soviética.

Eso produjo una lógica bastante particular:

si un gobierno era capitalista y aliado, podía ser considerado democrático incluso cuando fuera autoritario.

Y si un gobierno intentaba nacionalizar recursos, hacer una reforma agraria profunda, acercarse a Moscú o desarrollar una política económica independiente, podía comenzar a ser descrito como una amenaza comunista.

La pregunta dejó de ser:

«¿Es democrático este gobierno?»

y pasó a ser:

«¿Está de nuestro lado?»

Ese cambio es fundamental.

3. Guatemala, Irán, Chile, Indonesia...

Aquí la frase adquiere dientes.

El anticomunismo fue utilizado para justificar intervenciones, golpes de Estado, operaciones encubiertas y apoyo a regímenes autoritarios en distintos lugares.

El caso de Guatemala en 1954 es paradigmático. El gobierno de Jacobo Árbenz impulsaba una reforma agraria que afectaba intereses de la United Fruit Company. Washington presentó el proceso dentro del marco de la amenaza comunista y la CIA apoyó el derrocamiento de Árbenz.

En Chile, en 1973, el gobierno socialista democráticamente elegido de Salvador Allende fue derrocado después de una creciente presión estadounidense y en un contexto de Guerra Fría.

Indonesia es todavía más brutal como recordatorio de hasta dónde podía llegar la lógica anticomunista: durante la represión de 1965-66 fueron asesinadas cientos de miles de personas, principalmente asociadas real o supuestamente con el Partido Comunista Indonesio.

No significa que todo conflicto interno pueda reducirse a «Estados Unidos contra el comunismo». La historia es bastante más incómoda que eso. Pero sí muestra cómo el anticomunismo podía funcionar como una licencia geopolítica.

4. Y aquí aparece la gran ironía

El comunismo pretendía ser una alternativa universal al capitalismo.

Pero terminó ocurriendo algo inesperado:

el miedo al comunismo ayudó a universalizar determinadas formas del capitalismo.

No solamente mediante la economía.

También mediante instituciones, alianzas militares, propaganda, cultura, medios de comunicación y una idea muy poderosa de lo que significaba ser una sociedad «libre».

La Guerra Fría convirtió muchas discusiones económicas en discusiones morales.

Capitalismo podía significar:

libertad.

Socialismo podía significar:

dictadura.

Y entonces una pregunta incómoda quedaba fuera de cuadro:

¿puede existir una sociedad capitalista que sea económicamente muy desigual y políticamente poco democrática?

La respuesta histórica, por supuesto, es sí.

5. El anticomunismo también fabricó un vocabulario

Esta parte parece especialmente interesante para conectarla con conversaciones sobre neolengua y fabricación de la realidad.

Durante la Guerra Fría, ciertas palabras comenzaron a funcionar como armas.

«Comunista».

«Subversivo».

«Rojo».

«Extremista».

«Pro-soviético».

«Antiamericano».

Una persona podía ser sindicalista, nacionalista, reformista, socialista democrática o simplemente estar contra una dictadura.

Pero bastaba colocarle la etiqueta adecuada para que dejara de ser necesario discutir sus argumentos.

La etiqueta sustituía al argumento.

Y eso es extraordinariamente moderno.

Porque el mecanismo continúa funcionando aunque la Unión Soviética haya desaparecido.

Hoy podemos cambiar «comunista» por otras palabras y observar el mismo fenómeno: una etiqueta política que convierte al adversario en alguien cuya legitimidad ya no necesita discutirse.

6. Pero hay que hacerle una objeción a la frase

Aquí conviene no enamorarnos demasiado de una buena frase. Las frases brillantes también necesitan pasar por la aduana de la historia. 

Decir que «el anticomunismo dominó la mayor parte del mundo» es una provocación intelectual, no una descripción literal.

El anticomunismo no fue un bloque homogéneo ni tuvo el mismo significado en México, Corea del Sur, Argentina, Francia, España o Indonesia.

Y tampoco podemos olvidar que la amenaza comunista existía realmente.

La Unión Soviética no era una criatura inventada por Washington. Existían regímenes comunistas autoritarios, persecuciones políticas, invasiones soviéticas, revoluciones armadas y una competencia geopolítica auténtica.

Por eso una lectura seria no debería sustituir:

«El comunismo era una amenaza imaginaria»

por

«El anticomunismo fue siempre una conspiración».

Eso sería simplemente cambiar un dogma por otro.

La cuestión interesante está en otro lugar.

7. El verdadero poder del anticomunismo

El gran triunfo del anticomunismo quizá no consistió en destruir al comunismo.

Consistió en conseguir que durante décadas determinadas alternativas económicas y políticas fueran consideradas ilegítimas antes de ser discutidas.

Eso es mucho más profundo que ganar una guerra.

Porque una ideología domina realmente cuando consigue establecer el perímetro de lo pensable.

Puedes votar.

Puedes cambiar presidentes.

Puedes discutir impuestos.

Puedes discutir religión.

Puedes discutir inmigración.

Puedes discutir casi cualquier cosa.

Pero determinadas transformaciones estructurales quedan inmediatamente bajo sospecha:

«Eso es comunismo.»

Y la conversación termina.

8. La paradoja final

La frase de Parent funciona porque contiene una inversión muy elegante:

teníamos tanto miedo de que el comunismo conquistara el mundo que no advertimos hasta qué punto el anticomunismo estaba conquistando nuestra imaginación política.

No necesariamente conquistando territorios.

Conquistando el lenguaje.

Conquistando los límites del debate.

Conquistando la definición de lo razonable.

Y quizá ésa sea la forma más sofisticada de hegemonía:

no obligarte a pensar una determinada cosa,

sino conseguir que ciertas cosas ni siquiera se te ocurran como posibilidades.

Ahí la frase deja de ser solamente una observación sobre la Guerra Fría y se convierte en una pregunta mucho más incómoda:

¿Cuántas de nuestras ideas consideramos «naturales» porque son verdaderamente inevitables, y cuántas porque durante generaciones aprendimos que las alternativas eran peligrosas, absurdas o simplemente impensables?

Esa pregunta es bastante más subversiva que cualquier bandera roja.

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