jueves, 17 de septiembre de 2026

 La apelación a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad nos ayudan a hacer una lectura amable y vaga de las declaraciones de independencia. Pero, en el fondo, lo que realmente importa es el dinero. Y la gloriosa nueva república americana no era distinta. Poco después de nacer, su carácter fundamental ya se había formado: los asuntos financieros se antepusieron a cualquier otra cosa, incluida la continua esclavización de toda una raza, el lento holocausto de los nativos americanos y la privación del derecho a voto a la mitad de la población por razones de género. 

Edward Strosser 

Edward Strosser propone aquí una lectura incómoda de la historia de Estados Unidos: detrás de las grandes palabras sobre libertad, derechos y felicidad había, y sigue habiendo, una poderosa maquinaria económica.

La idea central podría resumirse brutalmente así:

La república proclamó principios universales, pero organizó su realidad alrededor de intereses materiales.

La poesía de la independencia y la contabilidad del poder

La Declaración de Independencia habla de derechos inalienables, de libertad y de la búsqueda de la felicidad. Es un lenguaje magnífico. Casi religioso en su promesa.

Pero Strosser nos invita a mirar debajo de la alfombra.

Porque mientras se proclamaba que «todos los hombres son creados iguales», millones de seres humanos seguían siendo propiedad de otros seres humanos.

Y mientras se celebraba la libertad frente al imperio británico, los pueblos indígenas eran expulsados, asesinados y despojados de sus territorios.

Y mientras nacía una república basada en la representación política, las mujeres quedaban fuera de la ciudadanía efectiva y del derecho al voto.

La contradicción no era un pequeño error tipográfico de la Revolución Americana.

Era parte de su estructura.

El dinero antes que la libertad

La frase más importante del fragmento es probablemente ésta: «los asuntos financieros se antepusieron a cualquier otra cosa».

Eso significa que Strosser no está diciendo simplemente que los fundadores estadounidenses fueran hipócritas. Está diciendo algo más profundo:

los ideales podían negociarse; los intereses económicos, mucho menos.

La esclavitud sobrevivió porque era rentable.

La expansión sobre territorios indígenas continuó porque la tierra tenía valor.

La exclusión política de las mujeres permaneció porque alterar radicalmente la estructura social significaba alterar también la distribución del poder y de la propiedad.

En otras palabras, la pregunta fundamental no era siempre:

«¿Qué exige la libertad?»

Muchas veces era:

«¿Quién pierde dinero si hacemos realmente libres a los demás?»

Y esa pregunta, bastante menos poética, suele ser la que manda.

La nueva república y las viejas jerarquías

Strosser destruye también una ilusión frecuente sobre las revoluciones: la idea de que, porque un país cambia su bandera o expulsa a un rey, cambia automáticamente su estructura de poder.

Estados Unidos se independizó de Gran Bretaña.

Pero la independencia no significó que todos sus habitantes se independizaran del poder.

Un esclavo no era libre.

Un indígena no se convertía mágicamente en ciudadano soberano.

Una mujer no adquiría igualdad política.

La república podía ser revolucionaria para los propietarios blancos y, al mismo tiempo, profundamente conservadora para todos los demás.

Aquí aparece una paradoja histórica fascinante:

una revolución puede liberar a una clase y conservar las cadenas de otra.

El «lento holocausto» indígena

La expresión utilizada para describir la destrucción de los pueblos indígenas es deliberadamente dura.

No se trató simplemente de una serie de enfrentamientos inevitables entre civilizaciones, como durante mucho tiempo contó la versión romántica del «Oeste».

Hubo una lógica material.

La tierra.

El oro.

Los recursos.

Las rutas comerciales.

La expansión agrícola.

Cada nuevo territorio representaba riqueza potencial. Y, qué inconveniente para la civilización, aquellos territorios ya tenían habitantes.

Entonces la expansión se convirtió en una maquinaria que combinaba tratados incumplidos, desplazamientos forzados, guerras y exterminio.

La libertad de unos se construía frecuentemente sobre la desaparición de otros.

La gran contradicción americana

Estados Unidos nació con una contradicción que todavía resuena:

proclamó la igualdad universal dentro de una sociedad profundamente desigual.

Y quizá la grandeza histórica de aquella declaración reside precisamente en esa contradicción. Porque las palabras escritas por los fundadores terminaron convirtiéndose en armas contra el propio sistema que las había producido.

«Todos los hombres son creados iguales».

Muy bien.

Entonces, preguntaron los abolicionistas: ¿por qué existe la esclavitud?

Preguntaron las mujeres: ¿por qué no podemos votar?

Preguntaron los afroamericanos: ¿por qué somos ciudadanos de segunda?

Preguntaron los indígenas: ¿por qué la libertad termina exactamente donde comienza nuestra tierra?

Las palabras eran más peligrosas de lo que sus propios autores habían calculado.

El análisis de Strosser, en el fondo

Strosser nos obliga a abandonar la versión de postal de la independencia estadounidense.

No para sustituirla por otra simplificación donde todo sea maldad y conspiración, sino para recordar algo mucho más incómodo:

la historia política suele hablar el idioma de los principios, pero camina con los zapatos de la economía.

Los discursos invocan a la libertad.

Las banderas hablan de patria.

Los himnos prometen igualdad.

Pero detrás del escenario alguien siempre está haciendo cuentas.

Quién posee la tierra.

Quién controla el comercio.

Quién paga impuestos.

Quién trabaja.

Quién puede heredar.

Quién puede votar.

Quién puede ser propiedad.

Y quién puede convertir el sufrimiento de otros en beneficio propio.

La independencia estadounidense fue, sin duda, una revolución política extraordinaria. Pero no fue una revolución completa de la igualdad humana.

Fue una república que proclamó la libertad mientras administraba cuidadosamente sus excepciones.

Y quizá ésa sea la lección más incómoda de Strosser:

las naciones rara vez son tan nobles como sus declaraciones de principios. Sus constituciones pueden escribir poesía; su economía suele escribir la prosa real de la historia.

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