domingo, 6 de septiembre de 2026

 LOS RICOS EN EL MUNDO:

74% SON EMPRESARIOS

12% INVERSIONISTAS

8% DEPORTISTAS

4% ARTISTAS

2% INVENTORES

0% SON EMPLEADOS


Bill Gates


Hay una imagen circulando por internet que dice algo así: "74% de los ricos son empresarios, 12% inversionistas, 8% deportistas, 4% artistas, 2% inventores y 0% empleados". Debajo aparece la sonrisa familiar de Bill Gates, como si fuera un santo renacentista bendiciendo a los fieles con la hostia sagrada del emprendimiento.

Y la multitud asiente.

"Claro", piensa la gente. "La lección es evidente. Si eres empleado, eres un fracasado. Si quieres ser rico, debes convertirte en empresario".

Qué maravilla. Han conseguido convertir una estadística dudosa en una religión.

George Carlin solía decir que cuando algo parece demasiado simple para explicar el mundo, probablemente sea propaganda. Y esta imagen es propaganda en estado puro. No porque los empresarios no puedan hacerse ricos. Algunos se hacen obscenamente ricos. El problema es la historia que se omite.

Nadie publica un cartel con los millones de pequeños negocios que quebraron. Nadie imprime la foto del dueño de una tienda que trabajó catorce horas diarias durante veinte años para terminar endeudado. Nadie comparte la historia del emprendedor que hipotecó su casa, perdió sus ahorros y volvió a buscar empleo a los cincuenta años.

No. Esos cadáveres económicos se esconden detrás del escenario para que el público solo vea a los supervivientes.

Es como visitar un casino y entrevistar exclusivamente a los que salieron ganando.

La sociedad moderna siente una fascinación enfermiza por los multimillonarios. Los contempla como si fueran profetas. Si un hombre acumula cincuenta mil millones de dólares, de repente se supone que también sabe cómo debe funcionar la educación, la democracia, la salud pública, la ética y el sentido de la vida.

¿Por qué?

Si un individuo mide dos metros veinte y juega bien al baloncesto, nadie concluye que también sea experto en neurocirugía. Pero si tiene miles de millones en el banco, automáticamente se convierte en un gurú universal.

Es una de las supersticiones más extrañas de nuestra época.

Además, el cartel contiene una mentira particularmente reveladora: "0% empleados".

Cero.

Ni uno.

Como si jamás hubiera existido un ejecutivo que recibió acciones de una empresa. Como si los altos directivos de Wall Street fueran monjes franciscanos. Como si los ingenieros que entraron temprano en Microsoft, Google o Apple hubieran estado recogiendo limosnas en la calle.

El "0%" no pretende informar. Pretende adoctrinar.

Su mensaje real es: "No cuestiones el sistema. Si no eres rico es porque elegiste mal".

Y ahí aparece la magia ideológica.

Porque resulta mucho más cómodo hablar de las decisiones individuales que de las estructuras económicas. Mucho más cómodo señalar al trabajador y preguntarle por qué no fundó una empresa que preguntarse por qué una pequeña élite posee más riqueza que miles de millones de personas juntas.

La historia del multimillonario inspira.

La historia del repartidor, de la enfermera, del maestro o del obrero genera preguntas incómodas.

Y las preguntas incómodas nunca han sido buenas para los negocios.

Por eso la cultura popular está llena de biografías de magnates y vacía de historias sobre quienes realmente mantienen funcionando el mundo. El sistema necesita héroes individuales porque los héroes individuales impiden que la gente observe los mecanismos colectivos.

Necesita que mires a Bill Gates.

No quiere que mires a los cientos de miles de trabajadores que construyeron Microsoft.

Necesita que admires al fundador.

No quiere que notes al programador, al técnico, al limpiador, al conductor o al empleado de soporte.

Porque si empiezas a mirar a todos ellos, la pregunta cambia.

Y cuando la pregunta cambia, también cambia la conversación.

Dejas de preguntar: "¿Cómo puedo convertirme en multimillonario?"

Y empiezas a preguntar: "¿Por qué una sociedad que depende del trabajo de millones recompensa de manera tan desproporcionada a unos pocos?"

Esa pregunta vale mucho más que cualquier cartel motivacional de internet.

Y, curiosamente, es la única que esos carteles jamás quieren que hagas.



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