Sin embargo, en aquella ocasión fui a Uganda para asistir al derrocamiento de Idi Amín. Estoy seguro de que, a pesar de que han transcurrido varias décadas desde su destitución, ustedes aún recuerdan a Idi Amín.
Aunque no era más salvaje ni más brutal que la mayoría de los dictadores asesinos, él consiguió aunar dichas cualidades con un comportamiento tan juvenil, una alegría de vivir tan grande, que la prensa lo encontraba irresistible.
Hizo algunas cosillas vergonzosas como aterrorizar a su país, matar a su pueblo y saquear sus riquezas.
Pero, a pesar de ser un chiflado, el hombre tenía su gracia. Como solía decir la prensa occidental, era un bufón. Se autonombró rey de Escocia y acostumbraba a amenizar la estancia de sus invitados vistiéndose con faldas de cuadros e interpretando música escocesa con un acordeón.
Enviaba telegramas necios y extravagantes a otros líderes mundiales que recordaban a las cartas de amor que un rey de Uganda del siglo pasado solía escribirle a la reina Victoria para pedirle que fuera a verle y se convirtiera en su enésima esposa.
Amenazaba a la comunidad de expatriados británicos residente en Kampala, pero su furia se aplacó cuando una serie de destacados empresarios británicos lo sacaron a pasear en una silla de manos. Qué payaso. Y, si creemos los datos contenidos en la documentación de carácter fidedigno relativa al periodo poscolonial que aún se conserva, incluso se convirtió en uno de los líderes que mató a sus adversarios y después se los comió.
¿Cómo iba Occidente a oponerse a él?
Los occidentales, a los que se les ponía la carne de gallina cada vez que pensaban en las naciones independientes del Tercer Mundo, nunca habrían podido inventar una figura mejor que Amín, un tipo que se había declarado rey de Escocia y además era caníbal.
Amín destruyó el país mientras la mayoría de los líderes africanos hacían la vista gorda, algo que aún hoy sigue suscitando una gran amargura entre los ugandeses.
La única persona que lo criticó de una forma sistemática fue el tanzano Julius Nyerere, un hombre digno y de elevados principios que probablemente se sintió afectado a un nivel visceral tanto por las payasadas de Amín como por aquel régimen de terror.
Nyerere luchó incansablemente para que derrocaran a Amín con el apoyo de numerosos grupos rebeldes que surgieron de la miseria de Uganda.
En un impresionante error de cálculo, en 1979, Amín afirmó que Nyerere no era más que una vieja gallina impotente y se apoderó de un trozo de Tanzania. En África, aquello equivalía a una declaración de guerra y Tanzania contraatacó. Y, por extraño que parezca, dejó fuera de combate al ejército de Amín.
Entonces Nyerere tuvo que enfrentarse a la difícil decisión de tener que acatar la preciada regla de la Organización para la Unidad Africana, que hacía referencia a la obligación de respetar la soberanía de otros líderes africanos (es decir, los colonialistas habían hecho lo que les había dado la gana con las fronteras del continente en respuesta a caprichosos intereses europeos, pero, en aquel momento, todo el mundo estaba de acuerdo en que lo más conveniente era no tocar aquellos límites sagrados), o seguir adelante y derrocar al asesino.
Optó por lo último y, al cabo de una semana de combates relativamente encarnizados en los que las tropas tanzanas contaron con el apoyo infatigable de innumerables ugandeses, Amín y sus colaboradores fueron expulsados de la capital.
En Kampala todo el mundo parecía loco. Según la radio, la gente bailaba en las calles. Había un nuevo gobierno, ya no había razón para tener miedo y se estaba procediendo a desalojar las cárceles y las cámaras de tortura.
Robert Sapolsky
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