Nicolás Sartorius en su libro La manipulación del lenguaje. Breve diccionario de los engaños:
El fragmento de Nicolás Sartorius apunta a una operación lingüística muy poderosa: convertir una ruptura histórica en una simple sucesión administrativa. No se niega necesariamente que haya habido una dictadura. Se hace algo más sutil: se la coloca dentro de una narración en la que deja de ser moral y políticamente relevante.
La palabra que borra la historia
Sartorius señala una trampa escondida en expresiones aparentemente inocentes: «régimen anterior» y «régimen posterior».
Anterior.
Posterior.
Dos palabras limpias, asépticas, casi de calendario.
Podrían describir el cambio de una temporada de fútbol a otra. Primero estuvo un entrenador, después otro. Primero hubo un gobierno, después otro.
Pero una dictadura no es simplemente lo que estaba antes de una democracia.
Entre ambas cosas existe una fractura.
La palabra «anterior» elimina esa fractura porque transforma una relación de conflicto en una relación cronológica. Ya no hablamos de una dictadura que fue derrotada, desmontada, sucedida o transformada. Hablamos de algo que ocurrió antes. Como si Franco fuera una página que simplemente quedó atrás porque llegó la siguiente.
Y ahí aparece el núcleo de la crítica de Sartorius: el lenguaje no solamente describe la historia; también puede domesticarla.
De la dictadura como régimen a la dictadura como antecedente
Hay una diferencia enorme entre decir:
«Después de una dictadura llegó la democracia»
y decir:
«Hubo un régimen anterior y después uno posterior».
La primera frase contiene una valoración política. La segunda parece neutral.
Pero esa neutralidad es engañosa.
La primera recuerda que existió una forma de poder basada en la ausencia de libertades políticas. La segunda convierte ese régimen en una estación del trayecto histórico.
Es una especie de lavado semántico.
La dictadura deja de ser dictadura y se convierte en antecedente.
La represión se convierte en contexto.
La censura se convierte en característica de una época.
La ausencia de democracia se convierte en una etapa previa a la democracia.
Y entonces sucede algo inquietante: la democracia parece surgir naturalmente de aquello que la negaba.
El problema de la continuidad
Sartorius va todavía más lejos cuando cuestiona la idea de que el franquismo habría sentado las bases económicas, sociales y políticas de la democracia española.
Aquí hay una distinción fundamental.
Es perfectamente legítimo estudiar continuidades históricas.
Las sociedades no se reinician como una computadora.
Las estructuras económicas sobreviven a los gobiernos. Las familias conservan patrimonio. Las élites mantienen posiciones. Las instituciones cambian lentamente. Las clases sociales no desaparecen porque cambie una Constitución.
Pero reconocer una continuidad histórica no significa convertir esa continuidad en legitimidad política.
Que determinadas estructuras económicas del franquismo sobrevivieran durante la democracia no significa que la dictadura fuera democrática en potencia.
Que existieran clases medias durante el franquismo no significa que esas clases medias fueran producto de la libertad política.
Que la monarquía estuviera vinculada al proceso de transición no convierte automáticamente a la dictadura en una especie de incubadora involuntaria de la democracia.
Aquí aparece una distinción esencial:
una cosa es decir que la democracia heredó elementos del régimen anterior; otra, muy distinta, decir que esos elementos demuestran que el régimen anterior preparaba inevitablemente la democracia.
La primera es historia.
La segunda puede convertirse en relato justificatorio.
La historia como destino
Y quizá esa sea la parte más interesante del fragmento.
Cuando se dice que el franquismo creó las condiciones económicas, sociales y políticas de la democracia, se corre el riesgo de construir una historia con apariencia de destino.
Primero Franco.
Después modernización económica.
Después clases medias.
Después monarquía.
Después democracia.
Todo parece conducir hacia el mismo punto.
Como si la historia hubiera tenido desde el principio una flecha dibujada.
Pero la historia real rara vez funciona así.
Hubo conflictos, resistencias, huelgas, movimientos sociales, oposición política, luchas obreras, estudiantes, exiliados, presos políticos y personas que arriesgaron su libertad para conquistar libertades que no estaban garantizadas por ninguna ley histórica.
La democracia no aparece porque la dictadura envejece.
Aparece porque hay personas que la exigen, la disputan y, muchas veces, pagan un precio por ella.
El peligro de una democracia sin memoria
Aquí el argumento de Sartorius adquiere una dimensión más profunda.
Una democracia necesita memoria no solamente para recordar a sus víctimas, sino para recordar qué cosas no deben volver a considerarse normales.
Si una dictadura termina convertida en «el régimen anterior», la memoria pierde sus contornos.
Y cuando las palabras pierden sus contornos, también pueden perderlos los valores.
Porque si todo es simplemente antes y después, entonces una democracia puede terminar pareciendo el resultado natural de una evolución histórica, en lugar de una conquista política.
Y eso es peligroso.
Porque aquello que se presenta como inevitable puede dejar de valorarse.
El lenguaje como anestesia
Hay palabras que describen.
Y hay palabras que anestesian.
«Dictadura» despierta preguntas:
¿Quién podía votar?
¿Quién podía organizarse?
¿Quién podía protestar?
¿Quién podía publicar?
¿Quién podía hablar?
«Régimen anterior» no despierta casi ninguna.
Es una palabra acolchada.
No acusa.
No recuerda.
No interpela.
Simplemente ordena.
Y precisamente por eso puede ser más eficaz.
El lenguaje político moderno rara vez necesita mentir descaradamente. Le basta muchas veces con quitarle a las cosas el nombre que las vuelve incómodas.
Una dictadura puede convertirse en «régimen».
Un despido puede convertirse en «reestructuración».
Una guerra puede convertirse en «operación».
Una desigualdad puede convertirse en «diferencia de oportunidades».
Las palabras no cambian los hechos.
Pero pueden cambiar nuestra disposición a mirarlos.
La paradoja final
La democracia española puede y debe estudiarse con todas sus continuidades y rupturas respecto del franquismo. Precisamente por eso conviene desconfiar de las explicaciones demasiado ordenadas.
Porque una democracia no necesita demostrar que nació de una dictadura para explicar su existencia.
Puede reconocer algo mucho más incómodo:
que heredó cosas del franquismo y, al mismo tiempo, nació contra aquello que el franquismo representaba.
Las dos cosas pueden ser ciertas.
La historia no necesita ser pura para ser verdadera.
Y quizá esa sea la advertencia más importante de Sartorius: cuando el lenguaje transforma una dictadura en un simple «antes», no solamente está cambiando una palabra. Está modificando la arquitectura moral de la memoria.
Porque entre antes y después cabe una eternidad.
Pero entre dictadura y democracia hay una frontera.
Y las fronteras existen precisamente para recordar que de un lado y del otro no estamos hablando de lo mismo.
El fragmento de Sartorius tiene un eco clarísimo de 1984 de George Orwell, especialmente de una idea central: quien controla el lenguaje puede intervenir en la manera en que una sociedad recuerda, piensa y juzga su pasado.
En 1984, el Ministerio de la Verdad no necesita convencer a la gente de que una mentira es verdadera mediante argumentos sofisticados. Hace algo más profundo: reescribe el vocabulario con el que la realidad puede ser pensada.
Si desaparecen ciertas palabras, determinadas ideas se vuelven más difíciles de formular.
Sartorius señala una operación parecida, aunque en un contexto democrático e histórico muy distinto. Cambiar:
«dictadura franquista → democracia»
por:
«régimen anterior → régimen posterior»
parece una modificación pequeña, casi burocrática. Pero tiene consecuencias.
La primera formulación contiene una ruptura política y moral.
La segunda contiene únicamente una secuencia temporal.
Es exactamente el tipo de fenómeno que Orwell comprendió con enorme lucidez: el poder no solamente intenta controlar lo que la gente dice; intenta controlar las categorías con las que la gente puede pensar.
La neolengua y el lenguaje desactivado
La neolengua de 1984 tenía un objetivo brutal: reducir el territorio del pensamiento.
Sartorius apunta hacia una versión mucho más cotidiana y menos totalitaria del mismo problema: palabras aparentemente neutrales que desactivan el conflicto contenido en los hechos.
«Dictadura» tiene memoria.
«Régimen anterior» tiene calendario.
«Represión» tiene víctima.
«Exceso» tiene ambigüedad.
«Resistencia» tiene protagonistas.
«Incidente» puede tener prácticamente cualquier cosa.
Ahí está el mecanismo.
No siempre hace falta mentir. A veces basta con nombrar de tal manera que la verdad pierda sus dientes.
Y eso es muy orwelliano.
«El que controla el pasado...»
En 1984, una de las ideas más perturbadoras es:
«Quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado.»
La frase no habla únicamente de falsificar documentos. Habla de algo más profundo: controlar la interpretación del pasado.
Porque el pasado no puede modificarse materialmente, pero sí puede modificarse su significado.
Franco existió.
La dictadura existió.
La represión existió.
La transición existió.
La democracia existe.
Lo que puede cambiar es la narración que conecta esos acontecimientos.
Y ahí aparece la batalla.
¿La democracia fue una continuación natural de la modernización iniciada bajo Franco?
¿O fue también el resultado de luchas sociales y políticas contra una dictadura?
La respuesta histórica puede contener elementos de ambas cosas. Pero el peligro comienza cuando una interpretación pretende convertirse en la única manera legítima de contar el pasado.
Orwell nos dejó una alarma
Por eso 1984 sigue siendo tan incómodo.
No es simplemente una novela sobre un gobierno que vigila ciudadanos.
Es una novela sobre un poder que quiere entrar en la habitación más pequeña de una persona: la habitación donde se forman las palabras antes de convertirse en pensamiento.
Y ahí Sartorius resulta especialmente interesante.
Porque su preocupación no es solamente que alguien diga una falsedad sobre Franco.
Es que determinadas palabras puedan hacer que dejemos de percibir una diferencia fundamental.
Dictadura.
Democracia.
No son simplemente dos estaciones consecutivas del tren histórico.
Son dos conceptos que contienen experiencias humanas radicalmente distintas.
Y cuando el lenguaje consigue convertir una frontera en una transición administrativa, Orwell aparece en el fondo de la habitación, con esa mirada incómoda, recordándonos:
cuidado con las palabras que parecen demasiado inocentes.
A veces una palabra no viene a explicar la realidad.
Viene a hacerla menos visible.
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