miércoles, 2 de septiembre de 2026

 

La aristocracia de la alfombra roja

¿Vieron una alfombra roja últimamente?

Es fascinante.

La televisión reúne a dos personas perfectamente maquilladas para admirar a otras personas perfectamente maquilladas mientras millones de espectadores observan desde sus casas preguntándose por qué no son tan felices, tan exitosos o tan hermosos.

Es una ceremonia extraña.

Una especie de documental sobre la desigualdad narrado por gente que no sabe que está narrando la desigualdad.

—¡Miren qué empoderada!
—¡Miren qué inspiradora!
—¡Miren qué increíble se ve a los sesenta!

Y yo pienso:

¿Inspiradora para quién?

Porque cuando una mujer que posee decenas de millones de dólares, acceso a la mejor medicina estética del planeta, nutricionistas, chefs privados, entrenadores personales, dermatólogos de élite, estilistas y equipos enteros dedicados a optimizar cada centímetro de su apariencia es presentada como prueba de que "la edad es sólo un número", alguien está vendiendo algo.

Y no es la verdad.

Es como mostrar un Ferrari y decir:

—Si crees en ti mismo, tú también puedes correr a trescientos kilómetros por hora.

No, amigo.

Primero necesito el Ferrari.

La cultura aspiracional es una de las estafas más elegantes jamás inventadas.

Tomó la vieja idea de la aristocracia y le cambió el empaque.

Antes los nobles decían:

—Somos superiores porque Dios nos eligió.

Ahora las celebridades dicen:

—Somos superiores porque trabajamos duro.

Es el mismo castillo.

Sólo cambiaron la decoración.

Lo brillante del sistema es que logró convencer a la población de admirar precisamente aquello que la excluye.

Eso requiere talento.

Imaginen a un campesino medieval observando un banquete real y diciendo:

—Qué inspirador. Algún día yo también cenaré con cubiertos de oro.

La gente se reiría.

Pero en el siglo XXI hacemos exactamente eso.

Observamos mansiones, aviones privados, joyas de millones de dólares y rostros modificados por la tecnología médica más avanzada disponible.

Y respondemos:

—Metas.

Metas.

La palabra favorita de una civilización que ha confundido la publicidad con la filosofía.

Luego viene la parte más perversa.

La edad.

Porque el capitalismo no sólo quiere venderte productos.

Quiere venderte una guerra contra la realidad.

La realidad dice:

"Los seres humanos envejecen."

La industria responde:

"Eso es pensamiento negativo."

La realidad dice:

"Tu piel cambia."

La industria responde:

"Tenemos una solución."

La realidad dice:

"Tu cuerpo se transforma."

La industria responde:

"Compra otra solución."

La realidad dice:

"Te vas a morir."

Y Wall Street pregunta:

"¿Podemos monetizar eso?"

Por supuesto que pueden.

Lo monetizan todo.

Incluso el miedo a parecer humano.

Por eso las alfombras rojas son tan útiles.

Funcionan como vitrinas del ideal imposible.

No muestran personas.

Muestran mercancías.

La ropa es mercancía.

El rostro es mercancía.

La juventud es mercancía.

La autoestima es mercancía.

Hasta la rebeldía es mercancía.

Todo está en venta.

Incluso el discurso del empoderamiento.

Y aquí aparece la gran ironía.

Nos dicen que estas mujeres son admirables porque rompieron barreras.

Lo cual puede ser cierto.

Pero inmediatamente convierten ese logro excepcional en una exigencia para todas las demás.

Ya no basta con trabajar.

Debes triunfar espectacularmente.

Ya no basta con envejecer.

Debes desafiar biológicamente al calendario.

Ya no basta con existir.

Debes convertirte en una marca.

La sociedad moderna no quiere ciudadanos.

Quiere departamentos de marketing con piernas.

Y si no alcanzas ese estándar absurdo, la culpa será tuya.

Nunca del sistema.

Nunca de las condiciones materiales.

Nunca de la desigualdad.

Nunca de la concentración obscena de riqueza.

No.

El problema será que no manifestaste suficiente energía positiva.

Porque la ideología perfecta siempre logra que la víctima se culpe a sí misma.

Ese es el verdadero milagro.

No que una actriz de sesenta años se vea fantástica.

El verdadero milagro es que millones de personas observen a una élite económica celebrándose a sí misma en horario estelar y crean que están viendo una lección de superación personal.

Eso sí es magia.

Y además es magia muy rentable.


 

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