JD Vance y la comodidad de los que juegan con el Apocalipsis
Hay algo fascinante en la política moderna: la humanidad pasó siglos intentando reemplazar a los reyes elegidos por Dios con gobiernos elegidos por personas, y ahora parece que algunos políticos quieren volver a saltarse el intermediario.
JD Vance dice que está concentrado en hacer la obra de Dios y que, si eso conduce al fin de los tiempos, está bien.
Está bien.
Imaginen aplicar esa lógica a cualquier otro empleo.
"Señor piloto, ¿cuál es el plan de vuelo?"
—Bueno, voy a seguir lo que creo que es la voluntad divina. Si aterrizamos sanos y salvos, excelente. Si explotamos sobre el Atlántico y comienza el Armagedón, también está bien.
Nadie subiría a ese avión.
Pero cuando se trata de política exterior, armas nucleares y el destino de cientos de millones de personas, de pronto aparece una multitud diciendo: "Qué hombre de principios".
¿Principios?
No. Los principios son algo que aplicas cuando las consecuencias son reales. Esto es otra cosa. Es la tranquilidad psicológica de quien cree que el marcador final ya fue decidido por una fuerza sobrenatural.
Es una posición extraordinariamente cómoda.
Si las cosas salen bien, Dios te bendijo.
Si salen mal, Dios tenía un plan.
Si son un desastre absoluto, estamos en los tiempos finales.
Y si alguien te critica, resulta que está cuestionando la voluntad divina.
Es el seguro contra errores más perfecto jamás inventado.
La política debería ser el arte de administrar incertidumbres. Pero algunos parecen verla como una excursión guiada hacia una profecía.
Y ahí está el problema.
No porque crean en Dios.
La humanidad ha convivido con creyentes inteligentes durante milenios.
El problema aparece cuando alguien con acceso a ejércitos, presupuestos militares y códigos nucleares empieza a hablar como si la historia fuera una película cuyo final ya leyó.
Porque cuando crees que el último capítulo está escrito, el capítulo actual pierde importancia.
Las ciudades dejan de ser ciudades.
Los niños dejan de ser niños.
Las generaciones futuras dejan de ser personas concretas.
Todo se convierte en escenografía.
Decorado temporal.
Utilería cósmica.
Y eso es precisamente lo que da miedo.
La idea de que los seres humanos son personajes secundarios en una obra cuyo desenlace ya fue decidido.
Siempre me ha parecido curioso que quienes hablan más del fin del mundo rara vez sean quienes sufrirán más sus consecuencias.
Los multimillonarios tienen refugios.
Los políticos tienen escoltas.
Los predicadores tienen donaciones.
Pero la factura siempre llega a los mismos: trabajadores, familias, jóvenes, gente común que simplemente intentaba pagar la renta y sobrevivir otra semana.
El Apocalipsis, como casi todo, parece ser más cómodo cuando lo experimentan otros.
Y quizás esa sea la ironía más grande.
Nos dijeron que la política debía ser pragmática, racional y basada en evidencia.
Luego aparece un hombre poderoso sugiriendo que si sus acciones aceleran el fin de los tiempos, tampoco sería un problema.
Y millones de personas asienten.
Como si la humanidad hubiera construido hospitales, universidades, observatorios, bibliotecas, laboratorios y sistemas democráticos durante siglos para terminar diciendo:
"Bueno, tal vez todo esto era provisional de cualquier manera."
Qué especie tan extraña.
Capaz de enviar sondas a Marte y, al mismo tiempo, dispuesta a entregar las llaves del planeta a personas que hablan del futuro como si fuera un trámite antes de la revelación final.
Quizá el verdadero milagro no sea que algunos crean en el Apocalipsis.
Quizá el milagro sea que seguimos confiando en ellos para administrar el presente.

No hay comentarios:
Publicar un comentario