El incendio y la sonrisa
Hay algo fascinante en el ser humano.
Puede inventar la penicilina, mandar una nave a Marte, escribir una sinfonía y construir un teléfono que sabe dónde estás, qué desayunaste y con quién te acostaste.
Y después puede incendiar una casa y ponerse a grabarlo con el teléfono.
Porque aparentemente todavía tenemos mucho trabajo pendiente en eso de convertirnos en una especie civilizada.
Hace poco circuló un video en el que soldados israelíes aparecen burlándose de un incendio en el Líbano que ellos mismos habrían provocado. Lo presentan como un “sueño hecho realidad”. Y ahí están: riéndose, disfrutando la escena, contemplando las llamas como quien acaba de ganar un premio en una feria.
Qué bonito.
La humanidad descubrió el fuego hace miles de años y finalmente encontró la manera de convertirlo en contenido para redes sociales.
“¡Mira, mamá! ¡Quemamos otro lugar! ¡Dale like!”
Eso es lo verdaderamente perturbador.
No solamente el incendio.
La sonrisa.
Porque destruir durante una guerra puede ser racionalizado de mil maneras. Objetivo militar. Operación estratégica. Daño colateral. Seguridad nacional. Necesidad defensiva. Respuesta proporcional. Respuesta desproporcionada. Siempre tenemos un diccionario maravilloso para describir la barbarie sin tener que llamarla barbarie.
El lenguaje es muy útil.
Si matas a alguien, puedes decir que lo neutralizaste.
Si destruyes una casa, puedes decir que la inutilizaste.
Si incendias una comunidad, puedes decir que realizaste una operación.
Y si después te ríes frente a las cámaras...
Bueno, entonces probablemente alguien dirá que estabas “levantando la moral”.
Tenemos una capacidad extraordinaria para convertir una atrocidad en un trámite administrativo.
Pero hay algo que el lenguaje militar no consigue borrar:
detrás del objetivo hay personas.
Una casa no es simplemente una estructura de concreto.
Es donde alguien guardaba fotografías.
Donde un niño tenía juguetes.
Donde una mujer preparaba café.
Donde un viejo conservaba las cosas que le quedaron de toda una vida.
Pero cuando conviertes al enemigo en una abstracción, todo eso desaparece.
Ya no hay una familia.
Hay “el objetivo”.
Ya no hay una casa.
Hay “infraestructura”.
Ya no hay personas.
Hay “daños”.
Y entonces puedes contemplar las llamas y reírte.
Porque es bastante difícil sentir empatía por una coordenada GPS.
Y aquí viene una de las grandes maravillas de nuestra época:
la cámara.
Antes un soldado cometía una atrocidad y quizá nadie se enteraba.
Ahora puede grabarla en alta definición, ponerle música y subirla a internet antes de que termine de arder el edificio.
La tecnología no nos hizo necesariamente más humanos.
Nos hizo mejores documentando nuestra falta de humanidad.
Tenemos cámaras en todas partes.
Cámaras en los drones.
Cámaras en los teléfonos.
Cámaras en los cascos.
Cámaras en los vehículos.
Cámaras hasta en el refrigerador, porque aparentemente necesitamos evidencia audiovisual de que alguien abrió la puerta a las tres de la mañana.
Y en medio de toda esta revolución tecnológica seguimos haciendo algo que nuestros antepasados de las cavernas ya dominaban perfectamente:
quemar cosas y disfrutarlo.
La diferencia es que ellos no tenían Wi-Fi.
Y no, esto no significa que todos los israelíes sean monstruos.
Ni todos los soldados israelíes.
Ni que una conducta de algunos pueda convertirse automáticamente en una acusación contra millones de personas.
Eso sería exactamente el mismo mecanismo de deshumanización que estamos criticando.
El problema es otro.
El problema es que una persona puede acostumbrarse a la violencia hasta encontrarla divertida.
Y eso sí debería preocuparnos.
Porque la deshumanización no comienza necesariamente con un odio histérico.
A veces comienza con una pequeña broma.
Después viene el apodo.
Después el desprecio.
Después la indiferencia.
Después la celebración.
Y finalmente aparece alguien frente a una cámara diciendo:
“Mira qué bonito se quema.”
La humanidad tiene una larga tradición de hacer esto.
Primero inventamos al enemigo.
Después lo convertimos en una categoría.
Después le quitamos el nombre.
Después le quitamos el rostro.
Y finalmente conseguimos que su sufrimiento nos parezca entretenido.
Es una tecnología moral mucho más antigua que cualquier dron.
Y hay otra cosa especialmente obscena.
La gente que aparece en esos videos no parece estar enfrentando directamente a las personas que sufrirán las consecuencias.
No están viendo al padre que perdió su casa.
No están escuchando al niño que está llorando.
No están cargando a una persona herida.
Están mirando una imagen de la destrucción.
Eso facilita muchísimo la crueldad.
Porque la distancia es uno de los mejores anestésicos morales que hemos inventado.
Aprietas un botón.
Algo explota a kilómetros de distancia.
Y tú sigues sentado.
Después miras la pantalla.
Y celebras.
La víctima está lejos.
La culpa también.
Lo verdaderamente aterrador de estas escenas no es descubrir que existen individuos capaces de disfrutar con la destrucción.
Eso, desgraciadamente, ya lo sabíamos.
Lo aterrador es descubrir lo fácil que resulta normalizarlo.
Porque después aparecerán los comentaristas profesionales.
Los expertos.
Los analistas.
Los hombres con corbata que explicarán durante cuarenta minutos por qué aquello debe entenderse dentro de un “contexto geopolítico complejo”.
Y seguramente tendrán razón.
La geopolítica es compleja.
La diplomacia es compleja.
La historia es compleja.
El conflicto entre Israel, Palestina, Líbano, Irán y las potencias regionales es extraordinariamente complejo.
Pero hay algunas cosas que no necesitan un doctorado en relaciones internacionales.
Reírse de una población mientras arde su entorno está mal.
No hace falta una cumbre de Naciones Unidas para averiguarlo.
No hace falta un mapa.
No hace falta una bandera.
No hace falta preguntarse quién disparó primero.
No hace falta ser de izquierda, de derecha, sionista, antisionista, árabe, judío, cristiano, ateo o marciano.
Hay momentos en los que la moralidad puede expresarse en una frase bastante sencilla:
No te rías de la gente mientras destruyes su casa.
Qué concepto tan revolucionario.
Quizá algún día lo incluyamos en el entrenamiento militar.
Aunque, viendo la historia humana, probablemente necesitaremos una aplicación.
Empatía 2.0.
“¿Desea activar la función que permite recordar que las personas del otro lado también son personas?”
Aceptar.
“¿Está seguro?”
Aceptar.
“Advertencia: esta función puede disminuir considerablemente su capacidad para celebrar incendios.”
La civilización suele presumir de sus edificios, sus universidades, sus ejércitos, sus satélites y sus armas inteligentes.
Pero quizá la verdadera prueba de civilización sea algo mucho más sencillo:
qué hacemos cuando tenemos poder sobre alguien que no puede defenderse.
Ahí se acaba el discurso.
Ahí se acaba la bandera.
Ahí se acaba la propaganda.
Ahí queda solamente el ser humano frente a otro ser humano.
Y si tu primera reacción ante una casa en llamas es sacar el teléfono para grabarte riendo...
quizá el problema no sea que el enemigo sea demasiado humano.
Quizá el problema sea que tú has dejado de verlo como humano.
Y eso es lo realmente aterrador.
Porque una sociedad no se vuelve bárbara cuando empieza a quemar casas.
Se vuelve bárbara cuando consigue mirar las llamas y ya no ve una casa.
Ve un espectáculo.
Ve una victoria.
Ve un meme.
Ve contenido.
Y se ríe.
Ahí está la verdadera derrota.
No la del enemigo.
La nuestra.
No hay comentarios:
Publicar un comentario