sábado, 29 de agosto de 2026


Supongo que el problema era que no teníamos ningún proletario que se reconociera a sí mismo como tal. Todo el mundo era un capitalista temporalmente avergonzado.


La frase de John Steinbeck tiene una ironía demoledora porque señala algo más profundo que la simple desigualdad económica: la dificultad de reconocerse como parte de una clase social.

Steinbeck está describiendo una paradoja muy estadounidense —aunque perfectamente aplicable a buena parte de América Latina—: el trabajador no se piensa como trabajador; se piensa como alguien que todavía no ha llegado a ser rico.

1. El «capitalista temporalmente avergonzado»

La expresión es magnífica porque desmonta una fantasía social.

El trabajador que dice:

«Yo no soy pobre; algún día tendré mi negocio.»

ya no interpreta su situación desde su posición presente, sino desde la posibilidad imaginaria de convertirse en otra cosa.

No piensa: «¿Por qué mi trabajo produce tanta riqueza y yo recibo tan poco?»

Piensa: «Cuando me vaya bien, yo también estaré arriba.»

Y ahí aparece uno de los mecanismos más eficaces de cualquier sociedad desigual: hacer que los de abajo sueñen obsesivamente con convertirse en los de arriba, en lugar de preguntarse por qué están abajo.

2. La clase social también es una cuestión de conciencia

Aquí Steinbeck se cruza inevitablemente con Marx, aunque la frase tenga un tono mucho más coloquial.

Una cosa es ocupar objetivamente una posición económica y otra reconocerse como miembro de una clase.

Puedes vender tu fuerza de trabajo, depender de un salario y no poseer prácticamente nada productivo y, sin embargo, pensar:

"Yo soy clase media."

O incluso:

"Yo soy un empresario en potencia."

La conciencia puede ir completamente por detrás de la realidad material.

Y eso tiene consecuencias políticas enormes.

Porque una persona que se percibe como capitalista frustrado puede defender intereses que, en realidad, no son los suyos.

3. El sueño funciona mejor que la coerción

Y aquí está lo verdaderamente interesante.

No necesitas decirle al trabajador:

«No cuestiones el sistema.»

Puedes decirle algo mucho más seductor:

«Tú también puedes triunfar.»

Es una diferencia enorme.

El primer mensaje produce resistencia.

El segundo produce esperanza.

Y una esperanza mal administrada puede ser políticamente muy útil.

Porque mientras alguien espera convertirse algún día en millonario, puede terminar defendiendo las condiciones que permiten que otros acumulen millones hoy.

El sistema no necesita que todos sean ricos.

Le basta con que suficientes personas crean que podrían serlo.

4. El problema de «sentirse de clase media»

Por eso la frase conserva tanta actualidad.

En sociedades profundamente desiguales, mucha gente construye su identidad no a partir de su patrimonio real, sino de sus aspiraciones, hábitos de consumo o comparación con quienes están todavía peor.

"Tengo coche, televisión, smartphone y puedo comprar ciertas cosas: entonces soy clase media."

Pero tener determinados bienes de consumo no significa necesariamente poseer capital.

Puedes tener el último teléfono y seguir dependiendo completamente de tu salario.

Puedes vestir como rico y continuar siendo económicamente vulnerable.

Puedes incluso votar como rico sin tener ni remotamente los recursos de un rico.

Y ahí Steinbeck mete el dedo en la llaga.

5. La genialidad de la frase está en «temporalmente»

No dice simplemente capitalistas frustrados.

Dice «temporalmente».

Ahí está el chiste.

El trabajador imagina que su pobreza es una especie de sala de espera.

No es pobre: está de paso por la pobreza.

No es trabajador: es un empresario que todavía no ha tenido suerte.

No está abajo: está temporalmente abajo.

Y mientras espera que llegue su turno en la lotería social, puede terminar defendiendo una estructura en la que las probabilidades de llegar arriba son extraordinariamente pequeñas.

Steinbeck convierte así una observación económica en una observación psicológica:

la desigualdad no se sostiene únicamente porque existan ricos; también porque muchos pobres imaginan que su verdadero destino es convertirse en ricos.

Y esa quizá sea la parte más incómoda de la frase.

Porque el capitalismo no solamente vende mercancías.

También vende identidades, aspiraciones y futuros imaginarios.

Y a veces consigue algo extraordinario: que el hombre que vende su trabajo durante toda su vida se sienta, en el fondo, un millonario que todavía no ha recibido la buena noticia.


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