Nací en 1955 y, como a todos los niños de mi generación, me tocó crecer en plena dictadura franquista. En mi pueblo se reconocía a quienes habían perdido la guerra porque en aquellas familias pesaba el silencio, el desprecio de los que se plegaron al régimen, y alguna que otra visita de la Guardia Civil, que preventivamente se dejaban caer cuando se iba a producir algún acto sonado en el que pudieran ser un riesgo los catalogados como rojos. En ocasiones, la sola visita no era suficiente y esos peligrosos vecinos, como mi tío Gabriel, debían pasar la noche en el cuartelillo. Esas precauciones, de las que fui testigo desde niño, fueron habituales en toda España y se prolongaron en las grandes ciudades durante muchos años después, según averigüé más tarde.
sábado, 29 de agosto de 2026
Pero
lo que prevalecía era el silencio, causado por el miedo. El silencio y
el miedo siempre han acompañado a los regímenes dictatoriales y
fascistas. El fascismo se nutre de la ignorancia de sus adeptos, en
quienes infunde temor hacia un enemigo común, generalmente un colectivo
vulnerable, como judíos, gitanos, inmigrantes o menores extranjeros no
acompañados (menas), al que culpa de todos los males de este mundo para
luego, a base de un constante bombardeo de bulos y noticias falsas,
sembrar el odio, que tarde o temprano acabará en violencia. Será
entonces cuando esconderán la mano y mirarán para otro lado, como
sucedió en la noche de los cristales rotos (Kristallnacht) en la
Alemania nazi de 1938, o en el ataque con una granada contra un centro
de menores en Madrid imputado a Vox en 2019.
Por
supuesto, durante la dictadura, la prensa no emitía más que loas al
generalísimo, y en el cine, antes de la película, el obligado documental
oficial de la época, el nodo, exhibía escenas de los nuevos mal
llamados pantanos (en realidad, embalses), grandes atunes capturados o
jabalíes (narcotizados) cazados por su excelencia y, en general, la
imagen de país de las mil maravillas, avanzado y moderno, en el que todo
iba bien por la gracia de Dios y de su excelencia, amén. Evidentemente,
no se contaba nada ni de las torturas, ni de las desapariciones, ni de
la persecución política que sufrían los pocos luchadores y luchadoras
que se atrevían a enfrentarse al dictador, ni de las acciones del
policía político-social, ni de la prohibición de la libertad de prensa,
ni del Tribunal de Orden Público. Ni de los miles de víctimas enterradas
en las cunetas, mientras que se exhibían impúdicamente los símbolos
fascistas y los memorandos de exaltación a los «caídos por Dios y por
España», como si los demás fueran apestados y su sentimiento español no
hubiera existido nunca. España es diferente, se hartaban de decirnos
machaconamente en todos los medios oficiales y en toda la prensa
censurada, como también en el cine, con películas en las que se
exaltaban los valores patrios que, aún hoy día, demasiados se empeñan en
resaltar.
Baltasar Garzon
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