sábado, 29 de agosto de 2026

 Pero aunque todas las directrices legalistas para hacer una guerra dieran luz verde, los líderes deberían ser lo suficientemente listos y andarse con pies de plomo. Cuando Estados Unidos invadió Granada en 1983, las dificultades con que se encontró para aplastar al microestado turístico estalinista demostraron los peligros que entrañan las guerras de un día.

Probablemente hubiera tenido menos problemas si hubiesen clavado esta útil lista de control de invasión en la puerta principal del Pentágono:
Confirmar si el país enemigo tiene ejército. En caso afirmativo, no dar por supuesto que puede ser derrotado en un día.
Buscar mapas exactos del país propuesto para ser invadido.
Llevar radios que funcionen.
Asegurarse de que las Fuerzas Especiales sean realmente especiales.
Si se pretende rescatar a rehenes, conviene saber dónde se encuentran. Si es posible, llamar a los rehenes y preguntarles por su paradero.
¿Empezará la invasión en fin de semana? Si es así, es conveniente coordinar la invasión con el horario adjunto del partido de golf del presidente.
¿Es el objetivo de invasión propuesto una isla o está en el continente? Si es una isla, notificarlo a la Armada.
¿Hay suficiente provisión de medallas?

Edward Strosser. 

La historia detrás de ese fragmento es todavía más absurda que la lista de Strosser. La invasión de Granada fue presentada como una operación militar rápida y relativamente sencilla, pero terminó revelando algo que los grandes ejércitos suelen olvidar: la superioridad militar no vacuna contra la incompetencia.

Granada: la guerra que debía durar unas horas

En octubre de 1983, Granada era un pequeño país caribeño de apenas unos 110.000 habitantes. Su gobierno revolucionario, encabezado por Maurice Bishop, había llegado al poder en 1979. El régimen tenía vínculos con Cuba y la Unión Soviética, y Washington comenzó a verlo como una pieza peligrosa dentro del tablero de la Guerra Fría.

Pero entonces ocurrió algo dentro de la propia revolución.

Bishop fue apartado del poder por una facción más radical del gobierno y posteriormente ejecutado el 19 de octubre de 1983. La situación se volvió caótica. Estados Unidos decidió intervenir.

La justificación incluía varios argumentos: proteger a ciudadanos estadounidenses, especialmente estudiantes de medicina, restaurar el orden y responder a la situación política.

El nombre de la operación fue Urgent Fury.

Y la palabra Fury probablemente era más grande que la isla.

El enemigo: pequeño, pero no inexistente

Estados Unidos esperaba enfrentarse a una fuerza militar relativamente débil: soldados granadinos y algunos centenares de cubanos que trabajaban principalmente en la construcción del aeropuerto de Point Salines.

Sobre el papel, parecía una operación de manual.

Estados Unidos tenía una fuerza militar gigantesca.

Granada tenía un ejército diminuto.

La diferencia parecía tan descomunal que casi invitaba a la arrogancia.

Y ahí comenzó el problema.

La invasión empezó el 25 de octubre de 1983 con tropas estadounidenses y contingentes de varios países caribeños.

La resistencia granadina fue mucho menor de lo que habría podido ofrecer un ejército convencional. Pero la operación estadounidense estuvo plagada de problemas.

Y algunos fueron extraordinariamente básicos.

Los mapas

Uno de los episodios más famosos fue el problema de los mapas.

Los estadounidenses no disponían de mapas suficientemente precisos de Granada. En determinados casos tuvieron que recurrir a mapas turísticos.

Es una de esas situaciones que parecen inventadas por un guionista satírico:

Estados Unidos, potencia militar mundial, invade una isla caribeña y descubre que necesita mejores mapas.

La geografía, que normalmente permanece silenciosa, decidió convertirse en parte del enemigo.

Las radios

También hubo problemas de comunicación.

Unidades estadounidenses tuvieron dificultades para comunicarse entre sí porque sus radios no funcionaban adecuadamente o no eran compatibles.

Esto es particularmente ridículo porque una de las ventajas fundamentales de un ejército moderno consiste precisamente en poder saber dónde están tus propias tropas y qué están haciendo.

La tecnología militar puede ser extraordinariamente sofisticada.

Pero si el radio no funciona, el soldado vuelve a una tecnología mucho más antigua:

gritar.

Los rehenes

Otro episodio particularmente bochornoso tuvo que ver con los estudiantes estadounidenses.

La administración Reagan había presentado la protección de los estudiantes de la universidad médica de St. George's como uno de los motivos fundamentales para intervenir.

Pero los militares tuvieron problemas para determinar exactamente dónde estaban algunos de ellos.

Y aquí aparece la escena que inspiró la broma de Strosser:

quizá habría sido útil preguntarles.

No es una cuestión menor. En una operación de rescate, localizar al objetivo debería encontrarse bastante arriba en la lista de prioridades.

Primero:

"¿Dónde están?"

Después:

"Vamos."

No al revés.

El aeropuerto

Además estaba el aeropuerto de Point Salines, una pieza estratégica fundamental.

Estados Unidos temía que la infraestructura pudiera facilitar una presencia cubana o soviética.

La construcción del aeropuerto había sido financiada y ejecutada con participación cubana, lo que alimentaba las sospechas estadounidenses.

Las fuerzas estadounidenses tuvieron que combatir para hacerse con el control de las instalaciones.

Y ahí apareció otra ironía.

Una operación que había sido concebida como una intervención relativamente sencilla encontró una resistencia suficiente para recordar a los planificadores militares una verdad elemental:

un mapa no es el territorio, y un plan no es la guerra.

La "guerra de un día"

La resistencia granadina fue finalmente aplastada y Estados Unidos consiguió sus objetivos militares rápidamente, pero no sin dificultades.

La operación terminó convirtiéndose en una especie de demostración involuntaria de que incluso una potencia abrumadoramente superior puede cometer errores absurdos cuando entra en combate convencida de que todo será fácil.

Las bajas estadounidenses fueron relativamente bajas: 19 militares muertos y más de un centenar de heridos. Las fuerzas granadinas y cubanas sufrieron muchas más bajas, además de víctimas civiles.

La intervención terminó pocos días después.

Militarmente fue una victoria estadounidense.

Pero las guerras no se evalúan únicamente preguntando:

"¿Ganaste?"

También hay que preguntar:

"¿Por qué tuviste que complicarlo tanto?"

Y entonces aparece Edward Strosser

Edward Strosser convirtió toda aquella colección de errores en una sátira deliciosa.

Su "lista de control para la invasión" funciona porque exagera lo absurdo sin necesidad de inventar demasiado.

"¿El enemigo tiene ejército?"

"¿Tenemos mapas?"

"¿Funcionan las radios?"

"¿Sabemos dónde están los rehenes?"

"¿La isla está rodeada de agua?"

Esta última casi parece una broma infantil.

Pero precisamente ahí está la fuerza de la sátira.

Strosser toma los pequeños fallos de Granada y los convierte en una especie de manual universal contra la soberbia militar.

La broma de las medallas es especialmente buena porque apunta hacia otro problema: las instituciones poderosas desarrollan mecanismos para premiar el éxito incluso cuando el éxito ha venido acompañado de errores evitables.

La burocracia puede convertir un desastre administrativo en una ceremonia.

Uniforme impecable.

Medalla reluciente.

Informe final.

Y asunto cerrado.

La lección más profunda

Granada fue una guerra pequeña. No fue Vietnam. No fue Irak. No fue Afganistán.

Precisamente por eso resulta tan instructiva.

Cuando una potencia enorme se enfrenta a un adversario diminuto, existe una tentación psicológica muy peligrosa:

confundir la superioridad de recursos con la superioridad de juicio.

Estados Unidos tenía una capacidad militar infinitamente superior a Granada.

Pero eso no significaba que cada oficial tuviera información perfecta.

Ni que los mapas fueran correctos.

Ni que las radios funcionaran.

Ni que todos supieran dónde estaban los civiles.

Ni que el enemigo reaccionara exactamente como habían previsto.

La historia militar está llena de estas pequeñas grietas.

Y las grietas importan.

Porque una guerra rara vez se pierde porque el adversario tenga un tanque más.

A veces comienza a torcerse porque alguien no comprobó el mapa.

Y esa es quizá la parte más hermosa de la sátira de Strosser: convierte la grandilocuencia de la guerra en una lista de tareas domésticas.

Antes de conquistar el mundo:

comprueba que llevas las llaves.

No hay comentarios:

Publicar un comentario