El sofisticado arte de quejarse de la comida
Hay
algo profundamente extraño en el ser humano moderno: consiguió resolver
parcialmente el problema de conseguir comida y, como recompensa,
inventó el problema de quejarse de ella.
Durante cientos de miles de años, nuestra especie salió a buscar algo que pudiera masticarse sin matarnos. Frutos. Raíces. Animales. Lo que hubiera.
Y entonces, después de una larguísima carrera evolutiva, llegamos nosotros.
El animal que puede abrir una nevera llena y decir:
«No hay nada que comer».
Nada.
Tiene yogur, queso, huevos, fruta, carne, pan, verduras, sobras del martes y probablemente tres salsas cuyo origen nadie recuerda.
Pero no hay nada que comer.
El pobre Homo sapiens ha alcanzado tal nivel de abundancia que ahora puede morirse de aburrimiento frente a una despensa.
Imaginen explicárselo a un antepasado nuestro.
«Mira, hemos avanzado muchísimo. Ya no tienes que perseguir un mamut con una lanza.»
«¿Entonces qué hacemos?»
«Abrimos una aplicación y pedimos comida.»
«¿Y qué comida hay?»
«Hay 47 tipos de hamburguesa.»
«¿Y eso es bueno?»
«No exactamente. Esta tiene demasiado queso.»
El antepasado probablemente nos golpearía con el hueso del mamut.
Yo nunca he entendido demasiado bien a esa gente que puede probar una comida y comenzar una investigación criminal.
Muerden.
Mastican.
Cierran los ojos.
Inclinan ligeramente la cabeza.
Y dicen:
«Hay algo raro.»
¿Raro?
¿Está envenenada?
No.
«Le falta algo de acidez.»
Ah.
La humanidad finalmente ha llegado al punto en que podemos detectar que a una papa le falta personalidad.
Yo, en cambio, pertenezco a una categoría gastronómica mucho más sencilla.
La carne puede estar dura o blanda.
La comida puede estar salada o insípida.
Puede estar grasosa.
Puede estar buena.
Puede estar mala.
Fin del informe.
No necesito que Gordon Ramsay venga a interrogar a mi bistec.
Y entonces aparece una pregunta bastante incómoda:
¿Alguna vez ha pasado hambre la gente que hace feo a la comida?
No necesariamente.
Y aquí hay que tener cuidado. No toda persona que rechaza un plato es un imbécil. El gusto existe. Hay sabores que nos desagradan. Hay texturas que producen rechazo. Hay personas con sensibilidades diferentes.
Pero existe una diferencia entre no gustarte una comida y convertir tu disgusto en una declaración de superioridad.
Porque ahí la comida deja de ser comida.
Se convierte en estatus.
No dices:
«No me gusta.»
Dices:
«Eso es comida de mala calidad.»
No dices:
«No tengo hambre.»
Dices:
«Ese restaurante ya perdió nivel.»
No dices:
«La sopa está buena.»
Dices:
«Tiene un fondo aromático interesante con una persistencia ligeramente terrosa.»
Amigo, es sopa.
No estás negociando la paz en Oriente Medio.
Imaginen a un león.
Un león encuentra una cebra.
Está cansado.
Tiene hambre.
La cebra está ahí.
El león la observa.
La huele.
Y empieza:
«No sé...»
La leona pregunta:
«¿Qué pasa?»
«Está un poco insípida.»
«Es una cebra.»
«Sí, pero esperaba algo con más carácter.»
«¿Quieres que cacemos otra?»
«Quizá una gacela. Tengo el paladar muy desarrollado.»
El león moriría de hambre.
Y la naturaleza no tendría que hacer nada.
Simplemente dejaría que el restaurante de cinco estrellas de la sabana quebrara.
Lo curioso es que nuestra relación con la comida cambió radicalmente cuando dejamos de vivir al borde permanente de la escasez.
Durante la mayor parte de la historia humana, conseguir comida fue trabajo.
Trabajo físico.
Riesgo.
Tiempo.
Fracaso.
Una mala cosecha podía significar hambre. Una enfermedad podía significar hambre. Una guerra podía significar hambre. Un invierno especialmente malo podía significar hambre.
La comida tenía una relación directa con la supervivencia.
Hoy, para una parte considerable del mundo, la comida está disponible a todas horas.
Y cuando la supervivencia deja de ser el problema inmediato, la mente fabrica otros problemas.
«Esta pizza no tiene suficiente queso.»
La civilización.
Cinco mil años de agricultura.
La domesticación del trigo.
La revolución industrial.
La electricidad.
La refrigeración.
El transporte global.
La logística moderna.
Todo eso para que Karen pueda decir que la pizza está «un poco seca».
Pero hay algo todavía más interesante.
La abundancia no solamente cambia lo que comemos.
Cambia lo que creemos merecer.
Cuando tienes poco, agradeces tener.
Cuando tienes mucho, comparas.
Y cuando tienes muchísimo, juzgas.
Una persona que tiene hambre ve comida.
Una persona satisfecha ve opciones.
Una persona extremadamente satisfecha ve diferencias.
«Este pan es bueno, pero prefiero el de masa madre.»
«Este café no está mal, pero el de aquel sitio tiene mejor extracción.»
«Este chocolate tiene demasiado azúcar.»
Mientras tanto, en algún lugar del planeta, alguien probablemente está pensando que sería maravilloso tener simplemente un plato de arroz.
No porque el arroz sea extraordinario.
Porque tiene hambre.
Quizá una de las cosas más extrañas de la riqueza sea precisamente esa: nos permite convertir necesidades básicas en problemas sofisticados.
Necesitamos dormir y discutimos sobre colchones.
Necesitamos vestirnos y discutimos sobre marcas.
Necesitamos transportarnos y discutimos sobre automóviles.
Necesitamos comer y discutimos sobre restaurantes.
Necesitamos beber agua y alguien consigue vendernos agua en una botella de diseño.
El capitalismo descubrió algo magnífico:
Primero satisface una necesidad.
Después crea veinte categorías para que podamos sentir que nunca la satisfacemos correctamente.
No basta con comer.
Hay que comer bien.
No basta con comer bien.
Hay que comer saludable.
No basta con comer saludable.
Tiene que ser orgánico.
No basta con que sea orgánico.
Tiene que ser local.
No basta con que sea local.
Tiene que ser de temporada.
Y si además puedes pronunciar correctamente el nombre de la variedad de tomate, ya eres miembro de la aristocracia vegetal.
Pero tampoco deberíamos idealizar el hambre.
Pasar hambre no convierte a nadie en mejor persona.
El hambre destruye.
La pobreza no es una escuela moral.
No hay ninguna virtud especial en sufrir.
Lo que sí puede hacer la escasez es enseñarnos algo que la abundancia tiende a ocultar:
que aquello que damos por sentado alguna vez fue extraordinario.
Un plato caliente.
Una fruta.
Un pedazo de pan.
Un vaso de leche.
Una comida compartida.
Durante casi toda nuestra historia, esas cosas tuvieron un peso que nosotros difícilmente podemos imaginar.
Hoy podemos pedirlas con el dedo.
Tres clics.
Veinte minutos.
«¿Desea agregar papas por 25 pesos?»
La humanidad ha conquistado el hambre y ha creado el hambre de opciones.
Por eso quizá no haya nada malo en tener un paladar sencillo.
Quizá incluso tenga cierta elegancia.
Comer algo y pensar:
«Está bueno.»
Sin escribir una tesis doctoral sobre la textura.
Sin fotografiarlo.
Sin subirlo a Instagram.
Sin preguntar qué chef lo preparó.
Sin descubrir que el restaurante utiliza una sal procedente de una isla diminuta del Mediterráneo.
Está bueno.
Comes.
Sigues con tu vida.
Eso también es libertad.
Porque quizá hemos confundido demasiado apreciar la comida con exigirle que nos entretenga.
La comida no siempre tiene que proporcionar una experiencia.
A veces solamente tiene que ser comida.
Y eso debería bastarnos.
Al fin y al cabo, nuestros antepasados no soñaban con un menú degustación de diecisiete tiempos.
Soñaban con llegar vivos al siguiente invierno.
Nosotros tenemos restaurantes que sirven espuma de zanahoria sobre una piedra y nos quejamos porque la piedra no está suficientemente caliente.
Hemos llegado muy lejos.
Quizá demasiado lejos.
Porque en algún momento dejamos de preguntarnos:
«¿Tengo algo que comer?»
y empezamos a preguntarnos:
«¿Por qué esta comida no está a la altura de mis expectativas?»
Y ahí está quizá una de las pequeñas tragedias de la abundancia:
cuando tienes suficiente de casi todo,
lo extraordinario deja de ser tener comida.
Lo extraordinario pasa a ser que la comida te impresione.
El león, mientras tanto, sigue comiéndose la cebra.
Sin reseña en Google.
Sin estrella Michelin.
Sin quejarse de que le faltaba sal.
Durante cientos de miles de años, nuestra especie salió a buscar algo que pudiera masticarse sin matarnos. Frutos. Raíces. Animales. Lo que hubiera.
Y entonces, después de una larguísima carrera evolutiva, llegamos nosotros.
El animal que puede abrir una nevera llena y decir:
«No hay nada que comer».
Nada.
Tiene yogur, queso, huevos, fruta, carne, pan, verduras, sobras del martes y probablemente tres salsas cuyo origen nadie recuerda.
Pero no hay nada que comer.
El pobre Homo sapiens ha alcanzado tal nivel de abundancia que ahora puede morirse de aburrimiento frente a una despensa.
Imaginen explicárselo a un antepasado nuestro.
«Mira, hemos avanzado muchísimo. Ya no tienes que perseguir un mamut con una lanza.»
«¿Entonces qué hacemos?»
«Abrimos una aplicación y pedimos comida.»
«¿Y qué comida hay?»
«Hay 47 tipos de hamburguesa.»
«¿Y eso es bueno?»
«No exactamente. Esta tiene demasiado queso.»
El antepasado probablemente nos golpearía con el hueso del mamut.
Yo nunca he entendido demasiado bien a esa gente que puede probar una comida y comenzar una investigación criminal.
Muerden.
Mastican.
Cierran los ojos.
Inclinan ligeramente la cabeza.
Y dicen:
«Hay algo raro.»
¿Raro?
¿Está envenenada?
No.
«Le falta algo de acidez.»
Ah.
La humanidad finalmente ha llegado al punto en que podemos detectar que a una papa le falta personalidad.
Yo, en cambio, pertenezco a una categoría gastronómica mucho más sencilla.
La carne puede estar dura o blanda.
La comida puede estar salada o insípida.
Puede estar grasosa.
Puede estar buena.
Puede estar mala.
Fin del informe.
No necesito que Gordon Ramsay venga a interrogar a mi bistec.
Y entonces aparece una pregunta bastante incómoda:
¿Alguna vez ha pasado hambre la gente que hace feo a la comida?
No necesariamente.
Y aquí hay que tener cuidado. No toda persona que rechaza un plato es un imbécil. El gusto existe. Hay sabores que nos desagradan. Hay texturas que producen rechazo. Hay personas con sensibilidades diferentes.
Pero existe una diferencia entre no gustarte una comida y convertir tu disgusto en una declaración de superioridad.
Porque ahí la comida deja de ser comida.
Se convierte en estatus.
No dices:
«No me gusta.»
Dices:
«Eso es comida de mala calidad.»
No dices:
«No tengo hambre.»
Dices:
«Ese restaurante ya perdió nivel.»
No dices:
«La sopa está buena.»
Dices:
«Tiene un fondo aromático interesante con una persistencia ligeramente terrosa.»
Amigo, es sopa.
No estás negociando la paz en Oriente Medio.
Imaginen a un león.
Un león encuentra una cebra.
Está cansado.
Tiene hambre.
La cebra está ahí.
El león la observa.
La huele.
Y empieza:
«No sé...»
La leona pregunta:
«¿Qué pasa?»
«Está un poco insípida.»
«Es una cebra.»
«Sí, pero esperaba algo con más carácter.»
«¿Quieres que cacemos otra?»
«Quizá una gacela. Tengo el paladar muy desarrollado.»
El león moriría de hambre.
Y la naturaleza no tendría que hacer nada.
Simplemente dejaría que el restaurante de cinco estrellas de la sabana quebrara.
Lo curioso es que nuestra relación con la comida cambió radicalmente cuando dejamos de vivir al borde permanente de la escasez.
Durante la mayor parte de la historia humana, conseguir comida fue trabajo.
Trabajo físico.
Riesgo.
Tiempo.
Fracaso.
Una mala cosecha podía significar hambre. Una enfermedad podía significar hambre. Una guerra podía significar hambre. Un invierno especialmente malo podía significar hambre.
La comida tenía una relación directa con la supervivencia.
Hoy, para una parte considerable del mundo, la comida está disponible a todas horas.
Y cuando la supervivencia deja de ser el problema inmediato, la mente fabrica otros problemas.
«Esta pizza no tiene suficiente queso.»
La civilización.
Cinco mil años de agricultura.
La domesticación del trigo.
La revolución industrial.
La electricidad.
La refrigeración.
El transporte global.
La logística moderna.
Todo eso para que Karen pueda decir que la pizza está «un poco seca».
Pero hay algo todavía más interesante.
La abundancia no solamente cambia lo que comemos.
Cambia lo que creemos merecer.
Cuando tienes poco, agradeces tener.
Cuando tienes mucho, comparas.
Y cuando tienes muchísimo, juzgas.
Una persona que tiene hambre ve comida.
Una persona satisfecha ve opciones.
Una persona extremadamente satisfecha ve diferencias.
«Este pan es bueno, pero prefiero el de masa madre.»
«Este café no está mal, pero el de aquel sitio tiene mejor extracción.»
«Este chocolate tiene demasiado azúcar.»
Mientras tanto, en algún lugar del planeta, alguien probablemente está pensando que sería maravilloso tener simplemente un plato de arroz.
No porque el arroz sea extraordinario.
Porque tiene hambre.
Quizá una de las cosas más extrañas de la riqueza sea precisamente esa: nos permite convertir necesidades básicas en problemas sofisticados.
Necesitamos dormir y discutimos sobre colchones.
Necesitamos vestirnos y discutimos sobre marcas.
Necesitamos transportarnos y discutimos sobre automóviles.
Necesitamos comer y discutimos sobre restaurantes.
Necesitamos beber agua y alguien consigue vendernos agua en una botella de diseño.
El capitalismo descubrió algo magnífico:
Primero satisface una necesidad.
Después crea veinte categorías para que podamos sentir que nunca la satisfacemos correctamente.
No basta con comer.
Hay que comer bien.
No basta con comer bien.
Hay que comer saludable.
No basta con comer saludable.
Tiene que ser orgánico.
No basta con que sea orgánico.
Tiene que ser local.
No basta con que sea local.
Tiene que ser de temporada.
Y si además puedes pronunciar correctamente el nombre de la variedad de tomate, ya eres miembro de la aristocracia vegetal.
Pero tampoco deberíamos idealizar el hambre.
Pasar hambre no convierte a nadie en mejor persona.
El hambre destruye.
La pobreza no es una escuela moral.
No hay ninguna virtud especial en sufrir.
Lo que sí puede hacer la escasez es enseñarnos algo que la abundancia tiende a ocultar:
que aquello que damos por sentado alguna vez fue extraordinario.
Un plato caliente.
Una fruta.
Un pedazo de pan.
Un vaso de leche.
Una comida compartida.
Durante casi toda nuestra historia, esas cosas tuvieron un peso que nosotros difícilmente podemos imaginar.
Hoy podemos pedirlas con el dedo.
Tres clics.
Veinte minutos.
«¿Desea agregar papas por 25 pesos?»
La humanidad ha conquistado el hambre y ha creado el hambre de opciones.
Por eso quizá no haya nada malo en tener un paladar sencillo.
Quizá incluso tenga cierta elegancia.
Comer algo y pensar:
«Está bueno.»
Sin escribir una tesis doctoral sobre la textura.
Sin fotografiarlo.
Sin subirlo a Instagram.
Sin preguntar qué chef lo preparó.
Sin descubrir que el restaurante utiliza una sal procedente de una isla diminuta del Mediterráneo.
Está bueno.
Comes.
Sigues con tu vida.
Eso también es libertad.
Porque quizá hemos confundido demasiado apreciar la comida con exigirle que nos entretenga.
La comida no siempre tiene que proporcionar una experiencia.
A veces solamente tiene que ser comida.
Y eso debería bastarnos.
Al fin y al cabo, nuestros antepasados no soñaban con un menú degustación de diecisiete tiempos.
Soñaban con llegar vivos al siguiente invierno.
Nosotros tenemos restaurantes que sirven espuma de zanahoria sobre una piedra y nos quejamos porque la piedra no está suficientemente caliente.
Hemos llegado muy lejos.
Quizá demasiado lejos.
Porque en algún momento dejamos de preguntarnos:
«¿Tengo algo que comer?»
y empezamos a preguntarnos:
«¿Por qué esta comida no está a la altura de mis expectativas?»
Y ahí está quizá una de las pequeñas tragedias de la abundancia:
cuando tienes suficiente de casi todo,
lo extraordinario deja de ser tener comida.
Lo extraordinario pasa a ser que la comida te impresione.
El león, mientras tanto, sigue comiéndose la cebra.
Sin reseña en Google.
Sin estrella Michelin.
Sin quejarse de que le faltaba sal.
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