Las revoluciones de América Latina: cuando los pueblos decidieron incendiar la casa para remodelarla
Hay una costumbre bastante latinoamericana de llamar «revolución» a casi cualquier cosa que implique disparos, uniformes y un señor con bigote pronunciando un discurso desde el balcón.
Pero una revolución es algo bastante más incómodo.
No consiste simplemente en cambiar al presidente. Para eso existen las elecciones, los golpes de Estado y, en algunos países, la saludable tradición de cambiar de gobierno antes de que alguien alcance a entender qué estaba pasando.
Una revolución es otra cosa.
Es el momento en que una sociedad deja de aceptar las reglas con las que había vivido durante generaciones y decide que no quiere simplemente cambiar a los jugadores: quiere cambiar el tablero.
Y América Latina ha tenido varias.
No fueron iguales. No tuvieron las mismas causas ni los mismos protagonistas. Algunas terminaron en dictaduras; otras, en democracias imperfectas; algunas construyeron Estados nuevos; otras terminaron devorando a sus propios revolucionarios.
Pero todas tuvieron algo en común: nacieron de sociedades en las que una parte considerable de la población llegó a la conclusión de que el orden existente ya no podía reformarse sin romperse primero.
Y entonces alguien encendió el fósforo.
I. Haití: la revolución que Europa prefería no recordar
Antes de México, Cuba, Bolivia o Nicaragua hubo Haití.
Y quizá convendría comenzar por ahí porque la Revolución haitiana fue una de las cosas más radicales que ocurrieron en el mundo moderno.
En 1791, los esclavos de Saint-Domingue —la colonia francesa que se convertiría en Haití— comenzaron una insurrección que terminaría destruyendo el régimen esclavista y colonial.
No querían simplemente mejores condiciones laborales.
Querían dejar de ser esclavos.
Y aquello era una idea peligrosísima.
La Revolución francesa había proclamado libertad, igualdad y fraternidad. El pequeño detalle era que aquellas palabras tenían una aplicación bastante selectiva cuando llegaban a las plantaciones del Caribe.
La humanidad había descubierto una curiosa forma de universalismo:
todos los hombres nacen libres, pero algunos pueden ser propiedad de otros.
Los haitianos decidieron comprobar hasta dónde llegaba realmente aquella fraternidad.
La revolución terminó en 1804 con la independencia de Haití.
Fue una revolución anticolonial, antiesclavista y social de una radicalidad extraordinaria.
Y precisamente por eso las potencias de la época la castigaron.
Haití no sólo había conseguido independizarse.
Había demostrado algo mucho más perturbador:
que los esclavos podían derrotar a sus amos y construir un Estado propio.
Eso era una pesadilla para todo un mundo construido sobre la esclavitud.
Haití fue, en cierto modo, el primer gran aviso de que el orden colonial latinoamericano no era eterno.
II. México: cuando la revolución decidió quedarse a vivir en el Estado
Más de un siglo después apareció México.
En 1910, Porfirio Díaz llevaba décadas dominando la política mexicana.
México había modernizado ferrocarriles, minería, industria y comunicaciones.
El país podía presumir de progreso.
El problema era que el progreso tenía la mala costumbre de no repartir sus beneficios equitativamente.
En el campo, millones de campesinos habían quedado atrapados en una estructura agraria extremadamente desigual.
Y entonces apareció Francisco I. Madero.
Madero no comenzó pidiendo una revolución social.
Pidió algo mucho más modesto:
democracia.
Pero la historia tiene un extraño sentido del humor.
Madero abrió la puerta.
Y por ella entraron Zapata, Villa, Carranza, Obregón y millones de personas que tenían demandas bastante más grandes que unas elecciones limpias.
Zapata quería tierra.
Villa movilizó a campesinos y sectores populares del norte.
Carranza quería reconstruir el Estado.
Obregón quería ganar la guerra y después averiguar qué hacer con la victoria.
Y así comenzó una revolución que terminó convirtiéndose en una especie de enorme laboratorio político.
México no sólo cambió de presidente.
Cambió su relación con la propiedad de la tierra, con la Iglesia, con el ejército, con los trabajadores, con la educación y con la idea misma de nación.
La Constitución de 1917 fue una de las expresiones más importantes de ese proceso.
Pero aquí aparece la gran paradoja mexicana.
La revolución que había destruido un viejo régimen terminó construyendo un nuevo régimen revolucionario.
La revolución no desapareció.
Se institucionalizó.
El Estado comenzó a decir:
«La revolución somos nosotros».
Y durante décadas esa frase tuvo una eficacia política extraordinaria.
El Partido Revolucionario Institucional consiguió convertir la revolución en gobierno.
Una hazaña histórica bastante peculiar:
hacer una revolución y después quedarse con las llaves del edificio.
III. Bolivia: la revolución que quiso desmontar la oligarquía
Bolivia tuvo su gran terremoto social en 1952.
La Revolución Nacional fue protagonizada fundamentalmente por el Movimiento Nacionalista Revolucionario y encontró apoyo decisivo entre trabajadores mineros y sectores populares.
Y nuevamente aparecieron algunos de los ingredientes mexicanos:
tierra, desigualdad, campesinado, recursos naturales y un Estado controlado durante mucho tiempo por élites.
La revolución nacionalizó las grandes empresas mineras, impulsó una reforma agraria y amplió el sufragio.
Por primera vez grandes sectores indígenas y campesinos fueron incorporados de manera mucho más amplia a la ciudadanía política.
El parecido con México resulta sorprendente.
Pero hay una diferencia importante.
México había construido su revolución después de una década de guerra civil.
Bolivia realizó una revolución concentrada en un proceso mucho más breve y, posteriormente, atravesó una enorme inestabilidad política.
En ambos casos, sin embargo, apareció la misma pregunta:
¿cómo transformar una sociedad profundamente desigual sin destruir completamente el Estado?
Esa pregunta acompañará a América Latina durante todo el siglo XX.
IV. Cuba: cuando la revolución cambió de naturaleza
Cuba ofrece otro modelo.
La Revolución cubana comenzó como una lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista.
Fidel Castro, Ernesto Guevara y los revolucionarios del Movimiento 26 de Julio no comenzaron necesariamente con un programa idéntico al Estado socialista que terminaría apareciendo después.
Pero una revolución no siempre sabe exactamente en qué terminará cuando empieza.
Y Cuba terminó entrando en una confrontación radical con las élites económicas internas y con Estados Unidos.
Nacionalizaciones.
Reforma agraria.
Reestructuración económica.
Alianza con la Unión Soviética.
Y finalmente un Estado socialista de partido único.
Aquí la revolución latinoamericana entró definitivamente en la Guerra Fría.
El problema ya no era solamente:
¿quién posee la tierra?
Ahora era:
¿capitalismo o socialismo?
Y eso cambió completamente el tablero.
Cuba se convirtió en símbolo para unos y amenaza para otros.
Para sus admiradores, fue la prueba de que un pequeño país podía desafiar al poder estadounidense.
Para sus críticos, fue la transformación de una dictadura en otra forma de autoritarismo.
Y aquí conviene evitar la comodidad intelectual de elegir una sola de esas frases.
Porque la historia rara vez cabe en una pancarta.
V. Nicaragua: la revolución entra en la Guerra Fría con uniforme
En Nicaragua, el Frente Sandinista de Liberación Nacional consiguió derrocar en 1979 a la dinastía Somoza, que había dominado el país durante décadas.
Otra vez encontramos el viejo repertorio latinoamericano:
dictadura, concentración de la riqueza, intervención extranjera, desigualdad y una población que termina descubriendo que el Estado no representa precisamente sus intereses.
Pero Nicaragua ya no era el mundo de Zapata.
Era el mundo de Reagan.
La revolución sandinista quedó atrapada en la confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética.
La guerra de la Contra convirtió a Nicaragua en uno de los escenarios más violentos de la Guerra Fría latinoamericana.
Y otra vez apareció la paradoja.
La revolución había nacido prometiendo emancipación.
Pero la guerra, la militarización y la concentración del poder terminaron limitando buena parte de esas aspiraciones.
Porque existe una ley histórica bastante desagradable:
las revoluciones suelen ser mejores destruyendo órdenes injustos que construyendo órdenes justos.
Destruir es relativamente sencillo.
Construir es donde empieza el problema.
VI. ¿Y entonces qué tienen en común?
México, Bolivia, Cuba, Nicaragua y Haití son países enormemente diferentes.
Pero sus revoluciones tuvieron una raíz común:
una ruptura profunda entre el Estado existente y una parte significativa de la sociedad.
Cuando la gente percibe que el sistema político no permite corregir las injusticias fundamentales, la política convencional empieza a perder legitimidad.
Y entonces aparecen los revolucionarios.
No necesariamente porque sean fanáticos.
A veces porque las vías normales están cerradas.
El problema es que una revolución puede abrir una puerta y no tener ni la menor idea de qué habrá detrás.
Los revolucionarios suelen saber perfectamente contra qué están luchando.
Lo complicado viene después:
¿qué construimos?
VII. La gran tragedia revolucionaria
Las revoluciones latinoamericanas están llenas de hombres y mujeres que comenzaron luchando contra el poder y terminaron ejerciéndolo.
Y ahí aparece una de las grandes ironías de la historia.
El revolucionario que ayer decía:
«El poder corrompe».
Después de conquistar el poder suele descubrir una verdad mucho más cómoda:
«El poder corrompe a los demás; conmigo será diferente».
Naturalmente, rara vez lo es.
Los revolucionarios descubren que gobernar exige decisiones impopulares.
Descubren que administrar una economía es bastante menos romántico que incendiar una hacienda.
Descubren que mantener el orden requiere policías.
Que defender la revolución requiere ejército.
Que eliminar a los enemigos requiere cárceles.
Y que controlar a quienes quieren destruir la revolución puede terminar pareciéndose sospechosamente a aquello contra lo que se había luchado.
Ésta es una de las tragedias recurrentes de la historia revolucionaria.
El instrumento utilizado para destruir la opresión puede convertirse en un instrumento de nueva opresión.
VIII. Pero sería igualmente absurdo decir que las revoluciones fueron inútiles
Aquí aparece el error contrario.
Es muy fácil mirar los excesos revolucionarios y concluir:
«Entonces todo fue un desastre».
No.
Las revoluciones latinoamericanas transformaron sociedades.
La abolición de la esclavitud.
La reforma agraria.
La ampliación del sufragio.
Los derechos laborales.
La educación pública.
La secularización del Estado.
La nacionalización de recursos.
La incorporación política de campesinos, trabajadores e indígenas.
Nada de eso apareció mágicamente.
Muchas veces fue arrancado mediante conflictos extraordinariamente violentos.
La historia no funciona como una película de buenos contra malos.
Las revoluciones pueden producir libertad y autoritarismo.
Pueden destruir privilegios y crear nuevos privilegios.
Pueden emancipar a millones y al mismo tiempo perseguir a otros.
Pueden ampliar derechos y restringir libertades.
La revolución es una herramienta. Y las herramientas no tienen moral propia.
Depende de quién la utiliza y para qué.
IX. México: la revolución que aprendió a no morir
Y quizá por eso México resulta particularmente interesante.
La Revolución mexicana no terminó con un gobierno revolucionario que permaneciera eternamente en guerra.
Terminó creando instituciones.
El Estado mexicano absorbió buena parte de las demandas revolucionarias y, al mismo tiempo, absorbió a los propios revolucionarios.
Campesinos.
Obreros.
Militares.
Sindicatos.
Organizaciones populares.
Todos fueron incorporados a un sistema político que terminó siendo extraordinariamente estable.
Pero aquella estabilidad tuvo un precio.
La revolución dejó de ser revolución.
Se convirtió en régimen.
Y el régimen utilizó la memoria de la revolución como fuente de legitimidad.
México produjo así una de las paradojas políticas más fascinantes del siglo XX:
un sistema autoritario que gobernaba diciendo que representaba la revolución que había destruido el antiguo autoritarismo.
Y funcionó durante décadas.
Hasta que la propia sociedad comenzó a exigir algo que el régimen revolucionario ya no podía conceder fácilmente:
democracia plena.
X. América Latina: una casa que nunca termina de remodelarse
Quizá ésa sea la gran historia latinoamericana.
No una sucesión de revoluciones aisladas, sino una lucha permanente por responder a una pregunta:
¿quién tiene derecho a decidir cómo debe organizarse la sociedad?
Los terratenientes.
La Iglesia.
Los militares.
Las oligarquías.
Las empresas extranjeras.
Los partidos.
Los sindicatos.
Los campesinos.
Los trabajadores.
Las clases medias.
Los pueblos indígenas.
Las guerrillas.
Las élites económicas.
El Estado.
Todos han intentado responderla.
Y cada respuesta ha producido su propia contradicción.
Porque América Latina ha vivido durante dos siglos intentando resolver problemas heredados de estructuras coloniales con Estados modernos que muchas veces nacieron siendo débiles, desiguales y profundamente jerárquicos.
Por eso las revoluciones reaparecen.
No necesariamente porque los latinoamericanos tengan una afición genética por el caos —aunque algunos comentaristas políticos parecen creerlo— sino porque las estructuras sociales que producen desigualdad también producen periódicamente explosiones políticas.
Epílogo: quizá la revolución más difícil sea la que no necesita sangre
Hay una última ironía.
Una revolución comienza normalmente diciendo:
«Ya no podemos seguir así».
Y tiene razón.
Pero después llega la parte difícil:
«¿Cómo hacemos para que el nuevo mundo no reproduzca los defectos del anterior?»
Ahí es donde muchas revoluciones fracasan.
Porque destruir al viejo amo no garantiza que el antiguo esclavo no quiera convertirse algún día en amo.
Derrocar al dictador no garantiza democracia.
Nacionalizar una empresa no garantiza eficiencia.
Repartir tierras no garantiza prosperidad.
Crear un partido revolucionario no garantiza libertad.
Y proclamar que se gobierna en nombre del pueblo no significa necesariamente que el pueblo gobierne.
Tal vez ésa sea la lección más incómoda de Haití, México, Bolivia, Cuba y Nicaragua.
Una revolución puede cambiar quién ocupa el palacio.
Una verdadera transformación tiene que conseguir algo mucho más difícil:
cambiar las reglas que permiten que alguien vuelva a convertirse en dueño del palacio.
Porque al final quizá todas las revoluciones latinoamericanas hayan sido intentos de remodelar la misma casa.
Algunas derribaron paredes.
Otras cambiaron los muebles.
Otras quemaron el edificio.
Y algunas, después de reconstruirlo, descubrieron con horror que habían vuelto a colocar la misma puerta, las mismas cerraduras y, sobre todo, el mismo letrero en la entrada: “Aquí manda alguien”.
La revolución verdaderamente democrática tendría que aspirar a algo bastante más ambicioso.
No encontrar al gobernante perfecto.
Construir una casa en la que nadie tenga las llaves de todo.
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