martes, 25 de agosto de 2026

 Muchos dictadores e imperios no reconocen una mala idea incluso cuando les da en pleno rostro. Cuando la Rusia soviética, reincidente recalcitrante, invadió Afganistán en 1979, no se dio cuenta de que invadir Afganistán suele ser la primera parada en la ruta hacia la ruina de un imperio. Estados Unidos se dejó llevar y olvidó este hecho cuando inició una guerra por poderes para intentar atacar inteligentemente por los flancos a los soviéticos. El inevitable resultado fueron las nefastas consecuencias posteriores para ambos imperios a manos de los astutos señores de la guerra de aquellas impenetrables montañas. 

Edward Strosser. 


El fragmento alude a una de esas ironías brutales de la historia: Afganistán como cementerio de proyectos imperiales. La historia merece contarse porque la paradoja es extraordinaria: Estados Unidos ayudó a convertir la invasión soviética en un desastre y, décadas después, terminó atrapado en una guerra muy parecida.

Afganistán: la montaña que devora imperios

En diciembre de 1979, la Unión Soviética cruzó la frontera de Afganistán. El Kremlin imaginaba una intervención relativamente controlable: sostener al gobierno comunista afgano, eliminar a sus enemigos y estabilizar el país.

Pero Afganistán no era un tablero vacío.

Era un territorio de montañas gigantescas, valles aislados, fronteras difíciles de controlar y una sociedad fragmentada en comunidades, tribus y redes locales. Los soviéticos tenían tanques, aviones, helicópteros y uno de los ejércitos más poderosos del planeta. Lo que no tenían era una manera sencilla de convertir esa superioridad militar en control político.

La guerra empezó a consumirlos.

Y entonces apareció Estados Unidos.

Washington vio una oportunidad extraordinaria. Si la Unión Soviética quería tragarse Afganistán, Estados Unidos podía hacer que aquella comida le resultara indigesta.

La CIA puso en marcha una enorme operación de apoyo a los muyahidines afganos. A través de Pakistán, dinero, armas, entrenamiento y suministros comenzaron a llegar a los combatientes que luchaban contra los soviéticos.

La lógica era fría y perfectamente comprensible desde la perspectiva de la Guerra Fría:

si Moscú quería su Vietnam, Washington estaba dispuesto a ayudarle a construirlo.

Y funcionó.

Los muyahidines conocían el terreno. Atacaban y desaparecían. Utilizaban las montañas como refugio y las aldeas como redes de apoyo. La introducción de los misiles Stinger estadounidenses complicó todavía más las operaciones soviéticas al amenazar sus helicópteros y aviones.

La guerra se volvió cada vez más costosa.

La Unión Soviética no estaba perdiendo únicamente soldados. Estaba perdiendo dinero, prestigio y confianza.

Finalmente, en 1989, las tropas soviéticas abandonaron Afganistán.

Habían entrado diez años antes pensando que podían dominar el país.

Salieron descubriendo una antigua verdad imperial:

hay territorios que puedes conquistar militarmente y que, sin embargo, se niegan obstinadamente a dejarse gobernar.

Pero aquí aparece la segunda parte de la tragedia.

Estados Unidos había ayudado a convertir Afganistán en una trituradora soviética, pero después de la retirada de Moscú perdió buena parte de su interés por el país.

Los combatientes que habían sido útiles contra la Unión Soviética quedaron abandonados a un escenario de guerra civil. Diferentes grupos lucharon por el poder. De aquel caos surgiría posteriormente el Talibán.

Y entre las redes de combatientes extranjeros que habían acudido a luchar contra los soviéticos se encontraba un joven saudí llamado Osama bin Laden.

La historia estaba preparando su segunda vuelta.

En 2001, después de los atentados del 11 de septiembre, Estados Unidos invadió Afganistán para destruir a Al Qaeda y expulsar al régimen talibán que le había dado refugio.

Esta vez no eran los soviéticos.

Era Estados Unidos.

Y las montañas seguían allí.

Durante veinte años, Washington intentó construir un Estado afgano capaz de sostenerse por sí mismo. Gastó enormes cantidades de dinero, desplegó tropas, entrenó un ejército y sostuvo gobiernos aliados.

Pero Afganistán volvió a comportarse como Afganistán.

Los talibanes sobrevivieron.

Esperaron.

Se adaptaron.

Retrocedieron cuando era necesario.

Volvieron cuando podían.

En 2021, Estados Unidos se retiró.

Y en cuestión de días, el gobierno afgano que durante años había parecido una estructura respaldada por una superpotencia se desmoronó.

Los talibanes regresaron a Kabul.

La fotografía del aeropuerto de Kabul quedó como una especie de espejo histórico: Estados Unidos abandonando Afganistán después de veinte años, del mismo modo que los soviéticos habían abandonado aquel país décadas antes.

La ironía era casi demasiado perfecta.

Estados Unidos había ayudado a fabricar el pantano soviético y terminó hundiendo sus propios zapatos en él.

Pero hay algo todavía más profundo en esta historia.

No es que Afganistán posea una maldición sobrenatural contra los imperios. Esa explicación resulta demasiado cómoda. Lo interesante es entender por qué grandes potencias, llenas de inteligencia, tecnología y recursos, continúan cometiendo errores parecidos.

Porque el poder suele producir una ilusión peligrosa:

creer que tener capacidad para destruir algo significa tener capacidad para transformarlo.

Una superpotencia puede bombardear una montaña.

Puede ocupar una capital.

Puede derrotar a un ejército convencional.

Pero gobernar una sociedad, modificar sus lealtades, construir instituciones legítimas y conseguir que millones de personas crean que el nuevo orden también es suyo es otra clase de problema.

Ahí las bombas sirven bastante menos.

Afganistán fue, para los soviéticos y posteriormente para los estadounidenses, una lección sobre los límites del poder.

Y quizá esa sea la verdadera historia que cuenta Strosser.

Los imperios suelen aprender de sus enemigos. Lo que rara vez hacen es aprender de sí mismos.

La montaña permanece.

Los uniformes cambian.

Las banderas también.

Y, de vez en cuando, una nueva potencia llega convencida de que esta vez será diferente.

La montaña simplemente espera.

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