domingo, 23 de agosto de 2026


San Donald Bolívar y la
eternidad de Florida

Hay declaraciones políticas que uno lee y piensa:

Bueno, quizá el traductor automático se volvió loco.

Y luego están las declaraciones de tres congresistas estadounidenses que anuncian, con absoluta solemnidad, que Donald Trump será recordado como el libertador del hemisferio occidental, que su nombre simbolizará la libertad, la prosperidad y toda la eternidad, y que es el nuevo Simón Bolívar.

Uno se queda mirando la pantalla.

Porque hay momentos en que la política deja de parecer política y empieza a parecer una audición para La Biblia: edición Florida.

Tenemos entonces a Trump.

Donald J. Trump.

El nuevo Bolívar.

Simón Bolívar, aquel pequeño detalle histórico que pasó años luchando contra el dominio español en América.

Y ahora resulta que su sucesor espiritual es el presidente de Estados Unidos.

Esto tiene una belleza poética.

Es como descubrir que el nuevo Gandhi es el director de una empresa de seguridad privada.

O que el nuevo Robin Hood es el gerente de un fondo de inversión.

O que el nuevo Che Guevara es un señor que vende camisetas con su cara.

Ah, espera.

Eso último ya ocurrió.

Bolívar cruzó los Andes con un ejército descalzo. Trump cruzó el golf con un putter y un tweet. Bolívar liberó naciones. Trump libera… ¿qué exactamente? ¿El derecho a no pagar impuestos a los ricos? ¿El derecho a decir “fuck you” a cualquiera que no le guste? ¿El derecho a que un tipo que se codeó con Epstein y después juró que nunca lo conoció sea el símbolo eterno de la pureza moral?

Porque hablemos de memoria. La historia no es un comercial de Truth Social. La historia es una perra vieja y vengativa que se acuerda de todo.

Se va a acordar del muro que nunca se construyó del todo y del racismo que sí se construyó a diario. De los “muy buena gente” de Charlottesville. De los “shithole countries”. De tratar a los inmigrantes como invasores mientras su propia gente de negocios se beneficiaba de la mano de obra barata. Se va a acordar de Gaza y de cómo “apoyar a Israel” se tradujo en dejar que los cuerpos se apilaran mientras se firmaban cheques y se posaba para la foto. Se va a acordar de Epstein. De los vuelos. De las fotos. De las declaraciones de “nunca me llevó a la isla” que suenan exactamente como las declaraciones de cualquier otro tipo rico y poderoso que de pronto tiene amnesia selectiva.

La inflación del héroe

El problema de nuestra época no es solamente la inflación monetaria.

También tenemos inflación de héroes.

Ya no basta con decir:

“Trump es un buen presidente.”

Eso sería demasiado vulgar.

Tampoco:

“Trump está haciendo una política exterior extraordinaria.”

Demasiado modesto.

Hay que decir:

“Trump es la libertad.”

Ya no es una persona.

Es un concepto.

Una palabra.

Una fuerza de la naturaleza.

Un fenómeno geológico.

Uno espera que mañana aparezca una nueva unidad de medida.

—¿Cuánto mide?

—Tres Trumps.

—¿Y eso cuánto es?

—Depende de cuánto ames la libertad.

La frase dice que Trump simbolizará “toda la eternidad”.

Toda.

La eternidad completa.

No una legislatura.

No una generación.

No siquiera un siglo.

La eternidad.

Pobre Jesucristo.

Después de dos mil años trabajando en su marca, resulta que llega Trump y le quita el mercado.

El nuevo Bolívar

Pero lo de Bolívar es todavía mejor.

Porque Bolívar no fue simplemente un político carismático que tenía una cuenta de Twitter muy activa.

Fue uno de los principales dirigentes de las guerras de independencia hispanoamericanas.

Su gran enemigo era precisamente el poder colonial español.

Y ahora algunos políticos estadounidenses dicen que el nuevo Bolívar será...

el presidente de Estados Unidos.

Es una inversión histórica extraordinaria.

Imaginen a Napoleón diciendo:

“Estoy seguro de que el próximo gran libertador de Francia será el rey de Inglaterra.”

O a George Washington diciendo:

“Mi sucesor espiritual será el rey Jorge III.”

Aunque, pensándolo bien, quizá la historia política estadounidense todavía no esté preparada para semejante ironía.

La religión política

Pero aquí aparece algo mucho más interesante.

Porque esto no es solamente una exageración.

Es una forma de religión política.

La religión política funciona de manera bastante sencilla:

Primero necesitas un salvador.

Después necesitas un enemigo.

Luego necesitas una nación que sufra.

Después una promesa de redención.

Y finalmente necesitas que el salvador deje de ser un político y se convierta en un símbolo.

Y listo.

Ya tienes el paquete completo.

El político puede equivocarse.

El mesías no.

El político puede fracasar.

El mesías simplemente está “luchando contra fuerzas superiores”.

El político puede ser corrupto.

El mesías está siendo perseguido.

El político puede tomar una mala decisión.

El mesías está haciendo lo necesario.

Es una maravilla.

Convierte cualquier error en una prueba de fe.

La ventaja de convertir al político en concepto

Además, hay una ventaja fantástica.

Si Trump es simplemente Donald Trump, podemos discutir sus decisiones.

¿Funcionó esto?

¿Funcionó aquello?

¿Mejoró la economía?

¿Empeoró?

¿Su política exterior consiguió resultados?

¿Fracasó?

Preguntas aburridísimas.

Pero si Trump es “la libertad”, entonces criticarlo empieza a parecer un ataque contra la libertad.

¡Qué conveniente!

Ya no tienes que defender al hombre.

Defiendes una palabra.

Y las palabras son magníficas para esconder políticos.

“Libertad.”

“Patria.”

“Prosperidad.”

“Democracia.”

“Dios.”

“Pueblo.”

Pon cualquiera de ellas detrás del nombre de un político y acabas de fabricar una criatura que resulta extraordinariamente difícil de discutir.

—No estoy de acuerdo con Trump.

—¿No estás de acuerdo con la libertad?

—Bueno, no...

—¡Ajá!

¡Comunista!

El truco es viejo.

Pero sigue funcionando.

El santo de Mar-a-Lago

Y así llegamos al inevitable final de esta evolución.

Primero fue:

Donald Trump, candidato.

Después:

Donald Trump, presidente.

Después:

Donald Trump, líder histórico.

Después:

Donald Trump, libertador.

Ahora:

Donald Trump, Bolívar.

Y finalmente:

San Donald de Mar-a-Lago, patrono de los multimillonarios arrepentidos.

Su festividad podría celebrarse el día de las elecciones.

Los fieles llevarían gorras rojas.

Los sacerdotes pronunciarían:

“En el nombre del Padre, del Hijo y del Make America Great Again.”

Y el milagro sería que alguien encontrara un déficit fiscal que no fuera culpa de la administración anterior.

Pero no se preocupen: no es exclusivo de Trump

Y aquí viene la parte incómoda.

Porque sería demasiado fácil reírnos de esta estupidez y marcharnos a casa sintiéndonos intelectualmente superiores.

No.

Esto lo hace todo el mundo.

La izquierda ha convertido políticos en símbolos.

La derecha ha convertido políticos en símbolos.

Los nacionalistas convierten políticos en símbolos.

Los revolucionarios convierten políticos en símbolos.

Los populistas convierten políticos en símbolos.

Todos quieren su propio Bolívar.

Su propio Lenin.

Su propio Kennedy.

Su propio Perón.

Su propio Chávez.

Su propio Reagan.

Su propio salvador.

Porque parece que hemos descubierto que gobernar un país es terriblemente complicado, pero adorar a un señor resulta muchísimo más sencillo.

No tienes que entender la economía.

No tienes que estudiar historia.

No tienes que leer sobre instituciones.

No tienes que comprender geopolítica.

Solo necesitas saber quién es el bueno y quién es el malo.

Y, preferentemente, tener una gorra.

La verdadera eternidad

Así que quizá esos congresistas tengan razón en una cosa.

Trump podría ser recordado durante mucho tiempo.

La historia decidirá si como gran presidente, presidente mediocre, populista decisivo, figura polarizadora, transformador institucional o cualquier otra cosa.

Pero hay algo que la historia suele hacer con los políticos que se consideran eternos:

los vuelve humanos.

Napoleón terminó convertido en historia.

César terminó convertido en historia.

Bolívar terminó convertido en historia.

Stalin terminó convertido en historia.

Mao terminó convertido en historia.

Todos los hombres que creyeron estar escribiendo la eternidad acabaron siendo un capítulo en un libro escrito por gente que nació después de ellos.

Porque ésa es la pequeña broma que la historia reserva para los mesías políticos:

ninguno consigue controlar el último capítulo.

Ni siquiera Donald Trump.

Ni siquiera Bolívar.

Ni siquiera el señor que anuncia que Trump será “la única palabra que simbolizará la eternidad”.

Aunque, si realmente sucede, tengo una sugerencia para el diccionario:

Trump, sustantivo.

  1. Unidad internacional de admiración política.

  2. Medida utilizada para calcular la grandeza de un gobernante.

  3. Sinónimo de libertad cuando la libertad tiene gorra roja.

  4. Periodo histórico cuya duración depende de quién esté hablando.

  5. Eternidad, pero con campaña electoral permanente.

Y recuerden, ciudadanos:

no adoréis al político.

Porque el político que necesita convertirse en dios probablemente ya tenga demasiados problemas administrando el país como simple mortal.

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