¿Y Ahora Qué? El Silencio Después de la Salvación
George Carlin solía decir que cuando alguien aparece prometiendo salvarte, lo primero que deberías hacer es revisar tu cartera.
Porque la historia tiene una extraña costumbre: los salvadores siempre llegan con cámaras, banderas, discursos y música épica. Lo que rara vez traen es un plan para el lunes siguiente.
Durante años nos explicaron que Venezuela era el problema más importante del planeta. No la guerra, no el cambio climático, no la pobreza mundial. No. Venezuela.
Cada semana aparecía un experto señalando un mapa y diciendo:
—"La libertad está en juego."
La libertad siempre está en juego. Es el comodín favorito de los políticos. Si no sabes explicar una intervención, una sanción o una invasión, simplemente dices "libertad" y esperas que nadie haga preguntas incómodas.
Y entonces ocurrió.
Maduro cayó.
Los héroes dieron conferencias.
Los políticos se felicitaron mutuamente.
Los comentaristas se declararon visionarios.
Y de pronto...
Silencio.
¿Lo notaron?
Es como cuando Hollywood termina una película de superhéroes. El villano explota, suena la música triunfal y aparecen los créditos. Nadie te muestra quién recoge los escombros, quién paga las facturas o quién arregla las tuberías.
Porque la realidad no tiene créditos finales.
La realidad sigue funcionando después de que los comentaristas se van a casa.
Lo fascinante es cómo desaparecen las noticias una vez que dejan de ser útiles.
Durante años escuchaste:
—"¡Venezuela! ¡Venezuela! ¡Venezuela!"
Y ahora tienes que buscarla con lupa entre los titulares.
Es como ese amigo que te llama todos los días para hablar de su divorcio y, cuando finalmente se separa, desaparece durante seis meses.
Uno empieza a sospechar que el drama era más importante que la solución.
Y luego están los fanáticos.
Los fanáticos son maravillosos.
No importa el resultado.
Siempre ganan.
Si todo sale bien, tenían razón.
Si todo sale mal, era necesario.
Si sale regular, hay que tener paciencia.
Es una religión perfecta.
Imaginen a un mecánico que arregla su coche con esa lógica.
—"El motor sigue incendiándose."
—"Sí, pero observe cómo dejó de hacer aquel ruido."
Aplausos.
Cinco estrellas.
Patriota del año.
Lo más divertido son los creyentes profesionales de las invasiones.
Esas personas que imaginan la política internacional como una película de acción de bajo presupuesto.
En sus cabezas todo ocurre así:
Llegan los buenos.
Derrotan a los malos.
La democracia aparece mágicamente.
Todos sonríen.
Fin.
Ni una palabra sobre instituciones.
Ni una palabra sobre corrupción.
Ni una palabra sobre reconstrucción.
Ni una palabra sobre el pequeño detalle de que los seres humanos tienen la mala costumbre de seguir siendo seres humanos después de las revoluciones.
Porque resulta que quitar a una persona del poder es difícil.
Pero construir un país funcional es mucho más complicado.
Y eso no cabe en un eslogan.
Tampoco cabe en un meme.
Mucho menos en un discurso electoral.
Por eso, cuando alguien celebra demasiado pronto una victoria histórica, conviene hacer una pregunta muy simple:
—"Muy bien. ¿Y ahora qué?"
Esa pregunta arruina fiestas.
Arruina campañas.
Arruina narrativas.
Porque obliga a abandonar el terreno de la propaganda y entrar en el de la realidad.
Y la realidad es un lugar incómodo.
La realidad exige resultados.
La realidad pide números.
La realidad quiere saber si la gente vive mejor.
No quién ganó una discusión en televisión.
No quién obtuvo más "likes".
No quién apareció más heroico en el documental.
Al final, el problema nunca fue que hubiera demasiada propaganda.
El problema es que siempre aparece gente dispuesta a creer que la historia terminó justo cuando su bando ganó.
Y la historia jamás termina.
La historia simplemente espera a que los aplausos se apaguen para presentar la factura.

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