¿Saben qué es maravilloso de la democracia moderna?
Que ya no necesitas quemar libros.
Ahora puedes simplemente asegurarte de que nadie quiera contratar al tipo que los escribió.
Mucho más limpio.
Mucho más civilizado.
Mucho más eficiente.
No hay hoguera.
No hay policía entrando por la puerta.
No hay uniforme.
No hay botas.
Sólo una computadora portátil, una conexión a Internet y un pequeño ejército de personas convencidas de que están salvando al mundo mientras destruyen la reputación de alguien.
¡Progreso!
Antes teníamos inquisidores.
Ahora tenemos SEO.
Liora Rez, de StopAntisemitism, lo dijo con una franqueza casi refrescante: si atacas a los sionistas, te perseguirán durante toda tu vida.
Buscarán quién eres.
Dónde trabajas.
Quién podría contratarte.
Y presionarán a las empresas.
¡Qué hermoso concepto!
La eternidad, pero administrada por recursos humanos.
Ya no necesitas que Dios recuerde tus pecados.
Google los recuerda por él.
Y Google tiene mejor memoria.
Imaginen al pobre individuo veinte años después.
“Bueno, tengo 42 años, estudié una maestría, tengo experiencia, dos hijos, una hipoteca y estoy solicitando trabajo.”
El gerente:
“Excelente currículum. Sólo tengo una pregunta.”
“¿Cuál?”
“¿Qué dijiste en Twitter cuando tenías 23 años?”
“¿Cómo?”
“Tenemos una captura.”
“¡Pero eso fue hace veinte años!”
“Lo sé.”
“Ni siquiera pienso eso ya.”
“No importa.”
“Era un comentario estúpido.”
“Eso también lo sabemos.”
“Entonces…”
“Está usted fuera del proceso.”
¡Fantástico!
Hemos inventado la cadena perpetua sin delito.
Y no, antes de que aparezca algún imbécil a decirlo:
combatir el antisemitismo es perfectamente legítimo.
Hay que combatirlo.
El odio contra los judíos tiene una historia larga, brutal y perfectamente documentada.
Pero precisamente por eso hay que tener cuidado.
Porque cuando una sociedad empieza a llamar antisemitismo a cualquier crítica contra Israel, el sionismo o sus políticas, termina haciendo algo bastante estúpido:
le entrega una coartada a los verdaderos antisemitas.
Porque si todo es antisemitismo, entonces nada lo es de manera precisa.
La palabra se convierte en una etiqueta multiusos.
Como “terrorista”.
Como “traidor”.
Como “enemigo”.
Como “comunista”.
Como “fascista”.
Palabras maravillosas.
Sirven para ahorrar argumentos.
¿Criticas al gobierno israelí?
“Antisemita.”
¿Criticas una operación militar?
“Antisemita.”
¿Criticas la ocupación?
“Antisemita.”
¿Criticas el sionismo?
“Antisemita.”
¿Dices algo sobre Palestina?
“Antisemita.”
¿Preguntas si quizá existe una diferencia entre un Estado, un gobierno, una ideología y una religión?
¡SOSPECHOSO!
¡Alguien está pensando!
¡Llamen al comité!
Y aquí aparece la trampa.
Porque una democracia debería poder soportar una idea desagradable.
Una democracia saludable no necesita proteger a sus ciudadanos de escuchar opiniones que les disgustan.
Necesita protegerlos de la persecución por expresarlas.
Hay una diferencia enorme.
Una sociedad libre puede decir:
“Tu argumento es una mierda.”
Perfecto.
Eso es libertad.
Puede decir:
“Tu argumento es racista.”
Perfecto, si puede demostrarlo.
Puede decir:
“Voy a escribir un artículo explicando por qué estás equivocado.”
Perfecto.
Eso es debate.
Pero cuando pasamos a:
“Voy a encontrar dónde trabajas, llamaré a tu jefe y haré todo lo posible para que pierdas tu empleo”...
ya entramos en otro territorio.
No necesariamente porque toda campaña pública sea ilegal.
Sino porque estamos normalizando una cultura donde la discrepancia política se resuelve mediante castigo social.
Y aquí quiero hacer algo que parece que se ha vuelto revolucionario:
aplicar el mismo principio cuando la víctima no nos gusta.
Porque ahí está la prueba.
Si una organización de derecha hace una lista de profesores progresistas y presiona a sus universidades para despedirlos, muchos progresistas gritan:
“¡Fascismo!”
Correcto.
Si una organización de izquierda hace una lista de empresarios conservadores y presiona para que los despidan, algunos conservadores gritan:
“¡Fascismo!”
Correcto.
Pero si una organización que defiende una causa que tú compartes hace exactamente lo mismo contra alguien que detestas...
“Bueno…”
“Hay contexto.”
“Es diferente.”
“No entiendes.”
“Se lo buscó.”
Ah.
Ahí está el verdadero problema.
No odiamos el mecanismo.
Odiamos que lo utilice el enemigo.
La libertad de expresión no puede ser:
“Libertad para mi gente.”
Eso no es libertad.
Eso es tribalismo con buena publicidad.
La verdadera prueba consiste en defender un principio cuando su aplicación beneficia precisamente a la persona que no soportas.
El día que puedas decir:
“Detesto lo que dijo este tipo, pero no quiero que lo despidan por haberlo dicho”,
ese día quizá hayas entendido algo sobre la libertad.
Porque el nuevo autoritarismo no necesariamente llega gritando.
A veces llega diciendo:
“Sólo estamos responsabilizando a alguien.”
“Sólo estamos haciendo público lo que dijo.”
“Sólo estamos informando a su empleador.”
“Sólo estamos ejerciendo presión.”
“Sólo estamos haciendo que enfrente consecuencias.”
Todo parece pequeño.
Todo parece razonable.
Hasta que juntas todas las piezas.
Entonces tienes una maquinaria.
Una maquinaria que no necesita cárcel.
Porque tiene reputación.
No necesita censura.
Porque tiene miedo.
No necesita policía.
Porque tiene recursos humanos.
Y aquí entra nuestro maravilloso mundo corporativo.
Las empresas dicen:
“Valoramos la diversidad de opiniones.”
Sí.
Hasta que una opinión aparece en Google.
Entonces:
“Después de una cuidadosa revisión…”
Traducción:
“Nuestro abogado nos dijo que no vale la pena el problema.”
Así funciona el poder moderno.
No necesitas demostrar que alguien es culpable.
Necesitas convertirlo en un riesgo.
Porque las empresas no tienen ideología.
Tienen departamentos jurídicos.
Y cuando aparece una persona polémica, la pregunta no es:
“¿Tiene razón?”
La pregunta es:
“¿Nos puede traer problemas?”
Y si la respuesta es sí:
Adiós.
Esto crea algo todavía más peligroso:
la autocensura.
La persona empieza a vigilarse.
Antes de escribir:
“¿Qué pensará mi jefe?”
Antes de protestar:
“¿Qué aparecerá cuando busquen mi nombre?”
Antes de criticar:
“¿Podría perder mi empleo?”
Antes de hacer una pregunta:
“¿Me van a etiquetar?”
Y entonces sucede el milagro.
Nadie necesita prohibirte hablar.
Tú mismo te callas.
El sistema no necesita censores.
Tiene miedo incorporado.
George Orwell imaginó una sociedad donde el poder vigilaba tus pensamientos.
Nosotros hemos creado algo más sofisticado:
una sociedad donde vigilamos nuestro propio pasado para adivinar qué pensará el poder de nosotros en el futuro.
Y además lo hacemos voluntariamente.
Subimos las fotos.
Escribimos los comentarios.
Registramos nuestras opiniones.
Marcamos nuestra ubicación.
Contamos nuestras vidas.
Le entregamos nuestra biografía a las máquinas.
Y después nos sorprendemos de que alguien pueda usarla contra nosotros.
Es como darle las llaves de tu casa a un ladrón y luego indignarte porque sabe dónde está la televisión.
Y hay una ironía todavía mayor.
Hay quienes dicen:
“Si no has hecho nada malo, no tienes nada que temer.”
Ésa es una de las frases más peligrosas de la historia.
Porque ¿quién decide qué es “malo”?
¿El gobierno?
¿La empresa?
¿La mayoría?
¿El algoritmo?
¿Una organización activista?
¿El jefe?
¿La opinión pública?
¿El clima político de ese año?
Hoy puedes ser un héroe.
Mañana puedes ser un problema.
Pasado mañana puedes ser un enemigo.
La historia está llena de personas que descubrieron demasiado tarde que las categorías morales cambian mucho más rápido que las listas negras.
Por eso el asunto no debería reducirse a:
“¿Esta organización tiene razón sobre Israel?”
Ésa es otra discusión.
La pregunta verdaderamente incómoda es:
¿Qué clase de sociedad estamos construyendo cuando una organización puede convertir una opinión política en una amenaza permanente para la vida profesional de una persona?
Porque mañana puede ser otra organización.
Otra causa.
Otro país.
Otra religión.
Otra ideología.
Otro enemigo.
Y entonces quizá descubras que el arma que celebraste cuando apuntaba contra tu adversario también funciona cuando apunta hacia ti.
Así que sí:
Combatan el antisemitismo.
Combatan el racismo.
Combatan el odio.
Argumenten.
Debatan.
Desmonten las mentiras.
Exijan responsabilidades cuando corresponda.
Pero tengan cuidado con esa maravillosa frase:
“Hay que arruinarle la vida.”
Porque ésa es la frase favorita de cualquier inquisición.
Y todas las inquisiciones comienzan convencidas de que están persiguiendo a los malos.
Nunca empiezan diciendo:
“Hola, somos los malos.”
Eso arruinaría completamente la campaña de relaciones públicas.
El verdadero peligro no es que alguien pueda encontrarte en Google.
El verdadero peligro es que lleguemos a considerar normal que una persona deba vivir aterrorizada por todo lo que dijo alguna vez.
Porque entonces la libertad de expresión se convierte en una broma.
Puedes hablar.
Sí.
Puedes decir lo que quieras.
Sí.
Puedes criticar.
Sí.
Puedes disentir.
Sí.
Sólo hay una pequeña condición:
prepárate para que alguien construya un expediente sobre ti y decida cuánto debe costarte haber hablado.
Eso no es libertad.
Es libertad con tarifa.
Y la tarifa la fija el inquisidor.
Antes llevaba una cruz.
Ahora lleva un teléfono inteligente.
Antes preguntaba:
“¿Eres hereje?”
Ahora pregunta:
“¿Cuál es tu nombre completo?”
Y después...
abre Google.
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