viernes, 28 de agosto de 2026


Los que somos alguien

Hay palabras que parecen pequeñas.

"Don nadie."

Dos palabras. Casi nada.

Pero las palabras tienen la mala costumbre de esconder cuchillos.

Porque cuando alguien dice que otro es un "don nadie", no está diciendo simplemente que no tiene méritos, que no ha hecho gran cosa o que vive de la fama de su apellido.

Para eso existen otras palabras.

Puedes decir: mediocre.

Puedes decir: oportunista.

Puedes decir: heredero.

Puedes decir: privilegiado.

Puedes decir: inútil.

Puedes decir: producto del nepotismo.

Y ya está.

Eso se discute.

Eso se argumenta.

Eso se demuestra.

Pero "don nadie" es otra cosa.

"Don nadie" significa: tú no cuentas.

Y ahí empieza el problema.

Porque una sociedad que acepta con naturalidad que unos son "alguien" y otros son "nadie" acaba construyendo una escala humana.

Arriba los que importan.

Abajo los que sirven.

Y entre unos y otros, toda la maquinaria de la desigualdad.

Lo curioso es que vivimos en una época que presume de democracia.

Nos dicen que todos somos iguales ante la ley.

Que cada ciudadano tiene un voto.

Que todos tenemos derechos.

Muy bonito.

Pero luego llega el comentarista de turno y nos explica que fulano es "un don nadie".

Y resulta que la democracia tenía letra pequeña.

Todos somos iguales, sí.

Pero algunos son más alguien que otros.


Pensemos en los millones de personas que nunca aparecerán en televisión.

La mujer que abre una tienda a las seis de la mañana.

El hombre que maneja un camión durante diez horas.

La enfermera que llega a casa destruida.

El campesino que trabaja bajo el sol.

La señora que limpia una oficina antes de que lleguen los ejecutivos.

El albañil que levanta el edificio desde el cual un señor muy importante hablará de crecimiento económico.

Nadie los entrevista.

Nadie les pide opinión sobre el destino de la nación.

Nadie escribe una columna diciendo:

"Hoy quiero hablar de la extraordinaria importancia histórica de la señora que limpia los baños."

No.

Son anónimos.

Pero anónimo no significa insignificante.

Y aquí está la trampa.

Hemos confundido visibilidad con importancia.

Fama con valor.

Dinero con mérito.

Apellido con talento.

Y entonces aparece el "don nadie".

Es el hombre perfecto para una sociedad clasista porque permite insultar sin tener que explicar nada.

No tienes que demostrar que alguien es incompetente.

No tienes que demostrar que hizo algo malo.

Simplemente dices:

"Es un don nadie."

Y asunto terminado.

Has conseguido algo extraordinario: convertir tu desprecio en argumento.


Ahora bien, supongamos que hablamos del hijo de un político poderoso.

Supongamos que ha recibido oportunidades por su apellido.

Supongamos que ha utilizado relaciones familiares para acceder a espacios que otros jamás podrían alcanzar.

Perfecto.

Hablemos de eso.

Ahí hay un debate político interesantísimo.

¿Existe nepotismo?

¿Hay privilegios?

¿Hay tráfico de influencias?

¿Existe una élite política que reproduce sus privilegios dentro de la familia?

Preguntemos.

Investiguemos.

Demostremos.

Pero no digamos que es un "don nadie".

Porque entonces estamos haciendo exactamente lo contrario de lo que creemos estar haciendo.

Estamos abandonando la crítica al privilegio para entrar en el territorio del desprecio.

Y el desprecio no es revolucionario.

El desprecio es una herramienta vieja.

Muy vieja.

La usaron los aristócratas contra el pueblo.

Los conquistadores contra los conquistados.

Los patrones contra los trabajadores.

Los poderosos contra los pobres.

Siempre ha existido alguien dispuesto a decirle a otro:

"Tú no eres nadie."

Y siempre ha habido alguien que se lo ha creído.


Pero hay una pequeña tragedia en todo esto.

Porque nadie nace siendo "don nadie".

Nadie.

Naces siendo alguien para tu madre.

Para tu padre.

Para tus hermanos.

Para tus amigos.

Para alguien que te quiere.

Y aunque nadie te quiera —que ya es una desgracia bastante grande— sigues teniendo una vida que es tuya.

Una historia.

Un cuerpo.

Una memoria.

Miedos.

Deseos.

Fracasos.

Pequeñas victorias que nadie registrará jamás.

Eso es ser alguien.

No salir en televisión.

No tener una columna.

No tener millones.

No llevar un apellido famoso.

Ser alguien significa existir.

Y existir debería bastar para merecer dignidad.


Por eso molestan las palabras que convierten las desigualdades sociales en diferencias humanas.

Porque ése es el truco.

Primero te dicen que uno tiene más dinero.

Después que uno tiene más éxito.

Luego que uno es más importante.

Y finalmente, casi sin darte cuenta, terminan diciéndote que uno es más alguien.

Y ahí está el veneno.

Porque cuando aceptamos que existen "nadies", hemos aceptado también que existen personas autorizadas para decidir quién merece contar.

Y eso, compañeros, no es democracia.

Es aristocracia con Twitter.


Así que sí:

Podemos discutir al hijo del presidente.

Podemos discutir sus privilegios.

Podemos discutir su trayectoria.

Podemos discutir su apellido.

Podemos discutir si llegó donde llegó por mérito propio o por herencia política.

Podemos discutirlo todo.

Lo que no necesitamos hacer es convertir la discusión en una ceremonia de desprecio.

Porque todos somos alguien.

El poderoso y el desconocido.

El famoso y el anónimo.

El presidente y quien vende tacos en la esquina.

El periodista que escribe la columna y quien jamás tendrá un periódico donde publicar una sola línea.

Todos.

Y quizá ésa sea una de las pocas ideas verdaderamente revolucionarias que nos quedan:

nadie tiene derecho a convertir a otro ser humano en nadie.

Ni siquiera para ganar una discusión.

Ni siquiera para hacer una buena columna.

Ni siquiera cuando creemos tener razón.

Porque en el momento en que aceptamos que hay seres humanos que son "nadie", acabamos de construir la primera piedra de la escalera por la que alguien, algún día, subirá para pisarnos la cabeza.

Y ya conocemos demasiado bien esa historia.


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