viernes, 28 de agosto de 2026

 


Lago América, Planeta América, Universo América

Hay algo profundamente estadounidense en creer que si le cambias el nombre a una cosa, has cambiado la cosa.

No arreglaste la economía. No resolviste la desigualdad. No mejoraste la educación. No hiciste desaparecer la crisis climática. Pero oye, tomaste un lago que llevaba siglos llamándose Ontario y le pusiste "América". Problema resuelto.

Es como si un médico entrara al cuarto de un paciente con neumonía y dijera:

—Buenas noticias. Ya no tiene neumonía. A partir de hoy la llamaremos "respiración patriótica".

Y todos aplaudieran.

Porque la política moderna se parece cada vez más a una agencia de marketing. Ya no gobiernan países; administran marcas. La pregunta no es qué funciona. La pregunta es qué suena bien en una gorra.

América.

La palabra mágica.

La estampas en una montaña, en un golfo, en un lago, en una hamburguesa o en un misil y de pronto parece que has hecho algo importante.

Lo fascinante es que el continente entero ya se llama América. Desde Alaska hasta Tierra del Fuego. Pero para ciertos políticos, cuando dicen "América", no hablan de América. Hablan de Estados Unidos.

Es como si un vecino llamado Juan decidiera que la colonia completa ahora se llama Juan.

—¿Y nosotros?

—También son Juan.

—Pero me llamo Pedro.

—No importa. Ahora todos somos Juan.

Y lo más gracioso es que estas discusiones ocurren mientras la gente intenta pagar la renta.

Imaginen la escena.

—Señor, perdí mi seguro médico.

—Sí, pero ahora el lago tiene un nombre más patriótico.

—No encuentro trabajo.

—¿Ya vio el nuevo mapa?

—Mi hijo tiene una deuda universitaria de cien mil dólares.

—¿Pero vio qué bonito quedó el logo?

La política convertida en departamento de diseño gráfico.

Y esto no es exclusivo de Trump. Los políticos de todas partes aman los símbolos porque los símbolos son baratos.

Cambiar un nombre cuesta una firma.

Cambiar una realidad cuesta trabajo.

Y el trabajo es agotador.

Por eso los gobiernos adoran las guerras culturales. Son infinitamente más fáciles que las guerras contra la pobreza.

Puedes pasar meses discutiendo una palabra mientras un puente se cae a pedazos.

Puedes pelearte por una bandera mientras una ciudad entera se queda sin agua.

Puedes renombrar un lago sin construir una sola escuela.

Y aun así aparecer en televisión como un gran líder.

Lo verdaderamente divertido es imaginar el siguiente paso.

Porque una vez que empiezas a jugar ese juego, nunca termina.

¿Por qué detenerse en un lago?

Renombremos los Grandes Lagos como los Grandes Estados Unidos.

Luego el Atlántico.

Luego la Luna.

Luego Marte.

Finalmente algún funcionario anunciará solemnemente:

—Por orden ejecutiva, el universo será conocido como América Expandida.

Y una multitud aplaudirá mientras una galaxia situada a dos millones de años luz pregunta:

—¿Quién demonios es América?

Porque la realidad tiene una mala costumbre: no le importan nuestras etiquetas.

Los lagos siguen siendo lagos.

Los continentes siguen siendo continentes.

Y el planeta sigue girando alrededor del Sol sin consultar los decretos presidenciales.

La Tierra no sabe quién es Trump.

No sabe quién es Biden.

No sabe quién fue César.

No sabe quién fue Napoleón.

Y dentro de cien mil años tampoco le importará.

Pero los seres humanos seguiremos aquí, poniéndole nombres nuevos a las cosas viejas y creyendo que hemos cambiado el mundo.

Porque a veces es más fácil mover una palabra que mover una montaña.

Y mucho más fácil cambiar un mapa que cambiar la realidad.

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