No te arregles para ellos: arréglate para ti
Hay un consejo que se repite con la sabiduría de una galleta de la fortuna:
“Como te ven, te tratan.”
Y contiene una verdad bastante incómoda: sí, vivimos rodeados de personas que juzgan rápidamente. Miramos la ropa, los zapatos, el cabello, la postura, el coche, el teléfono y hasta la manera de caminar de alguien, y en cuestión de segundos construimos una historia sobre esa persona.
El cerebro humano es bastante eficiente para hacer juicios rápidos.
También es bastante idiota para hacerlos.
Porque de una camisa vieja puede concluir pobreza, de unos zapatos gastados irresponsabilidad, de una camiseta sencilla falta de ambición y de un traje caro competencia. Y, por supuesto, puede equivocarse en todas las ocasiones.
Pero hay otra razón para cuidar nuestra apariencia que resulta mucho más interesante y bastante menos clasista.
No se trata solamente de cómo nos ven los demás. También se trata de cómo nos sentimos nosotros cuando nos vemos.
El problema de la famosa frase
“Como te ven, te tratan” suele presentarse como un consejo práctico.
Vístete bien para una entrevista.
Péinate.
Limpia tus zapatos.
No llegues hecho un desastre.
Hasta ahí, podemos concederlo.
Pero hay una segunda versión de la frase, mucho más perversa:
“Si los demás te tratan mal porque pareces poca cosa, la responsabilidad es tuya por no haberte presentado mejor.”
Ahí ya tenemos un problema.
Porque estamos convirtiendo una conducta social injusta en una obligación de la víctima.
Es como decirle al ladrón:
—No deberías robar.
Y responder:
—Bueno, pero también podrías haber comprado una caja fuerte.
No.
Que la sociedad juzgue por la apariencia explica un comportamiento. No necesariamente lo justifica.
Y aquí conviene separar dos preguntas que solemos mezclar:
¿Por qué debería cuidar mi apariencia?
y
¿Por qué debería necesitar una buena apariencia para que otros me respeten?
La primera puede tener respuestas muy interesantes.
La segunda merece que desconfiemos un poco.
Vestirse también puede cambiar cómo nos sentimos
En 2012, los psicólogos Hajo Adam y Adam Galinsky publicaron un estudio sobre lo que denominaron “enclothed cognition”, la idea de que la ropa puede influir no solamente en cómo nos perciben los demás, sino también en determinados procesos psicológicos de quien la lleva.
Su investigación exploraba cómo interactúan dos cosas: el significado simbólico de una prenda y la experiencia física de llevarla.
Dicho de manera menos académica:
No es exactamente lo mismo ponerse cualquier cosa que ponerse algo que para nosotros significa “hoy me presento de otra manera”.
Y esto abre una posibilidad mucho más interesante que la vieja obsesión con “dar una buena impresión”.
Tal vez algunas veces nos arreglamos porque queremos sentir que estamos participando activamente en nuestra propia vida.
No para el jefe.
No para el vecino.
No para Instagram.
No para impresionar al señor que está sentado tres mesas más allá tomando café y que probablemente ni siquiera recuerda nuestra cara cinco minutos después.
Para nosotros.
Hay una diferencia entre vanidad y cuidado
Hemos cometido una pequeña confusión cultural.
Si alguien pasa una hora frente al espejo buscando el ángulo perfecto para una fotografía, podemos sospechar que está demasiado preocupado por su apariencia.
Pero si alguien se ducha, se afeita, se pone una camisa limpia y limpia sus zapatos, inmediatamente pensamos:
—Bueno, simplemente está arreglándose.
¿Por qué una cosa tendría que ser necesariamente superficial y la otra no?
El cuidado personal puede ser perfectamente razonable sin convertirse en narcisismo.
Cuidar algo no significa adorarlo.
Puedes cuidar tu casa sin estar enamorado de tus muebles.
Puedes cuidar tu automóvil sin considerar que es parte de tu identidad.
Puedes cuidar tu cuerpo sin convertirlo en un proyecto obsesivo.
Y puedes cuidar tu apariencia sin creer que tu valor depende de ella.
Ésa es una distinción importante.
Porque el extremo contrario también es absurdo.
Si la industria de la belleza te dice:
“No eres suficiente hasta que compres nuestro producto”,
la respuesta no debería ser:
“Entonces no me importa absolutamente nada cómo me veo.”
Eso sería como responderle al vendedor de gimnasios:
—¿Quiere usted ponerse en forma?
—No, gracias. Para demostrar que no soy consumista voy a dejar de caminar.
La ropa también puede decirnos algo a nosotros mismos
Imaginemos a dos personas.
Las dos tienen exactamente el mismo dinero.
Una compra ropa nueva constantemente, persigue tendencias, revisa marcas y necesita que cada temporada le diga quién debe ser.
La otra tiene cinco camisas, tres pantalones y dos pares de zapatos. Los mantiene limpios, los repara cuando puede y los reemplaza cuando ya no cumplen su función.
No necesitamos convertir a ninguno de los dos en héroe.
El segundo no es automáticamente más virtuoso.
El primero tampoco es automáticamente superficial.
La pregunta interesante es otra:
¿Quién está tomando la decisión?
Porque no es lo mismo decir:
“No necesito ropa nueva porque estoy satisfecho con lo que tengo.”
que:
“Me da igual todo porque ya no vale la pena cuidar de mí.”
Desde fuera ambas personas pueden llevar una camisa vieja.
Por dentro pueden estar viviendo situaciones completamente diferentes.
Y aquí aparece algo que suele olvidarse cuando hablamos de apariencia: el descuido también puede ser una señal de algo, pero no necesariamente sabemos de qué.
Puede ser pobreza.
Puede ser comodidad.
Puede ser rebeldía.
Puede ser indiferencia.
Puede ser cansancio.
Puede ser una decisión estética.
Puede ser que esa persona simplemente tenga cosas más importantes en la cabeza.
Por eso no deberíamos diagnosticar el alma de alguien mirando sus pantalones.
Pero tampoco deberíamos idealizar el abandono
Aquí viene la parte incómoda.
A veces el descuido sí puede convertirse en una forma de abandono personal.
No porque una camisa rota destruya la autoestima.
Una camisa no tiene ese poder.
El problema aparece cuando la persona comienza a decir:
“Da igual.”
Da igual la ropa.
Da igual el cabello.
Da igual bañarme.
Da igual salir.
Da igual cómo me vea.
Da igual todo.
Ese “da igual” puede ser mucho más importante que la ropa misma.
Porque puede representar una retirada.
Una persona que deja de cuidar absolutamente todo puede estar enviando una señal a los demás, pero también puede estar enviándose una señal a sí misma:
“Ya no vale la pena.”
Y ése es el punto en el que el cuidado de la apariencia deja de ser una cuestión estética y empieza a rozar algo más profundo.
No necesitas parecer rico para sentir que vales
Éste debería ser el límite de todo este argumento.
No estoy diciendo que haya que vestir bien para demostrar que somos personas valiosas.
Precisamente al contrario.
Tu valor no aumenta porque lleves zapatos caros.
No eres más inteligente porque llevas saco.
No eres más responsable porque tienes un reloj de determinada marca.
No eres más digno porque hueles a una colonia que cuesta lo mismo que una semana de supermercado.
La ropa no crea dignidad.
Pero puede expresarla.
Y ésa es una diferencia enorme.
Una persona con pocos recursos puede tener una relación extraordinariamente cuidadosa con su ropa.
Puede remendarla.
Lavándola con cuidado.
Plancharla.
Mantener sus zapatos limpios.
Elegir con atención lo que conserva.
No porque quiera fingir que es rica.
Sino porque puede decir:
“Tengo poco, pero lo que tengo merece cuidado.”
Eso no es clasismo.
Eso puede ser dignidad.
Tal vez deberíamos cambiar la pregunta
En lugar de preguntar:
“¿Cómo me ven?”
podríamos preguntarnos:
“¿Cómo me estoy tratando?”
Porque existe una diferencia entre vestirse para obtener aprobación y vestirse como una forma cotidiana de autocuidado.
La primera nos coloca en manos de los demás.
La segunda nos devuelve un poco de control.
Y quizá ése sea el verdadero argumento.
No necesitas arreglarte para que el mundo decida que eres importante.
Arréglate, si te hace bien, porque ya eres importante antes de que alguien te mire.
Ponte la camisa limpia.
No porque el mundo tenga derecho a exigírtela.
No porque una sociedad clasista tenga razón.
No porque el señor del restaurante vaya a darte una mesa mejor.
Hazlo porque a veces las cosas pequeñas tienen una extraña capacidad para recordarnos algo que olvidamos:
que todavía estamos aquí.
Y que quizá seguimos mereciendo un poco de cuidado.
Incluso cuando nadie está mirando.
Referencias
Adam, H., & Galinsky, A. D. (2012). “Enclothed Cognition”. Journal of Experimental Social Psychology, 48(4), 918–925.
Goffman, E. (1959). The Presentation of Self in Everyday Life. Doubleday.
Bourdieu, P. (1984). Distinction: A Social Critique of the Judgement of Taste. Harvard University Press.
Simmel, G. (1904). “Fashion”. International Quarterly, 10, 130–155.
Fredrickson, B. L., & Roberts, T.-A. (1997). “Objectification Theory”. Psychology of Women Quarterly, 21(2), 173–206.
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