En 1794, durante la Rebelión del Whisky que tuvo lugar en los incipientes Estados Unidos, el secretario del Tesoro, Alexander Hamilton (sí, el padre fundador cuyo rostro aparece en el billete de diez dólares), encabezó su propio y poderoso ejército para invadir Pensilvania a fin de bajarles los humos a algunos colonos establecidos en la zona fronteriza que querían eludir el impuesto sobre el whisky. En esta estúpida guerra contra su propio país, Hamilton demostró claramente una máxima: si necesitas un gran ejército para obligar a tus democráticos ciudadanos a obedecer una ley tributaria, deberías considerar seriamente cambiar la ley.
Edward strosser.
El pasaje de Edward Strosser tiene bastante más profundidad de la que parece. La Rebelión del Whisky (1791-1794) no fue simplemente una anécdota sobre campesinos que no querían pagar impuestos. Fue uno de los primeros grandes conflictos que pusieron a prueba la pregunta fundamental de toda democracia recién nacida:
¿hasta dónde puede llegar el Estado para hacer cumplir una ley, y qué ocurre cuando una ley legítima produce una resistencia social masiva?
1. Hamilton confundió autoridad con legitimidad
Alexander Hamilton tenía una preocupación perfectamente comprensible: el nuevo gobierno federal necesitaba ingresos. Estados Unidos acababa de salir de la guerra de independencia con una enorme deuda, y el impuesto sobre el whisky era una de las fuentes de financiación diseñadas por Hamilton.
El problema fue político.
El impuesto afectaba especialmente a los pequeños productores de las regiones fronterizas. Para muchos agricultores, destilar grano en whisky no era un lujo sino una manera práctica de convertir un producto difícil de transportar en una mercancía de mayor valor.
Por eso, desde la perspectiva de los colonos, Washington no estaba simplemente cobrando impuestos: estaba imponiendo desde el distante gobierno federal una carga que golpeaba desproporcionadamente a determinadas comunidades.
Y aquí aparece la gran paradoja.
Una ley puede ser legal y, al mismo tiempo, políticamente desastrosa.
Hamilton parecía pensar que la capacidad del Estado para imponer la ley demostraba la autoridad del Estado. Pero una democracia necesita algo más que capacidad coercitiva: necesita que sus ciudadanos consideren las leyes razonablemente legítimas.
2. El ejército resolvió el problema... y creó otro
En 1794 la resistencia alcanzó un punto en el que hubo ataques contra funcionarios y violencia. Washington decidió movilizar una enorme fuerza militar, aproximadamente 13.000 hombres, para restaurar el orden.
Hamilton participó directamente en la expedición.
Y aquí está lo interesante del episodio: militarmente fue un éxito; políticamente, la cuestión es mucho más incómoda.
El gobierno federal demostró que existía.
Eso era importantísimo para una república que apenas comenzaba.
Pero también quedó planteada una pregunta que sigue siendo contemporánea:
Si para conseguir que la población acepte una determinada política fiscal necesitas desplegar un ejército, ¿el problema está realmente en la población o en la política?
Strosser utiliza la ironía para señalar precisamente esa contradicción.
3. La fuerza puede hacer obedecer; no necesariamente puede hacer aceptar
Ésta es probablemente la idea más importante del texto.
Un Estado puede conseguir obediencia mediante la coerción.
Pero obediencia y legitimidad no son sinónimos.
Puedes conseguir que alguien pague un impuesto porque sabe que, si no lo hace, aparecerán soldados, policías, jueces o inspectores. Pero eso no significa que haya aceptado moral o políticamente el impuesto.
La diferencia es fundamental:
Poder: "Puedes hacerlo porque tengo fuerza para obligarte."
Legitimidad: "Puedes hacerlo porque acepto que tienes derecho a hacerlo."
Las democracias saludables necesitan ambas cosas, pero dependen muchísimo más de la segunda.
4. La ironía histórica de Hamilton
Hay además una deliciosa ironía.
Hamilton era uno de los grandes arquitectos de un gobierno federal fuerte. Y la Rebelión del Whisky fue precisamente la primera gran demostración de que ese gobierno federal podía hacer cumplir sus decisiones dentro del territorio nacional.
Desde ese punto de vista, Hamilton consiguió lo que quería.
Pero también mostró el peligro inherente al proyecto:
un gobierno revolucionario podía terminar utilizando contra sus propios ciudadanos instrumentos de coerción que recordaban, en pequeña escala, a los mecanismos de autoridad contra los que los estadounidenses se habían rebelado.
La diferencia, por supuesto, era que ahora el gobierno era republicano y las leyes procedían de instituciones representativas.
Pero ahí aparece el problema eterno de la democracia:
¿basta con que una ley haya sido aprobada legalmente para que cualquier resistencia contra ella sea ilegítima?
La respuesta histórica parece ser: no necesariamente.
5. El gran problema de fondo: confundir gobernar con mandar
El episodio también puede leerse como una advertencia contra una enfermedad política muy común: confundir la capacidad de imponer una decisión con la capacidad de gobernar bien.
Gobernar no consiste solamente en decir:
"Ésta es la ley y se va a cumplir."
Eso es relativamente sencillo cuando tienes suficiente fuerza.
La verdadera habilidad política consiste en construir condiciones en las que la mayoría acepte la ley sin que sea necesario recurrir constantemente a la fuerza.
Un buen político pregunta:
¿Qué problema intenta resolver esta ley?
¿A quién beneficia?
¿A quién perjudica?
¿La carga está distribuida justamente?
¿Existe una alternativa menos conflictiva?
¿Qué ocurre si una parte considerable de la población se niega a cooperar?
El político mediocre sólo pregunta:
"¿Cómo hago para que obedezcan?"
Y entonces aparece el ejército.
6. Pero hay que hacerle una corrección a Strosser
La frase de Strosser es brillante como provocación, pero históricamente necesita un matiz.
No necesariamente debemos concluir que si hace falta fuerza para aplicar una ley, entonces hay que cambiarla.
Eso sería demasiado simplista.
Hay leyes fundamentales que inevitablemente necesitan mecanismos coercitivos: contra el asesinato, el fraude, la violencia política, la corrupción, etc.
Una democracia no puede convertir cada acto de resistencia en un referéndum improvisado sobre la legitimidad de la ley.
El verdadero criterio debería ser otro:
¿La resistencia revela un problema de legitimidad política o simplemente una negativa de determinados individuos a aceptar una obligación democrática razonable?
En el caso del whisky hubo ambas cosas: intereses económicos particulares, resistencia organizada, violencia y también un conflicto real sobre la distribución de las cargas fiscales y el poder federal.
7. La lección que llega hasta hoy
Por eso la Rebelión del Whisky resulta tan moderna.
Cada vez que un gobierno responde a un problema político exclusivamente con más policía, más vigilancia, más sanciones o más fuerza, debería hacerse una pregunta incómoda:
¿Estamos solucionando el problema o simplemente aumentando el precio de la desobediencia?
Porque la fuerza tiene una propiedad peligrosa: funciona.
Y precisamente porque funciona, los gobiernos pueden caer en la tentación de utilizarla demasiado pronto.
Un gobierno que necesita persuadir tiene que argumentar.
Uno que necesita votos tiene que convencer.
Uno que necesita legitimidad tiene que negociar.
Pero un gobierno que sólo necesita obediencia puede limitarse a sacar la porra.
Y ahí está la verdadera mordacidad de Strosser: el fracaso de una política no siempre se manifiesta cuando la gente consigue derrotarla. A veces se manifiesta cuando el gobierno consigue imponerla a un costo político, económico y moral absurdamente alto.
La Rebelión del Whisky terminó demostrando que el gobierno federal tenía músculo.
Pero la pregunta más interesante para una democracia no es:
"¿Puede el Estado obligarnos?"
Es:
"¿Por qué tendría que obligarnos?"
Y ésa es una pregunta mucho más peligrosa para cualquier gobierno.
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