«Pero los cobardes, incrédulos, abominables, asesinos, inmorales, hechiceros, idólatras y todos los mentirosos tendrán su herencia en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.»
Apocalipsis, 21:8.
Apocalipsis para principiantes: cómo convertir la política en una religión sin darte cuenta
«Pero los cobardes, incrédulos, abominables, asesinos, inmorales, hechiceros, idólatras y todos los mentirosos tendrán su herencia en el lago que arde con fuego y azufre...»
Qué curioso que la lista empiece con los cobardes.
No con los asesinos.
No con los tiranos.
No con los corruptos.
Con los cobardes.
Y eso debería inquietarnos más de lo que nos inquieta.
Porque los asesinos suelen ser pocos. Los tiranos también. Pero los cobardes... los cobardes son legión.
La historia humana no ha sido construida principalmente por monstruos. Ha sido construida por personas comunes que vieron algo injusto y pensaron:
"Bueno, alguien debería hacer algo."
Y luego siguieron viendo videos de gatitos.
Nos gusta imaginar que, si hubiéramos vivido en otras épocas, habríamos estado del lado correcto de la historia. Que habríamos ocultado perseguidos, denunciado abusos, enfrentado emperadores y dictadores.
Claro.
Y también creemos que leer los términos y condiciones antes de aceptar una aplicación es una práctica habitual.
La verdad es más incómoda.
La mayoría de nosotros habría hecho lo mismo que la mayoría de la gente siempre hace: adaptarse.
Porque la cobardía rara vez se presenta como cobardía.
Se presenta como prudencia.
Como realismo.
Como sentido común.
Como "no es el momento".
Como "yo no me meto en política".
Como "hay que ver los dos lados".
Como "todos son iguales".
Y mientras tanto, el mundo sigue girando impulsado por millones de pequeños silencios.
La nueva idolatría
El Apocalipsis también menciona a los idólatras.
La gente moderna se ríe de eso.
"¿Idolatría? Yo no adoro estatuas."
No.
Ahora adoramos cosas mucho más sofisticadas.
Adoramos mercados.
Adoramos banderas.
Adoramos líderes.
Adoramos ideologías.
Adoramos algoritmos.
Adoramos marcas.
La estatua desapareció.
El mecanismo psicológico sigue intacto.
La idolatría consiste en tomar algo humano y convertirlo en sagrado.
Y una vez que algo se vuelve sagrado, deja de poder criticarse.
Por eso algunas personas reaccionan a una crítica política como si hubieras insultado a su madre.
Porque no están defendiendo una idea.
Están defendiendo una fe.
El lago de fuego digital
Los antiguos imaginaban un lago de fuego.
Nosotros construimos uno.
Se llama redes sociales.
Un lugar donde millones de personas despiertan cada mañana buscando herejes.
Un inmenso tribunal donde cada usuario es fiscal, juez, jurado y verdugo.
Un sitio donde todos denuncian la manipulación mientras comparten noticias falsas.
Donde todos luchan contra la propaganda utilizando propaganda.
Donde todos exigen pensamiento crítico a quienes no piensan como ellos.
Es hermoso.
Es poético.
Es completamente absurdo.
El problema de los buenos
Aquí está la trampa.
Los malos no suelen pensar que son malos.
Piensan que son los buenos.
Siempre.
Los inquisidores.
Los revolucionarios.
Los nacionalistas.
Los imperios.
Los partidos.
Los gobiernos.
Las oposiciones.
Todos creen estar salvando el mundo.
Y cuanto más convencido está alguien de que representa el Bien absoluto, más peligroso puede llegar a ser.
Porque cuando el enemigo deja de estar equivocado y pasa a ser malvado, cualquier cosa se vuelve justificable.
La censura.
La persecución.
La humillación.
La violencia.
Después de todo, ¿quién podría defender al mal?
Así es como la política se transforma en religión.
Y así es como la religión se transforma en guerra.
Los verdaderos cobardes
Quizá por eso el versículo comienza donde comienza.
Porque la cobardía no consiste en tener miedo.
Todo el mundo tiene miedo.
Consiste en entregar la conciencia al grupo.
Consiste en repetir consignas para evitar problemas.
Consiste en callar cuando los tuyos hacen aquello mismo que denuncias en los otros.
Consiste en obedecer para conservar comodidad.
Los asesinos pueden destruir cuerpos.
Los mentirosos pueden destruir hechos.
Pero los cobardes permiten que ambos trabajen tranquilos.
Epílogo para una especie optimista
Tal vez el lago de fuego no sea un lugar.
Tal vez sea una sociedad donde nadie se atreve a pensar por sí mismo.
Donde cada tribu tiene su profeta.
Cada partido su evangelio.
Cada líder sus fieles.
Y cada ciudadano una excusa.
Si es así, quizá no debamos preocuparnos tanto por llegar al Apocalipsis.
Puede que llevemos años construyéndolo.
Y lo más inquietante es que lo hacemos convencidos de que estamos salvando el mundo.
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