viernes, 28 de agosto de 2026

 

¿Quién demonios decidió eso?

Hay una frase que escuchas una y otra vez:

"La función legítima del Estado es proteger la vida, la propiedad y las fronteras."

Y la dicen con una seguridad admirable. Como si estuvieran anunciando que el agua moja o que la gravedad existe.

Pero siempre me pregunto:

¿Quién demonios decidió eso?

¿Hubo una reunión secreta de la humanidad?

¿Nos convocaron a todos?

¿Llegó una invitación?

"Estimado ciudadano: el próximo martes definiremos para toda la eternidad cuál es la función correcta del Estado. Favor de confirmar asistencia."

No.

Lo decidieron filósofos, juristas, propietarios, políticos y clases dominantes de determinadas épocas históricas.

Y después tuvieron el descaro de llamarlo "sentido común".

Porque el truco más viejo del poder consiste en presentar una opinión como si fuera una ley natural.

Cuando alguien dice:

"El Estado debe proteger la propiedad."

Yo pregunto:

¿Por qué?

Y la respuesta suele ser:

"Porque sin propiedad no hay libertad."

Muy bien.

¿Y sin comida?

¿Y sin vivienda?

¿Y sin educación?

¿Y sin atención médica?

De pronto la conversación se vuelve incómoda.

Porque resulta que la propiedad privada es considerada un derecho sagrado.

Pero el derecho a no morirte de hambre parece estar sujeto a disponibilidad presupuestaria.

Curioso sistema de valores.

Más curioso aún cuando descubres que la propiedad que el Estado protege no cayó del cielo.

Fue acumulada.

Heredada.

Conquistada.

Privatizada.

Comprada con ventajas que otros nunca tuvieron.

Sin embargo, una vez establecida la distribución de la riqueza, aparece el Estado y dice:

"No se preocupen, estoy aquí para proteger el orden natural de las cosas."

¿Natural?

Si es natural, ¿por qué necesita policías, jueces, cárceles y ejércitos para mantenerse?

Las cosas verdaderamente naturales no requieren patrullas.

Nadie necesita una fuerza especial para obligar a las manzanas a caer hacia abajo.

La gravedad funciona sola.

La desigualdad, aparentemente, necesita ayuda.

Y mucha.

Por eso me fascina la gente que dice que quiere un Estado mínimo.

Un Estado tan pequeño que no pueda darte una beca.

Tan pequeño que no pueda regular monopolios.

Tan pequeño que no pueda garantizar atención médica.

Pero tan grande que tenga el ejército más poderoso del planeta.

Tan grande que vigile fronteras.

Tan grande que llene cárceles.

Tan grande que controle protestas.

Eso no es un Estado pequeño.

Es un Estado especializado.

Un perro guardián.

La pregunta nunca fue cuánto Estado.

La pregunta siempre fue:

¿Estado para quién?

Porque cuando una fábrica recibe subsidios, lo llaman crecimiento económico.

Cuando una familia pobre recibe ayuda, lo llaman dependencia.

Cuando rescatan bancos, es responsabilidad.

Cuando rescatan personas, es populismo.

Y así seguimos.

Discutiendo sobre la función correcta del Estado como si existiera una respuesta escrita en las estrellas.

No existe.

Todo Estado es una decisión política.

Toda definición de libertad es una decisión política.

Toda definición de propiedad es una decisión política.

Y detrás de cada una de esas decisiones hay grupos que ganan y grupos que pierden.

Por eso la pregunta más peligrosa no es si el Estado debe ser grande o pequeño.

La pregunta realmente peligrosa es:

¿Quién tiene el poder de decidir qué hace el Estado y en beneficio de quién?

Porque en el instante en que haces esa pregunta, el debate deja de ser filosofía.

Y empieza a ser historia. Y la historia, camaradas, siempre termina señalando a los mismos sospechosos.

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