martes, 25 de agosto de 2026

 

La guerra de México contra Santa Claus

Hay momentos en la historia en los que un gobierno demuestra una visión extraordinariamente profunda de los problemas nacionales.

En 1930, México tenía pobreza, desigualdad, analfabetismo, conflictos políticos, las heridas todavía abiertas de la Revolución y los efectos de la Gran Depresión.

Y el gobierno de Pascual Ortiz Rubio decidió enfrentarse a una amenaza de proporciones históricas:

Santa Claus.

Sí.
Santa Claus.

El enemigo había llegado desde el norte. No traía tanques, espías ni propaganda comunista.

Traía juguetes.

Y eso, aparentemente, era intolerable.

El problema era que Santa Claus representaba una influencia cultural extranjera. México estaba intentando construir una identidad nacional después de una década de revolución, y algunos funcionarios consideraron que no era conveniente que los niños mexicanos recibieran sus regalos de un señor extranjero, barbudo y vestido de rojo.

Así que el Estado mexicano tuvo una idea.

Una idea magnífica.

Una idea que demuestra lo que sucede cuando un gobierno tiene demasiada confianza en su capacidad para diseñar la realidad.

Sustituir a Santa Claus por Quetzalcóatl.

Porque si hay algo que todo niño desea en Navidad es recibir juguetes de una serpiente emplumada.

Imaginen la reunión.

—Tenemos un problema.

—¿La economía?

—No.

—¿La pobreza?

—No.

—¿La reconstrucción nacional?

—Tampoco.

—¿Entonces?

—Los niños están esperando a Santa Claus.

Silencio.

—¿El extranjero?

—Ese mismo.

—¿Y qué propones?

—Quetzalcóatl.

Y alguien, en lugar de levantarse y decir “señores, quizá deberíamos volver a hablar de esto mañana”, probablemente respondió:

—¡Brillante!

El Estado contra la imaginación infantil

El asunto no era simplemente sustituir un personaje por otro.

Era algo mucho más interesante.

El Estado posrevolucionario mexicano estaba intentando construir una nueva identidad nacional. La Revolución necesitaba símbolos, héroes, mitos y una narrativa que explicara qué era México y qué debía ser.

Y el pasado indígena ofrecía una enorme reserva simbólica.

Así que apareció Quetzalcóatl.

En diciembre de 1930 se organizó una enorme celebración infantil en el Estadio Nacional de la Ciudad de México. Miles de niños acudieron a recibir juguetes, ropa y dulces.

Y allí apareció el nuevo héroe de la Navidad mexicana:

Quetzalcóatl.

No exactamente como lo habrían imaginado los mexicas, por supuesto.

Era una representación moderna, diseñada para una ceremonia estatal.

Pero eso es lo maravilloso de los gobiernos.

Pueden convertir cualquier cosa en política pública.

¿Quieres recuperar una tradición indígena?

Perfecto.

Haz un programa.

¿Quieres recuperar la identidad nacional?

Organiza un festival.

¿Quieres eliminar a Santa Claus?

Consigue una serpiente emplumada.

El pequeño inconveniente

Había un problema.

Los niños no habían sido consultados.

Y aquí encontramos una de las grandes leyes no escritas de la política:

los adultos pueden discutir durante horas sobre lo que necesitan los niños sin preguntarse jamás qué quieren los niños.

El gobierno podía explicar que Quetzalcóatl representaba las raíces nacionales.

Podía organizar ceremonias.

Podía utilizar la educación pública.

Podía construir pirámides.

Podía colocar funcionarios.

Pero había algo que no podía controlar:

la imaginación.

Porque Santa Claus no necesitaba una Secretaría de Educación Pública.

Tenía algo mucho más poderoso:

publicidad, tiendas y capitalismo.

El Estado tenía a Quetzalcóatl.

El mercado tenía escaparates llenos de juguetes.

Adivinen quién ganó.

La serpiente emplumada contra el capitalismo

Y aquí aparece una ironía deliciosa.

El gobierno quiso combatir una influencia cultural estadounidense.

Pero el enemigo no estaba en Washington.

Estaba en las tiendas.

Santa Claus podía ser una tradición importada, pero también era un extraordinario vendedor.

Y el capitalismo entendió rápidamente algo que los gobiernos suelen olvidar:

si quieres que una idea sobreviva, no basta con ordenarla. Hay que conseguir que la gente la desee.

Santa Claus vendía.

Vendía juguetes.

Vendía dulces.

Vendía adornos.

Vendía ilusión.

Y, eventualmente, vendería refrescos.

Quetzalcóatl, por su parte, tenía un problema comercial bastante serio.

No había una industria suficientemente desarrollada de juguetes con serpientes emplumadas.

No existía el equivalente navideño de:

“¡Compra ahora tu Quetzalcóatl de plástico con alas articuladas!”

La burocracia había descubierto que es bastante difícil competir contra el mercado cuando el mercado sabe convertir una superstición en una temporada de ventas.

Y aquí está la verdadera lección

La anécdota resulta divertida porque parece ridícula.

Pero también es profundamente política.

Porque demuestra algo que sucede una y otra vez:

los gobiernos pueden intentar fabricar símbolos, pero no necesariamente pueden fabricar significado.

Puedes decirle a una sociedad qué héroes debe admirar.

Puedes decidir qué historia debe enseñarse.

Puedes organizar ceremonias.

Puedes llenar plazas.

Puedes imprimir carteles.

Puedes poner un funcionario detrás de cada tradición.

Pero llega un momento en que la sociedad responde:

“Gracias por la explicación. Yo seguiré haciendo lo que hacía mi abuela.”

Y eso es particularmente incómodo para cualquier gobierno que crea que la cultura funciona como una oficina pública.

La cultura no obedece memorándums.

No necesita sello oficial.

No presenta solicitud.

No pide permiso.

Simplemente se reproduce.

El Estado quería nacionalismo. Los niños querían juguetes.

Y quizá ahí está la parte más hermosa de toda la historia.

El gobierno estaba pensando en identidad nacional.

Los funcionarios hablaban de soberanía cultural.

Los intelectuales discutían la mexicanidad.

Quetzalcóatl descendía simbólicamente de las alturas de la historia prehispánica.

Y probablemente algún niño estaba pensando:

“Sí, sí, muy bonito el dios mesoamericano... ¿y mi juguete?”

Porque esa es otra cosa que la política suele olvidar:

la gente tiene una vida.

Y esa vida está llena de cosas mucho más pequeñas que las grandes teorías del Estado.

Un niño quiere un juguete.

Una familia quiere cenar tranquila.

Una madre quiere que sus hijos estén contentos.

Un padre quiere llegar a fin de mes.

Y de pronto aparece un gobierno diciendo:

—Hemos decidido redefinir la Navidad para fortalecer la identidad nacional.

El ciudadano:

—Está bien.

—¿Te parece una gran iniciativa?

—Claro.

—¿Y estás de acuerdo?

—Por supuesto.

—¿Entonces dejarás de celebrar como antes?

—No.

—¿Por qué?

—Porque mi mamá ya compró los regalos.

La revolución cultural termina donde empieza la vida cotidiana.

La derrota de Quetzalcóatl

No hubo una batalla.

No hubo cadáveres.

No hubo tratados.

No hubo rendición.

Simplemente ocurrió lo que suele ocurrir con muchas campañas culturales diseñadas desde arriba:

la gente las dejó pasar.

Quetzalcóatl tuvo su gran momento.

Apareció en el estadio.

Recibió a miles de niños.

Repartió regalos.

Fue presentado como símbolo nacional.

Y después...

Santa Claus siguió ahí.

Porque la historia tiene un sentido del humor bastante peculiar.

El gobierno mexicano intentó expulsar culturalmente a un personaje extranjero y terminó demostrando involuntariamente una verdad incómoda:

es mucho más fácil construir una pirámide que construir una tradición.

Y todavía más difícil es convencer a un niño de que cambie de personaje cuando el nuevo personaje no trae exactamente lo que él esperaba.

Quetzalcóatl representaba el glorioso pasado mesoamericano.

Santa Claus representaba el consumismo navideño.

Y en la batalla entre la identidad nacional y el capitalismo...

el capitalismo llegó con juguetes.

Fin de la discusión.

Epílogo

Hoy podemos mirar aquella historia y reírnos.

Y debemos hacerlo.

Pero también podemos aprender algo.

Cada vez que un gobierno intenta decidir qué debe pensar una sociedad, conviene recordar al pobre Quetzalcóatl.

Porque quizá ningún ejemplo explica mejor la diferencia entre imponer una cultura y construir una cultura.

Una puede organizarse desde un despacho.

La otra necesita generaciones.

Una tiene decretos.

La otra tiene abuelas.

Una tiene funcionarios.

La otra tiene recuerdos.

Y una de ellas puede poner a una serpiente emplumada en un estadio.

Pero si al niño le preguntas qué quiere encontrar debajo del árbol...

probablemente seguirá diciendo:

“Santa.”

Y eso, señoras y señores, fue la gran derrota de la burocracia mexicana:

no pudo convencer a los niños de que Quetzalcóatl era mejor que Santa Claus.

Una tragedia para la Secretaría de Educación.

Una victoria para los juguetes.

Y una Navidad bastante incómoda para la serpiente emplumada.

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