sábado, 22 de agosto de 2026

 

La red que no existe, pero que funciona perfectamente

Hay algo maravilloso en la política moderna: todos están absolutamente en contra de la propaganda.

Todos.

Nadie hace propaganda.

La propaganda la hacen los otros.

Mi periódico hace periodismo. El periódico contrario hace propaganda. Mi comentarista analiza. El comentarista contrario manipula. Mi político denuncia. El político contrario miente.

Y las redes sociales, por supuesto, son simplemente un lugar donde millones de ciudadanos independientes, espontáneos y completamente desinteresados tienen exactamente la misma opinión al mismo tiempo.

Qué milagro.

La humanidad ha descubierto la coordinación espontánea.

Ya no necesitamos conspiraciones. Tenemos algoritmos.


Hace algún tiempo, cuando Luisa María Alcalde explicó el concepto de red de amplificación digital, algunos periodistas reaccionaron como si hubiera acusado a cada uno de ellos de pertenecer a una sociedad secreta.

Parecía que esperaban que apareciera un sótano.

Una mesa redonda.

Doce periodistas con túnicas negras.

Un secretario leyendo:

—Punto número tres del orden del día: mañana atacaremos al gobierno a las 8:15.

Pero una red de amplificación no necesita eso.

No necesitas una oficina.

No necesitas credenciales.

No necesitas recibir un WhatsApp que diga:

"Compañeros, procedan a indignarse."

La cosa puede ser mucho más sencilla.

Uno publica.

Otro reproduce.

Otro interpreta.

Otro editorializa.

Otro lo convierte en acusación política.

Y miles lo repiten.

Y entonces sucede una de las maravillas de la comunicación moderna: la misma información empieza a parecer información diferente simplemente porque ahora tiene veinte titulares.

Es el milagro de la fotocopiadora.

Si haces veinte copias de un billete de cien pesos, sigues teniendo cien pesos.

Pero en Twitter parece que tienes dos mil.


Imaginemos que aparece un audio.

Un medio lo publica.

El audio contiene una conversación cuya autenticidad todavía necesita ser establecida, las voces necesitan ser identificadas, el contexto necesita ser comprobado y las afirmaciones necesitan corroboración.

Perfecto.

Eso debería ser el principio de una investigación.

Pero entonces comienza la maquinaria.

El medio dice:

"Audio revela..."

Otro medio:

"Escándalo por audio que revela..."

Un comentarista:

"Esto confirma..."

Un político:

"Queda demostrado..."

Y finalmente una cuenta anónima:

"YA SE SABÍA. TODOS SON NARCOS."

Y ahí está.

El humilde audio de cinco minutos ha realizado una extraordinaria carrera profesional.

Nació como material que necesita verificación.

Se convirtió en revelación.

Después en prueba.

Luego en confirmación.

Y terminó convertido en sentencia judicial emitida por un señor con foto de águila en Twitter.

Todo en menos de 24 horas.


Pero hay una pequeña dificultad.

Que veinte personas repitan una afirmación no significa que existan veinte evidencias.

Puede haber veinte altavoces y una sola fuente.

Y esto es algo que nuestra civilización tecnológica todavía parece incapaz de comprender.

Si una persona dice:

—Creo que ocurrió X.

Y después cien personas dicen:

—Como dijo aquel señor, ocurrió X.

Tenemos cien personas hablando de X.

Pero seguimos teniendo una sola afirmación original.

No aparecieron cien pruebas.

Aparecieron cien ecos.

Y el eco tiene una propiedad fascinante: cuanto más grande es la habitación, más convincente parece la voz.


Éste es uno de los trucos más antiguos de la propaganda.

No necesitas demostrar algo.

Necesitas conseguir que la gente se familiarice con la idea.

Primero:

"Existe una acusación."

Después:

"Se habla de una acusación."

Después:

"Hay un escándalo."

Después:

"El escándalo demuestra..."

Y finalmente:

"Como todos sabemos..."

Ese "como todos sabemos" es uno de los lugares más peligrosos del idioma.

Porque normalmente significa:

"Como ya repetimos esto tantas veces que nadie recuerda cuándo dejó de ser una hipótesis."


Y aquí aparece una cuestión todavía más interesante.

No hace falta que exista una conspiración.

Ésa es precisamente la parte que algunos parecen no entender.

Un periodista quiere audiencia.

Un político quiere munición contra su adversario.

Un comentarista quiere atención.

Una cuenta partidista quiere contenido.

El algoritmo quiere interacción.

El público quiere indignarse.

Perfecto.

Todos los engranajes están alineados.

¿Para qué necesitas un director de orquesta?

La propia estructura del sistema produce música.

Una música bastante horrible, pero música al fin y al cabo.

Es la coordinación sin coordinador.

No porque todos estén sentados alrededor de una mesa conspirando, sino porque todos tienen incentivos para empujar la misma historia.


Y aquí debemos hacer algo incómodo: aplicar el mismo criterio a nuestros enemigos que a nuestros amigos.

Porque si un medio contrario publica una acusación y nosotros respondemos:

—¡No está comprobada!

Perfecto.

Pero cuando nuestro medio favorito publica una acusación contra el adversario:

—¡Por fin salió la verdad!

Tenemos un pequeño problema.

No estamos defendiendo el periodismo.

Estamos defendiendo nuestro equipo.

Y el periodismo no debería funcionar como fútbol.

No existe el "VAR ideológico".

No puedes pedir revisión cuando el rival mete gol y decir:

—¡Déjalo, cabrón, que el gol fue nuestro!


Lo más importante, además, es distinguir entre tres cosas que en las guerras políticas suelen mezclarse deliberadamente:

que algo haya sido publicado, que algo sea cierto y que alguien sea responsable de un delito.

Son tres afirmaciones diferentes.

Que exista un audio no demuestra automáticamente todo lo que alguien dice que contiene.

Que una conversación sea auténtica no demuestra automáticamente la interpretación que alguien hace de ella.

Y que aparezca mencionado el nombre de una persona no demuestra automáticamente su responsabilidad penal.

Pero en el ecosistema de indignación permanente esas diferencias son demasiado aburridas.

La precisión no genera tantos clics.

"Investigación en curso" no produce la misma adrenalina que "¡SE DESTAPA LA RED!"

"El material requiere corroboración" tampoco compite muy bien con "¡ESTÁN HASTA EL CUELLO!"

Así que la incertidumbre desaparece.

No porque haya sido resuelta.

Porque es mala para el negocio.


Y entonces ocurre la gran transformación.

La evidencia deja de ser importante.

Lo importante pasa a ser la circulación de la evidencia.

Ya no preguntamos:

¿Qué sabemos?

Preguntamos:

¿Cuántos lo están diciendo?

Y eso es una estupidez monumental.

Si mil personas gritan que la Luna es de queso, la Luna no se convierte en queso.

Aunque uno de ellos sea periodista.

Aunque otro sea diputado.

Aunque otro tenga dos millones de seguidores.

Aunque el cuarto aparezca en televisión con una corbata muy seria.

La realidad no funciona por votación.


Y aquí aparece la ironía perfecta.

Los mismos que se indignan cuando alguien habla de una "red de amplificación" pueden terminar ofreciendo una demostración práctica de cómo funciona.

Uno publica.

Otros reproducen.

Otros interpretan.

Otros politizan.

Otros viralizan.

Y finalmente miles convierten la interpretación original en una verdad aparentemente colectiva.

Entonces alguien pregunta:

—¿Dónde está la red?

Y la respuesta es:

No necesariamente hay una red. Hay algo mucho más eficiente: un sistema de incentivos que hace que todos empujen en la misma dirección.

No hace falta una conspiración.

Hace falta solamente un tema rentable.


Y hay una última lección, quizá la más importante.

Criticar la amplificación:

No significa defender a Morena.

No significa atacar a Loret.

No significa creer o no creer en los audios.

Significa algo mucho menos emocionante:

esperar a saber.

Qué concepto tan radical.

Esperar.

Verificar.

Contrastar.

Preguntar de dónde salió.

Quién lo autenticó.

Qué evidencia independiente existe.

Qué parte es hecho.

Qué parte es interpretación.

Qué parte es acusación.

Y qué parte es simplemente un señor gritando en internet porque descubrió que puede escribir con mayúsculas.

Eso debería ser periodismo.

Pero vivimos en una época en la que la noticia necesita llegar antes que la verdad.

Porque la verdad tiene un defecto comercial terrible:

a veces tarda.

Y mientras la verdad se pone los zapatos, la mentira ya hizo veinte entrevistas, abrió tres cuentas de X, consiguió patrocinadores y está dando una conferencia de prensa.

Así que quizá la pregunta no sea:

"¿Existe una red de amplificación?"

La pregunta más incómoda es:

"¿Cuántas veces hemos confundido el tamaño del eco con el tamaño de la evidencia?"

Porque una mentira repetida no se convierte en verdad.

Pero sí puede convertirse en ambiente.

Y cuando una sociedad respira ese ambiente durante suficiente tiempo, llega un momento en que nadie recuerda quién encendió el ventilador.

Solo recuerdan que, de pronto, todos olían lo mismo.

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