El sentido común tiene fecha de caducidad
Hay una cosa maravillosa que hacemos los seres humanos: inventamos una idea, la repetimos durante suficiente tiempo y después la llamamos sentido común.
Es un truco extraordinario.
Primero alguien dice: "Las mujeres no deberían trabajar".
Luego otros lo repiten.
Después aparece un sacerdote, un político, un filósofo con barba y algún señor con una propiedad enorme diciendo que, además, es el orden natural de las cosas.
Y finalmente la sociedad llega a la conclusión de que es evidente.
No hay nada que discutir.
Hasta que un día una mujer consigue trabajar.
Y entonces resulta que el mundo no se acaba.
Qué decepción para el sentido común.
Durante siglos, los seres humanos han convertido las circunstancias históricas en leyes de la naturaleza. La esclavitud fue natural. La monarquía fue natural. La subordinación de la mujer fue natural. El racismo fue natural. La pobreza fue natural.
Todo era natural.
Curiosamente, casi siempre era natural aquello que beneficiaba bastante a quienes estaban arriba.
Qué extraordinaria coincidencia.
El pobre que "no quiere"
Hoy tenemos una de esas frases que algún día podrían provocar la misma reacción que nos provoca escuchar que una mujer no podía votar porque su cerebro era demasiado delicado para comprender una papeleta:
"El pobre es pobre porque quiere."
Es una frase fantástica.
Tiene la enorme ventaja de explicar la pobreza sin tener que estudiar la pobreza.
No necesitas hablar de educación, desigualdad, herencia, vivienda, salud, mercado laboral, discriminación, infancia, nutrición, oportunidades, capital social, crisis económicas o lugar de nacimiento.
Nada.
El pobre simplemente no quiso.
Problema resuelto.
Y además es una explicación extraordinariamente conveniente para quienes no son pobres.
Porque si el pobre es pobre porque quiere, entonces el rico es rico porque merece serlo.
Así evitamos una pregunta bastante incómoda:
¿Cuánto de nuestra posición social se debe realmente a nuestras decisiones y cuánto a las circunstancias que nos tocaron antes de que pudiéramos tomar ninguna decisión?
Porque nadie escoge a sus padres.
Nadie escoge el barrio donde nace.
Nadie escoge la escuela de su infancia.
Nadie escoge nacer sano o enfermo.
Nadie escoge crecer en una familia con libros, contactos, estabilidad económica y tiempo disponible para ayudar con las tareas.
Y, sin embargo, cuando ese niño llega a los treinta años y tiene éxito, nos encanta contar la historia como si hubiera salido del útero diciendo:
"Voy a convertirme en empresario. Mamá, pásame el Excel."
La propaganda más eficiente no parece propaganda
Aquí aparece una de las cosas más interesantes.
La propaganda más eficaz no es necesariamente la que dice:
"¡Obedece a la élite!"
Eso sería demasiado evidente.
La propaganda realmente eficiente dice:
"Así son las cosas."
Y cuando una sociedad empieza a decir "así son las cosas", ya no necesita que nadie la vigile.
La gente vigila las ideas por sí misma.
Un hombre pobre puede defender un sistema que lo perjudica porque ha aprendido que su pobreza demuestra que no se esforzó suficientemente.
Una persona endeudada puede creer que su deuda es exclusivamente un fracaso moral.
Un trabajador puede considerar que exigir mejores condiciones laborales es "falta de ambición".
Y alguien que nació en una situación extraordinariamente favorable puede imaginar sinceramente que llegó hasta ahí únicamente gracias a su disciplina.
Eso es lo fascinante.
No necesitas colocar un policía detrás de cada ciudadano.
Puedes conseguir que el ciudadano se convierta en su propio policía.
El viejo truco de convertir historia en naturaleza
Hace algunos siglos, muchas sociedades consideraban perfectamente normal que una mujer no pudiera estudiar determinadas carreras, administrar libremente sus bienes o participar políticamente.
No era una opinión extravagante.
Era sentido común.
Y el sentido común decía que aquello era biología, tradición, religión, moral y naturaleza, todo mezclado en una licuadora.
Hasta que las mujeres comenzaron a demostrar que podían hacer aquello que supuestamente no podían hacer.
Y entonces ocurrió algo bastante embarazoso:
La naturaleza empezó a cambiar de opinión.
Con las personas racializadas ocurrió algo parecido.
Durante siglos se construyeron elaboradísimas teorías para explicar por qué determinados grupos eran inferiores.
Se midieron cráneos.
Se escribieron tratados.
Se hicieron clasificaciones.
Se llenaron bibliotecas.
Todo para demostrar científicamente algo que convenientemente coincidía con las estructuras de poder existentes.
La ciencia fue utilizada para justificar prejuicios que ya estaban instalados.
Y después, con el tiempo, muchas de esas teorías terminaron en el basurero intelectual.
Pero mientras estaban vigentes, parecían razonables.
Ese es el problema.
Las ideas absurdas no suelen parecer absurdas cuando uno vive dentro de ellas.
Quizá nosotros también tenemos nuestro:
"¿cómo pudieron pensar eso?"
Y aquí viene la parte verdaderamente incómoda.
Es muy fácil mirar hacia atrás y reírnos.
"¿Cómo podían creer que las mujeres eran inferiores?"
"¿Cómo podían justificar la esclavitud?"
"¿Cómo podían pensar que la pobreza era voluntad divina?"
Pero hay una pregunta mucho más difícil:
¿Qué cosas creemos nosotros que dentro de cincuenta años producirán exactamente la misma reacción?
Porque estamos convencidos de que somos la generación que finalmente descubrió la verdad.
Todos lo estamos.
Los hombres medievales pensaban que entendían el mundo.
Los ilustrados pensaban que entendían el mundo.
Los victorianos pensaban que entendían el mundo.
Nosotros también pensamos que entendemos el mundo.
Y dentro de cincuenta años unos estudiantes podrían estar leyendo nuestros periódicos y preguntando:
"¿En serio pensaban eso?"
Y algún profesor responderá:
"Sí."
"¿Todos?"
"No."
"¿Entonces por qué lo hacían?"
"Bueno... era complicado."
La frase favorita de la humanidad cuando descubre que se equivocó.
La desigualdad también puede convertirse en paisaje
Una de las cosas más peligrosas de cualquier sistema social es que, cuando dura suficiente tiempo, deja de parecer un sistema.
Se convierte en paisaje.
Ves un barrio rico y un barrio pobre y dices:
"Así es la ciudad."
Ves a unos niños con todas las oportunidades y a otros sin ellas:
"Así es la vida."
Ves que unas personas heredan propiedades y otras heredan deudas:
"Así funciona la economía."
Y cuando alguien pregunta si podría ser diferente, aparece el sacerdote moderno:
"No seas ingenuo. El mundo siempre ha sido así."
No.
El mundo no "siempre ha sido así".
El mundo siempre ha estado cambiando.
Las jornadas laborales no siempre fueron de ocho horas.
La esclavitud no siempre estuvo abolida.
Las mujeres no siempre votaron.
La educación pública no siempre existió.
Los derechos laborales no siempre existieron.
Las pensiones no siempre existieron.
La idea misma de que una persona tiene derechos simplemente por ser persona no apareció grabada en una montaña.
La construimos.
Y cada generación decide qué considera aceptable.
Tal vez dentro de cincuenta años...
Tal vez dentro de cincuenta años alguien diga:
"¿De verdad en 2026 había gente que decía que el pobre era pobre porque quería?"
Y otro contestará:
"Sí."
"¿Y nadie les explicaba que las condiciones de nacimiento influían?"
"Sí, había investigaciones sobre eso."
"Entonces ¿por qué seguían diciéndolo?"
"Porque era una explicación cómoda."
"¿Para quién?"
Silencio.
Y quizá alguien diga:
"Para quienes tenían miedo de que reconocer la desigualdad implicara que la sociedad debía hacer algo al respecto."
Porque ahí está el núcleo del asunto.
Una idea puede sobrevivir no porque sea verdadera, sino porque resulta funcional.
Hay ideas que sirven para comprender el mundo.
Y hay ideas que sirven para que uno no tenga que cambiarlo.
El tiempo no garantiza que aprendamos
Pero tampoco debemos caer en la fantasía de que la historia avanza automáticamente hacia la iluminación.
No.
La humanidad no es una escalera.
Es más bien un borracho intentando subir una escalera.
Avanza dos peldaños, retrocede uno, se cae, culpa a la escalera y después escribe un libro explicando que la caída era parte de su estrategia.
El progreso moral existe, pero no está garantizado.
Las ideas pueden desaparecer y regresar.
Los prejuicios pueden cambiar de forma.
La propaganda puede adoptar nuevas tecnologías.
Antes teníamos periódicos.
Después radio.
Después televisión.
Ahora tenemos algoritmos capaces de descubrir exactamente qué estupidez necesitamos escuchar a las nueve de la mañana para comenzar el día convencidos de que nuestra desgracia es culpa del vecino.
El mecanismo es viejo.
La tecnología es nueva.
Quizá el verdadero progreso sea sospechar del "sentido común"
Por eso quizá una sociedad verdaderamente madura no sea aquella que está convencida de haber eliminado todos sus prejuicios.
Quizá sea aquella que aprende a preguntar:
"¿Por qué consideramos esto normal?"
¿Por qué creemos que el éxito demuestra automáticamente virtud?
¿Por qué suponemos que el fracaso demuestra automáticamente culpa?
¿Por qué consideramos natural una determinada distribución de riqueza?
¿Por qué creemos que algunas personas merecen oportunidades y otras simplemente deben "esforzarse más"?
¿Por qué una estructura social que beneficia a millones durante décadas empieza a parecer una ley de la física?
No necesitamos concluir que todo es conspiración.
Ni que todo rico es malvado.
Ni que todo pobre es virtuoso.
Eso sería sustituir una simplificación por otra.
Lo que necesitamos es algo mucho más incómodo:
pensar.
Porque quizá el mayor triunfo de cualquier ideología no consiste en conseguir que la gente crea una mentira.
Consiste en conseguir que la gente deje de imaginar que las cosas podrían ser diferentes.
Y entonces aparece el verdadero poder del tiempo.
Lo que hoy defendemos apasionadamente puede convertirse mañana en una reliquia.
La sociedad puede mirar nuestras certezas y decir:
"Qué extraños eran."
Y quizá, sólo quizá, alguna generación futura mire hacia atrás y encuentre una frase como "el pobre es pobre porque quiere" tan intelectualmente primitiva como hoy nos parece decir:
"Las mujeres no deben trabajar porque son menos inteligentes."
No porque nuestros nietos sean más inteligentes que nosotros.
Sino porque finalmente habrán aprendido algo que cada generación descubre demasiado tarde:
que muchas de las cosas que llamamos sentido común son simplemente prejuicios que tuvieron suficiente tiempo para conseguir trabajo fijo.
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