Hay algo maravillosamente absurdo en la política moderna.
Puedes estar debajo de tres toneladas de concreto, con una pierna atrapada, sin agua, sin aire y con las primeras 72 horas de supervivencia escurriéndose como arena entre los dedos...
Pero tranquilo.
El gobierno está verificando la orientación ideológica del rescatista.
Porque aparentemente, antes de sacar a una persona de los escombros hay que preguntarle al perro de rescate:
—¿Tu gobierno es de derecha?
El perro mueve la cola.
—¿Tienes certificación internacional?
El perro vuelve a mover la cola.
—¿Y qué opinas de la política exterior colombiana?
El perro ladra.
—¡Perfecto! ¡Que pase!
Así funciona el maravilloso mundo de la diplomacia humanitaria.
Tras el terremoto de magnitud 7,4 que golpeó Colombia el 10 de agosto de 2026, el gobierno de Abelardo de la Espriella anunció que recibiría equipos internacionales de búsqueda y rescate de Estados Unidos, Israel, Ecuador y El Salvador, mientras otros países habían ofrecido asistencia. La explicación oficial fue técnica: los equipos debían cumplir protocolos y contar con reconocimiento o certificación internacional.
Y hasta ahí, perfecto.
Porque si tienes que enviar un equipo especializado a una zona de desastre, tiene sentido exigir preparación, coordinación, experiencia, autonomía logística y estándares internacionales.
El problema aparece cuando uno mira la lista.
Estados Unidos.
Israel.
Ecuador.
El Salvador.
Cuatro países.
Y entonces uno empieza a preguntarse si estamos organizando una operación internacional de rescate...
o una reunión de amigos del presidente.
Porque México ofreció ayuda.
Otros países también.
Y entonces surge la pregunta que debería ser tan elemental que hasta un político tendría dificultades para estropearla:
¿La persona atrapada bajo los escombros sabe de qué país viene quien va a rescatarla?
No.
¿El concreto distingue entre un rescatista mexicano y uno estadounidense?
No.
¿Un perro especializado en búsqueda de sobrevivientes revisa el pasaporte de la persona que encuentra?
Espero sinceramente que no.
Porque entonces tendríamos que entrenar a los perros en relaciones internacionales.
—¡Fido, detecta sobrevivientes!
—Guau.
—¿Y qué encontraste?
—Guau.
—¿Mexicano?
—Guau.
—¿Cubano?
—Gruñido.
—¡Buen perro!
La tragedia es que la política tiene una enfermedad bastante peculiar: convierte cualquier cosa en identidad ideológica.
La educación.
La salud.
La migración.
La economía.
La memoria histórica.
Y ahora, aparentemente, hasta los equipos de rescate.
Pero hay momentos en los que la ideología debería quedarse afuera.
Un terremoto es uno de esos momentos.
Cuando un edificio se desploma, la víctima no se convierte en conservadora o progresista. No se vuelve liberal, socialista, nacionalista ni globalista.
Se convierte en una persona que necesita ayuda.
Y el rescatista tampoco debería convertirse en embajador.
Es rescatista.
Su trabajo es encontrar gente viva.
Punto.
La excusa técnica
Aquí conviene ser justos.
El gobierno colombiano sostiene que la selección no responde a razones políticas, sino a criterios técnicos y protocolos internacionales.
Y esa explicación debe tomarse en serio.
Porque sería intelectualmente flojo afirmar:
"Como esos cuatro países son políticamente cercanos al gobierno, entonces necesariamente fueron seleccionados por razones ideológicas."
No necesariamente.
Pero también sería ingenuo decir:
"No hay ninguna cuestión política porque el gobierno afirma que no la hay."
La coincidencia merece preguntas.
Sobre todo porque uno de los elementos más llamativos es que El Salvador no aparecía registrado en el directorio de equipos USAR de INSARAG de Naciones Unidas, mientras que Estados Unidos, Israel y Ecuador sí tenían presencia en ese sistema, según reportes de prensa.
Y ahí aparece la pregunta incómoda:
Si el argumento fundamental es la certificación internacional...
¿por qué precisamente esos cuatro?
La respuesta debería ser pública, técnica y verificable.
No necesitamos teorías conspirativas.
Necesitamos documentos.
¿Cuántos equipos fueron ofrecidos?
¿Cuáles estaban disponibles?
¿Cuáles estaban certificados?
¿Cuánto tardaban en llegar?
¿Qué capacidades tenían?
¿Por qué unos sí y otros no?
¿Cuál era el costo?
¿Cuál era su autonomía?
¿Cuál era su experiencia?
Eso es transparencia.
Porque en una democracia seria, cuando el gobierno toma una decisión polémica durante una emergencia, no debería responder:
"Confíen en nosotros."
Debería responder:
"Aquí están los criterios. Aquí están los datos. Compruébenlos."
Porque debajo del escombro no hay diplomáticos
Este es el punto moral de todo el asunto.
La ayuda humanitaria debería funcionar bajo una regla extraordinariamente sencilla:
primero la vida; después la política.
No al revés.
Porque si la política determina quién puede salvar a una persona, entonces hemos conseguido algo verdaderamente espectacular:
hemos logrado que la ideología llegue antes que la ambulancia.
Y eso sí sería una innovación latinoamericana.
Imaginen el protocolo:
Paso uno: localizar sobrevivientes.
Paso dos: evaluar daños estructurales.
Paso tres: verificar nacionalidad del rescatista.
Paso cuatro: consultar orientación política.
Paso cinco: si todo está en orden, proceder al rescate.
Mientras tanto, debajo de los escombros:
—¿Ya vienen?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Estamos esperando que determinen si el equipo es políticamente compatible.
—Ah.
—Pero tranquilo.
—¿Por qué?
—Porque el presidente está muy preocupado.
Magnífico.
La víctima puede morir, pero por lo menos morirá sabiendo que hubo preocupación presidencial.
La tragedia de convertir al Estado en club de amigos
Lo peligroso de politizar la ayuda humanitaria no es solamente que pueda retrasar operaciones.
Es que destruye algo mucho más importante: la confianza.
Cuando un ciudadano ve que un país ofrece ayuda y el gobierno la rechaza, inevitablemente pregunta:
"¿Por qué?"
Si la respuesta es técnica y demostrable, perfecto.
Si la respuesta es política, estamos ante otro problema.
Porque un Estado no administra una tragedia como administra una campaña electoral.
No debería preguntar:
"¿Quién está con nosotros?"
Debería preguntar:
"¿Quién puede ayudarnos?"
Hay una diferencia gigantesca entre ambas preguntas.
La primera pertenece a la política partidista.
La segunda pertenece a la supervivencia.
Y quizá deberíamos recordar algo que la política contemporánea parece haber olvidado:
un gobierno no recibe ayuda para quedar bien con sus aliados; recibe ayuda para salvar a sus ciudadanos.
El perro de rescate tiene mejor política exterior
Tal vez deberíamos poner al perro de rescate al frente de la diplomacia internacional.
Porque el perro tiene una ventaja sobre nosotros:
no le importa de dónde vienes.
Huele.
Busca.
Encuentra.
Y cuando encuentra a alguien vivo debajo de los escombros, no pregunta si votó por Petro, por De la Espriella, por la derecha, por la izquierda o por el Partido del Perro.
Lo saca.
Ese animal entiende algo que algunos seres humanos, después de miles de años de civilización, todavía no consiguen entender:
la vida humana vale antes de la bandera.
Y ahí está la verdadera prueba de cualquier gobierno.
No en sus discursos.
No en sus fotografías.
No en sus alianzas internacionales.
No en cuántos presidentes amigos tiene.
La prueba está en qué hace cuando su gente está debajo de los escombros.
Porque cuando la tierra tiembla, desaparecen los discursos.
Desaparecen las banderas.
Desaparecen los comunicados.
Y durante unos minutos terriblemente largos solo queda una pregunta:
¿Hay alguien vivo ahí abajo?
Si la respuesta es sí, entonces que entre quien pueda ayudar.
Mexicano.
Colombiano.
Japonés.
Chileno.
Estadounidense.
Israelí.
Brasileño.
De derecha.
De izquierda.
Ateo.
Católico.
Comunista.
Capitalista.
Marciano, si trae el equipo adecuado.
Primero sáquenlo.
Después discutimos geopolítica.
Porque hay una regla que debería estar escrita en la puerta de toda oficina de gestión de desastres del planeta:
Cuando alguien está atrapado bajo los escombros, la ideología del rescatista es irrelevante. Lo único relevante es que llegue a tiempo.
Y si un gobierno no entiende eso...
quizá el problema no sea el terremoto.
Quizá el terremoto simplemente haya revelado dónde estaban las grietas.
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