sábado, 15 de agosto de 2026

 Carmen Aristegui señaló que la elaboración y presentación de listas públicas con nombres de periodistas y medios remite a prácticas de regímenes totalitarios como el nazismo o el estalinismo. Posteriormente, tras las reacciones en la conferencia presidencial, aclaró que criticó el uso de dichos listados, no a la mandataria directamente.

Cuando una lista de enemigos ya es el Tercer Reich

Hay una enfermedad bastante curiosa en la política contemporánea: la incapacidad de distinguir entre una mala decisión, una decisión autoritaria y el apocalipsis.

Alguien propone hacer una lista de adversarios políticos y, cinco minutos después, ya estamos desempolvando fotografías de Hitler, Stalin y Mussolini.

Calma.

Primero averigüemos qué carajos dice la lista.

Porque una lista puede ser una estupidez. Puede ser peligrosa. Puede ser ilegal. Puede ser políticamente miserable. Puede ser una herramienta de intimidación. Puede incluso convertirse en un mecanismo de persecución.

Pero una lista no convierte automáticamente a México en la Alemania de 1938.

Eso sería como decir que porque tu vecino compró una pala, está preparando una fosa común.

Quizá solamente quiere plantar un árbol.

La dictadura que permite quejarse de la dictadura

Aquí aparece una pequeña dificultad para quienes anuncian el nacimiento inmediato del totalitarismo mexicano:

¿Quién está denunciándolo?

Periodistas.

Columnistas.

Opositores.

Académicos.

Ciudadanos.

Medios de comunicación.

Y lo hacen públicamente.

Critican a la presidenta.

Critican al Congreso.

Critican a Morena.

Critican al gobierno.

Critican las reformas.

Critican las mañaneras.

Critican prácticamente todo.

Y luego publican:

“¡México se está convirtiendo en una dictadura!”

Desde un medio de comunicación.

En internet.

Para que millones de personas lo lean.

Eso plantea un pequeño problema logístico para la teoría de la dictadura.

Porque si esto fuera realmente el estalinismo, habría que imaginar a Stalin diciendo:

—Camarada, hemos preparado una lista de nuestros enemigos.

—¿Y qué hacemos con ellos?

—Nada todavía. Primero dejemos que publiquen un artículo criticándonos y después hacemos una encuesta en redes sociales.

No parece exactamente el gulag.

Pero tampoco hay que ser ingenuos

Ahora viene la parte incómoda.

Que México no sea una dictadura no significa que cualquier cosa que haga el gobierno esté bien.

Y aquí es donde la discusión debería ser mucho más adulta.

Si un gobierno elabora listas de personas consideradas adversarias, hay preguntas perfectamente legítimas:

¿Para qué?

¿Quién las elaboró?

¿Con qué criterios?

¿Quién tendrá acceso a ellas?

¿Se utilizarán para investigar delitos reales o para señalar enemigos políticos?

¿Se protegerán los datos personales?

¿Habrá consecuencias para quienes aparezcan allí?

¿Existe supervisión judicial?

¿Hay mecanismos para defenderse?

Eso sí importa.

Porque las democracias no se destruyen necesariamente con un golpe de Estado a las tres de la mañana.

A veces empiezan deteriorándose mediante pequeñas normalizaciones:

“Es solamente una lista.”

“Es solamente un señalamiento.”

“Es solamente una investigación.”

“Es solamente una institución que perdió independencia.”

“Es solamente un adversario.”

Por eso una democracia inteligente vigila las pequeñas cosas sin convertir cada pequeña cosa en Auschwitz.

Esa sería una posición bastante razonable.

El problema de invocar siempre a Hitler

Hay otra tragedia contemporánea: Hitler se ha convertido en el comodín argumentativo de la política.

¿El gobierno subió impuestos?

Hitler.

¿El gobierno atacó a un periodista?

Hitler.

¿El gobierno hizo una lista?

Hitler.

¿El gobierno prohibió algo?

Bueno, espere usted cinco minutos y seguramente aparecerá Hitler.

Y el problema es que cuando Hitler aparece en todas las discusiones, termina perdiendo capacidad explicativa.

Porque Hitler no fue simplemente un político antipático.

El nazismo implicó una dictadura totalitaria, destrucción de la oposición, terror estatal, policía política, persecución racial sistemática, campos de concentración y finalmente un proyecto genocida.

Stalin tampoco fue simplemente “un gobernante que concentró demasiado poder”.

Estamos hablando de sistemas políticos de una magnitud represiva extraordinaria.

Por eso comparar un mecanismo determinado con mecanismos utilizados históricamente por regímenes autoritarios puede ser intelectualmente válido.

Pero decir:

“Esto demuestra que estamos camino al nazismo”

es otra cosa.

Ahí hay que presentar pruebas.

No emociones.

No insinuaciones.

Pruebas.

Y luego está el pequeño elefante del norte

México tiene además una característica geopolítica bastante incómoda para quienes imaginan una dictadura mexicana naciendo tranquilamente mientras el mundo contempla el espectáculo con una bolsa de palomitas.

Tenemos a Estados Unidos a unos kilómetros.

El país más poderoso del continente.

Nuestro principal socio comercial.

Una potencia con enormes intereses económicos, migratorios, energéticos, militares y estratégicos en México.

¿Realmente alguien cree que una transformación radical de México en una dictadura totalitaria pasaría inadvertida para Washington?

Por supuesto que no.

Y aquí hay que hacer otra distinción.

Estados Unidos no es el caballero blanco de la democracia latinoamericana. La historia demuestra que Washington ha apoyado gobiernos democráticos, dictaduras, golpes de Estado y operaciones que hoy resultan bastante difíciles de defender.

Así que tampoco debemos construir la fantasía de:

“Estados Unidos jamás permitiría una dictadura porque ama profundamente la democracia.”

No.

Estados Unidos defiende, sobre todo, sus intereses.

Y precisamente por eso una crisis política extrema en México sería un asunto gigantesco para Washington.

Pero de ahí a afirmar automáticamente:

“Estados Unidos derrocaría al gobierno de izquierda”

hay otro salto monumental.

Una intervención militar estadounidense en México tendría consecuencias económicas, diplomáticas, migratorias y estratégicas enormes.

México no es Panamá.

No es Granada.

No es un pequeño país al otro lado del planeta.

Es uno de los países más importantes de América Latina y vecino directo de Estados Unidos.

La democracia no necesita dramatización; necesita vigilancia

Si alguien considera que elaborar determinadas listas es peligroso, que lo demuestre.

Que explique qué derechos vulnera.

Que examine las leyes.

Que investigue quién las produce.

Que documente sus consecuencias.

Que denuncie abusos concretos.

Eso es periodismo.

Eso es oposición.

Eso es democracia.

Pero convertir cada decisión polémica en el prólogo de una nueva Noche de los Cristales Rotos no ayuda demasiado.

Porque cuando todo es fascismo, nada es fascismo.

Cuando todo es dictadura, la palabra dictadura pierde significado.

Y cuando Hitler aparece hasta en la lista del supermercado, finalmente uno empieza a sospechar que el problema no es Hitler.

Es que alguien se quedó sin argumentos.

La democracia mexicana tiene problemas reales. Tiene corrupción, desigualdad, violencia, instituciones que deben fortalecerse, conflictos entre poderes, concentración política y debates muy serios sobre independencia institucional y libertad de expresión.

Precisamente por eso no necesitamos inventarle problemas que todavía no existen.

Necesitamos mirar los que sí existen.

Con lupa.

Con documentos.

Con evidencia.

Y, sobre todo, sin convertir cada desacuerdo político en el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.

Porque una democracia madura no dice:

“No pasa nada.”

Pero tampoco dice:

“¡Hitler!”

Dice algo mucho menos espectacular:

“Enséñame las pruebas.”

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