La enfermedad es letal, pero tranquilo: probablemente no te vas a morir
Hay una de esas pequeñas trampas del lenguaje científico que me fascinan.
Un epidemiólogo te dice:
—Esta enfermedad es letal.
Y tú inmediatamente piensas:
—Perfecto. ¿Dónde está mi testamento?
Pero resulta que “letal” puede significar algo bastante diferente de lo que entiende cualquier ser humano con dos neuronas y ganas de seguir utilizando ambas.
Porque si te dicen:
“Esta enfermedad tiene una letalidad del 1%.”
El científico está siendo perfectamente preciso.
El ciudadano está pensando:
“¿Y eso qué demonios significa para mí?”
Porque el ciudadano no está interesado en la ontología estadística de la muerte. Quiere saber algo mucho más sencillo:
“Doctor, ¿me voy a morir?”
Y aquí aparece la maravillosa respuesta científica:
—Bueno... depende.
Ah, sí. El famoso “depende”. La palabra favorita de cualquier persona que quiere darte información sin comprometerse emocionalmente con ella.
Entonces preguntas:
—¿Qué posibilidades tengo de sobrevivir?
—El 99%.
Y de pronto cambia toda la conversación.
¡Noventa y nueve por ciento!
Eso ya no suena a película de catástrofes. Suena a:
“Bueno, probablemente salgo de esta. ¿Dónde está el menú?”
Pero dile al mismo ciudadano:
—Tu enfermedad es letal.
¡Joder!
Ya está. El hombre está llamando a sus hermanos, repartiendo las herramientas del garaje y buscando quién se queda con el perro.
Y técnicamente nadie mintió.
Ese es el maravilloso mundo de las palabras.
Porque “letal” significa, en el lenguaje médico, que una enfermedad puede provocar la muerte. Pero en el lenguaje humano suele significar:
“Esto probablemente te va a matar.”
Y no es exactamente lo mismo.
Una enfermedad con una letalidad del 1% puede llamarse técnicamente mortal. Pero si yo soy el paciente, lo que quiero saber no es si la enfermedad pertenece a la aristocracia conceptual de las enfermedades mortales.
Quiero saber si tengo 99 oportunidades de salir caminando del hospital por cada una de acabar convertido en estadística.
Porque los seres humanos somos así de primitivos.
No pensamos:
“Interesante, la razón de mortalidad específica por caso presenta una incidencia estadísticamente significativa.”
Pensamos:
“¿Me muero o no me muero?”
Y cuanto antes nos contesten eso, mejor.
Aquí también aparece otro problema: los números absolutos nos impresionan muchísimo más que los porcentajes cuando somos nosotros los que estamos en la ecuación.
“Murieron un millón de personas.”
¡Dios mío!
“Tu probabilidad individual de morir es del 0.1%.”
Bueno... dame otro café.
Y ambas cosas pueden ser ciertas simultáneamente.
Una enfermedad puede matar a millones y, aun así, representar para un individuo determinado un riesgo relativamente pequeño.
Eso es precisamente lo que hace tan jodidamente difícil hablar de pandemias, cáncer, accidentes y riesgos en general.
Porque hay dos preguntas completamente distintas:
¿Cuánta gente muere?
y
¿Qué posibilidades tengo yo de morir?
Los epidemiólogos necesitan ambas.
El individuo necesita especialmente la segunda.
Si alguien te dice:
—De cada mil personas que contraen esto, una muere.
Tu cerebro puede procesarlo.
Pero si te dice:
—Es una enfermedad mortal.
Tu cerebro ya está escribiendo música fúnebre.
Y entonces tenemos a los seres humanos haciendo lo que mejor sabemos hacer: asustarnos con palabras antes de averiguar los números.
Por eso quizá habría que prohibir durante un rato ciertas palabras dramáticas.
Nada de:
“enfermedad mortal”.
Dime:
“Tienes un 99% de probabilidades de sobrevivir.”
Y después, si quieres, me das la clase de epidemiología.
Porque si vas a hablarle a una persona que acaba de recibir un diagnóstico, quizá sea más importante decirle qué probabilidades tiene de seguir vivo el año que viene que explicarle que la enfermedad, técnicamente hablando, pertenece al género de las cosas que ocasionalmente matan.
Aunque, claro, eso sería demasiado sencillo.
Y la ciencia moderna tiene una regla no escrita:
si puedes explicar algo en una frase, siempre puedes convertirlo en una tabla de 47 columnas.
Así que ahí seguimos.
El médico hablando de letalidad.
El paciente preguntando por su supervivencia.
Y ambos creyendo que están hablando del mismo asunto.
No estamos ante una crisis de ciencia. Estamos ante una crisis de traducción.
Y, como casi siempre, el problema no es solamente lo que sabemos.
Es cómo carajo lo decimos.
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