sábado, 22 de agosto de 2026

 Surge así el culto al líder, que es querido y temido al mismo tiempo. Temido porque infunde miedo y se nutre de la cobardía, ya que él mismo es cobarde y receloso de perder el poder, pues sin él queda inerme y desnudo. Y querido porque a cambio hace que el débil se sienta fuerte, da cobijo al excluido y desamparado, consiguiendo que se considere importante, incluso superior, a través de un sentimiento de pertenencia al grupo y de rechazo y odio a quienes son diferentes o no forman parte de la manada.

Los dictadores, y también algunos políticos de corte autoritario, han demostrado estas nefastas cualidades de las que hablo, incluso hasta el fin de su existencia. Cuando debieron desplegar la valentía de la que alardeaban y con la que, a través de sus grandilocuentes discursos, pretendían adoctrinar a sus fieles, se olvidaron de ella y se arrastraron ante quien fuera para salvar la piel. 

Pinochet, por ejemplo, no fue capaz de pronunciar palabra alguna ante un tribunal —ni en Londres ni a su regreso en Santiago de Chile— para defender sus convicciones y los actos que en su nombre se habían perpetrado. «No sé», «no me acuerdo» o «no es cierto» fueron sus únicas manifestaciones. Su defensa se construyó a base de inmunidades emanadas de un trasnochado concepto de la soberanía nacional, además de unos exámenes médicos que certificaron en falso su auténtico estado de salud a uno y otro lado del charco, dando a entender que no podría soportar un juicio en su contra. Pero en cuanto se sintió a salvo, se levantó de su silla de ruedas, caminó, abrazó a sus amigos y saludó a los presentes blandiendo su bastón. 

Y yo me pregunto: ¿dónde quedó el valiente soldado?, ¿qué fue del general de gafas oscuras y brazos cruzados que a ojos del mundo entero encabezó un golpe de Estado? A la hora de la verdad, respondió con silencio, mentiras y jugarretas; sin nada en el fondo, sin sustancia; otra característica muy propia del fascismo.

Baltasar Garzón

El fragmento de Baltasar Garzón apunta a una paradoja central del autoritarismo: el líder que se presenta como encarnación de la fuerza suele necesitar una multitud que le preste la fuerza que él mismo no posee.

1. El líder fuerte necesita seguidores que se sientan débiles

Garzón describe muy bien el mecanismo psicológico del culto al líder. No basta con que exista un dictador que mande. Tiene que existir también una comunidad que encuentre algo emocionalmente satisfactorio en obedecerlo.

El líder ofrece una especie de intercambio:

«Yo te doy pertenencia; tú me das obediencia».

El individuo frustrado, humillado o socialmente desplazado encuentra en el grupo una identidad que no tenía por sí mismo. Ya no es simplemente yo. Ahora es nosotros. Y ese nosotros necesita un ellos.

Ahí aparece uno de los elementos más peligrosos del autoritarismo: la fabricación del enemigo.

El excluido puede sentirse poderoso cuando descubre que pertenece al grupo que supuestamente representa a la nación auténtica, al pueblo verdadero, a los buenos ciudadanos, a los patriotas. El líder consigue entonces algo extraordinario: convierte la frustración individual en orgullo colectivo y la inseguridad en agresividad.

No necesita solucionar necesariamente los problemas del individuo.

Puede bastarle con darle alguien a quien culpar.

2. El miedo y el amor pueden convivir

Garzón utiliza una idea particularmente interesante: el líder es querido y temido simultáneamente.

Parece contradictorio, pero no lo es.

El miedo garantiza la obediencia.
El amor garantiza la identificación.

El ciudadano no solamente teme al poder. Puede llegar a sentir afecto por quien lo domina, porque ese poder también le proporciona una sensación de protección.

Es el viejo mecanismo del padre autoritario: castiga, pero también protege. Y precisamente por eso su autoridad puede adquirir una dimensión emocional.

El problema aparece cuando la lealtad deja de depender de lo que hace el líder y comienza a depender de quién es el líder.

Entonces cualquier crítica se convierte en traición.

Si el dirigente se equivoca, sus seguidores encuentran una explicación.

Si miente, encuentran una justificación.

Si fracasa, buscan culpables.

Si comete abusos, dicen que eran necesarios.

El líder deja de ser evaluado por sus actos. Sus actos empiezan a ser evaluados a partir de la necesidad de defender al líder.

Y ahí la política comienza a parecerse peligrosamente a una religión sin dioses.

3. La cobardía escondida detrás de la retórica de la fuerza

La parte más mordaz del texto es probablemente la dedicada a Pinochet.

Garzón desmonta la teatralidad del dictador.

El uniforme.
Las gafas oscuras.
El gesto rígido.
Los discursos sobre orden, patria y autoridad.

Todo eso construye una imagen de fortaleza.

Pero la fortaleza política tiene una prueba mucho más sencilla que un uniforme militar: qué hace una persona cuando ya no tiene el poder para protegerla.

Mientras Pinochet controlaba el Estado, tenía ejército, policía, instituciones y una estructura de poder detrás, podía representar al hombre fuerte.

Cuando apareció la posibilidad de responder ante un tribunal, apareció otro Pinochet.

El hombre de las grandes palabras se convirtió en el hombre de las pequeñas respuestas: no sé, no recuerdo, no es cierto.

Y aquí está la ironía que Garzón quiere revelar:

el hombre que había construido su autoridad alrededor de la valentía terminó construyendo su defensa alrededor de la incapacidad.

No es solamente una cuestión jurídica. Es simbólica.

El supuesto héroe de la patria necesitó que la patria lo protegiera de responder por sus actos.

4. La silla de ruedas como símbolo político

El episodio de la silla de ruedas resulta especialmente poderoso porque transforma un objeto médico en una imagen política.

Garzón sostiene que Pinochet fue presentado como demasiado enfermo para enfrentar un proceso, pero después apareció caminando, saludando y abrazando.

Más allá de las circunstancias médicas concretas y de las controversias jurídicas de aquellos años, la escena funciona en el argumento de Garzón como una demolición de la máscara.

El dictador ya no aparece como el hombre invulnerable que imponía miedo.

Aparece como alguien que necesita protección.

Y eso revela algo importante sobre las dictaduras: el poder absoluto puede producir una extraordinaria ilusión de omnipotencia.

El gobernante parece invencible porque durante años nadie puede decirle que no.

Pero eso no significa necesariamente que sea valiente.

Muchas veces significa exactamente lo contrario: ha construido un sistema en el que nunca necesita demostrar su valentía.

5. El autoritarismo fabrica hombres indispensables

Aquí podemos ir incluso un poco más lejos que Garzón.

El culto al líder funciona porque destruye progresivamente la idea de que las instituciones pueden sobrevivir al individuo.

El líder empieza diciendo:

«Yo represento al pueblo».

Después:

«Yo soy quien puede salvar al pueblo».

Y finalmente:

«Sin mí, el pueblo está perdido».

Ese último paso es decisivo.

Porque entonces cuestionar al líder deja de ser una discrepancia política. Se convierte en una amenaza existencial.

El país y el gobernante comienzan a confundirse.

La patria tiene su rostro.

La revolución tiene su rostro.

El pueblo tiene su rostro.

Y cuando el Estado adquiere rostro humano, la crítica al gobernante puede ser presentada como odio a la nación.

Es una trampa magnífica desde el punto de vista del poder.

6. Y aparece la paradoja final

El líder autoritario necesita mostrarse gigantesco porque, en el fondo, sabe que su poder depende de que todos crean que es gigantesco.

Por eso el culto es tan importante.

Una institución fuerte no necesita que sus ciudadanos la amen.

Un líder fuerte, en cambio, puede necesitarlo desesperadamente.

Porque una institución permanece cuando cambia el individuo.

El culto al líder intenta conseguir exactamente lo contrario: que el individuo parezca más importante que la institución.

Por eso los autócratas suelen preocuparse tanto por las imágenes, los discursos, las ceremonias, los símbolos, los enemigos y las demostraciones de fuerza. El poder no solamente necesita mandar. Necesita parecer inevitable.

Y quizá ahí esté la idea más profunda del fragmento de Garzón:

el autoritarismo no se sostiene únicamente mediante la violencia. También se sostiene mediante la imaginación.

La imaginación de un líder invencible.

La imaginación de un pueblo elegido.

La imaginación de una nación amenazada.

La imaginación de que todos los problemas tienen un culpable.

Y cuando finalmente cae el escenario, cuando desaparecen los uniformes, los aplausos y las multitudes, puede quedar algo mucho más pequeño detrás de aquella gigantesca figura:

un hombre asustado intentando conservar el poder que le daba la apariencia de ser fuerte.

La historia política está llena de monumentos construidos alrededor de hombres que parecían gigantes hasta que dejaron de tener ejército, micrófono y escolta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario