El imperio dice: «Es hora de decidir»
Hay algo profundamente entrañable en los imperios cuando empiezan a sentirse amenazados.
Se vuelven solemnes.
Se reúnen.
Redactan comunicados.
Convocan a embajadores.
Y finalmente miran al resto del planeta con la expresión de un mafioso que acaba de descubrir la diplomacia:
«Es hora de decidir».
Washington acaba de lanzar uno de esos mensajes.
La idea es sencilla: si un país continúa haciendo negocios con Irán, puede encontrarse con la amable atención de Estados Unidos, esa clase de atención que viene acompañada de sanciones, restricciones financieras y una factura económica considerable.
No es exactamente una pistola sobre la mesa.
Es algo más sofisticado.
Es la pistola, la mesa, el banco, la tarjeta de crédito, el mercado financiero y el banco central… todo propiedad del mismo tipo.
Y entonces uno comprende que el imperio moderno ya no necesita conquistar países para decirles cómo comportarse.
Le basta con controlar buena parte de las tuberías por las que circula el dinero.
Roma tenía legiones. Washington tiene bancos.
Los romanos tenían una técnica muy sencilla para administrar el mundo:
—Haz lo que decimos.
—¿Y si no?
—Tenemos legiones.
Estados Unidos desarrolló una versión considerablemente más elegante:
—Haz lo que decimos.
—¿Y si no?
—Tenemos sanciones.
—¿Nada más?
—También tenemos el dólar.
—Ah.
—Y SWIFT.
—Comprendo.
—Y acceso al mercado estadounidense.
—Ya entendí.
La diferencia es que el romano aparecía con una espada y el estadounidense aparece con un abogado del Departamento del Tesoro.
La violencia cambió de vestuario.
El truco maravilloso de las sanciones secundarias
Aquí aparece una de las características más extraordinarias del poder estadounidense contemporáneo.
Washington puede decirle a un país:
«Tú no puedes comerciar con Irán».
Y el otro país podría responder:
«Perdón, pero Irán está a miles de kilómetros y nosotros somos un país soberano».
Entonces Washington contesta:
«Naturalmente. Eres perfectamente soberano. Puedes comerciar con Irán cuanto quieras».
Pausa dramática.
«Sólo que entonces tendrás problemas para comerciar con nosotros».
Ah.
La soberanía sigue intacta.
Simplemente viene con términos y condiciones.
Es como decirle a alguien:
«Puedes elegir libremente cualquier restaurante de la ciudad… siempre que sea éste.»
Y luego llamarlo libertad de elección.
El nuevo imperio no necesita ocupar tu capital
Ésta es quizá la parte más interesante.
Durante siglos, el poder imperial consistió fundamentalmente en controlar territorios.
Roma necesitaba tropas.
España necesitaba virreyes.
Gran Bretaña necesitaba colonias.
El imperio estadounidense descubrió algo muchísimo más cómodo:
puedes ejercer poder sobre un país sin gobernarlo directamente.
No necesitas poner una bandera en su palacio presidencial.
Necesitas conseguir que sus bancos teman desobedecerte.
Que sus empresas teman perder acceso a tus mercados.
Que sus gobiernos calculen cuánto les costaría desafiarte.
Y entonces sucede algo fascinante:
El país sigue teniendo presidente.
Tiene parlamento.
Tiene himno.
Tiene bandera.
Tiene soberanía.
Tiene incluso un discurso patriótico sobre su independencia.
Pero antes de firmar un contrato con Teherán alguien pregunta:
—¿Qué va a decir Washington?
Y ahí aparece el pequeño detalle.
El imperio ya está dentro de la calculadora.
«Es por la seguridad»
Aquí entra siempre el argumento favorito de las grandes potencias:
la seguridad.
Nunca es:
«Queremos conservar nuestra posición privilegiada.»
Eso sonaría feo.
Es:
«La comunidad internacional debe actuar responsablemente ante una amenaza a la seguridad global.»
Mucho mejor.
Los imperios también tienen departamentos de relaciones públicas.
Y hay que reconocer que son buenos.
Porque si un país poderoso bombardea, sanciona o bloquea a otro, rara vez dice:
«Estamos defendiendo nuestros intereses estratégicos.»
No.
Dice:
«Estamos defendiendo la estabilidad internacional.»
Es una frase preciosa.
Tiene la ventaja de que nadie sabe exactamente qué significa.
Pero cuidado con la caricatura
Ahora viene la parte incómoda.
Que Estados Unidos utilice su poder de manera imperial no significa que Irán sea una víctima angelical de la historia.
Irán tiene sus propios intereses, sus propias políticas regionales, sus propias alianzas, sus propios conflictos y su propia maquinaria de poder.
Y una potencia que quiere limitar la capacidad iraní de hacer determinadas cosas puede tener argumentos legítimos.
El problema comienza cuando una potencia transforma:
«Tengo un problema con Irán»
en:
«Por lo tanto, el resto del planeta debe tener el mismo problema.»
Ahí ya no estamos hablando simplemente de política exterior.
Estamos hablando de jurisdicción imperial.
La cuestión no es si Irán es bueno.
La cuestión es quién tiene derecho a decidir con quién puede comerciar Indonesia, India, Turquía, Brasil, México o cualquier otro país.
Porque si aceptamos que una potencia puede imponer unilateralmente sus decisiones económicas al resto del planeta, acabamos aceptando una idea bastante peculiar de soberanía:
todos los países son independientes, pero algunos son más independientes que otros.
Qué coincidencia.
El problema de fondo para Washington
Y aquí es donde la historia se pone interesante.
Porque un imperio puede ejercer una enorme cantidad de presión mientras los demás dependen de él.
Pero existe un pequeño inconveniente:
los demás pueden empezar a construir alternativas.
Si constantemente utilizas tu moneda, tu sistema financiero, tus mercados y tus sanciones como instrumentos de política exterior, otros países comienzan a pensar:
—Quizá deberíamos depender menos de todo eso.
Y entonces empiezan a comerciar en otras monedas.
Crean mecanismos alternativos.
Buscan otros proveedores.
Fortalecen alianzas.
Diversifican reservas.
Construyen rutas comerciales que no pasen por las tuberías controladas por Washington.
No sucede de la noche a la mañana.
Pero los imperios rara vez se derrumban porque alguien aprieta un botón.
Se erosionan.
Una dependencia menos aquí.
Otra menos allá.
Un socio que comienza a buscar alternativas.
Otro que descubre que puede negociar con China.
Otro que decide que las sanciones estadounidenses ya no le parecen tan aterradoras.
Y un día alguien en Washington descubre que la frase:
«Si no hacen lo que decimos, sufrirán las consecuencias»
ya no produce exactamente el mismo silencio reverencial.
Roma también pensaba que Roma era eterna
Ésta es la parte que los imperios suelen olvidar.
Todos creen que su momento histórico es permanente.
Roma no despertó una mañana diciendo:
«Muchachos, creo que estamos entrando en nuestra decadencia.»
El Imperio británico tampoco imprimió un folleto titulado:
Cómo administrar correctamente el declive imperial.
Las potencias no suelen percibir su propia pérdida de poder como pérdida de poder.
La perciben como:
«Los demás se están volviendo insolentes.»
Y ése es un detalle histórico fascinante.
Cuando una potencia dominante empieza a encontrar cada vez más difícil conseguir obediencia, puede interpretar el fenómeno como una crisis de disciplina.
Entonces aprieta más.
Amenaza más.
Sanciona más.
Castiga más.
Y, paradójicamente, puede acelerar aquello que quería evitar.
Porque cada amenaza puede convencer a otro país de que necesita ser menos dependiente.
El imperio en modo romano
Por eso la imagen tiene cierta gracia:
Washington mirando al planeta:
«Es hora de decidir.»
Y el resto del mundo mirando el mapa:
«¿Decidir qué?»
—«Si están con nosotros o con Irán.»
—«¿Y si queremos estar con nosotros mismos?»
Silencio.
Porque ésa es precisamente la pregunta que empieza a incomodar.
El siglo XXI está lleno de países que no quieren sustituir un imperio por otro.
No quieren elegir entre Washington y Pekín.
No quieren ser satélites de Moscú.
No quieren que Teherán les diga qué hacer.
Quieren algo mucho más revolucionario:
hacer sus propios negocios.
Qué concepto tan extravagante.
La verdadera batalla
Por eso quizá la pelea más importante no sea Israel contra Irán, ni Estados Unidos contra Irán.
Es algo más grande:
¿Quién establece las reglas económicas del siglo XXI?
¿Una sola potencia?
¿Varias grandes potencias?
¿Un sistema multipolar?
¿Un mundo donde las sanciones sean una herramienta excepcional?
¿O un mundo donde cada potencia utilice su posición económica para castigar a cualquiera que no siga su línea política?
Porque si convertimos el comercio mundial en una especie de colegio imperial donde cada potencia tiene su lista de países prohibidos, acabaremos viviendo una situación maravillosa:
Todos hablarán de libre comercio.
Todos defenderán la soberanía.
Todos proclamarán el derecho internacional.
Y todos tendrán una lista de países con los que tú no puedes hacer negocios.
Es la versión geopolítica de:
«Yo respeto tu libertad, siempre y cuando hagas lo que te digo.»
Y quizá ésa sea la gran ironía de nuestro tiempo.
Estados Unidos todavía tiene un poder extraordinario.
Pero precisamente porque lo tiene, debería preguntarse cuánto puede utilizarlo antes de que el resto del mundo empiece a construir un mundo donde ese poder sea menos necesario.
Porque ésa es la paradoja de todo imperio:
cuanto más utiliza su poder para demostrar que es indispensable, más puede convencer a los demás de que necesitan aprender a vivir sin él.
Y cuando un imperio empieza a decirle al mundo:
«Es hora de decidir»,
tal vez la pregunta verdaderamente interesante sea otra:
¿Quién dijo que el mundo todavía tenía que elegir entre imperios?

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