La derecha tiene la fuerza de lo que hay. La izquierda, la debilidad de lo que no es. De ahí que la izquierda tenga tantas formas y de que las peleas intelectuales sean tan fuertes. Al no tener la realidad, nos peleamos por las ideas. La derecha, como tiene lo que se puede tocar y medir, no tiene un gran interés por discutir sobre pensamientos y representaciones. Solo necesita las grandes justificaciones. Y buena parte de su esfuerzo pasa por ajustar y afinar lo que existe.
Juan Carlos Monedero plantea aquí una
tesis provocadora: la diferencia entre derecha e izquierda no sería solo
un asunto de programas políticos, sino de su relación con la realidad.
La frase comienza con una oposición muy poderosa:
> "La derecha tiene la fuerza de lo que hay. La izquierda, la debilidad de lo que no es."
"Lo que hay" es el mundo existente: las instituciones, la propiedad, el mercado, el Estado, las empresas, las leyes, las jerarquías. Quien defiende ese orden parte de un terreno sólido. No necesita imaginar un mundo distinto, porque su tarea consiste, sobre todo, en conservar, administrar o reformar el existente.
En cambio, "lo que no es" alude a un horizonte. La izquierda, en esta formulación, trabaja con posibilidades: una sociedad más igualitaria, otras formas de democracia, otra distribución de la riqueza. Es decir, lucha por algo que todavía no existe plenamente. Esa condición la hace más vulnerable.
De ahí deriva la segunda idea:
> "La izquierda tiene tantas formas."
Si el objetivo aún no existe, puede imaginarse de muchas maneras. ¿Debe priorizarse la igualdad o la libertad? ¿La revolución o la reforma? ¿El Estado o las cooperativas? ¿La identidad o la clase? Cada respuesta produce una corriente distinta. La historia de la izquierda está llena de debates intensos precisamente porque discute el futuro.
La derecha, según Monedero, tiene menos necesidad de esas disputas filosóficas porque administra un mundo ya construido. Sus discusiones suelen concentrarse en cuestiones de eficiencia, impuestos, seguridad, regulación o crecimiento económico. No significa que carezca de pensamiento, sino que gran parte de ese pensamiento busca legitimar y perfeccionar el orden existente.
Sin embargo, esta afirmación también admite matices. La derecha sí ha desarrollado grandes tradiciones intelectuales, desde Edmund Burke hasta Friedrich Hayek o Michael Oakeshott. Del mismo modo, cuando la derecha se siente desplazada del poder o percibe que el mundo cambia en una dirección que rechaza, también se fragmenta y debate intensamente. Basta pensar en las diferencias entre conservadores tradicionales, libertarios, nacionalistas o demócrata-cristianos.
Por eso, más que una ley universal, la frase describe una tendencia: quien defiende el orden existente suele discutir menos sobre utopías; quien quiere transformarlo necesita imaginar alternativas, y esas alternativas inevitablemente compiten entre sí.
La frase comienza con una oposición muy poderosa:
> "La derecha tiene la fuerza de lo que hay. La izquierda, la debilidad de lo que no es."
"Lo que hay" es el mundo existente: las instituciones, la propiedad, el mercado, el Estado, las empresas, las leyes, las jerarquías. Quien defiende ese orden parte de un terreno sólido. No necesita imaginar un mundo distinto, porque su tarea consiste, sobre todo, en conservar, administrar o reformar el existente.
En cambio, "lo que no es" alude a un horizonte. La izquierda, en esta formulación, trabaja con posibilidades: una sociedad más igualitaria, otras formas de democracia, otra distribución de la riqueza. Es decir, lucha por algo que todavía no existe plenamente. Esa condición la hace más vulnerable.
De ahí deriva la segunda idea:
> "La izquierda tiene tantas formas."
Si el objetivo aún no existe, puede imaginarse de muchas maneras. ¿Debe priorizarse la igualdad o la libertad? ¿La revolución o la reforma? ¿El Estado o las cooperativas? ¿La identidad o la clase? Cada respuesta produce una corriente distinta. La historia de la izquierda está llena de debates intensos precisamente porque discute el futuro.
La derecha, según Monedero, tiene menos necesidad de esas disputas filosóficas porque administra un mundo ya construido. Sus discusiones suelen concentrarse en cuestiones de eficiencia, impuestos, seguridad, regulación o crecimiento económico. No significa que carezca de pensamiento, sino que gran parte de ese pensamiento busca legitimar y perfeccionar el orden existente.
Sin embargo, esta afirmación también admite matices. La derecha sí ha desarrollado grandes tradiciones intelectuales, desde Edmund Burke hasta Friedrich Hayek o Michael Oakeshott. Del mismo modo, cuando la derecha se siente desplazada del poder o percibe que el mundo cambia en una dirección que rechaza, también se fragmenta y debate intensamente. Basta pensar en las diferencias entre conservadores tradicionales, libertarios, nacionalistas o demócrata-cristianos.
Por eso, más que una ley universal, la frase describe una tendencia: quien defiende el orden existente suele discutir menos sobre utopías; quien quiere transformarlo necesita imaginar alternativas, y esas alternativas inevitablemente compiten entre sí.
Hay, además, una paradoja. La mayor riqueza intelectual de la izquierda puede convertirse en su mayor debilidad política. Mientras debate cuál es el camino correcto, el mundo sigue funcionando según las reglas ya establecidas. La realidad no espera a que termine el seminario. La derecha, en cambio, dispone de la inercia de las instituciones. Incluso cuando pierde elecciones, buena parte del entramado económico, jurídico y cultural permanece.
En el fondo, Monedero está diciendo que existe una asimetría permanente entre conservar e inventar. Conservar consiste en sostener un edificio ya levantado. Inventar implica dibujar planos, discutir materiales, corregir errores y convencer a otros de que vale la pena construir algo distinto. Esa diferencia explica por qué la política de la izquierda suele ser más conflictiva en el plano de las ideas, mientras que la de la derecha suele concentrarse en la gestión y la legitimación de un mundo que, con todos sus defectos, ya está en pie.
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