jueves, 13 de agosto de 2026

 En 2009, el British Museum de Londres celebró una exposición titulada «Moctezuma: Aztec Ruler» [Moctezuma: jefe azteca] que no sentó nada bien en algunos sectores. Sus detractores se molestaron porque se cambió el nombre de Montezuma por el de Moctezuma, pues el primero se había «utilizado satisfactoriamente» durante 500 años. Pero aparte de eso, dichos detractores consideraban que la artesanía azteca era de baja calidad, más o menos como un trasto que uno pueda encontrar en Portobello de arte de The Evening Standard opinaba que, en comparación con los logros de Donatello y Ghiberti (esto es, artistas europeos contemporáneos en líneas generales), el material azteca «era bastante pobre», que no había «arte» en el «barbarismo del mundo azteca» y que muchas de las máscaras eran «de lo más espantosas», grotescos fetiches de una cultura cruel. The Mail on Sunday se mostraba igual de directo. En un artículo titulado «Objetos del British Museum: tan malvados como las pantallas de lámpara nazis hechas de piel humana», Philip Hensher, un periodista que figura entre las cien personas más influyentes de Gran Bretaña, escribía: «Al margen de la fealdad moral y estética de los aztecas, este crítico ha llegado a la conclusión de que es difícil imaginar una exposición museística que transmita una sensación tan abrumadora de vileza humana como esta». 

 Peter Watson. 

Miren esta joya. Año 2009. El British Museum decide montar una exposición sobre Moctezuma. Y de repente, un puñado de críticos británicos —con los meñiques levantados, tomando el té de las cinco y con el culo ajustado en pantalones de pana— sufren un infarto colectivo.

¿La razón? ¡Le cambiaron el nombre a su rey pagano favorito! "¡No, no, no! ¡Se llama Montezuma! Llevamos 500 años diciéndolo mal, robándoles el oro y pronunciándolo con nuestro acento aristocrático de mierda, ¡así que no vengan a cambiarnos la letra ahora por un ataque de rigor lingüístico!". A esta gente no le importa la historia; le importa la comodidad. Si han estado masticando una mentira durante medio milenio, exigen que se la sirvas en la cena como si fuera una tradición sagrada.

Pero la cosa no se queda en el nombre. ¡No señor! El crítico de arte del Evening Standard mira una máscara de turquesa y piedra volcánica que sobrevivió a incendios, saqueos y viruela, y dice: "Bah, esto es una porquería. Es bastante pobre. Parece un trasto que te encuentras en el mercado de pulgas de Portobello". ¡Imagina el nivel de arrogancia humana! Un tipo cuyo mayor logro en la vida es escribir párrafos pretenciosos en un periódico que la gente usa para envolver pescado podrido, juzgando el trabajo de artesanos que esculpían piedra dura sin herramientas de hierro para aplacar a dioses que, según ellos, hacían salir el sol cada mañana.

"¡No hay arte en el barbarismo azteca!", chillan. "¡Compárenlo con Donatello! ¡Compárenlo con Ghiberti!". Claro, genio. Porque los mexicas en el siglo XV estaban sentados a la orilla del lago de Texcoco pensando: "Chicos, tenemos que esculpir a este guerrero águila con la misma perspectiva y delicadeza que un italiano del Renacimiento, no vaya a ser que un idiota dentro de 500 años en una isla lluviosa se sienta decepcionado". 

¡Es la manía estúpida de medir todo el universo con la misma regla de medir penes que inventaron en Europa! Si no parece una estatua de mármol blanco de un tipo desnudo mirando al horizonte con cara de intelectual, entonces "no es arte, es basura".

Y luego llega el remate, la cima de la idiotez periodística. Entra en escena Philip Hensher en The Mail on Sunday. Un tipo que figura entre las "cien personas más influyentes de Gran Bretaña" —lo que te da una idea bastante clara de lo jodida que está Gran Bretaña—. El tipo mira una máscara ritual y escribe, sin que se le caiga la cara de vergüenza: "Estos objetos son tan malvados como las pantallas de lámparas nazis hechas de piel humana. Es una abrumadora sensación de vileza humana".

¡A la mierda con la lógica! ¡A la mierda con la historia! Vamos a meter a los nazis en la conversación, porque nada grita "soy un crítico analfabeto sin argumentos" como comparar un imperio mesoamericano del siglo XV con el Holocausto industrializado del siglo XX.

Vean la hipocresía en su máxima expresión: un británico, sentado en un museo atestado de tesoros saqueados a punta de cañón en cuatro continentes distintos —tesoros bañados en la sangre de millones de personas desde la India hasta África—, escandalizado por la "fealdad moral" de los aztecas. "¡Qué gente tan bárbara y cruel, cortar corazones en pirámides! Nosotros nunca haríamos eso; nosotros simplemente bombardeamos pueblos desde barcos, los matamos de hambre con impuestos y metemos sus estatuas en nuestras vitrinas para cobrar la entrada a cinco libras por persona".

Esa es la gran comedia del etnocentrismo: la incapacidad absoluta de ver el reflejo propio en el espejo. Te horrorizas por la máscara "grotesca" del dios de la lluvia, pero te paseas orgulloso bajo los retratos de tus propios reyes tiranos y sifilíticos que mandaron a la guillotina o a la hoguera a media Europa. No les molestaba la crueldad azteca; lo que les molestaba era que los aztecas no pidieran disculpas en inglés mientras la practicaban.

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